UNA RADIOGRAFÍA DEL FRACASO ESCOLAR

 

UNA RADIOGRAFÍA  DEL FRACASO ESCOLAR

 

 

En España, el 31,1% de los escolares no logra obtener el título en Educación Secundaria, más del doble de la media europea. Esa cifra aumenta, incluso, en la Región de Murcia, que ronda el 33,7%. Los datos son del propio Ministerio y deberían escandalizarnos a todos. Si ahora mismo hay matriculados más de un millón ochocientos mil alumnos en la ESO, ya se sabe que casi seiscientos mil jóvenes no van a terminar con los conocimientos y las habilidades básicas y mínimas; y que este grupo de jóvenes pasará al mundo laboral sin cualificar y sin una formación cultural adecuada a los años que han estado en un centro educativo y a las cantidades económicas que se han invertido en su formación. También sabemos que de ese millón ochocientos mil matriculados en la ESO, sólo seiscientos mil cuatrocientos se matricularán en bachillerato, muy pocos, tristemente; y de todos estos datos podemos deducir, redondeando las cifras, que los alumnos que quedan, los que han obtenido su certificado en secundaria pero no se han matriculado en el bachillerato, un número cercano a los seiscientos mil, podrán acceder a la formación profesional de grado medio si es que no se incorporan al mercado laboral. No pretendo marear con estadísticas y porcentajes, pero el caso es que más de un millón de jóvenes españoles estarán este año que empieza en precariedad formativa y ante un panorama  laboral poco alentador. Formarán parte de esos ochenta millones de personas  no cualificadas profesionalmente que habitan en la U.E.  

Durante unos días, la Educación ha estado en los medios y en las tertulias; incluso en las calles y plazas, con pancartas y reivindicaciones partidistas, incidiendo en aspectos que no alcanzan, creo, al fondo de la cuestión. Pero aprobada la nueva ley, perdida ya la actualidad informativa, las aguas vuelven a sus silencios de normalidad; la colectiva y voluble conciencia ciudadana se ocupa en otras urgencias y la vida en los ámbitos educativos sigue transcurriendo igual, con la inercia de años, con los graves problemas detectados sin resolver, con un negruzco panorama de expectativas, con la soledad de los que nadan a contracorriente, y, lo más preocupante, sin terminar de adaptarse a las nuevas  circunstancias que exige el siglo XXI y  las directrices europeas.  

Algo tan básico y fundamental como la lectura se ha ido relegando por la gramática y los análisis gramaticales desde la más tierna infancia. Nuestros índices lectores están muy por debajo de la media europea y nuestros alumnos no se destacan precisamente por las capacidades de comprensión lectora y de relación. Y lo malo es que leer se sigue identificando demasiado a menudo, y erróneamente, con perder el tiempo; a veces son los propios profesores, tan imbuidos y presionados por los contenidos curriculares, los que se cuestionan los programas de lectura en los distintos niveles y ponen pegas a que los alumnos vayan a leer a la biblioteca escolar en tiempos lectivos. Pero sin el dominio de la lectura no se construye la abstracción. Las deficiencias en la lectura repercuten, está demostrado, en todo lo relacionado con el estudio y el pensamiento. Confiemos en que los Planes de Fomento de la Lectura que se están iniciando por decreto en la Enseñanza Primaria logran desviar esta tendencia a la baja. Y que algo similar se empiece a aplicar cuanto antes en la ESO.  

La enseñanza de idiomas es otro de los grandes fracasos de nuestro sistema educativo: el 97,7% de nuestros bachilleres han cursado, como mínimo, 9 años de inglés, ¡nueve años!, (el 2,1% lo hizo de francés, y el 0,2% estudió otras lenguas) y son poquísimos los que terminan hablando y comprendiendo la lengua estudiada. Un ejemplo claro lo vemos en el vergonzoso uso del  inglés o del francés de nuestros políticos más relevantes, sin ir más lejos. Son poquísimos los alumnos españoles de secundaria que salen al extranjero a perfeccionar la lengua estudiada  y aunque empieza a haber ayudas oficiales, programas de intercambios escolares, y algunos cursos de enseñanza bilingüe, aún estamos lejos de alcanzar los niveles comunicativos mínimos. ¿Qué es lo que pasa? Un alumno europeo se defiende oralmente en una lengua extranjera con un año de estudio. Nosotros volvemos a caer en las estructuras gramaticales y en una didáctica de la lengua escrita.

El tercer gran reto apunta hacia las nuevas tecnologías: casi un 40% del profesorado no alcanza el nivel de usuario en los centros públicos (son datos del 2001), y por lo tanto nunca utilizan estos medios en sus clases. Es verdad, también, que la media estatal es de 5,8 ordenadores por cada 100 alumnos de secundaria, y que en la mayoría de las clases no hay ordenadores, ni conexiones a internet, ni proyectores que puedan apoyar las explicaciones del profesor. No llega al 27 % el número de centros públicos españoles que tienen página web actualizada y “viva”. Y aún está muy lejos la comunicación didáctica y tutorial a través de correos electrónicos, blogs, espacios virtuales…  Seguimos estando a la cola de Europa y utilizando los viejos recursos. ¿Cómo va a ser lo mismo seguir en un mapa el recorrido del Segura, por ejemplo, o hacerlo a través de las posibilidades que ofrece Google – Earth? Compruébenlo ustedes mismos.

En la actualidad España destina a la educación 5.385 dólares por alumno, mientras que la media de la OCDE es de 6.821. Estamos entre los 10 países que menos invierten de la OCDE. Pero no es todo cuestión de dinero: Corea del Sur registra un nivel de gasto similar al español (inferior en un 30% a la media de la OCDE) y, sin embargo, sus alumnos están entre los que sacan mejores resultados.

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