Ayer, día 26 . Después de un año de larga y penosa espera llega el día del juicio. Es en Elche, juzgado número 1 de lo social. Despido improcedente. Actor, este escribidor, demandadas seis empresas, algunas, (cinco), por ser civilmente responsables subsidiarias.
Los juzgados son nuevos, recién estrenados, apenas dos años. La cita es a las once menos cinco. Todas las partes allí, frente al secretario judicial que corrobora la no conciliación y, por consiguiente da lugar al juicio propiamente dicho. También advierte a los letrados que no hay papel, que los folios han de buscarse en no se que despacho, que -se hace el chistoso- la cosa está muy malita.
Pasillos atestados de gente. En nuestra sala cinco juicios delante del mío. Esperamos, claro. No se a quién se le ocurrió pintar las paredes y pilares de blanco, algún listo. Hay pocos asientos, así que la gente se apoya en los sólidos blancos. Huellas y huellas de suelas de zapatos corroboran lo que digo. Los aseos de caballeros están al fondo. Las cisternas no funcionan, un papel escrito con rotulador y mala caligrafía lo asevera. Huele a orín y porquería. En los lavabos sólo un grifo funciona. Está oxidado, un hilillo tenue de agua cae hacia el abismo. Tampoco hay papel higiénico. A la empresa de limpieza le deben una pasta y ésta se lo ahorra en productos ad hoc para aseo. Ya digo, huele a mierda pura.
El retraso prosigue. Dan las doce y la una y las dos. El tráfago en los juzgados es esplendoroso. Togas, parados, despedidos, testigos, jefes de recursos inhumanos, perdón, humanos. Una palabra maldita en la tertulia espontánea con otros comparecientes: Fogasa, el monstruo de mil cabezas, hasta dos años y pico pueden tardar en pagar cantidades limitadas. Un drama. Otra conversación recurrente: reforma laboral. Otro monstruo, esta vez con dos mil cabezas.
A las cuatro de la tarde comparecemos ante la llamada de su señoría. Al parecer éste está muy cansado y plantea suspender el juicio. Horror. Nos negamos (llevo un año y pico esperando resolución). Los otros, algunos vienen de Madrid, también se oponen. El juez, extrañamente promete resistir.
A las cinco menos veinte un agente judicial con camiseta de Iron Maiden y pinta de tabernero lee nuestra reintrèe. Todos a la sala. Para entonces estoy agotado, no hemos comido y el juez, un chico joven, se apaña entre montones de carpetas rosas, verdes y azules. Explica dónde debo sentarme. Aprovecho para pensar literariamente: una sala de madera sin refrigeración, papeles rosas, expedientes, micrófonos y una cam graba todo. De vez en cuando el sonido se acopla y deben de reiniciar el ordenador.
El proceso es meticuloso, todas y cada una de las partes, como no podría ser de otra manera, exponen, presentan documentales, testificales, contrarreplican y concretizan en conclusiones. Son casi las ocho menos veinte. He distraído mi mente literaria en fantasías próximas. La tenebrosidad del agente judicial, la candidez malévola o no del juez, los pensamientos de uno de los abogados, con su cara de inopia aún no cambiada de estudiante de procesal, las mentiras testiculares de los testigos contrarios a mis intereses. Mundo cruel. Cuando se me cita a exponer ante micrófono vida laboral y demanda, un ataque de lucidez me precede. Decido hablar como pienso cuando escribo, que no es lo mismo pero es igual. Me salen tres coños, pero creo, porque parece que nadie se molesta, que han sido colocados perfectamente en los complementos directos. No me dejo apresar entre las fauces del letrado instigador, al contrario, le advierto de su incorrección en la fórmula de preguntas. Logro irritarlo. Alguien en la sala sonríe.
Las ocho menos cuarto de la tarde. Queda visto para sentencia. Estoy quemado pero contento, mi abogado ha peleado como un león. Lo hemos hecho bien. Además, cosa extraordinaria hoy en día, sigo creyendo en la justicia.
Nueve horas y media después de nuestra llegada paramos a tomar unas cervezas. Me duele el pecho, (ahí dentro tengo una angina crónica), las piernas, la espalda. Recuerdo que he dejado impresa la suela de mi zapato en la pared del juzgado. Debería de haber pintado un corazón y una flecha. I love you justice, podría decir.
Camino a casa todo da vueltas. Convertir el personal mundo literario en pura praxis legal es jodido para mi salud. Pleitos tengas y los ganes dice el refrán. Pues eso: que lo gane, me va el porvenir en ello. Lo prometo

