LA LÁMPARA DE ALADINO

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El marido de una de mis amigas, en vísperas de su aniversario matrimonial,  le dijo: “Amorcito, este año te voy a regalar una lámpara de Aladino?” Y ella respondió: “¿Para qué quiero yo esa porquería…? A lo que él, solícito, le contestó: “Para que guardes ese puto genio que tienes”. Sin embargo, cuando llegó su aniversario, no sólo no le regaló ninguna lámpara maravillosa sino que se fue de pesca con una tal Pepi que tenía dos lubinas de un kilo cada una. Evidentemente, sobra decir que ella nunca lo perdonó y que, si no se han separado, es por razones que no vienen al caso. Y digo esto porque, desde distintos medios, se nos intenta vender la burra de que, como estamos en época de crisis, y no por la movida de Botsuana, sus Majestades de España no van celebrar sus bodas de oro. A ver…vayamos por partes, como diría Jack el destripador… Podemos presuponer, puestos a ello, que la Reina estaría encantada de visitar con su marido Afganistán y seguir, al pie de la letra, la costumbre  que hay por allí de que la mujer camine unos cuantos pasos detrás del hombre, y no por aquello de la tradición, sino porque todo el terreno está minado. Que una cosa es que ella se comporte como una verdadera “profesional”, según su insigne marido, y otra que se pretenda que el pueblo llano comulgue con ruedas de molino.

No quieren celebrar bodas, no les apetece celebrar ni rememorar ni matar ningún pavo para el banquete porque, quizá… presuntamente… a ambos les apetezca matar, más que al pavo, a quienes los presentaron, o a otros animales de más calibre (sin comentarios). Probablemente, si centraran la atención en el balance positivo: tres hijos -olvidémonos de los consortes de los mismos-, varios nietos, días felices, miradas cómplices, muchas actividades compartidas, muchos sufrimientos (recordemos que “los ricos también lloran”), pero también algunas horas, imagino, de felicidad, no les costaría tanto volver a mirarse a los ojos, aunque sólo fuera como amigos. Tal vez, en su búsqueda de fotos del álbum personal para sacar cincuenta para la prensa, por aquello de cubrir expediente, han pasado demasiado rápido por instantáneas entrañables: no hay nada comparable a contemplar el sueño de los hijos, sus risas… Sin embargo, el ser humano es capaz de eclipsar cientos de horas de felicidad por apenas unas de sufrimiento. Obviamente, quién soy yo para calibrar o contabilizar horas de nadie. No obstante,  hay que ser tonto para no darse cuenta de cuánto hablamos sin decir nada. La comunicación, dicen los expertos, es tan sólo un diez por ciento la palabra, y el otro noventa es cómo lo decimos,  cómo lo movemos, cuanta distancia guardamos y cuantos silencios empleamos. Y las personas que tienen, a la fuerza, que llevar una vida pública, expresan sin palabras mucho a poco que un observador se decida a curiosear.

El marido de mi amiga, el de la lámpara de Aladino, cuando el par de lubinas de la Pepi comenzaron a apestar, intentó enseñar a su mujer a pescar y ella… valorando lo positivo que de la cosa se jugaba, aceptó las lecciones, pero hace unos días me lo encontré y me sorprendió  -él tan clásico y tan crítico con ciertas modas- que llevara un pendiente en una de sus orejas. Le pregunté que desde cuándo lo llevaba y me respondió que desde que su mujer lo había encontrado en el coche y le había dicho que era de él. La cabra siempre tira al monte. Y, desde Adán, ningún hombre ha dicho con verdad a una mujer que sea la “úuunica mujer de su vida”. Y, por otro lado… “el humor existe para recordarnos que por muy alto que sea el trono en que uno se siente, todo el mundo utiliza su culo para sentarse”. Creo que todo está dicho ya.

Es decir, que si los Reyes, aunque yo me inclino a pensar que en esto esté metida más la Reina, han o ha decidido que de celebraciones tuturú, me parece que es un acto de dignidad y congruencia y que si, aun siendo personas públicas, no les da la real (nunca mejor dicho) gana de dar explicaciones… pues, señores míos, están es su pleno derecho. ¿o no?

TODAS LAS CALLES DE MI ALMA LLEVAN SU NOMBRE

Anda que no ha llovido nada -y eso que estamos en sequía la tira de tiempo- desde que el insigne Machín cantara aquello de “Tu cariño es mi bien, madrecita,/ en la vida tú has sido y serás/ el refugio de todas mis penas/ y la cuna de amor y verdad.”

 

No sólo la música o la poesía homenajean a la figura de la madre. También lo hacen artes como la pintura o la escultura, en donde pueden encontrarse las más hermosas maternidades. Y hasta las diferentes religiones se ponen de acuerdo cuando se trata de honrar la figura materna. Dicen que le preguntaron al profeta Mahoma: “¿A quién debo amar más: a mi padre o a mi madre?”; su respuesta fue: “A tu madre, a tu madre, a tu madre, y después a tu padre”.  El libro de Isaías dice que “Dios consuela como una madre”, o sea, que una madre consuela como Dios;  y  el Eclesiastés añade: “Maldito del Señor quien irrite a su madre”; claro, que son tantos los que irritan a sus madres que, o bien no leen el “Eclesiastés”, o les importa un pimiento la maldición divina.

 

Hasta hace unos cuantos años no se tenía muy claro si el padre podía ser uno o varios, pero siempre se ha tenido muy clara la idea de que “madre no hay más que una” (al menos hasta la llegada de la fecundación in vitro y las donantes de óvulos). Y el refranero -que muchas veces es un compendio de estupideces, en lugar de una recopilación de sabiduría – extendía esta idea hasta los abuelos: “Los hijos de mis hijas sí son mis nietos, los de mis hijos no lo hago cierto”.

 

Y todo esto viene a cuento porque mañana es el día de la Madre y, aunque públicamente he mostrado mi rechazo en más de una ocasión a este tipo de días (madre, padre, enamorados), más comerciales que especiales, no estaría de más que mañana tuviésemos para nuestra madre un regalo, que no tiene por qué ser material, ni caro (recuerdo que mi mejor regalo fue un diploma que mi hijo me confeccionó con sus propias manos cuando tenía ocho añicos). Porque, aparte de que esto de ser madre es muy difícil, es también una especie de peaje que no se termina de comprender y, por supuesto, de pagar hasta que una no se convierte en madre. La angustia que me aprieta cada día la garganta cuando mis hijos (pequeños o grandes, da igual, siempre hay un peligro que acecha a cada edad) salen solos de casa, pertenece, como eslabón, a la cadena que, soldada con cordones umbilicales, une a las madres desde el principio de los tiempos. Cuando mis hijas aprendían a montar en bicicleta y yo tenía que soltarlas, la inquietud porque pudiesen lastimarse era superior a mí misma; recuerdo que mi madre me sonreía cómplice, sabedora de mi preocupación, y probablemente yo lo haga también con mis hijos… Al fin y al cabo la vida no es más que eso, enseñar a los hijos a montarla y después dejar que rueden solos.

 

Y como parece que me estoy poniendo trascendente y no quiero caer en los topicos y sensiblerías a las que se presta el día de mañana, sólo les diré: que se pongan manos a la obra y que, en plan casero o gran almacén, les hagan sentir a sus madres lo importantes que son para ustedes. Merece la pena.

 

Machín terminaba la canción asegurando que, por muchos amores que le trajera la vida, jamás ninguno de ellos se arrimaría, ni por el forro, al entregado por la Madre -hablamos de madres normales, no desnaturalizadas, que las hay-. Por supuesto, pretenderlo, compararlo, o buscarlo en otro lugar o cuerpo que no sea el materno, es el desastre-fracaso más estrepitoso que pueda generarse a sí mismo un ser humano.

Lo malo de todo esto relativo a los sentimientos es que el ser humano no aprende chichones en cabeza ajena. Y, por mucho que veamos lamentar a hijos que han perdido a sus madres sin haberles dicho o hecho saber cuánto las amaban, necesitamos golpearnos en cabeza propia sobre las mismas piedras. Claro, ¿qué podemos esperar si somos hijos de una sociedad carroñera que solo valora la pieza cuando deja de existir? Entonces, sí, entonces no dudamos en colocarles medallas o poner a nuestras calles los nombres de esos hijos tan ilustres ya desaparecidos.

Pues, miren, no. Organicemos (los que todavía tengan la bendita oportunidad de hacerlo) una cofradía de indignados a quienes les repela la idea de ir a las tumbas a decir lo que deberían haber dicho en vida. Y gritemos a los cuatro vientos que abracen con nosotros a nuestras madres y digámosles, llenos de amor, que todas las calles de nuestra alma llevan su nombre.

TONTO LAENTREPIEGNA

Hay tontos que tontos nacen, y tontos que tontos son, y tontos que vuelven tontos a los que tontos no son. Y los tontos de los entrepierna pueden hacer, perfectamente, los cien metros lisos en cualquiera de esos tres apartados en que los clasifica nuestro viejo refranero.

Por supuestísimo, ninguno de los pertenecientes a dicha cofradía admitirá que lo es, ni abierta ni cerradamente. En todo caso, si hay que reconocerse bajo algún epígrafe, ese será el de “no zemos muchos, pero zemos remachos”, porque, para ellos, dejarse guiar por el gps que llevan al final de su… apéndice más valioso  -y que se activa con el paso de una escoba con faldas- es un alto honor cada vez más en desuso debido al aumento de salidas del armario.

A los tontoslaentrepiegna se les puede reconocer con cierta facilidad puesto que, cuando clavan sus ojos en la posible y presumible presa, dejan caer un hilillo de baba por las comisuras de sus labios. No es que defiendan la teoría de la poligamia, no, es que ellos necesitan colocarse un ventilador en los mismísimos con el fin de esparcir su semen a los 4 vientos.

Lo más penoso de estos penes andantes es su incapacidad absoluta de verse como realmente son: patéticos y gilipollas. A ellos, cuando se miran al espejo, les duele la cara de ser tan guapos, como decía aquella vieja canción de Hombres G.

Evidentemente, este espécimen, repartido por todos los continentes, razas y culturas  -no tenemos más que mirar, por ejemplo, a Berlusconi, Strauss Kahn, a los hombres de la guardia pretoriana de EEUU y sus escándalos sexuales en Colombia y Brasil- no tendría éxito alguno si no fuera porque hay un grupo de mujeres con una especie de gen imán que atrae, como la luz a las mariposas, a este tipo de semental. Así que, las pobres, encadenando relaciones infructuosas, salen de la sartén para caer en la lumbre, mientras que ellos salen reforzados y sintiéndose los reyes del mamborgasmo.

En alguna ocasión, he hablado con más de uno de ellos que, al comprobar que yo no le daría cuerda ni para ahorcarse, me ha dejado con la palabra en la boca en cuanto ha pasado por su lado una buena “jaca” y la entrepiegna se le ha disparado con un pi, pi, piiiiiii… en dirección a la presa.

La carne es débil y no digamos ya algunos fragmentillos de la misma cuyo  crecimiento es directamente proporcional a la nulidad mental. Obama los ha calificado de “cretinos”, vamos, a sus tontoslaentrepiegna, a quienes no se les ocurrió mejor idea, nada más poner los pies en Colombia, que poner sus pepinillos en remojo con alguna colombiana.

Es verdad que, como cantaban las Supremas de Mostoles en una de sus canciones, muchos de ellos serán unos enfegmos del cibersexo… y del sexo real, no te fastidia, pero también es verdad que muchos no pasan de ser unos gilipollas incapaces de amarrarse la entrepierna aun sabiendo que la dirección que les indica su… flechita será la que los lleve derechitos a una complicación segura. La sangre no da para más: o riega una cabeza u otra, pero no las dos a la vez. Y ahí tenemos cantidad de casos de ruina total, para unos, porque manda huevos que Berlusconi le cascara a la joven marroquí Karina el Mahroug cuarenta y siete mil euros a la semana, más unos cinco millones de propina -y como a ella a otras muchas- por limpiarle el clarinete y mantener la boca cerrada. Que esa es otra, siempre me he preguntado por qué se llamará sexo oral a la práctica sexual en la que menos se puede hablar.

Decía Elbert Hubbard: “Todo hombre es tonto por lo menos cinco minutos al día; la sabiduría consiste en no rebasar el límite”. Por desgracia para algunos, aunque posean péndulo, la entrepiegna carece de relojes.

 

 

 

AMOR EN TIEMPOS DE SUEROS

 

Mi padre, un venerable anciano de ochenta y seis años, entró apresuradamente en la habitación compartida  del hospital. No pareció ver a nadie salvo a su mujer, al menos obvió todo saludo reglamentario hasta después de haber cubierto de besos la cara postrada de mi madre. Sólo entonces reparó en mí y en los acompañantes de la otra enferma que compartía habitáculo y saludó amablemente tras excusar sus modales. Los “acompañantes” no sólo sonrieron, sino que quedaron… ¿sorprendidos? del amoroso gesto de mi padre. A él acababan de darle el alta médica tras haber pasado toda la noche en urgencias estabilizándole sus problemas pulmonares y cardiacos. Mi madre seguía ingresada en planta en un sinvivir continuo de pensar que no podía estar cuidando de su marido como lleva haciendo más de sesenta años.

Mi padre había recibido el alta médica, pero ese trámite sólo se hizo efectivo tras llenarse la retina con la débil sonrisa de su mujer al verle.

Mirarles cómo se miraban con las manos enlazadas mientras sus hijas se repartían sus cuidados era una de las escenas más tiernas y amorosas de las muchas que a lo largo de toda su vida han regalado a su familia.

Dicen que la pasión, científicamente, dura dieciocho meses, que el amor no es eterno, que los príncipes se convierten en ranas,  que los rollitos de primavera se convierten en cerdos agridulces, que los cuentos con final feliz sólo son cuentos chinos, que nada es para siempre y que las relaciones humanas son como los pañuelos de papel: de usar y tirar… pero el espejo en que yo me miro cada día son mis padres y ellos me demuestran que una cosa es la teoría que llena páginas y páginas de enfrentamientos entre matrimonios, y otra cosa es la práctica. O… puede que también sea la práctica habitual las desavenencias matrimoniales y que ellos -como otros muchos- sean la excepción que confirma la regla, pero yo me pido ser también la excepción. Me pido que jamás se conviertan en gusanos las mariposas que siento en el estómago cada vez que miro a mi marido. Me pido seguir haciéndoles creer a mis hijos que el amor es eterno e indestructible y que puede con todo porque “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo perdona, todo lo espera… porque es amor es paciente, servicial, no se irrita…” Por pedir me pido ser, para mis hijos, el ejemplo que han sido mis padres para mí.

“El yayo se ha puesto enfermo porque no sabe ni puede ni quiere estar sin la yaya” dijo una de mis hijas como si me hubiera leído el pensamiento, aunque yo me aventuré a ir un poco más lejos: mi padre no deseaba el alta, sino una cama en el hospital junto a la de mi madre.

Estoy segura de que muchos de ustedes conocen casos similares cuando no sean uno de ellos, lo que ocurre es que el amor es igual que las carretas: cuando van de vacío producen mucho más ruido que al ir llenas. Podrá haber parejas que aviven y mantengan su amor, a lo largo del tiempo, en la salud y  en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en las penas y en las alegrías… y lo harán sin ruido, serán ejemplo y espejo para los más cercanos, pero sin alharacas. Y habrá otras que, desgraciadamente, cuando venga la enfermedad, el paro -dicen que cuando la pobreza entra por la puerta el amor sale por la ventana-, o las penas…, por mucho que lo intenten, no lograrán encontrar puntos de apoyo común y terminarán como el rosario de la aurora. Dicen, también, los científicos y los estudiosos de la psique humana que el amor es un acto de voluntad, que cada día se elige amar, que es una elección libre pero elección, a fin de cuentas, el seguir o no con la persona elegida. Sólo así se puede entender que haya matrimonios que duren apenas unos meses y otros que sean eternos.

Mi madre siempre ha repetido una frase que era causa de broma cuando yo era más joven de lo que soy ahora: “quiero que papá se muera aunque sea una hora antes que yo”. Ahora entiendo toda la grandeza y la generosidad que encierran esas palabras que pueden tener, tan fácilmente, una interpretación de guasa. Ella sólo pretende ahorrarle a su amor el dolor terrible de tener que vivir, aunque sea una sola hora, sin la presencia amada.

Sí, podrá haber “amores eternos que duren lo que dura un largo invierno”, pero hay amores que duran mil primaveras. Y yo me pido este último.

OCURRE ALGUNAS VECES…

 

 

 

Ocurre algunas veces

-más bien pocas-,

que la vida te ofrece en bandeja de plata

el cuchillo y el cuello de tu mortal enemigo

y tú, entonces, apartando ambas cosas,                           

sonríes.

Y por vez primera

le muestras tu espalda y caminas.

Ahí está tu triunfo.

Y tu postrera venganza

DE UN SITIO PARA OTRO

 

“Yo quiero morir como mi padre: durmiendo. Y no como sus pasajeros: gritando” Eso suele decir un amigo, con un sentido del humor más negro que el mío, que ya es decir.

Y eso es lo que ha estado a punto de pasarles a un buen número de pasajeros de un avión de la compañía de bajo coste JetBlue. Al parecer, a uno de los pilotos que conducía el aparato se le fue la olla y comenzó a gritar que había una bomba puesta en el aparato por Al Qaeda. Una ya no sabe si eso puede ser producto de viajar en compañías de bajo coste  -y es que cada vez elegimos peor “nuestras compañías”-  o puede ser resultado de la psicosis terrorista que está enloqueciendo al mundo. No hace tantos años en los que encontrarse… un móvil, por ejemplo, o un paquete caído al descuido era causa de alegría: siempre podía ser un buen fajo de “filletes”. Pues ahora, eso, o sea: la “causa de nuestra alegría”, lo dejamos para la letanía de la Virgen y ya está. Y, si nos encontramos un objeto tirado de mitad de la calle,  y no digamos ya si el sitio es un tanto… escabroso, por muy valioso que pueda resultarnos la cosa,  salimos corriendo para el otro lado mientras desenfundamos el móvil para llamar a la policía.

El mundo es cada vez más inseguro y, al mismo tiempo, nos obliga a estar en continuo desplazamiento, todo está cada vez más lejos: el trabajo, el hogar, la casa de los padres… los centros comerciales, los lugares de vacaciones… que esa es otra: olvídense de visitar lugares que hasta hace poco era paraísos: Siria, sin ir más lejos. Como les decía, los sitios hasta donde tenemos que ir y venir de continúo parece que los anden desplazando cada vez más lejos y ahí estamos nosotros: arriesgando nuestras vidas en coches, motos, trenes, aviones… con el peligro que encierra en sí ese ir y venir y con el plus añadido de que cada día hay más volados a los que no les importa cruzar de barrio si eso hace que crucen con él un buen número de “enemigos”. Aunque quienes le acompañen no tenga pajolera idea de esa enemistad.

Es verdad que ahora pasar por los controles de un aeropuerto saca de quicio a más de uno. He vivido de cerca las airadas protestas de algún que otro pasajero, Cosa, por otra parte, que no entiendo, puesto que esos psicóticos controles no hacen sino protegernos. Pero comprendo que quienes están viviendo de continuo esos controles y, sobre todo, manteniendo esa tensión y la angustia de que se te pueda colar algún pirado con el culo lleno de bombas… pues termine con un ataque de locura como el pobre  hombre este.

Lo más irónico del caso es que el avión iba lleno de expertos en seguridad que asistían a un congreso sobre… ¡tatatachán! seguridad. Y, además de otras series de circunstancias casi increíbles, viajaba como pasajero otro piloto que iba de vacaciones y que dudo sustituir al pirado a los mandos. O sea, que ese día se les apareció a todos la virgen del seguro vuelo.

Y lo peor de todo, como siempre, la curiosidad y el morbo de dejar constancia para la posteridad la escena. Una vez que los pasajeros comprobaron que los fuertotes de seguridad reducían al pobre loco -y que no había torres cercanas- se dedicaron a inmortalizar con sus móviles el acontecimiento pese a los ruegos insistentes de una de las azafatas.

Cuentan que, una vez, en un pequeño pueblo, a punto de salir la procesión de la virgen, se les cayó la imagen y se les rompió. El cura, con tal de no dejar sin procesión a los feligreses, ideó que una hermosa joven vistiera la túnica mariana y saliera a guisa de imagen. Al volver una esquina, el viento voló la túnica con el regocijo de los asistentes. Al pobre cura no se le ocurrió mejor recomendación para que no mirasen a la muchacha que gritar: “¡Dios castigue y deje ciego a quien mire a la virgen!”. Entonces, más de uno, poniéndose la mano en el ojo derecho gritó: “A tomar por culo el ojo izquierdo”.

Pues eso. Que pese a que la azafata gritara hasta quedar afónica que no fotografiaran al demente… ya saben la respuesta del “respetable”.

LA PESADILLA DE LOS PESIMISTAS

 

Siempre que me preguntan que cómo estoy, yo, enarbolando la mejor de mis sonrisas, contesto que muy bien. Me consta que, con esa respuesta, mis amigos se alegran y mis enemigos se fastidian.

Últimamente circulan por Internet una serie de correos en los que, según palabras de un apreciado lector, “intentan vendernos un mundo feliz”. Si bien para los optimistas o para quienes les va de cine (los hay, aunque les cueste creerlo) es una manera de reafirmar su filosofía de vida, y para aquellos que necesitan una ayudita les resulta una buena terapia, para los pesimistas, o para quienes las circunstancias en su vida no les son favorables, escuchar o leer que la vida es breve y que hay que aprovechar cada instante viviéndolo con alegría e intensidad, les suenan más a hueco que las maracas de Machín.

Les confieso que yo soy una optimista escarmentada pero recalcitrante y que cada día me desayuno una buena dosis de PowerPoint que me recuerde que no hay que preocuparse por las cosas que no tienen arreglo porque de nada sirve esa preocupación, pero que tampoco he de hacerlo por aquellas que sí pueden arreglarse puesto que, si tienen arreglo, no es cuestión de pre-ocuparse, sino de ocuparse directamente de ellas.

Hay, concretamente, uno de esos correos que lo abro a diario como pura medicina preventiva y que habla de conductas R y S. Supuestamente las primeras: “resentimiento, rabia, reproche, rencor, rechazo, resistencia, represión, son generadoras de coRtisol, una potente hormona del estrés cuya presencia prolongada en sangre es letal para las células arteriales. Las conductas S: Serenidad, silencio, sexo, sueño, sonrisa, sociabilidad, en cambio, producen Serotonina, una hormona generadora de tranquilidad, que mejora la calidad de vida, aleja la enfermedad y retarda el envejecimiento celular”.

Casi una decena de siglos antes de Cristo, Salomón, en Proverbios 17,22 canta: “El corazón alegre mejora la salud; el espíritu abatido seca los huesos” ¿Qué les parece?  Esas palabras son la consigna puesta de moda por todas las corrientes psicológicas actuales desde donde se insiste en que el sistema inmunológico se potencia con la alegría, y que la tristeza nos baja las defensas hasta permitir que enfermemos por la más absurda nimiedad. Sin embargo, sé de primera mano, que cuando un problema te atormenta el alma no hay psicología, palabras, porwer-point o recomendación alguna que te haga cambiar la visión negra que produce el dolor. Es más, cuando nos vienen con esos mismos consejos que acabo de enumerar más arriba, no sólo permanecemos imperturbables a ellos, sino que nos entran unas ganas terribles de enviar a tomar viento fresco a quienes nos los traen. “Qué bien habla el sano con el enfermo” solía decirme una amiga cuando, en un momento así, le hacía yo esas optimistas recomendaciones.

Todo es relativo, ya lo sé. Pero yo, que he estado en uno y otro bando, les aseguro que, pese al esfuerzo ímprobo que conlleva pretender ver rosado lo que no pasa de gris oscuro, merece la pena intentarlo. Si no por nosotros mismos, que somos los más interesados, sí por aquellos que nos rodean y que nos aman y a quienes nuestro sufrimiento les causa no menos dolor además de impotencia.

Tiene razón mi lector en que, cuando estás mal, resulta odioso e insufrible recibir correo tras correo repleticos de mensaje S, entre otras cosas porque te pasas la serotonina por el forro de los tegumentos. Pero, tal y como está el patio -¿intentan enumerar las malas noticias frente a las buenas? ganan siempre las malas por apabullante goleada-  necesitamos, más que nunca, que vengan a decirnos que “puede ser muy difícil, pero que es posible” porque ya estamos nosotros para repetirnos “que puede ser posible, pero que es muy difícil”.

¿Qué los optimistas y sus mensajes son la pesadilla de los pesimistas? No sé… Pero, yo creo que, veces, las pesadillas son los huesos donde mejores sueños afilan sus dientes.

www.anamariatomas.com

CÁRCEL DE AMOR

 

           Cárcel de amor no es sólo el título de una novela sentimental  de la época del descubrimiento de América, de Diego de San Pedro, sino que es también el lugar donde muchos seres humanos viven tras convertirse en padres.

Aquella famosa frase de “cuando seas padre comerás huevos” no sólo ha quedado desaparecida -y no en combate-, sino que ahora son los hijos quienes racionan -como si estuviéramos en la peor época de escasez-  no ya los huevos, sino algo de mayor alimento: el respeto y la obediencia a sus progenitores. Por supuesto, ya del cuarto mandamiento, aquel de “Honrarás a tu padre y a tu madre”, ni hablamos.

Con total alucinación -al menos yo-, hemos comprobado esta semana que una nenica de dieciséis años ha denunciado a su padre porque este, tras comprobar que había comenzado a coquetear con las drogas, la castigó un fin de semana en el sótano. En primer lugar, hay que ver cómo es el sótano. Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de verlo en las imágenes que salieron, les diré que no se trata del sótano de una casa de película de terror. Es, simplemente, un habitáculo en donde esa familia, como otras muchas, instala el “resumen de su vivienda” con tal de preservar el hogar de la batalla diaria, es decir: cocina, sofá,  mesa camilla, cama y las comodidades más… perentorias para hacer de una sola habitación prácticamente su residencia.

En segundo lugar, el padre se quedaba con ella.

Y, en tercero, los padres tienen la obligación y el derecho a educar a sus hijos como mejor sepan o puedan. Todos los padres cometemos errores que más tarde los hijos nos echan en cara. Errores diferentes a los que nuestros padres cometieron con nosotros. Errores distintos a los que nuestros hijos cometerán con los suyos. A fin de cuentas, con tantos errores humanos por qué repetir…

Hay culturas en las que se reconoce abiertamente que los niños han de ser educados por toda la tribu, pero aquí, en este bendito país en donde no hace falta meterse ningún alucinógeno para alucinar porque basta con escuchar algunas disposiciones judiciales, se permite que una mujercica denuncie a sus padres porque la han castigado, o se impone una orden de alejamiento a unos padres porque, en un momento determinado le dieron una bofetada a su hija, y con esto no quiero decir que esté de acuerdo con pegarle a nadie, pero ¡por Dios! es que se nos ha ido la olla ¿Qué puñetas están pensando los legisladores? Cada vez tiene que ver menos la Justicia con lo que realmente es justo. Se dispensan leyes, se ejecutan leyes, pero no se imparte justicia ¿Es justicia que los asesinos de Marta de Castillo hayan salido de rositas y que un padre esté imputado por castigar a su hija?

Pero lo absolutamente increíble de todo esto fueron las palabras del padre tras el regreso de la criatura  y tras preguntarle la reportera si ésta le había pedido perdón por denunciarlo, no se lo pierdan: “No, no me ha pedido perdón, ni hay por qué hacerlo”. ¿Qué les parece?

Como madre, entiendo perfectamente la angustia de este pobre hombre al saber a su hija escapada (las autoridades la llevaron a un Centro de acogida y de allí se escapó)  y vulnerable a los cientos de peligros que acechan. Y, por supuesto, entiendo su predisposición a abrazar y perdonar a su hija al margen de lo que haya hecho, como el padre de la parábola del Hijo Pródigo. Pero el que los padres vivamos de continuo en una cárcel de amor por los hijos no les da derecho a ellos a meter en esas celdas instrumentos de tortura.

Que, oigan, me parece estupendo que criaturas que están siendo maltratadas por padres desnaturalizados tengan la oportunidad de escapar de esa situación a la mayor brevedad, pero…, pregunto ¿no sería posible poner algún tipo de filtro que pudiese diferenciar al padre maltratador de un padre educador? Es que hemos pasado, por efecto pendular, de unos padres a los que había que hablar de usted y pedir permiso para abrir la boca a otros que, o bien son absolutamente permisivos por miedo a perder el cariño de los hijos, o no tienen más narices que serlo directamente por miedo a los hijos que llegan hasta a pegarles. A ellos  y a esta sociedad que, cada vez más, está generando tiranos con una conciencia sólo de derechos y ausente de toda obligación, responsabilidad y respeto a todo, puesto que a quienes primero no respetan es a sus propios padres.

Dice la Biblia que los hijos son flechas en la aljaba, pero parece que  actualmente esas flechas estén en la aljaba de algún enemigo dispuesto a dispararlas contra los padres. Y, sin embargo, los padres, presos y atados de pies y manos, no sólo están dispuestos a dejarse asaetar por ellas, sino a alabar la perfecta puntería de los vástagos cuando aciertan directamente en el corazón.

 

 

¿MIRAR PARA OTRO LADO?

 

Me niego a honrar el 8 de marzo enumerando una larga lista de agravios realizados por el hombre a la Mujer de todos los tiempos, sobre todo porque sería injusto para muchísimos hombres de hoy en día que han colaborado, como la que más, al ejercicio de la igualdad y el reconocimiento a las mujeres. Hombres que han perdido su pedestal de dioses y andan, pobrecillos, desubicados y más perdidos que los juguetes de la niña del exorcista. Sin embargo, es evidente que la figura de la mujer, a lo largo de muchos años ha estado siempre eclipsada en el pasado, por tanto, es de justicia retrotraerla al presente y vestirla de luz.

Son muchos los hombres que consideran que ya está bien de cantinelas igualatorias, que ahora, las mujeres, tenemos incluso  más derechos y beneficios que ellos. Y, en parte, estoy de acuerdo, pero sólo en una pequeñísima  parte. Por fin, ahora, una mujer denuncia que su marido le pega  y  tiene algunas ventajas por encima de si es un hombre quien dice que su mujer le arrea. Y es verdad que algunas de las mujeres del primer mundo hemos conseguido logros impensables. Pero también lo es que en este primer mundo, en nuestro país, sin más lejos, existen mujeres que son vendidas, drogadas a la fuerza y obligadas a ejercer la prostitución. Y también es verdad que, a nuestro lado, más de un imán se permite aconsejar a sus fieles sobre cómo pegar a sus mujeres. No es necesario que se nos encoja el corazón con las noticias de cómo tienen que sobrevivir criaturas en la India desfiguradas por el ácido que cualquier pretendiente despechado les echa en la cara. No es preciso constatar que en India, en las últimas tres décadas, doce millones de niñas no han llegado a nacer porque parir una hija es una maldición mientras que tener un niño es el mayor tesoro. No necesitamos ir a Afganistán y conocer personalmente a criaturas como Sahar, quien con quince años ha sido brutalmente torturada con descargas eléctricas y golpes por su propia suegra y su marido,  que llegaron a arrancarle las uñas o la piel a tiras por negarse a prostituirse y darles los  beneficios para los que fue pensada (10-01-2012). O ver cómo un afgano mata a su mujer a palos por parir una niña (31-01-2012). Ni tampoco hemos de viajar a África para saber que las niñas son sometidas a la ablación del clítoris e incluso a la infibulación en donde se les corta, a golpe de cuchillo y sin medida higiénica alguna, los labios mayores y menores y se les deja apenas un mínimo espacio para orinar o sangrar y en donde sus futuros maridos se abrirán paso… de nuevo con un cuchillo… No, no tenemos que ir muy lejos, ni en distancia ni en el tiempo. Esas atrocidades están ocurriendo ante los ojos de un mundo global y en tiempo real. Por eso, no podemos volver la vista hacia otro lugar mientras un señor, por muy imán que sea, aconseja en pleno s. XXI cómo pegar a una mujer. Y más si  mezquitas se mantienen con subvenciones que pagamos nosotros. Como así ocurre.

¿Qué hemos logrado muchos derechos? Ni más ni menos que los que nos corresponden como personas. Derechos que hemos ido arañando a fuerza de ser compradas o vendidas como una mercancía, violadas, prostituidas, ninguneadas, esclavizadas, ofrecidas a dioses, apedreadas, mutiladas… convertidas en analfabetas sumisas, en animales de carga y paridoras de la especie.  Nos han insultado con todos los insultos imaginables y han socavado nuestra dignidad hasta límites insospechados.

Pero un día, como muy bien dice Jenny Londoño en un hermosísimo poema, nos dolimos de nuestras angustias y la voz dulce se convirtió en grito desgarrador y nos reunimos “la viuda, la casada/ la mujer del pueblo, la soltera,/ la madre angustiada, la fea,/ la recién parida, la violada/ la triste, la callada, la hermosa,/ la pobre, la afligida, la ignorante,/ la fiel, la engañada, la prostituida./ Y formamos/ con todas nuestras quejas/ un caudaloso río/ que empezó a recorrer el universo/ ahogando la injusticia y el olvido./ Y el mundo se quedó paralizado… […] Las mujeres, por fin, lo descubrimos: ¡somos tan poderosas como ellos./ Y somos muchas más sobre la tierra! ¡Más que el silencio y más que el sufrimiento!/  ¡Más que la infamia y más que la miseria!” El poema termina exhortando a hombres y mujeres a amasar juntos el pan de la existencia.

Es posible que sean muchos quienes piensen que los ochos de marzos están de más, que ya no son necesarios. Y es verdad: en algunos lugares no lo son. Pero mientras haya una mujer, una sola mujer que no haya escuchado el grito coral del resto de mujeres invitándola a unirse a él y sentirse libre, el mundo: hombres y mujeres de buena voluntad, hemos de seguir convocándolas con nuestras voces.

 

 

VEINTICUATRO HORAS DE REGALO

 

Cada amanecer es un regalo, por eso se le llama presente. Y, aunque parezca que no importa si usted es consciente de ello o no, es, precisamente, ese mínimo instante de consciencia el que puede cambiarnos la vida.

 
Normalmente, celebramos días especiales para honrar a quienes deberíamos honrar todos los días del año: que si el padre, la madre, el amor, los inocentes, los muertos, etc., pero a pocos se nos ha pasado por la mente celebrar cada día porque sí, simplemente por el hecho de estar vivo.

 
Esta semana se nos regalan veinticuatro horas extras de un año bisiesto, llamado así porque Julio Cesar intercaló un día entre el sexto y el quinto antes de las calendas de marzo (primer día de cada mes), es decir, entre lo que sería el 23 y 24 de febrero, como ajuste a la duración de la vuelta completa de la Tierra en su órbita que no es de 365 días exactos, sino de 365 días, 5 horas y 56 minutos. A este día se le llamó bis sextus díes ante calendas martii, o sea, doble día sexto antes de las calendas de marzo. Y al año que contenía ese día se le denominó como bissextus.

 
Yo no sabía que, desde hace más de quince años, en España existe un peculiar club que festeja, cada cuatro años, a los nacidos en el 29 de febrero, o sea, a sus miembros. Y que este año esperaban juntar a cinco millones de bisiestos del mundo. Ni tampoco que celebraran el cumpleaños tan de tarde en tarde, a fin de cuentas, el primero de marzo sería el siguiente al 28 de febrero. Bueno, imagino que no serán todos, pero sí, al menos, todos los que yo vi entrevistados por una cadena televisiva.

 
Vivir como vivimos entre prisas, vorágine, estrés…, sintiéndonos culpables a cada momento por no tener el don de la ubicuidad y poder estar en varios sitios a la vez; llegando a casa a altas horas de la noche, derrengados y exhaustos de la batalla del día y, también, llamar batalla a lo que debería ser un disfrute por tener la oportunidad de estar vivos no ayuda mucho a que el balance, al caer el día, no traiga con él, junto a la nocturnidad, una buena dosis de alevosía y de veneno en sangre. Pero si nos paramos un poco o, simplemente, hacemos cuentas mientras conducimos en estampida hacia el trabajo, el cole de los críos, el supermercado o el médico, nos daremos cuenta de que, cada día, el Tiempo nos alfombra el derredor de la cama con 86.400 segundos para que pongamos los pies y estrenemos, de nuevo, la vida. Circula por Internet un correo que compara esos segundos de riqueza absoluta, incapaz de comprar ni el más rico de los hombres, con euros que se nos regalan cada día pero que tenemos que gastar en esa misma jornada, de lo contrario, el dinero desaparece al llegar la noche, aunque el nuevo amanecer vuelva a traernos en la cuenta otros 86.400 euros. Visto así parecería increíble que hubiese un solo ser humano que no gastase ese capital a diario, en él, en su familia, en sus amigos… Sin embargo, el tiempo, ese maravilloso bien poco preciado, salvo por los que saben médicamente que les queda muy poco, lo empleamos en vivir alienados, aborregados entre renegaciones, aceptaciones o asumiciones porque no nos quedan más huevos.

 
Quienes vamos cumpliendo cierta edad -lo de “cierta edad” siempre me ha hecho mucha gracia porque suele utilizarse a las edades más inciertas- sabemos, aunque no todos, por desgracia, que cada vez tenemos menos tiempo para perderlo en pequeñeces, en vulgaridades, en riñas, en egoísmos. Poco tiempo para regalárselo a quienes no lo merecen. Lo refleja extremadamente bien un poema maravilloso de Mario Andrade: “Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido./ […] Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros./ […] Quiero rodearme de gente que sepan tocar el corazón de las personas./ Sí… tengo prisa…por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.”

 
Así que, maduros o verdes, sanos o enfermos, jóvenes o viejos (que poco o nada tienen que ver con la edad) unámonos al club de los bisiestos, al de los bialegres (de alegría no de viagra) al de los bicardiólogos, pero no de los que se acercan al corazón con el fonendoscopio, sino de aquellos que lo hacen con las yemas de los dedos del alma y festejemos, honremos, cada día, esos 86.400 segundos y que cada noche no nos quede ni uno sólo que no hayamos gastado o puesto a plazo fijo en la intensidad de la existencia.

 

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