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Ana María Tomás

Escribir es vivir

¿Humor…?

Un tal… Chris Haslam ha publicado en el “The Times” un artículo sangrante describiendo a los españoles como “maleducados, sucios, groseros, gritones, vividores, impuntuales” y no sé cuántos calificativos negativos más. Así, a bote pronto, lo que primero que te sale es llamarlo h…, sin preposición ni paliativos, pero claro, como soy una señora bien educada no lo haré. Parece ser que el articulejo intenta, en clave de “humor” –que me explique qué entiende el payo este por humor– hacer una radiografía de nosotros, vamos, tocarnos las narices sin venir a cuento y sin anestesia. Y parece que ha tenido que cerrar su cuenta de Twitter por los piropos que le caían en tropel. Hay que ser “muuu” estúpido para meterse así con un país como el nuestro y con unos ciudadanos como nosotros, máximo cuando nuestro territorio patrio está sembrado de sus conciudadanos que solo vienen a emborracharse, armar una gresca insoportable y a lanzarse al vacío desde un balcón. ¿Acaso él pertenece a esos grupos? ¿Sería justo meter a todos los ingleses en el mismo saco? ¿Que las mujeres llevamos abanico? (otro de los insultos que nos dedicaba)… Pues igual que los ingleses llevan paraguas ¿Dónde está la gracia? Cada uno es hijo de su geografía, de su clima, de su cultura.

Nosotros somos alegres, educados, limpios, puntuales, disfrutamos de la familia, de los amigos, de una cerveza en buena compañía… tenemos la bendición de vivir en un clima maravilloso que nos imprime una luz y una alegría vivificadoras envidiadas por muchos países, entre ellos el suyo, y a la vista está. Y claro que tenemos contradicciones, pero nunca contraindicaciones. Ni todos los españoles son iguales de puntuales, de educados o de silenciosos, ni todos los ingleses son iguales de borrachos, desalmados, vándalos y ruidosos como los que toman tierra en Magaluf, en Palma, en Benidorm, etc., o que los sinvergüenzas que vienen aquí aleccionados de cómo han de mentir para estafar a los hoteles donde se alojen y que les salgan las vacaciones gratis. Claro que de esos tópicos suyos él, punto en boca. Es mucho más fácil ridiculizar, caricaturizar y zaherir a quienes envidiamos que reconocerles su valía.

Yo admiro la puntualidad británica, capaz de considerar una falta de respeto el retraso de unos simples minutos; la educación exagerada que lleva colgada siempre en la boca el sorry y el please; su capacidad inexpresiva de encajar grandes golpes como si nada; y hasta su ridículos y característicos calcetines bajo las sandalias… Y, por supuesto, su amor por nuestro suelo y nuestra forma de vida. Hay pueblos enteros desparramados por nuestra patria colonizados por ingleses que no piensan volver nunca más a su amada tierra porque, por encima de ese amor, está la felicidad que sienten con nuestra forma de vida, nuestro clima, y todos esos defectos que él señala. Entre otros, ser acogedores y recibir con un beso a quienes nos saludan.

Me sería muy cómodo ponerme a la altura de este… le diría mindundi, pero le voy a llamar… ¿señor? No, mejor individuo. Pero voy a abstenerme. Y no porque él no se merezca una respuesta en su propio idioma (a veces es el único que entienden), sino porque creo que no se lo merecen el resto de sus compatriotas que, con seguridad, se sentirán avergonzados de él. Venir, sin ton ni son, a buscarnos las cosquillas con tópicos ofensivos y malintencionados no es de recibo. Responde a una vieja –e ingrata– costumbre de algunos de ellos que se repite con cierta periodicidad. Así nos recompensan –los ingratos– la generosidad con la que los acogemos. Ahora bien, una cosa es educación y otra la indolencia de mirar para otro lado mientras nos ofenden. Buenos, sí; tontos, no.

Hace apenas unos días, Emily –una chica americana residente en Jumilla, mi ciudad amada– fue entrevistada por una cadena de radio. Confesaba que sus amigos le preguntaban cuándo iba a regresar a su país. Ella  respondía que no se había planteado el cuándo porque su pueblo, ¡su pueblo!, tenía un castillo precioso, un monasterio extraordinario y muchos, muchos amigos con los que tomar una cerveza al sol del mediodía. Después de eso he pensado: «Mira, por cada capullo, siempre hay una rosa». Y nunca mejor dicho.

Que una cosa es el humor inglés y otra que el payo este quiere quiera hacer pasar por chiste lo que no tiene ni chispa de gracia.

 

 

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