La Verdad

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Eso de que al rey la hacienda y la vida…

Nuestro magistral Pedro Crespo, Alcalde de Zalamea, personaje de Calderón de la Barca, apuntaba que “Al rey la hacienda y la vida se ha de dar,/ pero el honor es patrimonio del alma,/ y el alma solo es de Dios…” Lo que pasa es que esto de la “Hacienda” se nos ha ido de las manos por mucho que nos vengan calentando la oreja con que “Hacienda somos todos”, imagino que querrán decir unos para dar y otros para tomar porque, a ver, partiendo del punto de que ya toca mucho las narices tener que comulgar la rueda de molino de la frasecita, Hacienda es muy pero que muy injusta y ni siquiera me voy a meter con hechos que todos sabemos y que ya están muy explotados, pero qué me dicen del siguiente planteamiento: ¿podría alguien entender que dos personas, con el mismo resultado de ingresos, una tuviera que pagar casi ochocientos euros mientras que la otra no tuviera que pagar nada, es más, que incluso le salga la declaración a devolver? ¿A que no? Pero si, además, añadimos que la que tiene que pagar ha estado tres veces más puteada que la que no tiene que pagar… es ya el acabose. Pues lo es. Para quienes estén verdes en el asunto les cuento por encima: si uno de sus chavales ha tenido que batirse el cobre en  diferentes trabajos temporales, soportando, como buenamente ha podido a un jefe tras otro, adaptándose a unas condiciones en las que, nada más pillarle el tranquillo, lo han puesto de patitas en la calle… pongamos… en tres trabajos distintos, para obtener al cabo del año menos de veintidós mil euros ¡agárrense los machos! están obligados a declarar su hacienda y su vida, pero si su hermano gemelo ha tenido la infinita suerte de venir a ganar lo mismo pero con un mismo trabajo, con un mismo jefe, en el mismo sitio, sin tener que andar aperreado buscándose la vida de trabajo en trabajo… ¡Ahhhh! Entonces no hace falta hacer declaración a no ser que sea amorosa ¡Manda huevos! Sí, ya sé, ya sé que la vida no es justa, que una de las primeras cosas que se aprende en cualesquiera de las terapias para la depresión es que hay que desterrar el pensamiento de “no es justo, no es justo”, por supuesto que la vida, en numerosas ocasiones no es justa, pero es lo que hay y como tal hay que aceptarlo, pero, oigan, que Hacienda no es la Vida, aunque nos la chupe. Pero fíjense, yo pienso que tenerle que pagar una importante cantidad es algo maravilloso, porque es sinónimo de que se ha tenido un buen trabajo e importantes ingresos, “declarados”, por supuesto, además uno puede sentir más suyo el bienestar que aportan las pensiones, la sanidad, la educación, la seguridad ciudadana… por ejemplo. Si yo no estoy en contra de dar la hacienda, ya la vida… habría que hablarlo más despacio, pero, desde luego, en lo tocante al honor estoy totalmente con D. Pedro Crespo. Y no me digan que no toca el honor, la moral y hasta los ovarios la injusticia citada: a más puteado en el trabajo y en la vida (porque ya me explicarán si no lo es tener que ir peregrinando de puesto en puesto), máaaaas puteado por Hacienda. Sencillamente, no puedo entender que ocurra eso. Igual estas líneas sirven para hacerles reflexionar a los gurús de las finanzas o, en última instancia, que alguien me lo explique de forma que yo pueda entenderlo, vamos, yo y el resto de criaturas que, sin un puto euro en sus bolsillos, tienen que enfrentarse al pago de casi mil euros después de haberse dejado parte de la salud buscándose las habichuelas de trabajo en trabajo.

Hace poco leí por internet que “el mundo sería más bonito si los mosquitos chuparan grasa, no sangre”, pero después de enterarme del desafuero de Hacienda… los mosquitos no tienen nada que hacer. ¡Ay! mi querido D. Pedro Crespo, el alma será de Dios, pero mejor no preguntar cuántos la venderían al diablo por escaquearse inmunes de dar la parte de la vida que se va con la “Hacienda”.

 

 

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Soy de…

 

No sé si ustedes se acuerdan de aquella canción del gran Alberto Cortez que decía: “No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad…” como letra de una canción es preciosa, pero la realidad es bien distinta, nosotros, todos, somos de algo y de alguien. Necesitamos serlo. Tenemos sentido de pertenencia que nos identifica, nos sitúa y nos permite sentirnos orgullosos, a veces orgullosísimos de según qué clanes, equipos o lugares.

 

La victoria de Macron, como Presidente de Francia, tranquiliza a quienes se sienten parte de la Unión Europea. Una de las fotos que recoge su victoria es sencillamente entrañable y significativa para expresar ese sentimiento de pertenencia a. En ella se ve a Emmanuel Macron alzando un brazo que expresa claramente su victoria y su orgullo de sentirse presidente de su patria, pero el otro brazo termina fuertemente entrelazado a la mano de su esposa que, además, ella besa con ternura y, por supuesto, orgullosa de pertenecer al clan que, de alguna manera, ha llevado a Macron a ser Presidente.

 

Hablamos con una propiedad pasmosa no ya de “mi” familia, sino de “mi” calle, “mi” playa, “mi” equipo, “mi” marido… casi “na”. Pertenencia es la relación que tiene una cosa con quien tiene derecho a ella y si ni los hijos nos pertenecen, según el poeta J. Rudyard Kipling, vayan haciéndose una idea de la propiedad que podemos tener sobre un equipo de fútbol o una determinada ciudad. La de conflictos que se hubieran evitado a lo largo de los siglos si se hubiese tenido el pensamiento de la canción de Cortez.

 

Sin embargo ahí tenemos los independentismos exacerbados, los hinchas extremistas, las religiones radicales, las familias mafiosas, las parejas patológicas y los lobos esteparios… todos ellos en tocata y fuga de algo que no sea pertenencia y dominio exclusivo sobre el terruño, la victoria de los suyos, el triunfo sobre los otros, el control sobre la yunta o la búsqueda de la manada. Y es posible que, para algunas mentes, semejante concepto pueda resultar primario, pero también lo es el instinto de supervivencia y eso es lo que nos ha permitido en numerosas ocasiones llegar hasta aquí. Y, en no menos ocasiones, cumplir objetivos y conseguir grandes logros. A veces, lo que no se es capaz de hacer por uno mismo, no dudamos en hacerlo por aquello o aquellos a los que sentimos que pertenecemos.

 

Es verdad que hay causas que justifican determinadas actuaciones, pero manda huevos que el dichoso sentido de pertenencia nos haga cometer gilipolleces como escribir una transcripción fonética de “El Principito” “en andalú”, agárrense los machos: “Una beh, kuando yo tenía zeih záñiyoh, bi un dibuho mahnífiko” ¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues sí, por increíble que parezca, tan… peculiar traducción ha sido promovida por el Sindicato andaluz de Trabajadores con el ánimo de reivindicar, está claro, lo suyo, o sea, su sentido de pertenencia a tan singular tierra y habla.

 

Sobra decir que aquello de lo que nos sentimos orgullosos de formar parte no tiene, ni por asomo, que ser lo mejor comparado con otro, pero es lo nuestro, lo que nos identifica y con lo que nos sentimos identificados, de lo que sentimos orgullo y, por tanto, nos produce seguridad y autoestima. Quizá por eso me producen más pena que rabia los vándalos que se dedican a tirar bicicletas públicas al río, a destrozar mobiliario urbano o a dejar sus huellas “atilanas” allá por donde pisan, porque ni tienen autoestima ni orgullo ni sentido de pertenencia a nada. Está claro que alguien que sabe cuál es su lugar y sus cosas las cuida y reconoce el servicio que obtiene de ellas, no solamente él, sino aquellos otros con los que comparte ese mismo sentimiento.

 

La identidad se nos forma sabiendo de donde somos y, aunque es genial abrazar el mundo sabiéndose parte de él sin fronteras, no deja de tener su sentido de pertenencia a la raza humana. Y a mí, con tanta incertidumbre en el país vecino, saber que ha logrado el triunfo “mi” Macron me llena de “odgullo y zhatidfacción”.

 

 

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Desmitificando

Suelo aprovechar cualquier ocasión, por pequeña que sea, para realizar tareas inexcusables -como hacer la compra- o lúdicas -como ir al cine- acompañada por alguno de mis hijos. La casualidad hace que la mayoría de las veces me encuentre con una encantadora señora entrada en años, viuda y sin hijos que pasea a un pequeño perrito. No hay vez que nos crucemos que no tenga para nosotros unas palabras amables, elogiosas y a la vez teñidas de una triste pelusa al comparar su situación y la mía. Yo -casi me siento culpable al considerarme tan afortunada- intento restar importancia y afirmo que no siempre tener hijos es sinónimo de felicidad, lo cual es verdad, y me escurro los sesos en buscar ejemplos de padres que ambas conocemos cuya desgracia es, precisamente, el hecho de tener unos vástagos que los llevan por la calle de la amargura. Después nos despedimos cordialmente, seguras de volver a reproducir la conversación en el próximo encuentro. La señora, tal vez un poco harta de que yo, tan feliz como se me ve con mis hijos, no le dé la razón a sus tristes argumentos, la última vez que nos vimos en similares circunstancias optó por decirme que ese día paseaba sola porque su perrito se había quedado durmiendo en su camita, y que mirándolo dormir tan plácidamente se le había encogido el corazón al pensar que ella no había podido sentir nunca “eso” que tienen que sentir las madres cuando ven dormir a sus hijos en la cuna. Touché. Sin embargo, en mi afán conmiserativo hacia ella, me levanté rápidamente al igual que un tentetieso para rebatirle que no todo es verlos dormir, que hay criaturas, pero también criaturos que acaban con la salud física y mental de las madres, que no duermen ni cargadas hasta el culo de somnífero pediátrico ¡si lo sabré yo! Y que, desde el momento de quedarse embarazada, toda la vida de la mujer gira en torno al bebé, como si dejase de pertenecerle a ella: cuidado con el alcohol, el azúcar, las grasas, los medicamentos, el deporte, los golpes o roces en la barriga, y ahora hasta con el jamón ¡Por Dios! (con los antojos de jamón que me metí yo entre pecho y espalda), vamos, cualquier cosa que pueda afectar al crío. Y no hablemos ya de lo que ocurre después del nacimiento.

 

No es que yo esté empeñada en amargar a la buena señora, sino todo lo contrario, me parece adorable y sólo intento desmitificar la sublimación a la que ha llevado el hecho de ser madre, entre otras cosas, precisamente, por no serlo. Mi pretensión no es otra que hacerle ver unas ventajas que ella tiene que nunca tendrán otras mujeres: ella es libre y dueña de su corazón, cosa que jamás es una madre. Además, los hijos son regalos que da la vida, joyas, pero no siempre es oro todo lo que reluce. Ella está tan obcecada, tan dolorida con esa ausencia, que está ciega para poder ver cualesquiera otros regalos que la vida le haya proporcionado. Me entran ganas de decirle que ser madre no es siempre parir, que hay hijos que se gestan dentro del corazón y no debajo de él, que la maternidad es tanto de cuerpo como de alma y que ella podría ser una maravillosa madre si, en lugar de quejarse de su suerte, dejara florecer el amor maternal de su corazón.

 

Sabiamente la lengua francesa nombra la figura de la abuela como la “gran madre” y no todas las abuelas responden al estereotipo, aunque, bien es verdad, hay otras que se pasan tres pueblos en seguir siendo más que madres, grandes madres para sus hijos y los hijos de éstos.

 

Reconozco que, dada mi experiencia tanto a nivel de hija (mi madre es generosidad, entrega, perfume, refugio, caricia, seguridad, amor incondicional y constante) como de madre (mis hijos son la mejor y más hermosa de las bendiciones) debería darle la razón a la buena mujer, aunque la hundiera en sus lamentaciones, y aceptar que soy más afortunada que ella. Pero no es menos cierto que hay hijos por ahí que van a las casas de putas no a buscar relaciones sexuales, sino a ver a sus madres, y que ni la más puta de ellas querría tenerlos ni de visita.

O sea…, vamos, que todo es relativo.

 

 

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Herencias chungas

Tranquilos. Hoy no pienso torturarles con un tema tan difícil de digerir como los impuestos de sucesiones o, dicho de otra manera, la pasta que hay que apoquinar para poder acceder a lo poco o mucho que nos hayan podido dejar nuestros predecesores. No. Hoy les vengo a hablar de otra herencia mucho más sutil y que va más allá de las famosas frases de “tiene los ojos del padre” o “ha sacado la nariz de la abuela” o la expresión que hará historia salida de la boca de Marichalar, yernísimo del rey emérito, cuando nació su hijo: “El pobre es igual que la madre” ¡La madre que lo parió! Si mi marido dice eso nada más nacer mi hijo… es lo último que dice, vamos, lo último que le oigo porque lo largo con viento fresco, que nadie vaya a pensar que me decanto por otra cosa. Como les decía, hay otra herencia más etérea que funciona como un relojico y de la que vengo estudiando sus orígenes, causas y efectos desde hace algunos años, pero de la que jamás me hubiese atrevido a hablarles a ustedes a no ser porque, al parecer, ya está emergiendo del reducido reducto de quienes podíamos estar considerados más p´allá que p´acá por prestar atención a cosa tan inasible. Sin ir más lejos, la semana pasada, en la revista Mujerhoy, B. Navazo escribía un atrevido artículo sobre la psicogenealogía o psicología establecida en las relaciones entre los miembros que configuraban un mismo árbol genealógico como forma de entender algunas enfermedades, algunos casos extremos de muertes repetidas en la misma familia como una especie de pacto de fidelidad incluso a quienes no se han conocido jamás y, lo que es más importante, como una forma de curación de lo que no nos pertenece y que, por no tomar conciencia de ello, pasaríamos como molesta mochila a nuestros hijos. Y esto es, quizá, lo que más podría o debería importarnos.

 

Dice el refrán que “en todos sitios cuecen habas”, pocos terminamos asumiendo que “en la mía calderadas” cuando se trata de reconocer algo poco agradable referido a nuestra familia, es verdad que “la sangre es más espesa que el agua” y que las familias tratan de ocultar las vergüenzas propias ante ojos ajenos, pero cuando ciertas cosas se convierten en un secreto no dicho que, incluso olvidado en la noche de los tiempos, sigue condicionando de manera enfermiza a herederos que no logran entender determinadas reacciones que ejecutan ellos mismos… entonces es, como poco, preocupante y, desde luego, digno de tener en cuenta.

 

Repetimos como algo lógico: “mi abuela era diabética, mi madre también y ahora me lo han sacado a mí, vaya herencia, porque probablemente mi hija también lo será”, sin embargo, es posible detener ese legado generacional, por supuesto hablamos de quienes crean en las técnicas basadas en la lectura del genosociograma que reconstruye la historia del árbol genealógico y puede llevar a descubrir que, tal vez, la abuela tuvo una carencia infinita de dulzura en su vida y generó esa enfermedad, pero ese programa era únicamente de ella y no podemos aceptarlo nosotros por mucha solidaridad que sintamos hacia el sufrimiento de abandono interiorizado en la familia. O no podemos dejar de parir un hijo sólo porque nuestra abuela murió en el parto, y antes lo hizo su abuela y la información que quedó en el árbol generacional fue que para preservar la vida de las mujeres había que evitar parir y, si para ello, tenías que fracasar en una relación tras otra no importaba. Sí, es verdad, puede parecer de locos, pero lo cierto es que la Biodescodificación, la Etioterapia, la Epigenética… etc. son técnicas que están actuando como herramientas eficaces a la hora de comprender, sobre todo, determinados comportamientos enfermizos o que nos conducen a la enfermedad y, por tanto, ayudando a sanarnos.

 

Siempre ha estado claro, aun desconociendo todas estas historias de herencias perversas o sanaciones pactadas en nuestro árbol genealógico, que en las familias ha existido un acuerdo tácito de mantenerse fieles a unos determinados parámetros que el tiempo diluyó pero que quedaron en el subconsciente colectivo de esa familia. Si eso no nos condiciona y nos permite ejercer nuestro libre albedrío… nada que objetar, pero si un sufrimiento intenso de uno de nuestros antepasados nos limita hasta enfermarnos y una determinada técnica nos ayuda a sanar… pues qué quieren que les diga. Es posible que haya muchos escépticos al respeto y más detractores si cabe, pero cuando aprieta el zapato… ¿qué se puede perder cuando se tiene todo perdido? Además, siempre resulta muy agradable descubrir parcelas ignoradas de quienes nos precedieron. Pruébenlo. Y ya me cuentan.

 

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La Elección



Me acabo de enterar de que una de mis mejores amigas se separa de su marido. Me lo ha dicho ella misma con un llanto que no podía controlar. “Nunca me gustó esa tipa” me dijo. La “tipa” en cuestión es la mujer, bueno, “era” la mujer de uno de los compañero de trabajo del menda. Y es curioso cómo esas primeras impresiones viscerales de las que nadie nos libramos apelan a lo más primitivo del ser humano para ahorrarnos disgustos. Claro, que yo le podría haber dicho que quien nunca me gustó a mí fue su marido. A fin de cuentas ha sido él quien ha hecho la elección. Imagino que la situación que viví es fácilmente reconocible por cualquiera de ustedes en amigos, hermanos, hijos, pareja… Ya nada es lo que era. Los “para siempre” han quedado reducidos a “para poco”; los “nunca te olvidaré” han cambiado a “si te he visto no me acuerdo”; y la entrega del corazón…, por aquello de los trasplantes, ha quedado sin vigencia alguna. En resumen, que este mundo loco y cambiante también ha afectado a la calidad de las flechas de Cupido volviéndolas biodegradables y caducas.

Lo que se ha conocido como “la familia de toda la vida” se diluye, se bifurca, se reajusta a unos tiempos en donde la unión la sostiene, no ya el amor o, al menos, no éste solamente, sino la capacidad de felicidad y de bienestar, físico y psicológico, que proporcione la pareja. Exégesis: cuando el capullo o la soplagaitas con quien se conviva convierta la relación… pues no sé…, desde infumable a insufrible, pasando, obviamente por aburrida o problemática ¿quién no tiene problemas con la convivencia?, pues nada ¡hasta luego, Lucas!

Claro, que no siempre tiene que ser el otro quien mude, recuerden aquello de que jamás nos bañaremos dos veces en el mismo río. Todos evolucionamos, cambiamos (una veces para mejor y otras ni les cuento) y, en ese cambio, viajan los sentimientos. Cuando una relación se rompe, no significa que no haya sido el amor verdadero de nuestra vida… tanta pasión, tantos momentos maravillosos, intensos, felices, inolvidables… Siempre es el amor eterno el que une aunque sea breve esa unión, porque, como dice Sabina, “hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno”. No es cierto que el único amor verdadero sea el que no acaba, lo único cierto es que, a veces, en un inconsciente desafío al tiempo, entran en esa turbulencia viajera y cambiante los dos miembros de la pareja y, cuando el disturbio pasa, vuelven a encontrarse renovados, fortalecidos, deseosos o colmados de una ternura reposada, pero eligiéndose el uno al otro de nuevo una vez más.

Lo peor que puede ocurrir es que alguien nos saque de su vida cuando nosotros jamás podremos sacarlo de nuestro corazón. A mi amiga se le ha venido el mundo encima, aparcó su vida y sus aspiraciones para acompañar a su marido en sus variados destinos laborales y dedicó su tiempo a él y a sus hijos. Me dijo que lo que menos le preocupaba era su futuro laboral, pero sí la tiene muy angustiada el de sus hijos. Sus “vísceras” vuelven a mandarle mensajes de alerta de que van a tener que renunciar a muchas cosas porque el papá les pasará la pensión estipulada y ni una propina más. Pero eso para ella es, al menos en estos momentos, secundario. Lo que más le importa es haber perdido a su hombre, al amor de su vida.

Evidentemente, el amor es un tren cargado de diversos y complicados vagones, aunque lo importante, en cualquier caso, es conseguir viajar en él y ser consciente de que cada día es una estación en la que, en cualquier momento, uno de los miembros de la pareja puede apearse. Y saber, por mucho que jorobe al que siga en el tren, que siempre puede haber alguien que espere en la estación al que baja. De ahí que lo difícil, cuando se rompe el amor, no es recoger los cristales sino no cortarse al hacerlo. Mi desconsolada amiga me decía que su marido le había roto el corazón pero que, aun hecho pedazos, esos pedazos seguían amándolo. Sí, les doy permiso para que piensen que es un poco gili. Yo también lo hice.

La vida… Unas veces se gana, otras se aprende, pero siempre es necesario arriesgarse, saltar al vacío, sentir que se vive y dejarse penetrar por flechas o flechurrias caducas, porque, casi siempre, antes de desintegrarse, han sido capaces de hacer arder el alma y el cuerpo en la eternidad de un breve fragmento de tiempo.

 

 

 

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Murcianos, no marcianos

Vaya por delante que creo en el amor a primera vista, a vista media y a la larga vista. O sea, que creo en el amor por muchos palicos que le pongan a sus ruedas. Por otra parte, una de mis aficiones favoritas consiste en observar a los seres humanos, aunque con ello sólo termine pensando, como Byron, que, cuanto más les conozco, más quiero a mi perro. Intento decir con esto que reúno todos los ingredientes para permanecer atrapada en uno de esos programas cobayas en donde quedan al descubierto las capacidades y las miserias de los concursantes, el último: “Casados a primera vista”. Durante semanas he querido darle una oportunidad tras otra a un chaval murciano que debe tener diarrea mental porque habla y la caga. Pero, oigan, nada de nada, casi estoy por decirles que ha ido a peor. El tema no sería tan sangrante si no metiera a Murcia en cada una de sus cagaditas. En todos sitios cuecen habas, lo sé, y que levante la mano la ciudad, pueblo o capital que no tenga entre sus entretelas a un mostrenco, pero de ahí a que los avergüence públicamente va un gran trecho. Yo entiendo, disculpo y defiendo a quienes por su edad o su situación económica, o político social como ocurrió con nuestros padres o abuelos, no pudieron atesorar conocimientos culturales, pero que un chaval de veintipocos años confunda la  “acrópolis” griega con un parque acuático y que diga que Atenas está llena de escombros y de piedras viejas… es ya, para empezar, “pa” cortarse las venas o inflarlo a guantazos. Pero que siga acumulando puntos como para que le saquen, no ya tarjeta roja, sino directamente un cohete que lo ponga fuera de órbita es otra cosa. El payo, que presumió de musculitos hasta que su recién estrenada esposa quiso que le demostrara que le servían para algo más que para hacerle un bailecito que calentara el ambiente y después si te he visto no me acuerdo, se arrugó en cuento vio que ella no sólo le correspondía sino que se le adelantaba. Pero…,  vaaale, que yo en cuestiones sexuales no me meto, que cada uno tiene su ritmo y sus necesidades, aunque viendo el programa y lo chuchurridos que andan los muchachos -salvo el andaluz- siento mucha pena de las zagalas que están en edad de merecer. ¡Dremiadelamorhermoso! si a nuestros abuelos le ponen en la cama a uno de los monumentos de mujer que durante semanas han despreciado los “desanchados” maridos concursantes… Pero, insisto, nada que objetar en cuanto a sus artes o predisposiciones amatorias, ¿pero a las culturales…? Y tocando a nuestra Murcia… Vamos, por ahí sí que no. En el alma se me clavaron los comentarios en las redes sociales de media España descojonándose de los murcianos como si la criatura fuera el heraldo nuestro. Así que, cuando pasada la primera vergüenza referida a Grecia, tuvo a bien dejar caer que en Murcia los gays estaban por ahí sueltos (“como los perros” apostilló uno) y que es más complicado encontrarlos (refiriéndose al barrio de Chueca y a los amigos de su mujer) para seguir con un “A mí que no me toquen” o terminar afirmando que en Murcia hacemos las cosas así o asado para justificar que no sabe cocinar o que regatea en las cajas de los supermercados… Sí. Como lo oyen: regatea en todos sitios donde compra. Es que se me descolgaba la boca y se me salían los ojos. No obstante, pensaba que ya lo había visto todo de la criatura y no terminaba de entender que Samantha, su chica, continuara apostando por esa relación, no tanto por su demostrada ausencia de una mínima cultura general, puesto que ella tampoco sabía mucho de qué iba la cosa, sino por su manifiesta falta de elemental educación con ella. Pero al pensar que ya no podía sorprenderme me equivoqué del todo. Fue venirse para Murcia a presentar a su mujer a su familia y entender muchas cosas. Me sorprendió que los padres tuvieran una mentalidad infinitamente más abierta que sus hijos y me descolocó que sus hermanas, mantuvieran que aquí en “Murcia es normal que las mujeres lo hagamos todo en casa” y que aunque ella trabajaba fuera luego se encargaba de todo y su hermano no “tenía” por qué hacer nada en casa ¿¡Mande!? El resto de comentarios descalificadores a su cuñada mejor los dejamos para el olvido. Sólo por sus palabras queda justificado que se siga celebrando el Día Internacional de la Mujer.

¿Por qué no podría haber ido al concurso el murciano Jorge Martínez, número uno del Mir de este año? Claro, que… también hubiera sido injusto para él que nos metieran a todos en su mismo saco.

 

 

 

 

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