La Verdad

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DESENCUENTROS
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Ana María Tomás | 27-10-2010 | 19:45

Tiene treinta y pocos años, es culta, atractiva, dulce, encantadora, independiente… Y bastante tímida. Nunca ha estado casada, ni tiene hijos. Disfruta de un trabajo docente que le encanta y unos valores que, en la actualidad, están algo en desuso como son la fidelidad, creer que el amor es para siempre, o considerar las relaciones de pareja como un lugar donde expresar mucho más que amor y respeto.

Sin embargo, pese a todo el conjunto de maravillosas cualidades que le adornan, no consigue encontrar un hombre al que ella le guste y, a la vez, que a ella le entre por el ojo derecho. Cuantas veces ha intentado el arte de la conquista o de la seducción con tipos de los que se ha enamorado, tantas veces le han roto el corazón con la apatía, el desinterés o la chulería de los depositarios de sus enamoramientos.

Ella es una de mis amigas. Y como ella hay otras muchas, muchísimas. Están solteras, separadas, viudas… Y solas a su pesar. No por elección.

Lo terrible de esto es que también tengo amigos, solteros, separados, viudos… Hombres maravillosos, entrañables, tiernos, con valores también en desuso y que estoy segura de que serían enormemente felices con mujeres como mis amigas. Y ellas con hombres como ellos. Sin embargo, aunque he intentado desplegar ciertas habilidades como rejuntadora de personas, que no como celestina mayor del reino, no he conseguido encontrarles la pareja perfecta, bien por desigualdad de edad, por distancias territoriales o ciertas afinidades que podrían dar al traste con la mejor de las intenciones.

Hace unos días recibí un correo en donde se adjuntaba un mensaje precioso, clamoroso y lúcido (se lo recomiendo) de Facundo Cabral, sobre la Vida, diciendo que ésta es el arte del encuentro. Ojalá nos lo creyésemos al pie de la letra. Ojalá viviésemos convencidos de que nacemos para ser felices, para encontrarnos con los demás en un territorio libre de miedos. Sin embargo, eso no siempre es así. No, al menos, para muchos. Es cierto que unas personas son mucho más accesibles, abiertas, extrovertidas en las relaciones con conocidos o desconocidos y les resulta mucho más fácil entablar una amistad, una relación… Otras, por el contrario, hablar con un desconocido les supone un mundo. Pero lo cierto es que unas y otras no siempre tienen la posibilidad de conocerse, de hablarse, de enamorarse.

Por otra parte, hay que tener en cuenta el desasosiego y el tremendo dolor, producido por una separación matrimonial, que acompañan a muchas de estas personas. Con todo, es mucho más terrible no dedicar el tiempo necesario al duelo por la pérdida del ser amado, a serenar el corazón, a llorar y a lamer las heridas producidas por la separación traumática. Por el contrario, muchos separados salen escopeteados a buscar un hombro, y no para llorar precisamente, sino para apoyar su cabeza mientras bailan. Ellos, unos pocos, algunos, demasiados…, con una fobia terrible al compromiso que vaya más allá del “aquí te pillo, aquí te mato” y ellas, no todas, aun recién salidas de la sartén, deseando caer en el fuego. Con lo cual, por mucho que se encuentren, lo hacen con total y absoluto desencuentro.

Por eso chateamos, cibernavegamos, skypeteamos, nos enamoramos a través de una pantalla, fantaseamos y hasta tenemos sexo internáutico, porque miramos y vemos en los ojos de ese otro desconocido nuestro propio amor. Un amor solitario, hambriento, que nos desborda dispuesto a proyectarse, a tergiversar la imagen real que nos devuelva el ordenador. Un amor desprevenido a los engaños, a la terrible soledad del otro dispuesto a vendernos todo aquello que queramos encontrar en él…

Por eso andamos dándonos cabezazos, porque no siempre “la Vida es el arte del encuentro”, sobre todo, con nosotros mismos, con nuestra propia aceptación y amor.

Desencuentros. Desencuentros que hacen que mis amigos y mis amigas continúen buscando a su media naranja, sin darse cuenta de que todos ellos son naranjas completas locamente pletóricas de sabroso jugo.

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