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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Fotos del árbol caído

Hace un cierto tiempo circulaba por internet el vídeo de unos niños negros víctimas de las minas antipersona. A todos les faltaba una pierna y algún otro miembro, y lo que el vídeo recogía era una carrera entre ellos. Todos “corrían” ayudados por muletas en medio de una algarabía propia de los niños felices (sí, felices). De pronto uno de ellos cae al suelo y rueda sobre su propio cuerpo. Los más alejados de él siguen corriendo hasta que se dan cuenta de que otros, los más cercanos y testigos de la caída, se detienen en seco y se giran para ayudar al chico a levantarse, entonces todos paran, se arremolinan alrededor del que está en el suelo hasta que este logra, no sin esfuerzo, ponerse en pie. Entonces juntos reanudan la marcha. Pero el porrazo le ha causado al niño heridas sangrantes en las rodillas y apenas si puede andar. Intenta continuar hasta la meta pero su anterior y cojeante trotecillo se convierte en una lenta cojera. Para sorpresa del espectador, todos los niños participantes en la carrera, sin mediar palabra, como algo natural, optan por caminar a su paso, junto a él, entre risas y gestos cómplices. Al final llegan todos juntos a la meta y comparten con alegría el premio.

 

Y digo yo… que no es que se pretendiera ver gestos de semejante altura en el ¿Primer Mundo?, aunque comparado con el vídeo del Tercer Mundo no sé cuál está más atrasado, pero como decía, no se trata ya de comparar o de pedirle peras al olmo… pero lo que sucedió hace unos días en la prueba de atletismo de Australia me ha dejado sin palabras, como creo que les ha ocurrido a un gran número de personas.

 

Imagino que todos ustedes conocen las imágenes del atleta Callun Hawkins, tambaleándose y desfalleciendo varios metros hasta caer deshidratado al suelo mientras sus compañeros pasaban junto a él como si lo hicieran por delante de un saco, sin mirarlo, sin compadecerse mínimamente, sin prestarle un mínimo de ayuda o pedirle a los espectadores que estaban junto a él que se encargaran de socorrerlo. Que esa es otra, los espectadores a cuyos pies cayó el deportista se limitaron a hacerle fotos “¡Demiadelamorhermoso! ademosllegao”.

 

Pero no vayan a creerse ustedes, por si alguien no vio la noticia, que se trató tan solo de algún loco inmisericorde y sin empatía alguna, no, no, no señor, era todo el grupo, todos los espectadores que estaban justo en el lugar en donde cayó el pobre atleta quienes desenfundaron la terrible y deshumanizada maquinita y comenzaron a asestarle foto tras foto y vídeo tras vídeo, ante la absoluta perplejidad de otros muchos espectadores televisivos a cientos de kilómetros que nos planteamos cómo podemos llamar a “esto” la sociedad del bienestar. Ninguno de ellos hizo el más leve amago de socorrerlo, de darle agua, de tenderle una mano, de animarlo, de sostenerlo para evitar que diera con sus huesos exhaustos en el asfalto… ¡ninguno! Pero todos sacaron el móvil para dejar testimonio de la cosa en una muestra más, no ya de la deshumanización que estamos sufriendo, sino de la imbecilidad de no vivir nada con los ojos y en directo.

¿Se han dado ustedes cuenta de que acontecimientos maravillosos e irrepetibles, como puede ser el nacimiento de un hijo, ya no se viven sintiéndolos y viéndolos sin más, sino que se ven a través de la pantalla del móvil para que esté encuadrada la escena, para comprobar si tiene luz, si se ve bien… vamos, que todo se vive ya a través de la pantalla del móvil, conciertos, comidas, amaneceres, festejos, bodas, cumpleaños, bailes… todo. De todas formas, eso no sería tan malo si no fuese acompañado de la crueldad, la ferocidad y la perversión del ser humano.

 

Siempre se ha dicho que “no había que hacer leña del árbol caído”, probablemente, el consejo contenido en el refrán ha servido de poco. Durante siglos nos ha faltado tiempo para tomar el hacha y hacer cuanta leña se haya podido de aquellos que estaban en debilidad de condiciones, pero, miren ustedes por dónde, las nuevas tecnologías han conseguido quitarnos el hacha y ponernos otro elemento mucho más destructor que esta: la cámara de fotos del móvil. Quién necesita liarse a hachazos cuando puede hacerlo a pantallazo limpio… aunque esas fotos, mucho más que la imagen que muestren, lo que revelan, de verdad, es el retrato del individuo que las tomó. Desde luego, cada día estoy más de acuerdo con el pensamiento de “Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”

 

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