La Verdad

img
Autor: Ana María Tomás
Aquellos dias
img
Ana María Tomás | 22-07-2017 | 8:29| 0

Hacia más de treinta años que no volvía a verla. Y encontrarme con ella fue volver de nuevo a uno de los varios pasados más tristes de mi vida. Podría no haberla reconocido, veinte o treinta o casi cuarenta años pueden no sean nada según el bolero, pero lo cierto es que ese tiempo causa… ciertas devastaciones en rostro y cuerpo. No obstante, he de confesar que, salvo los michelines que le hacían perder la forma de la cintura, conservaba una fisonomía intacta: la misma nariz, algo más aguileña, la misma boca de labios finos casi imperceptibles, las facciones más prominentes y endurecidas y la misma mirada. Aquella mirada heladora de Medusa que me convertía en piedra cuando la fijaba en mí.

Ella era doble, o sea, gemela de otra y ambas compartían, además de una imagen exacta, una misma maldad inaudita para su edad.

Ha sido necesario que pasaran muchos años para que yo me enterara de que las putadas que ese par de individuas me hacían, y que yo en mi inocencia llamaba “cosas malas”, en realidad eran puro y duro acoso escolar o bullying.

Desde los siete años hasta los once que, gracias al cielo, las perdí de vista sufrí en mis carnes y en mi mente una angustia constante que llenaba mis días de tristeza, y de desesperación cada vez que llegaba la hora de ir al colegio. Imagino que no fui la única niña que sufría sus maldades y que rebotaba de una de ellas a la otra como si fuera una pelota cada vez que les entraba ganas de maltratar a alguien. Como también sé que muchos de mi generación lo fueron en otros lugares. La maldad, tristemente, no tiene fecha de caducidad. Y, de igual manera, sé que ellos también callaron. No dijeron nada en sus casas porque, como yo, pensaron que eso sería lo normal, que unas niñas eran más traviesas que otras y que algún día se cansarían y nos dejarían en paz. Lo malo era que no se cansaban nunca y a mí se me acababan los pretextos y las enfermedades para no ir al colegio. Una vez hasta me atreví a hacer “novillos” y me escondí entre los verdes macizos del jardín más cercano. El problema estuvo en que, como para mí era tan largo el tiempo en el colegio, calculé casi dos horas más del horario escolar para volver a casa. Dos horas de angustia para mi familia que se acrecentó al enterarse de que ni siquiera había asistido a clase. Todos me buscaron con desesperación y la tunda que me dio mi madre cuando llegué me quitó para siempre las ganas de volver a eludir mis problemas haciendo mutis por el foro. Sobra decir que aguanté estoicamente aquel larguísimo periodo como algo habitual en mi vida, hasta que creí que había pasado todo al perderlas de vista en el instituto. Qué equivocada estaba. Para entonces yo me había convertido en una niña que rehusaba amablemente el contacto con otras, “quien quita la ocasión quita el peligro” debí pensar. En contrapartida desarrollé un rico mundo interior que me ha llevado a convertirme en lo que siento que soy ahora: una contadora de historias, una aprendiz de escritora, una novicia de la poesía.

Lo curioso de todo fue que al reencontrarme con ella, tras tanto tiempo, busqué rápidamente su copia  y, por unos instantes, me vi de nuevo rebotando de una a la otra. Y  deje de ser la mujer madura, más o menos segura de mí misma, que tanto me ha costado construir durante todos estos años; la mujer con experiencia y bastantes muescas en el alma por los golpes sufridos. En ese instante volví a ser la niña acobardada, temerosa y solitaria. Todos desaparecieron a mi alrededor para quedarnos solas las dos, como en esas películas del oeste en un duelo final donde sólo quedan el bandido y el sheriff, solo que yo no tenía pistola y ella seguía teniendo su mirada.

Sin embargo, no era verdad que yo estuviera desarmada, las muchas horas de soledad me condujeron a leer hasta los prospectos de las medicinas. Ahora sabía quién era Medea. Y también sabía que existían los perseos.

“¡Hola, Ana María!, te veo muy bien”, me dijo la sabandija con cierta sorna. “Muy bien ¿para qué?” me pregunté yo, ¿para lo mucho que me había jodido la infancia ella y su gemela?…  Yo, sin pronunciar palabra y sin dejar de sonreírle, me acerqué, le agarré el vestido por la pechera con mi mano izquierda y con el índice de la derecha le dibujé una línea recorriéndole toda la base de su cuello mientras le susurraba al oído: “Te he vencido, Medea”. Después me giré dejándola de piedra.

 

Ver Post >
Renegando de Ítaca
img
Ana María Tomás | 15-07-2017 | 11:24| 0

Caminan juntas, orgullosas la una de la otra: una despreocupada, apoyada en su juventud, en su vitalidad, en el suave cimbreo de su cintura -talla 38-, en el leve vaivén de sus incipientes pechos, en la “perfección” de un rostro sin arrugas, satinado, pasado ya aquellos molestos granos de la pubertad; la otra, probablemente talla 42, embutida en unos vaqueros talla 40 que apenas le permiten respirar y que la han obligado a desplazarse las vísceras hacia las amígdalas para poder abrochárselos, pero que le permiten evitar la diferencia entre sus piernas largas y las largas piernas que caminan junto a ella. La ajustada camiseta dibuja el contorno de unos pechos hermosos, quizá más hermosos si dejara que cayeran hasta ese punto justo en donde el tiempo y la gravedad (maldita gravedad) los han situado, pero que ella se niega a aceptar y en una lucha denodada -pero totalmente perdida- se empeña en comprimirlos y empujarlos hacia arriba. No tiene ni chicha ni limoná pero la excesiva presión a la que somete a su cuerpo obliga a este a dibujar algún minúsculo michelín por encima de la cintura del pantalón. Su rostro marca algunas arrugas que la vida le ha cincelado y que y añaden perfección y un punto de morbo; las gafas de sol son graduadas y esconden una misteriosa mirada de miope que a tantos hombres ha excitado y fascinado en otras mujeres a lo largo de la historia y que ella siempre ha sabido explotar aunque parece haberlo olvidado ahora.

Una envuelta en esa frescura banal que aporta la adolescencia, la otra intentando desasirse de esa belleza interesante que conlleva la experiencia. Una con el rostro sin maquillaje; la otra maquillada sobre un fondo de crema melocotón que le unifica el color, colocado a su vez sobre un corrector de manchas y ojeras.

Una estrenando sueños. La otra adaptada ya a renunciar a ellos. Una iniciando el camino de la vida. La otra forzando unos pasos imposibles de mantener por mucho tiempo.

No se sabe bien cuál de las dos copia a la otra, pero ambas intentan proyectar una especie de simbiosis que, como poco, produce cierta ternura.

Conversan sonriendo, la una le dice a la otra que es “guay” -o sea, cojonudo- tener una madre tan enrollada como ella y la otra le contesta que sus compañeros de trabajo le dicen que parece hermana de su hija en lugar de la madre.

Nada que objetar respecto a todos los cuidados que podamos proporcionarnos para  engañar a los años, a los  amigos, a los hijos y hasta a la madre que los parió. El único problema es que esta sociedad absurda y deplorable que nos vende  que la belleza sólo puede estar en los rasgos inmaduros de la más tierna (y a veces boba) lozanía y que “obliga” a que muchas mujeres se exhiban patéticas intentando apresar la fuente de la eterna juventud sin ser conscientes de que cuando una mujer asume su edad resulta esplendorosa y perfectamente deseable… esta sociedad, decía, se ha convertido en cíclope y cantos de sirena que impiden el regreso a Ítaca. Y es verdad que podemos entretenernos, desviarnos, y hasta sucumbir con sus engañosos cantos, pero nuestro reino, el de la serenidad, el del placer de la vida bien vivida, el del gozo de lo cotidiano, el del reposo merecido, el de la autenticidad de nuestro ser… ese solo está Ítaca.

Quizá la única forma de sobrevivir a la dura travesía sea atarnos el alma al palo mayor de la belleza interior que hayamos podido ir acumulando a lo largo de tanto entretenido y cruel divertimento. Claro, que también podemos renegar del reino y de cuanto en él se nos ofrece y no pensar jamás que la juventud es sólo un trastorno pasajero  que sólo se cura con la edad.

Disfrutar de Ítaca no es obligatorio. Hay que reconocer que conlleva muchas responsabilidades. Y siempre hay otras opciones. No más fáciles, ni más cómodas, pero sí más mano.

Ver Post >
Dejación de responsabilidad
img
Ana María Tomás | 08-07-2017 | 9:42| 0

Hace unos días decidimos salir a comer a un restaurante situado en una avenida muy transitada por coches -incluyo este dato por su relevancia en lo que voy a decir más tarde-. Posiblemente, coincidió el día con algún fin de curso de guardería o, simplemente, un grupo de madres decidió celebrar la cercana llegada de las vacaciones. El tema está en que junto a nosotros había una mesa de madres y al lado otra doblemente larga llena de niños “celebrantes” y de hermanos algo mayores. Bueno, lo de la mesa con niños es un decir porque, en realidad, los niños estaban, como Dios, en todas partes. Corrían entre las mesas jugando al escondite entre los cuerpos de los demás comensales, entraban y salían como locos del baño tirando de la máquina expendedora de papel para secar las manos, mojando el papel en el lavabo, tirándolo al wáter… Reconozco que me permití reprocharles la cosa y salieron de allí corriendo a llamar a su mamá para decirle que alguien les había regañado. No les puedo describir la cara de impotencia e indignación que dibujaban las caras de los dueños del lugar que, varias veces, con una sonrisa más falsa que una moneda de tres euros, les conminaron a sentarse en la mesa con la promesa de llevarles helado. Los clientes asistíamos atónitos al despliegue de criaturitas sin comprender cómo las madres seguían charlando felices sin inmutarse, sin hacerles el más mínimo reproche, sin preocuparse de las molestias que estaban ocasionando al local, a los camareros que tenían que sortearlos entre bandejas, y al resto de comensales que nos mirábamos unos a otros alucinando ante el espectáculo. Pero no crean que la cosa paró ahí. No. A la persecución de alguna madre a su niño para intentar arrebatarle el móvil (cosa imposible) hubo que añadir la entrada en acción de tres chavales que acudieron a comer provistos de su monopatín, que aparcaron, con sumo cuidado, bajo sus asientos. En cualquier otra circunstancia hubieran estado a salvo, pero, teniendo en cuenta los Gremlins que andaban sueltos por allí, fue un error garrafal. Los pequeñajos no tardaron en hacerse con ellos ante la perplejidad de los adolescentes que sentían vergüenza de arrebatarles “su tesoro” a unas tiernas criaturas. Por poca imaginación que tengas ustedes pueden hacerse una idea de lo que se formó allí paseando en patinete entre mesas y bolsos colgando en las sillas hasta que, de pronto, hubo un silencio y una paz increíble hasta ese momento. Todos los enanos salieron fuera del local provistos de los tres monopatines. Lo realmente increíble es que ni los dueños advirtieron la fuga de sus vehículos, ni las madres de sus hijos. Nadie se movió, nadie pensó en el riesgo que suponía el tránsito continuo de coches, la exposición a cualquier pederasta, la temperatura infernal del mediodía… A mí no me pasaba la comida, a pesar de lo tostoneros que habían sido, pensaba en los peligros a los que estaban exponiéndose esos niños, y me resultaba sorprendente que ninguna madre hubiera saltado de la silla para asegurarse de que estaban bien. Yo miraba hacia la mesa donde estaban situadas y las veía hablar felices, tranquilas, despreocupadas… y pensé en la maravillosa labor que hace cada día el Ángel de la Guarda de los niños y en la dejación total que se ha hecho en la actualidad de la responsabilidad como padres, en la falta de educación, de urbanidad, de respeto… Podría asegurar que sería impensable que alguna de las madres que estaban allí se hubiera conducido tan “salvajemente” en su niñez, y no sólo en casa sino en la calle y, mucho menos en un restaurante. Hasta hace unos años los padres corregían a sus hijos, ponían límites, les enseñaban lo que estaba bien y lo que estaba mal… Y que nadie me venga diciendo que ahora también lo hacen y que esos críos no son la representación de nuestra sociedad porque tan sólo les acepto que, efectivamente, hay padres héroes que luchan contracorriente para que los nenes no tengan móviles antes que chupetes y para demarcarles el terreno, pero luego está la presión social de “mamá a Leo o a Ronaldo (porque, claro, lo de la moda de los nombrecicos es otra cosa) los dejan ¿por qué tú no?, porfi, porfi, porfi…)”. Y una vez puede que resista, dos, y hasta tres, pero después…

 

La verdad es que tras la experiencia vivida dudo mucho de la frase de Young: “Educas a un hombre y educas a un hombre. Educas a una mujer y educa a una generación”. Pero, visto lo visto, va a ser que no.

 

Ver Post >
Hasta el gorro
img
Ana María Tomás | 01-07-2017 | 6:14| 0

Quienes escribimos sabemos que somos vampiros literarios, andamos clavando la pluma en la yugular intelectual de los demás y chupando palabras o ideas. Unos lo reconocemos y lo hacemos con más o menos respeto a la sangre original –y citando el ADN–; otros, no solamente no lo reconocen, sino que, si pueden, se hacen la transfusión entera y luego aseguran que aquello que sale por sus venas literarias es genuina sangre de su sangre. Pero, tanto reconociéndolo como no, lo cierto es que todos lo hacemos. Quiero decir con la anterior «Excusatio non petita…» que, en efecto, hay una «accusatio manifiesta». O sea, que si he comenzado con tantas explicaciones sin que nadie me las hubiera pedido se debe a que hay una causa clara. Hace unos días leí, en este mismo periódico (apartado «Cartas al Director») la de una señora, Josefina Vicente, a quien no tengo el gusto de conocer, aunque me encantaría, y que me birló el tema del artículo de esta semana casi por completo. He considerado, por tanto, que es de justicia que sea yo quien me apropie ahora del título de su carta.

Es obvio y patente que su sentir, como el mío, son una clara muestra de lo que puede estar sintiendo una mayoría de ciudadanos, si, como dice la canción «El amor está en el aire», es de suponer que cuando hay tensión y el aire puede cortarse, este pueda llevar de un lado a otro esa sensación de hartazgo que estamos viviendo ante acontecimientos que se nos escapan de las manos, porque, incluso aquellos en los que podemos decidir y decidimos, luego viene una pandilla de impresentables y se pasa la potestad del pueblo por donde la espalda pierde su casto nombre. Apunta la señora Vicente, con criterio que comparto al ciento por ciento, que cuando «el pueblo vota lo mínimo que hay que hacer es aceptar lo que diga, guste o no guste». Sin embargo, da náusea ver los telediarios, ver a responsables (¿?) –sobre todo del PSOE y de Podemos– que lo único que les importa, según palabras textuales, es «desalojar al PP». A ver, ¿por qué esa inquina, si es lo que ha votado el pueblo? No entienden que lo único que hacen con esa postura es asemejarse a liderillos como Maduro para quienes la voluntad del pueblo atesora el mismo valor que una mierda (perdón). ¿Por qué no preocuparse de buscar mejores soluciones para problemas irresueltos en lugar de lucir el ‘no’ por bandera incluso en aquello que puede representar un bien común para los intereses españoles.  Es incomprensible para muchos socialistas que apoyan el crecimiento económico y la creación de empleo y riqueza de España que Sánchez no apoye el Tratado de Libre Comercio de la UE con Canadá, por ejemplo. Pretende llegar a presidente de un país pero solo gobernando para sus votantes, y sin que cuenten para nada las necesidades o los derechos de aquellos otros que lo vieron… como lo que está demostrando ser: una amenaza para una serie de logros conseguidos a través de muchos años de política con políticos que han antepuesto el bien común a sus intereses particulares, olvidando desenterrar el hacha de guerra cada día.

Decía esta señora que, por considerarse mayor (me gustaría saber de qué edad estamos hablando), confiesa que ya todo le da igual, pero no la creo. Puede que ella haya alcanzado una edad en la que –apunta– «si se cae medio cielo, me voy al otro medio»; pero quizá tenga hijos y nietos, o sobrinos, o hermanos, o amigos… y sí le importe lo que pueda ocurrirles. Además, el tono de su carta no denota despreocupación, sino de todo lo contrario. Y estoy con ella en que resulta desolador alimentarse de telediarios. La mano del hombre –que debería preservar este hogar común llamado Tierra– se dedica a prenderle fuego, a contaminarla, a destruirla… Y llevado de ese afán destructor, a pisar el cuello de otros humanos cuando no comparten las mismas ideas políticas o, peor aun, cuando son lobos de la misma camada y estorban para que estén en primera línea.

Sí, doña Josefina, yo también estoy hasta el gorro. Pero la mala noticia es que no somos solo nosotras quienes lo estamos sino un amplísimo sector de la sociedad. Por favor, ¿alguien podría decirles a los políticos que cuando ganen se dediquen a solucionar los problemas que veían tan claros desde la oposición? Y que –cuando pierdan– respeten, ¡RESPETEN!, la decisión del pueblo soberano en lugar de gritar a los cuatro vientos que «el único objetivo marcado es quitar de en medio» a quienes votó la mayoría de ciudadanos. Pobre objetivo.

Tiene usted toda la razón, señora Vicente. Hasta el gorro y más allá.

 

 

Ver Post >
“Es ojo porque te ve”
img
Ana María Tomás | 24-06-2017 | 9:11| 0

A raíz del artículo que escribí la semana pasada titulado «Retratos», un amable lector me hizo llegar la reflexión de que, curiosamente, pocas veces coincide la visión que otros tienen de nosotros con la que tenemos de nosotros mismos. Y tan es así, que no me resisto a compartir con ustedes unas interesantes pinceladas.

Con toda seguridad, sin entrar –de momento– en el plano mental, más de una vez se habrán comparado con alguna amiga, un compañero de instituto, una antigua vecina de la niñez… al menos yo suelo hacerlo con relativa frecuencia y con un resultado poco favorecedor para ellos. «¡Qué estropeada está la pobre!», me digo. (Comparada conmigo, claro). Es como cuando me preguntan que cómo está mi marido. Comparándolo con quién, pregunto. No es lo mismo –a ver– hacerlo con George Clooney que con Chiquito de la Calzada. Y es que cuando nos miramos en el espejo, o cuando miramos el mundo, en realidad, quien está mirando es la joven que, en su interior, detuvo su decadencia negándose a seguir sumando años más allá de los  taitantos. Y no importa que nuestro cuerpo nos desobedezca siguiendo una absurda ley de gravedad (por mucho que fuera el gran Newton quien se descolgara con ella) porque a través de esas pupilas que miran se sigue seleccionando aquello que se hubiera hecho hace años.

Fíjense: siempre me parecieron ridículos los viejos verdes. Esa especie de ligones patéticos que intentan «seducir» a mujeres con bastantes menos calendarios que ellos haciendo imbecilidades o a golpe de tarjeta de crédito. Sin embargo, a medida que cumplo años, mi opinión sobre ellos cambia hasta llegar a sentir una especie de ternura, de comprensión. Es la propia vida, el incansable instinto de supervivencia, la incapacidad de aceptar nuestro imparable crepúsculo, quien puede conducir hasta lo risible o lo grotesco, pero solo para el mundo, para aquellos que todavía no han envejecido y no saben lo doloroso que puede llegar a ser, para quienes aún no han caminado con nuestros zapatos y no podrían entenderlo ni en mil años… En tanto que para esos ecológicos ancianitos el sentir de los demás les importa un bledo, porque, en primer lugar, no son conscientes de todos esos movimientos de álgebra en el tablero de la vida. Tan solo son conscientes de que cada día quedan menos oportunidades de ligar, de darse una buena comilona, de sentirse vivos por ellos mismos al margen de nietos porculeros o hijos controladores… Y, si para eso han de engañarse estimando que son ellos y no sus visas quienes obran el milagro… ¿qué importancia puede tener la cosa? La verdad es que mi lector tenía mucha razón, que diferente es, tantas veces, como nos vemos nosotros a cómo nos ven los demás. Y, si dejamos por un momento el aspecto físico para centrarnos, aunque sea de pasada, en las cosas del alma… ya p´aqué, p´aqué… Admiro –y me repelen a partes iguales, respectivamente– los grandes hombres y los golfos inútiles. Situamos, por un lado a las personas humildes que en silencio construyen, día a día, una sociedad mejor, un mundo más próspero, más justo, que con su trabajo dan ejemplo de superación y que cuando les reconocen «extraña y escasamente» sus méritos, aducen que no es para tanto, que se limitan a cumplir con su deber. Mientras que otros –carretas vacías que solo saben hacer ruido y pavonearse ante los demás como si fueran los salvadores del mundo– consumen la vida venerando su ombligo y considerándose los escogidos del mundo mundial. Y no crean que eso de creerse los reyes del mambo lo determina algún tipo de profesión o escalafón social, no señor, dicho molde de mindundi se extiende desde presidentes de grandes empresas a barrenderos. Y en ambos casos, poco importa el retrato que los demás les hagan, poco la visión que el ojo ajeno capte de lo que emanan. El humilde seguirá a lo suyo sin darle importancia a su labor en tanto que el ególatra idiota continuará mirando al mundo por debajo del hombro.

Decía Machado –don Antonio– en uno de sus poemas: «El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve». Aunque, todos sepamos que “lo esencial es invisible a los ojos del rostro y que solo puede verse con los ojos del corazón”.

Ver Post >

Últimos Comentarios

Ana María Tomás 03-06-2017 | 09:52 en:
Sextorsión
arroz2043_3768 21-04-2017 | 19:18 en:
arroz2043_3768 14-04-2017 | 07:56 en:
Jose Antonio Rodriguez 01-02-2017 | 21:58 en:
Sextorsión

Etiquetas

Otros Blogs de Autor