La Verdad

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“Es ojo porque te ve”
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Ana María Tomás | 24-06-2017 | 08:11| 0

A raíz del artículo que escribí la semana pasada titulado «Retratos», un amable lector me hizo llegar la reflexión de que, curiosamente, pocas veces coincide la visión que otros tienen de nosotros con la que tenemos de nosotros mismos. Y tan es así, que no me resisto a compartir con ustedes unas interesantes pinceladas.

Con toda seguridad, sin entrar –de momento– en el plano mental, más de una vez se habrán comparado con alguna amiga, un compañero de instituto, una antigua vecina de la niñez… al menos yo suelo hacerlo con relativa frecuencia y con un resultado poco favorecedor para ellos. «¡Qué estropeada está la pobre!», me digo. (Comparada conmigo, claro). Es como cuando me preguntan que cómo está mi marido. Comparándolo con quién, pregunto. No es lo mismo –a ver– hacerlo con George Clooney que con Chiquito de la Calzada. Y es que cuando nos miramos en el espejo, o cuando miramos el mundo, en realidad, quien está mirando es la joven que, en su interior, detuvo su decadencia negándose a seguir sumando años más allá de los  taitantos. Y no importa que nuestro cuerpo nos desobedezca siguiendo una absurda ley de gravedad (por mucho que fuera el gran Newton quien se descolgara con ella) porque a través de esas pupilas que miran se sigue seleccionando aquello que se hubiera hecho hace años.

Fíjense: siempre me parecieron ridículos los viejos verdes. Esa especie de ligones patéticos que intentan «seducir» a mujeres con bastantes menos calendarios que ellos haciendo imbecilidades o a golpe de tarjeta de crédito. Sin embargo, a medida que cumplo años, mi opinión sobre ellos cambia hasta llegar a sentir una especie de ternura, de comprensión. Es la propia vida, el incansable instinto de supervivencia, la incapacidad de aceptar nuestro imparable crepúsculo, quien puede conducir hasta lo risible o lo grotesco, pero solo para el mundo, para aquellos que todavía no han envejecido y no saben lo doloroso que puede llegar a ser, para quienes aún no han caminado con nuestros zapatos y no podrían entenderlo ni en mil años… En tanto que para esos ecológicos ancianitos el sentir de los demás les importa un bledo, porque, en primer lugar, no son conscientes de todos esos movimientos de álgebra en el tablero de la vida. Tan solo son conscientes de que cada día quedan menos oportunidades de ligar, de darse una buena comilona, de sentirse vivos por ellos mismos al margen de nietos porculeros o hijos controladores… Y, si para eso han de engañarse estimando que son ellos y no sus visas quienes obran el milagro… ¿qué importancia puede tener la cosa? La verdad es que mi lector tenía mucha razón, que diferente es, tantas veces, como nos vemos nosotros a cómo nos ven los demás. Y, si dejamos por un momento el aspecto físico para centrarnos, aunque sea de pasada, en las cosas del alma… ya p´aqué, p´aqué… Admiro –y me repelen a partes iguales, respectivamente– los grandes hombres y los golfos inútiles. Situamos, por un lado a las personas humildes que en silencio construyen, día a día, una sociedad mejor, un mundo más próspero, más justo, que con su trabajo dan ejemplo de superación y que cuando les reconocen «extraña y escasamente» sus méritos, aducen que no es para tanto, que se limitan a cumplir con su deber. Mientras que otros –carretas vacías que solo saben hacer ruido y pavonearse ante los demás como si fueran los salvadores del mundo– consumen la vida venerando su ombligo y considerándose los escogidos del mundo mundial. Y no crean que eso de creerse los reyes del mambo lo determina algún tipo de profesión o escalafón social, no señor, dicho molde de mindundi se extiende desde presidentes de grandes empresas a barrenderos. Y en ambos casos, poco importa el retrato que los demás les hagan, poco la visión que el ojo ajeno capte de lo que emanan. El humilde seguirá a lo suyo sin darle importancia a su labor en tanto que el ególatra idiota continuará mirando al mundo por debajo del hombro.

Decía Machado –don Antonio– en uno de sus poemas: «El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve». Aunque, todos sepamos que “lo esencial es invisible a los ojos del rostro y que solo puede verse con los ojos del corazón”.

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Retratos
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Ana María Tomás | 17-06-2017 | 07:38| 0

Mi padre ha sido y sigue siendo a sus noventa y dos años el mejor fotógrafo del mundo. Es un artista capaz de fijar el alma tanto de las personas como de las cosas más allá de lo que podrían ver los ojos humanos. A él no le entusiasmaban las fotos estáticas que solía pedir la gente, aunque eran estas las que nos daban de comer. A él le gustaba cargarse su máquina al hombro y observar.  Recorría los campos y con su objetivo captaba, no al segador que cumplía su trabajo, sino al hombre curtido; fijaba para siempre el gesto perceptible, por apenas unos segundos, mientras le rodaba el sudor del rostro al suelo. Atrapaba, no a la niña saltando descalza en la era, sino a la felicidad que mostraba con ello. Pocos son quienes lo han llamado fotógrafo y muchos los que lo siguen conociendo como José Antonio, el retratista.

Los buenos retratistas siempre han intentado mostrar, junto a la semejanza de la persona, su alma e incluso su ánimo a través de retratos pintados, escritos o fotografiados.

Probablemente, ser hija de un retratista me ha marcado profundamente y me ha ayudado mucho en mi tarea de escribir lo que acontece, porque mi padre me enseñó a observar a mi alrededor. Y hay tantas cosas que nos retratan sin que seamos conscientes de ello. Sin… ni siquiera abrir la boca. Bueno, no abrirla para hablar quiero decir, porque basta que se abra para comer para que sea emblemático el discurso que enviamos ¿Alguna vez se han observado a ustedes mismos? ¿Y cómo varía la cosa de cuando están hambrientos, ansiosos, peleando disimuladamente por pillar algún escaso canapé… a cuando están desganados, con la tripa mala, o saciados?

A mí me encanta observar a mi alrededor cómo comen los comensales en las bodas, los restaurantes, las terrazas, las fiestas, los hoteles… en esos impresionantes buffets libres. Por cierto, si resulta casi asqueroso ver a alguien comer con gula, con avaricia, volcado sobre el plato como si este fuera a salir volando, engullendo con avidez como si le fuera la vida en ello y cargándose la boca con más comida de la que puede darle la vuelta, no es menos desesperante ver a alguna chica (suele ser más frecuente que verlos a ellos) “espantar” la comida con el tenedor hacia los márgenes del plato, desganada, como si le resultara el mayor de los sacrificios meterse en la boca un guisante, y lo digo por el tamaño, no por la verdura en sí.

Si, según el Evangelio, “por sus frutos  los conoceréis”, no es menos cierto que también se nos conoce por el ramaje. Y en ese ramaje entra el dominio o el descontrol de los sentidos.

Les propongo que hagan la prueba y observen a su alrededor. Sólo tienen que mirar las noticias para darse cuenta de cómo nos “retratamos” a nosotros mismos a través de las opiniones que damos de los demás, y me refiero a todos los ámbitos: política, fútbol, religión, acontecimientos sociales… No es ya que lo que diga Juanito de Pepito diga más de Juanito que de Pepito, no, aunque también, qué duda cabe,  sino que se trata de qué discurso solemos elegir -a menudo siempre el mismo- para poner después la mirada sobre ello, por ejemplo: la desvalorización; es terrible escuchar las calificaciones de algunos dirigentes sobre otros de la oposición; la crítica gratuita en programas que sólo se mantienen por las miserias de famosos que hacen públicas sus antiguos amantes, personal de servicio o amigos que se han vendido al mejor postor; la apatía de tantos desencantados; la improductividad de numerosos vagos que sestean a la sombra de la paguica del Gobierno; el recelo instalado en el pueblo hacia todo, y cuando digo “todo” quiero decir todo: los bancos, los políticos, los inmigrantes, los empresarios, los trabajadores… O, por el contrario, el optimismo con el que buscamos una pareja tras otra después de haber sufrido una decepción, una cornamenta de tres pares de narices,  o un maltrato -y aquí valen tanto los físicos como los psicológicos-; el afán con el que intentamos ser padres y traer a este mundo extraño, insostenible y maravillo a un ser vulnerable y necesitado de nosotros;  la construcción con la que muchos políticos intentan levantar cada día la maltrecha confianza en ellos por culpa de otros bastante menos utópicos y mucho más miserables; la generosidad de tantas y tantas personas que desde dentro de la Iglesia Católica y de organizaciones no gubernamentales dedican su vida al servicio de los demás; el altruismo con el que algunos seres humanos dan la vida por salvar a otros; la confianza que Dios demuestra en el ser humano regalándonos amaneceres…

En fin… que esto de retratar da para mucho. ¿Se animan?

 

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El nuevo enemigo
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Ana María Tomás | 10-06-2017 | 08:56| 0

Después de cada uno de los atentados perpetrados por terroristas yihadistas, los conciudadanos de los asesinados se empeñan en hacer ver al mundo que nada va a cambiar en sus vidas, que ese hecho, por mucho que les afecte, por mucho que se haya llevado la vida de familiares, amigos, conocidos o desconocidos no va a lograr meterles el miedo en el cuerpo o hacerles cambiar sus rutinas. Pero no es verdad. No lo es.

El miedo, por mucho que nos empeñamos en negarlo, ocultarlo, alejarlo o reprimirlo se adhiere al reverso de la piel, se inocula en la sangre y estalla en el alma al menor ruido de un inocente petardo, a la menor alarma. Y se corre en estampida sin saber muy bien de qué se huye o hacía donde se va. Y da igual que se esté a la salida de un importantísimo partido de futbol en Turín o en una procesión solemne en Andalucía, se sale huyendo. En ese momento sólo impera el pensamiento de correr, de alejarse del lugar en donde estamos, de poner la vida a salvo. El miedo es libre, gratis. Se puede atesorar en cantidades industriales hasta adueñarse por entero de la vida y arrebatarla. Así que no. Que nadie diga que un atentado terrorista no va a cambiarnos la vida porque no es verdad. Ya no miramos igual al que camina o se sienta a comer junto a nosotros si adivinamos por su aspecto que podría “supuestamente” ser un “lobo solitario”.  Aunque…, seamos sinceros, el peligro, la amenaza a la vida, en realidad ya no tiene aspecto, ya no se sabe de quién o de dónde puede venir. Antes el peligro tenía un nombre, una cara incluso imaginada, como el lejano “tío del saco” de nuestra infancia: una figura sin rostro pero perfectamente definible. Pero ahora el peligro es indescriptible puede venir en forma de camión en un puente, de un atentado bomba en una discoteca o en cualquier lugar concurrido, de un cuchillo en la mano de alguien a quien le importa poco su vida y mucho menos la de cualquier otro ser humano…

Y es en esos momentos de terror donde surgen con más fuerza los héroes, esos extraños seres que no es que no tengan miedo, es solo que en su instinto básico predomina ayudar a los demás sin pensar en ellos. Y entonces se encaran con asesinos para defender la vida de alguien que ven en peligro sin detenerse a pensar que les puede costar la vida, como suele ocurrir la mayoría de las veces, como le ha ocurrido, tan recientemente, a nuestro compatriota Ignacio Echeverría. Los héroes son aquellos que aparcan el peligro, que no calculan las consecuencias de su acción, que únicamente piensan en ayudar y que ese pensamiento es superior al miedo. Pero que nadie diga que el miedo no nos va a cambiar la vida, porque la verdad es que ya nos la han cambiado sin enterarnos.

Por supuesto que el miedo es una de las emociones básicas que ha permitido sobrevivir a la especie humana, pero siempre y cuando haya servido para ponernos a salvo, no para paralizarnos o condicionarnos la vida. Que nos hablen a las madres de miedos… los conocemos todos, en el amor a los hijos entra tanta variedad como imaginación inservible para protegerlos de ellos.

Apostamos, o al menos queremos hacerlo, por una vida en donde el miedo no sea el norte de nuestra brújula, aunque no nos lo creamos,  porque sabemos que claudicar abierta y reconocidamente ante la aceptación de que el miedo nos domina es sabernos vencidos, reconocernos derrotados, otorgarles el poder de nuestras vidas haciéndonos voluntariamente sus presos. Por eso, ahora más que nunca es preciso recordar las sabias palabras de doctor, psiquiatra y escritor judío austriaco Vicktor Frank, prisionero durante mucho tiempo en los campos de concentración nazi y que dedico su vida a ayudar a los demás demostrándoles que “al hombre se le puede quitar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino.

Sabemos que tenemos un nuevo enemigo, una especie de “alienígena” al que no podemos distinguir porque tiene nuestra misma apariencia. Y es posible que perdamos la libertad de caminar sin recelo por nuestras ciudades… y es posible que sigan matándonos vilmente, pero… también podemos actuar como los héroes demostrándoles que no les tememos. Posiblemente ellos no se sientan derrotados pero nosotros sí podremos sentirnos victoriosos. Y ahora, gracias a I. Echeverría, mucho más.

 

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¡Cerdos!
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Ana María Tomás | 03-06-2017 | 08:35| 0

Una joven es asaltada por un hombre en pleno centro de Murcia. Es, según los barrenderos que le aconsejan que no grite no vaya a ser que piensen que han sido ellos, una hora poco aconsejable para que una chica vaya sola por la calle. El “cerdo” que la agrede le aprieta el culo y un pecho hasta hacerle daño. Ella se encara, lo graba, le grita ¡Cerdo, cerdo! Otra mujer sufre una agresión sexual en Cartagena cuando sale a tirar la basura a las nueve de la mañana. Me pregunto si las nueve a.m., aunque sea prohibitiva para sacar la basura, es una hora “aconsejable” para que una mujer pueda salir sola al contenedor. Otra chica, en San Javier, tiene una discusión con su novio, se marcha a casa y otro de los muchos cerdos que nos rodean la asalta, la arrastra a un descampado y la viola hasta dejarla es estado de shock. Otro cerdo de veintidós años viola a una niña de trece hasta desgarrarla internamente y precisar una intervención quirúrgica. Otra mujer, otra másssss de las muchas que ya van en lo poco que llevamos de año, es asesinada en Molina de Segura, con premeditación y alevosía por un compañero de trabajo presuntamente despechado… Todo esto en apenas una semana y sólo en Murcia. Si abrimos la visión al resto del mundo faltaría tinta y papel para ir desgranando todas las mujeres que han sido y son violadas cada día sistemáticamente.

¿Qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? Se preguntan muchos. Pues nada que no haya estado pasando y ocurriendo desde que el mundo es mundo. La fuerza bruta fue la primera forma de establecer una primacía entre los individuos en donde la mujer, como sigue ocurriendo en la actualidad, a no ser que domine técnicas de artes marciales, está en evidente desventaja ante un corpulento “cerdo”. Por otra parte, el macho siempre ha temido a la poderosa fuerza de la Mujer y, por tanto, ha querido someterla a través de esa otra fuerza tan débil como bruta. Ya lo dice clarito Eduardo Galeano: “El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”. Ya en el canto I de la Iliada podemos leer que Zeus acostumbraba a apalear a su esposa Hera, a  la que ni su hijo Hefesto podía defender puesto que una vez que lo hizo su padre lo agarró por los pies y lo estrelló contra la tierra dejándolo cojo para siempre. Vamos… Casi “na”. Y, casi ayer mismo, en nuestro amado suelo patrio se podía matar a la esposa por, ¡agárrense los machos!, “sospecha” de adulterio. Ahí tenemos grandes obras del teatro clásico español: “A secreto agravio, secreta venganza”, o “El castigo sin venganza”, denles un repasillo.

La Mujer ha sido utilizada, menospreciada, rechazada, perseguida, omitida e invisibilizada de la historia, privada de educación, de libertad, mutilada sexualmente, esclavizada sexualmente… y violada. Violada como sometimiento a los vencidos en las guerras, violada incluso como arma de guerra por enfermos de SIDA, violada como negocio, violada como patógeno placer, violada simplemente porque sí, para hacerle “entender” su sometimiento a la supremacía del macho.

El resultado de los derechos logrados por las mujeres en el primer mundo no es más que el esfuerzo continuado y la lucha denodada de muchas mujeres a las que les costó la vida abrir caminos de libertad para otras y, por supuesto, también a la comprensión, el apoyo y la ayuda de hombre justos, compasivos y sabios.

El biológo Rupert Sheldrake, autor del “Centésimo mono” desarrolla la hipótesis de que cuando una masa crítica de monos llega a un determinado conocimiento éste se trasmite de forma intuitiva e inmediata a los miembros de su especie. Y me pregunto yo sí ese tipo de teoría funcionaría igual con determinados comportamientos humanos. Lo digo porque una joven india hace unos días le cortó el pene a un líder espiritual que la violaba desde hacía años cada vez que acudía a su casa para dar consejo a sus padres. Y eso… desde que la americana Lorena Bobbitt lo hiciera con su marido después de haberla violado borracho… no se ha escuchado mucho. Bueno, sí, creo que una filipina,  una peruana, una china… está última se lo cortó dos veces, una mientras dormía, tras haberla violado, y la otra nada más reimplantárselo en el hospital. Yo me pregunto si ahora que la Mujer está más empoderada que nunca sería capaz de trasmitir de manera inmediata e intuitiva a las mujeres del resto del mundo que el poder de los cerdos violadores termina donde pueda haber una mujer “tablajera”. Y, sobre todo, recordarles que a cada cerdo le llega su san Martín.

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Alquilando amores
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Ana María Tomás | 27-05-2017 | 08:08| 0

 

Hace unos días me acompañó a una consulta médica una queridísima amiga del alma a quien la Naturaleza le ha privado de ser madre biológica pero le ha regalado sentir una maternidad casi universal. Estábamos las dos esperando entrar a consulta cuando una mujer magrebí se acercó con un bebé y le espetó, sin preámbulos, que se lo cuidara mientras ella entraba a otra consulta ¿confianza?, ¿irresponsabilidad? No sé lo que pensarán ustedes pero yo lo tengo claro. Mi amiga abrazó a la criatura y me dijo: “¿Y si ahora yo me marchara con este bebé y me lo quedara? ¿Y si yo fuera una pederasta? ¿O una traficante de seres humanos?… Por suerte para el bebé y para su irresponsable e ingrata madre tropezó con un ángel que lo único que hizo fue cuidar del niño. Y digo ingrata porque al salir de su médico tomó de nuevo al niño y no fue  para decir gracias, o regalar una sonrisa cómplice, o una mirada de las que sabemos leer en todos los idiomas.

Mientras yo contemplaba la vulnerabilidad de esa criatura, abandonada al pairo, aunque fuera por el breve tiempo de una consulta médica, me vinieron a la mente, vaya usted a saber porqué extraña asociación de ideas, el poema de “Mi vaquerillo” de Gabriel y Galán, los rostros de algunos niños sirios cruzando fronteras en solitario huyendo de la guerra, y la web “Need a mom” (Necesito una madre) donde, por treinta y cinco euros la hora, se puede alquilar a una persona dispuesta a ejercer la mitad del rol de madre, o sea, nada de educación, nada de críticas al estilo de vida que se lleve, ningún reproche a lo que se haga… tan solo para  acompañar a comprar regalos o ropa, dar algunos consejos amorosos,  suministrar, que no administrar, el apoyo necesario en determinadas situaciones, estar ahí de paño de lágrimas… etc. Vamos que, aunque parezca mucho, solo sería una pequeñísima parte lo que haría una madre que, por regla general, hace todo eso y muchísimo más, o sea, la parte menos grata: decirnos, no lo que queremos, sino lo que necesitamos escuchar.

Si la familia, los buenos vecinos o los amigos realizan o realizaban la impagable tarea de escuchar, apoyar o acompañar en momentos  puntuales, ahora Internet quiere desbancar o suplir esos servicios a golpe de talonario. Según J. Castillo de Mena, doctor en Investigación Social de la Universidad de Málaga, este tipo de industria no está tan mal cuando lo que hace es cumplir el objetivo, es decir, entablar una relación. Pero yo discrepo totalmente de él, porque lo que se busca es establecer una relación afectiva y no profesional y lo que realmente ocurre es que se logra una relación profesional sin más implicaciones, porque cómo dice la canción: “Ni se compra ni se vende el cariño verdadero. No hay en el mundo dinero para comprar los quereres”. Así que, cuando el dinerito esta por medio… “Por el interés te quiero Andrés”. Aunque también es posible -toda posibilidad hay que contemplarla- de que una vez establecida la relación, si llega a ser prolongada, como la de esas señoras putas que tienen un cliente fijo y al final lo convierten en una especie de engañosa pareja, decía, que si se frecuenta a la misma persona cabe la posibilidad de que la profesional de “madre” establezca una relación emocional y no le cobre más o incluso le devuelva el dinero. Me viene a la mente alguna película al respecto pero alquilando novio para no ir sola a la boda de algún familiar. Recuerdo el argumento: el chico era un gigoló pero al final termina enamorándose de ella y le devuelve todo el dinero que le había pagado. Pero, claro, eso era una película. La realidad es bastante más cruda. Por desgracia “Hay más gente interesada que gente interesante”. Aunque también sostienen más de un psicólogo que para llegar a lograr un sentimiento hay que empezar por fingirlo, por ejemplo, a usted le repatea su jefe, su cuñado, su suegra… y sacan lo peor de usted, pues nada, no se preocupe, en lugar de ponerse de mala leche, finja que le cae de maravilla, háblele como si así fuera y causará tal cambio de vibraciones en la relación que terminará por sentir realmente esa placidez o ese calor fingido.

De todas formas, no nos engañemos, si es una relación comercial es negocio, tan lejos del amor, a no ser a la Visa. Y frente a lo que piensa Vargas Llosa de que: “El dinero es la única felicidad que se puede tocar”, yo prefiero el “Si quieres sentirte rico solo cuenta las cosas que tienes que el dinero no puede comprar”.

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Eso de que al rey la hacienda y la vida…
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Ana María Tomás | 20-05-2017 | 07:19| 0

Nuestro magistral Pedro Crespo, Alcalde de Zalamea, personaje de Calderón de la Barca, apuntaba que “Al rey la hacienda y la vida se ha de dar,/ pero el honor es patrimonio del alma,/ y el alma solo es de Dios…” Lo que pasa es que esto de la “Hacienda” se nos ha ido de las manos por mucho que nos vengan calentando la oreja con que “Hacienda somos todos”, imagino que querrán decir unos para dar y otros para tomar porque, a ver, partiendo del punto de que ya toca mucho las narices tener que comulgar la rueda de molino de la frasecita, Hacienda es muy pero que muy injusta y ni siquiera me voy a meter con hechos que todos sabemos y que ya están muy explotados, pero qué me dicen del siguiente planteamiento: ¿podría alguien entender que dos personas, con el mismo resultado de ingresos, una tuviera que pagar casi ochocientos euros mientras que la otra no tuviera que pagar nada, es más, que incluso le salga la declaración a devolver? ¿A que no? Pero si, además, añadimos que la que tiene que pagar ha estado tres veces más puteada que la que no tiene que pagar… es ya el acabose. Pues lo es. Para quienes estén verdes en el asunto les cuento por encima: si uno de sus chavales ha tenido que batirse el cobre en  diferentes trabajos temporales, soportando, como buenamente ha podido a un jefe tras otro, adaptándose a unas condiciones en las que, nada más pillarle el tranquillo, lo han puesto de patitas en la calle… pongamos… en tres trabajos distintos, para obtener al cabo del año menos de veintidós mil euros ¡agárrense los machos! están obligados a declarar su hacienda y su vida, pero si su hermano gemelo ha tenido la infinita suerte de venir a ganar lo mismo pero con un mismo trabajo, con un mismo jefe, en el mismo sitio, sin tener que andar aperreado buscándose la vida de trabajo en trabajo… ¡Ahhhh! Entonces no hace falta hacer declaración a no ser que sea amorosa ¡Manda huevos! Sí, ya sé, ya sé que la vida no es justa, que una de las primeras cosas que se aprende en cualesquiera de las terapias para la depresión es que hay que desterrar el pensamiento de “no es justo, no es justo”, por supuesto que la vida, en numerosas ocasiones no es justa, pero es lo que hay y como tal hay que aceptarlo, pero, oigan, que Hacienda no es la Vida, aunque nos la chupe. Pero fíjense, yo pienso que tenerle que pagar una importante cantidad es algo maravilloso, porque es sinónimo de que se ha tenido un buen trabajo e importantes ingresos, “declarados”, por supuesto, además uno puede sentir más suyo el bienestar que aportan las pensiones, la sanidad, la educación, la seguridad ciudadana… por ejemplo. Si yo no estoy en contra de dar la hacienda, ya la vida… habría que hablarlo más despacio, pero, desde luego, en lo tocante al honor estoy totalmente con D. Pedro Crespo. Y no me digan que no toca el honor, la moral y hasta los ovarios la injusticia citada: a más puteado en el trabajo y en la vida (porque ya me explicarán si no lo es tener que ir peregrinando de puesto en puesto), máaaaas puteado por Hacienda. Sencillamente, no puedo entender que ocurra eso. Igual estas líneas sirven para hacerles reflexionar a los gurús de las finanzas o, en última instancia, que alguien me lo explique de forma que yo pueda entenderlo, vamos, yo y el resto de criaturas que, sin un puto euro en sus bolsillos, tienen que enfrentarse al pago de casi mil euros después de haberse dejado parte de la salud buscándose las habichuelas de trabajo en trabajo.

Hace poco leí por internet que “el mundo sería más bonito si los mosquitos chuparan grasa, no sangre”, pero después de enterarme del desafuero de Hacienda… los mosquitos no tienen nada que hacer. ¡Ay! mi querido D. Pedro Crespo, el alma será de Dios, pero mejor no preguntar cuántos la venderían al diablo por escaquearse inmunes de dar la parte de la vida que se va con la “Hacienda”.

 

 

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Soy de…
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Ana María Tomás | 13-05-2017 | 10:01| 0

 

No sé si ustedes se acuerdan de aquella canción del gran Alberto Cortez que decía: “No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad…” como letra de una canción es preciosa, pero la realidad es bien distinta, nosotros, todos, somos de algo y de alguien. Necesitamos serlo. Tenemos sentido de pertenencia que nos identifica, nos sitúa y nos permite sentirnos orgullosos, a veces orgullosísimos de según qué clanes, equipos o lugares.

 

La victoria de Macron, como Presidente de Francia, tranquiliza a quienes se sienten parte de la Unión Europea. Una de las fotos que recoge su victoria es sencillamente entrañable y significativa para expresar ese sentimiento de pertenencia a. En ella se ve a Emmanuel Macron alzando un brazo que expresa claramente su victoria y su orgullo de sentirse presidente de su patria, pero el otro brazo termina fuertemente entrelazado a la mano de su esposa que, además, ella besa con ternura y, por supuesto, orgullosa de pertenecer al clan que, de alguna manera, ha llevado a Macron a ser Presidente.

 

Hablamos con una propiedad pasmosa no ya de “mi” familia, sino de “mi” calle, “mi” playa, “mi” equipo, “mi” marido… casi “na”. Pertenencia es la relación que tiene una cosa con quien tiene derecho a ella y si ni los hijos nos pertenecen, según el poeta J. Rudyard Kipling, vayan haciéndose una idea de la propiedad que podemos tener sobre un equipo de fútbol o una determinada ciudad. La de conflictos que se hubieran evitado a lo largo de los siglos si se hubiese tenido el pensamiento de la canción de Cortez.

 

Sin embargo ahí tenemos los independentismos exacerbados, los hinchas extremistas, las religiones radicales, las familias mafiosas, las parejas patológicas y los lobos esteparios… todos ellos en tocata y fuga de algo que no sea pertenencia y dominio exclusivo sobre el terruño, la victoria de los suyos, el triunfo sobre los otros, el control sobre la yunta o la búsqueda de la manada. Y es posible que, para algunas mentes, semejante concepto pueda resultar primario, pero también lo es el instinto de supervivencia y eso es lo que nos ha permitido en numerosas ocasiones llegar hasta aquí. Y, en no menos ocasiones, cumplir objetivos y conseguir grandes logros. A veces, lo que no se es capaz de hacer por uno mismo, no dudamos en hacerlo por aquello o aquellos a los que sentimos que pertenecemos.

 

Es verdad que hay causas que justifican determinadas actuaciones, pero manda huevos que el dichoso sentido de pertenencia nos haga cometer gilipolleces como escribir una transcripción fonética de “El Principito” “en andalú”, agárrense los machos: “Una beh, kuando yo tenía zeih záñiyoh, bi un dibuho mahnífiko” ¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues sí, por increíble que parezca, tan… peculiar traducción ha sido promovida por el Sindicato andaluz de Trabajadores con el ánimo de reivindicar, está claro, lo suyo, o sea, su sentido de pertenencia a tan singular tierra y habla.

 

Sobra decir que aquello de lo que nos sentimos orgullosos de formar parte no tiene, ni por asomo, que ser lo mejor comparado con otro, pero es lo nuestro, lo que nos identifica y con lo que nos sentimos identificados, de lo que sentimos orgullo y, por tanto, nos produce seguridad y autoestima. Quizá por eso me producen más pena que rabia los vándalos que se dedican a tirar bicicletas públicas al río, a destrozar mobiliario urbano o a dejar sus huellas “atilanas” allá por donde pisan, porque ni tienen autoestima ni orgullo ni sentido de pertenencia a nada. Está claro que alguien que sabe cuál es su lugar y sus cosas las cuida y reconoce el servicio que obtiene de ellas, no solamente él, sino aquellos otros con los que comparte ese mismo sentimiento.

 

La identidad se nos forma sabiendo de donde somos y, aunque es genial abrazar el mundo sabiéndose parte de él sin fronteras, no deja de tener su sentido de pertenencia a la raza humana. Y a mí, con tanta incertidumbre en el país vecino, saber que ha logrado el triunfo “mi” Macron me llena de “odgullo y zhatidfacción”.

 

 

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Desmitificando
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Ana María Tomás | 06-05-2017 | 09:29| 0

Suelo aprovechar cualquier ocasión, por pequeña que sea, para realizar tareas inexcusables -como hacer la compra- o lúdicas -como ir al cine- acompañada por alguno de mis hijos. La casualidad hace que la mayoría de las veces me encuentre con una encantadora señora entrada en años, viuda y sin hijos que pasea a un pequeño perrito. No hay vez que nos crucemos que no tenga para nosotros unas palabras amables, elogiosas y a la vez teñidas de una triste pelusa al comparar su situación y la mía. Yo -casi me siento culpable al considerarme tan afortunada- intento restar importancia y afirmo que no siempre tener hijos es sinónimo de felicidad, lo cual es verdad, y me escurro los sesos en buscar ejemplos de padres que ambas conocemos cuya desgracia es, precisamente, el hecho de tener unos vástagos que los llevan por la calle de la amargura. Después nos despedimos cordialmente, seguras de volver a reproducir la conversación en el próximo encuentro. La señora, tal vez un poco harta de que yo, tan feliz como se me ve con mis hijos, no le dé la razón a sus tristes argumentos, la última vez que nos vimos en similares circunstancias optó por decirme que ese día paseaba sola porque su perrito se había quedado durmiendo en su camita, y que mirándolo dormir tan plácidamente se le había encogido el corazón al pensar que ella no había podido sentir nunca “eso” que tienen que sentir las madres cuando ven dormir a sus hijos en la cuna. Touché. Sin embargo, en mi afán conmiserativo hacia ella, me levanté rápidamente al igual que un tentetieso para rebatirle que no todo es verlos dormir, que hay criaturas, pero también criaturos que acaban con la salud física y mental de las madres, que no duermen ni cargadas hasta el culo de somnífero pediátrico ¡si lo sabré yo! Y que, desde el momento de quedarse embarazada, toda la vida de la mujer gira en torno al bebé, como si dejase de pertenecerle a ella: cuidado con el alcohol, el azúcar, las grasas, los medicamentos, el deporte, los golpes o roces en la barriga, y ahora hasta con el jamón ¡Por Dios! (con los antojos de jamón que me metí yo entre pecho y espalda), vamos, cualquier cosa que pueda afectar al crío. Y no hablemos ya de lo que ocurre después del nacimiento.

 

No es que yo esté empeñada en amargar a la buena señora, sino todo lo contrario, me parece adorable y sólo intento desmitificar la sublimación a la que ha llevado el hecho de ser madre, entre otras cosas, precisamente, por no serlo. Mi pretensión no es otra que hacerle ver unas ventajas que ella tiene que nunca tendrán otras mujeres: ella es libre y dueña de su corazón, cosa que jamás es una madre. Además, los hijos son regalos que da la vida, joyas, pero no siempre es oro todo lo que reluce. Ella está tan obcecada, tan dolorida con esa ausencia, que está ciega para poder ver cualesquiera otros regalos que la vida le haya proporcionado. Me entran ganas de decirle que ser madre no es siempre parir, que hay hijos que se gestan dentro del corazón y no debajo de él, que la maternidad es tanto de cuerpo como de alma y que ella podría ser una maravillosa madre si, en lugar de quejarse de su suerte, dejara florecer el amor maternal de su corazón.

 

Sabiamente la lengua francesa nombra la figura de la abuela como la “gran madre” y no todas las abuelas responden al estereotipo, aunque, bien es verdad, hay otras que se pasan tres pueblos en seguir siendo más que madres, grandes madres para sus hijos y los hijos de éstos.

 

Reconozco que, dada mi experiencia tanto a nivel de hija (mi madre es generosidad, entrega, perfume, refugio, caricia, seguridad, amor incondicional y constante) como de madre (mis hijos son la mejor y más hermosa de las bendiciones) debería darle la razón a la buena mujer, aunque la hundiera en sus lamentaciones, y aceptar que soy más afortunada que ella. Pero no es menos cierto que hay hijos por ahí que van a las casas de putas no a buscar relaciones sexuales, sino a ver a sus madres, y que ni la más puta de ellas querría tenerlos ni de visita.

O sea…, vamos, que todo es relativo.

 

 

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Herencias chungas
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Ana María Tomás | 29-04-2017 | 10:02| 0

Tranquilos. Hoy no pienso torturarles con un tema tan difícil de digerir como los impuestos de sucesiones o, dicho de otra manera, la pasta que hay que apoquinar para poder acceder a lo poco o mucho que nos hayan podido dejar nuestros predecesores. No. Hoy les vengo a hablar de otra herencia mucho más sutil y que va más allá de las famosas frases de “tiene los ojos del padre” o “ha sacado la nariz de la abuela” o la expresión que hará historia salida de la boca de Marichalar, yernísimo del rey emérito, cuando nació su hijo: “El pobre es igual que la madre” ¡La madre que lo parió! Si mi marido dice eso nada más nacer mi hijo… es lo último que dice, vamos, lo último que le oigo porque lo largo con viento fresco, que nadie vaya a pensar que me decanto por otra cosa. Como les decía, hay otra herencia más etérea que funciona como un relojico y de la que vengo estudiando sus orígenes, causas y efectos desde hace algunos años, pero de la que jamás me hubiese atrevido a hablarles a ustedes a no ser porque, al parecer, ya está emergiendo del reducido reducto de quienes podíamos estar considerados más p´allá que p´acá por prestar atención a cosa tan inasible. Sin ir más lejos, la semana pasada, en la revista Mujerhoy, B. Navazo escribía un atrevido artículo sobre la psicogenealogía o psicología establecida en las relaciones entre los miembros que configuraban un mismo árbol genealógico como forma de entender algunas enfermedades, algunos casos extremos de muertes repetidas en la misma familia como una especie de pacto de fidelidad incluso a quienes no se han conocido jamás y, lo que es más importante, como una forma de curación de lo que no nos pertenece y que, por no tomar conciencia de ello, pasaríamos como molesta mochila a nuestros hijos. Y esto es, quizá, lo que más podría o debería importarnos.

 

Dice el refrán que “en todos sitios cuecen habas”, pocos terminamos asumiendo que “en la mía calderadas” cuando se trata de reconocer algo poco agradable referido a nuestra familia, es verdad que “la sangre es más espesa que el agua” y que las familias tratan de ocultar las vergüenzas propias ante ojos ajenos, pero cuando ciertas cosas se convierten en un secreto no dicho que, incluso olvidado en la noche de los tiempos, sigue condicionando de manera enfermiza a herederos que no logran entender determinadas reacciones que ejecutan ellos mismos… entonces es, como poco, preocupante y, desde luego, digno de tener en cuenta.

 

Repetimos como algo lógico: “mi abuela era diabética, mi madre también y ahora me lo han sacado a mí, vaya herencia, porque probablemente mi hija también lo será”, sin embargo, es posible detener ese legado generacional, por supuesto hablamos de quienes crean en las técnicas basadas en la lectura del genosociograma que reconstruye la historia del árbol genealógico y puede llevar a descubrir que, tal vez, la abuela tuvo una carencia infinita de dulzura en su vida y generó esa enfermedad, pero ese programa era únicamente de ella y no podemos aceptarlo nosotros por mucha solidaridad que sintamos hacia el sufrimiento de abandono interiorizado en la familia. O no podemos dejar de parir un hijo sólo porque nuestra abuela murió en el parto, y antes lo hizo su abuela y la información que quedó en el árbol generacional fue que para preservar la vida de las mujeres había que evitar parir y, si para ello, tenías que fracasar en una relación tras otra no importaba. Sí, es verdad, puede parecer de locos, pero lo cierto es que la Biodescodificación, la Etioterapia, la Epigenética… etc. son técnicas que están actuando como herramientas eficaces a la hora de comprender, sobre todo, determinados comportamientos enfermizos o que nos conducen a la enfermedad y, por tanto, ayudando a sanarnos.

 

Siempre ha estado claro, aun desconociendo todas estas historias de herencias perversas o sanaciones pactadas en nuestro árbol genealógico, que en las familias ha existido un acuerdo tácito de mantenerse fieles a unos determinados parámetros que el tiempo diluyó pero que quedaron en el subconsciente colectivo de esa familia. Si eso no nos condiciona y nos permite ejercer nuestro libre albedrío… nada que objetar, pero si un sufrimiento intenso de uno de nuestros antepasados nos limita hasta enfermarnos y una determinada técnica nos ayuda a sanar… pues qué quieren que les diga. Es posible que haya muchos escépticos al respeto y más detractores si cabe, pero cuando aprieta el zapato… ¿qué se puede perder cuando se tiene todo perdido? Además, siempre resulta muy agradable descubrir parcelas ignoradas de quienes nos precedieron. Pruébenlo. Y ya me cuentan.

 

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La Elección
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Ana María Tomás | 18-03-2017 | 11:42| 0


Me acabo de enterar de que una de mis mejores amigas se separa de su marido. Me lo ha dicho ella misma con un llanto que no podía controlar. “Nunca me gustó esa tipa” me dijo. La “tipa” en cuestión es la mujer, bueno, “era” la mujer de uno de los compañero de trabajo del menda. Y es curioso cómo esas primeras impresiones viscerales de las que nadie nos libramos apelan a lo más primitivo del ser humano para ahorrarnos disgustos. Claro, que yo le podría haber dicho que quien nunca me gustó a mí fue su marido. A fin de cuentas ha sido él quien ha hecho la elección. Imagino que la situación que viví es fácilmente reconocible por cualquiera de ustedes en amigos, hermanos, hijos, pareja… Ya nada es lo que era. Los “para siempre” han quedado reducidos a “para poco”; los “nunca te olvidaré” han cambiado a “si te he visto no me acuerdo”; y la entrega del corazón…, por aquello de los trasplantes, ha quedado sin vigencia alguna. En resumen, que este mundo loco y cambiante también ha afectado a la calidad de las flechas de Cupido volviéndolas biodegradables y caducas.

Lo que se ha conocido como “la familia de toda la vida” se diluye, se bifurca, se reajusta a unos tiempos en donde la unión la sostiene, no ya el amor o, al menos, no éste solamente, sino la capacidad de felicidad y de bienestar, físico y psicológico, que proporcione la pareja. Exégesis: cuando el capullo o la soplagaitas con quien se conviva convierta la relación… pues no sé…, desde infumable a insufrible, pasando, obviamente por aburrida o problemática ¿quién no tiene problemas con la convivencia?, pues nada ¡hasta luego, Lucas!

Claro, que no siempre tiene que ser el otro quien mude, recuerden aquello de que jamás nos bañaremos dos veces en el mismo río. Todos evolucionamos, cambiamos (una veces para mejor y otras ni les cuento) y, en ese cambio, viajan los sentimientos. Cuando una relación se rompe, no significa que no haya sido el amor verdadero de nuestra vida… tanta pasión, tantos momentos maravillosos, intensos, felices, inolvidables… Siempre es el amor eterno el que une aunque sea breve esa unión, porque, como dice Sabina, “hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno”. No es cierto que el único amor verdadero sea el que no acaba, lo único cierto es que, a veces, en un inconsciente desafío al tiempo, entran en esa turbulencia viajera y cambiante los dos miembros de la pareja y, cuando el disturbio pasa, vuelven a encontrarse renovados, fortalecidos, deseosos o colmados de una ternura reposada, pero eligiéndose el uno al otro de nuevo una vez más.

Lo peor que puede ocurrir es que alguien nos saque de su vida cuando nosotros jamás podremos sacarlo de nuestro corazón. A mi amiga se le ha venido el mundo encima, aparcó su vida y sus aspiraciones para acompañar a su marido en sus variados destinos laborales y dedicó su tiempo a él y a sus hijos. Me dijo que lo que menos le preocupaba era su futuro laboral, pero sí la tiene muy angustiada el de sus hijos. Sus “vísceras” vuelven a mandarle mensajes de alerta de que van a tener que renunciar a muchas cosas porque el papá les pasará la pensión estipulada y ni una propina más. Pero eso para ella es, al menos en estos momentos, secundario. Lo que más le importa es haber perdido a su hombre, al amor de su vida.

Evidentemente, el amor es un tren cargado de diversos y complicados vagones, aunque lo importante, en cualquier caso, es conseguir viajar en él y ser consciente de que cada día es una estación en la que, en cualquier momento, uno de los miembros de la pareja puede apearse. Y saber, por mucho que jorobe al que siga en el tren, que siempre puede haber alguien que espere en la estación al que baja. De ahí que lo difícil, cuando se rompe el amor, no es recoger los cristales sino no cortarse al hacerlo. Mi desconsolada amiga me decía que su marido le había roto el corazón pero que, aun hecho pedazos, esos pedazos seguían amándolo. Sí, les doy permiso para que piensen que es un poco gili. Yo también lo hice.

La vida… Unas veces se gana, otras se aprende, pero siempre es necesario arriesgarse, saltar al vacío, sentir que se vive y dejarse penetrar por flechas o flechurrias caducas, porque, casi siempre, antes de desintegrarse, han sido capaces de hacer arder el alma y el cuerpo en la eternidad de un breve fragmento de tiempo.

 

 

 

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