
Los músicos ‘country’ suelen llorar de amores, clamar al cielo por unas gotas de lluvia y añorar el hogar en esas letras repetitivas de ritmo contagioso, con fondo de guitarras acústicas, susurros de armónica y punteos de banjo. Los clásicos incorporan el sabroso acompañamiento de un violín, para terminar de meterte en ambiente. A mí me encantan los cantantes de voz cavernosa, al estilo John Hiatt. Entonces te despierta un impulso repentino por buscar tu camisa de cuadros, las botas, y compartir una jarra de cerveza con los amigos en uno de esos garitos de madera en los que se cruzan vaqueros de sonrisa ladeada con enormes gorros. Difícil si estás a este lado del Atlántico, y más todavía en el Mar Menor, aunque por el cercano campo de Cartagena no todo son velas de surf y campos de golf. Hay visiones cercanas que te sumergen en ese universo rural. Un paseo por el corazón ‘country’ del campo de Cartagena y Mar Menor te descubre invernaderos, por supuesto, pero también campos sembrados con precisión de deliniante, molinillos de agua, cuadrantes de paja apilados, cuadras equinas, y hasta ranchos con cierto aire western. Las zonas de cultivo se alternan con estepas semidesérticas, tan cinematográficas, con sus pitas y esos rastrojos rodantes que en ocasiones invaden las carreteras. El caminante -mejor elegir una zona agraria y recorrerla en bici- puede descubrir agrupaciones de cáctus, vegetación silvestre, antiguos pozos agrícolas junto a esbeltas palmeras, toda esa belleza rústica surgida casi sin querer, con la espontaneidad y esa cierta rudeza del campo.
Algunos caminos disuaden enseguida de la idea de aridez del campo murciano. Pedalear entre plantaciones de naranjos, mares de lechugas o alcachofas y algunas explotaciones delimitadas con cipreses, componen un paisaje refrescante. Mis caminos preferidos están en los alrededores de Dolores de Pacheco, de Balsicas y Roldán, todas pedanías de Torre Pacheco, aunque tiene su encanto el camino hacia El Mirador (San Javier), donde puedes comprar flores en un invernadero cercano. Una de las mejores visiones del corazón rural está en Santa Rosalía (Torre Pacheco). Más hacia la zona de Cartagena, por La Palma, impera la planicie, rota por las altísimas palmeras. Como fondo para el paseo campestre, recomiendo al bluesman Keb’ Mo’ en cualquier tema. Seductor, profundo, excelente guitarrista. El tracklist ideal para nuestra ruta rural -que por supuesto tiene que culminar en algún bar de pedanía, sorbiendo una cerveza entre los lugareños- puede incluir a Amos Lee, Eric Bibb, Al Anderson y Albert Lee para adentrarse en el corazón country.

Perpetual Blues machine, de Keb' Mo', para respirar el olor de la tierra húmeda
La gran evasión
Turismo, viajes cotidianos y paraísos cercanos por la región de Murcia
De paseo por el corazón ‘country’
Las garzas no tienen insomnio

Cuando nadie las ve, algunas garzas se paran a mirar el Mar Menor en una playa. A esa hora en que el día intenta amanecer en la playa de La Ribera, una de estas zancudas orgullosas miraba el horizonte esta mañana con sus largas patas grises sumergidas en el agua, sobre la blanda alfombra de arena que es el fondo del Mar Menor. Son aves solitarias, solo se reúnen con las suyas en época de cría, mientras tanto van a su aire, libres y a su antojo. La garza contemplativa de esta mañana no podía haber elegido un lugar mejor para mirar el amanecer en una mañana de este cálido otoño, con las luces de naranja albaricoque y rosa alternándose en el cielo. Esta mañana amaneció en el Mar Menor por la costa de Lo Pagán. La línea que separa el mar y el cielo fue haciéndose dorada, mientras en la costa sur aún no se vislumbraba La Manga. La orgullosa garza, estilizada y alta -algunas llegan a medir casi un metro- apuntaba su afilado pico hacia la otra orilla de la laguna. A pesar de que suelen acudir a las cercanas salinas de San Pedro para alimentarse, no suelen dejarse ver por las populosas playas del Mar Menor, tan solo a esas horas de soledad, cuando recuperan sus espacios. Allí se mantuvo inmóvil, durante varios minutos, hasta que la luz se hizo algo más intensa y dejó ver ese mundo recién amanecido. Despegó entonces en un vuelo raso sobre el agua convertido en un plato llano de cobre por los reflejos de la primera luz dorada del día. La vi planear hacia el centro del lago, casi rozando el agua con su plumaje blanco, adonde nadie la podía seguir. A pesar del poco espacio que les dejamos, adueñados e invasores de tierra, mar y aire, la envidié profundamente.
Como fondo musical, uno de los maravillosos temas de Tingvall Trio, jazz escandinavo orgánico y vital
Un pasado señorial
Por mucho que nos hemos empeñado en destruir nuestro patrimonio, aún quedan retazos de un pasado abolengo, casonas antiguas con porte aristocrático que mantienen el orgullo de clase frente al mar. UN paseo por la orilla del Mar Menor nos ofrece algunas de las estampas que dejó un pasado señorial. Edificaciones de porte aristocrático, obras imposibles de realizar ahora que los arquitectos consideran que lo más es vivir en edificios de cristal en los que imperan las líneas rectas y uno se siente como un ratón de laboratorio. Estas casonas nos hablan de un tiempo en el que regían leyes sociales que ya nada importan, como la cuna y el apellido, que debían verse reflejadas en las villas de veraneo, cuya categoría debía estar a la altura de la estirpe familiar. Épocas en las que el dinero apenas cambiaba de manos durante generaciones, así que las familias adineradas creían tener el derecho a ocupar la costa a su gusto, que era en primera línea, mientras las humildes viviendas se relegaban a los campos traseros, a excepción de las cabañas de los pescadores. No debía ser sin embargo lo que se dice un paraíso, salvo por las incomparables vistas, ya que hay noticias de las molestas plagas de mosquitos que invadían el litoral cuando no había ni playas (las actuales han sido creadas con el traslado de arenas), de modo que las señoras se bañaban en los balnearios, la mayoría de las veces ni siquiera en el mar, ya que los criados les llenaban unas tinas de agua salada en las que se sumergían dentro de las casetas de los balnearios, a recaudo de las miradas indiscretas.
Casas con balconadas, con escaleras de caracol exteriores para subir a las terrazas, con cornisas floreadas, ventanas de medio punto, escalinatas de acceso. Las que quedan. Muchas han sido derruidas, en parte por el tiempo y otras veces directamente por la pala porque llegó un momento en que el abolengo pesaba demasiado y la puja inmobiliaria hizo soltar lastre para agarrarse al rendimiento de una torre de apartamentos. El dinero, que suele llevarse con más alegría que la historia.
Aún quedan algunas, en pie, salvadas gracias a la crisis inmobiliaria. Si no fuera por el pinchazo económico, ya serían dúplex de cristal y pvc. Junto a los edificios que ha dejado la corriente del feísmo, tan activa en la costa murciana durante varias décadas, allí están ellas, con su lección de clase. No encontrará el turista impresionantes villas como las que los indianos se construyeron sin reparar en gastos en la costa asturiana tras hacer fortuna en tierras lejanas, pero sí algunos tesoros que le animarán a disparar su cámara de fotos. Con un poco de imaginación, podrá imaginarse damas de etéreos vestidos de gasa asomadas al balcón ante un impecable servicio de café.

Para el paseo, recomiendo a Sonny Rollins, un coloso intemporal
Tiempo de cambios desde un balneario
Septiembre siempre fue un tiempo de cambios. Nueva estación, nueva vida. El paisaje también se transforma, sobre todo en la costa. Los atardeceres se apresuran y las parejas mayores, que son los turistas más frecuentes en estos días sosegados y maravillosos, pasean con una chaqueta para prevenir que los primeros frescos se les metan en los huesos. Es el tiempo de turismo senior, que salvará de la quema a los hoteles en la tristona época invernal.
Esta época del año, sin embargo, es mucho más. Es el tiempo de enterrar algunas cosas y ver nacer otras. Una agridulce combinación de tristeza y euforia, algo así como la bossa nova. En esta estado de ánimo nos acompaña el paisaje, más solitario y melancólico, un puntito más fresco a final del día, lo que hace pensar en la manera de resguardarse durante el invierno. El mar, más tranquilo y quieto, parece respirar aliviado en su descanso. La otra noche aproveché para caminar sobre la arena en esa hora irreal del día en que se produce la transición del día a la noche. Era una de las primeras ocasiones en que la playa está despoblada, algo del todo imposible en las últimas ocho semanas, repleta de sombrillas, neveras azules y griterío. La luz empezaba a bajar rápidamente. Como había llovido el día anterior, apenas unas gotas, no más, la arena estaba crujiente, con esa fina costra que traba la humedad en su superficie. Cada pisada era una sensación diferente y, al revés del ardor de agosto, cuando uno camina por la arena abrasadora buscando la humedad, en esta noche de septiembre busqué los rescoldos de calor que aún guardaba el manto de la playa. Apenas quedaba nada, igual que se borró el eco veraniego. Caminé hasta uno de los balnearios de madera que se adentran en el Mar Menor por algunas de sus esquinas, como agujas intravenosas, para recrearnos la ilusión de que caminamos sobre sus aguas. Esa quietud, apenas movida por un leve vaivén, es lo que siempre me ha hecho sentirme como en casa. Hacía tiempo que no ponía el pie en un balneario, y al pisar sus maderas empapadas de sal y liquen, me asaltaron noches de adolescencia, mañanas de pereza mirando los pececillos del fondo -los balnearios tienen su propio ecosistema marino de algas y diminuta fauna- sueños de futuro que ves reflejados en las olas cortas del Mar Menor. El Mar Menor tiene algunas cosas que no posee ningún otro mar del mundo. Un horizonte iluminado, como un tren de mercancías eternamente estacionado en la otra orilla. Tiene la quietud, que te dice ‘estás a salvo’. Unos atardeceres del color de una sandía. El silencio que en septiembre empieza a recuperar, y que solo altera el murmullo de tus propios pensamientos. Si te acercas al extremo del balneario, con los pies descalzos, ya fríos de la humedad que sube de las maderas sudorosas de salitre, y miras fijamente al mar, te llama. Igual que atrae el vacío, el mar te invita si le prestas oídos. En estas noches tibias de septiembre, cuando el sol aún abrasa al mediodía, pasear por la arena con los ojos cerrados, pisar las tablas mojadas en silencio, recuperar el espacio y el sosiego, se convierten en experiencias nuevas. Buena época para practicar por el Mar Menor Paddle surf, el deporte de moda, que admite todas las edades, para comer delicias marinas en cualquier restaurante sin apreturas, para hospedarse junto al mar casi a mitad de precio, para soñar y hacer planes porque, amigo, la vida continúa y no hay que perder ni un minuto.
Esos gigantes melenudos
Giovani MIrabassi inaugura el Festival de Jazz de San Javier. Mirar las palmeras escuchando de fondo su versión de \'Gracias a la vida\'. 
Temimos por ellas con la ofensiva letal del picudo rojo, porque nuestro paisaje costero sin la verticalidad de las palmeras no sería la misma, ni por asomo. Con ese aire de gigante desmelenado, que se deja peinar por el viento marino, y una elegancia propia de columnas palaciegas, hipnotiza a cuantos se acercan a su sombra. Esa silueta esbelta resulta de lo más idílica, explotada como ninguna otra por catálogos de viajes para enamorar con destinos lejanos, pero el observador podrá darse cuenta de que la palmera es mucho más que un tópico en la costa del Mar Menor.
Su desaparición equivaldría a raparte al cero después de ganar el premio Pantene, o despojar La Mancha de sus molinos de viento, quitarle a Londres las cabinas rojas, o robarle al Jerte sus cerezos. Mejor no imaginar siquiera la costa murciana pelada de palmeras como una calva.
Siempre me llamaron más la atención las más altas, las que en las llanuras del campo de Cartagena, allá por La Palma (Cartagena), rompen la horizontalidad con su espigada altivez. Desde Santa Rosalía (Torre Pacheco) también se divisan magníficos ejemplares que observan los huertos desde las alturas. Por los paseos marítimos compiten en altura con las farolas, y la casi mayoritaria limpieza de los ejemplares situados en las zonas de costa demuestran la necesidad, -y habilidad- del oficio de palmerero, esos jardineros de altura.
Dentro de jardines particulares del litoral murciano, se alzan asombrosos ejemplares, algunos cruzados, otros valiosos de varios brazos. Me encantan los paseos escoltados por estas columnas naturales, que por la zona del Mar Menor gustan de llamar carriles. En casi todos los pueblos hay un carril de las palmeras, con un camino central al que estos soldados melenudos, casi como la guardia real británica, dan una solemnidad salvaje, a pesar de que su alineación perfecta lleva la marca de la mano del hombre. Dos carriles perfectos son el antiquísimo de la Casa del Reloj, en San Pedro del Pinatar, que enlazaba la vieja casona con el puerto marítimo, y el pasillo que da la bienvenida a una casa mucho más humilde en Los Alcázares. Su perfecta alineación a lo largo del litoral es como una sinfonía de agudos, un solo de piano armonioso y perfecto.
Muchas han desaparecido de nuestras calles y paseos por la temible plaga y, en parte, la dejadez oficial, lo cual supone una grave pérdida del patrimonio natural del litoral, equivalente a un fraude público. Acostumbrados a digerir cuantas ideas peregrinas se les ocurren a los gestores públicos, dejamos que se las llevaran de lugares emblemáticos, donde eran símbolo, como la plaza de San Javier, por el hecho de que impedía construir debajo un aparcamiento subterráneo que nadie utiliza. Protejamos las que nos quedan. 
Los colores de la sal

Rincones con encanto: Consejo 1.
Has vista alguna vez una laguna roja? Cuando aprieta el calor, la visita al Parque Regional de las Salinas de San Pedro se hace aún más interesante. Circulando por la carretera que atraviesa el espacio protegido, uno puede observar cómo a ambos lados lo rodean estanques de agua marina de distintos colores. Verdes y azulados tienen para elegir las familias de flamencos rosados que viven en este paraje, pero al llegar al corazón de la salinera, el agua alimentó el Mar Menor se torna de un rojo sanguino. Es la concentración de las sales lo que produce el efecto óptico. Si no llueve en exceso, las charcas más rojizas se irán blanqueando durante el verano y el otoño, hasta convertirse en una pista nívea allá por diciembre, cuando la dureza de la capa de sal permite que las excavadoras circulen por encima y los trabajadores de la salinera recojan el producto que aliñará nuestras ensaladas y se empleará para encurtidos y otros usos industriales. Es una de las joyas del Parque, pero no la única, así que es recomendable llevar cámara fotográfica y nunca olvidar que entramos en el hogar de especies protegidas.
Alfonsina y el mar, por Giovani Mirabassi, pianista que estará en el Festival de Jazz de San Javier este año
Turistas cotidianos
Todos somos turistas cotidianos. Los más afortunados pueden descubrir el mundo de avión en avión, otros son viajeros de cercanías, y los hay de puentes y fiestas de guardar.
Otros nos teletransportamos con la mente, que es más barato, o a través de los libros, de los relatos de los amigos, de un buen reportaje de prensa. Ya no somos raras avis los que sacamos billete sólo de ida, con la fecha abierta de salida, para cualquier momento, o para nunca jamás. El Mar Menor y su entorno sigue siendo el destino de mi viaje, un trayecto vital o tal vez una expedición con parada prolongada. No seré el primer Pedro Páramo que se queda en su punto de destino, aunque en la Comala que imaginó Juan Rulfo todos estaban muertos y, por la costa murciana, doy fe de vida. No es de extrañar que la Región de Murcia se haya convertido en lugar de vacaciones para muchos europeos y españoles, e incluso en su lugar de residencia. De esa singularidad que atrapa, del gran río de colores que arrastra todos los materiales de culturas diferentes -siempre fuimos atractiva sede histórica, véase la codiciada Cartagena-, y de la luz, sobre todo de esa luz intensa que ilumina la vida en la Región, convirtiéndola en una valiosa joya turística, hablaremos aquí. Como los juegos de contrastes que ofrece el cobijo de una higuera, también nos tropezaremos con sus sombras.
No vale ya el precepto de Rimbaud de que la vida siempre está en otra parte. Descubrir el presente con toda su intensidad será la meta de este punto de encuentro, de esta tourné que nos llevará a quién sabe dónde, como un corcho por la corriente de un arroyo, o por la salida mal encauzada al mar de una depuradora. No estamos quietos, ni muertos, como los vecinos de Pedro Páramo. Sacamos billete al sector turístico, con toda su frenética actividad económica, pero también nos ponemos gafas de turistas para mirarnos a nosotros mismos, desde el campo de alcachofas que verdea los campos casi hasta la laguna, hasta las contradicciones más insospechadas. Tendremos música, emociones, sabores, visiones, islas, reflexiones, ideas, tentaciones… Bienvenidos a bordo y gracias por escoger este barco. 




