28 Nov 2009
Teresa
Ahora ya ha quedado probado, por sentencia judicial, lo que uno intuía hace casi cuatro años y no podía publicar porque lo hubieran crujido a demandas (que es lo que hacen muchos honestos presuntos corruptos, que por más que estén imputados en un buen puñado de delitos, se pasan el día llevándote al juzgado por decir que están imputados en un buen puñado de delitos; ¡qué cosas!).
Lo que uno ya intuía, digo, y no publicó por la razón confesada (entono el 'mea culpa' por ello), es que la entonces concejala Teresa Rodríguez, que formó parte del equipo de gobierno del PP en Alhama de Murcia, tenía una jeta más grande y más dura que las de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, todos ellos juntos, esculpidos como están en la montaña Rushmore. Un jetón tan inmenso y pétreo como para filtrarle a su señor marido las preguntas de una oposición a conserje municipal y como para, una vez trincada con las manos en la masa, romper la disciplina de grupo y dedicarse desde ese instante a joder al alcalde, a sus ex compañeros y, probablemente, a buena parte del pueblo alhameño, por donde más les dolía; esto es, a intentar cargarse el macroproyecto urbanístico Condado de Alhama, en el que Polaris World impulsaba 12.500 viviendas.
Recuerdo que, por aquel entonces, Teresa 'La Jetona' recibió infinidad de muestras de apoyo por parte de innumerables colectivos ecologistas, medioambientalistas, conservacionistas y antiladrillo, que la convirtieron en heroína nacional sin querer apercibirse del inmenso hedor que emanaba de la novedosa toma de posiciones políticas por parte de la sufrida ama de casa reconvertida en concejala y, luego, por obra y gracia de un marido frustradamente conserjeado, también en símbolo de la lucha por el medio ambiente.
Rememoro igualmente el inmenso bochorno y la vergüenza ajena que me invadieron al toparme, en un periódico nacional de gran tirada, con la historia de una Teresa Rodríguez que, elevada a los altares de la lucha contra la destrucción de la naturaleza de nuestra España cañí, compartía (bajo el título: 'Un puñado de valientes') una doble página con otros tres combatientes y mártires del bien común. "Ni Teresa podrá nunca subir más alto, ni estos tres pobres que la acompañan podrán caer más bajo jamás", me dije. Prueba de todo ello, de aquella vergüenza y aquel bochorno ajenos, es que recuerdo esa información como si la hubiera leído hoy mismo.
Pues bien, queridos amigos, aquí tienen ahora a su Teresa, cubierta del mismo lodo en el que ya hace cuatro años largos estaba bien rebozada y que no la privó de los abrazos y besuqueos de encendidos militantes de la causa antiladrillil. Decía el otro día, en la respuesta a un lector de este mismo blog, que no hay nada que ciegue más que la ideología extrema. Pero lo que no conocía es que además atrofia las pituitarias.
Hoy, viendo confirmada la catadura moral de la señora, pienso que quizás a Polaris World le habría costado muy poquito lograr su apoyo de un día para otro. Sé que hubo quien les propuso que lo intentaran. Que renunciaran a tratar de convencerla dice mucho en favor de la promotora.
03 Nov 2009
Marchando una de códigos éticos
El PP nacional ha anunciado que va a difundir entre los suyos un código ético, o de Buenas Prácticas, que debe redundar "en la transparencia y pulcritud de los altos cargos de este partido". Por supuesto, ¡no podía ser menos!, el PP murciano, que curiosamente tiene el dudoso honor de liderar el índice nacional de sospechosos de corrupción por metro cuadrado, se ha precipitado a señalar que será "el primero en ponerlo en marcha". Ahora bien, advirtiendo, eso sí, de que a los diversos alcaldes que están imputados, algunos en una decena de delitos, a ésos ni tocarlos, como tampoco a otros cuantos altos cargos inmersos en procesos penales de hedionda apariencia. Todos los cuales, por cierto, siguen perfectamente colocados y chupando de la inagotable ubre pública, no sea que les entre un ataque de locuacidad y les dé por disparar hacia las nubes, que es donde habitan los dioses.
Para tratar de explicar este sinsentido, y quizás pensando que la ciudadanía es lela y no sabe distinguir entre responsabilidades políticas y penales, el vicesecretario popular de Organización, Pedro Antonio Sánchez, ha argumentado que, respecto de esos muchos casos de cargos públicos implicados en presuntos procesos de corrupción, "no se puede obviar que todavía no hay condena". ¡Cómo si fuera necesario que los jueces se pronuncien previamente para que el PP murciano mande a su casa a alguien sospechoso de estar enriqueciéndose, o haciendo enriquecerse a sus familiares y amigos, desde su mullida poltrona! Con esa mentalidad, desde luego, no hacen falta códigos de buenas prácticas, ni éticos, ni deontológicos, ni siquiera hace falta atesorar una mínima vergüenza o decoro, porque cuando un juez dicte sentencia ya no será necesario que alguien dimita: lo habrá inhabilitado la Justicia para ocupar un cargo público durante una larga temporada, en el mejor de los casos y, en el peor, le habrá buscado un retiro a la sombra por unos cuantos años.
Después de años negando la evidencia, esto es, negando que son legión quienes se arriman a los partidos políticos con el mismo ánimo con que un filibustero ponía proa hacia un navío procedente de las Indias. Después de años cerrando los ojos ante esos compañeros de la gestión pública, por todos conocidos, que llevaban un tren de vida para nada acorde a sus ingresos oficiales; de esos colegas que llegaban arruinados al poder y en apenas cuatro años acumulaban todoterrenos, suntuosas viviendas en la ciudad, chalés en el campo y en la playa, y barquito en el punto de amarre. Después de años poniéndose tapones en los oídos frente a algunos empresarios que, hastiados y asqueados, iban por altos despachos quejándose de que Fulanito o Menganito le exigía una mordida para otorgarles un contrato. Después de años encogiéndose de hombros ante quienes proclamaban, con gestos más o menos explícitos, que estaban en política "para forrarse", como verbalizó aquél por todos conocido que encima llegó a ministro. Después de años de negar la evidencia y de asegurar que todo responde a una operación de acoso y derribo montada por el Gobierno y la Fiscalía. Después de todos estos años en los que, de sostener que no se iban a admitir siquiera comportamientos poco éticos en la Administración Pública, se ha pasado casi a dejar a los chorizos campar por sus respetos...
Después de todo esto, ahora se extrañan, como el otro día el president Montilla (que en esta fiesta el PSOE también tiene lo suyo, y si no que explique su sospechoso silencio respecto del senador y ex alcalde de Ceutí Manuel Hurtado), se extrañan, digo, de la degradación de la vida pública y del enorme deterioro de la imagen de los políticos entre los ciudadanos. Y el PP, para remediarlo y dejarnos a todos más tranquilos, se larga un código de buenas conductas mientras mantiene en el cargo a sus alcaldes imputados y requeteimputados. Como si la gente, insisto, fuera lela y se chupara el dedo. No te digo.
PD: Sobre el 'paseo' frente a los fotógrafos que le dieron el otro día a los implicados en el caso Pretorianos de supuesta corrupción en Cataluña, y que tanta indignación ha despertado en ámbitos políticos, debo confesar que a mí también me parece un trato indigno. Eso sí, lo que no acepto es que sólo sea indigno cuando se trata de políticos y no cuando el 'paseado' es un homicida, un narco o un atracador de bancos. Que el traje chaqueta no hace digno a nadie.
14 Oct 2009
Con-sejero con-sentido
El relamido consejero Pedro Alberto Cruz ./ JUAN LEAL
Yo no sabía si reír o llorar. Lo juro. El espectáculo resultaba tan esperpéntico, tan bochornoso, surrealista, extravagante y grotesco, que no era capaz de convencerme a mí mismo de que aquello estaba siendo protagonizado realmente por todo un señor consejero de la Comunidad Autónoma de Murcia. Me quedé paralizado ante la pantalla del ordenador. A mitad de camino entre la hilaridad y el horror. Entre el descojone y la vergüenza ajena. Entre el desternille y el escalofrío.
"Les voy a contar una historia", había iniciado su discurso el titular de Cultura, Pedro Alberto Cruz, para entrar ya de lleno en una patética y artificial representación -miradas elevadas al cielo, boca semiabierta pretendidamente sensual, silencios impostados, voz engolada...- (ver vídeo ), sin duda ensayada ante el espejo una decena de veces la noche antes y que pretendía hacer pasar por improvisada. Todo ello para armar una especie de fábula (los restos de Esopo deben de estar también claqueteando en su tumba, no sé si estremecidos de horror o desencajados de risa), en la que la moraleja no era otra que la siguiente: las denuncias de La Verdad sobre supuestas irregularidades en su departamento son absolutamente falsas, todo responde a una concepción "amarillista" del periodismo y él, Pedro Alberto, acabará saliendo impoluto de esta crisis, porque es el bueno de la historia y ya se sabe que los buenos siempre ganan.
Bastante simple el argumento, desde luego, aunque admito que no sé si ello responde a que su estresado y siempre bullicioso cerebro se ha gripado y ya no le da para más, o bien a que se estaba dirigiendo a un grupo de periodistas y, teniendo en cuenta el escaso respeto que parece tener hacia esta profesión, optó por montar un cuento infantil con la esperanza de que los pobres reporteros tuvieran alguna oportunidad de entenderlo.
No voy a insistir en las denuncias que ha venido haciendo este periódico (fundamentalmente, que personal vinculado a su departamento se ha estado adjudicando contratos de la propia consejería), porque los hechos son irrefutables, han sido perfectamente explicados y demostrados por Julián Mollejo en sus crónicas y los lectores no son tontos. No era ése, ya digo, el motivo de este comentario.
Lo que deseaba era llamar la atención sobre lo que ese vídeo deja traslucir acerca de la personalidad del consejero Cruz. Un hombre -pienso- que tras largo tiempo rodeado de una corte de aduladores profesionales (y a fe que parecen cobrar bien por sus caricias en el lomo y sus sonrisas); de repetirse los unos a los otros que son los más guays, los más chachis, los más listos, los más rompedores y los más postmodernos; de justificarse a sí mismos cada día con el argumento de que los murcianos son unos perullos y unos paletos cuyo intelecto necesita ser zarandeado por montones de escombros elevados a la categoría de obra de arte; de dedicarse a provocar e indignar a propios y extraños (incluidos a los militantes y simpatizantes de su propio partido) con la suficiencia de quien se sabe blindado; a fuer de tirar de chequera como si el dinero público saliera de un pozo sin fondo..., ha acabado por creerse su propio cuento y está perdidamente enamorado de sí mismo. Un hombre, sostengo, que si no se besa es por que no llega.
Imagino fue ensayando una de sus representaciones 'improvisadas' ante la prensa cuando el espejo le devolvió su imagen y, al igual que Narciso, quedó para siempre prendado de sí. No se extrañen pues de que en sus comparecencias actúe como lo hace. No actúa para el público. Lo hace por y para él: su más rendido admirador.
22 Jul 2009
Toneladas de basura
Limusa, la empresa municipal de limpieza de Lorca, ha estado gestionando a lo largo de años inmensos montones de basura. Y no me refiero a las toneladas de desechos de todos los lorquinos que cada noche se recogen de los contenedores.
El levantamiento del secreto de las actuaciones que durante meses pesó sobre este asunto nos ha permitido confirmar lo que ya intuíamos y ya publicamos en un post anterior: un grupo de cargos públicos del Ayuntamiento de Lorca y algunos altos funcionarios habían convertido la entidad pública en el instrumento perfecto para darse la gran vida y correrse unas buenas juergas con cargo al dinero público.
No me es difícil imaginar el origen de todo ello. Un día cualquiera se juntan a comer un grupo de amiguetes (concejales, quizás el propio alcalde, destacados funcionarios municipales...) y al término del almuerzo alguien sugiere: "Págalo tú con la tarjeta de Limusa, Patxi, y pon en la factura que se trata de gastos de representación". O quizás fue del propio gerente, el tal Patxi, Francisco Gil Eguino, de quien surgió la idea. Poco importa. El asunto es que la brecha por la que se perpetrará el saqueo acaba de quedar abierta. Después de esa primigenia comida vendrán otras, muchas otras; y viajes -con o sin partidos de Champions, y con o sin fulanas-; y banquetes familiares cargados a la caja única de Limusa, y falsas celebraciones en restaurantes que se transforman en dinero en efectivo para los felices y dicharacheros miembros de la trama...
Si a ello le unimos que el/los responsable/s de garantizar el buen uso del dinero público están también metidos en harina, disfrutando de las mismas fiestas que el resto, y que tampoco los concejales de la oposición están al 100% libres de toda culpa, la garantía de impunidad parece absoluta.
En estas circunstancias, el gerente de la empresa pública, el tal Patxi en este caso, viene a devenir en una especie de dios menor. No sólo es el amo y señor de sus dominios, sino que además cuenta con el inquebrantable respaldo de los dioses mayores de agradecido estómago. Así pues, no importa si se dedica a enchufar en la empresa a sus amigos, a los hijos de los amigos o a sus propios familiares, ni tiene mayor relevancia si se comporta como un déspota o utiliza a los empleados de la firma para sus negocios y asuntos particulares. Tampoco pasa nada si emplea los fondos públicos para financiar -cero interés, cero burocracia, cero riesgo- las promociones inmobiliarias que impulsan él y un grupillo de amiguetes.
El tripeo, el viajeteo, el futboleo y el follisqueo gratuitos bien justifican el mirar para otro lado.
Y ahora que todo esto comienza a conocerse, ¿qué? Pues lo de siempre: nada. 'Nothing'. 'Rien de rien'. ¿Alguien piensa que los autores de semejantes tropelías se han escondido bajo las piedras, avergonzados, y que sus conciudadanos los reciben con pitos y abucheos cada vez que, obligados por el hambre, se ven obligados a salir a la calle para comprar una barra de pan y unas lonchas de salchichón? Al contrario. Pasean por las calles con la cabeza bien alta y la mirada retadora, del brazo de sus señoras, y saludan animados a sus conocidos mientras difunden la especie de que todo es una invención de los periodistas -"un cuento de la niñata esta de Lorca, a la que un día se lo voy a tener que explicar"- y anuncian querellas sin fin.
A mí, que estoy vacunado desde hace años contra casi todo, me sigue indignando especialmente, sin embargo, que unos supuestos servidores públicos se dediquen a servirse a sí mismos, y muy bien servidos, con mi dinero y el del resto de los contribuyentes. Por ahí nunca he pasado, ni paso, ni pasaré. Pero lo único que me faltaba ya por conocer es que incluso les estábamos pagando las putas. Y eso ya sí que no, oiga. Al menos en materia de fulanas, por favor, que se pague a escote.
01 Jun 2009
El mayor enemigo siempre está en casa
Francisco Gil Eguino, ex gerente de Limusa, al ser detenido.
Foto Paco Alonso
Resulta un hecho probado la escasa originalidad de muchos de nuestros cargos públicos a la hora de enriquecerse ilícitamente. Durante muchos años, todo se ha reducido a pedir comisiones a cambio de la adjudicación -amañada- de contratos, aprovecharse de la información privilegiada que poseen para favorecer a familiares o amigos, montar sociedades con contratistas locales para llevarse por otro lado -de forma aparentemente legal- una parte de lo mucho que ellos les dan a ganar a esos socios... Pero tampoco se les puede juzgar por su escasa imaginación, pues lo cierto es que el negocio les ha funcionado muy bien a lo largo de décadas y aún hoy les sigue yendo de maravilla, salvo por los pocos casos que acaban llegando al juzgado. No habría razón, pues, para cambiar lo que bien funciona.
De ahí que me hayan sorprendido ahora las revelaciones que van surgiendo sobre la llamada trama Limusa de Lorca. Al margen de que la amplia relación de presuntos mangantes me despierta el mismo desprecio que el resto de supuestos corruptos que pueblan nuestra saqueada geografía regional, debo confesar que al menos estos lorquinos han logrado sorprenderme con la introducción de algunas novedades en el tedioso arte del choriceo. "Sólo por eso -me he dicho-, se merecen que les dedique unas líneas en mi prestigioso blog, jeje, y que me empiece a sacudir de una vez esta cansera sin límites que se ha apoderado de mi alma y de mi cuerpo. Estoy seguro de que ellos, a su vez, me lo agradecerán).
Para empezar, lo que en apariencia estaban haciendo es utilizar la empresa pública de limpieza (la citada Limusa), como si fuera un banco. Su gerente, Francisco Gil Eguino, habría montado toda una trama de sociedades junto a un grupillo de socios privilegiados (el notario Sebastián Fernández Rabal, el ex concejal socialista Miguel Miras, el dentista Urbano Alejo y el corredor de seguros Ángel Trinidad Martínez), y habría estado utilizando los fondos de Limusa para financiar los proyectos particulares que él y sus socios impulsaban a través de sociedades como Cabo Cope Naturaleza S.L. o Inversiones Umbe S.L. De esta forma no sólo tendrían garantizada la financiación, sino además a un 0% de interés. Un chollo. Después, los beneficios se repartían equitativamente y en negro (hasta tres millones de euros habrían sido ocultado al fisco). Doble chollo.
Todo esto explica que los delitos que están siendo investigados sean los de malversación de fondos públicos y contra la Hacienda Pública.
Hasta ahí, perfecto. Pero hay una segunda parte de esta investigación, bastante más chabacana, que es la que se centra en determinar si también hubo malversación de los fondos de la empresa pública con fines más gratificantes. En concreto, si la trama habría justificado de forma ilícita algunos gastos que no se habrían producido -por ejemplo, inexistentes comidas de empresa- con el aparente fin de disponer de un dinero que luego gastaban en fiestas. Son esas juergas, su cantidad, cualidad y la identidad de sus participantes, las que apuntan a que el futuro levantamiento del secreto del sumario puede acabar por depararnos un espectáculo bastante bochornoso y lamentable.
Lo mejor del asunto es que Limusa llevaba años, en apariencia, funcionando como el cortijo o la finca particular de una serie de señores, sin que nadie hubiera puesto el grito en el cielo y, mucho menos, hubiera dado la alerta en los juzgados o en la Fiscalía. Y eso que los tejemanejes de Gil Eguino y sus socios parece que eran vox populi en la Ciudad del Sol.
El asunto se ha descubierto, como tantas otras veces, por una denuncia surgida de la propia empresa. Bastó con que uno de los trabajadores de Limusa, Jacinto P., empezara a ser represaliado por el ahora ex director para que comenzara a copiar material informático sensible, lo pusiera en determinadas manos e hiciera saltar la trama por los aires.
Al final, por muy listos que fueran, los miembros de la presunta trama olvidaron una premisa básica: vigila tu casa; el mayor enemigo siempre está dentro.
PD: Iba a dedicar un comentario a analizar las razones por las que el presidente murciano, Ramón Luis Valcárcel, se crispa tanto cuando le mientan a su ex consejero Francisco Marqués. Pero he considerado finalmente que el asunto tampoco da mucho de sí. Está bastante claro, a mi modo de ver. De un lado, no puede apoyar públicamente a quien ha confesado en sede judicial que, cuanto menos, ocultó a Hacienda operaciones por unos 550.000 euros. De otro, no puede arremeter ni abandonar a su suerte a quien ya le mandó un claro aviso en su declaración y a quien, aunque sea sin razones, puede ponerlo en un difícil brete con sólo pronunciar una frase. Eso, por no hablar de lo que debe suponer ver detenido y esposado a quien fue uno de tus hombres clave de tu equipo durante largos años. En fin, que a mí, en el lugar de Valcárcel, tampoco me haría gracia que me preguntaran por el asunto. Por eso he renunciado a escribir sobre el asunto. Saludos.
01 Abr 2009
Estoy cansado
Nunca quise ser bandera de nada ni de nadie. A lo único que aspiré fue a contar cosas, a relatar historias, a ejercer en suma de periodista, no sé si con la mayor modestia (son muchos los que me reprochan ser más chulo que un ocho, y probablemente ofrezca esa imagen), pero sí con la mayor honestidad y el mayor rigor posibles. Habré cometido errores, pero nunca mentí a conciencia. Y mucho menos a cambio de precio o recompensa. Quienes me conocen saben que, si tengo un precio (y son muchos quienes mantienen que todos lo tenemos), debe ser muy elevado porque nadie se acercó tanto como para despertarme siquiera la más leve duda en el ánimo. Con el digno sueldo que mi empresa me paga vivo más que sobradamente, porque nunca tuve apego por los bienes materiales y porque hace largo tiempo que comprendí que lo realmente importante no cuesta ni un euro.
Vaya, todo esto, por delante, a modo de introducción.
Si durante meses me he dedicado a publicar asuntos de corrupción en la Administración Pública no lo he hecho desde el convencimiento de quien se cree con capacidad para cambiar la sociedad, o de quien aspira a ello, sino desde la vocación del comunicador que piensa que una sociedad más informada siempre será una sociedad más libre. Me metí así en estas lides tanto por vocación (son cuestiones bonitas de investigar y de escribir), como por capacidad, si se me permite decirlo de esta forma, porque mis muchos años ejerciendo la crónica de sucesos y tribunales me han aportado una serie de contactos entre las fuerzas de seguridad y en la Administración de Justicia de los que no tantos disponen. Y he disfrutado mucho haciendo este trabajo, entre otras cuestiones porque estoy cómodo en la pelea (no me afectan las presiones externas, y hasta me motivan) y porque tengo la conciencia tranquila (quienes tratan de esconder sus miserias generando bruma, y me acusan de partidista, ahí tienen las hemerotecas; nunca desprecié un asunto en función de sus siglas: desde los 'casos Ninette' o 'Ceutí' a los 'Tótem', 'Biblioteca', 'Zerrichera', 'Barraca' y tantos otros).
Pero, he de confesarlo, me siento cansado. Y eso, lógicamente, y entre otras cuestiones, se refleja en el hecho de que lleve días (semanas, más bien) sin prodigarme por este mi querido 'Blackblog'.
Me desanima la indolencia de una sociedad que asiste impertérrita a una inacabable sucesión de escándalos de corrupción en nuestra administración pública. Me agota el descaro con que altos responsables políticos se encogen de hombros ante presuntos gravísimos actos en los que habrían incurrido personas de su entera y reiterada confianza ("estamos hablando de alguien que ya no es cargo público", "esto no tiene ninguna relación con el Ayuntamiento", "cuando alguien se corrompe la responsabilidad es exclusivamente personal", "ya no es alcalde de este partido, porque pidió la baja voluntariamente"...). Me machacan las falacias pronunciadas como si fueran sentencias irrevocables ("han presentado 43 denuncias contra nuestro partido y se han archivado 41", "han encarcelado durante un mes a un alcalde y ahora todo ha quedado en nada", "estos casos están movidos por intereses políticos"...). Me entristece que cargos públicos con una interminable lista de delitos imputados sigan administrando la cosa pública.
Hace unos meses, un lector habitual de este foro me citó para mantener un rato de charla. Casi a la hora de despedirnos me pidió: "No desfallezcas, porque somos muchos, más de los que tú crees, los que necesitamos de tus informaciones". Le respondí aquello mismo con lo que he iniciado este comentario: "No voy a consentir ser bandera de nada ni de nadie. Ni voy a permitir que me saquen en procesión o me paseen como adalid de no sé qué batalla. Voy a seguir haciendo mi trabajo. Y punto. Y si eso coincide en un momento dado con los intereses de no sé qué personas o grupos, perfecto. Y si no coincide, pues perfecto también. Sólo aspiro a seguir siendo lo que soy: un simple periodista".
Ahora estoy cansado. Lo admito. Pero me salvan dos cosas: Una, no puedo bajar la bandera, porque nunca asumí la responsabilidad de enarbolar otra bandera que no fuera la de mi profesión y la de mi empresa. Y dos, me gusta demasiado este puto oficio y me conozco lo suficiente como para saber que, ante cualquier nueva noticia de relieve, las baterías se me cargan solas. Y algo me dice que no pasará demasiado tiempo sin que vuelvan a aflorar los lodos por estos lares.
Cuando eso ocurra, estaré ahí para contarlo. A fin de cuentas, en eso consiste mi trabajo y de mi trabajo, exclusivamente, es de lo que como. No todos pueden decir lo mismo.
05 Mar 2009
Marqués y el 'marrón'
La detención de Francisco Marqués, adelantada ayer por la edición digital de 'La Verdad', marca un antes y un después en la investigación -tan prolija- de supuestos casos de corrupción urbanística en la Región. El salto cualitativo es muy importante. Trascendental. Por vez primera las sospechas de corrupción penetran en el seno del Gobierno regional, sin que sirvan los argumentos esgrimidos esta misma mañana por el presidente Ramón Luis Valcárcel, que ha recordado que Marqués ya no forma parte del Ejecutivo autonómico y que se ha apresurado además a desligar las responsabilidades personales -las de Marqués, se entiende- con las del Gobierno murciano como institución. "Yo nunca he puesto la mano en el fuego por nadie", ha afirmado Valcárcel, en un intento de desligarse -"a mí que me registren"- de cualquier vinculación con quien durante más de una década fue uno de sus más destacados consejeros.
Al margen de que sea o no una política acertada la de abandonar ahora a su suerte a Marqués -una sola frase de éste, aun formulada por despecho, podría poner en una difícil situación a cualquiera de sus antiguos compañeros de viaje-, lo cierto es que los supuestos delitos que se le atribuyen los habría cometido durante su etapa como miembro del Consejo de Gobierno de la Comunidad Autónoma. En este sentido no se puede hablar de meras responsabilidades personales, pues si bien es cierto que las responsabilidades penales no son transferibles a nadie más allá del propio imputado, no ocurre así con las responsabilidades políticas.
En este sentido, Valcárcel no puede palparse las ropas. Si Marqués delinquió, y conviene recordar que de momento eso sólo son presunciones, lo hizo como consejero del Gobierno murciano. Si atentó contra la legislación medioambiental, si prevaricó y si incurrió en cohecho, lo hizo como consejero del Ejecutivo regional. El antiguo veterinario Francisco Marqués, o el flamante director general de Hefame, nunca habría podido ser imputado por tales delitos de no haber desempeñado altas responsabilidades en la Administración regional. En ello estriba la gran diferencia respecto a todos los casos de supuesta corrupción investigados hasta el momento: ya no son sólo alcaldes y funcionarios de un segundo escalón. Y la propia conmoción social que ha causado la detención de Marqués lo demuestra.
Al margen de todo ello, dos breves consideraciones. Una: tengo para mí que si Marqués ha incurrido alguna vez en cohecho, cosa que habrá de probarse, las posibilidades de que ello haya ocurrido con motivo de la tramitación del expediente sobre la Zerrichera son muy inferiores a las de otros asuntos, muchos otros, que han podido pasar por sus manos como consejero de Sanidad o de Industria y Medio Ambiente.
Y dos: si alguien tiene la esperanza de que vaya a cantar y a lanzar basura hacia arriba, que se vaya quitando la idea de la cabeza. Marqués es un duro y, aunque durante muchos meses se haya ido lanzando desde su entorno la especie -por no decir amenaza- de que no se iba a comer el marrón él solito, va a aguantar entero el primer envite. No olvidemos que ha dispuesto de al menos seis meses para preparar exhaustivamente su defensa -desde que el pasado agosto publiqué que se le habían intervenido los teléfonos y que su patrimonio estaba siendo investigado- y tendrá la lección bien aprendida para enfrentarse a los interrogatorios de los especialistas de la UDEV-BLA. Su primero y gran reto es tratar de salir indemne, o al menos medianamente entero, de este brete. Y sólo más adelante, mucho más adelante, si se ve irremisiblemente perdido, podría llegar a tener la tentación de poner en marcha el ventilador. Y, sinceramente, creo que no lo encendería ni en tal tesitura.
20 Ene 2009
El hombre más grande del mundo
Ahora, por desdicha, ya puedo contarlo sin traicionar la promesa de silencio que un día hice.

Hace unos años, no demasiados, telefoneé al director de la prisión provincial de Sangonera, Guillermo Miranda González de Echávarri, para tratar de confirmar si era cierto que un preso etarra estaba a punto de salir en libertad tras cumplir condena. El asunto constituía noticia, ya que por entonces estaba en su punto álgido la polémica sobre la posible excarcelación del también terrorista José Ignacio de Juana Chaos y sobre las brutales e injustificadas redenciones de condena de las que él, y otros de su calaña, se habían beneficiado.
- ¿Es verdad que un etarra preso en Sangonera está a punto de salir a la calle?, le interrogué.
- Sí; le quedan sólo unos días para cumplir condena.
- ¿Tiene delitos de sangre?, insistí.
- Me suena que tenía algo relacionado con un asesinato, pero no estoy seguro.
Hice algunas averiguaciones y confirmé que el sujeto en cuestión había sido condenado por su implicación en el asesinato, dos décadas atrás, de un militar de alta graduación. No me pasó desapercibido el apellido de la víctima: González de Echávarri. Como el propio director de la cárcel.
Tomé de nuevo el teléfono.
- ¿Tenía algo que ver contigo ese militar?, le solté.
- ¡Qué cabrón eres! Ya me extrañaba que no acabases cayendo en el detalle. Pero no digas nada de eso. No lo sabe nadie ni debe saberlo. No lo sabe ni mi mujer.
- ¿Y has tenido un montón de años ahí a un implicado en la muerte de tu tío, y tú tan tranquilo, como si no fuera contigo...?
- Es que, desde un punto de vista profesional, no iba conmigo. Es un interno más y eso debe seguir siendo mientras esté aquí dentro, sean los días que sean, zanjó el asunto.
- ¡Tienes los huevos cuadrados, macho! Me quito el sombrero.
Ése era el director de la prisión provincial de Sangonera. Mi amigo Guillermo. Willy, como nos permitíamos llamarle algunos íntimos. Un tipo de una pieza. Una roca sin fisuras. El hombre más honesto, leal, íntegro, insobornable, admirable, incorruptible, recto, valeroso, generoso, capaz e intachable con el que me he relacionado en mi vida, y eso que me precio de haber conocido a mucha gente, en buena parte gracias a mi profesión. Nadie que no lo conociese profundamente podía sentir por él otra cosa que una enorme admiración, además de un intenso afecto, pues a esos valores mencionados, hoy tan en desuso, sumaba una humanidad desbordante y un sinigual sentido del humor. Se reía de su propia sombra, empezando por una más que evidente disfunción en la dicción -hablaba como un gangoso por haber nacido con labio leporino-, y ello había dado origen a una interminable sucesión de anécdotas que él explotaba con naturalidad, para entusiasmo e hilaridad de sus interlocutores, cada vez que se le presentaba la ocasión.
Tenía tan claras sus prioridades que un día, cuando el entonces ministro socialista Antoni Asunción, le propuso convertirlo en su director general de Instituciones Penitenciarias, le respondió sin inmutarse: "Mira, Antoni, te lo agradezco, pero ese cargo es incompatible con el columpio de mis hijas".
Tenía tan claro que nadie iba a hacerle humillar la cabeza, o cambiar su forma de comportarse, que no adoptaba medida alguna de protección frente a los asesinos de ETA. Y ello a pesar de que era un fijo en las siniestras quinielas que elaboraban los etarras. "Yo no miro debajo del coche. Pero es que, salvo que vaya a subir mi familia, de verdad que no me acuerdo", me contestó, como siempre con una sonrisa, un día en que le pregunté por el asunto.
Ahora Guillermo está muerto. Murió el pasado domingo y lo hizo como él había elegido: practicando deporte, con sus mallas puestas y sus zapatillas repletas de monigotes. Corriendo con la misma intensidad, la misma pasión y el mismo gozo que si tuviera 18 años. Como si su corazón, su inabarcable corazón, no estuviese destrozado desde hacía largos años por un infarto que habría matado a cualquier otro que no tuviera su fortaleza física.
No era un inconsciente. Mucho menos un imbécil. Sabía lo que arriesgaba, lo que se estaba jugando, pero no estaba dispuesto a vivir un sólo segundo de su vida como un enfermo, como un anciano, ni a expirar en una cama mientras luchaba por hacer entrar una bocanada más de aire en sus pulmones.Decidió beberse la vida a vasos llenos, y lo hizo hasta ese postrero instante en que el corazón le reventó como un globo. Y se fue llevando impreso en la retina el rostro de su amada Mari Paz, que acababa de fotografiarle mientras pasaba por delante suyo haciendo payasadas, como siempre, para que no se preocupase por su estado.
La noticia de su muerte constituyó, para todos los que le queríamos y le seguimos queriendo, un golpe brutal, demoledor. Pero nunca antes en un velatorio ni en un funeral se alternaron tantas lágrimas con tantas sonrisas, pues fue tanta la felicidad y la dicha que repartió en vida que era misión imposible intentar recordarlo sin que inmediatamente brotase la risa, cuando no una fresca carcajada.
Medio corazón le quedaba y, sin embargo, tenía más corazón que nadie. En el medio corazón que le quedaba albergó más valores y elevados sentimientos que nadie.Ese medio corazón que le quedaba le bastó para generar más valor, coraje y determinación que nadie.
No puedo aspirar a alcanzarle, pero era el espejo en el que me gustaba mirarme. El ideal al que aspiraba. El hombre que hubiera deseado ser.
Guillermo, como buen ateo, ni creía en otras vidas -por eso exprimió ésta, la única, hasta el límite- ni quería homenajes, ni velatorios, ni coronas de flores. Pero acabó cosechando el homenaje unánime de todos los que le trataron -incluidos sus internos; el único reconocimiento que le habría emocionado-, teniendo uno de los velatorios más multitudinarios y sentidos que se recuerdan y recibiendo una cantidad de coronas tal que habría servido para sembrar de flores una primavera.
Yo ya me tomé un whisqui en su recuerdo. Y le juro, por ese mismo Dios en el que ninguno de los dos creemos, que no será el último.
05 Ene 2009
'Operación Sádico'
El día en que fue detenido Jesús Enrique Campuzano como presunto autor del asesinato con ensañamiento de la prostituta dominicana Priscilla Rodríguez ya intuí que detrás del arresto de este vecino de Cabezo de Torres había una gran historia. No en vano, la Policía Nacional había tardado cuatro largos meses hasta lograr ponerle las esposas a este supuesto sádico, asesino y violador en serie, que ya contaba con un estremecedor listado de agresiones sexuales y con el terrible precedente de haberse visto implicado, 18 años atrás, en el asesinato y la violación múltiple de la adolescente Pilar Toledano, de 13 años.
Con el paso de los días fue enterándome de algunos detalles, como el hallazgo de ADN del sospechoso en el cable del televisor con el que había sido estrangulada la chica, que no publiqué en ese momento, porque así se me pidió para no perjudicar a la investigación, pero que me confirmaron en la idea inicial de que quedaba mucha historia por contar sobre este asunto.
Finalmente, y tras diversas gestiones que no se concretaron hasta mucho después de lo que yo hubiese deseado -los tiempos policiales nada tienen que ver con los periodísticos- logré llegar al fondo de un asunto que, quizás por haber vivido ya en su día el caso Pilar Toledano, admito que me tiene sojuzgado. Pude entonces apreciar y admirar la forma de trabajar de un magnífico grupo de policías, los de Homicidios-Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la Jefatura Superior de Policía de Murcia, que liderados por el inspector Alberto Benavente, llevan a gala no haber dejado un solo homicidio por resolver en los últimos años.
El resultado de este trabajo periodístico se vio plasmado en 'La Verdad' el pasado 14 de diciembre y ahora lo reproduzco en este blog no sólo para hacerlo asequible a más lectores, sino también en homenaje a unos policías que, como sus compañeros, nos permiten -aun sin que seamos conscientes de ello en muchas ocasiones- vivir más tranquilos. Creo que es un reportaje que, pese a su gran extensión, merece la pena ser leído.
l TRAS EL RASTRO DE UN PELIGROSO HOMICIDA l
DEL CRIMEN DE PILAR TOLEDANO AL DE LA CALLE VINADER l
"Operación Sádico"
Crónica de la minuciosa investigación policial que permitió atrapar al presunto asesino y violador en serie Jesús Enrique Campuzano tras la muerte de una prostituta en Murcia
RICARDO FERNÁNDEZ
Priscilla recordaba a un gorrión. Era un ser tan frágil, tan quebradizo, que ni siquiera tenía fuerza suficiente para exprimir una naranja. Había padecido anorexia y probablemente estaba afectada por una fibromialgia. Por tal razón, por su escaso vigor, la despidió el dueño de un bar donde un día pensó que podría ganarse la vida. Luego probó suerte como peluquera. Y poniendo uñas de porcelana. Incluso logró subsistir un tiempo adivinando el futuro en los naipes de la baraja o en las líneas de las manos. Pero el destino de esta mujer dominicana estaba escrito en las estrellas, como está escrito el de todos desde la primera bocanada de aire y el primer llanto irritado con el que se entra en la vida.
Con la decisión de ponerse a ejercer la prostitución daba un paso más en pos de su fortuna. De su mala fortuna. Otro más dio el día en que comenzó a vender su huesudo cuerpo en el club Flamingo Star de Puente Tocinos. Y otro en el maldito momento en que vio entrar en el local a un tipo de ojos negros, fríos y duros como la antracita y le dijo aquello tan socorrido de «¿no me invitarías a una copa, guapo?». Otro en el instante en que aceptó quedar con él a la salida del trabajo. El último lo dio el pasado 3 de junio, hacia las seis y media de la madrugada, cuando franqueó a Kike la puerta del piso de Murcia que compartía con su hermana y con su hijo. Se desnudó, se tendió en la cama y se dejó atar las manos a la espalda. Un instante después lo vio. Era su destino. Aquél del que con tanto empeño había tratado de escapar. Llevaba un afilado cuchillo en una mano.
UN ORGANISMO UNICELULAR
Al policía no le gustó aquello. A nadie, mejor, a casi nadie, le gusta contemplar el escenario de un crimen. Pero lo que no le agradaba al especialista en Homicidios del Cuerpo Nacional de Policía iba más allá del impúdico y exangüe cuerpo de la prostituta, de las tres heridas de arma blanca que presentaba en el pecho, del cable de antena de televisor que se anudaba en torno a las muñecas de la mujer y recorría toda su espalda hasta enroscarse como un áspid en su delgado cuello, del sujetador y las bragas enrolladas sobre sí mismas que aparecían abandonadas junto a la cama... «Este asunto está jodido. Ya veremos si no se nos queda colgado...», se dijo.
Lo que menos le gustaba es que la víctima fuera prostituta, pues ello abría casi hasta el infinito su posible círculo de conocidos. Tampoco el móvil estaba nada claro. Salvo el robo, que parecía descartado de entrada, podía ser cualquier cosa: un ex novio celoso, un cliente sádico, un tipo obsesionado con la chica... Y luego, para colmo, estaba el hijo, de unos 20 años, que se encontraba en la casa en el momento de producirse el crimen y a quien ya estaba empezando a tomar manía. Bastante manía.
El chico en cuestión era, como lo describiría más tarde un policía, «una especie de ameba, un organismo unicelular», incapaz en apariencia de articular una respuesta lejanamente inteligente. «Le hablabas y te miraba. Le preguntabas y te miraba». Con la misma expresión de viveza en la mirada que una carpa japonesa tras el cristal de un acuario.
No era solamente que hubiera sido incapaz de enterarse de que a su madre la estaban matando. Es que ni siquiera se había percatado de que la mujer estaba muerta cuando penetró en su habitación a primera hora de la tarde. ¡Y era evidente que estaba muerta y bien muerta! Había llamado a un amigo y le había dicho: «Mi madre está inconsciente, ¿sabes?». Por fortuna, el otro chaval debía de ser algo más espabilado y alertó al 112.
- «¿A que ha sido este menda? ¿A que se le ha ido la pinza y se ha cargado a su madre?», no pudo evitar interrogarse a sí mismo el agente, ya curado de espanto, como todos, desde el sonado asunto del asesino de la catana.
El policía, sin embargo, sabía que su mayor error sería encelarse en una sola línea de trabajo, despreciando cualquier otra hipótesis. Sacudió la cabeza, como si así pudiera apartar la idea de la mente, y siguió recogiendo con minuciosidad de hormiga cualquier cosa que pudiera servir un día como prueba. «Todo a su debido tiempo», se dijo.
EL ÚLTIMO CLIENTE DE LA JORNADA
El dueño del club Flamingo Star no albergó la menor duda al respecto: iba a colaborar en la investigación. A fin de cuentas, alguien se había llevado por delante a una de sus trabajadoras. Y por si eso no era suficiente, la experiencia le decía que el negocio podía torcerse si los policías llegaban a la conclusión de que no estaba ayudando en la medida exacta de sus posibilidades. Les bastaba con enviar una patrulla cada noche para pedirles la documentación a las chicas, y los clientes huirían como si dentro del local les esperasen sus señoras esposas. «A ver, chicas... -animó el propietario al resto de las meretrices-; vamos a contarles a estos amables policías todo lo que sepamos de los que eran clientes habituales de Priscilla».
Salieron una decena de candidatos a ser investigados. Incluido un tal Kike, que albergaba el sospechoso honor de haber sido el último con quien yació la dominicana.
Mientras tanto, varios grupos de agentes vaciaban contenedores de basura y rastreaban las alcantarillas en busca del arma homicida, y recogían todas las grabaciones de vídeo en un amplio diámetro en torno a la calle Vinader: las de los bancos y cajas de ahorros, las de los comercios, las del propio Palacio de San Esteban... En cualquier sitio podía estar la prueba definitiva.
«LE TOMAMOS MANÍA»
En el argot policial, tomarle manía a alguien no significa lo mismo que para el común de los mortales. Más bien equivaldría a centrarle como objetivo, a convertirlo en sospechoso número 1... Los agentes de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV), sección Homicidios, le tomaron manía a Kike, mucha, mucha manía, en el instante mismo en que averiguaron su identidad completa y ojearon su hoja de antecedentes penales. Cómo no tomarle manía a alguien que con sólo 15 años se había visto implicado en la violación múltiple y asesinato de una chiquilla de 13 años llamada Pilar Toledano. Cómo no tomarle manía a alguien que, después de pasar por los mejores centros de reeducación de menores de España, había vuelto a violar a otra joven. Cómo no tomársela a quien, después de cumplir condena, había vuelto a ser denunciado por una prostituta, que le acusaba de haberla violado...
Si a alguien en el mundo podían los polis tomarle manía, ése era Jesús Enrique Campuzano Munuera. Tenía 33 años, un cuerpo recio y musculado por el constante trajinar con hierros en la carpintería metálica de su tío, una media sonrisa de conquistador de pacotilla y unos ojos negros, fríos y duros como la antracita. Nunca más, hasta el momento de su detención, tres meses más tarde, volvería el chico a poner un pie en la calle sin llevar sobre su nuca la insistente mirada de un policía. «Le habíamos tomado manía, por supuesto. Toda la manía del mundo. Pero es que además temíamos que volviera a cometer una burrada con otra chica», rememora ahora uno de los agentes que participaron de lleno en la investigación.

UNA CÁMARA DE VÍDEO Y UN CAJERO
Las gestiones avanzaban a buen ritmo. Los policías habían comprobado que Priscilla había sido dejada junto al edificio de los Nueve Pisos de Murcia hacia las 06.20 horas de la madrugada del 3 de junio. Su cuerpo de gacela fue captado por las cámaras de seguridad del Palacio de San Esteban mientras descendía de la furgoneta que conducía el dueño del club. Desde allí se encaminó hacia su casa, situada en la cercana calle Vinadel.
Los agentes buscaban la forma de situar a Kike en las inmediaciones de la vivienda, a esa hora, y lo lograron siguiendo el rastro de su tarjeta bancaria. A las 06.32 horas de ese día, comprobaron con satisfacción, el chico había sacado dinero de un cajero de la Plaza de Santa Isabel. A un centenar escaso de metros del domicilio de Priscilla.
Con menos indicios que ésos se ha detenido a sospechosos en otras ocasiones. Pero los especialistas de la Policía Nacional sabían que Kike no iba a derrumbarse y a cantar de plano. Tenían pues que tenerlo todo bien amarrado. No podían arriesgarse a dar un paso en falso.
TRES CALADAS PARA LA ETERNIDAD
Como no querían que Enrique pudiera alegar que esa tarjeta la había perdido, comprobaron a lo largo de varios días que era él, y no otra persona, quien seguía usándola. Pero eso seguía sin ser suficiente. A la investigación le faltaba un pequeño empujón, y llegó cuando desde Madrid se les informó de que había sido aislado un perfil de ADN en el cable de antena con el que la prostituta había sido asesinada. El sádico se había dejado allí suficientes células epiteliales como para quedar retratado.
Era lo que estaban esperando los agentes, que sin embargo se toparon con una dificultad inesperada. Pese a que Jesús Enrique Campuzano tenía varios antecedentes por violación, su huella genética no estaba en los archivos policiales. Tendrían que obtenerla de otro modo para cotejarla con la que quedó en el cable. No iba a ser fácil, pero sabían cómo hacerlo.
El calor estival reblandecía el asfalto cuando el agente 82905, que seguía muy de cerca a Kike, lo vio acercarse a la calzada de la calle Ingeniero Pérez Durruti, frente a la puerta de la autoescuela Doble Mando. Pese a que conducía desde crío, el sospechoso estaba tratando de sacarse el permiso. Llegó entonces el coche de prácticas y Kike se dispuso a ponerse al volante. Dio tres ansiosas y profundas caladas al cigarrillo, lo tiró al suelo y subió al vehículo.
El agente se acercó presuroso, con la mirada fija en el lugar donde había caído la colilla. Se puso un guante de látex, abrió una bolsa y metió en ella el maltrecho y chupeteado cigarro. «Si no ha dejado aquí su ADN ese cabrón, me como la placa», sonrió el madero.
Lo había dejado y, además, no tardaron muchos días en confirmarles desde Madrid que el bingo era correcto. Un minuto después, el presunto asesino y violador en serie, el aparente sádico, estaba esposado. Tres días más tarde ingresaba en prisión.
Ya se sabe que fumar perjudica la salud, pero además puede suponer pasar una eternidad a la sombra.
COMÉRSELO EN NEGATIVA
Kike, eso se daba por descontado, lo negó todo: que conociese a la chica, que hubiera quedado con ella después del trabajo, que hubiera estado en su casa... Los policías se regodeaban con cada negativa. Y es que, una vez que al sospechoso le han puesto el lazo en torno al cuello, cuanto más intenta escapar más se estrangula. Le hubiese ido mejor, sin duda, en términos de defensa, admitir que era amigo de la prostituta y que estuvo en el lugar del crimen. Lo habría bordado si hubiera añadido que un día incluso le instaló el cable de la antena de televisión, porque ello le habría permitido dar una explicación verosímil a la presencia de su ADN en ese objeto.
Claro está que eso lo saben él y su abogado ahora, cuando probablemente ya sea demasiado tarde para ir cambiando de versión.
Como señaló hace unos meses el director del Instituto de Medicina Legal de Murcia, Emilio Pérez Pujol, «es sin duda el autor del asesinato y, como se dice en el argot policial, se va a comer el crimen en negativa. O sea, que va a ser condenado por más que se empeñe en negarlo».
En ocasiones, ir de duro, y Kike iba más de duro que nadie, no suele ser lo más aconsejable.
20 Dic 2008
Con cámara oculta
El Tribunal Supremo acaba de emitir una resolución que no puedo resistirme a comentar. Se trata de la sentencia por la que se condena a la productora El Mundo TV y a la cadena valenciana Canal 9 a indemnizar a una naturópata que había sido grabada en su consulta, mediante cámara oculta, para la elaboración de un reportaje sobre las medicinas alternativas y el supuesto fraude que en algunos casos implican estas terapias. Pues bien, como algunos de vosotros ya habréis leído, estima el Alto Tribunal que el uso de tal dispositivo técnico no está amparado en este caso por el derecho a la información y que, por ello, constituye una intromisión ilegítima en la intimidad y en el honor de la demandante, que ahora debe ser resarcida por los daños sufridos.
Aunque han sido numerosas las voces que se han levantado ya desde el gremio de periodistas contra esta resolución, no seré yo quien me sume a ese coro. El uso de la cámara oculta para hacer periodismo me parece -salvo casos sumamente excepcionales- una de las formas más cobardes, irresponsables y ventajistas de ejercer esta hermosa profesión, y así vengo asegurándolo desde hace años, cada vez que he tenido la ocasión de participar en algún foro de debate o en alguna charla con periodistas o futuros periodistas, e incluso así vengo advirtiéndolo a colegas del mundo audiovisual que se ven tentados por el dichoso aparatito.
A lo largo de muchas décadas, el periodismo no sólo ha sobrevivido, sino que ha vivido sus épocas de mayor esplendor -no es la actual una de ellas- sin necesidad de la socorrida cámara oculta. Y quienes querían ejercer un tipo de periodismo comprometido, arriesgado, de investigación..., se echaban a la calle con su libreta, su bolígrafo, su cámara de fotos o de vídeo y ponían por delante el carné de prensa y también su bonita jeta, aún a riesgo muchas veces de que al regresar a casa te la hubiesen cambiado sin necesidad de cirugía estética. De esa forma se investigaron desde siempre asuntos tan complicados y en ocasiones peligrosos como el tráfico de drogas o de armas, la trata de blancas, la corrupción política, las redes de mendicidad, la caza furtiva..., y miles de materias de similar factura que dieron origen a magníficos reportajes.
Con mi carné de prensa en la mano y mi cara bonita por delante recorrí yo durante años clubes de alterne, barrios chabolistas, guaridas de traficantes -en el bloque 3 de la calle Santa Rita de Murcia, el mayor búnker de venta de drogas de la Región durante muchos años, estuvieron cerca de cortarnos las orejas al fotógrafo Juanchi López y a mí-, mercadillos clandestinos de objetos robados, ruedos de riñas de gallos..., sin que la mayor parte de las veces tuviera que regresar a la redacción con las manos vacías. Claro está, que aquello requería de bastante más oficio y tablas de las que necesita hoy en día cualquier advenedizo para ponerse una cámara oculta en un ojal y dirigirse a un puticlub para grabar a Paquirrín mientras se dispone a echar un polvo.
En el año 2000 conseguí con las mismas técnicas -carné, jeta y oficio- ganarme la confianza de personas metidas en el mundo de las peleas de perros y ello me permitió publicar un reportaje (Fauces contra fauces. Así son las peleas de perros), que creo no pecar de inmodestia si afirmo que hasta el momento no ha sido superado ni por su contenido ni por sus imágenes. Para lograr introducirme en ese ambiente tuve que dar con el dueño de uno de esos perros asesinos, ganarme su confianza y, por si ello no era suficiente, acceder incluso a su exigencia de conocer mi casa: "Sé que no me vas a fallar, pero quiero saberlo todo de ti por si me estuviese equivocando", me advirtió. Huelga decir que no le fallé.
Unos meses después de publicar aquel reportaje se puso en contacto conmigo un reportero de El Mundo TV. Casualmente, de El MUndo TV. Quería que le ayudase a contactar con esa misma persona. Me negué a hacerlo. "Mira -le dije-, vosotros trabajáis con cámara oculta y eso no me genera confianza alguna. En primer lugar, porque nunca voy a saber hasta si me estáis grabando a mí. Y en segundo lugar, porque mi contacto se va a sentir traicionado cuando vea lo que habéis hecho y va a venir a buscarme para pedirme cuentas. Y a ese tipo de gente es mejor no darles muchas excusas para que se cabreen contigo". Hasta donde sé, nunca lograron hacer el reportaje.
¿Cámara oculta? Habrá a quien le guste y quien la defienda. Cuando me encuentro con uno de tales casos, de entrada y por principios, pongo en cuarentena su auténtica condición de periodista.
Sobre este blog
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Ricardo FernándezRicardo Fernández (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y en Criminología por la Universidad de Murcia. Trabaja desde hace casi veinte años en el diario La Verdad/Vocento, donde es Jefe de Área de Local. Ha sido Jefe de Área de Cultura, correspondal del diario ABC, ha publicado diversos reportajes en la revista XL El Semanal y como especialista en sucesos, tribunales y periodismo de investigación ha cubierto algunos de los hechos más destacados de la historia de la crónica negra en España, como el crimen de Alcásser, el de los tres novilleros de Albacete asesinados en una finca de Cieza, el triple crimen de la catana, el caso de la parricida de Santomera, la envenenadora de La Unión, el pedófilo Nanysex... y tantos otros asuntos. En el capítulo de investigación caben destacar sus revelaciones sobre tramas de corrupción como la Operación Malaya y sus conexiones con la región de Murcia; la radicada en el Ayuntamiento de Los Alcázares, que acabó desembocando en la Operación Ninette; la trama Totem de corrupción en Totana; las imputaciones de corrupción sobre los alcaldes de Torre Pacheco y Fuente Álamo... Ha participado en numerosos cursos como ponente y es conferenciante habitual en la Universidad de Murcia.
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