La Verdad
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Autor: Ana María Tomás
El enemigo no descansa
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Ana María Tomás | 20-01-2018 | 12:40| 0

 

Me hizo mucha gracia la frase “El enemigo no descansa” que se adjuntaba junto a la foto de un inmenso roscón de reyes apenas amaneciéndonos el primero de año y aún con el atracón de gambas y polvorones de la noche anterior. Reenvié el WhatsApp a algunas amigas de las que, estaba segura, andaban ya con la neura de ponerse a dieta. Pero es que, pensándolo fríamente, es cierto que el enemigo no descansa y como, además, se nos ha metido, cual caballo de Troya, en nuestro propio territorio…, vencerlo es más que imposible. Y no hablamos ya de las tentaciones o ataques gastronómicos, que también, sino de aquellos que van directos a nuestro bolsillo, a nuestra mente y a nuestro idioma. Como no estamos en noviembre y ya hemos incorporado de tal manera a nuestra jerga y a nuestra mente el dichoso “jalogüín” de los cajones -con o- paso de ponerles a pensar en cómo semejante esperpento ha vencido a nuestra más rancia tradición “tenoria” y a nuestro sobrio respeto a los muertos. Paso también de centrarme en el “Blasfriday” y en el virus consumista que inocula nada más ponerte a pensar en la palabreja y en el bombardeo de anuncios y de “ofertacas” que dejaríamos perder por no comprar ese viernecito. Pero, la verdad, metidos en harina, no puedo dejar pasar el nuevo ataque que ya va introduciéndose con vaselina como la cosa más normal del mundo. Me estoy refiriendo a la denominación que recibe el lunes de esta semana o tercer lunes de enero: “Blue Monday” -y seguimos con los “palicos a la marrana” castigando nuestro riquísimo idioma- , vamos, “blumonday” o el lunes más triste del año ¡Tócate las narices! Al parecer esto es relativamente nuevo, vamos, de 2005, y se inventó para que una vez que nos diéramos cuenta de que ya está claro que no vamos a cumplir los propósitos que nos hicimos apenas unos días atrás, unido a la comprobación de todo lo que nos hemos gastado tontamente y de que estamos en plena cuesta de enero… ¡allá va la parida! nos pongamos tan tristes que necesitemos seguir comprando ¡¿Mande?! Pero si eso sólo se le puede ocurrir a algún descerebrado ¿Verdad? Pues no. Miren, no. Que resulta que los descerebrados somos todos los que como borreguicos dejamos que nos impongan un estado de ánimo. ¿Se han parado a pensar lo peligroso que es eso? Probablemente no. Y, sin embargo, son ya muchos los que se dejan arrastrar por ese sentimiento de superflua tristeza y, claro está, por los descuentos y la publicidad del “siga comprando”.

 

El pasado lunes los hospitales se llenaron de ingresos por urgencia de personas con gripe, infartos, accidentes… etc. Pero también sus puertas se llenaron de personas que salían felices tras un alta por un cáncer, un accidente, un infarto… y la mejor de todas las altas: las que se llevan un bebé en brazos.

 

Lo mejor de todo es que para denominar ese “aciago” lunes de tristeza lo han bautizado con el color azul. Hay que ser un poquito tontos, al menos para exportarlo. Seguramente no han escuchado la famosa canción de Raphael que dice que gris está la cosa cuando no se puede estar con la persona amada y que todo se vuelve azul con su

presencia (“Gris, gris, mi amor es gris, cuando me encuentro lejos de ti. (…) Mi amor se vuelve azul, cuando en tus brazos puedo soñar”). Claro que parece ser que para los ingleses estar azul es estar triste, si fuera el color gris, como la inmensa mayoría de sus días, sería como para volverse locos de abatimiento.

 

Yo no sé cómo no hacemos campaña para que todos los lunes, que según dicen los expertos, es un día un poco cuesta arriba tras disfrutar de las bondades del fin de semana, decía, para que todos los lunes sean los lunes verdes. Imaginen lo que sería comenzar los lunes enviando y recibiendo chistes verdes, sonriendo en el autobús o en los atascos, desentonando con los que sigan pensando en los “blusmondais”. Levantarse cantando la canción de Serrat de “Hoy puede ser un gran día” y lo mejor de todo: creérselo e ir por la vida imponiendo el estado de ánimo que nos dé la real gana de tener en lugar de alargarnos la cara porque alguien ha decidido que tenemos que estar triste porque toca, porque es el tercer lunes de enero y porque lo dicen ellos. Tantas perras como invierten los clubes de fútbol en jugadores… y entre todos no logramos un portero que nos pare algún gol de los muchos que nos están metiendo, “manda huevos”…

 

 

 

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“Alataquelll”
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Ana María Tomás | 13-01-2018 | 12:32| 0

Creo que todos reconocemos el famoso grito de guerra del humorista “Chiquito de la Calzada”. Cuando decía “Al ataquel” ya sabíamos el chiste, el gritito de “joll” o los minipasitos que venían después. Vamos, que nunca atacaba a traición, sino que avisaba. Ya se sabe que “quien avisa no es traidor”, todo lo contrario de lo que ocurre con algunos diseñadores o estilistas que andan agazapados para que, en el momento más inesperado ¡zasca!, nos lancen sus paridas y nos pillen tan a pie cambiado y con las defensas de la personalidad tan hechas mixtos que, una tras otra, caemos en sus redes maquiavélicas colgando o experimentando sobre nuestro cuerpo la última “creación”, muchas veces misógina, del capullo de turno. Terminamos el año con la moda en alza de raparnos la cabeza a las mujeres, cual ganado en tiempo de “rapa das bestas”. Y esto no es algo que se consigue así porque sí. El cabello para las mujeres tiene un significado inconmensurablemente mayor que una muestra de coquetería o seducción; el pelo, durante siglos ha albergado, en numerosas culturas -todo hay que decirlo- la esencia de la feminidad. El pelo no es una cuestión baladí. Otra cosa es que las propias mujeres quieran romper determinados estereotipos y se lo corten de manera drástica, o se afeiten la cabeza porque sí. Me viene a la mente la imagen de la seductora Sharon Stone y su cambio de la media melena que lucía en “Instinto Básico” al corte a lo chico que lució en “CatWoman”. Pero una cosa es la libertad de elección sin venir a cuento corrientes del momento, y otra que nos vengan apretando con la moda a lo calabaza que lucen algunas estrellas como Natalie Portman, Charlize Theron, Kristen Stewart… o Demi Moore, y sin necesidad de hacerlo por el guión.

 

Y no se crean que el “enemigo” descansa, nada más comenzar el año ya tenemos la siguiente gilipollez a seguir si quieres mostrar al mundo que eres lo más “cul” de lo “cul” -aclaración para la gente normal: escrito cool y que viene a ser guay-. Se trata de que las grandes firmas de moda, muchas, variadas y carísimas que no me da la real gana de recordar para no hacerles publicidad gratuita, han decidido reproducir en piel las bolsas de plástico, rafia, yute, algodón o malla, de los supermercados de a pie, las tiendas de muebles para armar en casa, las que llevan las pobres porteadoras que cargan cada día de Ceuta a Marruecos kilos y kilos de mercancía, las que se usan en algunos países como Tailandia para llevar la ropa a la lavandería, o las que arrastran algunos vagabundos con sus pocas pertenencias. Eso sí, en materiales nobles, léase piel de vaca, y costando dos mil euros o mil doscientos cuando la original solo vale dos. Sí, sí… ustedes pueden abrir mucho los ojos o pensar que les estoy tomando el pelo, pero les aseguro que es rigurosamente cierto.

 

Lo peor de todo es que nos da por pensar que somos cada vez más libres. ¡Imaginen…!, el año que se acaba de marchar lo ha hecho con el sello de “Los rompedores del silencio”, pero luego… contradicciones del ser humano, nos ponemos de negro en la fiesta de los “Globos de Oro” para protestar por esos abusos callados y consentidos, pero sin renunciar al lujo desmedido, a la fiesta y al Möet et Chandon (creo que es un champán caríiisimo), algo así como no comer carne de pollo en cuaresma y meterte una mariscada del copetín entre pecho y espalda. A ver, que no es que me parezca mal que se pongan de negro, pero creo que hay cosas frente a las cuales se debería mostrar lo que se considerase un rechazo contundente y rotundo. Algo así como lo que ha hecho Anna Muzychuk, la joven ucraniana campeona mundial de ajedrez que se ha negado a viajar hasta Arabia Saudí y competir allí por las condiciones que imponen a las mujeres.

 

Y, entretanto, seguiremos siendo atacadas desde diferentes flancos (¿han visto el chiste donde se dibuja un pie normal y uno según los diseñadores de zapatos de puntita fina donde se supone que el dedo gordo y más largo está justo en la mitad?) pero pocas veces podremos repeler el ataque o defendernos de él porque, al contrario de lo que hacía “Chiquito de la Calzada”, los diseñadores no avisan. Y aunque nuestro refranero nos diga que eso es un ataque a traición… y lo sepamos, con eso nos quedamos.

 

 

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Hablando de regalos
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Ana María Tomás | 06-01-2018 | 12:52| 0

Aún sumergidos en esta gigante ola de “amolll” y despilfarro en la que hemos convertido la Navidad, las grandes firmas de perfumes se apresuran a bombardearnos con anuncios de sus perfumes intentando atraer y atrapar nuestro interés para que sigamos desembolsando pasta gansa de nuestros bolsillos a los suyos, haciéndonos creer que si nos ponemos el “parfan de puturrú de fua” nos saltará un peaso maromo desde el quinto pino de un acantilado y se nos vendrá encima para que nosotras le bajemos el “minisupermegachachi” calzoncillo. Pero no se lo crean. No es verdad. Yo llevo utilizando ya un tiempo esa colonia y “quesiquieresarrozcatalina”; vale que no haya acantilados en donde vivo, pero sí tenemos nuestro “Charco del zorro” que como ya su nombre indica hay agua, poca, pero hayla, y también hay unos buenos quebrados (no de números) y la cosa sigue sin funcionar. Vamos, que es una publicidad engañosa. Por no incidir en algo que duele, y mucho. A ver, si lo que están tratando es de vendernos perfumes a las españolas por qué cajones (con o) no me lo dicen de manera que yo pueda entenderlos. Que el inglés está muy bien para los negocios, y para muchas otras cosas como viajar por algunos lugares, pero, oigan, que hay una gran mayoría de posibles compradores que no tienen puñetera idea de inglés. Y no sé si han reparado en que ni en un solo anuncio de perfumes para la mujer, ni en uno, han tenido las narices de grabarlo en español. Y eso es pura y dura frustración. Claro que el gran secreto del consumismo es mantener en continua frustración a la gente indicándonos, proponiéndonos y obligándonos un ideal de belleza imposible. Y nosotros seguimos comprando cremas y colonias que nos prometen lo que jamás lograremos. Porque, a ver qué común de los mortales tiene un cuerpazo como los que nos enseñan en los anuncios. Que si tabletas, y no de chocolate, sino de mussssculitos, por aquí, que si unas caderas y unos pechos de Olimpo por allá… Como si ya nosotros por nuestra propia cuenta y sin necesidad de ayuda no nos amargáramos lo suficiente o no aplazáramos bastante la felicidad. Que si cuando tenga… un trabajo estable seré feliz, o cuando tenga novio, o cuando me case, o cuando tenga un bebé, o cuando pueda irme de viaje, o comprarme un coche, o una casa o… siempre hay un “loquesea” que no hemos logrado y que supuestamente nos impide ser felices. Porque, aunque en todos y cada uno de esos deseos no coloquemos específicamente el deseo simple y enorme de “ser feliz”, imaginamos que consiguiendo todas esas cosas que forjamos en nuestra mente la felicidad vendrá con ellas. Y nada más lejos. No hay más que ver a triunfadores que lo han logrado todo y son las personas más infelices de la tierra.

En uno de esos vídeos, que reenvían una y otra vez por “guasap”, se ve cómo una maestra les pone un examen sorpresa a sus alumnos. En el folio solo hay un punto negro. Pero la maestra les pide que escriban lo que ven. Los alumnos se afanan en explicar la situación del punto en la hoja, la dimensión del mismo… etc. Al final la profesora les hace ver que todos han hablado del punto negro, pero nadie ha dicho nada del inmenso espacio en blanco que queda en la hoja. Y tristemente funcionamos así, fijándonos en los puntos negros y para colmo, no sólo de nuestra vida, sino de la de todo bicho viviente que se mueva cerca de nosotros. Y eso lo saben los anunciantes, sobre todo los de perfumes, por eso no se molestan en decirnos en nuestro idioma que su colonia tiene el poder de las flores, o de que nuestros recuerdos amados serán eternos mientras vivamos, simplemente, nos lanzan imágenes hasta la parte más primitiva de nuestro ser, a los impulsos…, lejos del raciocinio y del discernimiento, a la diana del “melopido” y me lo compro porque quiero ese cuerpo y esa vida que me enseñan ahí. Pero ya les digo, por propia experiencia, que no funciona. En su descargo he de confesar que el experimento lo hice, no en una barquichuela como en el anuncio, sino en una colchoneta hinchable de publicidad de una cerveza, pero vamos, que daba el pego…  Y lo único que saque en claro fue el picazo de una abeja. Podría haberlos demandado por publicidad engañosa, pero es que me encanta el olor de su colonia. Y seguro que a la abeja también. Por eso me confundió con una flor. Aparte de que yo lo sea por mí misma y sin “perjumenes” añadidos.

 

 

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Nos iremos
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Ana María Tomás | 30-12-2017 | 1:18| 0

 

Todavía con los ecos del villancico que nos recuerda que, al contrario de lo que ocurre con la Nochebuena, que se viene y que se va, nosotros nos iremos y no volveremos más, arrancamos las últimas hojas de dietarios y calendarios, y nos ponemos sobre la mesa viejos propósitos renovados inútilmente cada nuevo año como si tuviéramos mil vidas para acometer tantas veces el intento. Cantamos el villancico como si cantásemos el tiempo que nos hace, sin apreciar que, cada vez, tenemos menos tiempo para propósitos y para vivir.

 

Quién me iba a decir a mí que este año se llevaría con él a mi padre, que varias amigas enterrarían al hombre de sus vidas o, peor aún -porque el ser humano está preparado para enterrar a los padres, pero no a los hijos- que otro par de ellas lo harían con sus hijos: dos hermosas promesas de vida de treinta años.

 

Sí, ya sé que son fechas muy jaracandosas, pero no por eso la gente deja de morirse o lo ha hecho recientemente o agoniza en hospitales y eso cambia la visión que sus dolientes tienen de estos días tan señalados en donde parece que cabe “muncho” amor, pero poco dolor y menor espacio para expresarlo y para escucharlo.

 

Hay que ver…, cuando se es pequeño, las ganas tan absurdas que se tienen de crecer, de que corran calendarios… Hay que ver cómo soñamos y proyectamos, la mayoría de las veces nuestras vidas milímetros a milímetro: cuando tenga tantos años, me casaré; tendré hijos años después; me compraré un coche; una casa en la playa… Y luego la vida se encarga de confirmarnos esos planes o de desbaratárnoslos por completo. A veces logramos aquello que nuestra mente infantil planeó para nuestro adulto de manera casi rodada, otras, buscando aquello que creíamos que nos daría la felicidad, terminamos en otros derroteros, absolutamente diferentes pero, mire usted por dónde, resultó ser lo que en realidad nos llenaba y nos proporcionaba la felicidad; y otras veces… ni por asomo logramos dar con el camino o la puerta que nos conduzca a un amor verdadero, a una estabilidad económica, a una seguridad tranquilizadora. Aun así, el adulto en el que nos convertimos, sigue conteniendo al niño que fuimos, aunque nada tengamos que ver ya con el de esas fotos que muestran unas caras vírgenes de muescas peleadas a la vida, sigue ahí, aguardando, anhelando en cada final de año elaborar una lista que le permita sentirse mayor y dueño de su vida y de su tiempo. Lo que ocurre es que el adulto que ya lleva muchas Navidades y pocas “nochesbuenas” (perdóneseme el chiste fácil) no está por la labor de filosofar a final de año, a fin de cuentas los finales de año son para eso, para hacer proyectos que pocas veces llegaran a buen puerto, para pasar “muuucho” frío vestidas de tirantes, porque así lo impone la moda, bailando con lobos y otros animales hasta el amanecer, para comer más dulces que nuestra sangre puede eliminar… y para quejarse de los kilos engordados en apenas quince días. Todo lo demás se diluye como sal en el agua. A fin de cuentas, es una noche para pasárselo bien porque “la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más”. Aunque nadie piense lo que canta. Y nuestras vidas, como diría J. Manrique, corren, corren como ríos para llegar al mar “que es el morir”. Pero quién piensa en eso frente a una pantalla de televisión conectada con la “Puerta del Sol” de Madrid, doce uvas en una mano y una copa de cava en la otra, o frente a un menú de escandaloso precio y mucha música ruidosa. La Nochevieja es para pasarlo bien, comer, beber, bailar… así que, por favor, aquellos que se encuentren doloridos que se mantengan a una distancia prudente del mundo para no contagiarlo con su amargura.

Entretanto, el resto de afortunados que se despreocupen por lo que pueda engordarles la comida, después de todo “solo una vida y tallas hay muchas”. Feliz 2018.

 

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Saldo deudor
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Ana María Tomás | 23-12-2017 | 12:44| 0

Fue uno de esos paseos tontos en donde los pies inician una dirección diferente a la que tu cabeza había programado cuando saliste a andar. Te enfundas en una cazadora especialmente abriga, te colocas las zapatillas de quemar calorías y agarras con igual disposición los guantes y una botella de agua. Se supone que vas camino de esa avenida cuyo nombre no importa porque siempre es nombrada como la “Ruta del colesterol”. Pero de pronto tus pies hacen un quiebro y en lugar de caminar en una dirección comienzas a hacerlo hacia la parte vieja de tu ciudad, aquella que guarda, como un tesoro, tu infancia. Y los ojos comienzan a focalizarse en cosas diferentes, ya no miras semáforos, entre otras cosas porque no los hay, sino gatos callejeros, tumbados al sol o a la caza de moscas importunas que son impasibles a los latigazos de su cola, y las casas pasan de ser anodinas a tener un nombre: el estanco de Rita, la tienda de ultramarinos de Fermín; la casa de Paco “el reguiñao” -por un tic nervioso que tenía el pobre hombre en ambos ojos-; la carnicería de Benito, pobrecillo, muerto tan joven junto a su hija en accidente con el “dos caballos” de segunda mano que conducía; la casa de Luisa; la de María y la tuya.

 

Y ahí los pies se detienen, como cada vez que pasas por esa fachada convertida en joyero de recuerdos desde hace tantos años. Sabes que dejó de ser tuya, elucubras mirando sus ventanas si por dentro todo estará igual que lo dejaste al marchar. Al menos la fachada sí lo está, las mismas débiles rejas, las mismas persianas, eso sí, con una mano de pintura cuarteada por los años y el frío, pero las mismas. Las mismas puertas y ventanas… Y, como siempre, una vez más sintiéndote a salvo en el escaso espacio entre la puerta y persiana, comienzas a acariciar la madera de esa jamba que era la entrada al paraíso. Y tus manos recuerdan cómo abrían esas puertas cuando, tras los cristales enrejados y esmerilados de su parte superior, intuías la figura de tu madre o cuando tu oído reconocía, entre todos los motores del mundo, el de la guzzi de tu padre con un haz de sabina y de romero para el belén. Y junto al olor de la olla de Navidad y el de las “frioleras” o dulces de Pascua se imponía el de monte, desparramado en la parte izquierda de la pequeña sala junto al Nacimiento, el castillo de Herodes, la anunciación a los pastores y muchos borreguicos dispersados para que pareciera más grande el belén.

Pero esta vez tu intuición te engaña -o tú pretendes engañarla a ella- y la puerta se abre de golpe y muestra un rostro de pocos amigos molesto por la advertida invasión de un extraño en un espacio propio. Tú sonríes, saludas, mientras de tus ojos salen traicioneras unas lágrimas que aun desconciertan más a la persona que está a punto de decirte que no quiere nada y que no le interesa lo que hipotéticamente vayas a venderle. Pero esa parte que, desde el principio, guió tus pasos toma el control y tú comienzas a explicarle, con la mejor de tus sonrisas, que ahí viviste algunos de los mejores años de tu infancia, que esa casa la construyó tu padre con sus propias manos, y que sí… que cada vez que pasas por ahí sientes la necesidad de tocar sus muros, sus ventanas, sus puertas… pero que no eres una loca y que lo último que quieres es molestar, que pides disculpas y que te vas ya.

 

Pero algunas veces, como dice Sabina, va el diablo y se pone de tu parte, en este caso el ángel. Y como música celestial escuchas: “¿Quieres pasar?” ¡Dios mío! ¿Cómo no vas a querer pasar si llevas deseando eso cuarenta años que hace que la dejaste. Pero dices que no, que no quieres molestar más de la cuenta, que… en todo caso, sí te gustaría asomarte a la salita y a la cocina.

 

Y la ropa comienza a agrandarse porque debajo de ella comienza a desaparecer la mujer que eres para emerger la niña que fuiste, al tiempo que, inversamente proporcional, todo comienza a achicarse. Todo estaba igual. Igual. Pero la cocina era entonces tan grande… y la sala ¿cómo se podía hacer un belén tan grandioso en un espacio tan pequeño?… Y entonces sí, entonces ya eres consciente de que vas a llorar porque ante tus ojos de niña comienzan a desfilar los espíritus de tantas navidades felices al abrigo de aquellas humildes paredes que guardan tanto saldo deudor en el alma. Tanto… que jamás podríamos saldarlo. Ni creo que nadie quisiera hacerlo.

 

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