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	<title>Escribir es vivirEscribir es vivir</title>
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	<description>El blog de Ana María Tomás</description>
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		<title>Cuestiones a resolver</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Nov 2019 23:26:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; Conocí a Víctor Küppers a través de un muy querido amigo, y confieso que caí rendida ante sus aplastantes reflexiones. No es que antes no hubiera escuchado cientos de planteamientos similares, harta de ello estaba, pero quizá me encandiló su capacidad de transformar en papilla un solomillo filosófico, o me pilló en un momento [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Conocí a Víctor Küppers a través de un muy querido amigo, y confieso que caí rendida ante sus aplastantes reflexiones. No es que antes no hubiera escuchado cientos de planteamientos similares, harta de ello estaba, pero quizá me encandiló su capacidad de transformar en papilla un solomillo filosófico, o me pilló en un momento especial, o porque su teoría coincide absolutamente con mi pensamiento positivo, vaya usted a saber, pero me gustó su personal manera de hincarle el diente a los quejicas irredentos.</p>
<p>Para quienes no lo conozcan, les diré que es un holandés afincado en España, profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona y cuyo lema es una frase de Teresa de Calcuta: “Que nadie llegue  jamás a ti sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz”.</p>
<p>Y claro que todos sabemos, hasta la saciedad, aquello de “Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse?. Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse?”. Pero este señor vuelve a la teoría de uno de mis filósofos favoritos, también Víktor como él, pero este Frankl y austriaco.</p>
<p>Küppers habla del poder de la actitud; de personas que van como bombillas encendidas a todo gas, o fundidas.  De circunstancias a resolver en lugar de problemas, cuando, efectivamente, son circunstancias y no dramas en donde es imposible pedirle a alguien que sonría o que intente solucionar de la mejor manera posible el tema. Y también afirma que “nunca, nunca, nunca”, podemos elegir o devolver las cartas que Dios nos repartió, pero que siempre podemos jugarlas de una u otra manera y aquí es donde llegamos al punto que tanto insistió en los campos de concentración nazi V. Frankl: al poder de la actitud, a la última de las libertades del ser humano.</p>
<p>Pero ninguno de los dos habla de dos problemas fundamentales… bueno, no sé si llamarlo así o “cuestiones a resolver”. Es lo que en algunas técnicas psicológicas se conoce como “Ganancias secundarias” o “Creencias limitantes”. Y son tan interesantes que no me resisto a compartirlas con ustedes por si les sirve de alguna manera.</p>
<p>Imaginen a una mujer de más de sesenta años que ha dedicado su vida a su hogar y a su familia, sin otras aficiones que cocinar para los suyos y cuidarlos. Los hijos se han marchado del hogar, la visitan en festividades únicamente y el marido pasa bastante de todo. Pero le viene un problema de salud y todos vuelven de nuevo a estar pendientes de ella. Probablemente, a esa abnegada madre le produce, emocionalmente, más satisfacción seguir enferma que sanarse (y, por favor, entiendaseme que hablamos de dolencias sin cierta importancia, pero que, desgraciadamente, pueden perfectamente cronificarse ante la “ganancia secundaria” que proporciona la atención de los suyos, y no digo que lo haga de manera consciente, todo lo contrario, sino del inmenso poder del subconsciente).</p>
<p>En cuanto a las “creencias limitantes”, seguramente nadie le dijo al británico Alex Lewis, que tras perder las piernas, los brazos, parte de la nariz y toda la boca, su vida se reduciría a una serie de inconvenientes, probablemente, porque todos pensaron que él solo se daría cuenta de que ya nunca más podría volver a hacer nada de lo que había hecho hasta ese momento. Alex Lewis contrajo el “síndrome del shock tóxico estreptocópico A&#8221;, que conduce a la septicemia (envenenamiento de la sangre), y para poder sobrevivir quedó absolutamente mutilado, pero donde todos veían un tullido, él se veía un agraciado y agradecido de poder seguir con vida. Se obsesionó con volver a besar a su hijo y, con un injerto extraído de su hombro, los médicos lograron reconstruirle algo parecido a una boca.</p>
<p>Y porque él nunca tuvo ninguna  creencia limitante se prestó a laboratorios para que ensayaran con él diferentes artilugios que añadir a sus extremidades biónicas y desde la silla de ruedas logró realizar hazañas que jamás antes se hubiera planteado: ha alcanzado a gatas las cimas más altas de Etiopía, salta en paracaídas, desciende haciendo rafting en ríos agitados, sortea remando en kayak los icebergs de la costa de Groenlandia y nada en Sudáfrica rodeado de tiburones blancos.</p>
<p>Ser optimista es más difícil que ser pesimista, para esto solo tienes que dejarte arrastrar por las malas rachas de la vida que solo acaban cuando te mueres. Y es verdad que nunca podemos devolver las cartas que el destino nos reparte, pero siempre, siempre, siempre podemos elegir cómo jugarlas, incluso podemos hacerle trampas a la vida, sacarnos un as de la manga (aunque sea biónica) y con una sonrisa decir como Alex Lewis: “Esta enfermedad me salvó la vida”.</p>
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		<title>Les desdeo</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Nov 2019 11:52:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[A estas alturas de mi vida, me importa poco discutir sobre quién fue antes si el huevo o la gallina. Digamos que me importa la gallina. Y me importa el huevo. Y lo mismo pasa con las leyes, con quienes se encargan de elaborarlas y con aquellos que las ejecutan. Es decir, me importa todo. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A estas alturas de mi vida, me importa poco discutir sobre quién fue antes si el huevo o la gallina. Digamos que me importa la gallina. Y me importa el huevo. Y lo mismo pasa con las leyes, con quienes se encargan de elaborarlas y con aquellos que las ejecutan. Es decir, me importa todo. Sobre todo porque no son pocas las veces en las que las leyes no sirven para hacer justicia. Cada vez me siento más temerosa a tener que recurrir algún día a ellas. Todo me parece que se confabula para resultar un lavado de manos “pilatoresco” en donde todos los implicados de llevar la justicia, que no la venganza, hasta el corazón de quienes la buscan, la necesitan y confían en ella, se van de rositas.</p>
<p>Es posible, vamos, no es una posibilidad, es que es cierto como la luz del día, que un juez con el código penal en la mano, en ocasiones no pueda hacer otra cosa más que impartir injusticia, pero ¿hasta cuándo? Como dijera Cicerón: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra”. “¿Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia?&#8221; ¿Hasta cuándo el ciudadano seguirá permitiendo que la maquinaria de la justicia vaya por detrás de los vagones de los delitos?</p>
<p>¿Que a qué cuento viene esta soflama sobre la no justicia? Pues a cuento de la polémica resolución que ha dictado la Audiencia de Barcelona contra la “nueva” manada declarando que el delito cometido es de abuso y no es de agresión solo porque la criatura de catorce años estaba bebida e inconsciente y, claro, los seis machotes hijos de Satanás no tuvieron que utilizar ningún tipo de violencia. Pero aún hay más, absuelve a otro séptimo que había sido juzgado por delito de “omisión de socorro”, porque qué iba a hacer él contra seis… estaba indefenso. Pero la joven de catorce años no estaba indefensa. Y, como no pronunció la palabra “no”, pudieron pasársela como una mercancía en una orquestada violación múltiple, terrible, dolorosa, traumática, sórdida y cruel.</p>
<p>Yo no soy juez, ni tampoco conozco las penas de prisión que merecerían semejantes bastardos, pero estoy absolutamente convencida de que lo que le hicieron a esa niña no fue un mero abuso, sino una violación. Máxime cuando después se ha sabido que la amenazaron con una pistola.</p>
<p>Entiendo que no siempre se puede hacer lo que se debe en temas judiciales, pero esa sentencia, y hablo en nombre de miles de personas que piensan lo mismo, responde a una aplicación de la ley más subjetiva y hasta machista que a la reparación que la víctima precisa en un caso así.</p>
<p>Bryan Andrés, el individuo que apartó a la chica hasta el lugar de los hechos, el que la violó primero e incitó y repartió los turnos de quince minutos con el resto del grupo, el que, según testificó la joven, le puso una pistola para que le hiciera una felación a la vez que a Maikel Pascual, ese, o sea, el tal Bryan, acudió a la Audiencia de Barcelona de la mano de una chica. La foto no explicaba si era su hermana o su novia aunque, por cómo iban de la mano, podría decirse que era su pareja. Desde luego alguien incapaz de ponerse en la piel de la chica a la que el canalla que llevaba de la mano le había destrozado la vida para siempre.</p>
<p>No puedo entenderlo. No logro entender qué extraño poder o sentimiento puede pasar por la mente de unos tiparracos semejantes, pero mucho menos puedo entender que otra mujer, sea hermana, novia o madre… puedan darle un mínimo de apoyo moral después de lo que han hecho.</p>
<p>Y puede que sea un escándalo o un disparate lo que les voy a decir pero, si piensan que lo es, salgan a la calle y hablen con la gente, con las chicas, con sus padres, con sus novios, pero sobre todo con las víctimas de violaciones y verán entonces como no es tan disparatado lo que digo. Yo les digo que les deseo a toda esa gentuza que les hagan lo mismo, que sientan sobre ellos lo que el tribunal admite como “Extremadamente intenso y especialmente denigrante”. Y también se lo deseo a todos aquellos que suministran, que no administran, unas leyes que poco o nada tienen que ver con la justicia. Y, por supuesto que no estoy hablando de venganza sino de aquello que decía Sócrates: “Cada uno de nosotros solo será justo en la medida en que haga lo que le corresponde”. Y creo que les corresponde entender en sus carnes la justicia de sus acciones.</p>
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		<title>Vida después de la muerte</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Nov 2019 08:41:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[“¿Tú crees que hay una vida mejor después de la muerte?” le pregunta una mujer a su amiga, a lo que ésta le responde: “Depende de la muerte de quien”. Esto que parece un chiste, y que sin duda lo es, en realidad encierra una verdad del tamaño del desierto del Sahara. Por mucho que [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“¿Tú crees que hay una vida mejor después de la muerte?” le pregunta una mujer a su amiga, a lo que ésta le responde: “Depende de la muerte de quien”. Esto que parece un chiste, y que sin duda lo es, en realidad encierra una verdad del tamaño del desierto del Sahara. Por mucho que algunos creamos que, efectivamente, después de la muerte hay una vida mejor. O “pedor si eres malo”, según decía una querida tía mía.</p>
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<p>Desde que el Señor consideró que necesitaba por allá arriba al mejor fotógrafo y llamó a mi padre para que fuera decorando el cielo con fotos de sus puestas de sol favoritas, yo suelo visitar el cementerio con cierta asiduidad. Me siento frente a su tumba, a la que procuro mantener limpia, cuidada, con flores frescas…, y en silencio le hablo. No porque crea que él está allí, sino porque estoy segura de que sigue vivo en mi corazón y mis palabras, quizá, sean más para mí que para él.</p>
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<p>Unos pocos días después de su muerte, casi por casualidad, vi la película de dibujos animados “Coco”, y me impactó mucho más de lo que imaginan. Para quienes no la conozcan, y sin jorobarles la historia, les diré simplemente que trata de un niño mexicano y del día de Todos los Santos, y ya saben ustedes la importancia del culto a la muerte por aquellos lares. En la película había algo que siempre estará asociado a mi padre: que solo mueren de verdad aquellos que son olvidados. Mi padre sentía una tristeza inexplicable cuando visitaba el cementerio y recorría algunas tumbas llenas de telarañas, de suciedad y de olvido, mucho más visibles si estaban entre otras cubiertas de flores y velones. Siempre me decía: “Pobrecillos, no tienen a nadie que se acuerde de ellos, que los mantengan vivos en sus corazones”. Yo, muy joven entonces, no me atrevía a contradecirlo, me imponía mucho aquel lugar, y lo acompañaba un tanto forzada a visitar las tumbas de mis abuelos, pero solo el día de Todos los Santos, después no me volvían a ver el pelo por allí hasta el año siguiente y por visita obligada con la familia. Pero entendía que eso no quería decir que no me acordara de mis abuelos, solo que no era un lugar agradable para visitar. Así que yo pensaba, que no porque las tumbas estuviesen descuidadas, quería decir que sus allegados no los mantuvieran vivos en el corazón.</p>
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<p>Sin embargo, cuando él se fue, todo cambio para mí en muchos sentidos, pero sobre todo en el tema de entender lo solos que quedan los muertos… esa soledad tras las rejas, encerrados, por si alguno pretendiera evadirse de ellas… Entonces, consciente de esa lealtad debida al deseo tantas veces expresado por mi padre sobre el cuidado de las tumbas como una forma de no-olvido, se desarrolló en mí una capacidad extraordinaria de visitar el cementerio con agrado, de aprender con cada visita una nueva lección sobre la fugacidad de la vida, sobre las cosas realmente importante, sobre el equipaje a llevar… En una de esas meditaciones estaba cierto día cuando escuché una voz que venía de una de las esquinas cercanas. No. No se alarmen, no era voz de ultratumba, era de una mujer que, evidentemente, conversaba con alguien. No lo hacía en el tono de voz que el lugar requería, pero podría ser sordo su interlocutor, pensé. “Nescafé, nescafé del bueno” decía y repetía. No es que una sea una &#8220;licinciá&#8221; (sopera, metomentodo) como dicen en mi pueblo, es que lo oía aunque no quisiera. Y la mujer siguió: “No el nescafé de las marcas blancas, sino el auténtico. Y una buena lubina de pescadería, de la salvaje, no de las de piscifactorías. Y una piña de las buenas, de las de importación”. Ustedes pueden pensar que caminé hasta la voz para ver de qué iba aquello, pero lo cierto es que me marchaba ya y “casi” me venía de camino, lo cierto es que llegué justo para escuchar: “Pa que te jodas”, y comprobar con sorpresa que se dirigía a la tumba de su marido. Pasé junto a la anciana sin mirar siquiera y caminé a la salida un tanto azarada. En la puerta me encontré al sepulturero a quien le comenté lo ocurrido. Él, con una sonrisa, me dijo que venir a contarle “al marido” el menú diario era algo habitual. Y yo pensé que quién podría saber la vida que habría llevado aquella pobre mujer, las carencias a las que la tacañería del marido o la falta de medios de la vida la habrían conducido. Y me dije que sí, que hay una vida mucho mejor después de la muerte, sobre todo, después de la muerte de algunos.</p>
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		<title>Dame limosna de amores</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Oct 2019 11:04:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Recuerdo con absoluta nitidez el pequeño tocadiscos que tenía mi padre en el que ponía discos de vinilo de una colección que guardaba de los cantantes famosos de los cincuenta: Lola Flores, Antonio Molina, Juanita Reina… etc. Crecí escuchando aquellas canciones y emulando a las folclóricas para regocijo y entretenimiento de los míos. Entonces, aunque [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo con absoluta nitidez el pequeño tocadiscos que tenía mi padre en el que ponía discos de vinilo de una colección que guardaba de los cantantes famosos de los cincuenta: Lola Flores, Antonio Molina, Juanita Reina… etc. Crecí escuchando aquellas canciones y emulando a las folclóricas para regocijo y entretenimiento de los míos.</p>
<p>Entonces, aunque me sabía al dedillo las letras de las coplas, yo no tenía ni puñetera idea de lo que decían. Ni siquiera he pensado en ello durante el resto de mi vida hasta que hace unos días un amigo mío me hablaba de lo complicado de su situación. Él todavía sigue enamorado de su mujer, pero se separaron porque a ella se la acabó el amor por él. No digo que eso no sea lo más honesto, pero tampoco puedo decir que no sea una pulla de picador a la autoestima. Durante bastante tiempo él no logró salir con amigos empeñados en presentarle a una u otra candidata “perfecta” para recomponer su maltrecho corazón. Pero, pasados más de dos años de duelo, aceptó volver al mercado de los solteros y consintió que sus allegados organizaran cervezas y salidas con chicas con las que la ilusión volviera a anidar en él. Vaya por delante que es un chico atractivo, con una posición estable y reconocida. Es amable, culto, tiene buena conversación… y no es porque sea mi amigo, pero no se le puede poner un pero. Sin embargo, cuantas veces se ha atrevido a tener un acercamiento con alguna de esas chicas, una vez pasados los primeros jijis y jojos, cuando viene aquello de comprometerse de verdad… salen por pies. Entiendo que, continuar enamorado de su ex, puede resultar un impedimento para iniciar una nueva relación, pero lo cierto es que él pone todo cuanto está en su mano para que la cosa resulte, pero este afán nuestro de andar perdiéndonos por el pasado, por parte de él, o de un miedo paralizante hacia el futuro, quizá por parte de ellas, hacen que nuestras mentes hagan los cien metros lisos del pasado al futuro cruzando fugazmente, y perdiéndonos, el regalo del presente. Pasamos por momentos maravillosos como lo hacemos a veces por un museo, sin detenernos a mirar el cuadro, la época, los colores, el autor…, como si lo hiciéramos por una calle entre automóviles. Pero no es de eso de lo que les quería hablar, sino del sentimiento que produjeron en mí sus palabras desoladas. Sin saber por qué, ni a cuento de qué, me vino una canción a mi mente con tal fuerza que casi parecía una inspiración de lo que mi alma me estaba pidiendo que hiciera en esos momentos. La canción era de Lola Flores y hablaba de dar una limosna de amor. “Dame limosna de amores, dámela por cariá. Pon en mi cruz unas flores, que Dios te lo pagará”. Y pensé que ojalá que pudiésemos dar limosna de amor. La limosna que otros necesitan, en la medida que la necesitan, con el tipo amor que necesitan, sin que eso supusiera una traición, un menoscabo, un deshonor a nuestras parejas y a nosotros mismos. Poder poner unas flores en sus cruces sin esperar pago alguno, ni de ellos, ni de Dios. Pero lo cierto es que eso no es posible y aunque nos enternezcamos con el sufrimiento de aquellos que amamos hay limosnas que nos es imposible hacer llegar al otro.</p>
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<p>Hace un tiempo, se desató una especie de escándalo porque una señora se dedicaba… más o menos a un tipo de limosna carnal. Bueno, limosna, lo que se entiende por limosna no exactamente, de hecho, por el 2009 cobraba doscientos euros por servicio. Lo de la idea de limosna viene porque trabajando en club de prostituta comprobó que las chicas despreciaban a “hombres en sillas de ruedas, con síndrome Down, tetrapléjicos, con obesidad mórbida, a los cojos, a los quemados, a los que llevaban gafas con el ancho de la luna de un blindado, a…” Y decidió proporcionarles “esa limosna de amor”, obviamente previo pago. Así que, por mucho que ella hable de esa entrega generosa por su parte, yo más bien veo que de limosna… &#8220;na de na&#8221;. A no ser en esa acepción negativa: “Cantidad demasiado pequeña de dinero que se da como pago por un servicio o un trabajo”.</p>
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<p>Dicen que “quien mendiga amor, tan solo recibirá limosna”. Pero muchas veces no nos damos cuenta de que no tenemos que esperar que pase ningún tren porque el tren somos nosotros y quienes quieran viajar  a nuestro lado  solo tienen que subir en él. Para los demás… están los andenes.</p>
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		<title>El órgano</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Oct 2019 23:35:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; Crecí al son de las campanas de la histórica iglesia de Santiago en Jumilla (s. XV-XIX), monumento Nacional desde 1931, y envidia de muchas catedrales. Esas campanas no sólo me hablaban de Dios, sino que comunicaban al pueblo acontecimientos gloriosos o luctuosos -nunca conseguí entender el lenguaje por medio del cual mi abuela aseguraba [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Crecí al son de las campanas de la histórica iglesia de Santiago en Jumilla (s. XV-XIX), monumento Nacional desde 1931, y envidia de muchas catedrales. Esas campanas no sólo me hablaban de Dios, sino que comunicaban al pueblo acontecimientos gloriosos o luctuosos -nunca conseguí entender el lenguaje por medio del cual mi abuela aseguraba con absoluta rotundidad si era un hombre o una mujer a quien iban a enterrar-, pero sí entendía que, tras el segundo toque de campanas para la llamada a misa, tenía que apresurarme porque, en un cuarto de hora, comenzaría.</p>
<p>Toda mi vida me ha acompañado su sonido, su cercanía y un sentimiento de entrañable gratitud por poder disfrutarlas. Cosa distinta ocurre con su órgano (1807-8), enmudecido desde el año 36, destrozado a causa de la barbarie, despojado de tubos y víctima del abandono hasta ahora. Y digo que hasta ahora porque desde que llegó, hace poco más de un año el sacerdote D. Manuel de la Rosa, las cosas han cambiado de manera increíble. Este hombre entusiasta ha hecho suyo el proyecto de restauración que quedó estancado con la brutal crisis que hace unos años paralizó nuestro país. Y ha logrado trasladar ese entusiasmo a todos y cada uno de los jumillanos haciendo que estos sientan esa restauración como un logro personal.</p>
<p>El órgano de casi 2.200 tubos ocupa un lugar privilegiado en lo alto del coro y por él pasaron las manos de los mejores músicos de la época, así que, aunque el importe de su restauración supere los 200.000 euros, el sacerdote, sin perder en ningún momento la sonrisa, convoca reuniones a diestro y siniestro y llama a incorporarse a filas a todo quisqui sabedor de que cada uno puede aportar su granito hasta convertir el tiempo en un colosal reloj de arena que inicie la cuenta atrás de ese esperanzado sueño. Entre las ideas para recoger fondos, uno de los voluntarios propuso un concierto del mítico grupo jumillano “Los Apples”, una de las muchas formaciones musicales que ha dado la patria chica y que triunfaba en los sesenta versionando las canciones de moda de aquella época de Los Mustang, Fórmula V, Los Módulos, etc. Como es natural, asistí al concierto y bailé como una posesa las melodías de los guateques de mi época preadolescente hasta que la letra de una de esas canciones me sacudió en mitad del alma y me freno en secó. La canción era de Los Brincos y decía: “Es muy tarde para ti, amiga mía, tienes que volver porque ya empieza a anochecer. Tengo miedo de que llegues tarde a casa por mi culpa, eso no me lo perdonaría nunca…” ¡Dios mío! cómo ha cambiado el cuento. Esa canción me sitúo en cómo ha cambiado tanto la vida en tan poco tiempo. Eso y que los músicos que dedicaban en los sesenta las canciones a las chicas con las que querían ligar, ahora les estuvieran dedicando las canciones a sus nietas. Y pensé en cómo el pasado se esconde en una canción, un paisaje, o el órgano de una iglesia y permanece dormido, como las notas dormían en las cuerdas del arpa, del poema de Gustavo Adolfo Bécquer, “esperando la mano de nieve que sepa arrancarlas”. Y deseé con todas mis fuerzas que fuesen muchas las manos que vinieran en ayuda de este proyecto.</p>
<p>En la ribera de Zadar (Croacia), se encuentra un órgano sumergido en el mar. Tiene solo 25 tubos de altura, diámetro e inclinación diferente. Y esos suenan dependiendo de la fuerza del mar y del viento. A. Hitchock decía que no había atardecer más hermoso que el contemplado desde esas orillas. Imagino que porque nunca vio uno desde las cumbres de Santa Ana del Monte en Jumilla, o desde la torre de la iglesia de Santiago. Quien quiera cerciorarse de lo que les digo será mi testigo de que no soy para nada chauvinista. Quizá, para que la maravilla fuera perfecta, faltaría el sonido de un órgano de más de dos mil tubos (el segundo más importante de la Región tras el de la Catedral de Murcia) que duerme, solo duerme, esperando que se reactive el proyecto de su despertar. Proyecto para el que toda ayuda es poca y cuyo resultado sería entrañable y una vitoria ejemplar. La palabra “órgano” comparte con la palabra “corazón” la función de realizar “actos concretos”, uno bombea la sangre, otro bombea el alma hasta límites insospechados.</p>
<p>Decía Vaclav Havel: “La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte”. Pero este párroco no sólo tiene clarísimo el sentido de ese propósito, sino el resultado positivo del mismo. Así que… solo queda arrimar el hombro y decir un amén musical.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Sin perdón</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Oct 2019 17:06:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; Dice nuestro refranero que “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”, pero no dice nada de aquellos que son capaces de robar a un anciano de noventa años y menos aún se refiere a si la persona que perpetra semejante acción es alguien de plena confianza del pobre viejo. En Hospitalet [&#8230;]]]></description>
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<p>Dice nuestro refranero que “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”, pero no dice nada de aquellos que son capaces de robar a un anciano de noventa años y menos aún se refiere a si la persona que perpetra semejante acción es alguien de plena confianza del pobre viejo.</p>
<p>En Hospitalet de Llobregat, una frutería (sí, sí, una frutería) ha estafado nada más y nada menos que unos 26.000 euros a un pobre anciano de noventa años que tenía problemas con la vista y que pagaba con tarjeta las frutas que día sí, día también, se llevaba de allí. No necesitaron clonar la tarjeta, les bastaba aprovecharse de la vulnerabilidad del hombre que confiaban en esos sinvergüenzas que se dedicaban a añadir un cero a la compra, de tal manera que si el importe era quince euros, pasaban, por arte de birlibirloque, a ciento cincuenta. Y así hasta más de veintiséis mil euros. Manda huevos. Y, claro, “quien hace un cesto, hace ciento”, o sea, ¿creen ustedes que será sólo este señor el estafado? Porque yo no lo creo. El dinero es goloso y tener un negocio legal con el que se puede estafar con tanto descaro y tanta falta de conciencia a quienes no se pueden defender… no tiene perdón. La justicia debería tener para casos así una especie de agravante por inmisericorde.</p>
<p>Hace unos días, cuando preparaba este texto, las noticias del telediario me informaban que la policía había detenido a una banda, otra más de las muchas que operan así, que se dedicaba a robar a los ancianos en los ascensores una vez que estos volvían a casa después de retirar de los cajeros automáticos la pensión para pasar el mes. Es demencial. Todavía tengo en la retina la imagen de una anciana ensangrentada en el rellano de su casa tras una brutal paliza al intentar evitar el robo de su bolso con toda la pensión del mes. Noticia que se repite en Zaragoza, en Valencia y en tantos otros lugares. Los ancianos se han convertido en el blanco de la gentuza de peor calaña. Porque hay muchos tipos de robos y muchas formas de robar, pero hacerlo con quienes saben que no pueden medirse con ellos es de ser cobardes en grado sumo.</p>
<p>A mi madre le robaron la cartera en el mercadillo, mientras compraba fruta, no se enteró hasta que fue a pagar y vio que el monedero había volado. Y hasta lo agradezco que fuese así, porque a una de sus amigas casi la matan arrastrándola con una moto en marcha mientras ella seguía sin poder desprenderse del bolso que llevaba cruzado para evitar, precisamente, el robo del dinero con el que no sólo comería ella, sino que pondría la mesa para los hijos en paro y los nietos. Que un robo no sólo es hacer cambiar de lugar un dinero o unas joyas, un robo puede suponer un auténtico drama en muchas ocasiones.</p>
<p>Quizá quienes hayan tenido la suerte de no haber sido robados nunca no puedan hacerse una ligera idea de lo que supone eso. Del miedo con el vives durante mucho tiempo, de la desconfianza hacia quienes se acercan a ti, de la fragilidad de la que te haces consciente, de la inseguridad con la caminas o entras o sales…</p>
<p>A mí me han robado en casa dos veces. En ninguna de ellas he estado, por suerte, pero les puedo asegurar que sentir que alguien desconocido ha estado hurgando en tu intimidad es una sensación tan inquietante que tarda mucho, mucho, en desaparecer, si es que alguna vez desaparece del todo.</p>
<p>Protegemos a los niños. La sociedad está concienciada de la debilidad de los niños y en la obligación de cuidarlos, pero a nuestros mayores los dejamos al pairo, y esa es la debilidad que utiliza malignamente la gentuza, porque hasta para ser ladrón hay que tener clase y misericordia.</p>
<p>Robin Hood, robaba a los ricos para dárselo a los pobres, eso, más que un robo, era un reparto justo de riquezas.</p>
<p>Decía Víctor Frank, que “A un hombre se le puede robar todo menos una cosa: la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias”, pero robar a un anciano de noventa años, con esa vileza, es quitarle, además del dinero, la última de sus libertades. Y eso no tiene perdón.</p>
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		<title>Felicidad y Superación</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Sep 2019 07:11:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Resulta extraño, como poco, que se pueda hablar de felicidad cuando el corazón esta constreñido por la tristeza, sobre todo si esa tristeza viene del sufrimiento de tener un hijo pequeño con cáncer. Sin embargo, esos padres que tanto saben de lidiar con el dolor, al tiempo que colocan sobre sus labios una eterna sonrisa [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Resulta extraño, como poco, que se pueda hablar de felicidad cuando el corazón esta constreñido por la tristeza, sobre todo si esa tristeza viene del sufrimiento de tener un hijo pequeño con cáncer. Sin embargo, esos padres que tanto saben de lidiar con el dolor, al tiempo que colocan sobre sus labios una eterna sonrisa para que sus niños no intuyan el más leve atisbo de miedo o preocupación, también experimentan la íntima alegría de verlos sonreír con las ocurrencias de los payasos que recorren las habitaciones del hospital “Virgen de la Arrixaca”, y los acompañan con sus rojas y redondas narices, no solo en su aislamiento y ansiedad, sino hasta los quirófanos.</p>
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<p>Y llegados a este punto, si se junta el hambre con las ganas de comer, la miel sobre hojuelas o, lo que es lo mismo, Afacmur (Asociación de familiares de niños con cáncer de la región de Murcia) y Pupaclown (profesionales del Clown, la psicología infantil, la medicina y el trabajo social) el resultado puede ser toda una epifanía de maravillosa energía puesta en movimiento en una jornada de Felicidad y Superación que ha desbordado cualquier expectativa al respecto.</p>
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<p>Me decía, hace unos días, Adolfo Espín, uno de los miembros de Afacmur, que desde hacía trece años que se enteró de un congreso que promovió una gran marca de refrescos sobre la “Felicidad” no había dejado de pensar en realizar algo así en Murcia. Evidentemente, no a pequeña escala, sino a escalííííca pequeña y humilde. Sin embargo, aunque tardó en hacerlo, lo cierto es que se le fue de las manos, y ni le salió tan a pequeña escala ni se le quedó en cosa humilde. Y es que cuando se pone el corazón en un sueño, y más si ese sueño es para hacer felices a niños que están padeciendo en sus carnes tan terrible enfermedad, a la fuerza el universo conspira para concederles aquello que están proyectando.</p>
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<p>¿Han oído ustedes hablar de “El árbol de los sueños”, en la Arrixaca? Pues son, nada más y nada menos, que mil doscientos metros de terraza en el hospital convertidos en un delicioso jardín de juegos que esos esforzados padres junto con Afadeca (Asociación de famosos y deportistas contra el cáncer) han logrado a base de diferentes iniciativas para recaudar fondos y poder hacer un poco más feliz la estancia de los niños en el hospital. Porque de eso se trata, de intentar ser feliz, incluso a pesar de las circunstancias que la vida nos pone, a veces tan, tan, duras.</p>
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<p>Todos deseamos ser amados por la felicidad, pero la felicidad no es abstemia y, como dice “La Cabra Mecánica” en una de sus canciones, cuando sale sola a bailar se toma dos copas de más y se le olvida que nos quiere. Así que, conociendo su volubilidad, más que <em>la piuma al vento</em> de Rigoletto, todos adaptamos, sabiamente, nuestra idea de felicidad a las circunstancias que nos toca vivir con tal de atraparla aunque sea de las puntas de sus crines. Y de eso nos han hablado personas tan variopintas como el escritor Jerónimo Tristante, el pintor Álvaro Peña, la poeta Magdalena Sánchez Blesa o Consuelo García, entre otros muchos, de disciplinas tan diversas como el teatro, la filosofía, el periodismo, la sexología, el deporte, la medicina… etc. Todo un elenco de lujo digno del más aplaudido y exitoso congreso internacional sobre el tema.</p>
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<p>Fueron muchos los enfoques, los testimonios, las experiencias que allí se pusieron en común, Y todas ellas iban llenando una especie de cuerno de la felicidad que terminó por desparramarse entre los presentes en una ambivalencia extraña de felicidad y llanto.</p>
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<p>Felicidad y superación… sí, casi todo lo que escuchábamos trataba de eso, incluso cuando se hablaba de la muerte. Pero si he de quedarme con alguna ponencia…, sin desmerecer a ninguna, para la “felicidad” elijo la intervención de Carolina Cánovas, como representante de la “Fundación Ambulancia del deseo”. Y como “superación” la de Ana García, ingeniera de sonrisas. Una chica que afirmaba que su vida iba sobre ruedas… desde que un cáncer medular la dejó postrada en una silla. Ella es el vivo ejemplo de que no siempre “querer es poder”, pero sí de que “hace más el que quiere que el que puede”, y con sus ruedas, su sonrisa imborrable, su ternura y un perro adorable que la ayudaba en todo, nos dio una lección que todos sabemos, y que todos olvidamos en cuanto mejoran nuestras circunstancias: que puede que la vida nos de limones, pero que siempre podemos hacer la mejor de las limonadas.</p>
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<p>Y es que nacimos para ser felices, a pesar de las decepciones de cada día, porque con el sol renace siempre la esperanza, y el olvido renueva sus ramas.</p>
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<p>Felicidades y gracias a todos los que nos han recordado la famosa frase de “Cantinflas”: “La primera obligación de todo ser humano es ser feliz, la segunda hacer felices a los demás”.</p>
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		<title>Gracias, gracias, gracias</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Sep 2019 22:33:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando hace unos días, en plena hecatombe de gota fría, a mí se me ocurrió decirle a una buena amiga, que no paraba de mandarme vídeos terribles sobre las consecuencias de las fuertes lluvias, que no se preocupara porque ella nada podía hacer al respecto… dejó el whatsApp de inmediato y me llamó directamente para [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando hace unos días, en plena hecatombe de gota fría, a mí se me ocurrió decirle a una buena amiga, que no paraba de mandarme vídeos terribles sobre las consecuencias de las fuertes lluvias, que no se preocupara porque ella nada podía hacer al respecto… dejó el whatsApp de inmediato y me llamó directamente para recriminarme mi insensibilidad y mi falta total de empatía ante los desastres que estaba sufriendo tanta gente.</p>
<p>Quizás en otro momento hubiera logrado hacerme sentir como un bicho despreciable, pero a estas alturas de mi vida he entendido, por fin, la gran diferencia que hay entre pre-ocuparse y ocuparse directamente. Ella podría estar muy, muy, preocupada, pero ese sentimiento no le conducía a nada positivo, ni siquiera a movilizarse para poder ayudar a otros en la medida de sus posibilidades, que ya sé que no se va a ir a entorpecer las labores de los especialistas en sacarnos de culera, pero… por ejemplo, podría haberse ofrecido como voluntaria para rescatar a vecinos en apuros, o acoger a perricos de los albergues, que están casi al aire libre asustados de tantos truenos y tanta lluvia, como han hecho otros. Ante sus críticas airadas, intente mantener la serenidad, sabedora de que ésta no es producto de una calma exterior, ni de que todas las cosas rueden según los planes acordados por nuestra mente.</p>
<p>Un pequeño cuento, de mi admirado Mario Alonso Puig, habla de un rey que intentaba transmitir a su hijo la idea de lo que era la serenidad, así pues convocó el más grande e importante concurso de pintura que mostrara esa idea. De todos los lugares del reino llegaron obras que reflejaban maravillosos mares en calma, cielos despejados, paisajes con bandadas de pájaros que creaban una sensación de armonía y de paz… etc., salvo una obra pintada en tonos oscuros, poca luminosidad y un mar que mostraba una terrible tormenta estrellando de continuo olas en un acantilado. El rostro del rey, que mostraba una cierta decepción a medida que veía todos los cuadros tan similares, expresó un entusiasmo inigualable con esa extraña pintura ante el asombro de toda la corte que pensaba era producto de un demente, sin embargo, proclamó: “Éste es el cuadro ganador”. Obviamente, todos pensaron que se había vuelto tan majara como el autor. Pero el rey obligó a sus consejeros a acercarse al cuadro para mostrarles que entre las rocas había un pequeño nido con pajaritos recién nacidos. La madre los alimentaba completamente ajena a la tormenta que estaba aconteciendo.</p>
<p>Y es que la serenidad no viene de vivir en circunstancias casi perfectas, como pretendían reflejar equivocadamente los pintores del cuento. La serenidad surge de mantener centrada la atención en aquello que es una prioridad para nosotros, independientemente de las dificultades que nos rodeen.</p>
<p>Otra cosa es la preocupación y la ocupación de la Delegación del Gobierno que puso en alerta a todas las administraciones: Confederación Hidrográfica del Segura CHS), la Mancomunidad de los Canales del Taibilla, Policía Nacional, Guardia Civil, las Fuerzas Armadas, entre las que se encuentra la Unidad Militar de Emergencias, la Jefatura Provincial de Tráfico, la Demarcación de Carreteras del Estado, Capitanía Marítima, Autoridad Portuaria, Cuerpo de Bomberos… empresas de ámbito supraautonómico como Naturgás Energías, Telefónica, Renfe e Iberdrola… etc. con el fin de adoptar los necesarios protocolos de actuación. Y, por supuesto, los trabajadores que se han encargado de esos respectivos protocolos. A todos ellos gracias, gracias, gracias.</p>
<p>Entre tantísimo vídeo que circuló ante mis atónitos ojos sobre los desastres que la lluvia es capaz de producir, no resaltaría el de un gran supermercado inundado; o el del terrible socavón que se llevó el agua del Trasvase, ¡gracias a Dios! a un pantano; ni el que muestra la terrible avenida de agua llevándose coches o tragando casas…; eso está ahí, ha ocurrido, ha costado vidas y va a ser muy, muy, muy difícil recomenzar de nuevo. Pero creo que, tras una desgracia, hay que mirar siempre hacia adelante. Si he de elegir, me quedo con los vídeos de todos aquellos que han arriesgado sus vidas para salvar la nuestra. A ellos, gracias infinitas en nombre de la humanidad. Y en ese nombre resalto tres: uno en el que sale un tenor en mitad de las calles inundadas cantando lo hermosa que es Murcia –porque lo es, seca, mojada o arrasada-; otro de mi hijo mostrándome el perro que acababa de salvar de las aguas y al que estaba bañando y desparasitando en su propia bañera; y otro de unas amapolas azules bajo la lluvia, en el Himalaya. Porque, a pesar de todo, quiero aferrarme a la idea de que “Ninguna noche ha vencido a un amanecer. Y ningún dolor a la esperanza”.</p>
<p>Creo que eso “se llama calma. Y me costó muchas tormentas conseguirla”.</p>
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		<title>Operación chiringuito</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Sep 2019 09:36:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[No es que septiembre no sea un mes perfecto para marcharse de vacaciones, pero digamos que los elegidos por excelencia suelen ser julio y agosto.  La vacación  debería llamarse vaca-acción porque esos benditos días de asueto suelen ser los reyes del mambo para ponernos como vacas y “vacos” en cuanto desparramamos las carnes en la [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No es que septiembre no sea un mes perfecto para marcharse de vacaciones, pero digamos que los elegidos por excelencia suelen ser julio y agosto.  La vacación  debería llamarse vaca-acción porque esos benditos días de asueto suelen ser los reyes del mambo para ponernos como vacas y “vacos” en cuanto desparramamos las carnes en la arena. Que ríanse ustedes de la operación biquini. Para operación, operación, la del chiringuito. Desde enero, nada más salir de los polvorones, con la boca cosida y moliéndonos en el gimnasio para poder embutirnos en los bañadores y en la ropa de verano, que tienen la jodida costumbre de encogerse de un año para otro… y llegan las vacaciones… y a tomar viento esfuerzos y sacrificios. Que sí, ya que sé que tampoco es cuestión de andar el resto del año con la dieta del melocotón y el pollo, pobre pollo, que si ya era triste el plato en sí, si ahora le añadimos que los quieren apartar de las gallinas… ya va a ser la leche, y no la merengada precisamente.  Pues eso, que no se trata de ir por la vida contando calorías, pero tampoco es cuestión de dejar las carnes libres y el estómago al pairo. Que nos sentamos en el sombraje del chiringuito y nos da igual encontrar un pelo en la ensaladilla (claro, que siempre puede ser un “cabello de Ángel”, el cocinero), como escuchar que el arroz se está pegando, por nosotros como si se mata, con que nos lo traigan a la mesa en cualquier estado nos basta.</p>
<p>Y que me dicen de esa bolsa de deportes repleta de buenos propósitos y de libros para el verano… de los propósitos mejor no hablar, que vemos una nubecilla al final del horizonte y ya tenemos razones suficientes para no salir a caminar o a correr por si aquello le diera por convertirse en gota fría. Además, luego están los cuñados y los vecinos y todos aquellos a nuestro alrededor convenciéndonos de la caló que hace como “pa” salir a sudar más. Mejor una cervecica fría y tumbona que para correr ya está todo el año. Y en cuanto a los libros… ufff… si cada vez que lo abrimos nos entra un sueño del copetín. Claro, es que la hora de la siesta o la última del día, rendidos y a las tantas, no son las más idóneas para coger un libro. Y nuestros proyectos de leer en la playa terminaron convirtiéndose en partidos de palas, bueno, partidos, partidos… más bien en un recogepelotas  continúo, pero teniendo en cuenta que ese es el único ejercicio que hacemos, pues lo aceptamos gustosos.</p>
<p>Y luego está ese corazón “partío” entre el inicio del año del almanaque y el inicio del año en las agendas escolares, que hasta en la heladería de la playa hicieron la última noche de agosto la fiesta de Nochevieja, manda huevos, brindando con turrón helado y horchata, claro, que tampoco hay mucha diferencia entre las cenas pantagruélicas de diciembre y las que llevamos día tras día de agosto. Y, encima, como nosotros los murcianos somos tan chulis, salimos de vacaciones y seguimos metiéndonos en jardines, digo en huertos, con sus morcillas, sus pataticas asadas, su zarangollo, sus paparajotes… vamos, que lo único ligero,  que se podría pedir para cenar sería liebre… al ajillo.</p>
<p>Vamos, que tras la operación chiringuito-huertos, nos toca volver a echar la persiana a la boca y agarrar, como locas, la punta de ese acordeón en el que hace tanto que nos convertimos y empezar a recoger pliegues. Siempre pliegues para dentro, pliegues para afuera. Y de cañas… solo queremos hablar de las que lleven colgado un hilo y un pez en el otro extremo. Que una cosa es tener voluntad y proponerse no comer de ciertas cosas y adelgazar, y otra bien distinta tener que lidiar a cada momento con las tentaciones más… tentadoras. Que vale que para eso se llaman tentaciones, pero es que nadie que no viva en un continuo control del peso sabe lo insoportable que puede convertirse la vida cuando convives con quienes no solo no tienen o no quieren hacer ningún tipo de régimen, sino que, encima, están todo el día dando la murga con que no pasa nada porque te haya pasado diez kilitos de más. ¡Diez kilos!, la madre que lo parió, Y dice que no pasa nada. Que parece que ellos se meten las cervezas entre pecho y espalda y a quienes nos engordan es a nosotras. Y que a nadie se le ocurra explicarme la teoría de los vasos comunicantes.</p>
<p>Y digo yo, por mucho que nos deprima no caber en la ropa del año anterior, no será mejor comprarnos ropa más grande y decirnos a nosotras mismas: “Mimisma, tú no estás gorda, tú lo que estás es el doble de buena”.</p>
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		<title>La otra orilla</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Sep 2019 10:59:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ana María Tomás</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Como las monedas, que tienen dos caras, y no me refiero en tono peyorativo a lo de las dos caras, o como los ríos que tienen dos márgenes… esos “amigos raros” que casi todos tenemos uno, y que cuando los vemos nos entran ganas de salir corriendo en dirección contraría a la suya, también tienen [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como las monedas, que tienen dos caras, y no me refiero en tono peyorativo a lo de las dos caras, o como los ríos que tienen dos márgenes… esos “amigos raros” que casi todos tenemos uno, y que cuando los vemos nos entran ganas de salir corriendo en dirección contraría a la suya, también tienen otra orilla, generalmente desconocida para el común de sus conocidos o amigos. Y, en algunas ocasiones, hasta para ellos mismos.</p>
<p>Esos tipos, que nunca sabemos muy bien cómo conocimos, o quién los “colocó” en nuestra vida y ante los que se desarrolla el habilidoso arte de oír sin escuchar. Esos, que consideramos raros por su forma de vestir, sus gustos, sus opiniones, su manera de conducirse… ésos, que nos sorprenden con una genialidad en mitad de una tarde tediosa, o que nos muestran su apoyo cuando los otros, los normalitos, nos ofrecen su incomprensión o su indiferencia. Esos, que parecen no enterarse de nuestros desaires… de nuestros escaqueos continuos hacia su persona, en realidad, sí se enteran, y nos aceptan como nos ven: estúpidamente hipócritas, percibiendo los gestos despreciativos que hacemos a sus espaldas, mientras les mostramos nuestros dientes en una sonrisa “insentida” a modo de anuncio de dentífrico.</p>
<p>Porque ellos, los raros, a diferencia de los que nos creemos dentro del patrón de conducta social, no suelen tener tantos prejuicios como nosotros. Y a pesar de que conviven a diario con la crueldad que le muestra el común de los mortales, se niegan a que ésta constituya parte de su conducta, aunque se vean obligados a que forme parte de su vida por imposición de los demás.</p>
<p>Ellos suelen conocer las orillas del ser humano y saben que, aunque muchos muestren la peor, también tienen otra orilla, la orilla de la ternura, de la aceptación, de la vergüenza por juzgar, clasificar, etiquetar y apartar a otros seres humanos, simplemente por falta de afinidad en determinadas ideas, o porque no compartan gustos o aficiones.</p>
<p>Esos tipos tienen la rara habilidad de hacernos fáciles las conversaciones, de encontrar temas que nos interesen y nos enganchen para hablar, largo y tendido, cuando a nosotros sólo se nos ocurre hablar del tiempo.</p>
<p>Pero nosotros, los “normalitos”,  al contrario que ellos, no sabemos ver más allá de nuestras narices. No somos capaces de percibir esa otra orilla de ellos en donde arriba el sufrimiento, la incomprensión, el deseo de ser amado, aceptado… Ni siquiera somos conscientes de que esa orilla de dudas, vacilaciones, miedos y anhelos es, también, la misma otra orilla de esos amigos chistosos, burbujeantes, buscados por todos en reuniones y fiestas.</p>
<p>Y es que la necesidad principal del ser humano es saberse querido y, para ello, cada cual utiliza, como sabe, sus armas disponibles; unos, hacerse los graciosos, que no es lo mismo que serlo de manera natural, otros, eludir los conflictos, o andar todo el día de bronca buscándolos, que todo sirve para llamar la atención y gritar al mundo que estamos ahí, que necesitamos caricias, y ya no importa tanto que éstas sean positivas o negativas, son caricias a fin de cuentas;  otros, exhibiendo la aceptación de los “raros”; y otros, ostentando con orgullo las propias “rarezas”. Sí, todos necesitamos del amor y de la aceptación. Y, por extraño que parezca, son muchos los que no se sienten ni aceptados ni queridos ni siquiera por los más cercanos a ellos.</p>
<p>Yo me pregunto por qué resultara, a veces, tan difícil despojarnos de nuestras ideas preconcebidas, de nuestros prejuicios, de las fantasías que nos forjamos respecto a determinadas personas…   dejar en una orilla todos esos ropajes  y cruzar desnudos y libres en la frágil faluca de la ternura hasta la otra orilla oculta que todos tenemos… Quizá la respuesta sea que, hasta en esa resistencia que mostramos, solo  manifestamos un error de cálculo en la búsqueda de nuestra propia felicidad.</p>
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