La Verdad

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Por ellos

 

Casi todo a la vez, me entero de que una individua -cuya cara no puede ser más reflejo de lo primitivo de su alma-, dueña de una falsa protectora de animales y que exterminó, de forma masiva e injustificada, a cientos de perros y gatos solo por seguir teniendo espacio en sus instalaciones para poder continuar recibiendo nuevos animales y cobrando por ello -obviamente, dinero que utilizaba para gastos personales-. Lo peor de todo es que los mataba utilizando poca cantidad de producto eutanásico, por aquello de economizar, lo hacía, además, sin sedación previa, y por vía intramuscular y no venosa, lo que causaba una larguísima y dolorosa agonía a nuestros hermanos perros y gatos.

Por otra parte, en contraposición, me entero también de que una bibliotecaria de la universidad romana de La Sapienza ha logrado la baja de dos días para poder acompañar y cuidar a su mascota a la que tenían que operar. Lo ha hecho basándose en un artículo del Código Penal italiano que castiga hasta con un año de cárcel o una multa de 10.000 euros a quienes abandonen a un animal y le produzcan un gran sufrimiento. Lista, y amorosa, ella.

Pero, además, el profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Santiago de Compostela y activista del movimiento animalista en España, Óscar Horta, acaba de presentar en nuestra ciudad el libro titulado “Un paso adelante en defensa de los animales”. En donde, además de recoger algunas anécdotas realizadas por animales, promueve un trato amoroso y respetuoso con “ellos”, los “seres sintientes” a los que se trata, la mayor parte de las veces como “cosas” y no como seres vivos que sienten dolor y a los que hacemos sufrir de manera terrible hacinándolos en granjas o a la hora de darles muerte, sobre todo, si dan con sádicos como los tipos de la granja porcina de El Escobar, en Fuente Álamo (Murcia), quienes golpeaban a las cerdas en la cabeza con barras de hierro, o les abrían con cuchillos el abdomen estando vivas para sacarles a los lechones y dejarlas morir desangradas.

Algo se está moviendo. Sí. Por fortuna para nuestros hermanos “sintientes”, cada vez más germina en los corazones humanos la semilla de amor fraterno que el santo Francisco de Asís plantara considerando a todas las criaturas animadas o inanimadas como hermanos.

Estamos consiguiendo pequeños logros con respecto a los derechos de las mascotas: ver, por ejemplo, a esa paya de la supuesta “protectora” de Málaga en chirona durante tres años y nueve meses, que espero que cumpla hasta el último día… aunque por esperar… espero que el día de su muerte se den algunas circunstancias que le hagan recordar lo que es el dolor y todo el que ella provocó en tanto ser inocente, vulnerable e indefenso. Decía que es reconfortante ver que en cuestión de animalicos de compañía hemos conseguido, por fin, un poco de justicia legislativa. Pero todavía queda mucho, mucho por hacer, mucho por concienciar, mucho por destapar –o ¿acaso lo de Fuente Álamo es solo una excepción?-, mucho por desterrar -tanto toro torturado, embolado, lanceado…-, mucho por normalizar.

Con toda seguridad, la baja laboral para cuidar a un “miembro de la familia” si este es peludo y con cuatro patas, como ha sido el caso de la bibliotecaria romana, sentará precedente. Un maravillo precedente que nos hará más humanos, más “franciscanos” y más grandes como nación. En palabras de Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera en que se trata a sus animales”. Y, según eso, hay que reconocer que todavía somos muy pequeños. Se me eriza el vello al pensar en la campaña de regalos de Navidad, en donde los cachorrillos son mercadeados como peluches de los que se desprenden, en cualquier lugar, en cuanto se les va la risa de las primeras cacas en las alfombras. También sirven de poco las llamadas de atención a la dureza de corazón de algunos cazadores: quieren a sus perros al máximo de condiciones o ahorcados en cualquier pino.

Así que me alegro. Me alegro profundamente de que cada vez haya más voces disidentes sobre lo que la “pauta” habitual entiende como norma referida a “ellos”. No habrá normalización posible mientras no estén en la cárcel todos aquellos que cometan delitos con los animales, sea de la manera que sea. Hay monstruos a los que no se les puede pedir que amen a los animales, pero sí que los respeten. O que se atengan a las consecuencias. Hay que hacerlo. Por “ellos”.

 

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Yo, mi, me, conmigo

¡Manda “güevos”! Es lo primero que se me ocurrió cuando descubrí que la nueva moda se llama “Sologamia” y que consiste, nada más, y nada menos, que en casarse con uno mismo.

 

A ver, que a mí me parece genial lo de organizar una fiestuqui con tarta y una figurita que me represente a mí solita coronando el merengue, me encanta estar rodeada de invitados, es decir, familia y amigos que celebren cualesquiera cosa que yo festeje y, sobre todo, proclamar a los cuatro vientos lo mismo que dice la susodicha novia “Antes que nada, debemos amarnos a nosotras mismas”. Vamos, que sí, que a todo eso me apunto, que nada que objetar, sino todo lo contrario. Pero una cosa es eso, que ya sé que nos hace falta recordarlo todos los días ante el espejo, y otra bien distinta la gilipollez de montar un pollo boderil, (que no vodevil, al menos este tendría gracia) para decir que me caso con mí, me, conmigo, vamos, con los pronombres personales.

 

Que sí, que ya sé que ciertas tontunas nos vienen muy bien a las mujeres que siempre andamos faltas de amor por nosotras mismas y sobradas en entrega, generosidad y cuidados para los demás -en muchas ocasiones todos los que nos negamos a nostras mismas-; que desde pequeñicas nos enseñan y nos hacen ver que nuestras preferencias no son tan importantes como las de ellos, que una buena madre es la que se sacrifica siempre por los suyos, y… además, sin quejarse nunca; que nuestras necesidades han de ir por detrás de “sus” caprichos, a fin de cuentas, nosotras somos tan apañadas que con cualquier cosilla tiramos para adelante, mientras que ellos… Vamos, que sí, que no voy a negar que cualquiera se apunta feliz al guateque. Pero que no por mucho madrugar amanece más temprano. Que lo que necesitamos son más actitudes de amor y respeto hacia nosotras mismas y menos rituales que, en realidad, no hacen que nos queramos más.

 

Hace unos días saltó la noticia de que en una discoteca, de Alcazar de San Juan, el “animador” anunció que se regalaban camisetas a las chicas que se quitasen la que llevaban. Y parece ser que tuvo tanto éxito la propuesta que tuvo que frenar la cosa porque más de una se quitó hasta el sujetador. Sé que me pueden decir que no pasa nada, que justo el feminismo lo que defiende es que cada una haga lo que le dé la real gana. Pero, claro, luego sale la alcaldesa del lugar y dice que tomarán medidas porque no se puede cosificar a la mujer ¡¿Mande?! Una de las muchas entrevistadas que dieron su opinión sobre la promoción de la discoteca aseveró rotunda que ella “Jamás haría una cosa así. Porque yo me respeto y tengo dignidad”. Nadie puso una pistola a nadie para que se desnudara y exhibiera, para regocijo de los payos presentes, puede que fuera un acto de libertad, de cosificación a la mujer, o puede que se trate de una auténtica falta de respeto hacia una misma. Cada uno puede verlo como le parezca, yo tengo claro que actos así, por mucho que “procuren” una… imaginada libertad, lo que, en realidad están haciendo es un daño terrible a nuestro amor propio. De qué sirve que luego se monte cualquier historia para expresar públicamente que nos amamos y que declaramos que nos comprometemos con nosotras mismas porque mejor sola que mal acompañada, si luego vamos y la cagamos por una porquería de camiseta. Vamos, entiendaseme, que ni por un puñado de diamantes. Cuando se le pone precio la dignidad y al amor, sea propio o ajeno… qué quieren que les diga.

 

Si queremos hacer algún tipo de alianza con nosotras mismas comencemos por reconocer, como decía Virginia Satir en su “Declaración de autoestima”: “Yo soy yo y estoy bien”. Utilicemos el MI para sentir: mi corazón, mi esperanza, mi miedo me hacen ser la persona que soy, la persona que se acepta y por tanto se ama tal cual es. Conmigo mis errores como aprendizaje para lograr los triunfos y no como reconocidos fracasos. Y, sobre todo el Me. Me amo, me acepto, me perdono, me respeto.

 

Saber y reconocer, finalmente, lo que valemos y no permitir que, como joyas que somos, nos tase un mercader en lugar de un joyero, porque cuando no sabemos lo que valemos, muy probablemente, terminemos con quienes tampoco lo sepan.

 

Y festejar, cada día, nuestra valía con cuantas fiestas queramos en lugar de celebrar majaderos casorios. Como decía Wilde: “Amarse a sí mismo es el comienzo de una aventura que dura toda la vida” y para eso solo es preciso amor. Del propio.

 

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Grandes Hombres

En la ya pequeña habitación del hospital, dividida, además, por el leve muro de una escueta cortina blanca que la separa en dos mitades para repartirla entre dos enfermos, en una de sus partes un hombre agonizaba. Junto a él, apiñados, contraviniendo cualquier orden de lógica, higiene o aforo, decenas de manos de hijas, nietos y yernos disputaban turnos para aferrarse a las doloridas manos llenas de vías de sueros, besarle las descoloridas mejillas, acariciarle el ralo pelo, pasarle una gasa mojada por los labios, otra con un poco de suero fisiológico por los ojos, limpiarle el frío sudor de la frente y susurrarle abonico pero con toda el alma el amor sentido por él. Unos y otros se pisaban la voz recordando su tremenda generosidad con ellos, con los vecinos, con los desconocidos. Comentaban su exquisita educación y consideración al pedir perdón a las enfermeras por molestarlas con su dolor, al darles las gracias por sus “torturas”. Jamás una palabra altisonante, un mal gesto con nadie. Encontrando siempre una palabra de disculpa para los errores o las malas acciones de los demás. Siempre entregado a propios y ajenos, con una capacidad de servicio infinita. Ilusionado eternamente por las cosas más nimias que le hacían parecer un eterno niño: «Mira qué nido en aquel árbol» o «Fíjate en los colores tan bonicos de esos peces». Era el yayo por antonomasia, abuelo no solo de sus nietos, sino de los amigos de todos sus nietos y de todos los vecinos a quienes les tenía ganado el corazón. Era el padre más cariñoso y generoso del mundo, siempre dispuesto a quitar trabajo a sus hijas, a llevarlas o traerlas en su coche para que ellas no anduvieran buscado aparcamiento. «Yo voy… yo recojo… yo llevo», colgaban de continuo de su boca. Cuidando invariablemente de todos y evitando molestar aun a costa de sí mismo, aguantando –¡ya es aguantar!– durante horas un dolor de infarto por no importunar en mitad de la noche. Y si como padre era el mejor, como persona se salía. No se le conoce un enemigo o alguien que, a pesar de su avanzada edad, no lamente su valiosa pérdida.

Y así, entre tanto amor, tanta caricia, tanto beso, aunque eso no pudiera evitarle sufrimiento, se marchó mi padre, como lo hacen los grandes hombres; los hombres buenos, desconocidos, los que no tendrán monumentos, ni calles a su nombre, salvo en los corazones de los suyos; los que no han realizado una única gran hazaña porque sus vidas se han resumido en realizarlas a pequeña escala cada día de manera anónima. Los hombres grandes que cambian el mundo porque a su paso no dejan tras de sí solo una estela de bondad, sino personas con valores que puedan mejorar el mundo y hacerlo cada vez más habitable. Esos son también y por derecho Grandes Hombres. Y aunque jamás los recojan los libros de historia, sí lo hará el libro de la Vida.

Puede parecer que todo sigue igual pero no es verdad. Las parras que plantó esperarán en vano su mano salvadora en tiempo de poda, y el agua que le demos a beber ya no irá acompañada de la caricia de sus dedos. Y su caja de herramientas –capaces ellas, junto a sus hábiles manos, de arreglar hasta el más complicado de los desperfectos– extrañará su mirada escrutadora eligiendo con cuidado cuál de ellas sería la idónea para el estrago. Y su sillón nos expulsará de su halda porque conserva memorizados el molde exacto de su encorvada espalda y la huella perfecta de sus brazos y piernas. Y se negará a aceptar otra presencia, pues nadie en el mundo podría sustituirlo en nada, ni siquiera en un sillón.

Y mi madre, acostada en el hueco de la cama que dejó su bien amado, abrazada a la almohada de su compañero de siempre seguirá musitando las mismas palabras que durante tantos años le posó en el oído. Esas expresadas por los mejores boleros del mundo, sin más música que la de la percusión de su alma: «Toda una vida te estaría cuidando, te estaría mimando… porque nuestro amor es tan grande, tan grande, que nunca termina. Y esta vida es tan corta y no basta para nuestro amor…».

Mientras que a nosotras, sus hijas, a quienes no nos quedó un «tequiero» o un «gracias» que decirle, sí nos queda el inmenso desconsuelo de sabernos huérfanas de padre, el único hombre que nos ha amado siempre y que jamás nos traicionaría por nada del mundo. Pero nos queda, también, la enorme riqueza y el orgullo de sabernos hijas de un buen padre y de un gran hombre.

 

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Mi cuentahuesos

La llamábamos la chacha Catalina. En mi pueblo, Jumilla, y en mi infancia, a los tíos se les solía llamar “chaches”, palabra que ha degenerado actualmente para referirse a alguien con aspecto viejuno o de apariencia cansada. La chacha Catalina vivía con nosotros, al igual que su sobrina, mi abuela. Era la hermana de la madre de mi abuela materna. Murió con ciento tres años cuando yo contaba nueve. No tenía pensión económica alguna, ni hijos, ni otra familia que no fuéramos nosotros, o sea, que de no haberse responsabilizado mis padres de ella hubiera tenido que terminar sus días en lo que era común hace casi medio siglo, en un asilo. Pero, que no se llamen a engaño los más jóvenes, un asilo de entonces nada tenía que ver con la idea que hoy puede tenerse de una residencia para mayores. Yo hice el “Servicio Social”, una especie de mili femenina, en uno de ellos. Había un ala para los hombres y otra para las mujeres. En ellas dormían aquellos a los que les quedaba algún sueño, y quienes hacía mucho que sólo tenían insomnio, que solían ser la mayoría, olvidados de los suyos y del mundo. Siendo un lugar tan triste, como siguen siendo muchas de las mejores residencias actuales, era lo mejor que podían tener para finalizar sus vidas quienes nada tenían ya. Sin embargo, eso era una posibilidad jamás considerada en casa. Las limitaciones del hogar contrastaban con la inmensa riqueza de tenernos los unos a los otros.

Nunca escuché a mis padres reñirnos a mi hermana o a mí por tratar sin respeto a las personas mayores o por maltratarlos de alguna forma. Aunque no era mérito nuestro, simplemente imitábamos la forma de tratarlas ellos. Mi padre le gastaba bromas a la chacha Catalina porque no había forma de que se terminara el trozo de pan de las comidas, siempre dejaba un rosigón que se lo comía en la siguiente. Ese era, según ella, el secreto de su larga vida: al Señor no le gustaba que se dejara pan, con el hambre que había en el mundo, así que le permitía seguir viva para que se lo comiera más tarde, pero ella, conocedora del secreto, volvía a dejar otro trozo de pan para la próxima comida. La recuerdo como si la estuviera viendo ahora mismo. Con empaque, sabia, demasiado culta para su época, recitaba a Campoamor como nadie; me contaba historias maravillosas mientras me obligaba a ponerme de rodillas en el suelo volcada en su halda para contarme las costillas. “Demasiadas salen, tienes que comer más, me decía mi cuentahuesos.

Han pasado un montón de años desde que se fue y todavía la echo de menos y manoseo con amor sus gafas de cristales redondos y apenas unos alambres para sujetarlas en las orejas, y una diminuta bolsa de Judas en la que guardaba las pesetas que mi padre le daba y que eran su tesoro para suministrármelas a mí y con las que yo compraba “puromoro”.

Los niños y los ancianos siempre se han llevado bien. Unos tienen la aljaba vacía y los otros repleta y dispuesta para el trasvase. Sin embargo, hace años que algo viene fallando en esa hermosa relación, es como si el puente que los uniera estuviera defectuoso y de peligroso paso. Obviamente, el puente son los adultos que olvidaron la ilusión y la inocencia de su niñez y que todavía no han alcanzado la madurez para comprender cómo se camina con esos torcidos y titubeantes zapatos. Los adultos como puentes… casi nada. Adultos atrapados en un montón de obligaciones, haciéndose cada vez más egoístas, más distantes…, huraños a las necesidades de sus mayores, siempre y cuando no necesiten de ellos para salvarles de algún problema económico, y ni siquiera en esos momentos tienen, muchas veces, la ternura, la capacidad de ponerse en la piel de ellos.

Mi chachica Catalina era muy refranera; yo entonces no entendía mucho, pero el tiempo me ha regalado entenderlo todo. Ella decía que era de “bien nacidos ser agradecidos”, así que, cuando las noticias vomitan los maltratos de hijos a sus padres y, sobre todo, cuando esos agravios se producen de manera reiterada y tan preocupante que hasta nuestros políticos han que tomar cartas en el asunto y editar Guías para concienciarnos de que muchos de los actos que les infligimos a nuestros mayores y que consideramos “normales” no son sino un maltrato puro y duro… pienso que ella pensaría que esta sociedad se nos está llenando de malnacidos.

Imagino que ella tendría en estos momentos el proverbio exacto que nos definiría. A mí sólo se me ocurre decir que si el corazón necesita una guía que no sea la del amor… “mala burra hemos comprado”.

 

 

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Abismos

Se conocieron en un crucero para singles. Almas todas solitarias de pareja. Algunas por elección propia, otras por imposición. Algunas, felices de haberse sacudido de su vida, por fin, al capullo o a la insufrible de turno; otras, angustiadas por haber perdido el amor de su vida, dolidas por la traición de la infidelidad o el zarpazo de la muerte. Algunas, con la vida llena, bien estructurada, completada además con hijos o nietos, buen trabajo… sin más aspiraciones que muchas ganas de divertirse y de conocer gente; otras, desencantadas de tantas decepciones, de trabajo precario en otro peor, pero con la esperanza de que su vida dé un vuelco y alguien las contrate reconociéndoles su valía y la fortuna les permita –al mismo tiempo– conocer, por fin, a su alma gemela. El crucero, como la vida misma, heterogéneo donde los haya.

A pesar de estar de vacaciones, ella buscaba refugio cada mañana, tras el abundante y variado desayuno en el buffet libre. Lo hallaba en un apartado lugar en una de las cubiertas. ¿Para qué? Para escribir algo en un cuaderno, como si tuviese la obligación de hacerlo, y meterle el ojo a un libro ¡de papel! Él la observaba a cierta distancia. Claro que había hablado con ella en varias ocasiones. Le gustó desde el primer momento que le dijo: «Hola, soy Mara». De eso se trataba en ese tipo de viajes: de hablar, de intercambiar impresiones, de ver si se encaja con los gustos o la personalidad de alguien y, desde luego, de olvidar redes sociales y nuevas tecnologías para entrar de lleno en el olvidado trato cuerpo a cuerpo. Pero lo cierto es que albergaba dudas de que ella lo recordara a él de la misma forma que le ocurría a él. Alguna vez, a la hora de comer, intentó sentarse junto a ella, pero había algo que lo detenía, se la veía con una clase de la que él se sabía carente de ella, y se la escuchaba hablando con palabras que él deducía por el contexto pero que no sabía realmente su significado.

Una de las noches, en el estipulado “baile años 80”, la fortuna quiso unirlos a través de sus disfraces. Él había elegido el de Tony Manero, protagonista de la película Fiebre de sábado noche y ella, a su vez, llevaba justo el de su compañera de baile Stephanie Mangano. Ambos sonrieron al verse tan complementados y de inmediato hicieron pareja durante toda la noche. Él, ducho en academias de bailes de salón, y bastante más grandote que ella, la abrazaba, volteaba, la hacía girar en enredos de brazos impensables y ella, sorprendida y envanecida, se dejaba llevar feliz. Como en las mejores películas, la noche terminó con una larga conversación sobre el tortuoso proceso de separación de ella, la confesión sobre su sensación de abandono, de desvalimiento, su deseo de volver a confiar en los hombres, en el amor… Y la confidencia de él sobre su dura infancia, huérfano de madre, la rudeza de su trabajo como agricultor desde los once años, la soledad de las noches en el campo, de su desconocimiento del amor… Y luego, como un largo puente que uniera un hipotético abismo que los separara, un apasionado beso a la puerta del camarote de ella.

Los días posteriores en el crucero fueron como un idílico viaje de novios. Se buscaban ilusionados entre el resto de personas que desaparecían por completo cuando ellos se juntaban. Excursiones juntos, cenas juntos, caricias, gestos de enamorados… Ella acariciaba los callos en las manos de él y pasaba el dorso de su mano por la tostada piel de su cara engrosada por los elementos y él la mimaba como a una flor de invernadero.

Podrían verse sin dificultad alguna. Sus residencias respectivas apenas distaban unos pocos kilómetros. Unas veces viajaría él; otras, ella. Se hicieron fotos, intercambiaron sus números telefónicos y proyectaron en unas horas toda una vida en común.

«No me estarás diciendo en serio que piensas salir con este tío, ¿verdad?» «¿No te va a dar vergüenza presentarlo al claustro de compañeros de universidad?», fue lo más suave que le estamparon algunas de sus amigas la tarde que se los presentó. Claro que ella podría haber dicho ‘sí’ a la primera pregunta y ‘no’ a la segunda. Pero las miradas de sus amigas iban destejiendo a una velocidad de vértigo todos los proyectos que habían hilado juntos en un crucero sin prejuicios.

“Hay barcos preparados que pueden cruzar casi cualquier océano, pero es peligroso intentar navegarlos con una colchoneta hinchable”, fue lo que él se dijo cuando días después ella lo llamó para hablarle de abismos infranqueables.

 

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“Porque quiero”

Aviso: los fans de Bisbal que se abstengan de leer este artículo. No tengo ganas de que algún… a ver cómo lo digo… Lo haré en palabras de mi pueblo, de que algún bausán me demande como ya le ocurrió a un amigo mío, profesor, que por poner para analizar sintácticamente la frase «Bustamante canta mejor que Bisbal» hubo de aguantar que una madre le dijera que había traumatizado a su nena y que era un profesor nefasto. ¡Manda huevos! Bueno, pues avisados están.

Y ahora, a lo que iba. Comparar a ciertos humanos con animales como, pongamos, cerdos o zorras solo porque sus actos sean marranos o raposos no es justo. A mí no me lo parece, y no por los humanos, precisamente, sino por los animales. Es injusto. Los animales se comportan según su condición, que, en muchas ocasiones suele ser mejor que la de los humanos, mientras que estos últimos en infinidad de ocasiones hacen gala de su poca humanidad. No se precisa ir muy lejos para comparar la lealtad de un perro con la de más de una pareja en donde esta última sale bastante perjudicada. Y hablando de lealtades y de maneras de comportarse: hace un par de días, Chenoa, por fin, habló de lo sucedido con su relación con el “Ricitos”. A ver… no es que España viviera en un ay sin saber que pasó, pero ocurre algo muy interesante: esta pareja es una pareja tipo, vamos, como uno de esos patrones que los modistos utilizan para sacar tropecientos modelitos. Pues lo mismo.

Chenoa y Bisbal, para quien no lo recuerde, son dos triunfitos de aquella famosa “Operación Triunfo” en la cual unos jóvenes exhibían sus mejores dotes de canto en una televisiva academia. Allí se enamoraron y de allí salieron a comerse el mundo y a devorarse mutuamente, amorosamente hablando. Ella aseguraba que él era su vida, que lo amaba más que a ella misma y que no le importaba dejar aparcada su carrera profesional por seguirlo a él allá donde fuera. Creo que muchos de nosotros recordaremos la imagen de una Chenoa hundida, llorosa, desencajada, enfundada en un chándal, a la puerta de su casa confesando que se había enterado de su propia ruptura por la televisión, a través de una rueda de prensa que el mindundi dio desde algún lugar de Latinoamérica asegurando que estaba libre y que se iba a “mayami”. Ella no añadió nada más. Y él menos. Pero lo decía todo el rostro de una mujer abandonada por un…, iba a decir un hombre, pero creo que la palabra “hombre” alberga una grandeza que este individuo no tiene, plantada a través de una rueda de prensa, sin que ese tipo tuviera la hombría de ponerse delante de ella y confesarle que se había enamorado de otra, que sentía que las cosas hubieran sucedido así, que le agradecía los momentos vividos, que siempre estaría en su corazón por el amor recibido de ella… o, simplemente, para revelarle que se iba para siempre, recoger sus cosas y marcharse lo más dignamente que una situación así demanda.

Muchas mujeres nos posicionamos con su dolor, sobre todo las que conocemos de cerca a algún que otro cobarde que, como dije antes, se conduce de idéntica forma, y no le importa celebrar la comida de Navidad con toda la familia, se larga a comprar vino y en unas horas le hace saber a la novia, a la mujer, a la compañera de vida que sadesenamorao. Y hasta luego, Lucas, sin tener los cojones de dar la cara y asumir la situación. Como decía, nos posicionamos sin saber mucho más de aquella ruptura. Pero hete aquí que “lo que no se sabe hoy con dinero, mañana se sabe de balde” y durante doce años las posicionantas no entendíamos cómo ella no había pasado página y olvidado a un gilipollas semejante. Cuantas relaciones intentaba, tantas relaciones que fracasaban. Pero hace un par de días nos sorprendió presentando un libro autobiográfico titulado “Defectos perfectos”. En el cual pone los puntos sobre las íes y nos explica la mezquindad a la hora de cortar: «que se iba a tomar un tiempo». Lo siguiente: cambió de número de móvil nada más darle le espalda e hizo pública su relación con Elena Tablada escasas semanas después. De postre le pidió a su hermana que le enviara un mensaje a Chenoa con una exigencia: que le embalara sus cosas y que tuviera especialmente cuidado con sus premios. No les digo dónde estarían de haber sido yo.

Chenoa concluye así: «Nunca quieras a alguien más que a ti misma». Qué pena que lo descubriera tan tarde.

Y cuando le han preguntado que «ahora ¿por qué?», ha respondido rotunda: «Porque quiero».

 

 

 

 

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