La Verdad

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Desmitificando
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Ana María Tomás | 06-05-2017 | 09:29

Suelo aprovechar cualquier ocasión, por pequeña que sea, para realizar tareas inexcusables -como hacer la compra- o lúdicas -como ir al cine- acompañada por alguno de mis hijos. La casualidad hace que la mayoría de las veces me encuentre con una encantadora señora entrada en años, viuda y sin hijos que pasea a un pequeño perrito. No hay vez que nos crucemos que no tenga para nosotros unas palabras amables, elogiosas y a la vez teñidas de una triste pelusa al comparar su situación y la mía. Yo -casi me siento culpable al considerarme tan afortunada- intento restar importancia y afirmo que no siempre tener hijos es sinónimo de felicidad, lo cual es verdad, y me escurro los sesos en buscar ejemplos de padres que ambas conocemos cuya desgracia es, precisamente, el hecho de tener unos vástagos que los llevan por la calle de la amargura. Después nos despedimos cordialmente, seguras de volver a reproducir la conversación en el próximo encuentro. La señora, tal vez un poco harta de que yo, tan feliz como se me ve con mis hijos, no le dé la razón a sus tristes argumentos, la última vez que nos vimos en similares circunstancias optó por decirme que ese día paseaba sola porque su perrito se había quedado durmiendo en su camita, y que mirándolo dormir tan plácidamente se le había encogido el corazón al pensar que ella no había podido sentir nunca “eso” que tienen que sentir las madres cuando ven dormir a sus hijos en la cuna. Touché. Sin embargo, en mi afán conmiserativo hacia ella, me levanté rápidamente al igual que un tentetieso para rebatirle que no todo es verlos dormir, que hay criaturas, pero también criaturos que acaban con la salud física y mental de las madres, que no duermen ni cargadas hasta el culo de somnífero pediátrico ¡si lo sabré yo! Y que, desde el momento de quedarse embarazada, toda la vida de la mujer gira en torno al bebé, como si dejase de pertenecerle a ella: cuidado con el alcohol, el azúcar, las grasas, los medicamentos, el deporte, los golpes o roces en la barriga, y ahora hasta con el jamón ¡Por Dios! (con los antojos de jamón que me metí yo entre pecho y espalda), vamos, cualquier cosa que pueda afectar al crío. Y no hablemos ya de lo que ocurre después del nacimiento.

 

No es que yo esté empeñada en amargar a la buena señora, sino todo lo contrario, me parece adorable y sólo intento desmitificar la sublimación a la que ha llevado el hecho de ser madre, entre otras cosas, precisamente, por no serlo. Mi pretensión no es otra que hacerle ver unas ventajas que ella tiene que nunca tendrán otras mujeres: ella es libre y dueña de su corazón, cosa que jamás es una madre. Además, los hijos son regalos que da la vida, joyas, pero no siempre es oro todo lo que reluce. Ella está tan obcecada, tan dolorida con esa ausencia, que está ciega para poder ver cualesquiera otros regalos que la vida le haya proporcionado. Me entran ganas de decirle que ser madre no es siempre parir, que hay hijos que se gestan dentro del corazón y no debajo de él, que la maternidad es tanto de cuerpo como de alma y que ella podría ser una maravillosa madre si, en lugar de quejarse de su suerte, dejara florecer el amor maternal de su corazón.

 

Sabiamente la lengua francesa nombra la figura de la abuela como la “gran madre” y no todas las abuelas responden al estereotipo, aunque, bien es verdad, hay otras que se pasan tres pueblos en seguir siendo más que madres, grandes madres para sus hijos y los hijos de éstos.

 

Reconozco que, dada mi experiencia tanto a nivel de hija (mi madre es generosidad, entrega, perfume, refugio, caricia, seguridad, amor incondicional y constante) como de madre (mis hijos son la mejor y más hermosa de las bendiciones) debería darle la razón a la buena mujer, aunque la hundiera en sus lamentaciones, y aceptar que soy más afortunada que ella. Pero no es menos cierto que hay hijos por ahí que van a las casas de putas no a buscar relaciones sexuales, sino a ver a sus madres, y que ni la más puta de ellas querría tenerlos ni de visita.

O sea…, vamos, que todo es relativo.

 

 

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