La Verdad
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Fotos del árbol caído
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Ana María Tomás | 21-04-2018 | 10:02| 0

Hace un cierto tiempo circulaba por internet el vídeo de unos niños negros víctimas de las minas antipersona. A todos les faltaba una pierna y algún otro miembro, y lo que el vídeo recogía era una carrera entre ellos. Todos “corrían” ayudados por muletas en medio de una algarabía propia de los niños felices (sí, felices). De pronto uno de ellos cae al suelo y rueda sobre su propio cuerpo. Los más alejados de él siguen corriendo hasta que se dan cuenta de que otros, los más cercanos y testigos de la caída, se detienen en seco y se giran para ayudar al chico a levantarse, entonces todos paran, se arremolinan alrededor del que está en el suelo hasta que este logra, no sin esfuerzo, ponerse en pie. Entonces juntos reanudan la marcha. Pero el porrazo le ha causado al niño heridas sangrantes en las rodillas y apenas si puede andar. Intenta continuar hasta la meta pero su anterior y cojeante trotecillo se convierte en una lenta cojera. Para sorpresa del espectador, todos los niños participantes en la carrera, sin mediar palabra, como algo natural, optan por caminar a su paso, junto a él, entre risas y gestos cómplices. Al final llegan todos juntos a la meta y comparten con alegría el premio.

 

Y digo yo… que no es que se pretendiera ver gestos de semejante altura en el ¿Primer Mundo?, aunque comparado con el vídeo del Tercer Mundo no sé cuál está más atrasado, pero como decía, no se trata ya de comparar o de pedirle peras al olmo… pero lo que sucedió hace unos días en la prueba de atletismo de Australia me ha dejado sin palabras, como creo que les ha ocurrido a un gran número de personas.

 

Imagino que todos ustedes conocen las imágenes del atleta Callun Hawkins, tambaleándose y desfalleciendo varios metros hasta caer deshidratado al suelo mientras sus compañeros pasaban junto a él como si lo hicieran por delante de un saco, sin mirarlo, sin compadecerse mínimamente, sin prestarle un mínimo de ayuda o pedirle a los espectadores que estaban junto a él que se encargaran de socorrerlo. Que esa es otra, los espectadores a cuyos pies cayó el deportista se limitaron a hacerle fotos “¡Demiadelamorhermoso! ademosllegao”.

 

Pero no vayan a creerse ustedes, por si alguien no vio la noticia, que se trató tan solo de algún loco inmisericorde y sin empatía alguna, no, no, no señor, era todo el grupo, todos los espectadores que estaban justo en el lugar en donde cayó el pobre atleta quienes desenfundaron la terrible y deshumanizada maquinita y comenzaron a asestarle foto tras foto y vídeo tras vídeo, ante la absoluta perplejidad de otros muchos espectadores televisivos a cientos de kilómetros que nos planteamos cómo podemos llamar a “esto” la sociedad del bienestar. Ninguno de ellos hizo el más leve amago de socorrerlo, de darle agua, de tenderle una mano, de animarlo, de sostenerlo para evitar que diera con sus huesos exhaustos en el asfalto… ¡ninguno! Pero todos sacaron el móvil para dejar testimonio de la cosa en una muestra más, no ya de la deshumanización que estamos sufriendo, sino de la imbecilidad de no vivir nada con los ojos y en directo.

¿Se han dado ustedes cuenta de que acontecimientos maravillosos e irrepetibles, como puede ser el nacimiento de un hijo, ya no se viven sintiéndolos y viéndolos sin más, sino que se ven a través de la pantalla del móvil para que esté encuadrada la escena, para comprobar si tiene luz, si se ve bien… vamos, que todo se vive ya a través de la pantalla del móvil, conciertos, comidas, amaneceres, festejos, bodas, cumpleaños, bailes… todo. De todas formas, eso no sería tan malo si no fuese acompañado de la crueldad, la ferocidad y la perversión del ser humano.

 

Siempre se ha dicho que “no había que hacer leña del árbol caído”, probablemente, el consejo contenido en el refrán ha servido de poco. Durante siglos nos ha faltado tiempo para tomar el hacha y hacer cuanta leña se haya podido de aquellos que estaban en debilidad de condiciones, pero, miren ustedes por dónde, las nuevas tecnologías han conseguido quitarnos el hacha y ponernos otro elemento mucho más destructor que esta: la cámara de fotos del móvil. Quién necesita liarse a hachazos cuando puede hacerlo a pantallazo limpio… aunque esas fotos, mucho más que la imagen que muestren, lo que revelan, de verdad, es el retrato del individuo que las tomó. Desde luego, cada día estoy más de acuerdo con el pensamiento de “Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”

 

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Servil con los tiranos
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Ana María Tomás | 14-04-2018 | 08:56| 0

Conduzco mi coche camino de casa tras una jornada complicada deseando llegar a mi destino y quitarme los tacones. Es uno de esos días que ruegas al cielo que no te toque delante un conductor poco habilidoso o demasiado amable que vaya cediendo el paso, tanto a los conductores que les corresponda esa atención como a los que no. En uno de los semáforos en rojo, parada justo detrás de él, reconozco el coche que me precede y el conductor. Tengo suerte. Se trata de una persona impaciente, impertinente  y bastante prepotente. Tengo asegurado que vaya abriéndome paso sin contemplaciones. Puede que ustedes piensen que soy desconsiderada, pero quien haya estado libre de morirse de ganas por llegar a casa, sin tener demasiado en cuenta circunstancias ajenas, que me lance la primera piedra.

Tal y como sospeché, nada más reconocer al individuo, este fue conduciendo con cierta agresividad, pitando e inmovilizando a peatones que pretendían cruzar fuera de los pasos de cebra, comiéndose las bocacalles en donde teníamos preferencia e intimidando con luces y pitos a otros conductores que nos cedían el paso, pese a ser ellos quienes tenían derecho a incorporarse a la vía.

Pero… hete aquí que en nuestro trayecto cruzamos un barrio del cinturón de la ciudad en donde sus habitantes no suelen andarse con chiquitas. Como si el mundo fuera suyo, de una de las calles emergió como por arte de birlibirloque, sin mirar si venía coche alguno, una buena pieza: reconocido maleante con historial delictivo más que “respetable” como para no medir las consecuencias de un acto reflejo tal como pegarle una buena pitorrada. El… “impaciente, impertinente y prepotente” frenó tan de golpe que casi me lo como. El… “maleante” lo miró desafiante antes de iniciar el cruce de la calle, después, pausadamente, tuvo los santos cojines -con “o”- de pararse en mitad de la calle, hizo un leve amago de volverse  al punto de partida para luego girarse y continuar hasta la otra acera con una chulería inenarrable. En los breves o largos minutos -no sabría precisarles a ustedes cuánto duró aquella escena- mi predecesor ni se movió, podría jurar, aunque no lo vi, que ni pestañeó. Y sólo unos segundos después de que el peatón hubiera terminado su maniobra de cruce por donde le salió de los tegumentos, el coche comenzó a avanzar despacio hasta unas cuantas calles más adelante donde su ruta dejaba de ser la misma que la mía.

Al hilo de ese acontecimiento, aparentemente nimio, comenzaron a venir a mi mente numerosos casos en donde se pone de manifiesto una perversa condición humana: la de ser soberbios con los humildes, con los apocados, con los débiles, mientras que se es servil con los dominadores, con los déspotas, con los hijos de puta o…, simplemente, con los poderosos. A veces, ni siquiera con los realmente poderosos, sino con aquellos a quienes nosotros les otorgamos poder.

Y me vino a la mente cómo esa actitud es extrapolable a cientos de circunstancias de la vida, en todos los aspectos en los que nos movemos, desde el ámbito familiar al social, pasando por el religioso, el laboral… y no digamos ya por el político que, por público, se nos cuela tantas veces en nuestras casas a través de los medios de comunicación produciéndonos, al menos a mí me lo produce, vergüenza ajena.

Desde la distancia que ocasiona… “ir en el coche de atrás” es fácil contemplar cómo cuando… ¿la pieza? ¿el objetivo? puede tener aguijón que produzca algún tipo de daño o pérdida, aquellos que intentan ir por ella se refrenan, se reconducen o bajan sus ínfulas. Por el contrario, si esta nos muestra su debilidad, nos encanta hacer leña del árbol caído sin medir ni sus circunstancias ni nuestro vil comportamiento. Vil, sobre todo, porque no es una manera habitual de comportarnos a tajo parejo con todos, sino porque  solamente se muestra con aquellos que sabemos que no van a revolverse contra nosotros.

Y, lo peor de todo, no es ya que haya gentuza que, como el conductor predecesor de la otra noche, les pite a los peatones que intentan pasar a un metro del paso de cebra impidiéndoles el paso mientras que se cuadra ante un tipejo que le sale en mitad de una calle poniendo en juego tanto su vida como la de quien conduce que, con un mal volantazo reflejo, puede terminar empotrándose en una casa, lo peor de todo es que haya otros a los, en determinados momentos, nos venga genial que hagan de perros de presa mientras nos mantenemos, en un seguro segundo plano, en silencio.

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Jolgorios
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Ana María Tomás | 07-04-2018 | 09:00| 0

Nos dicen los vecinos de las colindantes regiones a la nuestra que no salimos de una fiesta y ya estamos metidos en otra. Y lo dicen con cierto retintín como si ellos fueran capaces de hacerle asco a una cosa así. Si les soy sincera, yo creo que, más que “retintín”, es un poco de envidia.
Seguramente, nadie les ha hecho recapacitar en la idea de que “el hombre es un animal de costumbres”, aunque yo pienso que es precisamente la costumbre la que hace del hombre un animal (me ha “quedao” bien, ¿verdad?). Y eso lo sabe el ser humano, quizá de una manera inconsciente, pero lo sabe; por eso se empeña, una y otra vez, en romper las costumbres que sacan de él su parte más irracional. Y rompe la costumbre de estar sobrio agarrando alguna borrachera de vez en cuando; y rompe la monotonía de las comidas caseras saliendo a comer o a cenar los fines de semana a los restaurantes, o viceversa: si se tira la semana comiendo por los bares lo que se ha dado en llamar (muy bien llamado, por cierto) “comida basura”, anda deseando que llegue el día que pueda quedarse en casa frente a un plato de potaje de lentejas; y si se acuesta temprano habitualmente, aprovechará los sábados para acostarse… también temprano, pero de la mañana del domingo, y viceversa: si el curro se tiene por las noches y no hay más remedio que trasnochar, pillar la cama temprano será su forma de mandar al carajo la rutina. Y si se trata de formalísimas chicas, trabajadoras y madres de familia, entregadas a su profesión y a sus seres queridos, esposas fieles o novias a punto de dar el “sí”, se pasaran la rutina por el arco del triunfo (léase entrepierna) y se largaran de vez en cuando a una de esas salas en donde unos chicos musculosos marcando paquete les harán mandar la rutina (como decía muy finamente mi abuela) a donde se fue Solano. Mientras que, si por el contrario, las chicas en cuestión se pasan la semana proporcionándole callos a ciertas partes innombrables, se dedicaran a romper sus hábitos dándose baños de asiento de agua y bicarbonato. Y lo mismo para los chicos, que eso de la canita al aire, o sea, perder una cana: rejuvenecer, no es más que una forma de cambiar de aires -o de rutina- sin cambiar de ventilador.

Por todo eso el ser humano establece rupturas a lo largo del año con fiestas que descalabran, al menos tres veces, lo cotidiano. Y de año a año procura hacer un paréntesis mensual para recobrar las fuerzas perdidas, incorporar de nuevo a su vida la ilusión gastada por las aristas de todo un año, o engrasar las ganas de vivir que se van oxidando, anquilosando ante la asfixiante rutina.

Lo que ocurre es que esos paréntesis no siempre responden a las expectativas con las que fueron abiertos, porque al igual que un virus informático que se nos cuela en el ordenador, de la misma forma, cuando nosotros abrimos nuestro paréntesis vacacional se nos cuelan en él una serie de personas o personajes que, como los virus, nos joden el programa.

Como consuelo para quienes han andado verdes de envidia de que enjaretemos la Semana Santa con las fiestas primaverales más hermosas del mundo (puestos a comparar…) les queda el consuelo de que hoy llegan a su fin. Aunque…, como alimento a su desazón podemos añadirle la información de que aunque hoy sea el “Entierro de la Sardina”, la realidad es que hace una semana que la enterramos y que llevamos celebrando el jolgorio comiendo riquísimos arroces con todo tipo de carne. Entre paparajote y paparajote. Que todo hay que decirlo.

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“Por una mirada…”
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Ana María Tomás | 24-03-2018 | 11:40| 0

 

Durante años, en Semana Santa, he visto desfilar por las calles de mi amada ciudad de Jumilla, entre otras muchas imágenes, una que representa la “Negación de Pedro a Jesús”. Nunca fue una imagen especial para mí o que moviera mi interior a algo más que a observarla en su belleza plástica. Sin embargo, en uno de los actos de la cofradía, a la que pertenece dicha imagen, previos a la Semana Santa, la posición desde donde yo estaba situada era justo el punto de mira que el escultor había proyectado para los ojos de la imagen de Jesús. No me di cuenta de ello hasta que, en un momento dado, levanté la mirada y me encontré, no con la obra de arte que había plasmado el escultor, sino con un rostro que expresaba una profunda tristeza, una intensa decepción, una penetrante amargura y, a la vez, una infinita comprensión y un amor que está más allá de cualquier palabra. Me sorprendí a mí misma con un escalofrío, ¿cómo puede el arte expresar de tal forma tanto sentimiento humano? En esa expresión de un rostro inanimado… en esa mirada irreal de amargura y, al mismo tiempo de amor, reconocí otras humanas… la de tantos padres ante la ingratitud de sus hijos; la de hijos ante el abandono de sus padres; la de parejas ante la infidelidad de su cónyuge; la de amigos ante el trato injusto recibido…

 

Decía Bécquer que “Por una mirada un mundo”. Y es cierto: un mundo por una mirada de inocencia, esa que perdimos en algún momento de nuestra vida entre la infancia y la juventud; un mundo por la primera mirada de amor de una madre a su hijo recién nacido; un mundo por la de complicidad entre una pareja; por las educativas de los padres a sus vástagos; un mundo por todas esas dispersas ardientes, chispeantes, intensas, transparentes, simpáticas, profundas… y siempre amorosas repartidas por doquier; y hasta por aquellas que se niegan arrepentidas, avergonzadas, humilladas, culpabilizadas ante uno mismo… Un mundo también por las tristes que imploran con más fuerza que las palabras, por las vacías perdidas en un horizonte inexistente; por las que suplican; por las que piden permiso para hablar, para actuar, para vivir… Y un mundo… pero para olvidar por aquellas cargadas de ira, de odio, de venganza, de resentimiento, de criminalidad… Definitivamente los ojos son el espejo del alma, y aunque en numerosas ocasiones pongamos telas de disimulo para cubrirlos, tarde o temprano terminan mostrando al mundo la verdad que se asoma a ellos.

 

“Si las miradas mataran…” solemos decir porque, efectivamente hay miradas que lanzan proyectiles, “el mal de ojo” que llamaban nuestros ancestros no hace tanto, capaces de acoquinar al más “pintao”, pero también hay otras de las que se habla menos llenas de amor, de comprensión ante la decepción, la ingratitud, la injusticia… Miradas que amasan en los ojos la intensa tristeza junto con una gran capacidad… no ya de perdón, sino de entendimiento ante la debilidad humana, de amorosa comprensión que justifica hasta lo más injustificable (hace apenas unos días una madre se interponía entre la policía y su hijo, al que venían a detener por darle una paliza, precisamente, a ella).

Miradas que encierran tanto amor que, al igual que Pedro al encontrar la de Jesús, cambian el rumbo de la vida del depositario de esa mirada. Miradas que, aun en el muerto cristal puesto a una talla de madera, son capaces de sacudirte, de hacerte pensar, como en el poema de Pemán al “Cristo de la Buena Muerte”: “¿Quién pudo de tal manera/ darte esa noble y severa/ majestad llena de calma?/ No fue una mano: fue un alma/ la que talló tu madera.” Un alma que parece imprimirle una parte de ella misma a la obra para que, un día cualquiera, cuando otra, creyente o descreída, cruce su mirada con ella, sienta el regalo de un escalofrío en el cuerpo que la lleve a plantearse las veces que se vuelve la mirada para no ver tantas cosas que nos impedirían continuar viviendo como si nada.

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La sombra de la luz
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Ana María Tomás | 17-03-2018 | 12:21| 0

Conmocionada. Conmocionados todos podría decir, sin miedo a equivocarme, por algo que, realmente, no debería sorprendernos: la manifestación del mal que habita en nosotros. Por supuesto, junto a la tan bienvenida epifanía del bien. Y a la vista ha estado claramente en las últimas semanas: montones de hombres y mujeres, especialistas en encontrar a personas perdidas, profesionales ayudados de perros adiestrados para tal efecto, y voluntarios de todo pelaje dejándose la vida y el sueño en buscar, en intentar lograr una pista fiable que llevara hasta el paradero de un niño arrancado a sus padres y a la propia vida. Y, como reverso de esa preciosa moneda -junto a todos ellos aparentando compartir la tragedia-, la maldad, la falsedad, la traición, la frialdad de la “presunta” criminal que generó la tragedia.

 

Justo días antes del fatal desenlace, al hilo de informaciones que se iban dando en las noticias sobre la desaparición del niño Gabriel, me había propuesto escribir este artículo referente a la falta de discreción de los medios de comunicación sobre las informaciones relativas a pistas importantes y secretas que siempre terminan por salir para éxito del medio que las difunde y satisfacción de la curiosidad del ciudadano de a pie, pero…. que no hacen otra cosa que ayudar a que los malvados perfeccionen sus próximos crímenes. Recuerden el caso de otra niña: Asunta, la chinita que fue adoptada por un matrimonio en Santiago de Compostela. Y que más tarde se la cargaron, parece ser que porque estorbaba para futuras relaciones, a base de cantidades de orfidal tan grandes como para dormir al ejercito mongol al inicio de sus conquistas. Todos supimos que las cámaras de seguridad de los establecimientos de las calles por donde pasaron, las horas, las personas… fueron los recursos decisivos para culpar a los padres. Pero, yo me pregunto, ¿no será todo eso un buen punto de partida a tener en cuenta la próxima vez que otro asesino quiera cargarse a alguien?, ¿no evitará éste pasar por lugares donde sepa que hay posibilidad de que sea grabado por cámaras? O ¿qué me dicen del caso de Diana Quer? Y les hablo tan solo de tres casos de los más cercanos en el tiempo y también de los más mediáticos. ¿No tendrán en cuenta futuros asesinos deshacerse de los móviles de las víctimas justo en el mismo momento en que se hagan con ellas? ¿No los machacarán con piedras allí mismo, o, por el contrario, los arrojarán a la lona de un camión en marcha que vaya a descargar naranjas al culo del mundo para evitar que su localización pueda señalarlos como situados en el lugar y hora del asesinato?

 

Yo estoy convencida de que los ciudadanos queremos saber, necesitamos saber causas, razones, móviles que justifiquen por qué se les quita la vida a seres inocentes. No porque con esa información se pueda argumentar de un modo u otro lo inaceptable, pero sí como una forma de darle a nuestra mente una píldora que paralice la continua pregunta que surge ante un hecho así: “¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué?”. Pero también estoy segura de que todos nosotros podríamos entender que se mantuviera el secreto, por el bien de la ciudadanía, cuáles han sido los hilos desde donde los científicos, los bomberos, los cuerpos de Seguridad del Estado han tirado de la madeja para dar con el culpable y poder ponerlo a buen recaudo. Aunque… hablando de “recaudo”, esa es otra, solo de escuchar las palabras pronunciadas por “El chicle” a sus padres sobre que en apenas siete años estará de nuevo en la calle… se me devanan las tripas.

 

Pero volviendo al tema que nos ocupa, está claro que si existe la luz es porque la oscuridad nos hace ser conscientes de ella, y de igual modo solo la bondad, la generosidad de tanta, tantísima gente rezando en sus hogares, o ayudando en el lugar de los hechos puede contrarrestar tanta maldad, que no enfermedad mental -no rebajemos la cosa- como puede albergar un solo corazón. Un corazón que me hace sentir vergüenza de compartir humanidad con él.

 

Ya saben la conocida máxima periodística de “Que la verdad no te estropee una buena noticia”. Más todavía si esa verdad resulta ser la gran noticia. Sin embargo, he sabido que en el caso de Gabriel, algunos periodistas sabían más de lo que decían, y que callaban justamente para no desvelar pistas cruciales en la investigación y eso es tan loable y milagroso que me devuelve la fe en el ser humano. De todas formas, insisto en la responsabilidad de los medios y en la necesidad de un pacto de honor para evitar publicar informaciones que solo ayuden al malvado a perfeccionar su maldad.

 

 

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Querer “no” es poder
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Ana María Tomás | 10-03-2018 | 10:16| 0

 

Me envía, un muy querido amigo, una foto suya coronando la cumbre de un hermoso cerro con su bicicleta tan solo tres meses después de haberse roto la cabeza del húmero. Y la acompaña del siguiente texto: “Querer es poder”. Yo, tras el lógico alucine por le gesta lograda a tan pocos días de una tan considerable lesión, le respondo absolutamente convencida: “No siempre”.

En mi vida he tenido claro que invariablemente “hace más quien quiere que quien puede”, pero de ahí a lograr lo que se quiere… va un trecho enorme. Que le pregunten, si no, a los innumerables enfermos recluidos en hospitales si querrían salir de ahí; a los aquejados de obesidad mórbida si no querrían estar delgados como esos modelos anoréxicos que pueblan las revistas de moda; a los encarcelados si no querrían andar escalando montañas al aire libre o incluso dando otro golpe en alguna entidad bancaria; a quienes llevan turnos aciagos de trabajo que les pregunten si no querrían tener horarios decentes que les permitieran estar con sus familias; a los patosos amantes del baile si no querrían tener el cuerpo y las habilidades que les alcanzaran estar en el Bolshoi de Rusia; a los menos agraciados por la Naturaleza si no querrían poder mostrarse bellos… etc. etc. etc. sin que todos esos quereres se queden tan solo en eso, en un anhelo nada más por no decir en agua de borrajas.

 

Libros como el exitoso “El Secreto” y otros muchos de la misma onda han llevado a una confusión mental bastante considerable. No diré nunca que han hecho daño porque el pensamiento positivo, bien entendido, es decir, “bien entendido” es siempre maravilloso y sanador, pero desear tener una caja fuerte llena de dinero no hace que la caja se llene por mucha fuerza que le pongamos al pensamiento, quizá, para “crear una realidad” sea necesario llegar a un nivel de sabiduría del que andamos muy lejos todavía. Al menos eso mantienen el prestigioso biólogo Bruce Lipton, o el físico Amit Goswami o el neurólogo Jacobo Grinberg quienes sostienen “que las personas que alcanzan estados de conciencia excepcionales pueden conseguir modificaciones de la realidad extraordinarias, en sí mismas y en otras personas”. Y que eso explicaría la eficacia sanadora del chamanismo. Pero pensar de una manera equivocada sobre lo que podemos, o no, lograr solo puede llevarnos, además de a una profunda decepción, a creer que realmente la voluntad es poca cosa. Y nada más lejos de la realidad.

 

Puede que pretender generar con el pensamiento un lingote de oro o sanar de una apendicitis no esté al alcance de nuestras mentes, quizá porque, entre otras cosas, estamos convencidos de que son limitadas, pero sí que está cambiar de patrones, vaciarla de pensamientos tóxicos (y no digamos ya de personas tóxicas que nos rodean y nos chupan la energía y la positividad); mantenerla en calma observando nuestros pensamientos que pasan a la velocidad de luz y pueden iluminarla o dejarla a oscuras para un buen tiempo, desactivar de ella juicios o patrones que llevamos impresos como

a fuego y que no solo no nos ayudan a crecer, sino que nos van poniendo límites que aceptamos por fidelidad parental, es decir, porque mi madre y mi abuela lo hicieron así y esta es la única forma “correcta” de encarar las cosas. Y desde luego, plantar en ella los frutos que anhelamos recoger, no podemos dejarla asilvestrada o poner patatas pretendiendo recoger fresas. Por supuesto que la voluntad, sobre todo en el pensamiento, es importante y necesaria, pero tristemente no siempre es efectiva. Aunque he de confesarles a ustedes que cuando hace poco más de un año me despeñé por un barranco y me partí la tibia y el peroné por el tobillo, una de las primeras preguntas que le hice al médico fue si podría volver a llevar tacones. En aquellas circunstancias en las que me debatía entre llevar el tobillo con más tornillos que un submarino o emparedarlo en escayola colgado de una garrucha… el médico me miró entre perplejo y conmiserativo y dijo: “Todo depende de usted”. Yo respondí: “Entonces vendré con tacones a que me dé usted el alta”. Analizando con el tiempo sus palabras, he comprendido que él se refería a que “dependía de mí” en la medida que yo siguiese sus pautas de mantenerme quietecita y no hacer demasiadas gilipolleces. Pero está claro que mi lectura a sus palabras pasaba por la fuerza sanadora de mi pensamiento y el poder de este en la salud de mis células.

 

Dice Eisntein: “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”. Y en eso estoy de acuerdo. Pero de ahí a poder porque se quiere… como que no.

 

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Quiero ser uno de ellas
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Ana María Tomás | 03-03-2018 | 11:01| 1

Me llama mi amigo Alfonso Ruiz, poeta –para mí, uno de los mejores-, heterosexual -para que quede claro que no es por afinidad femenina-, comprometido como pocos con valorizar a la Mujer en la medida que lo merecemos… y me pide que le escriba un manifiesto titulado “Quiero confesarme mujer” para firmarlo. Por él, por tantos hombres que nos apoyan y andan confesando ser “uno de nosotras” me pongo a ello:

 

Quiero confesarme mujer. Salir del armario que proporciona la fuerza de una cultura machista en donde la mujer es sirvienta, objeto de placer, esclava sexual, mero receptáculo, mercadería, nada, menos que nada.

 

Quiero que me dejen confesarme mujer si eso me permite sentir tantas horas de soledad, de rendición, de obligaciones, de servilismo, de servicio, de postergar necesidades propias urgentes en pro de caprichos ajenos; para saber cómo hacen para estar en tantos sitios a la vez; para responder siempre a tan variadas necesidades de quienes las reclaman; para averiguar cómo son capaces de sacar fuerzas cuando ya no pueden más; de solidarizarse con las madres de los adversarios de sus hijos… -esa extraña empatía femenina por la que no habría guerras en el mundo-. Solo una mujer puede entender lo que siente otra a la que han matado a un hijo.

 

Quiero ser uno de ellas para entender cómo son capaces de soportar que les roben la infancia, que las vendan, que las violen…, que las obliguen a drogarse, que las violen…, que las fuercen a convertirse en alcohólicas, que las violen…, que les impongan prostituirse, que las violen…, que las conviertan en carne muerta, que las asesinen impunemente, de manera masiva, y que utilicen contra ellas siempre, invariablemente, la fuerza bruta y la agresión sexual para someterlas o como arma de guerra para destruir a su pueblo y a su cultura.

 

Quiero ser mujer en ellas para apropiarme de su capacidad para cuidar de todo y de todos; para soportar horas de sillas en hospitales cuidando de los suyos a la cabecera de los enfermos, días y noches, semanas, meses si son necesarios sin apartarse más que para cambiarse de ropa;  para deducir cómo son capaces de multiplicar los alimentos para hijos parados, nueras y yernos con una pensión ínfima; para intuir su generosa entrega en el cuidado de nietos renunciando a la tranquilidad merecida tras una vida entregada a obligaciones de hijos y hogar; para ver qué razones las llevan a ser siempre las últimas en sentarse, en reclamar, en parar de trabajar por los demás; y para descubrir dónde se esconde esa maga capaz de encontrar calcetines o sudaderas perdidas y nadie más que ella es capaz de encontrar.

 

Quiero ser mujer para entender el misterio maravilloso de la vida creciendo en sus entrañas; el extraordinario momento de parir a sus hijos; el amor que se desprende y expande cuando amamanta a sus bebés; el orgullo en sus ojos con los logros de sus vástagos y el infinito dolor e impotencia ante el sufrimiento y los fracasos de ellos. Y, sobre todo, para entender ese techo de cristal laboral impuesto, esa renuncia, tantas veces aceptada, a cargos de mayor relevancia con tal de pasar más tiempo con los niños o porque siempre le toca a ella tener que cuidar de ellos.

 

Quiero confesarme mujer y salir del armario si con ello me permiten vislumbrar, aunque solo sea vislumbrar, la inmensa grandeza de su alma, la capacidad de cargar el mundo sobre sus hombros, la generosidad sin límites de su corazón por aquellos que ama.

 

Quiero confesarme mujer. Mujer en esas tan variadas y múltiples formas de serlo.

 

Quiero ser mujer no para ser igual al hombre, sino para entender todas las posibilidades de lo humano elevadas al nivel femenino en donde lo importante es la equidad, la inteligencia empática y la concepción de un mundo lleno de la sabiduría compartida que solo la biología hace diferente.

 

Quiero ser mujer para entender cómo les hago sentir cuando enarbolo la bandera del egoísmo, de la crueldad, de la incomprensión, del patriarcado rancio… Quiero ser mujer para saber contra qué parte de dominación masculina debo luchar para posicionarme junto a ellas, para caminar con ellas, para avanzar por ellas.

 

Quiero ser “uno” de ellas… ¿se me permite?

 

He de decir que ha llenado esta hoja con su firma y su rúbrica.

 

 

 

 

 

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Hasta el fin de mis días
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Ana María Tomás | 24-02-2018 | 11:45| 0

Justo el domingo pasado me entero por la tele, hablando del tema de la extraña conexión de algunos humanos con sus perros, que uno llamado “Capitán” velaba, desde hacía once años, la tumba de su amo en la localidad argentina de Villa Carlos Paz, en la provincia de Córdoba. Y precisamente unos días después, vamos esta semana, “Capitán” muere en el cementerio donde ha vivido durante los últimos once años de su vida.

La historia me emocionó desde que la escuché, los días siguientes la comenté con familia y amigos porque lo más curioso del caso es que cuando el dueño de este increíble animal enfermó fue llevado a un hospital a treinta kilómetros de su domicilio y de allí salió para el cementerio mientras que el perrico continuaba en el hogar. Sin embargo, poco después desapareció y la familia pensó que otros lo habrían adoptado, hasta que algunos meses después, cuando fueron a visitar el cementerio, encontraron al fiel “Capitán” acostado sobre la tumba de “Miguel”. Cuentan testigos, trabajadores del camposanto, que durante el día deambulaba de aquí para allá buscando sutento, pero al caer la tarde se acostaba sobre la lápida de su amo.

No es nada nuevo confesarles a ustedes el gran amor que siento por los “seres sintientes”, afortunadísima denominación para los animales, ni la conexión que tengo con mi bóxer al que solo le falta hablar con la boca, porque ya lo hace con sus miradas y con todo su cuerpo para expresarnos el amor y la fidelidad que nos tiene a toda la familia. Estoy acostumbrada a que todos nosotros enviemos videos con acciones perrunas dignas de las más altas cotas de honor humano, algunas incluso más, porque ellos jamás nos abandonarían en el monte o en una gasolinera; videos en donde un perro herido o muerto en mitad de la carretera es cuidado o velado por otros, alrededor de él, para que ningún vehículo lo lastime más; videos llenos de historias de lealtad y ternura de los animales hacia las personas, conozco la historia de “Hachiko”, el perro japonés que esperó hasta la muerte a… “Richard Gere” y, sin embargo, la visión de ese viejo can, cojeante, maltrecho, viejo –tenía ya quince años- y sucio, intentando en los últimos tiempos sin lograrlo ya subirse a la tumba de su amo… esa imagen me impacto y me confirmó, una vez más, no la usada frase de “cuanto más conozco a los humanos más quiero a mi perro”, sino la de que cuanto más conozco a los perros, menos me gusta estar con los humanos, con esas “nuestras” constantes búsquedas de razones belicosas, los odios, las envidias, los fraudes, las insistentes formas de provocación, las maquiavélicas maneras de enriquecimiento, la falta de respeto a otros seres humanos y a este hermoso planeta que es nuestro hogar…

Muchos medios de comunicación se han hecho eco de tan entrañable noticia. A la hora de escribir este artículo no sé qué harán con el cuerpo de tan fiel guardián, algunas voces decían que tan abnegado amor merecía un trozo de tierra que lo cubriera cerca de la tumba de su amo. Yo pienso que no sólo se merece reposar allí, nada hay más sagrado que el “Amor” y él fue ejemplo puro de ello, sino que se merece un monumento que lo recuerde, que nos recuerde a los humanos quien, aparte de una madre y no en todos los casos, puede amarnos, no sólo hasta el fin de nuestros días, sino hasta el fin de los suyos. ¿Qué es camposanto? Ya me gustaría a mí saber cuántos con más diablos dentro que santidad han sido sepultados en todos los camposantos del mundo.

Mi amado chuchi me corta las reuniones nocturnas con mis amigos porque hay que sacarlo a la calle, me impide en ocasiones viajar si alguien de la familia no se queda en casa, me hace invertir un dinero extra en sus vacunas y en mantenerlo en perfectas condiciones, me obliga a trabajar más en casa para conservarla limpia de sus pelos y de sus babas –es tremendamente baboso-, pero cuando regreso cada día a mi hogar y lo siento tras la puerta adivinando mis pasos y moviendo todo su esqueleto para darme la bienvenida, cuando me mira con la pureza de sus ojos presagiando mi estado de ánimo, cuando se sienta a mis pies mostrando una confianza en mí que ni de lejos yo tengo… me digo que todo lo “negativo” que pueda tener en mi vida con su presencia no es nada comparado con todo el amor que da y que despierta en mi alma. Un amor que, de no haber sido por él -por ellos: mi Monti, mi Simba, mi Coffee- hubiera permanecido dormido para siempre.

 

 

 

 

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Rufianes, canallas, sabandijas
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Ana María Tomás | 17-02-2018 | 13:18| 0

Es una verdadera pena que palabras de nuestro idioma tan castizas y definidoras de un determinado tipo de gentuza como “rufián”, “canalla”, o “sabandija”, por ejemplo, se hayan perdido totalmente de nuestro acervo popular para ser sustituidas por el manido, corto e injusto (sus madres pueden ser una santas) “hijo de puta”, más que nada porque faltarían “señoras de moral distraída” para  colocarles a tantos hijos sueltos por el mundo. Los últimos en recibir el susodicho bautizo maternal han sido algunos directivos de la ONG Oxfam, por haber montado en Haití “orgías dignas de Calígula” según afirman testigos. Con esto, dicho así, alguien podría acusarme de mojigata, a fin de cuentas cada cual hace con su sexualidad lo que le dé la real gana. Y más si hablamos de vacaciones, de lugares paradisiacos y de poca moral -habitualmente el común de los mortales no tiene por hábito montarse una bacanal-. Pero si vamos rascando y añadiendo información como que la susodicha “fiesta sexual” fue aprovechando el viaje para coordinar la ayuda de la ONG tras el devastador terremoto que asoló el país, si decimos que se hizo en la “villa” que servía de cuartel general a la organización y que tras el desastre quedaron huérfanas cientos de niñas y de jóvenes cuya única salida para poder escapar de aquel horror era la de ponerse en manos de “hombres” que supuestamente iban a proporcionarles ayuda… entonces el diccionario de los insultos, ya sean pertenecientes al acervo popular o al académico, se me quedan cortos.

Al parecer, un tal Roland van Hauwermeiren, el payo que llegó allí como directivo de Oxfam, tras el desastre, debió pensar que, comparado con la suerte que habían corrido los habitantes de Haití, él era un tipo “supermegachachiafortunado” y que eso se merecía celebrarlo a lo grande. ¿Y cómo se celebran las cosas a lo grande en el mundo de los tipejos que desprecian a las mujeres? Pues está claro: cogiendo a un buen grupo de ellas y sometiéndolas a todo tipo de vejaciones. Y si puede ser en público y compartiendo sus más libidinosos deseos junto a otros individuos de igual calaña, mejor que mejor. Qué importa si esas chicas jamás se dedicaron a vender su cuerpo, qué importa si lo hacen por necesidad, si la palabra “puta” jamás entró en su vocabulario, en sus planes o en su posible definición. Pero, si encima, ¡si encima!, se atreven con niñas como apuntan que ha ocurrido… apartarlos de sus cargos o el descrédito, tanto personal como de la organización no es nada. Nada. Porque ni cortándoles el pene a rodajas pagarían estos granujas. Pero no acaba aquí lo malo. No. El escándalo en sí le ha costado la dimisión a la directora ejecutiva de Oxfam, Penny Lawrence. Y fíjense que yo siempre he estado en desacuerdo con que los tiestos rotos tenga que pagarlos alguien que ni estaba en el sitio cuando se rompieron, tan solo por confiar en que los que fueran a mover el cristal lo harían con la delicadez que la cosa requiere. Pero en esta ocasión la dimisión de la “mirapaotrolao” esta me parece poca cosa. A la Penny L. no la ponía yo ni a vender iguales. Claro que no es cuestión de ceguera, ella no estaba ciega ante los desmanes, pero le convenía mirar para otro lado con tal de evitar el escándalo que ahora ha explotado en cadena. Ella ya sabía del modus operandi del sinvergüenza del Roland, de apellido dificultoso de pronunciar. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque ya lo hizo anteriormente en Chad, y ya fue investigado entonces, y la investigación se cerró con la dimisión de cuatro despidos (vaya usted a saber de quiénes)  y la dimisión del director de la operación ¿adivinan el nombre? Exacto: Roland van Hauwermeiren, que… poco después encontró empleo en otro organización humanitaria francesa dedicada a la lucha contra el hambre, por supuesto gracias a la nula información que los ejecutivos de Oxfam dieron de cara al público o a los otros corrales de gallinas a la hora de contratar al zorro para que las cuidara.

Obviamente, mi fe no ha descendido en las ejecutivas de las oenegés, no, se ha desplomado lo “mismico” que si meten el termómetro de una terraza de Sevilla en Julio a un congelador. Ya, ya, ya me hago una idea de que esto no es generalizado, de que todos no son iguales, de que hay muchos dejándose la piel por ahí. Y en esos son en quienes confío. Pero el peligro de no poder distinguir los lobos con piel de cordero de los corderos… me hace ser cada día más escéptica y desconfiada y eso, lo reconozco, no es nada bueno en un mundo ya desconfiado de por sí.

 

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Las vísperas del gozo
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Ana María Tomás | 10-02-2018 | 15:11| 0

 

Personalmente creo que es infinitamente mejor las vísperas del gozo que el mismo gozo en sí, sea del tipo que sea. Las expectativas que generamos ante un acontecimiento que esperamos con ansia, con ilusión, con gozo superan, en ocasiones, al mismo hecho en sí. Digo esto porque hacía mucho, muchísimo tiempo que una buena parte de nuestro país no se emocionaba y vibraba de la manera que lo ha hecho con un programa de televisión que nos traía la voz, la sinceridad, y el  amor de unos de jóvenes educados, cultos, generosos, auténticos y brillantes. Ha quedado demostrado que, por mucha chabacanería, ordinariez, pendones desorejados y mala educación que nos inunda, cuando aparece un mirlo blanco sabemos reconocerlo y valorarlo.

Confieso que me enganchó al programa de Operación Triunfo una de mis hijas. Y confieso también que he llorado de emoción viendo cantar a algunos de ellos. Dicen que “Dios los cría y la Guardia Civil los reúne”, aquí los ha reunido un programa de televisión y, poco a poco, hemos ido viendo el avance técnico de sus voces y el progreso de una primigenia admiración, entre un par de ellos, convertida en un amor de adolescentes tan limpio, tan sincero, tan tierno… que conmueve con solo la presencia en pantalla de Amaia y Alfred que son los protagonistas. Hemos tenido el privilegio de asistir a la “actuación”  de la canción que nos representará en el Festival de Eurovisión, aunque cualquier otra palabra que aludiera al sentimiento amoroso podría sustituir con creces a la palabra “actuación” porque ellos no actuaban, simplemente se miraban y dejaban que la magia de la música y la letra los envolviera. Y aquí viene ahora el quid de cuestión: Obviamente, los “intereses” que mueven el cotarro de eurovisión (y digo lo de obvio por ellos, a mí me interesa mucho más la parte emocional de la cosa), decía, que quienes están interesados en que ese sortilegio continúe por razones crematísticas andan con cierta preocupación por si ese enamoramiento puede resultar tan fugaz que no llegue al festival, convencidos, y con razón, de que esa magia que producen cuando están juntos no es posible fingirla. Y el chico ha venido a decir que, claro está, quién sabe lo que puede ocurrir, pero que ellos se conocieron antes siendo compañeros, y después amigos, y después pareja y que el sentimiento de admiración mutua y ternura no habrá nada que lo rompa. Y ahí sí que se te caen todos los palos del sombraje al suelo porque no se puede ser más entrañablemente cándido. Cualquiera que haya tenido una relación amorosa sabe del poder de esos primeros momentos, de las miradas, del roce, casi sagrado, de las manos, de las sonrisas, del achicamiento del mundo hasta tomar forma de la persona amada, de cómo todo lo llena, lo ocupa, lo transforma su presencia… Y sabe también de cómo, desgraciadamente tantas veces, el tiempo y la rutina se encargan de envenenar poco a poco el amor hasta que la toxicidad le impide subsistir y termina sucumbiendo a tanto desaliento.

Cuántos nos habremos visto reflejados en tierna relación de adolescentes… Cuántos habremos suspirado que no despierten nunca de ese sueño de amor, deseándoles, como las hadas buenas de los cuentos, que sepan ir transformando esos sentimientos, acoplándolos a los momentos cambiantes y agobiantes que les esperan para que al final envejezcan juntos viendo a sus hijos y a los hijos de sus hijos…

De momento, lo que está clarísimo es que son dos artistas maravillosos que tocan el piano o el trombón mientras cantan con la facilidad que lo harían sosteniendo la alcachofa de la ducha. Que viéndolos cantar traen a la mente la famosa frase de la ya mítica película de “Pretty Woman” cuando descubrió la opera: “Por poco me meo de gusto en las bragas”. Y también está claro, al menos los protagonistas lo tienen y así lo han dicho, que pueda que no sepan adónde irá su amor, pero que lo que realmente importa siempre es el presente, el viaje del momento más que el punto de llegada. A fin de cuentas el presente es lo único que tenemos. Y verlos a ellos insufla de esperanza las velas del ánimo. Ganó el trabajo bien hecho durante muchos años de unas familias que aman la música, la preparación académica de los chicos, y el don excepcional de su voz. Pero también ganó el amor. Así pues, que importa el día del gozo -que puede incluso no llegar-, si ahora podemos disfrutas con las vísperas del mismo.

 

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