La Verdad

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Autor: Ana María Tomás
“Porque quiero”
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Ana María Tomás | 30-09-2017 | 10:19| 0

Aviso: los fans de Bisbal que se abstengan de leer este artículo. No tengo ganas de que algún… a ver cómo lo digo… Lo haré en palabras de mi pueblo, de que algún bausán me demande como ya le ocurrió a un amigo mío, profesor, que por poner para analizar sintácticamente la frase «Bustamante canta mejor que Bisbal» hubo de aguantar que una madre le dijera que había traumatizado a su nena y que era un profesor nefasto. ¡Manda huevos! Bueno, pues avisados están.

Y ahora, a lo que iba. Comparar a ciertos humanos con animales como, pongamos, cerdos o zorras solo porque sus actos sean marranos o raposos no es justo. A mí no me lo parece, y no por los humanos, precisamente, sino por los animales. Es injusto. Los animales se comportan según su condición, que, en muchas ocasiones suele ser mejor que la de los humanos, mientras que estos últimos en infinidad de ocasiones hacen gala de su poca humanidad. No se precisa ir muy lejos para comparar la lealtad de un perro con la de más de una pareja en donde esta última sale bastante perjudicada. Y hablando de lealtades y de maneras de comportarse: hace un par de días, Chenoa, por fin, habló de lo sucedido con su relación con el “Ricitos”. A ver… no es que España viviera en un ay sin saber que pasó, pero ocurre algo muy interesante: esta pareja es una pareja tipo, vamos, como uno de esos patrones que los modistos utilizan para sacar tropecientos modelitos. Pues lo mismo.

Chenoa y Bisbal, para quien no lo recuerde, son dos triunfitos de aquella famosa “Operación Triunfo” en la cual unos jóvenes exhibían sus mejores dotes de canto en una televisiva academia. Allí se enamoraron y de allí salieron a comerse el mundo y a devorarse mutuamente, amorosamente hablando. Ella aseguraba que él era su vida, que lo amaba más que a ella misma y que no le importaba dejar aparcada su carrera profesional por seguirlo a él allá donde fuera. Creo que muchos de nosotros recordaremos la imagen de una Chenoa hundida, llorosa, desencajada, enfundada en un chándal, a la puerta de su casa confesando que se había enterado de su propia ruptura por la televisión, a través de una rueda de prensa que el mindundi dio desde algún lugar de Latinoamérica asegurando que estaba libre y que se iba a “mayami”. Ella no añadió nada más. Y él menos. Pero lo decía todo el rostro de una mujer abandonada por un…, iba a decir un hombre, pero creo que la palabra “hombre” alberga una grandeza que este individuo no tiene, plantada a través de una rueda de prensa, sin que ese tipo tuviera la hombría de ponerse delante de ella y confesarle que se había enamorado de otra, que sentía que las cosas hubieran sucedido así, que le agradecía los momentos vividos, que siempre estaría en su corazón por el amor recibido de ella… o, simplemente, para revelarle que se iba para siempre, recoger sus cosas y marcharse lo más dignamente que una situación así demanda.

Muchas mujeres nos posicionamos con su dolor, sobre todo las que conocemos de cerca a algún que otro cobarde que, como dije antes, se conduce de idéntica forma, y no le importa celebrar la comida de Navidad con toda la familia, se larga a comprar vino y en unas horas le hace saber a la novia, a la mujer, a la compañera de vida que sadesenamorao. Y hasta luego, Lucas, sin tener los cojones de dar la cara y asumir la situación. Como decía, nos posicionamos sin saber mucho más de aquella ruptura. Pero hete aquí que “lo que no se sabe hoy con dinero, mañana se sabe de balde” y durante doce años las posicionantas no entendíamos cómo ella no había pasado página y olvidado a un gilipollas semejante. Cuantas relaciones intentaba, tantas relaciones que fracasaban. Pero hace un par de días nos sorprendió presentando un libro autobiográfico titulado “Defectos perfectos”. En el cual pone los puntos sobre las íes y nos explica la mezquindad a la hora de cortar: «que se iba a tomar un tiempo». Lo siguiente: cambió de número de móvil nada más darle le espalda e hizo pública su relación con Elena Tablada escasas semanas después. De postre le pidió a su hermana que le enviara un mensaje a Chenoa con una exigencia: que le embalara sus cosas y que tuviera especialmente cuidado con sus premios. No les digo dónde estarían de haber sido yo.

Chenoa concluye así: «Nunca quieras a alguien más que a ti misma». Qué pena que lo descubriera tan tarde.

Y cuando le han preguntado que «ahora ¿por qué?», ha respondido rotunda: «Porque quiero».

 

 

 

 

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Muertos vivientes
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Ana María Tomás | 23-09-2017 | 9:51| 0

He perdido la cuenta de los años que somos amigos. Se diría que lo conozco de siempre, que podría anticiparme a algún comentario socarrón suyo, o al momento en donde ejecutaría una crítica constructiva… Somos amigos. Los amigos se conocen, se saben intimidades el uno del otro, se intuyen otras que se callan por piedad, por vergüenza o por falta de ánimo para contarlas, pero que en ese silencioso respeto se sigue conociendo el alma del otro. Así que no tuve reparo, por consideración alguna hacia él, en comentarle la noticia del día: “Cada día se suicidan en España diez personas. Es terrible. ¿Te das cuentas? ¿Cómo no ponemos medidas? ¿Cómo no somos sensibles a sus señales, a sus palabras antes de que atenten contra sí mismos…?”. «A veces, solo se está vivo porque lo atestigua el censo», me respondió lacónico. «Ya lo sé», le dije. Pues claro que lo sabía, yo misma he transitado por épocas que no le deseo ni a peor enemigo ¿O sí? Quizás, sí. Y recuerdo a él mismo diciéndome cuando se las confesaba que «el hombre que sabe de tormentas ve llover y sonríe». Y yo, «claro, claro», como si fuese una frase hecha. ¿A qué tormentas podía referirse? Pensaba que él era algo esquivo por naturaleza ¿Por naturaleza? Pues no. Por sus circunstancias, que tan celosamente guardaba como algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o porque, como decía Pemán: «No quiero que en mi cantar/ mi pena se transparente/ quiero sufrir y callar/ no quiero dar a la gente migajas de mi pesar». «A casi todas mis amistades hace mucho que deje de abonarlas –siguió diciendo– y se me han mustiado. Las recuerdo, a ratos, y en algún momento de debilidad incluso las añoro, pero nunca se me ocurrió tenderles mi mano suplicante. Los males, la tristeza, el desánimo, mejor en silencio y enclaustrado. Cumplo con los deberes indispensables en la calle y regreso a casa, sita en la calle de la Amargura (aunque en el dni figure otra distinta). Jamás he dado datos de mi intimidad. Pongamos por caso que desde hace un tiempo más que prudencial, soy quien barre, quien friega, quien se encarga del lavavajillas, quien tiende la ropa, quien limpia los cristales tras la lluvia, quien soporta, callado, malos tratos psicológicos disculpándolos siempre en nombre de su enfermedad…
»Busco en lo recóndito de mi mente cuándo fue la última vez que reí a carcajadas, pero hace ya tanto… que he pensado en donar mis músculos risorios antes de que sean incapaces de ‘retraer la comisura labial’. A diario conjugo en primera persona del singular los verbos abatir, aguantar, aislar, derrumbar, desertar, desesperar, desistir, dimitir, hundir, renunciar, resignar, sacrificar, sufrir, tolerar, transigir, etc.
»La indiferencia se ha instalada en mi ánimo. Me da igual ir o no al cine, a una obra de teatro, a una terraza de verano… La indolencia vive de okupa en mi ánimo. A veces me canso, aunque me repongo, de lanzar a los mares virtuales botellas de náufrago untadas de humor como divisa. Por disimular, por tratar de ocultar lo evidente… Apenas me importa nada, tanto de lo divino como de lo humano. Parece ser que William Faulkner dejó dicho que «entre el dolor y la nada, prefiero el dolor». Probablemente la Nada no lo invadió y se apoderó de él. Me veo –con más frecuencia de lo deseable– tentado por esa despreciable, falsa amiga llamada depresión, intento espantarla a manotazos. Aun así, pienso ir a la consulta de un oftalmólogo y preguntarle si la pérdida del brillo en los ojos tiene cura. Yo, empedernido lector, apenas si me acerco ya a un libro. Por apatía, ni retengo lo leído ni disfruto con la belleza de un texto bien escrito ni me importa olvidarlo con prontitud.
»Cuando muera –oficial, legalmente–, la partida de defunción hará constar una fecha. Absolutamente errónea. Llevare muerto… ¿cuánto tiempo? A saber… ¿Puede uno suicidarse a cámara lenta? De ser así, ¿cuántos suicidas sobreviven años y años hasta derrumbarse para no levantarse?…».
Durante su confesión yo callaba. Intentaba que las lágrimas no asomaran a mis ojos colocando la punta de la lengua en los incisivos y soplando imperceptiblemente, un supuesto truco que me enseñaron hace años pero que no funciona en absoluto. Yo solo quería abrazarlo, decirle que no estaba solo, que yo era su amiga, que estaba ahí, que buscaríamos ayuda… Había callado durante todo su monólogo para evitar interrumpir, por fin, su confesión, pero ahora callaba él, y a quien tocaba hablar era a mí. Sus ojos me preguntaban precisos: «¿Entiendes ya la noticia?».
Ni la entendía ni quería, solo sabía que a mis manos había llegado el mensaje de un náufrago y que yo no iba a dejar que se hundiera.

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Sueños marchitos
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Ana María Tomás | 16-09-2017 | 10:31| 0

De la terraza, en el ángulo soleado, de su dueño, seguro, olvidada, silenciosa y cubierta de arena, veíase la planta. Quizá, como expresa el poema de Bécquer sobre el arpa, que he parafraseado, la pequeña maceta también guarda en su barro, o en sus hojas ya secas, la memoria de la mano artesana o industrial que la hiciera o la de quien depositara en ella la vida a través de una mata. Aunque en este caso ya no espere la mano de nieve que la refresque, le dé a beber el chorrito de agua que pueda salvarla o la aliente a reverdecer sus hojas para alegría de los habitantes de la casa. Habitantes que la olvidaron, al término de sus vacaciones como si la vida tuviese que cortarse o parcelarse en apartados estancos, diferentes e independientes, como si fuésemos unos en la ciudad y otros diferentes en nuestros lugares de veranero y no quisiéramos llevarnos ni el trabajo a la playa o al campo, ni nada de esos lugares a la ciudad. Aunque, por otra parte, en qué lugar de la maleta meteríamos esas plantas compradas solo para adorno del espacio dedicado al tiempo estival. No duele dejarlas abandonadas a su suerte, al calor, a la arena que el viento trae desde la cercana playa, a la sed… Se las deja agonizar lentamente, al igual que hacemos, tantas veces, con la vida, con los talentos recibidos, con las esperanzas, con los sueños. Se nos pasa el tiempo de regarlos con el agua de las ilusiones juveniles y se les deja secar en el alma al sol de las decepciones, o de las necesidades imperiosas. Cuántos sueños adolescentes viéndose de enfermeros, diseñadoras de joyas, arquitectos, maestras, médicos… devenidos en otras profesiones dignísimas pero nunca soñadas por ellos. Cuántos padres presionando a los hijos para que sean aquello que ellos no pudieron ser, para que vivan los sueños que ellos no pudieron vivir, bailarina, futbolista, abogado… sin tener en cuenta que al imponer sus sueños están privando a sus hijos de vivir los suyos propios, generando una cadena atávica de sueños frustrados. Cuántos jóvenes organizando, desde su adolescencia, su vida: “a los treinta y cinco años tendré dos hijos, una casa, un coche…” sin contar que no siempre soñar es sinónimo de conseguir. Y se ven ahora sin trabajo, viviendo en la casa de sus padres, sin expectativas de poder formar una familia y, lo que es peor, sin ánimo de seguir soñando… O mujeres que cifraron su felicidad personal en tener hijos que jamás vinieron… Y la maceta playera viene de nuevo a ser metáfora de todos los brotes verdes que dejamos secar en el alma.

 

Podríamos pensar, como García Márquez, que “En verdad hay sentimientos que es mejor que se queden en lo platónico; y es mejor recordarlos así, irreales, inacabados, porque es lo que los hace perfectos”, sin embargo, yo creo que lo único que puede hacer perfectos los sueños sin realizar es cambiar la mirada que se tiene sobre ellos y tratar de vivirlos en el plan B, C o, incluso, el D. Creo que la grandeza del ser humano consiste, como alguna vez escuché no sé bien dónde, en agarrar los limones que siempre, antes o después, nos da la vida y lograr sacar la mejor limonada posible.

 

Descubrir en nosotros habilidades insospechadas para esos trabajos que, al final, son los que nos dan de comer; disfrutar de la amplia maternidad que nos regala la Vida a través de sobrinos, alumnos, conocidos; agradecer el techo y la comida que se recibe aunque no sea el planeado…

 

Creo que se nos puede perdonar dejar secar alguna maceta, pero nunca dejar de comprar flores allá donde estemos o sustituir de continuo las plantas que se nos sequen o que dejemos secar. A fin de cuentas, aunque los sueños cambien, no hay que dejar de perseguirlos. Benedetti lo resume genial en esta estrofa: “No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje,/ perseguir tus sueños, / destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo.” Puede que se baje la guardia en algún momento, pero “Vivir la vida es aceptar el reto”.

 

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“Si yo sé nadar”
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Ana María Tomás | 09-09-2017 | 9:47| 0

Todavía seguimos en verano. Esto del calor, además del consabido “veranico de los membrillos” ya metidos en otoño, no es como la primavera que, desde hace años, parece marcar su llegada “elcortinglés”. Quiero decir que todavía seguimos en el tiempo de los gilipollas. Y no. No es que en el resto de las estaciones esta especie emigre a zonas cálidas, no, pero sí es cierto que su nivel de irresponsabilidad “gilipollil” se reduce al reducirse las condiciones para demostrarlas.

 

Me explico: En este verano llevamos ya un buen número de ahogados en el mar. Está claro que no siempre ha sido por causa de irresponsabilidades cometidas, un infarto, una indisposición momentánea o cualesquiera otros problemas pueden surgir de momento y poco puede hacer el afectado salvo pedir ayuda o dejarse ayudar sin pedirla. Sin embargo, cuando se trata del listo de turno que se pasa la bandera amarilla o la roja por el forro de los cataplines, la cosa cambia. Y cambia porque no solo ponen en peligro su vida, que perfectamente podrían elegir, de igual manera, hacer puenting sin cuerda, sino que ponen en riesgo la vida de la persona que está vigilando en la playa y que con todo merecimiento llamamos “salvavidas”. Sí, esos chicos a los que muchos veraneantes tildan de gandulazos que se pasan todo el día viendo culos y tetas, sentados en lo alto de su silla pendientes de que gente que no respeta el mar se adentre en él como quien lo hace en una hamburguesería. Chicos deportistas como Luis Miguel, profesores de Educación Física como Paco, informáticos como Thomas… que saben que con bandera roja no están obligados a meterse para sacar a nadie, pero que su moral, su ética, les impiden quedarse de brazos cruzados viendo como alguien se está ahogando y que su lema es: “Cuando todos salen del agua por algún problema, somos nosotros los que debemos entrar para tratar de solucionarlo”. Chicos que llaman a la policía porque sus avisos, sus silbatos para que algún surfista aficionado salga del agua, son ignorados… Claro que también lo fueron los de los policías que vinieron y tuvieron que tragarse un corte de mangas por parte del equilibrista de la tabla que se negaba a salir para ser identificado. Y nadie me lo contó, que lo vi con mis propios ojos. Lo mismo que vi cómo uno de esos jóvenes, André, un noruego de ojos pequeños y vivarachos y “parlador” de seis idiomas, se lanzaba al agua contra las olas para sacar a un individuo que pretendía llegar hasta la boya amarilla. De haberlo dejado hubiera llegado no hasta la boya sino muuucho más adentro, aunque luego lo hubiera escupido, inerte, el mar hasta la playa. Y no, no crean que el sujeto en cuestión se lo agradeció, no señor, una vez puesto a salvo se negó a salir del agua hasta que la atención de los bañistas pendientes de la movida desde la arena se había diluido, ¿orgullo?, ¿miedo al ridículo?, ¿a los reproches?

 

Todos los “salvavidas” con los que hablé me dijeron la misma frase escuchada hasta la saciedad de aquellos a quienes habían tenido que sacar del agua en condiciones penosas: “¡Si yo sé nadar!”, le falta el taco que suelen añadir. Incluso algún participante de un triatlón, bastante molesto, hasta que comprobó a qué extremo se había torcido en el recorrido. Claro que saben nadar, pero no es lo mismo hacerlo en una piscina que en el mar, ni las condiciones son las mismas con la mar tranquila que encrespada. Y sobre todo, ahora, que en unos días desaparecerán de nuestras playas los vigilantes de nuestras vidas ¿en quién delegaremos la responsabilidad que solo nos compete a nosotros? ¿de verdad queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que tiene que ser el color de una bandera o un señor con una boya naranja quienes nos indiquen lo que solo el sentido común debería indicarnos? Si no lo hacemos por nosotros mismos sí deberíamos hacerlo por nuestros hijos. Si les damos la vida, démosles también, una guía para conducirse en ella. Y ya sabemos que copian antes las gilipolles que las bonitas palabras.

 

Entretanto, un ¡hurra! para esos chicos que anteponen su vocación de servicio, de ayuda a los demás, por encima de sus propias vidas.

 

 

 

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«Yo con mis arrugas, él con su frescura»
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Ana María Tomás | 02-09-2017 | 10:17| 0

La señora Brigitte Macron, primera dama de Francia, está de moda. Coloniza con su elegante y desenfadada presencia, entre otras, la portada del número de septiembre de la revista Elle. Los… “meritos” de ser una brillante profesora, una elegante y culta señora, una mujer que logra mantener el peso a raya… no son precisamente los que la han llevado a esa entrevista que se ha colado morbosa en las casas de los ciudadanos de su país, sino el hecho de ser una mujer veinticuatro años mayor que su marido, el que su marido fuese un alumno suyo que compartió clase con una de sus hijas, y el que “¡extraña e increíblemente!” su historia de amor se haya mantenido en el tiempo. Y yo me pregunto, si estuviéramos hablando de un señor, de los muchos, muchos, muchos que hay manteniendo relaciones con una chica veinticuatro años menor… ¿nos plantearíamos las mismas cosas? La respuesta es no. El señor mayor estaría estupendamente bien visto y pocos se plantearían que un hombre mayor no puede responder sexualmente como necesita una mujer joven, mientras que una mujer mayor que su pareja sí puede mantener cuantos encuentros sexuales aguante su chico. De todas formas, nada se le cuestionaría a él.  Es más, cuando es el hombre el aventajado en años, y más si el payo anda forrado, quien vuelve a estar en el candelero del asunto es la “lagartona” de ella. O sea, que por mucho que nos creamos que vamos consiguiendo logros… lo cierto es que la sociedad y nosotras, las propias mujeres, nos empeñamos en marcar diferencias, casi siempre “a favor” del hombre. Aunque, por otra parte, no le disculpemos que pueda gustarle, desear, y amar a quien, en opinión de más de una fémina, se considere… ¿extraña? Por el solo hecho de tener más años que él.

La primera dama en esa entrevista, cita al poeta Prévert y a sus versos para justificar que no podía dejar pasar de largo ese amor para ser dichosa, por mucho daño que esa situación pudiera hacerle a sus tres hijos.

No hace falta recurrir a Bittori, una de las protagonistas de la novela La patria, de F. Aramburu, para saber que suelen ser las propias madres de los chicos, “mujeres”, quienes se sorprendan, se alarmen o intenten alejar a sus retoños de relación tan “tóxica” como la mantenida  con una mujer mayor que él, a fin de cuenta son “mujeres de segunda mano, que se han bañado en muchas aguas”. Qué pueden ofrecerle, se preguntan. Yo creo que uno de mis poemas les responde: “Nada nuevo puedo ofrecerte./ Soy afinado instrumento…,/ explorado paisaje…,/ navegado océano…,/ escalada cumbre…,/ recorrido desierto…/ Nada nuevo puedo ofrecerte/ salvo…/ agitarte, incitarte, avivarte, morderte…/ inocularte la locura de mi amor germinado…/ horadar la geografía de tu cuerpo/ escrutando cada poro inexplorado…/ Y enseñarte, como nadie,/ a encenderte/ con el hábil fuego de mis manos.” No parece que sea poco ¿verdad? La señora Macron, para colmo, pudo enseñarle a  su adolescente marido literatura, poesía y el conocimiento de los clásicos, así que a qué cuento tanto revuelo porque ella acumule unos cuantos tacos de calendario más que él. Puede que sí, que haya momentos en los que se mire en el espejo y afirme asertivamente: “Yo con mis arrugas, él con frescura”, pero probablemente terminará añadiendo que cuántas mujeres más jóvenes y con menos arrugas se cambiarían por ella sin pestañear.

Si defendemos con tanta vehemencia que el amor no sabe de color de piel, de ideología, de clase social o de religión… ¿vamos a venir ahora con páginas y entrevistas morbosas solo porque la mujer, ¡la mujer! sea veinticuatro años mayor que su marido? Ya lo dice el bolero, “veinte años no es nada” y una pequeña propina de cuatro, menos. Y qué puede importarles que haya quienes no los comprendan, si ellos se explican cada día a besos las razones que realmente importan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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