La Verdad
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Autor: Ana María Tomás
La palabra
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Ana María Tomás | 07-02-2018 | 1:50| 0

No importan mercaderes, felones,

traidores o perjuros…

No importan ferias, zacatines o barracas,

tiendas, zocos, lonjas

o mítines políticos

donde intenten trapichear con la palabra.

Como el agua limpia y pura

que brota de las peñas

y busca su camino

brotará del poema, serena y transparente,

buscando su destino,

la Palabra.

 

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¿Humor…?
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Ana María Tomás | 03-02-2018 | 1:02| 0

Un tal… Chris Haslam ha publicado en el “The Times” un artículo sangrante describiendo a los españoles como “maleducados, sucios, groseros, gritones, vividores, impuntuales” y no sé cuántos calificativos negativos más. Así, a bote pronto, lo que primero que te sale es llamarlo h…, sin preposición ni paliativos, pero claro, como soy una señora bien educada no lo haré. Parece ser que el articulejo intenta, en clave de “humor” –que me explique qué entiende el payo este por humor– hacer una radiografía de nosotros, vamos, tocarnos las narices sin venir a cuento y sin anestesia. Y parece que ha tenido que cerrar su cuenta de Twitter por los piropos que le caían en tropel. Hay que ser “muuu” estúpido para meterse así con un país como el nuestro y con unos ciudadanos como nosotros, máximo cuando nuestro territorio patrio está sembrado de sus conciudadanos que solo vienen a emborracharse, armar una gresca insoportable y a lanzarse al vacío desde un balcón. ¿Acaso él pertenece a esos grupos? ¿Sería justo meter a todos los ingleses en el mismo saco? ¿Que las mujeres llevamos abanico? (otro de los insultos que nos dedicaba)… Pues igual que los ingleses llevan paraguas ¿Dónde está la gracia? Cada uno es hijo de su geografía, de su clima, de su cultura.

Nosotros somos alegres, educados, limpios, puntuales, disfrutamos de la familia, de los amigos, de una cerveza en buena compañía… tenemos la bendición de vivir en un clima maravilloso que nos imprime una luz y una alegría vivificadoras envidiadas por muchos países, entre ellos el suyo, y a la vista está. Y claro que tenemos contradicciones, pero nunca contraindicaciones. Ni todos los españoles son iguales de puntuales, de educados o de silenciosos, ni todos los ingleses son iguales de borrachos, desalmados, vándalos y ruidosos como los que toman tierra en Magaluf, en Palma, en Benidorm, etc., o que los sinvergüenzas que vienen aquí aleccionados de cómo han de mentir para estafar a los hoteles donde se alojen y que les salgan las vacaciones gratis. Claro que de esos tópicos suyos él, punto en boca. Es mucho más fácil ridiculizar, caricaturizar y zaherir a quienes envidiamos que reconocerles su valía.

Yo admiro la puntualidad británica, capaz de considerar una falta de respeto el retraso de unos simples minutos; la educación exagerada que lleva colgada siempre en la boca el sorry y el please; su capacidad inexpresiva de encajar grandes golpes como si nada; y hasta su ridículos y característicos calcetines bajo las sandalias… Y, por supuesto, su amor por nuestro suelo y nuestra forma de vida. Hay pueblos enteros desparramados por nuestra patria colonizados por ingleses que no piensan volver nunca más a su amada tierra porque, por encima de ese amor, está la felicidad que sienten con nuestra forma de vida, nuestro clima, y todos esos defectos que él señala. Entre otros, ser acogedores y recibir con un beso a quienes nos saludan.

Me sería muy cómodo ponerme a la altura de este… le diría mindundi, pero le voy a llamar… ¿señor? No, mejor individuo. Pero voy a abstenerme. Y no porque él no se merezca una respuesta en su propio idioma (a veces es el único que entienden), sino porque creo que no se lo merecen el resto de sus compatriotas que, con seguridad, se sentirán avergonzados de él. Venir, sin ton ni son, a buscarnos las cosquillas con tópicos ofensivos y malintencionados no es de recibo. Responde a una vieja –e ingrata– costumbre de algunos de ellos que se repite con cierta periodicidad. Así nos recompensan –los ingratos– la generosidad con la que los acogemos. Ahora bien, una cosa es educación y otra la indolencia de mirar para otro lado mientras nos ofenden. Buenos, sí; tontos, no.

Hace apenas unos días, Emily –una chica americana residente en Jumilla, mi ciudad amada– fue entrevistada por una cadena de radio. Confesaba que sus amigos le preguntaban cuándo iba a regresar a su país. Ella  respondía que no se había planteado el cuándo porque su pueblo, ¡su pueblo!, tenía un castillo precioso, un monasterio extraordinario y muchos, muchos amigos con los que tomar una cerveza al sol del mediodía. Después de eso he pensado: «Mira, por cada capullo, siempre hay una rosa». Y nunca mejor dicho.

Que una cosa es el humor inglés y otra que el payo este quiere quiera hacer pasar por chiste lo que no tiene ni chispa de gracia.

 

 

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Factura ya, por favor
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Ana María Tomás | 27-01-2018 | 1:09| 0

 

Hace unos días tuve la posibilidad de indignarme con la imagen de una pobre mujer con una fina bata hospitalaria, descalza, “desorientada, llorando y sola en mitad de noche y de la calle, a un grado bajo cero” que había sido expulsada sin contemplaciones de un hospital de Baltimore (EEUU) por no poder hacer frente al pago de su asistencia medica y, claro está, por no tener trabajo y por tanto un seguro médico que la cubriera.

Por si hay alguien que todavía no lo sabe, les diré que el país que alberga el llamado “sueño americano” capaz de lograr aquello que los más impensables sueños sean capaces de imaginar, no es capaz de dar una respuesta humanitaria a quienes estén sin blanca ante una enfermedad. “Supuestamente”, está prohibido echar a los enfermos, sin más, pero desgraciadamente es una práctica habitual hacerlo. Si tienen interés en esto pueden buscar la noticia en Internet y alucinar con la imagen de la pobre mujer expulsada del hospital como si fuera basura.

Hemos visto alguna película que trata de manera descarnada el tema y el drama que puede representar para unos padres no poder hacer frente económicamente a una operación vital para algún hijo, “John Q”, por ejemplo. Pero la cosa tiene …jones porque incluso en unas circunstancias tan traumáticas como una brutal violación es necesario aflojar la guita. Así que, cuando yo veo los hospitales nuestros con las urgencias a tope, con horas de espera para ser atendidos, los pasillos colapsados de camas, en lugar de poner el grito en el cielo por la falta de “medidas” -que ahora más tarde entraré en la cosa- a mí solo me entran ganas de dar gracias al cielo y a nuestro bendito Sistema Sanitario, por mucho que necesite de más dinero o de más espacio, o de más bolas de adivinación para profetizar cuántos van a coger la gripe este año, cuantos accidentes van a producirse, o a cuantos les da va a dar por sufrir un infarto a falta de alguna otra pupa más llamativa.

A ver, que por supuesto estoy de acuerdo en que faltan recursos, en que es necesario que los presupuestos sean a medida de tanta demanda, y en que muchas partidas destinadas a causas bastante… “innecesarias” deberían encauzarse hacia lo realmente urgente e inexcusable. Puede que a la Sanidad le ocurra lo mismo que, según amigo mío ocurre conmigo y con mis ganas de ayudar a los demás: dice él que si yo circulo por carretera con un vehículo algo cascado y veo a alguien tirado en mitad del camino por una avería… puedo recogerlo a él y a su equipaje,  pero si la cosa se repite unas cuantas veces más, llegará un momento en que ni yo ni mi coche, no solo no podremos ayudar a nadie, sino que terminaremos necesitando ayuda de otros. Quiero decir con esto que el colapso sanitario es sumamente comprensible puesto que todo “averiado” encuentra ayuda en él. Obviamente, todo es mejorable, no sólo lo económico sino la posibilidad de que el destino de los mejores facultativos pueda ser, por igual, un hospital provincial o uno comarcal. Cosa que evitaría chistecitos (que yo no comparto, quede claro, que luego se me “revolusssiiiona” el personal) del calibre: “A los hospitales comarcales les llaman “La Maestranza”, porque entras a pie y sales a hombros”, aunque, chistes al margen, en todos sitios cuecen habas: un reciente estudio publicado en la British Medical Journal, reveló que los errores médicos en los hospitales se han convertido en la tercera causa de muerte de Estados Unidos. La medicina no es una ciencia exacta, pero vaya tela.

El Ayuntamiento de Palma ha tenido la brillante idea de atajar el vandalismo que se ejerce sobre el mobiliario urbano colocando el precio que todos pagamos sobre los diferentes objetos, un banco: trescientos euros;  una farola: setecientos; una papelera: setenta; un árbol: doscientos cincuenta… etc. Intentan con esa medida concienciar a los vándalos del coste de su fechoría. No sé si lograrán su objetivo o harán que esos desalmados disfruten más conociendo el alcance de su destrozo, pero estoy segura de que sí van a conseguir cabrear mucho más a los conciudadanos que reprobaran de manera más enérgica esas actitudes.

Y de igual manera, utilizando el móvil o el correo electrónico, si se quiere evitar papel, se debería enviar a cada enfermo que pasamos por un hospital o un centro de salud la factura que ocasionamos. Probablemente, cuando tuviéramos en nuestras manos las cantidades desorbitadas que nos hemos librado de pagar, tal vez, cambiaríamos el sentimiento de crítica, y de queja por haber estado horas en los pasillos o meses en lista de espera, por uno de gratitud, de inmensa gratitud y de valoración por la suerte que tenemos.

 

 

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El enemigo no descansa
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Ana María Tomás | 20-01-2018 | 12:40| 0

 

Me hizo mucha gracia la frase “El enemigo no descansa” que se adjuntaba junto a la foto de un inmenso roscón de reyes apenas amaneciéndonos el primero de año y aún con el atracón de gambas y polvorones de la noche anterior. Reenvié el WhatsApp a algunas amigas de las que, estaba segura, andaban ya con la neura de ponerse a dieta. Pero es que, pensándolo fríamente, es cierto que el enemigo no descansa y como, además, se nos ha metido, cual caballo de Troya, en nuestro propio territorio…, vencerlo es más que imposible. Y no hablamos ya de las tentaciones o ataques gastronómicos, que también, sino de aquellos que van directos a nuestro bolsillo, a nuestra mente y a nuestro idioma. Como no estamos en noviembre y ya hemos incorporado de tal manera a nuestra jerga y a nuestra mente el dichoso “jalogüín” de los cajones -con o- paso de ponerles a pensar en cómo semejante esperpento ha vencido a nuestra más rancia tradición “tenoria” y a nuestro sobrio respeto a los muertos. Paso también de centrarme en el “Blasfriday” y en el virus consumista que inocula nada más ponerte a pensar en la palabreja y en el bombardeo de anuncios y de “ofertacas” que dejaríamos perder por no comprar ese viernecito. Pero, la verdad, metidos en harina, no puedo dejar pasar el nuevo ataque que ya va introduciéndose con vaselina como la cosa más normal del mundo. Me estoy refiriendo a la denominación que recibe el lunes de esta semana o tercer lunes de enero: “Blue Monday” -y seguimos con los “palicos a la marrana” castigando nuestro riquísimo idioma- , vamos, “blumonday” o el lunes más triste del año ¡Tócate las narices! Al parecer esto es relativamente nuevo, vamos, de 2005, y se inventó para que una vez que nos diéramos cuenta de que ya está claro que no vamos a cumplir los propósitos que nos hicimos apenas unos días atrás, unido a la comprobación de todo lo que nos hemos gastado tontamente y de que estamos en plena cuesta de enero… ¡allá va la parida! nos pongamos tan tristes que necesitemos seguir comprando ¡¿Mande?! Pero si eso sólo se le puede ocurrir a algún descerebrado ¿Verdad? Pues no. Miren, no. Que resulta que los descerebrados somos todos los que como borreguicos dejamos que nos impongan un estado de ánimo. ¿Se han parado a pensar lo peligroso que es eso? Probablemente no. Y, sin embargo, son ya muchos los que se dejan arrastrar por ese sentimiento de superflua tristeza y, claro está, por los descuentos y la publicidad del “siga comprando”.

 

El pasado lunes los hospitales se llenaron de ingresos por urgencia de personas con gripe, infartos, accidentes… etc. Pero también sus puertas se llenaron de personas que salían felices tras un alta por un cáncer, un accidente, un infarto… y la mejor de todas las altas: las que se llevan un bebé en brazos.

 

Lo mejor de todo es que para denominar ese “aciago” lunes de tristeza lo han bautizado con el color azul. Hay que ser un poquito tontos, al menos para exportarlo. Seguramente no han escuchado la famosa canción de Raphael que dice que gris está la cosa cuando no se puede estar con la persona amada y que todo se vuelve azul con su

presencia (“Gris, gris, mi amor es gris, cuando me encuentro lejos de ti. (…) Mi amor se vuelve azul, cuando en tus brazos puedo soñar”). Claro que parece ser que para los ingleses estar azul es estar triste, si fuera el color gris, como la inmensa mayoría de sus días, sería como para volverse locos de abatimiento.

 

Yo no sé cómo no hacemos campaña para que todos los lunes, que según dicen los expertos, es un día un poco cuesta arriba tras disfrutar de las bondades del fin de semana, decía, para que todos los lunes sean los lunes verdes. Imaginen lo que sería comenzar los lunes enviando y recibiendo chistes verdes, sonriendo en el autobús o en los atascos, desentonando con los que sigan pensando en los “blusmondais”. Levantarse cantando la canción de Serrat de “Hoy puede ser un gran día” y lo mejor de todo: creérselo e ir por la vida imponiendo el estado de ánimo que nos dé la real gana de tener en lugar de alargarnos la cara porque alguien ha decidido que tenemos que estar triste porque toca, porque es el tercer lunes de enero y porque lo dicen ellos. Tantas perras como invierten los clubes de fútbol en jugadores… y entre todos no logramos un portero que nos pare algún gol de los muchos que nos están metiendo, “manda huevos”…

 

 

 

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“Alataquelll”
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Ana María Tomás | 13-01-2018 | 12:32| 0

Creo que todos reconocemos el famoso grito de guerra del humorista “Chiquito de la Calzada”. Cuando decía “Al ataquel” ya sabíamos el chiste, el gritito de “joll” o los minipasitos que venían después. Vamos, que nunca atacaba a traición, sino que avisaba. Ya se sabe que “quien avisa no es traidor”, todo lo contrario de lo que ocurre con algunos diseñadores o estilistas que andan agazapados para que, en el momento más inesperado ¡zasca!, nos lancen sus paridas y nos pillen tan a pie cambiado y con las defensas de la personalidad tan hechas mixtos que, una tras otra, caemos en sus redes maquiavélicas colgando o experimentando sobre nuestro cuerpo la última “creación”, muchas veces misógina, del capullo de turno. Terminamos el año con la moda en alza de raparnos la cabeza a las mujeres, cual ganado en tiempo de “rapa das bestas”. Y esto no es algo que se consigue así porque sí. El cabello para las mujeres tiene un significado inconmensurablemente mayor que una muestra de coquetería o seducción; el pelo, durante siglos ha albergado, en numerosas culturas -todo hay que decirlo- la esencia de la feminidad. El pelo no es una cuestión baladí. Otra cosa es que las propias mujeres quieran romper determinados estereotipos y se lo corten de manera drástica, o se afeiten la cabeza porque sí. Me viene a la mente la imagen de la seductora Sharon Stone y su cambio de la media melena que lucía en “Instinto Básico” al corte a lo chico que lució en “CatWoman”. Pero una cosa es la libertad de elección sin venir a cuento corrientes del momento, y otra que nos vengan apretando con la moda a lo calabaza que lucen algunas estrellas como Natalie Portman, Charlize Theron, Kristen Stewart… o Demi Moore, y sin necesidad de hacerlo por el guión.

 

Y no se crean que el “enemigo” descansa, nada más comenzar el año ya tenemos la siguiente gilipollez a seguir si quieres mostrar al mundo que eres lo más “cul” de lo “cul” -aclaración para la gente normal: escrito cool y que viene a ser guay-. Se trata de que las grandes firmas de moda, muchas, variadas y carísimas que no me da la real gana de recordar para no hacerles publicidad gratuita, han decidido reproducir en piel las bolsas de plástico, rafia, yute, algodón o malla, de los supermercados de a pie, las tiendas de muebles para armar en casa, las que llevan las pobres porteadoras que cargan cada día de Ceuta a Marruecos kilos y kilos de mercancía, las que se usan en algunos países como Tailandia para llevar la ropa a la lavandería, o las que arrastran algunos vagabundos con sus pocas pertenencias. Eso sí, en materiales nobles, léase piel de vaca, y costando dos mil euros o mil doscientos cuando la original solo vale dos. Sí, sí… ustedes pueden abrir mucho los ojos o pensar que les estoy tomando el pelo, pero les aseguro que es rigurosamente cierto.

 

Lo peor de todo es que nos da por pensar que somos cada vez más libres. ¡Imaginen…!, el año que se acaba de marchar lo ha hecho con el sello de “Los rompedores del silencio”, pero luego… contradicciones del ser humano, nos ponemos de negro en la fiesta de los “Globos de Oro” para protestar por esos abusos callados y consentidos, pero sin renunciar al lujo desmedido, a la fiesta y al Möet et Chandon (creo que es un champán caríiisimo), algo así como no comer carne de pollo en cuaresma y meterte una mariscada del copetín entre pecho y espalda. A ver, que no es que me parezca mal que se pongan de negro, pero creo que hay cosas frente a las cuales se debería mostrar lo que se considerase un rechazo contundente y rotundo. Algo así como lo que ha hecho Anna Muzychuk, la joven ucraniana campeona mundial de ajedrez que se ha negado a viajar hasta Arabia Saudí y competir allí por las condiciones que imponen a las mujeres.

 

Y, entretanto, seguiremos siendo atacadas desde diferentes flancos (¿han visto el chiste donde se dibuja un pie normal y uno según los diseñadores de zapatos de puntita fina donde se supone que el dedo gordo y más largo está justo en la mitad?) pero pocas veces podremos repeler el ataque o defendernos de él porque, al contrario de lo que hacía “Chiquito de la Calzada”, los diseñadores no avisan. Y aunque nuestro refranero nos diga que eso es un ataque a traición… y lo sepamos, con eso nos quedamos.

 

 

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