“Zapatones”, el practicante de las inyecciones a empellones

El ambulatorio del Barrio del Carmen, era el centro médico más importante de la ciudad. Allí se encontraban todos los especialistas de la capital. Tenía una gran sala de curas donde los practicantes ejecutaban las prescripciones de los médicos. “El Zapatones” muy pronto se hizo célebre; era un practicante que ponía las inyecciones sentado cómodamente y con los pies encima de un taburete, dejando ver sus enormes zapatos. En su rostro se reflejaba el sufrimiento de la guerra civil española, lo que le daba cierta autoridad ante los practicantes más jóvenes. Se permitía ciertas licencias ante sus compañeros y ¡cómo no!, ante los pacientes, sabedor del respeto –y temor- que le tenían.

En la sala de visitas aguardaba medio centenar de pacientes; esperaban que les pusiera el pinchazo el practicante de turno. De diez a doce era el turno del practicante ‘Zapatones’; sin embargo los sufridos pacientes miraban el reloj esperando que comenzara el turno siguiente, -de doce a dos-. ¡Nadie quería ser pinchado por el ‘Zapatones’!

¿Por qué razón eludían ser perforados por el ‘Zapatones’?

Pues porque el viejo practicante estaba hasta el gorro de poner inyecciones toda su vida, y lanzaba las agujas a las nalgas como lanzas. Le pilló la guerra y la pos- guerra, que era aún peor. Su adiposo físico y sus gruesas piernas no le permitían estar mucho tiempo de pie, constantemente se le hinchaban. Y la solución más práctica que encontró fue sentarse en una vieja silla y subir los pies encima de una banqueta.

Acercó una mesa blanca de hierro, desconchada, con las jeringas de cristal y las agujas junto con el ebullidor de alcohol para esterilizar; un cenicero para su pestilente puro, y en la bandeja inferior, un periódico del día anterior.

Soltaba de vez en cuando una bocanada de humo, se ponía las gafas en la punta de la nariz y ojeaba el periódico. Empezaba leyendo las esquelas. En tanto, los pacientes, esperaban. Por el olor del puro sabían que el ‘Zapatones’ estaba dentro. Nadie llamaba a la puerta, nadie quería entrar, a no ser que algún incauto lo hiciera.

Toc- toc, sonó la puerta.

-¡Pase! –ruge el ‘Zapatones’

-Vengo a que me inyecte esta penicilina –dice el novato paciente, entregándole un frasco con polvo y otro con agua destilada.

-¡Gonorrea!, ¿verdad? –vocifera el practicante mientras rompía la ampolla de agua destilada para mezclarla con el polvo.

-El doctor me ha dicho que son Purgaciones…

-¡Es lo mismo, coño! –le interrumpe, indicándole que se bajara los pantalones-. ¡Acerque el culo!

El amedrentado paciente se sorprendió que el viejo practicante no se levantara de la silla ni bajara los pies de la banqueta para clavarle la aguja. Observó cómo le dio una calada al puro, cogió la larga aguja con sus gruesos dedos, elevó el brazo en actitud de darle un soberano guantazo, y…

-¡¡¡Ay!!! –grita el pobre sujeto, traspuesto-. ¡Usted es un animal!

-¡Recula, coño! –dice el practicante, ante el rejonazo que lo desplazó contra la pared.

-Usted no tiene consideración…esto no es la ‘mili’…

-¡Calla, coño!… ¡cómo se nota que no has estado en el frente…! –dice el practicante metiendo el líquido a presión. Quería terminar cuanto antes.

-Así no…así no… ¡despacio por favor, se lo suplico!

-¡Aguanta, coño! –se irrita el practicante-. Te quejas como una mujerzuela.

-¡Vaya manera de poner una inyección! – dice con voz llorosa y, al mismo tiempo, cabreado-. ¡Tenía que haberse quedado con los mulos del ejército! ¡Somos seres humanos! ¡Con razón nadie entra cuando usted está de turno!

-¿Y tu porqué has venido? – se sulfura el ‘Zapatones’ -. Aquí vienen hombres de pelo en pecho. No degenerados como tu… ¡Imbécil!

-¡El imbécil será usted!

El pobre paciente permaneció unos instantes inmóvil, con la pierna adormecida por el dolor. Sus ojos miraban estúpidamente a ningún sitio y su inexpresiva cara estaba empapada de sudor.

-¡Ya está!…muévete y no me hagas investigar dónde has cogido esa gonorrea –dijo el practicante con malas pulgas.

El sufrido paciente, al oír la palabra “investigar”, sus dolores se le esfumaron por arte de magia. El mareo desapareció súbitamente; hasta esbozó una sonrisa.

-¡Que bien pone las inyecciones, señor practicante! –dijo, subiéndose los pantalones y colocándose con prisa el alzacuellos.

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