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Ana María Tomás

Escribir es vivir

Pajaricos sueltos

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, de un huerto claro donde madura el limonero…”  desde que el poeta escribiera sus recuerdos de niñez hasta ahora ha llovido bastante (bueno, depende de comunidades, pero ha llovido). Menos agua separa en mi memoria la niñez de este tiempo presente y, sin embargo, también hay bastante diferencia entre aquella infancia y la de mis hijos. La mía se encuentra envuelta en juegos de calles, cruces de huertos y acequias para llegar hasta los albaricoqueros “prohibidos” y robar los frutos más verdes, meriendas de pan y chocolate tumbada en la acera de mi casa, y un larguísimo verano cargado de escuelas cerradas y pajaricos y pajarracos -que de todo había- libres, sueltos por jardines, plazas, calles y campos.

 

Entonces las mujeres trabajaban físicamente bastante más que ahora (no todas las casas tenían tantos electrodomésticos como actualmente), sin embargo, los hogares mantenían una omnipresencia materna. La madre era el corazón de la casa, sin detrimento del resto de los órganos, y los niños eran… eso: simplemente niños. Los deberes realizados al calor del brasero de picón, durante el invierno, eran sustituidos por juegos de parchís o plastilina, dibujos, y, sobre todo, calle, amigos, sol, libertad (ni siquiera los maestros ponían deberes para el verano), viajes a casa de los abuelos o estancias en sus casas, en sus patios amplios donde limoneros o plantas de geranios y albahaca configuraban recuerdos, emociones, sensaciones, olores inolvidables. Entonces los niños, con muchas más carencias económicas que ahora pero  ricos en tiempo, podían permitirse el lujo de disfrutar de un tiempo sin responsabilidades, sin agobios, sin horarios.

 

Los niños de ahora tiemblan -o deberían hacerlo- cada vez que llega el verano, porque éste no es más que la continuación de un invierno apretadísimo de actividades escolares y extraescolares: colegio, deberes de matemáticas, tecnología, ciencias, lengua, literatura, plástica, clases de inglés, música, deporte, danza, artes marciales… (uf, me canso sólo de pensarlo). Bien es verdad que en verano no hay colegio, pero tanto padres como instituciones, monitores y educadores se confabulan, por suerte para unos y desgracia para otros, conspirando sobre las mil y una manera de ocuparle a nuestros infantes un tiempo “muerto” que los padres (¡pobres padres!) no pueden llenar. Para los padres que se pelean a las siete de la mañana por acaparar la ducha antes que el otro, que luego toman, a toda carrera, un café,  que más tarde salen cortando cada uno para su trabajo, que muchas veces no pueden volver a casa a comer sino al final de la jornada y que sólo disponen de un mes de vacaciones -y no siempre en verano- las vacaciones de sus hijos son un auténtico problema ¿Qué pueden hacer, sino, que andar colocándolos aquí y allá?

 

Muchos abuelos que además de no tener patio con limonero han descubierto los autobuses del Inserso se largan con viento fresco aludiendo que ellos ya criaron y que ahora les toca disfrutar de la vida. Otros, abnegados hasta el extremo, que durante todo el año han estado ejerciendo en lo que se denomina ya como “abuelos esclavos” reciben la bendición de sus hijos para despegar, por un corto periodo, del territorio de combate y, para otros, los nietos no son más que una muestra de algo que hay que tomar homeopáticamente, es decir, a dosis infinitesimales: ji, ji, jo, jo, qué rico que está el nene (como si se lo hubiese comido con patatas) o que alta que está la nena, tómate un heladico y no vuelvas hasta el aguinaldo. Claro está, como de todo tiene que haber en la viña del Señor, los padres, que no siempre están tan sobrados como para buscar una niñera, se las ven y se las desean a la hora de pensar qué hacen con esas pobres criaturicas que, aunque no carecen de nada, están privadas de lo mejor que podemos darles: nosotros mismos y nuestro propio tiempo. Así que andamos matriculándolos en natación, escuelas de verano, actividades en los “boyescaus” campamentos… Y, adivinado que puede quedarles algo de tiempo, guardamos en sus pesadas mochilas (como un as en la manga) los libros de trabajo del cole, ya saben, los que recomiendan los profes para vacaciones. Con lo cual es muy probable que, sin necesidad de que lleguen a ser poetas malditos, cuando escriban algo sobre su niñez en lugar de hablar de patios de su infancia hablarán de putadas. Y con toda la razón del mundo. Pero qué podemos hacer nosotros salvo llenar de golosinas esas putadas.

 

 

 

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