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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Servil con los tiranos

Conduzco mi coche camino de casa tras una jornada complicada deseando llegar a mi destino y quitarme los tacones. Es uno de esos días que ruegas al cielo que no te toque delante un conductor poco habilidoso o demasiado amable que vaya cediendo el paso, tanto a los conductores que les corresponda esa atención como a los que no. En uno de los semáforos en rojo, parada justo detrás de él, reconozco el coche que me precede y el conductor. Tengo suerte. Se trata de una persona impaciente, impertinente  y bastante prepotente. Tengo asegurado que vaya abriéndome paso sin contemplaciones. Puede que ustedes piensen que soy desconsiderada, pero quien haya estado libre de morirse de ganas por llegar a casa, sin tener demasiado en cuenta circunstancias ajenas, que me lance la primera piedra.

Tal y como sospeché, nada más reconocer al individuo, este fue conduciendo con cierta agresividad, pitando e inmovilizando a peatones que pretendían cruzar fuera de los pasos de cebra, comiéndose las bocacalles en donde teníamos preferencia e intimidando con luces y pitos a otros conductores que nos cedían el paso, pese a ser ellos quienes tenían derecho a incorporarse a la vía.

Pero… hete aquí que en nuestro trayecto cruzamos un barrio del cinturón de la ciudad en donde sus habitantes no suelen andarse con chiquitas. Como si el mundo fuera suyo, de una de las calles emergió como por arte de birlibirloque, sin mirar si venía coche alguno, una buena pieza: reconocido maleante con historial delictivo más que “respetable” como para no medir las consecuencias de un acto reflejo tal como pegarle una buena pitorrada. El… “impaciente, impertinente y prepotente” frenó tan de golpe que casi me lo como. El… “maleante” lo miró desafiante antes de iniciar el cruce de la calle, después, pausadamente, tuvo los santos cojines -con “o”- de pararse en mitad de la calle, hizo un leve amago de volverse  al punto de partida para luego girarse y continuar hasta la otra acera con una chulería inenarrable. En los breves o largos minutos -no sabría precisarles a ustedes cuánto duró aquella escena- mi predecesor ni se movió, podría jurar, aunque no lo vi, que ni pestañeó. Y sólo unos segundos después de que el peatón hubiera terminado su maniobra de cruce por donde le salió de los tegumentos, el coche comenzó a avanzar despacio hasta unas cuantas calles más adelante donde su ruta dejaba de ser la misma que la mía.

Al hilo de ese acontecimiento, aparentemente nimio, comenzaron a venir a mi mente numerosos casos en donde se pone de manifiesto una perversa condición humana: la de ser soberbios con los humildes, con los apocados, con los débiles, mientras que se es servil con los dominadores, con los déspotas, con los hijos de puta o…, simplemente, con los poderosos. A veces, ni siquiera con los realmente poderosos, sino con aquellos a quienes nosotros les otorgamos poder.

Y me vino a la mente cómo esa actitud es extrapolable a cientos de circunstancias de la vida, en todos los aspectos en los que nos movemos, desde el ámbito familiar al social, pasando por el religioso, el laboral… y no digamos ya por el político que, por público, se nos cuela tantas veces en nuestras casas a través de los medios de comunicación produciéndonos, al menos a mí me lo produce, vergüenza ajena.

Desde la distancia que ocasiona… “ir en el coche de atrás” es fácil contemplar cómo cuando… ¿la pieza? ¿el objetivo? puede tener aguijón que produzca algún tipo de daño o pérdida, aquellos que intentan ir por ella se refrenan, se reconducen o bajan sus ínfulas. Por el contrario, si esta nos muestra su debilidad, nos encanta hacer leña del árbol caído sin medir ni sus circunstancias ni nuestro vil comportamiento. Vil, sobre todo, porque no es una manera habitual de comportarnos a tajo parejo con todos, sino porque  solamente se muestra con aquellos que sabemos que no van a revolverse contra nosotros.

Y, lo peor de todo, no es ya que haya gentuza que, como el conductor predecesor de la otra noche, les pite a los peatones que intentan pasar a un metro del paso de cebra impidiéndoles el paso mientras que se cuadra ante un tipejo que le sale en mitad de una calle poniendo en juego tanto su vida como la de quien conduce que, con un mal volantazo reflejo, puede terminar empotrándose en una casa, lo peor de todo es que haya otros a los, en determinados momentos, nos venga genial que hagan de perros de presa mientras nos mantenemos, en un seguro segundo plano, en silencio.

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