La Verdad

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Mi cuentahuesos
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Ana María Tomás | 21-10-2017 | 08:53| 0

La llamábamos la chacha Catalina. En mi pueblo, Jumilla, y en mi infancia, a los tíos se les solía llamar “chaches”, palabra que ha degenerado actualmente para referirse a alguien con aspecto viejuno o de apariencia cansada. La chacha Catalina vivía con nosotros, al igual que su sobrina, mi abuela. Era la hermana de la madre de mi abuela materna. Murió con ciento tres años cuando yo contaba nueve. No tenía pensión económica alguna, ni hijos, ni otra familia que no fuéramos nosotros, o sea, que de no haberse responsabilizado mis padres de ella hubiera tenido que terminar sus días en lo que era común hace casi medio siglo, en un asilo. Pero, que no se llamen a engaño los más jóvenes, un asilo de entonces nada tenía que ver con la idea que hoy puede tenerse de una residencia para mayores. Yo hice el “Servicio Social”, una especie de mili femenina, en uno de ellos. Había un ala para los hombres y otra para las mujeres. En ellas dormían aquellos a los que les quedaba algún sueño, y quienes hacía mucho que sólo tenían insomnio, que solían ser la mayoría, olvidados de los suyos y del mundo. Siendo un lugar tan triste, como siguen siendo muchas de las mejores residencias actuales, era lo mejor que podían tener para finalizar sus vidas quienes nada tenían ya. Sin embargo, eso era una posibilidad jamás considerada en casa. Las limitaciones del hogar contrastaban con la inmensa riqueza de tenernos los unos a los otros.

Nunca escuché a mis padres reñirnos a mi hermana o a mí por tratar sin respeto a las personas mayores o por maltratarlos de alguna forma. Aunque no era mérito nuestro, simplemente imitábamos la forma de tratarlas ellos. Mi padre le gastaba bromas a la chacha Catalina porque no había forma de que se terminara el trozo de pan de las comidas, siempre dejaba un rosigón que se lo comía en la siguiente. Ese era, según ella, el secreto de su larga vida: al Señor no le gustaba que se dejara pan, con el hambre que había en el mundo, así que le permitía seguir viva para que se lo comiera más tarde, pero ella, conocedora del secreto, volvía a dejar otro trozo de pan para la próxima comida. La recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. Con empaque, sabia, demasiado culta para su época, recitaba a Campoamor como nadie; me contaba historias maravillosas mientras me obligaba a ponerme de rodillas en el suelo volcada en su halda para contarme las costillas. “Demasiadas salen, tienes que comer más, me decía mi cuentahuesos.

Han pasado un montón de años desde que se fue y todavía la echo de menos y manoseo con amor sus gafas de cristales redondos y apenas unos alambres para sujetarlas en las orejas, y una diminuta bolsa de Judas en la que guardaba las pesetas que mi padre le daba y que eran su tesoro para suministrármelas a mí y con las que yo compraba “puromoro”.

Los niños y los ancianos siempre se han llevado bien. Unos tienen la aljaba vacía y los otros repleta y dispuesta para el trasvase. Sin embargo, hace años que algo viene fallando en esa hermosa relación, es como si el puente que los uniera estuviera defectuoso y de peligroso paso. Obviamente, el puente son los adultos que olvidaron la ilusión y la inocencia de su niñez y que todavía no han alcanzado la madurez para comprender cómo se camina con esos torcidos y titubeantes zapatos. Los adultos como puentes… casi nada. Adultos atrapados en un montón de obligaciones, haciéndose cada vez más egoístas, más distantes…, huraños a las necesidades de sus mayores, siempre y cuando no necesiten de ellos para salvarles de algún problema económico, y ni siquiera en esos momentos tienen, muchas veces, la ternura, la capacidad de ponerse en la piel de ellos.

Mi chachica Catalina era muy refranera; yo entonces no entendía mucho, pero el tiempo me ha regalado entenderlo todo. Ella decía que era de “bien nacidos ser agradecidos”, así que, cuando las noticias vomitan los maltratos de hijos a sus padres y, sobre todo, cuando esos agravios se producen de manera reiterada y tan preocupante que hasta nuestros políticos han que tomar cartas en el asunto y editar Guías para concienciarnos de que muchos de los actos que les infligimos a nuestros mayores y que consideramos “normales” no son sino un maltrato puro y duro… pienso que ella pensaría que esta sociedad se nos está llenando de malnacidos.

Imagino que ella tendría en estos momentos el proverbio exacto que nos definiría. A mí sólo se me ocurre decir que si el corazón necesita una guía que no sea la del amor… “mala burra hemos comprado”.

 

 

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Abismos
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Ana María Tomás | 07-10-2017 | 08:32| 0

Se conocieron en un crucero para singles. Almas todas solitarias de pareja. Algunas por elección propia, otras por imposición. Algunas, felices de haberse sacudido de su vida, por fin, al capullo o a la insufrible de turno; otras, angustiadas por haber perdido el amor de su vida, dolidas por la traición de la infidelidad o el zarpazo de la muerte. Algunas, con la vida llena, bien estructurada, completada además con hijos o nietos, buen trabajo… sin más aspiraciones que muchas ganas de divertirse y de conocer gente; otras, desencantadas de tantas decepciones, de trabajo precario en otro peor, pero con la esperanza de que su vida dé un vuelco y alguien las contrate reconociéndoles su valía y la fortuna les permita –al mismo tiempo– conocer, por fin, a su alma gemela. El crucero, como la vida misma, heterogéneo donde los haya.

A pesar de estar de vacaciones, ella buscaba refugio cada mañana, tras el abundante y variado desayuno en el buffet libre. Lo hallaba en un apartado lugar en una de las cubiertas. ¿Para qué? Para escribir algo en un cuaderno, como si tuviese la obligación de hacerlo, y meterle el ojo a un libro ¡de papel! Él la observaba a cierta distancia. Claro que había hablado con ella en varias ocasiones. Le gustó desde el primer momento que le dijo: «Hola, soy Mara». De eso se trataba en ese tipo de viajes: de hablar, de intercambiar impresiones, de ver si se encaja con los gustos o la personalidad de alguien y, desde luego, de olvidar redes sociales y nuevas tecnologías para entrar de lleno en el olvidado trato cuerpo a cuerpo. Pero lo cierto es que albergaba dudas de que ella lo recordara a él de la misma forma que le ocurría a él. Alguna vez, a la hora de comer, intentó sentarse junto a ella, pero había algo que lo detenía, se la veía con una clase de la que él se sabía carente de ella, y se la escuchaba hablando con palabras que él deducía por el contexto pero que no sabía realmente su significado.

Una de las noches, en el estipulado “baile años 80”, la fortuna quiso unirlos a través de sus disfraces. Él había elegido el de Tony Manero, protagonista de la película Fiebre de sábado noche y ella, a su vez, llevaba justo el de su compañera de baile Stephanie Mangano. Ambos sonrieron al verse tan complementados y de inmediato hicieron pareja durante toda la noche. Él, ducho en academias de bailes de salón, y bastante más grandote que ella, la abrazaba, volteaba, la hacía girar en enredos de brazos impensables y ella, sorprendida y envanecida, se dejaba llevar feliz. Como en las mejores películas, la noche terminó con una larga conversación sobre el tortuoso proceso de separación de ella, la confesión sobre su sensación de abandono, de desvalimiento, su deseo de volver a confiar en los hombres, en el amor… Y la confidencia de él sobre su dura infancia, huérfano de madre, la rudeza de su trabajo como agricultor desde los once años, la soledad de las noches en el campo, de su desconocimiento del amor… Y luego, como un largo puente que uniera un hipotético abismo que los separara, un apasionado beso a la puerta del camarote de ella.

Los días posteriores en el crucero fueron como un idílico viaje de novios. Se buscaban ilusionados entre el resto de personas que desaparecían por completo cuando ellos se juntaban. Excursiones juntos, cenas juntos, caricias, gestos de enamorados… Ella acariciaba los callos en las manos de él y pasaba el dorso de su mano por la tostada piel de su cara engrosada por los elementos y él la mimaba como a una flor de invernadero.

Podrían verse sin dificultad alguna. Sus residencias respectivas apenas distaban unos pocos kilómetros. Unas veces viajaría él; otras, ella. Se hicieron fotos, intercambiaron sus números telefónicos y proyectaron en unas horas toda una vida en común.

«No me estarás diciendo en serio que piensas salir con este tío, ¿verdad?» «¿No te va a dar vergüenza presentarlo al claustro de compañeros de universidad?», fue lo más suave que le estamparon algunas de sus amigas la tarde que se los presentó. Claro que ella podría haber dicho ‘sí’ a la primera pregunta y ‘no’ a la segunda. Pero las miradas de sus amigas iban destejiendo a una velocidad de vértigo todos los proyectos que habían hilado juntos en un crucero sin prejuicios.

“Hay barcos preparados que pueden cruzar casi cualquier océano, pero es peligroso intentar navegarlos con una colchoneta hinchable”, fue lo que él se dijo cuando días después ella lo llamó para hablarle de abismos infranqueables.

 

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“Porque quiero”
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Ana María Tomás | 30-09-2017 | 09:19| 0

Aviso: los fans de Bisbal que se abstengan de leer este artículo. No tengo ganas de que algún… a ver cómo lo digo… Lo haré en palabras de mi pueblo, de que algún bausán me demande como ya le ocurrió a un amigo mío, profesor, que por poner para analizar sintácticamente la frase «Bustamante canta mejor que Bisbal» hubo de aguantar que una madre le dijera que había traumatizado a su nena y que era un profesor nefasto. ¡Manda huevos! Bueno, pues avisados están.

Y ahora, a lo que iba. Comparar a ciertos humanos con animales como, pongamos, cerdos o zorras solo porque sus actos sean marranos o raposos no es justo. A mí no me lo parece, y no por los humanos, precisamente, sino por los animales. Es injusto. Los animales se comportan según su condición, que, en muchas ocasiones suele ser mejor que la de los humanos, mientras que estos últimos en infinidad de ocasiones hacen gala de su poca humanidad. No se precisa ir muy lejos para comparar la lealtad de un perro con la de más de una pareja en donde esta última sale bastante perjudicada. Y hablando de lealtades y de maneras de comportarse: hace un par de días, Chenoa, por fin, habló de lo sucedido con su relación con el “Ricitos”. A ver… no es que España viviera en un ay sin saber que pasó, pero ocurre algo muy interesante: esta pareja es una pareja tipo, vamos, como uno de esos patrones que los modistos utilizan para sacar tropecientos modelitos. Pues lo mismo.

Chenoa y Bisbal, para quien no lo recuerde, son dos triunfitos de aquella famosa “Operación Triunfo” en la cual unos jóvenes exhibían sus mejores dotes de canto en una televisiva academia. Allí se enamoraron y de allí salieron a comerse el mundo y a devorarse mutuamente, amorosamente hablando. Ella aseguraba que él era su vida, que lo amaba más que a ella misma y que no le importaba dejar aparcada su carrera profesional por seguirlo a él allá donde fuera. Creo que muchos de nosotros recordaremos la imagen de una Chenoa hundida, llorosa, desencajada, enfundada en un chándal, a la puerta de su casa confesando que se había enterado de su propia ruptura por la televisión, a través de una rueda de prensa que el mindundi dio desde algún lugar de Latinoamérica asegurando que estaba libre y que se iba a “mayami”. Ella no añadió nada más. Y él menos. Pero lo decía todo el rostro de una mujer abandonada por un…, iba a decir un hombre, pero creo que la palabra “hombre” alberga una grandeza que este individuo no tiene, plantada a través de una rueda de prensa, sin que ese tipo tuviera la hombría de ponerse delante de ella y confesarle que se había enamorado de otra, que sentía que las cosas hubieran sucedido así, que le agradecía los momentos vividos, que siempre estaría en su corazón por el amor recibido de ella… o, simplemente, para revelarle que se iba para siempre, recoger sus cosas y marcharse lo más dignamente que una situación así demanda.

Muchas mujeres nos posicionamos con su dolor, sobre todo las que conocemos de cerca a algún que otro cobarde que, como dije antes, se conduce de idéntica forma, y no le importa celebrar la comida de Navidad con toda la familia, se larga a comprar vino y en unas horas le hace saber a la novia, a la mujer, a la compañera de vida que sadesenamorao. Y hasta luego, Lucas, sin tener los cojones de dar la cara y asumir la situación. Como decía, nos posicionamos sin saber mucho más de aquella ruptura. Pero hete aquí que “lo que no se sabe hoy con dinero, mañana se sabe de balde” y durante doce años las posicionantas no entendíamos cómo ella no había pasado página y olvidado a un gilipollas semejante. Cuantas relaciones intentaba, tantas relaciones que fracasaban. Pero hace un par de días nos sorprendió presentando un libro autobiográfico titulado “Defectos perfectos”. En el cual pone los puntos sobre las íes y nos explica la mezquindad a la hora de cortar: «que se iba a tomar un tiempo». Lo siguiente: cambió de número de móvil nada más darle le espalda e hizo pública su relación con Elena Tablada escasas semanas después. De postre le pidió a su hermana que le enviara un mensaje a Chenoa con una exigencia: que le embalara sus cosas y que tuviera especialmente cuidado con sus premios. No les digo dónde estarían de haber sido yo.

Chenoa concluye así: «Nunca quieras a alguien más que a ti misma». Qué pena que lo descubriera tan tarde.

Y cuando le han preguntado que «ahora ¿por qué?», ha respondido rotunda: «Porque quiero».

 

 

 

 

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Muertos vivientes
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Ana María Tomás | 23-09-2017 | 08:51| 0

He perdido la cuenta de los años que somos amigos. Se diría que lo conozco de siempre, que podría anticiparme a algún comentario socarrón suyo, o al momento en donde ejecutaría una crítica constructiva… Somos amigos. Los amigos se conocen, se saben intimidades el uno del otro, se intuyen otras que se callan por piedad, por vergüenza o por falta de ánimo para contarlas, pero que en ese silencioso respeto se sigue conociendo el alma del otro. Así que no tuve reparo, por consideración alguna hacia él, en comentarle la noticia del día: “Cada día se suicidan en España diez personas. Es terrible. ¿Te das cuentas? ¿Cómo no ponemos medidas? ¿Cómo no somos sensibles a sus señales, a sus palabras antes de que atenten contra sí mismos…?”. «A veces, solo se está vivo porque lo atestigua el censo», me respondió lacónico. «Ya lo sé», le dije. Pues claro que lo sabía, yo misma he transitado por épocas que no le deseo ni a peor enemigo ¿O sí? Quizás, sí. Y recuerdo a él mismo diciéndome cuando se las confesaba que «el hombre que sabe de tormentas ve llover y sonríe». Y yo, «claro, claro», como si fuese una frase hecha. ¿A qué tormentas podía referirse? Pensaba que él era algo esquivo por naturaleza ¿Por naturaleza? Pues no. Por sus circunstancias, que tan celosamente guardaba como algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o porque, como decía Pemán: «No quiero que en mi cantar/ mi pena se transparente/ quiero sufrir y callar/ no quiero dar a la gente migajas de mi pesar». «A casi todas mis amistades hace mucho que deje de abonarlas –siguió diciendo– y se me han mustiado. Las recuerdo, a ratos, y en algún momento de debilidad incluso las añoro, pero nunca se me ocurrió tenderles mi mano suplicante. Los males, la tristeza, el desánimo, mejor en silencio y enclaustrado. Cumplo con los deberes indispensables en la calle y regreso a casa, sita en la calle de la Amargura (aunque en el dni figure otra distinta). Jamás he dado datos de mi intimidad. Pongamos por caso que desde hace un tiempo más que prudencial, soy quien barre, quien friega, quien se encarga del lavavajillas, quien tiende la ropa, quien limpia los cristales tras la lluvia, quien soporta, callado, malos tratos psicológicos disculpándolos siempre en nombre de su enfermedad…
»Busco en lo recóndito de mi mente cuándo fue la última vez que reí a carcajadas, pero hace ya tanto… que he pensado en donar mis músculos risorios antes de que sean incapaces de ‘retraer la comisura labial’. A diario conjugo en primera persona del singular los verbos abatir, aguantar, aislar, derrumbar, desertar, desesperar, desistir, dimitir, hundir, renunciar, resignar, sacrificar, sufrir, tolerar, transigir, etc.
»La indiferencia se ha instalada en mi ánimo. Me da igual ir o no al cine, a una obra de teatro, a una terraza de verano… La indolencia vive de okupa en mi ánimo. A veces me canso, aunque me repongo, de lanzar a los mares virtuales botellas de náufrago untadas de humor como divisa. Por disimular, por tratar de ocultar lo evidente… Apenas me importa nada, tanto de lo divino como de lo humano. Parece ser que William Faulkner dejó dicho que «entre el dolor y la nada, prefiero el dolor». Probablemente la Nada no lo invadió y se apoderó de él. Me veo –con más frecuencia de lo deseable– tentado por esa despreciable, falsa amiga llamada depresión, intento espantarla a manotazos. Aun así, pienso ir a la consulta de un oftalmólogo y preguntarle si la pérdida del brillo en los ojos tiene cura. Yo, empedernido lector, apenas si me acerco ya a un libro. Por apatía, ni retengo lo leído ni disfruto con la belleza de un texto bien escrito ni me importa olvidarlo con prontitud.
»Cuando muera –oficial, legalmente–, la partida de defunción hará constar una fecha. Absolutamente errónea. Llevare muerto… ¿cuánto tiempo? A saber… ¿Puede uno suicidarse a cámara lenta? De ser así, ¿cuántos suicidas sobreviven años y años hasta derrumbarse para no levantarse?…».
Durante su confesión yo callaba. Intentaba que las lágrimas no asomaran a mis ojos colocando la punta de la lengua en los incisivos y soplando imperceptiblemente, un supuesto truco que me enseñaron hace años pero que no funciona en absoluto. Yo solo quería abrazarlo, decirle que no estaba solo, que yo era su amiga, que estaba ahí, que buscaríamos ayuda… Había callado durante todo su monólogo para evitar interrumpir, por fin, su confesión, pero ahora callaba él, y a quien tocaba hablar era a mí. Sus ojos me preguntaban precisos: «¿Entiendes ya la noticia?».
Ni la entendía ni quería, solo sabía que a mis manos había llegado el mensaje de un náufrago y que yo no iba a dejar que se hundiera.

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Sueños marchitos
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Ana María Tomás | 16-09-2017 | 09:31| 0

De la terraza, en el ángulo soleado, de su dueño, seguro, olvidada, silenciosa y cubierta de arena, veíase la planta. Quizá, como expresa el poema de Bécquer sobre el arpa, que he parafraseado, la pequeña maceta también guarda en su barro, o en sus hojas ya secas, la memoria de la mano artesana o industrial que la hiciera o la de quien depositara en ella la vida a través de una mata. Aunque en este caso ya no espere la mano de nieve que la refresque, le dé a beber el chorrito de agua que pueda salvarla o la aliente a reverdecer sus hojas para alegría de los habitantes de la casa. Habitantes que la olvidaron, al término de sus vacaciones como si la vida tuviese que cortarse o parcelarse en apartados estancos, diferentes e independientes, como si fuésemos unos en la ciudad y otros diferentes en nuestros lugares de veranero y no quisiéramos llevarnos ni el trabajo a la playa o al campo, ni nada de esos lugares a la ciudad. Aunque, por otra parte, en qué lugar de la maleta meteríamos esas plantas compradas solo para adorno del espacio dedicado al tiempo estival. No duele dejarlas abandonadas a su suerte, al calor, a la arena que el viento trae desde la cercana playa, a la sed… Se las deja agonizar lentamente, al igual que hacemos, tantas veces, con la vida, con los talentos recibidos, con las esperanzas, con los sueños. Se nos pasa el tiempo de regarlos con el agua de las ilusiones juveniles y se les deja secar en el alma al sol de las decepciones, o de las necesidades imperiosas. Cuántos sueños adolescentes viéndose de enfermeros, diseñadoras de joyas, arquitectos, maestras, médicos… devenidos en otras profesiones dignísimas pero nunca soñadas por ellos. Cuántos padres presionando a los hijos para que sean aquello que ellos no pudieron ser, para que vivan los sueños que ellos no pudieron vivir, bailarina, futbolista, abogado… sin tener en cuenta que al imponer sus sueños están privando a sus hijos de vivir los suyos propios, generando una cadena atávica de sueños frustrados. Cuántos jóvenes organizando, desde su adolescencia, su vida: “a los treinta y cinco años tendré dos hijos, una casa, un coche…” sin contar que no siempre soñar es sinónimo de conseguir. Y se ven ahora sin trabajo, viviendo en la casa de sus padres, sin expectativas de poder formar una familia y, lo que es peor, sin ánimo de seguir soñando… O mujeres que cifraron su felicidad personal en tener hijos que jamás vinieron… Y la maceta playera viene de nuevo a ser metáfora de todos los brotes verdes que dejamos secar en el alma.

 

Podríamos pensar, como García Márquez, que “En verdad hay sentimientos que es mejor que se queden en lo platónico; y es mejor recordarlos así, irreales, inacabados, porque es lo que los hace perfectos”, sin embargo, yo creo que lo único que puede hacer perfectos los sueños sin realizar es cambiar la mirada que se tiene sobre ellos y tratar de vivirlos en el plan B, C o, incluso, el D. Creo que la grandeza del ser humano consiste, como alguna vez escuché no sé bien dónde, en agarrar los limones que siempre, antes o después, nos da la vida y lograr sacar la mejor limonada posible.

 

Descubrir en nosotros habilidades insospechadas para esos trabajos que, al final, son los que nos dan de comer; disfrutar de la amplia maternidad que nos regala la Vida a través de sobrinos, alumnos, conocidos; agradecer el techo y la comida que se recibe aunque no sea el planeado…

 

Creo que se nos puede perdonar dejar secar alguna maceta, pero nunca dejar de comprar flores allá donde estemos o sustituir de continuo las plantas que se nos sequen o que dejemos secar. A fin de cuentas, aunque los sueños cambien, no hay que dejar de perseguirlos. Benedetti lo resume genial en esta estrofa: “No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje,/ perseguir tus sueños, / destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo.” Puede que se baje la guardia en algún momento, pero “Vivir la vida es aceptar el reto”.

 

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“Si yo sé nadar”
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Ana María Tomás | 09-09-2017 | 08:47| 0

Todavía seguimos en verano. Esto del calor, además del consabido “veranico de los membrillos” ya metidos en otoño, no es como la primavera que, desde hace años, parece marcar su llegada “elcortinglés”. Quiero decir que todavía seguimos en el tiempo de los gilipollas. Y no. No es que en el resto de las estaciones esta especie emigre a zonas cálidas, no, pero sí es cierto que su nivel de irresponsabilidad “gilipollil” se reduce al reducirse las condiciones para demostrarlas.

 

Me explico: En este verano llevamos ya un buen número de ahogados en el mar. Está claro que no siempre ha sido por causa de irresponsabilidades cometidas, un infarto, una indisposición momentánea o cualesquiera otros problemas pueden surgir de momento y poco puede hacer el afectado salvo pedir ayuda o dejarse ayudar sin pedirla. Sin embargo, cuando se trata del listo de turno que se pasa la bandera amarilla o la roja por el forro de los cataplines, la cosa cambia. Y cambia porque no solo ponen en peligro su vida, que perfectamente podrían elegir, de igual manera, hacer puenting sin cuerda, sino que ponen en riesgo la vida de la persona que está vigilando en la playa y que con todo merecimiento llamamos “salvavidas”. Sí, esos chicos a los que muchos veraneantes tildan de gandulazos que se pasan todo el día viendo culos y tetas, sentados en lo alto de su silla pendientes de que gente que no respeta el mar se adentre en él como quien lo hace en una hamburguesería. Chicos deportistas como Luis Miguel, profesores de Educación Física como Paco, informáticos como Thomas… que saben que con bandera roja no están obligados a meterse para sacar a nadie, pero que su moral, su ética, les impiden quedarse de brazos cruzados viendo como alguien se está ahogando y que su lema es: “Cuando todos salen del agua por algún problema, somos nosotros los que debemos entrar para tratar de solucionarlo”. Chicos que llaman a la policía porque sus avisos, sus silbatos para que algún surfista aficionado salga del agua, son ignorados… Claro que también lo fueron los de los policías que vinieron y tuvieron que tragarse un corte de mangas por parte del equilibrista de la tabla que se negaba a salir para ser identificado. Y nadie me lo contó, que lo vi con mis propios ojos. Lo mismo que vi cómo uno de esos jóvenes, André, un noruego de ojos pequeños y vivarachos y “parlador” de seis idiomas, se lanzaba al agua contra las olas para sacar a un individuo que pretendía llegar hasta la boya amarilla. De haberlo dejado hubiera llegado no hasta la boya sino muuucho más adentro, aunque luego lo hubiera escupido, inerte, el mar hasta la playa. Y no, no crean que el sujeto en cuestión se lo agradeció, no señor, una vez puesto a salvo se negó a salir del agua hasta que la atención de los bañistas pendientes de la movida desde la arena se había diluido, ¿orgullo?, ¿miedo al ridículo?, ¿a los reproches?

 

Todos los “salvavidas” con los que hablé me dijeron la misma frase escuchada hasta la saciedad de aquellos a quienes habían tenido que sacar del agua en condiciones penosas: “¡Si yo sé nadar!”, le falta el taco que suelen añadir. Incluso algún participante de un triatlón, bastante molesto, hasta que comprobó a qué extremo se había torcido en el recorrido. Claro que saben nadar, pero no es lo mismo hacerlo en una piscina que en el mar, ni las condiciones son las mismas con la mar tranquila que encrespada. Y sobre todo, ahora, que en unos días desaparecerán de nuestras playas los vigilantes de nuestras vidas ¿en quién delegaremos la responsabilidad que solo nos compete a nosotros? ¿de verdad queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que tiene que ser el color de una bandera o un señor con una boya naranja quienes nos indiquen lo que solo el sentido común debería indicarnos? Si no lo hacemos por nosotros mismos sí deberíamos hacerlo por nuestros hijos. Si les damos la vida, démosles también, una guía para conducirse en ella. Y ya sabemos que copian antes las gilipolles que las bonitas palabras.

 

Entretanto, un ¡hurra! para esos chicos que anteponen su vocación de servicio, de ayuda a los demás, por encima de sus propias vidas.

 

 

 

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«Yo con mis arrugas, él con su frescura»
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Ana María Tomás | 02-09-2017 | 09:36| 0

La señora Brigitte Macron, primera dama de Francia, está de moda. Coloniza con su elegante y desenfadada presencia, entre otras, la portada del número de septiembre de la revista Elle. Los… “meritos” de ser una brillante profesora, una elegante y culta señora, una mujer que logra mantener el peso a raya… no son precisamente los que la han llevado a esa entrevista que se ha colado morbosa en las casas de los ciudadanos de su país, sino el hecho de ser una mujer veinticuatro años mayor que su marido, el que su marido fuese un alumno suyo que compartió clase con una de sus hijas, y el que “¡extraña e increíblemente!” su historia de amor se haya mantenido en el tiempo. Y yo me pregunto, si estuviéramos hablando de un señor, de los muchos, muchos, muchos que hay manteniendo relaciones con una chica veinticuatro años menor… ¿nos plantearíamos las mismas cosas? La respuesta es no. El señor mayor estaría estupendamente bien visto y pocos se plantearían que un hombre mayor no puede responder sexualmente como necesita una mujer joven, mientras que una mujer mayor que su pareja sí puede mantener cuantos encuentros sexuales aguante su chico. De todas formas, nada se le cuestionaría a él.  Es más, cuando es el hombre el aventajado en años, y más si el payo anda forrado, quien vuelve a estar en el candelero del asunto es la “lagartona” de ella. O sea, que por mucho que nos creamos que vamos consiguiendo logros… lo cierto es que la sociedad y nosotras, las propias mujeres, nos empeñamos en marcar diferencias, casi siempre “a favor” del hombre. Aunque, por otra parte, no le disculpemos que pueda gustarle, desear, y amar a quien, en opinión de más de una fémina, se considere… ¿extraña? Por el solo hecho de tener más años que él.

La primera dama en esa entrevista, cita al poeta Prévert y a sus versos para justificar que no podía dejar pasar de largo ese amor para ser dichosa, por mucho daño que esa situación pudiera hacerle a sus tres hijos.

No hace falta recurrir a Bittori, una de las protagonistas de la novela La patria, de F. Aramburu, para saber que suelen ser las propias madres de los chicos, “mujeres”, quienes se sorprendan, se alarmen o intenten alejar a sus retoños de relación tan “tóxica” como la mantenida  con una mujer mayor que él, a fin de cuenta son “mujeres de segunda mano, que se han bañado en muchas aguas”. Qué pueden ofrecerle, se preguntan. Yo creo que uno de mis poemas les responde: “Nada nuevo puedo ofrecerte./ Soy afinado instrumento…,/ explorado paisaje…,/ navegado océano…,/ escalada cumbre…,/ recorrido desierto…/ Nada nuevo puedo ofrecerte/ salvo…/ agitarte, incitarte, avivarte, morderte…/ inocularte la locura de mi amor germinado…/ horadar la geografía de tu cuerpo/ escrutando cada poro inexplorado…/ Y enseñarte, como nadie,/ a encenderte/ con el hábil fuego de mis manos.” No parece que sea poco ¿verdad? La señora Macron, para colmo, pudo enseñarle a  su adolescente marido literatura, poesía y el conocimiento de los clásicos, así que a qué cuento tanto revuelo porque ella acumule unos cuantos tacos de calendario más que él. Puede que sí, que haya momentos en los que se mire en el espejo y afirme asertivamente: “Yo con mis arrugas, él con frescura”, pero probablemente terminará añadiendo que cuántas mujeres más jóvenes y con menos arrugas se cambiarían por ella sin pestañear.

Si defendemos con tanta vehemencia que el amor no sabe de color de piel, de ideología, de clase social o de religión… ¿vamos a venir ahora con páginas y entrevistas morbosas solo porque la mujer, ¡la mujer! sea veinticuatro años mayor que su marido? Ya lo dice el bolero, “veinte años no es nada” y una pequeña propina de cuatro, menos. Y qué puede importarles que haya quienes no los comprendan, si ellos se explican cada día a besos las razones que realmente importan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Agallas de sobra
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Ana María Tomás | 26-08-2017 | 15:21| 0

Caminaba con mi usual radal camino de unas compras cuando, a menos de cincuenta metros de mí, en una esquina ajena a mi territorio, y que más tarde me enteré que muy peligrosa, según me aseguraron los vecinos: “si no lleva quinientos accidentes no llevan ninguno”, un joven se saltó un ceda el paso a una velocidad supersónica para carretera -vayan ustedes echando cuentas lo que tuvo que ser para la ciudad- y se empotró de tal manera en una furgoneta mercedes que la “trompa” de la misma y los faros salieron volando al “quintísimo” pino. Me quedé paralizada, instintivamente me llevé las manos a la boca para impedir no sé qué grito que quedó ahogado en la mitad de la garganta. Antes de que pudiera sobreponerme, una patrulla de la policía estaba allí, como si hubiese estado esperando el golpe para aparecer. Del coche embestido salió un pobre hombre de unos sesenta y tantos años, aturdido, dolorido, lloroso, sin comprender todavía qué narices había pasado para que a él, que iba cumpliendo toda la reglamentación, le jodieran el día y los sucesivos. Lo de menos es que llevara o no razón, el perjuicio ya estaba hecho. Todo lo contrario de lo que salió del otro coche que embistió como un miura: un chavalillo que tendría dieciocho años, aunque no los aparentaba en absoluto, con una cola de caballo que recogía en un minúsculo moñete, el resto de pelo casi rapado, y una mala leche como para estar haciendo yogures hasta el día del juicio final. Por lo visto, todo el problema no era que él se saltara el “ceda el paso”, sino que tuviera que pasar, justo en es momento, el otro “capullo” por allí. Se lo comía. No se imaginan la reacción del muchacho, ni siquiera por guardar la compostura ante los agentes de la autoridad se cortaba el payo. Nada parecía poder hacerse para aplacar la ira desatada de la criatura. La impotencia del dañado era para verla. Los que se arremolinaban alrededor contemplaban la escena incrédulos; yo misma, petrificada, sin capacidad de reacción, hasta que de una de las casas salió un venerable anciano, ochenta largos, largos, con dos muletas y las piernas vendadas bajo unos pantalones cortos y se encaró con el enloquecido mequetrefe haciéndole ver la magnitud de su irresponsabilidad. Como creo que todos pensamos que iba a ocurrir, el joven se revolvió contra él y, por un momento, rumié que lo tiraba al suelo, pero el anciano se creció, levantó una de sus muletas y como un redivivo Blas de Lezo  (mi amado almirante manco, cojo y tuerto que en el s.XVIII consiguió vencer a 195  buques ingleses con sólo 6 barcos españoles en Cartagena de Indias)  y le espetó: “¿A mí, que he batallado en cien guerras, que me he enfrentado toda mi vida con asesinos y terrores que no serías capaz de imaginar en tu vida… me vas a amedrentar tú? me sobran agallas para partirte la cara ¡Mira lo que has provocado! Ya sabemos que ni por asomo querrías, pero, coño, ten la gallardía de reconocer tus errores”. Y, claro, todo esto con la cabeza bien alta, entre otras cosas porque era bastante más bajito que el muchacho, todo su cuerpo tembloroso apoyado en una sola muleta mientras blandía la otra como una pica dispuesta a ponerla en Flandes. “Olé sus cojones”, pensé. Porque aquello descolocó al zanguango y le hizo callar, apartarse a un lado y llamar a alguien por teléfono.

Qué quieren que les diga, mis queridos lectores, no es que una sea muy guerrillera, pero encontrar a alguien así, en sus circunstancias y sin miedo a enfrentarse a un simple empujón que le hubiera dejado en el suelo como a una tortuga, indefenso e incapaz de darse la vuelta… es echarle muchos arrestos a la cosa. Y pensé que quizá no estaban tan perdidos de nuestro suelo los “alatristes”, esos caballeros españoles, valientes, dispuestos a ejercer la justicia, pese a todo. Parecía una persona tan frágil a la vista de todos, tan desvalido… y tuvo tanta gallardía en poder orden en donde ni la autoridad era capaz de  ponerlo… que, como Sabina, con los “caballeros drogatas” que lo asaltaron y que, al final “les tenía que escribir una canción”, yo también pensé que alguien así merecía que ustedes lo conocieran. Últimamente solo se habla de los mangantes de nuestro país, pero nuestro suelo, pese a ser cuna de pillines de poca monta y “lazarillos -ilustres- de Tormes”, también es estirpe de aquellos que son “lanzados a los lobos y vuelven a la cabeza de la manada”.

 

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Vente p’acá gilipollas
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Ana María Tomás | 19-08-2017 | 12:00| 0

La buena educación, el respeto por los demás, el comportamiento cívico… etc. es una especie de traje que se lleva puesto aunque se vaya desnudo, como la vestimenta de aquel rey del cuento, convencido de ir vestido con las mejores galas cuando iba desnudo, solo que aquí sí es cierto que se llevan. Emerge de quienes lo poseen como un halo, un perfume, un misterio, tan intangible y tan palpable a la vez que es difícil de definir. Quizá por eso las playas son el lugar idóneo para conocer a las personas sin que tengan que llegar a abrir la boca o vayan en pelota picada.

Ya saben ustedes de mi afición a comerme el mundo por los ojos. Y no, no es que yo me dedique a eso que ahora está tan de moda por uno de los anuncios publicitarios de una tónica: a hacer prejuicios. Prejuicios… para poco después desdecirme con un post-juicio. No. Yo simplemente observo cuanto sucede a mi alrededor y luego vengo y se los cuento a ustedes. Pero es que esa es la única obligación que tenemos los escribidores: contar la fracción de universo que vemos. Claro está, con nuestros ojos. Como no podría ser de otro modo. Soltada toda esta perorata para que nadie me acuse de juzgar insensiblemente a una pandilla de gaznápiros, ahora les cuento y ya van sacando ustedes mismos sus propias conclusiones.

Ya sabemos todos, quienes tenemos la suerte de poder estar en alguna playa, como los que no pueden o no quieren pelear con arena y pringe solar que para pillar cacho de orilla es fundamental madrugar, ya lo dice el refrán “Al que madruga Dios le ayuda”, sobre todo a la hora de poner sombrillas en primera línea. Vale, pues en ello nos encontrábamos unos cuantos madrugadores cuando apenas un rato después la playa se llenó de rezongones, tardones y personas “generosas” que prefieren que Dios ayude a otros, y ellos se levantan tarde para no quitarle la oportunidad a los demás, cuando apareció una batibolea  de familión de unos doce y quince miembros entre padres, hijos, abuelos y niños, sobre todo niños, tantos que me hicieron dudar por unos momentos de la estadística de la baja natalidad, con un incivismo digno de ser recogido en el Guinness de los records, y comenzaron a poner sillas, bolsos, esterillas, cubos, palas, cazamariposas, neveras… y cuanto artilugio sean ustedes capaces de imaginar… en el minúsculo espacio entre dos sombrillas de la primera línea de playa. De tal forma, que invadieron por completo el ya reducidísimo espacio sombreril conquistado horas antes por quienes habían renunciado a un períodos de sueño por lograr un punto donde les permitiera poder vigilar a sus nietos en el agua más de cerca, estando sentados a la sombra, sin tener que andar desojándose al sol de pie en la orilla de la playa. Hasta tal punto fue el vandalismo de todos, de manera especial el de un zángano quinceañero de aspecto brutote, toda la masa encefálica distribuida entre brazos y torax, que las dos familias adyacentes sin decir ni una palabra, ambas casi a la vez, recogieron sus enseres playeros, a sus nietos y a ellos mismos y se largaron de la playa. Mientras tanto, los vándalos sonreían satisfechos y expandían hacia el nuevo espacio conquistado a base de incivismo el resto de flotadores, esterillas, toallas… Por un momento se realizó un prodigio, pude ver en el rostro de una de las chicas del grupo, una joven veinteañera, un atisbo de vergüenza ajena. He de decir, para ser justa, que esta chica siempre quedó detrás, como marginada del grupo, intentando que su familia montara el chiringuito donde la hora ya avanzada había dejado espacio, o sea, unas seis filas de sombrillas detrás de donde lo estaban poniendo. Sin embargo, su primigenia reticencia fue vencida por la fuerza de la mala educación de su madre que le grito: “Vente p´acá, gilipollas”. Por lo visto, ser considerada, para la buena señora, era ser gilipollas.

Semejante pandilla de gaznápiros no necesitó abrir la boca para que los playeros adyacentes catalogáramos, sin prejuicio alguno, la carencia del ropaje de la buena educación y de las maneras consideradas, pero es que, además, se empeñaron en no dejarnos con la duda y darnos la razón a quienes intercambiábamos las miradas entre  atónitos e impotentes.

 

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“Constante adoro a quien mi amor maltrata”
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Ana María Tomás | 12-08-2017 | 07:38| 0

La playa está llena de gente, pero yo me siento a salvo bajo el manto protector de mi minúscula sombrilla. Intento acoplar por enésima vez mis huesos en el cúmulo de arena que amontoné, a modo de asiento, bajo mi toalla y mis ojos vuelven a escaparse hacia una jovencísima pareja que juega en el borde del agua ajena a las miradas. Él está sentado indolente, las manos apoyadas en el suelo por detrás de su espalda dejando que las olas le refresquen hasta la cintura. Ella se inclina ante él, solicita, para extenderle protector solar mientras lo besa, picoteándole la cara ante la impasividad de él que ya me había llamado la atención un buen rato antes. Regreso a mi lectura de “La patria”, de F. Aramburu, y obligo a mis ojos y a mi mente a centrarse en lo que en ese momento estoy haciendo. Vano intento. La entrega de la muchacha es tan absoluta que conmueve, sobre todo, porque él se la corresponde con una indiferencia igual o mayor. Ella tira de él para entrar al agua, y el chico, aparentemente desganado, camina hacia adentro y se hace el muerto sobre las aguas. Ella lo conduce suavemente intentando alejarlo de la gente, sin dejar de besarlo, lo mece en las aguas y lo cuida con una abnegación que me hipnotiza e impide que aparte mis ojos de ellos. Dejo el libro y me dispongo a controlar el tiempo que él tardará en despertar de ese letargo de bellodurmiente  e intercambiarán los papeles. “Que si quieres arroz, Catalina”. Ante la recalcitrante indiferencia de él y la insistente ternura de ella, inamovibles ambas, recuperé mi lectura dispuesta a no perder la mañana sólo por mi curiosidad sobre los comportamientos humanos. A fin de cuentas, por bueno que sea el laboratorio playero, siempre es mejor sentir que he aprovechado mi tiempo. Sobra decir que pasaron las horas, salieron del agua, volvieron a entrar y así hasta que abandoné la playa dejándolos sin que nada cambiara en las posturas de ambos. Pero sí que lograron que algo cambiara en mí. De la boca de mi estómago emergía una especie de impotencia al tiempo que me regurgitaba los versos de sor Juana Inés de la Cruz: “Al que ingrato me deja busco amante;/ al que amante me sigue dejo ingrata;/ constante adoro a quien mi amor maltrata;/ maltrato a quien mi amor busca constante”. ¿Cómo puñetas podía, una chica tan dulce y espectacular de cuerpo, estar con una ameba semejante?… ¿De verdad es tan común entre nosotras amar a los ingratos que maltratan a nuestro amor en lugar de largarnos con viento fresco con aquellos que nos siguen amantes? ¿Qué extrañas carencias dominaban la vida de la joven para contentarse con un… narcisista tan a las claras? Imaginé, como en el cuento de A. de Mello, que si le preguntaran qué creía que le gustaba a su novia de él, diría que el que fuera guapo, cachas e interesante. Y que si siguieran preguntándole qué le gustaba de su novia, la respuesta sería que porque pensaba que él era guapo, cachas e interesante.

A mí me entraron una ganas terribles de ir hacia ellos y arrearle al zagalón un bofetón con hache para ver si despertaba de una puñetera vez puesto que estaba claro que lo de los besos puede que funcione con las bellas durmientes pero no con los aletargados “criaturos” embebidos  de no sé qué extraño engreimiento. Pensé que mi deber como ciudadana era denunciar cualquier maltrato que viera y eso que tenía ante mí no era menos maltrato para el alma que lo sería una sacudida contra una pared para el cuerpo. Pero luego pensé en lo poco que sirve que vengan salvadores a rescatarnos cuando somos nosotros quienes nos imponemos las cadenas.

Suele pensarse que “El tiempo pone a cada uno en su lugar.  Cada reina en su trono, cada payaso en su circo, cada fantasma en su castillo”, pero yo creo que “si se va mandando a alguno a la mierda, se va  adelantando camino”.

Me marché de la playa pidiendo al cielo que, ojalá, a aquella chica se le abrieran los ojos y le tomara la delantera al tiempo.

 

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