La Verdad

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Autor: Ana María Tomás
Sueños marchitos
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Ana María Tomás | 16-09-2017 | 10:31| 0

De la terraza, en el ángulo soleado, de su dueño, seguro, olvidada, silenciosa y cubierta de arena, veíase la planta. Quizá, como expresa el poema de Bécquer sobre el arpa, que he parafraseado, la pequeña maceta también guarda en su barro, o en sus hojas ya secas, la memoria de la mano artesana o industrial que la hiciera o la de quien depositara en ella la vida a través de una mata. Aunque en este caso ya no espere la mano de nieve que la refresque, le dé a beber el chorrito de agua que pueda salvarla o la aliente a reverdecer sus hojas para alegría de los habitantes de la casa. Habitantes que la olvidaron, al término de sus vacaciones como si la vida tuviese que cortarse o parcelarse en apartados estancos, diferentes e independientes, como si fuésemos unos en la ciudad y otros diferentes en nuestros lugares de veranero y no quisiéramos llevarnos ni el trabajo a la playa o al campo, ni nada de esos lugares a la ciudad. Aunque, por otra parte, en qué lugar de la maleta meteríamos esas plantas compradas solo para adorno del espacio dedicado al tiempo estival. No duele dejarlas abandonadas a su suerte, al calor, a la arena que el viento trae desde la cercana playa, a la sed… Se las deja agonizar lentamente, al igual que hacemos, tantas veces, con la vida, con los talentos recibidos, con las esperanzas, con los sueños. Se nos pasa el tiempo de regarlos con el agua de las ilusiones juveniles y se les deja secar en el alma al sol de las decepciones, o de las necesidades imperiosas. Cuántos sueños adolescentes viéndose de enfermeros, diseñadoras de joyas, arquitectos, maestras, médicos… devenidos en otras profesiones dignísimas pero nunca soñadas por ellos. Cuántos padres presionando a los hijos para que sean aquello que ellos no pudieron ser, para que vivan los sueños que ellos no pudieron vivir, bailarina, futbolista, abogado… sin tener en cuenta que al imponer sus sueños están privando a sus hijos de vivir los suyos propios, generando una cadena atávica de sueños frustrados. Cuántos jóvenes organizando, desde su adolescencia, su vida: “a los treinta y cinco años tendré dos hijos, una casa, un coche…” sin contar que no siempre soñar es sinónimo de conseguir. Y se ven ahora sin trabajo, viviendo en la casa de sus padres, sin expectativas de poder formar una familia y, lo que es peor, sin ánimo de seguir soñando… O mujeres que cifraron su felicidad personal en tener hijos que jamás vinieron… Y la maceta playera viene de nuevo a ser metáfora de todos los brotes verdes que dejamos secar en el alma.

 

Podríamos pensar, como García Márquez, que “En verdad hay sentimientos que es mejor que se queden en lo platónico; y es mejor recordarlos así, irreales, inacabados, porque es lo que los hace perfectos”, sin embargo, yo creo que lo único que puede hacer perfectos los sueños sin realizar es cambiar la mirada que se tiene sobre ellos y tratar de vivirlos en el plan B, C o, incluso, el D. Creo que la grandeza del ser humano consiste, como alguna vez escuché no sé bien dónde, en agarrar los limones que siempre, antes o después, nos da la vida y lograr sacar la mejor limonada posible.

 

Descubrir en nosotros habilidades insospechadas para esos trabajos que, al final, son los que nos dan de comer; disfrutar de la amplia maternidad que nos regala la Vida a través de sobrinos, alumnos, conocidos; agradecer el techo y la comida que se recibe aunque no sea el planeado…

 

Creo que se nos puede perdonar dejar secar alguna maceta, pero nunca dejar de comprar flores allá donde estemos o sustituir de continuo las plantas que se nos sequen o que dejemos secar. A fin de cuentas, aunque los sueños cambien, no hay que dejar de perseguirlos. Benedetti lo resume genial en esta estrofa: “No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje,/ perseguir tus sueños, / destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo.” Puede que se baje la guardia en algún momento, pero “Vivir la vida es aceptar el reto”.

 

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“Si yo sé nadar”
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Ana María Tomás | 09-09-2017 | 9:47| 0

Todavía seguimos en verano. Esto del calor, además del consabido “veranico de los membrillos” ya metidos en otoño, no es como la primavera que, desde hace años, parece marcar su llegada “elcortinglés”. Quiero decir que todavía seguimos en el tiempo de los gilipollas. Y no. No es que en el resto de las estaciones esta especie emigre a zonas cálidas, no, pero sí es cierto que su nivel de irresponsabilidad “gilipollil” se reduce al reducirse las condiciones para demostrarlas.

 

Me explico: En este verano llevamos ya un buen número de ahogados en el mar. Está claro que no siempre ha sido por causa de irresponsabilidades cometidas, un infarto, una indisposición momentánea o cualesquiera otros problemas pueden surgir de momento y poco puede hacer el afectado salvo pedir ayuda o dejarse ayudar sin pedirla. Sin embargo, cuando se trata del listo de turno que se pasa la bandera amarilla o la roja por el forro de los cataplines, la cosa cambia. Y cambia porque no solo ponen en peligro su vida, que perfectamente podrían elegir, de igual manera, hacer puenting sin cuerda, sino que ponen en riesgo la vida de la persona que está vigilando en la playa y que con todo merecimiento llamamos “salvavidas”. Sí, esos chicos a los que muchos veraneantes tildan de gandulazos que se pasan todo el día viendo culos y tetas, sentados en lo alto de su silla pendientes de que gente que no respeta el mar se adentre en él como quien lo hace en una hamburguesería. Chicos deportistas como Luis Miguel, profesores de Educación Física como Paco, informáticos como Thomas… que saben que con bandera roja no están obligados a meterse para sacar a nadie, pero que su moral, su ética, les impiden quedarse de brazos cruzados viendo como alguien se está ahogando y que su lema es: “Cuando todos salen del agua por algún problema, somos nosotros los que debemos entrar para tratar de solucionarlo”. Chicos que llaman a la policía porque sus avisos, sus silbatos para que algún surfista aficionado salga del agua, son ignorados… Claro que también lo fueron los de los policías que vinieron y tuvieron que tragarse un corte de mangas por parte del equilibrista de la tabla que se negaba a salir para ser identificado. Y nadie me lo contó, que lo vi con mis propios ojos. Lo mismo que vi cómo uno de esos jóvenes, André, un noruego de ojos pequeños y vivarachos y “parlador” de seis idiomas, se lanzaba al agua contra las olas para sacar a un individuo que pretendía llegar hasta la boya amarilla. De haberlo dejado hubiera llegado no hasta la boya sino muuucho más adentro, aunque luego lo hubiera escupido, inerte, el mar hasta la playa. Y no, no crean que el sujeto en cuestión se lo agradeció, no señor, una vez puesto a salvo se negó a salir del agua hasta que la atención de los bañistas pendientes de la movida desde la arena se había diluido, ¿orgullo?, ¿miedo al ridículo?, ¿a los reproches?

 

Todos los “salvavidas” con los que hablé me dijeron la misma frase escuchada hasta la saciedad de aquellos a quienes habían tenido que sacar del agua en condiciones penosas: “¡Si yo sé nadar!”, le falta el taco que suelen añadir. Incluso algún participante de un triatlón, bastante molesto, hasta que comprobó a qué extremo se había torcido en el recorrido. Claro que saben nadar, pero no es lo mismo hacerlo en una piscina que en el mar, ni las condiciones son las mismas con la mar tranquila que encrespada. Y sobre todo, ahora, que en unos días desaparecerán de nuestras playas los vigilantes de nuestras vidas ¿en quién delegaremos la responsabilidad que solo nos compete a nosotros? ¿de verdad queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que tiene que ser el color de una bandera o un señor con una boya naranja quienes nos indiquen lo que solo el sentido común debería indicarnos? Si no lo hacemos por nosotros mismos sí deberíamos hacerlo por nuestros hijos. Si les damos la vida, démosles también, una guía para conducirse en ella. Y ya sabemos que copian antes las gilipolles que las bonitas palabras.

 

Entretanto, un ¡hurra! para esos chicos que anteponen su vocación de servicio, de ayuda a los demás, por encima de sus propias vidas.

 

 

 

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«Yo con mis arrugas, él con su frescura»
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Ana María Tomás | 02-09-2017 | 10:17| 0

La señora Brigitte Macron, primera dama de Francia, está de moda. Coloniza con su elegante y desenfadada presencia, entre otras, la portada del número de septiembre de la revista Elle. Los… “meritos” de ser una brillante profesora, una elegante y culta señora, una mujer que logra mantener el peso a raya… no son precisamente los que la han llevado a esa entrevista que se ha colado morbosa en las casas de los ciudadanos de su país, sino el hecho de ser una mujer veinticuatro años mayor que su marido, el que su marido fuese un alumno suyo que compartió clase con una de sus hijas, y el que “¡extraña e increíblemente!” su historia de amor se haya mantenido en el tiempo. Y yo me pregunto, si estuviéramos hablando de un señor, de los muchos, muchos, muchos que hay manteniendo relaciones con una chica veinticuatro años menor… ¿nos plantearíamos las mismas cosas? La respuesta es no. El señor mayor estaría estupendamente bien visto y pocos se plantearían que un hombre mayor no puede responder sexualmente como necesita una mujer joven, mientras que una mujer mayor que su pareja sí puede mantener cuantos encuentros sexuales aguante su chico. De todas formas, nada se le cuestionaría a él.  Es más, cuando es el hombre el aventajado en años, y más si el payo anda forrado, quien vuelve a estar en el candelero del asunto es la “lagartona” de ella. O sea, que por mucho que nos creamos que vamos consiguiendo logros… lo cierto es que la sociedad y nosotras, las propias mujeres, nos empeñamos en marcar diferencias, casi siempre “a favor” del hombre. Aunque, por otra parte, no le disculpemos que pueda gustarle, desear, y amar a quien, en opinión de más de una fémina, se considere… ¿extraña? Por el solo hecho de tener más años que él.

La primera dama en esa entrevista, cita al poeta Prévert y a sus versos para justificar que no podía dejar pasar de largo ese amor para ser dichosa, por mucho daño que esa situación pudiera hacerle a sus tres hijos.

No hace falta recurrir a Bittori, una de las protagonistas de la novela La patria, de F. Aramburu, para saber que suelen ser las propias madres de los chicos, “mujeres”, quienes se sorprendan, se alarmen o intenten alejar a sus retoños de relación tan “tóxica” como la mantenida  con una mujer mayor que él, a fin de cuenta son “mujeres de segunda mano, que se han bañado en muchas aguas”. Qué pueden ofrecerle, se preguntan. Yo creo que uno de mis poemas les responde: “Nada nuevo puedo ofrecerte./ Soy afinado instrumento…,/ explorado paisaje…,/ navegado océano…,/ escalada cumbre…,/ recorrido desierto…/ Nada nuevo puedo ofrecerte/ salvo…/ agitarte, incitarte, avivarte, morderte…/ inocularte la locura de mi amor germinado…/ horadar la geografía de tu cuerpo/ escrutando cada poro inexplorado…/ Y enseñarte, como nadie,/ a encenderte/ con el hábil fuego de mis manos.” No parece que sea poco ¿verdad? La señora Macron, para colmo, pudo enseñarle a  su adolescente marido literatura, poesía y el conocimiento de los clásicos, así que a qué cuento tanto revuelo porque ella acumule unos cuantos tacos de calendario más que él. Puede que sí, que haya momentos en los que se mire en el espejo y afirme asertivamente: “Yo con mis arrugas, él con frescura”, pero probablemente terminará añadiendo que cuántas mujeres más jóvenes y con menos arrugas se cambiarían por ella sin pestañear.

Si defendemos con tanta vehemencia que el amor no sabe de color de piel, de ideología, de clase social o de religión… ¿vamos a venir ahora con páginas y entrevistas morbosas solo porque la mujer, ¡la mujer! sea veinticuatro años mayor que su marido? Ya lo dice el bolero, “veinte años no es nada” y una pequeña propina de cuatro, menos. Y qué puede importarles que haya quienes no los comprendan, si ellos se explican cada día a besos las razones que realmente importan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Agallas de sobra
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Ana María Tomás | 26-08-2017 | 4:21| 0

Caminaba con mi usual radal camino de unas compras cuando, a menos de cincuenta metros de mí, en una esquina ajena a mi territorio, y que más tarde me enteré que muy peligrosa, según me aseguraron los vecinos: “si no lleva quinientos accidentes no llevan ninguno”, un joven se saltó un ceda el paso a una velocidad supersónica para carretera -vayan ustedes echando cuentas lo que tuvo que ser para la ciudad- y se empotró de tal manera en una furgoneta mercedes que la “trompa” de la misma y los faros salieron volando al “quintísimo” pino. Me quedé paralizada, instintivamente me llevé las manos a la boca para impedir no sé qué grito que quedó ahogado en la mitad de la garganta. Antes de que pudiera sobreponerme, una patrulla de la policía estaba allí, como si hubiese estado esperando el golpe para aparecer. Del coche embestido salió un pobre hombre de unos sesenta y tantos años, aturdido, dolorido, lloroso, sin comprender todavía qué narices había pasado para que a él, que iba cumpliendo toda la reglamentación, le jodieran el día y los sucesivos. Lo de menos es que llevara o no razón, el perjuicio ya estaba hecho. Todo lo contrario de lo que salió del otro coche que embistió como un miura: un chavalillo que tendría dieciocho años, aunque no los aparentaba en absoluto, con una cola de caballo que recogía en un minúsculo moñete, el resto de pelo casi rapado, y una mala leche como para estar haciendo yogures hasta el día del juicio final. Por lo visto, todo el problema no era que él se saltara el “ceda el paso”, sino que tuviera que pasar, justo en es momento, el otro “capullo” por allí. Se lo comía. No se imaginan la reacción del muchacho, ni siquiera por guardar la compostura ante los agentes de la autoridad se cortaba el payo. Nada parecía poder hacerse para aplacar la ira desatada de la criatura. La impotencia del dañado era para verla. Los que se arremolinaban alrededor contemplaban la escena incrédulos; yo misma, petrificada, sin capacidad de reacción, hasta que de una de las casas salió un venerable anciano, ochenta largos, largos, con dos muletas y las piernas vendadas bajo unos pantalones cortos y se encaró con el enloquecido mequetrefe haciéndole ver la magnitud de su irresponsabilidad. Como creo que todos pensamos que iba a ocurrir, el joven se revolvió contra él y, por un momento, rumié que lo tiraba al suelo, pero el anciano se creció, levantó una de sus muletas y como un redivivo Blas de Lezo  (mi amado almirante manco, cojo y tuerto que en el s.XVIII consiguió vencer a 195  buques ingleses con sólo 6 barcos españoles en Cartagena de Indias)  y le espetó: “¿A mí, que he batallado en cien guerras, que me he enfrentado toda mi vida con asesinos y terrores que no serías capaz de imaginar en tu vida… me vas a amedrentar tú? me sobran agallas para partirte la cara ¡Mira lo que has provocado! Ya sabemos que ni por asomo querrías, pero, coño, ten la gallardía de reconocer tus errores”. Y, claro, todo esto con la cabeza bien alta, entre otras cosas porque era bastante más bajito que el muchacho, todo su cuerpo tembloroso apoyado en una sola muleta mientras blandía la otra como una pica dispuesta a ponerla en Flandes. “Olé sus cojones”, pensé. Porque aquello descolocó al zanguango y le hizo callar, apartarse a un lado y llamar a alguien por teléfono.

Qué quieren que les diga, mis queridos lectores, no es que una sea muy guerrillera, pero encontrar a alguien así, en sus circunstancias y sin miedo a enfrentarse a un simple empujón que le hubiera dejado en el suelo como a una tortuga, indefenso e incapaz de darse la vuelta… es echarle muchos arrestos a la cosa. Y pensé que quizá no estaban tan perdidos de nuestro suelo los “alatristes”, esos caballeros españoles, valientes, dispuestos a ejercer la justicia, pese a todo. Parecía una persona tan frágil a la vista de todos, tan desvalido… y tuvo tanta gallardía en poder orden en donde ni la autoridad era capaz de  ponerlo… que, como Sabina, con los “caballeros drogatas” que lo asaltaron y que, al final “les tenía que escribir una canción”, yo también pensé que alguien así merecía que ustedes lo conocieran. Últimamente solo se habla de los mangantes de nuestro país, pero nuestro suelo, pese a ser cuna de pillines de poca monta y “lazarillos -ilustres- de Tormes”, también es estirpe de aquellos que son “lanzados a los lobos y vuelven a la cabeza de la manada”.

 

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Vente p’acá gilipollas
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Ana María Tomás | 19-08-2017 | 1:00| 0

La buena educación, el respeto por los demás, el comportamiento cívico… etc. es una especie de traje que se lleva puesto aunque se vaya desnudo, como la vestimenta de aquel rey del cuento, convencido de ir vestido con las mejores galas cuando iba desnudo, solo que aquí sí es cierto que se llevan. Emerge de quienes lo poseen como un halo, un perfume, un misterio, tan intangible y tan palpable a la vez que es difícil de definir. Quizá por eso las playas son el lugar idóneo para conocer a las personas sin que tengan que llegar a abrir la boca o vayan en pelota picada.

Ya saben ustedes de mi afición a comerme el mundo por los ojos. Y no, no es que yo me dedique a eso que ahora está tan de moda por uno de los anuncios publicitarios de una tónica: a hacer prejuicios. Prejuicios… para poco después desdecirme con un post-juicio. No. Yo simplemente observo cuanto sucede a mi alrededor y luego vengo y se los cuento a ustedes. Pero es que esa es la única obligación que tenemos los escribidores: contar la fracción de universo que vemos. Claro está, con nuestros ojos. Como no podría ser de otro modo. Soltada toda esta perorata para que nadie me acuse de juzgar insensiblemente a una pandilla de gaznápiros, ahora les cuento y ya van sacando ustedes mismos sus propias conclusiones.

Ya sabemos todos, quienes tenemos la suerte de poder estar en alguna playa, como los que no pueden o no quieren pelear con arena y pringe solar que para pillar cacho de orilla es fundamental madrugar, ya lo dice el refrán “Al que madruga Dios le ayuda”, sobre todo a la hora de poner sombrillas en primera línea. Vale, pues en ello nos encontrábamos unos cuantos madrugadores cuando apenas un rato después la playa se llenó de rezongones, tardones y personas “generosas” que prefieren que Dios ayude a otros, y ellos se levantan tarde para no quitarle la oportunidad a los demás, cuando apareció una batibolea  de familión de unos doce y quince miembros entre padres, hijos, abuelos y niños, sobre todo niños, tantos que me hicieron dudar por unos momentos de la estadística de la baja natalidad, con un incivismo digno de ser recogido en el Guinness de los records, y comenzaron a poner sillas, bolsos, esterillas, cubos, palas, cazamariposas, neveras… y cuanto artilugio sean ustedes capaces de imaginar… en el minúsculo espacio entre dos sombrillas de la primera línea de playa. De tal forma, que invadieron por completo el ya reducidísimo espacio sombreril conquistado horas antes por quienes habían renunciado a un períodos de sueño por lograr un punto donde les permitiera poder vigilar a sus nietos en el agua más de cerca, estando sentados a la sombra, sin tener que andar desojándose al sol de pie en la orilla de la playa. Hasta tal punto fue el vandalismo de todos, de manera especial el de un zángano quinceañero de aspecto brutote, toda la masa encefálica distribuida entre brazos y torax, que las dos familias adyacentes sin decir ni una palabra, ambas casi a la vez, recogieron sus enseres playeros, a sus nietos y a ellos mismos y se largaron de la playa. Mientras tanto, los vándalos sonreían satisfechos y expandían hacia el nuevo espacio conquistado a base de incivismo el resto de flotadores, esterillas, toallas… Por un momento se realizó un prodigio, pude ver en el rostro de una de las chicas del grupo, una joven veinteañera, un atisbo de vergüenza ajena. He de decir, para ser justa, que esta chica siempre quedó detrás, como marginada del grupo, intentando que su familia montara el chiringuito donde la hora ya avanzada había dejado espacio, o sea, unas seis filas de sombrillas detrás de donde lo estaban poniendo. Sin embargo, su primigenia reticencia fue vencida por la fuerza de la mala educación de su madre que le grito: “Vente p´acá, gilipollas”. Por lo visto, ser considerada, para la buena señora, era ser gilipollas.

Semejante pandilla de gaznápiros no necesitó abrir la boca para que los playeros adyacentes catalogáramos, sin prejuicio alguno, la carencia del ropaje de la buena educación y de las maneras consideradas, pero es que, además, se empeñaron en no dejarnos con la duda y darnos la razón a quienes intercambiábamos las miradas entre  atónitos e impotentes.

 

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