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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Hasta el fin de mis días

Justo el domingo pasado me entero por la tele, hablando del tema de la extraña conexión de algunos humanos con sus perros, que uno llamado “Capitán” velaba, desde hacía once años, la tumba de su amo en la localidad argentina de Villa Carlos Paz, en la provincia de Córdoba. Y precisamente unos días después, vamos esta semana, “Capitán” muere en el cementerio donde ha vivido durante los últimos once años de su vida.

La historia me emocionó desde que la escuché, los días siguientes la comenté con familia y amigos porque lo más curioso del caso es que cuando el dueño de este increíble animal enfermó fue llevado a un hospital a treinta kilómetros de su domicilio y de allí salió para el cementerio mientras que el perrico continuaba en el hogar. Sin embargo, poco después desapareció y la familia pensó que otros lo habrían adoptado, hasta que algunos meses después, cuando fueron a visitar el cementerio, encontraron al fiel “Capitán” acostado sobre la tumba de “Miguel”. Cuentan testigos, trabajadores del camposanto, que durante el día deambulaba de aquí para allá buscando sutento, pero al caer la tarde se acostaba sobre la lápida de su amo.

No es nada nuevo confesarles a ustedes el gran amor que siento por los “seres sintientes”, afortunadísima denominación para los animales, ni la conexión que tengo con mi bóxer al que solo le falta hablar con la boca, porque ya lo hace con sus miradas y con todo su cuerpo para expresarnos el amor y la fidelidad que nos tiene a toda la familia. Estoy acostumbrada a que todos nosotros enviemos videos con acciones perrunas dignas de las más altas cotas de honor humano, algunas incluso más, porque ellos jamás nos abandonarían en el monte o en una gasolinera; videos en donde un perro herido o muerto en mitad de la carretera es cuidado o velado por otros, alrededor de él, para que ningún vehículo lo lastime más; videos llenos de historias de lealtad y ternura de los animales hacia las personas, conozco la historia de “Hachiko”, el perro japonés que esperó hasta la muerte a… “Richard Gere” y, sin embargo, la visión de ese viejo can, cojeante, maltrecho, viejo –tenía ya quince años- y sucio, intentando en los últimos tiempos sin lograrlo ya subirse a la tumba de su amo… esa imagen me impacto y me confirmó, una vez más, no la usada frase de “cuanto más conozco a los humanos más quiero a mi perro”, sino la de que cuanto más conozco a los perros, menos me gusta estar con los humanos, con esas “nuestras” constantes búsquedas de razones belicosas, los odios, las envidias, los fraudes, las insistentes formas de provocación, las maquiavélicas maneras de enriquecimiento, la falta de respeto a otros seres humanos y a este hermoso planeta que es nuestro hogar…

Muchos medios de comunicación se han hecho eco de tan entrañable noticia. A la hora de escribir este artículo no sé qué harán con el cuerpo de tan fiel guardián, algunas voces decían que tan abnegado amor merecía un trozo de tierra que lo cubriera cerca de la tumba de su amo. Yo pienso que no sólo se merece reposar allí, nada hay más sagrado que el “Amor” y él fue ejemplo puro de ello, sino que se merece un monumento que lo recuerde, que nos recuerde a los humanos quien, aparte de una madre y no en todos los casos, puede amarnos, no sólo hasta el fin de nuestros días, sino hasta el fin de los suyos. ¿Qué es camposanto? Ya me gustaría a mí saber cuántos con más diablos dentro que santidad han sido sepultados en todos los camposantos del mundo.

Mi amado chuchi me corta las reuniones nocturnas con mis amigos porque hay que sacarlo a la calle, me impide en ocasiones viajar si alguien de la familia no se queda en casa, me hace invertir un dinero extra en sus vacunas y en mantenerlo en perfectas condiciones, me obliga a trabajar más en casa para conservarla limpia de sus pelos y de sus babas –es tremendamente baboso-, pero cuando regreso cada día a mi hogar y lo siento tras la puerta adivinando mis pasos y moviendo todo su esqueleto para darme la bienvenida, cuando me mira con la pureza de sus ojos presagiando mi estado de ánimo, cuando se sienta a mis pies mostrando una confianza en mí que ni de lejos yo tengo… me digo que todo lo “negativo” que pueda tener en mi vida con su presencia no es nada comparado con todo el amor que da y que despierta en mi alma. Un amor que, de no haber sido por él -por ellos: mi Monti, mi Simba, mi Coffee- hubiera permanecido dormido para siempre.

 

 

 

 

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