El día en que fue detenido Jesús Enrique Campuzano como presunto autor del asesinato con ensañamiento de la prostituta dominicana Priscilla Rodríguez ya intuí que detrás del arresto de este vecino de Cabezo de Torres había una gran historia. No en vano, la Policía Nacional había tardado cuatro largos meses hasta lograr ponerle las esposas a este supuesto sádico, asesino y violador en serie, que ya contaba con un estremecedor listado de agresiones sexuales y con el terrible precedente de haberse visto implicado, 18 años atrás, en el asesinato y la violación múltiple de la adolescente Pilar Toledano, de 13 años.
Con el paso de los días fue enterándome de algunos detalles, como el hallazgo de ADN del sospechoso en el cable del televisor con el que había sido estrangulada la chica, que no publiqué en ese momento, porque así se me pidió para no perjudicar a la investigación, pero que me confirmaron en la idea inicial de que quedaba mucha historia por contar sobre este asunto.
Finalmente, y tras diversas gestiones que no se concretaron hasta mucho después de lo que yo hubiese deseado -los tiempos policiales nada tienen que ver con los periodísticos- logré llegar al fondo de un asunto que, quizás por haber vivido ya en su día el caso Pilar Toledano, admito que me tiene sojuzgado. Pude entonces apreciar y admirar la forma de trabajar de un magnífico grupo de policías, los de Homicidios-Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la Jefatura Superior de Policía de Murcia, que liderados por el inspector Alberto Benavente, llevan a gala no haber dejado un solo homicidio por resolver en los últimos años.
El resultado de este trabajo periodístico se vio plasmado en ‘La Verdad’ el pasado 14 de diciembre y ahora lo reproduzco en este blog no sólo para hacerlo asequible a más lectores, sino también en homenaje a unos policías que, como sus compañeros, nos permiten -aun sin que seamos conscientes de ello en muchas ocasiones- vivir más tranquilos. Creo que es un reportaje que, pese a su gran extensión, merece la pena ser leído.
l TRAS EL RASTRO DE UN PELIGROSO HOMICIDA l
DEL CRIMEN DE PILAR TOLEDANO AL DE LA CALLE VINADER l
“Operación Sádico”
Crónica de la minuciosa investigación policial que permitió atrapar al presunto asesino y violador en serie Jesús Enrique Campuzano tras la muerte de una prostituta en Murcia
RICARDO FERNÁNDEZ
Priscilla recordaba a un gorrión. Era un ser tan frágil, tan quebradizo, que ni siquiera tenía fuerza suficiente para exprimir una naranja. Había padecido anorexia y probablemente estaba afectada por una fibromialgia. Por tal razón, por su escaso vigor, la despidió el dueño de un bar donde un día pensó que podría ganarse la vida. Luego probó suerte como peluquera. Y poniendo uñas de porcelana. Incluso logró subsistir un tiempo adivinando el futuro en los naipes de la baraja o en las líneas de las manos. Pero el destino de esta mujer dominicana estaba escrito en las estrellas, como está escrito el de todos desde la primera bocanada de aire y el primer llanto irritado con el que se entra en la vida.
Con la decisión de ponerse a ejercer la prostitución daba un paso más en pos de su fortuna. De su mala fortuna. Otro más dio el día en que comenzó a vender su huesudo cuerpo en el club Flamingo Star de Puente Tocinos. Y otro en el maldito momento en que vio entrar en el local a un tipo de ojos negros, fríos y duros como la antracita y le dijo aquello tan socorrido de «¿no me invitarías a una copa, guapo?». Otro en el instante en que aceptó quedar con él a la salida del trabajo. El último lo dio el pasado 3 de junio, hacia las seis y media de la madrugada, cuando franqueó a Kike la puerta del piso de Murcia que compartía con su hermana y con su hijo. Se desnudó, se tendió en la cama y se dejó atar las manos a la espalda. Un instante después lo vio. Era su destino. Aquél del que con tanto empeño había tratado de escapar. Llevaba un afilado cuchillo en una mano.
UN ORGANISMO UNICELULAR
Al policía no le gustó aquello. A nadie, mejor, a casi nadie, le gusta contemplar el escenario de un crimen. Pero lo que no le agradaba al especialista en Homicidios del Cuerpo Nacional de Policía iba más allá del impúdico y exangüe cuerpo de la prostituta, de las tres heridas de arma blanca que presentaba en el pecho, del cable de antena de televisor que se anudaba en torno a las muñecas de la mujer y recorría toda su espalda hasta enroscarse como un áspid en su delgado cuello, del sujetador y las bragas enrolladas sobre sí mismas que aparecían abandonadas junto a la cama… «Este asunto está jodido. Ya veremos si no se nos queda colgado…», se dijo.
Lo que menos le gustaba es que la víctima fuera prostituta, pues ello abría casi hasta el infinito su posible círculo de conocidos. Tampoco el móvil estaba nada claro. Salvo el robo, que parecía descartado de entrada, podía ser cualquier cosa: un ex novio celoso, un cliente sádico, un tipo obsesionado con la chica… Y luego, para colmo, estaba el hijo, de unos 20 años, que se encontraba en la casa en el momento de producirse el crimen y a quien ya estaba empezando a tomar manía. Bastante manía.
El chico en cuestión era, como lo describiría más tarde un policía, «una especie de ameba, un organismo unicelular», incapaz en apariencia de articular una respuesta lejanamente inteligente. «Le hablabas y te miraba. Le preguntabas y te miraba». Con la misma expresión de viveza en la mirada que una carpa japonesa tras el cristal de un acuario.
No era solamente que hubiera sido incapaz de enterarse de que a su madre la estaban matando. Es que ni siquiera se había percatado de que la mujer estaba muerta cuando penetró en su habitación a primera hora de la tarde. ¡Y era evidente que estaba muerta y bien muerta! Había llamado a un amigo y le había dicho: «Mi madre está inconsciente, ¿sabes?». Por fortuna, el otro chaval debía de ser algo más espabilado y alertó al 112.
- «¿A que ha sido este menda? ¿A que se le ha ido la pinza y se ha cargado a su madre?», no pudo evitar interrogarse a sí mismo el agente, ya curado de espanto, como todos, desde el sonado asunto del asesino de la catana.
El policía, sin embargo, sabía que su mayor error sería encelarse en una sola línea de trabajo, despreciando cualquier otra hipótesis. Sacudió la cabeza, como si así pudiera apartar la idea de la mente, y siguió recogiendo con minuciosidad de hormiga cualquier cosa que pudiera servir un día como prueba. «Todo a su debido tiempo», se dijo.
EL ÚLTIMO CLIENTE DE LA JORNADA
El dueño del club Flamingo Star no albergó la menor duda al respecto: iba a colaborar en la investigación. A fin de cuentas, alguien se había llevado por delante a una de sus trabajadoras. Y por si eso no era suficiente, la experiencia le decía que el negocio podía torcerse si los policías llegaban a la conclusión de que no estaba ayudando en la medida exacta de sus posibilidades. Les bastaba con enviar una patrulla cada noche para pedirles la documentación a las chicas, y los clientes huirían como si dentro del local les esperasen sus señoras esposas. «A ver, chicas… -animó el propietario al resto de las meretrices-; vamos a contarles a estos amables policías todo lo que sepamos de los que eran clientes habituales de Priscilla».
Salieron una decena de candidatos a ser investigados. Incluido un tal Kike, que albergaba el sospechoso honor de haber sido el último con quien yació la dominicana.
Mientras tanto, varios grupos de agentes vaciaban contenedores de basura y rastreaban las alcantarillas en busca del arma homicida, y recogían todas las grabaciones de vídeo en un amplio diámetro en torno a la calle Vinader: las de los bancos y cajas de ahorros, las de los comercios, las del propio Palacio de San Esteban… En cualquier sitio podía estar la prueba definitiva.
«LE TOMAMOS MANÍA»
En el argot policial, tomarle manía a alguien no significa lo mismo que para el común de los mortales. Más bien equivaldría a centrarle como objetivo, a convertirlo en sospechoso número 1… Los agentes de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV), sección Homicidios, le tomaron manía a Kike, mucha, mucha manía, en el instante mismo en que averiguaron su identidad completa y ojearon su hoja de antecedentes penales. Cómo no tomarle manía a alguien que con sólo 15 años se había visto implicado en la violación múltiple y asesinato de una chiquilla de 13 años llamada Pilar Toledano. Cómo no tomarle manía a alguien que, después de pasar por los mejores centros de reeducación de menores de España, había vuelto a violar a otra joven. Cómo no tomársela a quien, después de cumplir condena, había vuelto a ser denunciado por una prostituta, que le acusaba de haberla violado…
Si a alguien en el mundo podían los polis tomarle manía, ése era Jesús Enrique Campuzano Munuera. Tenía 33 años, un cuerpo recio y musculado por el constante trajinar con hierros en la carpintería metálica de su tío, una media sonrisa de conquistador de pacotilla y unos ojos negros, fríos y duros como la antracita. Nunca más, hasta el momento de su detención, tres meses más tarde, volvería el chico a poner un pie en la calle sin llevar sobre su nuca la insistente mirada de un policía. «Le habíamos tomado manía, por supuesto. Toda la manía del mundo. Pero es que además temíamos que volviera a cometer una burrada con otra chica», rememora ahora uno de los agentes que participaron de lleno en la investigación.

UNA CÁMARA DE VÍDEO Y UN CAJERO
Las gestiones avanzaban a buen ritmo. Los policías habían comprobado que Priscilla había sido dejada junto al edificio de los Nueve Pisos de Murcia hacia las 06.20 horas de la madrugada del 3 de junio. Su cuerpo de gacela fue captado por las cámaras de seguridad del Palacio de San Esteban mientras descendía de la furgoneta que conducía el dueño del club. Desde allí se encaminó hacia su casa, situada en la cercana calle Vinadel.
Los agentes buscaban la forma de situar a Kike en las inmediaciones de la vivienda, a esa hora, y lo lograron siguiendo el rastro de su tarjeta bancaria. A las 06.32 horas de ese día, comprobaron con satisfacción, el chico había sacado dinero de un cajero de la Plaza de Santa Isabel. A un centenar escaso de metros del domicilio de Priscilla.
Con menos indicios que ésos se ha detenido a sospechosos en otras ocasiones. Pero los especialistas de la Policía Nacional sabían que Kike no iba a derrumbarse y a cantar de plano. Tenían pues que tenerlo todo bien amarrado. No podían arriesgarse a dar un paso en falso.
TRES CALADAS PARA LA ETERNIDAD
Como no querían que Enrique pudiera alegar que esa tarjeta la había perdido, comprobaron a lo largo de varios días que era él, y no otra persona, quien seguía usándola. Pero eso seguía sin ser suficiente. A la investigación le faltaba un pequeño empujón, y llegó cuando desde Madrid se les informó de que había sido aislado un perfil de ADN en el cable de antena con el que la prostituta había sido asesinada. El sádico se había dejado allí suficientes células epiteliales como para quedar retratado.
Era lo que estaban esperando los agentes, que sin embargo se toparon con una dificultad inesperada. Pese a que Jesús Enrique Campuzano tenía varios antecedentes por violación, su huella genética no estaba en los archivos policiales. Tendrían que obtenerla de otro modo para cotejarla con la que quedó en el cable. No iba a ser fácil, pero sabían cómo hacerlo.
El calor estival reblandecía el asfalto cuando el agente 82905, que seguía muy de cerca a Kike, lo vio acercarse a la calzada de la calle Ingeniero Pérez Durruti, frente a la puerta de la autoescuela Doble Mando. Pese a que conducía desde crío, el sospechoso estaba tratando de sacarse el permiso. Llegó entonces el coche de prácticas y Kike se dispuso a ponerse al volante. Dio tres ansiosas y profundas caladas al cigarrillo, lo tiró al suelo y subió al vehículo.
El agente se acercó presuroso, con la mirada fija en el lugar donde había caído la colilla. Se puso un guante de látex, abrió una bolsa y metió en ella el maltrecho y chupeteado cigarro. «Si no ha dejado aquí su ADN ese cabrón, me como la placa», sonrió el madero.
Lo había dejado y, además, no tardaron muchos días en confirmarles desde Madrid que el bingo era correcto. Un minuto después, el presunto asesino y violador en serie, el aparente sádico, estaba esposado. Tres días más tarde ingresaba en prisión.
Ya se sabe que fumar perjudica la salud, pero además puede suponer pasar una eternidad a la sombra.
COMÉRSELO EN NEGATIVA
Kike, eso se daba por descontado, lo negó todo: que conociese a la chica, que hubiera quedado con ella después del trabajo, que hubiera estado en su casa… Los policías se regodeaban con cada negativa. Y es que, una vez que al sospechoso le han puesto el lazo en torno al cuello, cuanto más intenta escapar más se estrangula. Le hubiese ido mejor, sin duda, en términos de defensa, admitir que era amigo de la prostituta y que estuvo en el lugar del crimen. Lo habría bordado si hubiera añadido que un día incluso le instaló el cable de la antena de televisión, porque ello le habría permitido dar una explicación verosímil a la presencia de su ADN en ese objeto.
Claro está que eso lo saben él y su abogado ahora, cuando probablemente ya sea demasiado tarde para ir cambiando de versión.
Como señaló hace unos meses el director del Instituto de Medicina Legal de Murcia, Emilio Pérez Pujol, «es sin duda el autor del asesinato y, como se dice en el argot policial, se va a comer el crimen en negativa. O sea, que va a ser condenado por más que se empeñe en negarlo».
En ocasiones, ir de duro, y Kike iba más de duro que nadie, no suele ser lo más aconsejable.