La Verdad

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Reincidentes
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Ana María Tomás | 05-08-2017 | 08:36| 0

Le habían advertido de la cantidad de carteristas que ejercían en el metro de las grandes ciudades así que, cuando lo tomó, se centró el bolso -ya cruzado por el pecho- en el abdomen y agarró la maleta poniéndosela de escudo entre ella y el bolso. Nada más bajar observó con cuidado a cuantos se cruzaban con ella, evitando a quienes, por su aspecto, le producían más desconfianza, y en ellos entraban tanto los desaliñados como los demasiados pergeñados. Con cierto recelo llegó hasta la estación de ferrocarril, sin dejar de observar a su alrededor, esperó a que anunciaran el número de la vía que debería tomar. No soltó el bolso, ni la maleta en ningún momento, ni cuando se sentó a tomarse unas galletitas saladas que llevaba preparadas para el viaje. Anunciaron por fin el número de vía y ella, como otros muchos pasajeros, corrió a situarse en el andén de salida. Subió por fin al tren y suspiró con alivio sintiéndose a salvo, aunque le tocara como compañero de viaje un tipo demasiado “descuidado” para su gusto que le hizo recolocar el bolso en el lado opuesto a donde se sentó el chico. Todo fue bien hasta que decidió echarse un chicle a la boca y abrió el bolso. De pronto sintió que la sangre se le bajaba y se le subía al rostro en un recorrido rápido y ajeno a su voluntad, varias veces. Del interior habían desaparecido la cartera y su móvil ¡¿Cómo?! Lo de menos eran ya los doscientos euros que llevaba en metálico, sino el trastorno de las tarjetas: bancos, DNI, tarjeta sanitaria, supermercados, centros comerciales… etc. y la misma cartera en sí: regalo de todos sus compañeros por su jubilación de años y años de trabajo. Y lo mismo con el teléfono. Poco importaba en esos momentos que fuera más o menos caro el aparato sino conversaciones que no querría haber perdido jamás y las irrecuperables fotos afectivas. Por suerte, su compañero de viaje, el “jipioso”, llevaba el suyo y se ocupó de hacer las llamadas pertinentes para ayudarla, de hablar con el revisor, de facilitarle el mínimo pero necesario apoyo moral y físico que en momentos así se necesita.

Habló con la policía nada más llegar a su ciudad. La atendieron con amabilidad y un deje de impotencia, hartos de detener a ladrones sinvergüenzas que vuelven a estar operativos, gracias a nuestras leyes de chichinabo y desprotección para la gente honrada, a las pocas horas de haber sido detenidos. Vamos, que según los magistrados sería “desproporcionado” condenar a un carterista a prisión. Por muy, muy, muy reincidente que sea ¡Manda huevos! Hasta hace poco, desde el 2015, los ladrones reincidentes si sumaban tres delitos leves podían ser condenados entre uno y tres años de cárcel, al menos les haría pensárselo un poco, pero ahora el Tribunal Supremo considera desproporcionada esta medida. Así que, señores víctimas de robos y señores policías… “ajo y agua”. ¿Qué ánimo, qué aliciente, va a tener la policía en cumplir con su trabajo deteniendo a rateros si antes de que terminen de escribir el informe de la detención ya están los otros en la calle, con el recochineo añadido de pasearse delante de las narices del policía que los detuvo para decirles que ya están libres. Hay que tener un aguante… y unas tragaderas… El problema está en que esos setecientos once mil novecientos ocho hurtos registrados en nuestro país solo el pasado año se los realizaron a pobres turistas (¡pobres! por desgracia sé lo que es ser robado fuera de tu país y quedarte sin documentación y sin dinero; perder horas y horas para obtener un papel que te permita subir al avión de vuelta, cuando eso no te ocurre a las pocas de horas de tener que tomar el vuelo, porque entonces… estás perdido) y a personas que, por muy convencidas que estén de llevar el bolso a buen recaudo no se libran de ser objeto de las hábiles y canallas manos de los ladrones. Decía que el problema es que roban siempre a quienes poco pueden hacer para cambiar esa situación, en lugar de hacerlo con setecientos once mil novecientos ocho magistrados o mejor con un centenar de ellos pero setecientas once veces al año. Llevarlos al límite, como están las pobres gentes que están siendo robadas una vez y otra y otra.

Dicen que “Dios le da pan a quien no tiene dientes”, seguramente, también les da la posibilidad de legislar a quienes andan algo lejos de poder sentir en sus carnes la impotencia de la injusticia. “Ver que la artimaña del zorro triunfa sobre la justicia del león, lleva al creyente a dudar de la justicia”, decía K. Gibran. Y ya hay demasiados descreídos.

 

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Cada cuatro minutos
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Ana María Tomás | 29-07-2017 | 08:07| 0

Una de las varias divisiones en las que yo me entretengo en clasificar a los humanos tiene mucho que ver con la relación que éstos mantienen con los animales de compañía. Digamos que, para mí, habría cinco grandes grupos: aquellos que viven con animales de compañía y lo saben; los que viven en compañía de animales y no lo saben; los que todavía no los tienen pero que acabaran claudicando por alguno de sus hijos; aquellos que repudian a los animales de compañía y que nunca tendrían uno ni por todo el oro del mundo, pero que serían incapaces de hacerles daño; y los desaprensivos que les da igual tenerlos que no tenerlos porque jamás se implican con ellos y acaban abandonándolos en cualquier lugar en cuanto empiezan a incordiar o a coartar la libertad que es en el primer minuto que llegan a casa, porque, como cualquier ser vivo, tienen unas necesidades básicas que quien se responsabilicen de ellos han de cubrir.

En nuestro hermoso país cada año son abandonados ciento cincuenta mil perros, cuatrocientos al día ¡qué horror!, dieciséis a la hora, uno cada tres minutos y poco, lo que da idea de lo “avanzados” que andamos por estos lares en el “amor y el respeto” a nuestros hermanos perrunos. Creo que cualquiera de nosotros es capaz de comprender que haya personas a las que los animales de compañía… como que no les van. Pero pocas entenderían el incívico comportamiento de apalear a un animal, ahorcarlo, como suelen hacer algunos cazadores cuando sus galgos ya no rinden al máximo,  abandonarlos en cualquier parte a su mala suerte o, peor aún, dejarlos atados sin agua, sin comida y al sol hasta que agonizan lentamente y mueren. A mí se me revuelven las tripas solo de pensarlo. Y no porque ahora los científicos hayan demostrado fehacientemente que nuestras mascotas perrunas no solo entienden lo que les decimos, sino cómo se lo decimos, y por mucho que le estemos diciendo: “perrito guapo” si la ironía o la mala leche acompañan a nuestras palabras son capaces de descodificar el mensaje y quedarse con lo que de verdad estamos emitiendo. No, no solo por eso. Eso lo supe yo desde el primer momento que un chucho entro en mi vida. Recuerdo una de las tardes en las que mis hijas estudiaban en el salón, bien guardadas por nuestro bóxer, mientras yo preparaba la cena. Una de ellas le dijo: “Ve a que mamá te quite esas legañas de los ojos”. Él, obediente,  cruzó la casa buscando mi presencia, se plantó delante de mí y esperó paciente a que terminara lo que tenía entre manos para “ladrarme” que le limpiara los ojos. Pero si fuera eso nada más… Quienes tenemos animales de compañía (y lo sabemos) no necesitamos que ningún científico nos corrobore que ellos saben nuestros estados de ánimo, a veces, incluso mejor que nosotros mismos; que, por extraño que parezca, conocen la hora exacta de la salida del trabajo de los miembros de la familia a la que pertenecen y que, desde ese preciso momento de la salida, ellos se disponen a esperarlos en la misma puerta de la calle, sin importarle si tardaran una hora en llegar, para festejar su venida como si no hubiera un mañana. Y eso cada vez que se sale o se entra de casa. Nosotros sabemos que no sabemos por qué extraña “clarividencia” ellos sí saben quién de la familia lo sacará a pasear ese día: apenas termina de cenar busca exactamente a la persona que esa noche lo lleva de paseo, teniendo en cuenta que somos cuatro quienes lo hacemos… estoy por ponerle unos cuantos números delante y animarlo a que me resuelva la vida con una bonoloto.

Quiero convencerme de que el que yo le dedique, al menos una vez al año, un artículo a nuestras mascotas no va a ser clamar en el desierto, o sea: “sermón perdido”, quiero pensar que a fuerza de escuchar las bondades de esos animales habrá quienes se conciencien  de su inhumanidad, o les darán la oportunidad de que sigan ofreciéndoles su lealtad, su fidelidad y su amor sin límites pese a  las responsabilidades que conllevan tener un perro. Pero es tanto lo que dan por tan poco como piden. O, en el peor o mejor de los casos, tendrán en cuenta, desde el principio, que no son capaces de asumir esa carga y jamás comprarán o aceptarán cachorros, ni por los llantos de sus hijos, de los que luego se desharán sin  menor regomello.

Yo me siento la reina del mambo cuando viene hacia mí y se sienta sobre mis zapatos, es cuando puedo estar completamente segura de tener a un macho fiel a mis pies.

 

 

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Aquellos dias
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Ana María Tomás | 22-07-2017 | 07:29| 0

Hacia más de treinta años que no volvía a verla. Y encontrarme con ella fue volver de nuevo a uno de los varios pasados más tristes de mi vida. Podría no haberla reconocido, veinte o treinta o casi cuarenta años pueden no sean nada según el bolero, pero lo cierto es que ese tiempo causa… ciertas devastaciones en rostro y cuerpo. No obstante, he de confesar que, salvo los michelines que le hacían perder la forma de la cintura, conservaba una fisonomía intacta: la misma nariz, algo más aguileña, la misma boca de labios finos casi imperceptibles, las facciones más prominentes y endurecidas y la misma mirada. Aquella mirada heladora de Medusa que me convertía en piedra cuando la fijaba en mí.

Ella era doble, o sea, gemela de otra y ambas compartían, además de una imagen exacta, una misma maldad inaudita para su edad.

Ha sido necesario que pasaran muchos años para que yo me enterara de que las putadas que ese par de individuas me hacían, y que yo en mi inocencia llamaba “cosas malas”, en realidad eran puro y duro acoso escolar o bullying.

Desde los siete años hasta los once que, gracias al cielo, las perdí de vista sufrí en mis carnes y en mi mente una angustia constante que llenaba mis días de tristeza, y de desesperación cada vez que llegaba la hora de ir al colegio. Imagino que no fui la única niña que sufría sus maldades y que rebotaba de una de ellas a la otra como si fuera una pelota cada vez que les entraba ganas de maltratar a alguien. Como también sé que muchos de mi generación lo fueron en otros lugares. La maldad, tristemente, no tiene fecha de caducidad. Y, de igual manera, sé que ellos también callaron. No dijeron nada en sus casas porque, como yo, pensaron que eso sería lo normal, que unas niñas eran más traviesas que otras y que algún día se cansarían y nos dejarían en paz. Lo malo era que no se cansaban nunca y a mí se me acababan los pretextos y las enfermedades para no ir al colegio. Una vez hasta me atreví a hacer “novillos” y me escondí entre los verdes macizos del jardín más cercano. El problema estuvo en que, como para mí era tan largo el tiempo en el colegio, calculé casi dos horas más del horario escolar para volver a casa. Dos horas de angustia para mi familia que se acrecentó al enterarse de que ni siquiera había asistido a clase. Todos me buscaron con desesperación y la tunda que me dio mi madre cuando llegué me quitó para siempre las ganas de volver a eludir mis problemas haciendo mutis por el foro. Sobra decir que aguanté estoicamente aquel larguísimo periodo como algo habitual en mi vida, hasta que creí que había pasado todo al perderlas de vista en el instituto. Qué equivocada estaba. Para entonces yo me había convertido en una niña que rehusaba amablemente el contacto con otras, “quien quita la ocasión quita el peligro” debí pensar. En contrapartida desarrollé un rico mundo interior que me ha llevado a convertirme en lo que siento que soy ahora: una contadora de historias, una aprendiz de escritora, una novicia de la poesía.

Lo curioso de todo fue que al reencontrarme con ella, tras tanto tiempo, busqué rápidamente su copia  y, por unos instantes, me vi de nuevo rebotando de una a la otra. Y  deje de ser la mujer madura, más o menos segura de mí misma, que tanto me ha costado construir durante todos estos años; la mujer con experiencia y bastantes muescas en el alma por los golpes sufridos. En ese instante volví a ser la niña acobardada, temerosa y solitaria. Todos desaparecieron a mi alrededor para quedarnos solas las dos, como en esas películas del oeste en un duelo final donde sólo quedan el bandido y el sheriff, solo que yo no tenía pistola y ella seguía teniendo su mirada.

Sin embargo, no era verdad que yo estuviera desarmada, las muchas horas de soledad me condujeron a leer hasta los prospectos de las medicinas. Ahora sabía quién era Medea. Y también sabía que existían los perseos.

“¡Hola, Ana María!, te veo muy bien”, me dijo la sabandija con cierta sorna. “Muy bien ¿para qué?” me pregunté yo, ¿para lo mucho que me había jodido la infancia ella y su gemela?…  Yo, sin pronunciar palabra y sin dejar de sonreírle, me acerqué, le agarré el vestido por la pechera con mi mano izquierda y con el índice de la derecha le dibujé una línea recorriéndole toda la base de su cuello mientras le susurraba al oído: “Te he vencido, Medea”. Después me giré dejándola de piedra.

 

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Renegando de Ítaca
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Ana María Tomás | 15-07-2017 | 22:24| 0

Caminan juntas, orgullosas la una de la otra: una despreocupada, apoyada en su juventud, en su vitalidad, en el suave cimbreo de su cintura -talla 38-, en el leve vaivén de sus incipientes pechos, en la “perfección” de un rostro sin arrugas, satinado, pasado ya aquellos molestos granos de la pubertad; la otra, probablemente talla 42, embutida en unos vaqueros talla 40 que apenas le permiten respirar y que la han obligado a desplazarse las vísceras hacia las amígdalas para poder abrochárselos, pero que le permiten evitar la diferencia entre sus piernas largas y las largas piernas que caminan junto a ella. La ajustada camiseta dibuja el contorno de unos pechos hermosos, quizá más hermosos si dejara que cayeran hasta ese punto justo en donde el tiempo y la gravedad (maldita gravedad) los han situado, pero que ella se niega a aceptar y en una lucha denodada -pero totalmente perdida- se empeña en comprimirlos y empujarlos hacia arriba. No tiene ni chicha ni limoná pero la excesiva presión a la que somete a su cuerpo obliga a este a dibujar algún minúsculo michelín por encima de la cintura del pantalón. Su rostro marca algunas arrugas que la vida le ha cincelado y que y añaden perfección y un punto de morbo; las gafas de sol son graduadas y esconden una misteriosa mirada de miope que a tantos hombres ha excitado y fascinado en otras mujeres a lo largo de la historia y que ella siempre ha sabido explotar aunque parece haberlo olvidado ahora.

Una envuelta en esa frescura banal que aporta la adolescencia, la otra intentando desasirse de esa belleza interesante que conlleva la experiencia. Una con el rostro sin maquillaje; la otra maquillada sobre un fondo de crema melocotón que le unifica el color, colocado a su vez sobre un corrector de manchas y ojeras.

Una estrenando sueños. La otra adaptada ya a renunciar a ellos. Una iniciando el camino de la vida. La otra forzando unos pasos imposibles de mantener por mucho tiempo.

No se sabe bien cuál de las dos copia a la otra, pero ambas intentan proyectar una especie de simbiosis que, como poco, produce cierta ternura.

Conversan sonriendo, la una le dice a la otra que es “guay” -o sea, cojonudo- tener una madre tan enrollada como ella y la otra le contesta que sus compañeros de trabajo le dicen que parece hermana de su hija en lugar de la madre.

Nada que objetar respecto a todos los cuidados que podamos proporcionarnos para  engañar a los años, a los  amigos, a los hijos y hasta a la madre que los parió. El único problema es que esta sociedad absurda y deplorable que nos vende  que la belleza sólo puede estar en los rasgos inmaduros de la más tierna (y a veces boba) lozanía y que “obliga” a que muchas mujeres se exhiban patéticas intentando apresar la fuente de la eterna juventud sin ser conscientes de que cuando una mujer asume su edad resulta esplendorosa y perfectamente deseable… esta sociedad, decía, se ha convertido en cíclope y cantos de sirena que impiden el regreso a Ítaca. Y es verdad que podemos entretenernos, desviarnos, y hasta sucumbir con sus engañosos cantos, pero nuestro reino, el de la serenidad, el del placer de la vida bien vivida, el del gozo de lo cotidiano, el del reposo merecido, el de la autenticidad de nuestro ser… ese solo está Ítaca.

Quizá la única forma de sobrevivir a la dura travesía sea atarnos el alma al palo mayor de la belleza interior que hayamos podido ir acumulando a lo largo de tanto entretenido y cruel divertimento. Claro, que también podemos renegar del reino y de cuanto en él se nos ofrece y no pensar jamás que la juventud es sólo un trastorno pasajero  que sólo se cura con la edad.

Disfrutar de Ítaca no es obligatorio. Hay que reconocer que conlleva muchas responsabilidades. Y siempre hay otras opciones. No más fáciles, ni más cómodas, pero sí más mano.

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Dejación de responsabilidad
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Ana María Tomás | 08-07-2017 | 08:42| 0

Hace unos días decidimos salir a comer a un restaurante situado en una avenida muy transitada por coches -incluyo este dato por su relevancia en lo que voy a decir más tarde-. Posiblemente, coincidió el día con algún fin de curso de guardería o, simplemente, un grupo de madres decidió celebrar la cercana llegada de las vacaciones. El tema está en que junto a nosotros había una mesa de madres y al lado otra doblemente larga llena de niños “celebrantes” y de hermanos algo mayores. Bueno, lo de la mesa con niños es un decir porque, en realidad, los niños estaban, como Dios, en todas partes. Corrían entre las mesas jugando al escondite entre los cuerpos de los demás comensales, entraban y salían como locos del baño tirando de la máquina expendedora de papel para secar las manos, mojando el papel en el lavabo, tirándolo al wáter… Reconozco que me permití reprocharles la cosa y salieron de allí corriendo a llamar a su mamá para decirle que alguien les había regañado. No les puedo describir la cara de impotencia e indignación que dibujaban las caras de los dueños del lugar que, varias veces, con una sonrisa más falsa que una moneda de tres euros, les conminaron a sentarse en la mesa con la promesa de llevarles helado. Los clientes asistíamos atónitos al despliegue de criaturitas sin comprender cómo las madres seguían charlando felices sin inmutarse, sin hacerles el más mínimo reproche, sin preocuparse de las molestias que estaban ocasionando al local, a los camareros que tenían que sortearlos entre bandejas, y al resto de comensales que nos mirábamos unos a otros alucinando ante el espectáculo. Pero no crean que la cosa paró ahí. No. A la persecución de alguna madre a su niño para intentar arrebatarle el móvil (cosa imposible) hubo que añadir la entrada en acción de tres chavales que acudieron a comer provistos de su monopatín, que aparcaron, con sumo cuidado, bajo sus asientos. En cualquier otra circunstancia hubieran estado a salvo, pero, teniendo en cuenta los Gremlins que andaban sueltos por allí, fue un error garrafal. Los pequeñajos no tardaron en hacerse con ellos ante la perplejidad de los adolescentes que sentían vergüenza de arrebatarles “su tesoro” a unas tiernas criaturas. Por poca imaginación que tengas ustedes pueden hacerse una idea de lo que se formó allí paseando en patinete entre mesas y bolsos colgando en las sillas hasta que, de pronto, hubo un silencio y una paz increíble hasta ese momento. Todos los enanos salieron fuera del local provistos de los tres monopatines. Lo realmente increíble es que ni los dueños advirtieron la fuga de sus vehículos, ni las madres de sus hijos. Nadie se movió, nadie pensó en el riesgo que suponía el tránsito continuo de coches, la exposición a cualquier pederasta, la temperatura infernal del mediodía… A mí no me pasaba la comida, a pesar de lo tostoneros que habían sido, pensaba en los peligros a los que estaban exponiéndose esos niños, y me resultaba sorprendente que ninguna madre hubiera saltado de la silla para asegurarse de que estaban bien. Yo miraba hacia la mesa donde estaban situadas y las veía hablar felices, tranquilas, despreocupadas… y pensé en la maravillosa labor que hace cada día el Ángel de la Guarda de los niños y en la dejación total que se ha hecho en la actualidad de la responsabilidad como padres, en la falta de educación, de urbanidad, de respeto… Podría asegurar que sería impensable que alguna de las madres que estaban allí se hubiera conducido tan “salvajemente” en su niñez, y no sólo en casa sino en la calle y, mucho menos en un restaurante. Hasta hace unos años los padres corregían a sus hijos, ponían límites, les enseñaban lo que estaba bien y lo que estaba mal… Y que nadie me venga diciendo que ahora también lo hacen y que esos críos no son la representación de nuestra sociedad porque tan sólo les acepto que, efectivamente, hay padres héroes que luchan contracorriente para que los nenes no tengan móviles antes que chupetes y para demarcarles el terreno, pero luego está la presión social de “mamá a Leo o a Ronaldo (porque, claro, lo de la moda de los nombrecicos es otra cosa) los dejan ¿por qué tú no?, porfi, porfi, porfi…)”. Y una vez puede que resista, dos, y hasta tres, pero después…

 

La verdad es que tras la experiencia vivida dudo mucho de la frase de Young: “Educas a un hombre y educas a un hombre. Educas a una mujer y educa a una generación”. Pero, visto lo visto, va a ser que no.

 

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Hasta el gorro
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Ana María Tomás | 01-07-2017 | 17:14| 0

Quienes escribimos sabemos que somos vampiros literarios, andamos clavando la pluma en la yugular intelectual de los demás y chupando palabras o ideas. Unos lo reconocemos y lo hacemos con más o menos respeto a la sangre original –y citando el ADN–; otros, no solamente no lo reconocen, sino que, si pueden, se hacen la transfusión entera y luego aseguran que aquello que sale por sus venas literarias es genuina sangre de su sangre. Pero, tanto reconociéndolo como no, lo cierto es que todos lo hacemos. Quiero decir con la anterior «Excusatio non petita…» que, en efecto, hay una «accusatio manifiesta». O sea, que si he comenzado con tantas explicaciones sin que nadie me las hubiera pedido se debe a que hay una causa clara. Hace unos días leí, en este mismo periódico (apartado «Cartas al Director») la de una señora, Josefina Vicente, a quien no tengo el gusto de conocer, aunque me encantaría, y que me birló el tema del artículo de esta semana casi por completo. He considerado, por tanto, que es de justicia que sea yo quien me apropie ahora del título de su carta.

Es obvio y patente que su sentir, como el mío, son una clara muestra de lo que puede estar sintiendo una mayoría de ciudadanos, si, como dice la canción «El amor está en el aire», es de suponer que cuando hay tensión y el aire puede cortarse, este pueda llevar de un lado a otro esa sensación de hartazgo que estamos viviendo ante acontecimientos que se nos escapan de las manos, porque, incluso aquellos en los que podemos decidir y decidimos, luego viene una pandilla de impresentables y se pasa la potestad del pueblo por donde la espalda pierde su casto nombre. Apunta la señora Vicente, con criterio que comparto al ciento por ciento, que cuando «el pueblo vota lo mínimo que hay que hacer es aceptar lo que diga, guste o no guste». Sin embargo, da náusea ver los telediarios, ver a responsables (¿?) –sobre todo del PSOE y de Podemos– que lo único que les importa, según palabras textuales, es «desalojar al PP». A ver, ¿por qué esa inquina, si es lo que ha votado el pueblo? No entienden que lo único que hacen con esa postura es asemejarse a liderillos como Maduro para quienes la voluntad del pueblo atesora el mismo valor que una mierda (perdón). ¿Por qué no preocuparse de buscar mejores soluciones para problemas irresueltos en lugar de lucir el ‘no’ por bandera incluso en aquello que puede representar un bien común para los intereses españoles.  Es incomprensible para muchos socialistas que apoyan el crecimiento económico y la creación de empleo y riqueza de España que Sánchez no apoye el Tratado de Libre Comercio de la UE con Canadá, por ejemplo. Pretende llegar a presidente de un país pero solo gobernando para sus votantes, y sin que cuenten para nada las necesidades o los derechos de aquellos otros que lo vieron… como lo que está demostrando ser: una amenaza para una serie de logros conseguidos a través de muchos años de política con políticos que han antepuesto el bien común a sus intereses particulares, olvidando desenterrar el hacha de guerra cada día.

Decía esta señora que, por considerarse mayor (me gustaría saber de qué edad estamos hablando), confiesa que ya todo le da igual, pero no la creo. Puede que ella haya alcanzado una edad en la que –apunta– «si se cae medio cielo, me voy al otro medio»; pero quizá tenga hijos y nietos, o sobrinos, o hermanos, o amigos… y sí le importe lo que pueda ocurrirles. Además, el tono de su carta no denota despreocupación, sino de todo lo contrario. Y estoy con ella en que resulta desolador alimentarse de telediarios. La mano del hombre –que debería preservar este hogar común llamado Tierra– se dedica a prenderle fuego, a contaminarla, a destruirla… Y llevado de ese afán destructor, a pisar el cuello de otros humanos cuando no comparten las mismas ideas políticas o, peor aun, cuando son lobos de la misma camada y estorban para que estén en primera línea.

Sí, doña Josefina, yo también estoy hasta el gorro. Pero la mala noticia es que no somos solo nosotras quienes lo estamos sino un amplísimo sector de la sociedad. Por favor, ¿alguien podría decirles a los políticos que cuando ganen se dediquen a solucionar los problemas que veían tan claros desde la oposición? Y que –cuando pierdan– respeten, ¡RESPETEN!, la decisión del pueblo soberano en lugar de gritar a los cuatro vientos que «el único objetivo marcado es quitar de en medio» a quienes votó la mayoría de ciudadanos. Pobre objetivo.

Tiene usted toda la razón, señora Vicente. Hasta el gorro y más allá.

 

 

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“Es ojo porque te ve”
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Ana María Tomás | 24-06-2017 | 08:11| 0

A raíz del artículo que escribí la semana pasada titulado «Retratos», un amable lector me hizo llegar la reflexión de que, curiosamente, pocas veces coincide la visión que otros tienen de nosotros con la que tenemos de nosotros mismos. Y tan es así, que no me resisto a compartir con ustedes unas interesantes pinceladas.

Con toda seguridad, sin entrar –de momento– en el plano mental, más de una vez se habrán comparado con alguna amiga, un compañero de instituto, una antigua vecina de la niñez… al menos yo suelo hacerlo con relativa frecuencia y con un resultado poco favorecedor para ellos. «¡Qué estropeada está la pobre!», me digo. (Comparada conmigo, claro). Es como cuando me preguntan que cómo está mi marido. Comparándolo con quién, pregunto. No es lo mismo –a ver– hacerlo con George Clooney que con Chiquito de la Calzada. Y es que cuando nos miramos en el espejo, o cuando miramos el mundo, en realidad, quien está mirando es la joven que, en su interior, detuvo su decadencia negándose a seguir sumando años más allá de los  taitantos. Y no importa que nuestro cuerpo nos desobedezca siguiendo una absurda ley de gravedad (por mucho que fuera el gran Newton quien se descolgara con ella) porque a través de esas pupilas que miran se sigue seleccionando aquello que se hubiera hecho hace años.

Fíjense: siempre me parecieron ridículos los viejos verdes. Esa especie de ligones patéticos que intentan «seducir» a mujeres con bastantes menos calendarios que ellos haciendo imbecilidades o a golpe de tarjeta de crédito. Sin embargo, a medida que cumplo años, mi opinión sobre ellos cambia hasta llegar a sentir una especie de ternura, de comprensión. Es la propia vida, el incansable instinto de supervivencia, la incapacidad de aceptar nuestro imparable crepúsculo, quien puede conducir hasta lo risible o lo grotesco, pero solo para el mundo, para aquellos que todavía no han envejecido y no saben lo doloroso que puede llegar a ser, para quienes aún no han caminado con nuestros zapatos y no podrían entenderlo ni en mil años… En tanto que para esos ecológicos ancianitos el sentir de los demás les importa un bledo, porque, en primer lugar, no son conscientes de todos esos movimientos de álgebra en el tablero de la vida. Tan solo son conscientes de que cada día quedan menos oportunidades de ligar, de darse una buena comilona, de sentirse vivos por ellos mismos al margen de nietos porculeros o hijos controladores… Y, si para eso han de engañarse estimando que son ellos y no sus visas quienes obran el milagro… ¿qué importancia puede tener la cosa? La verdad es que mi lector tenía mucha razón, que diferente es, tantas veces, como nos vemos nosotros a cómo nos ven los demás. Y, si dejamos por un momento el aspecto físico para centrarnos, aunque sea de pasada, en las cosas del alma… ya p´aqué, p´aqué… Admiro –y me repelen a partes iguales, respectivamente– los grandes hombres y los golfos inútiles. Situamos, por un lado a las personas humildes que en silencio construyen, día a día, una sociedad mejor, un mundo más próspero, más justo, que con su trabajo dan ejemplo de superación y que cuando les reconocen «extraña y escasamente» sus méritos, aducen que no es para tanto, que se limitan a cumplir con su deber. Mientras que otros –carretas vacías que solo saben hacer ruido y pavonearse ante los demás como si fueran los salvadores del mundo– consumen la vida venerando su ombligo y considerándose los escogidos del mundo mundial. Y no crean que eso de creerse los reyes del mambo lo determina algún tipo de profesión o escalafón social, no señor, dicho molde de mindundi se extiende desde presidentes de grandes empresas a barrenderos. Y en ambos casos, poco importa el retrato que los demás les hagan, poco la visión que el ojo ajeno capte de lo que emanan. El humilde seguirá a lo suyo sin darle importancia a su labor en tanto que el ególatra idiota continuará mirando al mundo por debajo del hombro.

Decía Machado –don Antonio– en uno de sus poemas: «El ojo que ves no es/ ojo porque tú lo veas;/ es ojo porque te ve». Aunque, todos sepamos que “lo esencial es invisible a los ojos del rostro y que solo puede verse con los ojos del corazón”.

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Retratos
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Ana María Tomás | 17-06-2017 | 07:38| 0

Mi padre ha sido y sigue siendo a sus noventa y dos años el mejor fotógrafo del mundo. Es un artista capaz de fijar el alma tanto de las personas como de las cosas más allá de lo que podrían ver los ojos humanos. A él no le entusiasmaban las fotos estáticas que solía pedir la gente, aunque eran estas las que nos daban de comer. A él le gustaba cargarse su máquina al hombro y observar.  Recorría los campos y con su objetivo captaba, no al segador que cumplía su trabajo, sino al hombre curtido; fijaba para siempre el gesto perceptible, por apenas unos segundos, mientras le rodaba el sudor del rostro al suelo. Atrapaba, no a la niña saltando descalza en la era, sino a la felicidad que mostraba con ello. Pocos son quienes lo han llamado fotógrafo y muchos los que lo siguen conociendo como José Antonio, el retratista.

Los buenos retratistas siempre han intentado mostrar, junto a la semejanza de la persona, su alma e incluso su ánimo a través de retratos pintados, escritos o fotografiados.

Probablemente, ser hija de un retratista me ha marcado profundamente y me ha ayudado mucho en mi tarea de escribir lo que acontece, porque mi padre me enseñó a observar a mi alrededor. Y hay tantas cosas que nos retratan sin que seamos conscientes de ello. Sin… ni siquiera abrir la boca. Bueno, no abrirla para hablar quiero decir, porque basta que se abra para comer para que sea emblemático el discurso que enviamos ¿Alguna vez se han observado a ustedes mismos? ¿Y cómo varía la cosa de cuando están hambrientos, ansiosos, peleando disimuladamente por pillar algún escaso canapé… a cuando están desganados, con la tripa mala, o saciados?

A mí me encanta observar a mi alrededor cómo comen los comensales en las bodas, los restaurantes, las terrazas, las fiestas, los hoteles… en esos impresionantes buffets libres. Por cierto, si resulta casi asqueroso ver a alguien comer con gula, con avaricia, volcado sobre el plato como si este fuera a salir volando, engullendo con avidez como si le fuera la vida en ello y cargándose la boca con más comida de la que puede darle la vuelta, no es menos desesperante ver a alguna chica (suele ser más frecuente que verlos a ellos) “espantar” la comida con el tenedor hacia los márgenes del plato, desganada, como si le resultara el mayor de los sacrificios meterse en la boca un guisante, y lo digo por el tamaño, no por la verdura en sí.

Si, según el Evangelio, “por sus frutos  los conoceréis”, no es menos cierto que también se nos conoce por el ramaje. Y en ese ramaje entra el dominio o el descontrol de los sentidos.

Les propongo que hagan la prueba y observen a su alrededor. Sólo tienen que mirar las noticias para darse cuenta de cómo nos “retratamos” a nosotros mismos a través de las opiniones que damos de los demás, y me refiero a todos los ámbitos: política, fútbol, religión, acontecimientos sociales… No es ya que lo que diga Juanito de Pepito diga más de Juanito que de Pepito, no, aunque también, qué duda cabe,  sino que se trata de qué discurso solemos elegir -a menudo siempre el mismo- para poner después la mirada sobre ello, por ejemplo: la desvalorización; es terrible escuchar las calificaciones de algunos dirigentes sobre otros de la oposición; la crítica gratuita en programas que sólo se mantienen por las miserias de famosos que hacen públicas sus antiguos amantes, personal de servicio o amigos que se han vendido al mejor postor; la apatía de tantos desencantados; la improductividad de numerosos vagos que sestean a la sombra de la paguica del Gobierno; el recelo instalado en el pueblo hacia todo, y cuando digo “todo” quiero decir todo: los bancos, los políticos, los inmigrantes, los empresarios, los trabajadores… O, por el contrario, el optimismo con el que buscamos una pareja tras otra después de haber sufrido una decepción, una cornamenta de tres pares de narices,  o un maltrato -y aquí valen tanto los físicos como los psicológicos-; el afán con el que intentamos ser padres y traer a este mundo extraño, insostenible y maravillo a un ser vulnerable y necesitado de nosotros;  la construcción con la que muchos políticos intentan levantar cada día la maltrecha confianza en ellos por culpa de otros bastante menos utópicos y mucho más miserables; la generosidad de tantas y tantas personas que desde dentro de la Iglesia Católica y de organizaciones no gubernamentales dedican su vida al servicio de los demás; el altruismo con el que algunos seres humanos dan la vida por salvar a otros; la confianza que Dios demuestra en el ser humano regalándonos amaneceres…

En fin… que esto de retratar da para mucho. ¿Se animan?

 

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El nuevo enemigo
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Ana María Tomás | 10-06-2017 | 08:56| 0

Después de cada uno de los atentados perpetrados por terroristas yihadistas, los conciudadanos de los asesinados se empeñan en hacer ver al mundo que nada va a cambiar en sus vidas, que ese hecho, por mucho que les afecte, por mucho que se haya llevado la vida de familiares, amigos, conocidos o desconocidos no va a lograr meterles el miedo en el cuerpo o hacerles cambiar sus rutinas. Pero no es verdad. No lo es.

El miedo, por mucho que nos empeñamos en negarlo, ocultarlo, alejarlo o reprimirlo se adhiere al reverso de la piel, se inocula en la sangre y estalla en el alma al menor ruido de un inocente petardo, a la menor alarma. Y se corre en estampida sin saber muy bien de qué se huye o hacía donde se va. Y da igual que se esté a la salida de un importantísimo partido de futbol en Turín o en una procesión solemne en Andalucía, se sale huyendo. En ese momento sólo impera el pensamiento de correr, de alejarse del lugar en donde estamos, de poner la vida a salvo. El miedo es libre, gratis. Se puede atesorar en cantidades industriales hasta adueñarse por entero de la vida y arrebatarla. Así que no. Que nadie diga que un atentado terrorista no va a cambiarnos la vida porque no es verdad. Ya no miramos igual al que camina o se sienta a comer junto a nosotros si adivinamos por su aspecto que podría “supuestamente” ser un “lobo solitario”.  Aunque…, seamos sinceros, el peligro, la amenaza a la vida, en realidad ya no tiene aspecto, ya no se sabe de quién o de dónde puede venir. Antes el peligro tenía un nombre, una cara incluso imaginada, como el lejano “tío del saco” de nuestra infancia: una figura sin rostro pero perfectamente definible. Pero ahora el peligro es indescriptible puede venir en forma de camión en un puente, de un atentado bomba en una discoteca o en cualquier lugar concurrido, de un cuchillo en la mano de alguien a quien le importa poco su vida y mucho menos la de cualquier otro ser humano…

Y es en esos momentos de terror donde surgen con más fuerza los héroes, esos extraños seres que no es que no tengan miedo, es solo que en su instinto básico predomina ayudar a los demás sin pensar en ellos. Y entonces se encaran con asesinos para defender la vida de alguien que ven en peligro sin detenerse a pensar que les puede costar la vida, como suele ocurrir la mayoría de las veces, como le ha ocurrido, tan recientemente, a nuestro compatriota Ignacio Echeverría. Los héroes son aquellos que aparcan el peligro, que no calculan las consecuencias de su acción, que únicamente piensan en ayudar y que ese pensamiento es superior al miedo. Pero que nadie diga que el miedo no nos va a cambiar la vida, porque la verdad es que ya nos la han cambiado sin enterarnos.

Por supuesto que el miedo es una de las emociones básicas que ha permitido sobrevivir a la especie humana, pero siempre y cuando haya servido para ponernos a salvo, no para paralizarnos o condicionarnos la vida. Que nos hablen a las madres de miedos… los conocemos todos, en el amor a los hijos entra tanta variedad como imaginación inservible para protegerlos de ellos.

Apostamos, o al menos queremos hacerlo, por una vida en donde el miedo no sea el norte de nuestra brújula, aunque no nos lo creamos,  porque sabemos que claudicar abierta y reconocidamente ante la aceptación de que el miedo nos domina es sabernos vencidos, reconocernos derrotados, otorgarles el poder de nuestras vidas haciéndonos voluntariamente sus presos. Por eso, ahora más que nunca es preciso recordar las sabias palabras de doctor, psiquiatra y escritor judío austriaco Vicktor Frank, prisionero durante mucho tiempo en los campos de concentración nazi y que dedico su vida a ayudar a los demás demostrándoles que “al hombre se le puede quitar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino.

Sabemos que tenemos un nuevo enemigo, una especie de “alienígena” al que no podemos distinguir porque tiene nuestra misma apariencia. Y es posible que perdamos la libertad de caminar sin recelo por nuestras ciudades… y es posible que sigan matándonos vilmente, pero… también podemos actuar como los héroes demostrándoles que no les tememos. Posiblemente ellos no se sientan derrotados pero nosotros sí podremos sentirnos victoriosos. Y ahora, gracias a I. Echeverría, mucho más.

 

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¡Cerdos!
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Ana María Tomás | 03-06-2017 | 08:35| 0

Una joven es asaltada por un hombre en pleno centro de Murcia. Es, según los barrenderos que le aconsejan que no grite no vaya a ser que piensen que han sido ellos, una hora poco aconsejable para que una chica vaya sola por la calle. El “cerdo” que la agrede le aprieta el culo y un pecho hasta hacerle daño. Ella se encara, lo graba, le grita ¡Cerdo, cerdo! Otra mujer sufre una agresión sexual en Cartagena cuando sale a tirar la basura a las nueve de la mañana. Me pregunto si las nueve a.m., aunque sea prohibitiva para sacar la basura, es una hora “aconsejable” para que una mujer pueda salir sola al contenedor. Otra chica, en San Javier, tiene una discusión con su novio, se marcha a casa y otro de los muchos cerdos que nos rodean la asalta, la arrastra a un descampado y la viola hasta dejarla es estado de shock. Otro cerdo de veintidós años viola a una niña de trece hasta desgarrarla internamente y precisar una intervención quirúrgica. Otra mujer, otra másssss de las muchas que ya van en lo poco que llevamos de año, es asesinada en Molina de Segura, con premeditación y alevosía por un compañero de trabajo presuntamente despechado… Todo esto en apenas una semana y sólo en Murcia. Si abrimos la visión al resto del mundo faltaría tinta y papel para ir desgranando todas las mujeres que han sido y son violadas cada día sistemáticamente.

¿Qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? Se preguntan muchos. Pues nada que no haya estado pasando y ocurriendo desde que el mundo es mundo. La fuerza bruta fue la primera forma de establecer una primacía entre los individuos en donde la mujer, como sigue ocurriendo en la actualidad, a no ser que domine técnicas de artes marciales, está en evidente desventaja ante un corpulento “cerdo”. Por otra parte, el macho siempre ha temido a la poderosa fuerza de la Mujer y, por tanto, ha querido someterla a través de esa otra fuerza tan débil como bruta. Ya lo dice clarito Eduardo Galeano: “El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”. Ya en el canto I de la Iliada podemos leer que Zeus acostumbraba a apalear a su esposa Hera, a  la que ni su hijo Hefesto podía defender puesto que una vez que lo hizo su padre lo agarró por los pies y lo estrelló contra la tierra dejándolo cojo para siempre. Vamos… Casi “na”. Y, casi ayer mismo, en nuestro amado suelo patrio se podía matar a la esposa por, ¡agárrense los machos!, “sospecha” de adulterio. Ahí tenemos grandes obras del teatro clásico español: “A secreto agravio, secreta venganza”, o “El castigo sin venganza”, denles un repasillo.

La Mujer ha sido utilizada, menospreciada, rechazada, perseguida, omitida e invisibilizada de la historia, privada de educación, de libertad, mutilada sexualmente, esclavizada sexualmente… y violada. Violada como sometimiento a los vencidos en las guerras, violada incluso como arma de guerra por enfermos de SIDA, violada como negocio, violada como patógeno placer, violada simplemente porque sí, para hacerle “entender” su sometimiento a la supremacía del macho.

El resultado de los derechos logrados por las mujeres en el primer mundo no es más que el esfuerzo continuado y la lucha denodada de muchas mujeres a las que les costó la vida abrir caminos de libertad para otras y, por supuesto, también a la comprensión, el apoyo y la ayuda de hombre justos, compasivos y sabios.

El biológo Rupert Sheldrake, autor del “Centésimo mono” desarrolla la hipótesis de que cuando una masa crítica de monos llega a un determinado conocimiento éste se trasmite de forma intuitiva e inmediata a los miembros de su especie. Y me pregunto yo sí ese tipo de teoría funcionaría igual con determinados comportamientos humanos. Lo digo porque una joven india hace unos días le cortó el pene a un líder espiritual que la violaba desde hacía años cada vez que acudía a su casa para dar consejo a sus padres. Y eso… desde que la americana Lorena Bobbitt lo hiciera con su marido después de haberla violado borracho… no se ha escuchado mucho. Bueno, sí, creo que una filipina,  una peruana, una china… está última se lo cortó dos veces, una mientras dormía, tras haberla violado, y la otra nada más reimplantárselo en el hospital. Yo me pregunto si ahora que la Mujer está más empoderada que nunca sería capaz de trasmitir de manera inmediata e intuitiva a las mujeres del resto del mundo que el poder de los cerdos violadores termina donde pueda haber una mujer “tablajera”. Y, sobre todo, recordarles que a cada cerdo le llega su san Martín.

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