La Verdad

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Autor: Ana María Tomás
“Constante adoro a quien mi amor maltrata”
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Ana María Tomás | 12-08-2017 | 8:38| 0

La playa está llena de gente, pero yo me siento a salvo bajo el manto protector de mi minúscula sombrilla. Intento acoplar por enésima vez mis huesos en el cúmulo de arena que amontoné, a modo de asiento, bajo mi toalla y mis ojos vuelven a escaparse hacia una jovencísima pareja que juega en el borde del agua ajena a las miradas. Él está sentado indolente, las manos apoyadas en el suelo por detrás de su espalda dejando que las olas le refresquen hasta la cintura. Ella se inclina ante él, solicita, para extenderle protector solar mientras lo besa, picoteándole la cara ante la impasividad de él que ya me había llamado la atención un buen rato antes. Regreso a mi lectura de “La patria”, de F. Aramburu, y obligo a mis ojos y a mi mente a centrarse en lo que en ese momento estoy haciendo. Vano intento. La entrega de la muchacha es tan absoluta que conmueve, sobre todo, porque él se la corresponde con una indiferencia igual o mayor. Ella tira de él para entrar al agua, y el chico, aparentemente desganado, camina hacia adentro y se hace el muerto sobre las aguas. Ella lo conduce suavemente intentando alejarlo de la gente, sin dejar de besarlo, lo mece en las aguas y lo cuida con una abnegación que me hipnotiza e impide que aparte mis ojos de ellos. Dejo el libro y me dispongo a controlar el tiempo que él tardará en despertar de ese letargo de bellodurmiente  e intercambiarán los papeles. “Que si quieres arroz, Catalina”. Ante la recalcitrante indiferencia de él y la insistente ternura de ella, inamovibles ambas, recuperé mi lectura dispuesta a no perder la mañana sólo por mi curiosidad sobre los comportamientos humanos. A fin de cuentas, por bueno que sea el laboratorio playero, siempre es mejor sentir que he aprovechado mi tiempo. Sobra decir que pasaron las horas, salieron del agua, volvieron a entrar y así hasta que abandoné la playa dejándolos sin que nada cambiara en las posturas de ambos. Pero sí que lograron que algo cambiara en mí. De la boca de mi estómago emergía una especie de impotencia al tiempo que me regurgitaba los versos de sor Juana Inés de la Cruz: “Al que ingrato me deja busco amante;/ al que amante me sigue dejo ingrata;/ constante adoro a quien mi amor maltrata;/ maltrato a quien mi amor busca constante”. ¿Cómo puñetas podía, una chica tan dulce y espectacular de cuerpo, estar con una ameba semejante?… ¿De verdad es tan común entre nosotras amar a los ingratos que maltratan a nuestro amor en lugar de largarnos con viento fresco con aquellos que nos siguen amantes? ¿Qué extrañas carencias dominaban la vida de la joven para contentarse con un… narcisista tan a las claras? Imaginé, como en el cuento de A. de Mello, que si le preguntaran qué creía que le gustaba a su novia de él, diría que el que fuera guapo, cachas e interesante. Y que si siguieran preguntándole qué le gustaba de su novia, la respuesta sería que porque pensaba que él era guapo, cachas e interesante.

A mí me entraron una ganas terribles de ir hacia ellos y arrearle al zagalón un bofetón con hache para ver si despertaba de una puñetera vez puesto que estaba claro que lo de los besos puede que funcione con las bellas durmientes pero no con los aletargados “criaturos” embebidos  de no sé qué extraño engreimiento. Pensé que mi deber como ciudadana era denunciar cualquier maltrato que viera y eso que tenía ante mí no era menos maltrato para el alma que lo sería una sacudida contra una pared para el cuerpo. Pero luego pensé en lo poco que sirve que vengan salvadores a rescatarnos cuando somos nosotros quienes nos imponemos las cadenas.

Suele pensarse que “El tiempo pone a cada uno en su lugar.  Cada reina en su trono, cada payaso en su circo, cada fantasma en su castillo”, pero yo creo que “si se va mandando a alguno a la mierda, se va  adelantando camino”.

Me marché de la playa pidiendo al cielo que, ojalá, a aquella chica se le abrieran los ojos y le tomara la delantera al tiempo.

 

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Reincidentes
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Ana María Tomás | 05-08-2017 | 9:36| 0

Le habían advertido de la cantidad de carteristas que ejercían en el metro de las grandes ciudades así que, cuando lo tomó, se centró el bolso -ya cruzado por el pecho- en el abdomen y agarró la maleta poniéndosela de escudo entre ella y el bolso. Nada más bajar observó con cuidado a cuantos se cruzaban con ella, evitando a quienes, por su aspecto, le producían más desconfianza, y en ellos entraban tanto los desaliñados como los demasiados pergeñados. Con cierto recelo llegó hasta la estación de ferrocarril, sin dejar de observar a su alrededor, esperó a que anunciaran el número de la vía que debería tomar. No soltó el bolso, ni la maleta en ningún momento, ni cuando se sentó a tomarse unas galletitas saladas que llevaba preparadas para el viaje. Anunciaron por fin el número de vía y ella, como otros muchos pasajeros, corrió a situarse en el andén de salida. Subió por fin al tren y suspiró con alivio sintiéndose a salvo, aunque le tocara como compañero de viaje un tipo demasiado “descuidado” para su gusto que le hizo recolocar el bolso en el lado opuesto a donde se sentó el chico. Todo fue bien hasta que decidió echarse un chicle a la boca y abrió el bolso. De pronto sintió que la sangre se le bajaba y se le subía al rostro en un recorrido rápido y ajeno a su voluntad, varias veces. Del interior habían desaparecido la cartera y su móvil ¡¿Cómo?! Lo de menos eran ya los doscientos euros que llevaba en metálico, sino el trastorno de las tarjetas: bancos, DNI, tarjeta sanitaria, supermercados, centros comerciales… etc. y la misma cartera en sí: regalo de todos sus compañeros por su jubilación de años y años de trabajo. Y lo mismo con el teléfono. Poco importaba en esos momentos que fuera más o menos caro el aparato sino conversaciones que no querría haber perdido jamás y las irrecuperables fotos afectivas. Por suerte, su compañero de viaje, el “jipioso”, llevaba el suyo y se ocupó de hacer las llamadas pertinentes para ayudarla, de hablar con el revisor, de facilitarle el mínimo pero necesario apoyo moral y físico que en momentos así se necesita.

Habló con la policía nada más llegar a su ciudad. La atendieron con amabilidad y un deje de impotencia, hartos de detener a ladrones sinvergüenzas que vuelven a estar operativos, gracias a nuestras leyes de chichinabo y desprotección para la gente honrada, a las pocas horas de haber sido detenidos. Vamos, que según los magistrados sería “desproporcionado” condenar a un carterista a prisión. Por muy, muy, muy reincidente que sea ¡Manda huevos! Hasta hace poco, desde el 2015, los ladrones reincidentes si sumaban tres delitos leves podían ser condenados entre uno y tres años de cárcel, al menos les haría pensárselo un poco, pero ahora el Tribunal Supremo considera desproporcionada esta medida. Así que, señores víctimas de robos y señores policías… “ajo y agua”. ¿Qué ánimo, qué aliciente, va a tener la policía en cumplir con su trabajo deteniendo a rateros si antes de que terminen de escribir el informe de la detención ya están los otros en la calle, con el recochineo añadido de pasearse delante de las narices del policía que los detuvo para decirles que ya están libres. Hay que tener un aguante… y unas tragaderas… El problema está en que esos setecientos once mil novecientos ocho hurtos registrados en nuestro país solo el pasado año se los realizaron a pobres turistas (¡pobres! por desgracia sé lo que es ser robado fuera de tu país y quedarte sin documentación y sin dinero; perder horas y horas para obtener un papel que te permita subir al avión de vuelta, cuando eso no te ocurre a las pocas de horas de tener que tomar el vuelo, porque entonces… estás perdido) y a personas que, por muy convencidas que estén de llevar el bolso a buen recaudo no se libran de ser objeto de las hábiles y canallas manos de los ladrones. Decía que el problema es que roban siempre a quienes poco pueden hacer para cambiar esa situación, en lugar de hacerlo con setecientos once mil novecientos ocho magistrados o mejor con un centenar de ellos pero setecientas once veces al año. Llevarlos al límite, como están las pobres gentes que están siendo robadas una vez y otra y otra.

Dicen que “Dios le da pan a quien no tiene dientes”, seguramente, también les da la posibilidad de legislar a quienes andan algo lejos de poder sentir en sus carnes la impotencia de la injusticia. “Ver que la artimaña del zorro triunfa sobre la justicia del león, lleva al creyente a dudar de la justicia”, decía K. Gibran. Y ya hay demasiados descreídos.

 

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Cada cuatro minutos
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Ana María Tomás | 29-07-2017 | 9:07| 0

Una de las varias divisiones en las que yo me entretengo en clasificar a los humanos tiene mucho que ver con la relación que éstos mantienen con los animales de compañía. Digamos que, para mí, habría cinco grandes grupos: aquellos que viven con animales de compañía y lo saben; los que viven en compañía de animales y no lo saben; los que todavía no los tienen pero que acabaran claudicando por alguno de sus hijos; aquellos que repudian a los animales de compañía y que nunca tendrían uno ni por todo el oro del mundo, pero que serían incapaces de hacerles daño; y los desaprensivos que les da igual tenerlos que no tenerlos porque jamás se implican con ellos y acaban abandonándolos en cualquier lugar en cuanto empiezan a incordiar o a coartar la libertad que es en el primer minuto que llegan a casa, porque, como cualquier ser vivo, tienen unas necesidades básicas que quien se responsabilicen de ellos han de cubrir.

En nuestro hermoso país cada año son abandonados ciento cincuenta mil perros, cuatrocientos al día ¡qué horror!, dieciséis a la hora, uno cada tres minutos y poco, lo que da idea de lo “avanzados” que andamos por estos lares en el “amor y el respeto” a nuestros hermanos perrunos. Creo que cualquiera de nosotros es capaz de comprender que haya personas a las que los animales de compañía… como que no les van. Pero pocas entenderían el incívico comportamiento de apalear a un animal, ahorcarlo, como suelen hacer algunos cazadores cuando sus galgos ya no rinden al máximo,  abandonarlos en cualquier parte a su mala suerte o, peor aún, dejarlos atados sin agua, sin comida y al sol hasta que agonizan lentamente y mueren. A mí se me revuelven las tripas solo de pensarlo. Y no porque ahora los científicos hayan demostrado fehacientemente que nuestras mascotas perrunas no solo entienden lo que les decimos, sino cómo se lo decimos, y por mucho que le estemos diciendo: “perrito guapo” si la ironía o la mala leche acompañan a nuestras palabras son capaces de descodificar el mensaje y quedarse con lo que de verdad estamos emitiendo. No, no solo por eso. Eso lo supe yo desde el primer momento que un chucho entro en mi vida. Recuerdo una de las tardes en las que mis hijas estudiaban en el salón, bien guardadas por nuestro bóxer, mientras yo preparaba la cena. Una de ellas le dijo: “Ve a que mamá te quite esas legañas de los ojos”. Él, obediente,  cruzó la casa buscando mi presencia, se plantó delante de mí y esperó paciente a que terminara lo que tenía entre manos para “ladrarme” que le limpiara los ojos. Pero si fuera eso nada más… Quienes tenemos animales de compañía (y lo sabemos) no necesitamos que ningún científico nos corrobore que ellos saben nuestros estados de ánimo, a veces, incluso mejor que nosotros mismos; que, por extraño que parezca, conocen la hora exacta de la salida del trabajo de los miembros de la familia a la que pertenecen y que, desde ese preciso momento de la salida, ellos se disponen a esperarlos en la misma puerta de la calle, sin importarle si tardaran una hora en llegar, para festejar su venida como si no hubiera un mañana. Y eso cada vez que se sale o se entra de casa. Nosotros sabemos que no sabemos por qué extraña “clarividencia” ellos sí saben quién de la familia lo sacará a pasear ese día: apenas termina de cenar busca exactamente a la persona que esa noche lo lleva de paseo, teniendo en cuenta que somos cuatro quienes lo hacemos… estoy por ponerle unos cuantos números delante y animarlo a que me resuelva la vida con una bonoloto.

Quiero convencerme de que el que yo le dedique, al menos una vez al año, un artículo a nuestras mascotas no va a ser clamar en el desierto, o sea: “sermón perdido”, quiero pensar que a fuerza de escuchar las bondades de esos animales habrá quienes se conciencien  de su inhumanidad, o les darán la oportunidad de que sigan ofreciéndoles su lealtad, su fidelidad y su amor sin límites pese a  las responsabilidades que conllevan tener un perro. Pero es tanto lo que dan por tan poco como piden. O, en el peor o mejor de los casos, tendrán en cuenta, desde el principio, que no son capaces de asumir esa carga y jamás comprarán o aceptarán cachorros, ni por los llantos de sus hijos, de los que luego se desharán sin  menor regomello.

Yo me siento la reina del mambo cuando viene hacia mí y se sienta sobre mis zapatos, es cuando puedo estar completamente segura de tener a un macho fiel a mis pies.

 

 

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Aquellos dias
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Ana María Tomás | 22-07-2017 | 8:29| 0

Hacia más de treinta años que no volvía a verla. Y encontrarme con ella fue volver de nuevo a uno de los varios pasados más tristes de mi vida. Podría no haberla reconocido, veinte o treinta o casi cuarenta años pueden no sean nada según el bolero, pero lo cierto es que ese tiempo causa… ciertas devastaciones en rostro y cuerpo. No obstante, he de confesar que, salvo los michelines que le hacían perder la forma de la cintura, conservaba una fisonomía intacta: la misma nariz, algo más aguileña, la misma boca de labios finos casi imperceptibles, las facciones más prominentes y endurecidas y la misma mirada. Aquella mirada heladora de Medusa que me convertía en piedra cuando la fijaba en mí.

Ella era doble, o sea, gemela de otra y ambas compartían, además de una imagen exacta, una misma maldad inaudita para su edad.

Ha sido necesario que pasaran muchos años para que yo me enterara de que las putadas que ese par de individuas me hacían, y que yo en mi inocencia llamaba “cosas malas”, en realidad eran puro y duro acoso escolar o bullying.

Desde los siete años hasta los once que, gracias al cielo, las perdí de vista sufrí en mis carnes y en mi mente una angustia constante que llenaba mis días de tristeza, y de desesperación cada vez que llegaba la hora de ir al colegio. Imagino que no fui la única niña que sufría sus maldades y que rebotaba de una de ellas a la otra como si fuera una pelota cada vez que les entraba ganas de maltratar a alguien. Como también sé que muchos de mi generación lo fueron en otros lugares. La maldad, tristemente, no tiene fecha de caducidad. Y, de igual manera, sé que ellos también callaron. No dijeron nada en sus casas porque, como yo, pensaron que eso sería lo normal, que unas niñas eran más traviesas que otras y que algún día se cansarían y nos dejarían en paz. Lo malo era que no se cansaban nunca y a mí se me acababan los pretextos y las enfermedades para no ir al colegio. Una vez hasta me atreví a hacer “novillos” y me escondí entre los verdes macizos del jardín más cercano. El problema estuvo en que, como para mí era tan largo el tiempo en el colegio, calculé casi dos horas más del horario escolar para volver a casa. Dos horas de angustia para mi familia que se acrecentó al enterarse de que ni siquiera había asistido a clase. Todos me buscaron con desesperación y la tunda que me dio mi madre cuando llegué me quitó para siempre las ganas de volver a eludir mis problemas haciendo mutis por el foro. Sobra decir que aguanté estoicamente aquel larguísimo periodo como algo habitual en mi vida, hasta que creí que había pasado todo al perderlas de vista en el instituto. Qué equivocada estaba. Para entonces yo me había convertido en una niña que rehusaba amablemente el contacto con otras, “quien quita la ocasión quita el peligro” debí pensar. En contrapartida desarrollé un rico mundo interior que me ha llevado a convertirme en lo que siento que soy ahora: una contadora de historias, una aprendiz de escritora, una novicia de la poesía.

Lo curioso de todo fue que al reencontrarme con ella, tras tanto tiempo, busqué rápidamente su copia  y, por unos instantes, me vi de nuevo rebotando de una a la otra. Y  deje de ser la mujer madura, más o menos segura de mí misma, que tanto me ha costado construir durante todos estos años; la mujer con experiencia y bastantes muescas en el alma por los golpes sufridos. En ese instante volví a ser la niña acobardada, temerosa y solitaria. Todos desaparecieron a mi alrededor para quedarnos solas las dos, como en esas películas del oeste en un duelo final donde sólo quedan el bandido y el sheriff, solo que yo no tenía pistola y ella seguía teniendo su mirada.

Sin embargo, no era verdad que yo estuviera desarmada, las muchas horas de soledad me condujeron a leer hasta los prospectos de las medicinas. Ahora sabía quién era Medea. Y también sabía que existían los perseos.

“¡Hola, Ana María!, te veo muy bien”, me dijo la sabandija con cierta sorna. “Muy bien ¿para qué?” me pregunté yo, ¿para lo mucho que me había jodido la infancia ella y su gemela?…  Yo, sin pronunciar palabra y sin dejar de sonreírle, me acerqué, le agarré el vestido por la pechera con mi mano izquierda y con el índice de la derecha le dibujé una línea recorriéndole toda la base de su cuello mientras le susurraba al oído: “Te he vencido, Medea”. Después me giré dejándola de piedra.

 

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Renegando de Ítaca
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Ana María Tomás | 15-07-2017 | 11:24| 0

Caminan juntas, orgullosas la una de la otra: una despreocupada, apoyada en su juventud, en su vitalidad, en el suave cimbreo de su cintura -talla 38-, en el leve vaivén de sus incipientes pechos, en la “perfección” de un rostro sin arrugas, satinado, pasado ya aquellos molestos granos de la pubertad; la otra, probablemente talla 42, embutida en unos vaqueros talla 40 que apenas le permiten respirar y que la han obligado a desplazarse las vísceras hacia las amígdalas para poder abrochárselos, pero que le permiten evitar la diferencia entre sus piernas largas y las largas piernas que caminan junto a ella. La ajustada camiseta dibuja el contorno de unos pechos hermosos, quizá más hermosos si dejara que cayeran hasta ese punto justo en donde el tiempo y la gravedad (maldita gravedad) los han situado, pero que ella se niega a aceptar y en una lucha denodada -pero totalmente perdida- se empeña en comprimirlos y empujarlos hacia arriba. No tiene ni chicha ni limoná pero la excesiva presión a la que somete a su cuerpo obliga a este a dibujar algún minúsculo michelín por encima de la cintura del pantalón. Su rostro marca algunas arrugas que la vida le ha cincelado y que y añaden perfección y un punto de morbo; las gafas de sol son graduadas y esconden una misteriosa mirada de miope que a tantos hombres ha excitado y fascinado en otras mujeres a lo largo de la historia y que ella siempre ha sabido explotar aunque parece haberlo olvidado ahora.

Una envuelta en esa frescura banal que aporta la adolescencia, la otra intentando desasirse de esa belleza interesante que conlleva la experiencia. Una con el rostro sin maquillaje; la otra maquillada sobre un fondo de crema melocotón que le unifica el color, colocado a su vez sobre un corrector de manchas y ojeras.

Una estrenando sueños. La otra adaptada ya a renunciar a ellos. Una iniciando el camino de la vida. La otra forzando unos pasos imposibles de mantener por mucho tiempo.

No se sabe bien cuál de las dos copia a la otra, pero ambas intentan proyectar una especie de simbiosis que, como poco, produce cierta ternura.

Conversan sonriendo, la una le dice a la otra que es “guay” -o sea, cojonudo- tener una madre tan enrollada como ella y la otra le contesta que sus compañeros de trabajo le dicen que parece hermana de su hija en lugar de la madre.

Nada que objetar respecto a todos los cuidados que podamos proporcionarnos para  engañar a los años, a los  amigos, a los hijos y hasta a la madre que los parió. El único problema es que esta sociedad absurda y deplorable que nos vende  que la belleza sólo puede estar en los rasgos inmaduros de la más tierna (y a veces boba) lozanía y que “obliga” a que muchas mujeres se exhiban patéticas intentando apresar la fuente de la eterna juventud sin ser conscientes de que cuando una mujer asume su edad resulta esplendorosa y perfectamente deseable… esta sociedad, decía, se ha convertido en cíclope y cantos de sirena que impiden el regreso a Ítaca. Y es verdad que podemos entretenernos, desviarnos, y hasta sucumbir con sus engañosos cantos, pero nuestro reino, el de la serenidad, el del placer de la vida bien vivida, el del gozo de lo cotidiano, el del reposo merecido, el de la autenticidad de nuestro ser… ese solo está Ítaca.

Quizá la única forma de sobrevivir a la dura travesía sea atarnos el alma al palo mayor de la belleza interior que hayamos podido ir acumulando a lo largo de tanto entretenido y cruel divertimento. Claro, que también podemos renegar del reino y de cuanto en él se nos ofrece y no pensar jamás que la juventud es sólo un trastorno pasajero  que sólo se cura con la edad.

Disfrutar de Ítaca no es obligatorio. Hay que reconocer que conlleva muchas responsabilidades. Y siempre hay otras opciones. No más fáciles, ni más cómodas, pero sí más mano.

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