-Armstrong Free Lance-
C laro, ahora lo entiende uno muy bien. Y decían sus amigos que tenía afición por la lectura. De hecho ya se había encargado de hacerse socio de uno de esos clubs de lectura donde se elige un libro que todos los miembros leen por su cuenta y se reúnen para comentarlo más tarde. La idea es buena, es de tertuliano puro. Y el jovencito salía de casa temprano todos los sábados para entrar en la Biblioteca. Allí le esperaban levantados todos los libros en las estanterías de la planta baja, en la sección de Adultos Préstamo. Habían puesto además varios stands con novedades a la entrada. A veces subía a la primera planta a coger algo de jazz o alguna película para la noche del sábado. El hábito era de lo más saludable. A todo esto hay que sumar la cantidad de libros a su disposición para consultar, la hemeroteca y los periódicos del día y el dinero que ahorraba en libros al no tener que comprarse todo lo que le interesaba, que era mucho. Es proverbial la amabilidad de un bibliotecario, pero viendo la fotografía de la bibliotecaria lo primero que el australiano busca como loco es el teléfono del Club de Lectura para asociarse de inmediato y ser otro lector más. Otro socio que camina o se apea del tranvía en el número 17. 
(La bibliotecaria. Tiene cierto parecido con Regina ExLibris,¿no cree?)

