La Verdad

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La Elección
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Ana María Tomás | 18-03-2017 | 11:42



Me acabo de enterar de que una de mis mejores amigas se separa de su marido. Me lo ha dicho ella misma con un llanto que no podía controlar. “Nunca me gustó esa tipa” me dijo. La “tipa” en cuestión es la mujer, bueno, “era” la mujer de uno de los compañero de trabajo del menda. Y es curioso cómo esas primeras impresiones viscerales de las que nadie nos libramos apelan a lo más primitivo del ser humano para ahorrarnos disgustos. Claro, que yo le podría haber dicho que quien nunca me gustó a mí fue su marido. A fin de cuentas ha sido él quien ha hecho la elección. Imagino que la situación que viví es fácilmente reconocible por cualquiera de ustedes en amigos, hermanos, hijos, pareja… Ya nada es lo que era. Los “para siempre” han quedado reducidos a “para poco”; los “nunca te olvidaré” han cambiado a “si te he visto no me acuerdo”; y la entrega del corazón…, por aquello de los trasplantes, ha quedado sin vigencia alguna. En resumen, que este mundo loco y cambiante también ha afectado a la calidad de las flechas de Cupido volviéndolas biodegradables y caducas.

Lo que se ha conocido como “la familia de toda la vida” se diluye, se bifurca, se reajusta a unos tiempos en donde la unión la sostiene, no ya el amor o, al menos, no éste solamente, sino la capacidad de felicidad y de bienestar, físico y psicológico, que proporcione la pareja. Exégesis: cuando el capullo o la soplagaitas con quien se conviva convierta la relación… pues no sé…, desde infumable a insufrible, pasando, obviamente por aburrida o problemática ¿quién no tiene problemas con la convivencia?, pues nada ¡hasta luego, Lucas!

Claro, que no siempre tiene que ser el otro quien mude, recuerden aquello de que jamás nos bañaremos dos veces en el mismo río. Todos evolucionamos, cambiamos (una veces para mejor y otras ni les cuento) y, en ese cambio, viajan los sentimientos. Cuando una relación se rompe, no significa que no haya sido el amor verdadero de nuestra vida… tanta pasión, tantos momentos maravillosos, intensos, felices, inolvidables… Siempre es el amor eterno el que une aunque sea breve esa unión, porque, como dice Sabina, “hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno”. No es cierto que el único amor verdadero sea el que no acaba, lo único cierto es que, a veces, en un inconsciente desafío al tiempo, entran en esa turbulencia viajera y cambiante los dos miembros de la pareja y, cuando el disturbio pasa, vuelven a encontrarse renovados, fortalecidos, deseosos o colmados de una ternura reposada, pero eligiéndose el uno al otro de nuevo una vez más.

Lo peor que puede ocurrir es que alguien nos saque de su vida cuando nosotros jamás podremos sacarlo de nuestro corazón. A mi amiga se le ha venido el mundo encima, aparcó su vida y sus aspiraciones para acompañar a su marido en sus variados destinos laborales y dedicó su tiempo a él y a sus hijos. Me dijo que lo que menos le preocupaba era su futuro laboral, pero sí la tiene muy angustiada el de sus hijos. Sus “vísceras” vuelven a mandarle mensajes de alerta de que van a tener que renunciar a muchas cosas porque el papá les pasará la pensión estipulada y ni una propina más. Pero eso para ella es, al menos en estos momentos, secundario. Lo que más le importa es haber perdido a su hombre, al amor de su vida.

Evidentemente, el amor es un tren cargado de diversos y complicados vagones, aunque lo importante, en cualquier caso, es conseguir viajar en él y ser consciente de que cada día es una estación en la que, en cualquier momento, uno de los miembros de la pareja puede apearse. Y saber, por mucho que jorobe al que siga en el tren, que siempre puede haber alguien que espere en la estación al que baja. De ahí que lo difícil, cuando se rompe el amor, no es recoger los cristales sino no cortarse al hacerlo. Mi desconsolada amiga me decía que su marido le había roto el corazón pero que, aun hecho pedazos, esos pedazos seguían amándolo. Sí, les doy permiso para que piensen que es un poco gili. Yo también lo hice.

La vida… Unas veces se gana, otras se aprende, pero siempre es necesario arriesgarse, saltar al vacío, sentir que se vive y dejarse penetrar por flechas o flechurrias caducas, porque, casi siempre, antes de desintegrarse, han sido capaces de hacer arder el alma y el cuerpo en la eternidad de un breve fragmento de tiempo.

 

 

 

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