La Verdad

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Mi cuentahuesos
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Ana María Tomás | 21-10-2017 | 08:53

La llamábamos la chacha Catalina. En mi pueblo, Jumilla, y en mi infancia, a los tíos se les solía llamar “chaches”, palabra que ha degenerado actualmente para referirse a alguien con aspecto viejuno o de apariencia cansada. La chacha Catalina vivía con nosotros, al igual que su sobrina, mi abuela. Era la hermana de la madre de mi abuela materna. Murió con ciento tres años cuando yo contaba nueve. No tenía pensión económica alguna, ni hijos, ni otra familia que no fuéramos nosotros, o sea, que de no haberse responsabilizado mis padres de ella hubiera tenido que terminar sus días en lo que era común hace casi medio siglo, en un asilo. Pero, que no se llamen a engaño los más jóvenes, un asilo de entonces nada tenía que ver con la idea que hoy puede tenerse de una residencia para mayores. Yo hice el “Servicio Social”, una especie de mili femenina, en uno de ellos. Había un ala para los hombres y otra para las mujeres. En ellas dormían aquellos a los que les quedaba algún sueño, y quienes hacía mucho que sólo tenían insomnio, que solían ser la mayoría, olvidados de los suyos y del mundo. Siendo un lugar tan triste, como siguen siendo muchas de las mejores residencias actuales, era lo mejor que podían tener para finalizar sus vidas quienes nada tenían ya. Sin embargo, eso era una posibilidad jamás considerada en casa. Las limitaciones del hogar contrastaban con la inmensa riqueza de tenernos los unos a los otros.

Nunca escuché a mis padres reñirnos a mi hermana o a mí por tratar sin respeto a las personas mayores o por maltratarlos de alguna forma. Aunque no era mérito nuestro, simplemente imitábamos la forma de tratarlas ellos. Mi padre le gastaba bromas a la chacha Catalina porque no había forma de que se terminara el trozo de pan de las comidas, siempre dejaba un rosigón que se lo comía en la siguiente. Ese era, según ella, el secreto de su larga vida: al Señor no le gustaba que se dejara pan, con el hambre que había en el mundo, así que le permitía seguir viva para que se lo comiera más tarde, pero ella, conocedora del secreto, volvía a dejar otro trozo de pan para la próxima comida. La recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. Con empaque, sabia, demasiado culta para su época, recitaba a Campoamor como nadie; me contaba historias maravillosas mientras me obligaba a ponerme de rodillas en el suelo volcada en su halda para contarme las costillas. “Demasiadas salen, tienes que comer más, me decía mi cuentahuesos.

Han pasado un montón de años desde que se fue y todavía la echo de menos y manoseo con amor sus gafas de cristales redondos y apenas unos alambres para sujetarlas en las orejas, y una diminuta bolsa de Judas en la que guardaba las pesetas que mi padre le daba y que eran su tesoro para suministrármelas a mí y con las que yo compraba “puromoro”.

Los niños y los ancianos siempre se han llevado bien. Unos tienen la aljaba vacía y los otros repleta y dispuesta para el trasvase. Sin embargo, hace años que algo viene fallando en esa hermosa relación, es como si el puente que los uniera estuviera defectuoso y de peligroso paso. Obviamente, el puente son los adultos que olvidaron la ilusión y la inocencia de su niñez y que todavía no han alcanzado la madurez para comprender cómo se camina con esos torcidos y titubeantes zapatos. Los adultos como puentes… casi nada. Adultos atrapados en un montón de obligaciones, haciéndose cada vez más egoístas, más distantes…, huraños a las necesidades de sus mayores, siempre y cuando no necesiten de ellos para salvarles de algún problema económico, y ni siquiera en esos momentos tienen, muchas veces, la ternura, la capacidad de ponerse en la piel de ellos.

Mi chachica Catalina era muy refranera; yo entonces no entendía mucho, pero el tiempo me ha regalado entenderlo todo. Ella decía que era de “bien nacidos ser agradecidos”, así que, cuando las noticias vomitan los maltratos de hijos a sus padres y, sobre todo, cuando esos agravios se producen de manera reiterada y tan preocupante que hasta nuestros políticos han que tomar cartas en el asunto y editar Guías para concienciarnos de que muchos de los actos que les infligimos a nuestros mayores y que consideramos “normales” no son sino un maltrato puro y duro… pienso que ella pensaría que esta sociedad se nos está llenando de malnacidos.

Imagino que ella tendría en estos momentos el proverbio exacto que nos definiría. A mí sólo se me ocurre decir que si el corazón necesita una guía que no sea la del amor… “mala burra hemos comprado”.

 

 

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