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Fauces contra fauces

ASÍ SON LAS PELEAS DE PERROS

Corría el año 2000 cuando me planteé como reto hacer un reportaje sobre peleas de perros. Era uno de esos temas cuyo conocimiento me apasionaba alcanzar por lo que tenía de salvaje, de atávico, de oculto y, por qué no, también de arriesgado.

No me resultó fácil llegar hasta personas pertenecientes a este submundo, cómo es fácil de imaginar. Hube de pasarme algunas semanas recorriendo barrios marginales y tratando de ganarme la confianza de los vecinos menos recomendables, pues quienes se dedican a este tipo de actividades ilícitas –las peleas de perros y las correspondientes apuestas– en no pocas veces tienen vinculación con otras prácticas delictivas, como el tráfico de estupefacientes. De hecho, las pautas de seguridad que se suelen seguir son muy similares en unos y otros casos.

El resultado de aquella investigación se publicó en julio del 2000 en la revista XL El Semanal, que se distribuye con todos los periódicos del Grupo Vocento, y causó una gran conmoción en algunos ámbitos, como los de las asociaciones protectoras de animales.

Yo estoy especialmente satisfecho del reportaje, pues era –creo– la primera vez que un periodista español se introducía de tal forma en este mundo y, a día de hoy, considero que no se ha vuelto a hacer algo similar en nuestro país.

A modo de advertencia para las personas especialmente sensibles con el sufrimiento de los animales diré simplemente que no es un reportaje agradable.

Un abrazo, y gracias a todos.

(El perro atigrado es 'Bull', en uno de sus combates, del que salió vencedor).

'BULL', EL PERRO ASESINO

«Un pitbull muerde con los huevos». Rafael –el nombre es supuesto– no ha olvidado el día en que escuchó por primera vez esa sentencia. Fue hace una decena larga de años. Una personalidad proclive a la violencia, una cierta afición a las apuestas y la compañía habitual de sujetos escasamente recomendables le habían conducido a iniciarse en las peleas de perros. Era un novato, un ‘patas’ que comenzaba a aventurarse en un mundo sórdido y brutal donde no existe la razón, sino el instinto en su estado más puro, y no se conocen otras leyes que el valor, la fuerza, el dolor, la sangre y la victoria. O la derrota. y con ella, muchas veces, la muerte.

Rafael era un novato, pero tenía un buen perro. Una bestia de sesenta kilos, cruce de mastín y bóxer, capaz de partirle el cuello al tipo más bragado a una orden de su dueño. Y lo había probado con éxito en un par de combates con otros perros en poblados de chabolas de cercanas localidades. En unos minutos tendría una buena oportunidad de seguir acrecentando su fama en la comarca. Tocaba pelea, el ‘ring’ estaba montado y dispuestos para acoger la riña y el rival ya sacaba su perro del maletero del coche. Pero a Rafael no le gustó lo que vio. «Guarda ese chucho ahora mismo, o te empiezo a dar de hostias». No había doble sentido en sus palabras. Decenas de contactos y llamadas clandestinas, citas en aparcamientos públicos, unos preparativos y unas precauciones propias de un intercambio de cocaína..., y todo se iba al garete por un payaso que había tenido la ocurrencia de presentarse al encuentro con un animal que no levantaba dos palmos del suelo y que, pese a ser robusto, ni de lejos alcanzaba los veinte kilos. Tres veces menos que su ‘Felipe’. Cierto que el bicho tenía una cabeza como un ladrillo y unos músculos maxilares tremendamente abultados, que le daban la apariencia de estar masticando dos pelotas de tenis. Además tenía algo en la mirada... Pero no, aquello era ridículo. «Guarda el chucho, que te ‘ahostio’. Y vamonos, que ya sólo falta que llegue la pasma».

«El perro es bueno –le respondió–. y se lo echo al tuyo sin que haya apuesta». La media sonrisa y la suficiencia con las que aquel tipo acompañó la frase colmaron la paciencia de Rafael, que liberó a su perro sin aguardar la preceptiva señal del árbitro. La pelea duró dos minutos. Tiempo suficiente para que el mastín le arrancase de un bocado medio hocico al otro animal; tiempo suficiente para que el chucho se liberase de esos colmillos y, con una furia ciega, lanzase sus fauces contra el pecho y el cuello de ‘Felipe’; tiempo suficiente para que hiciese presa y comenzase a triturar huesos, músculos, vasos, tendones y nervios con metódica pero implacable determinación; tiempo suficiente para ver el terror escrito en los ojos del gigantesco can; tiempo suficiente para comprender que ahí delante había un animal único e invencible porque no conocía el dolor ni el miedo... «Tu perro muerde con la boca. Mi pitbull muerde con los huevos». Ese día Rafael perdió una pelea, pero aprendió una lección que desde entonces aplicaría a las riñas de perros y a su propia vida. A la hora de morder, de golpear o de matar, pesan siempre más dos huevos que dos mandíbulas, dos puños o dos pistolas.

Hoy forma parte de la élite, de un ‘selecto’ club constituido por ocho o diez individuos, no más de una docena –algún conocido empresario, un par de traficantes de heroína, un picapleitos, un funcionario....– que controla el mundo de los combates ilegales de perros en España. «Peleas de verdad hay muy pocas –advierte Rafael–; no más de dos o tres cada año. Otra cosa es que unos desgraciados, de repente, cojan dos perros de mierda y los pongan a darse cuatro mordiscos. De ésos hay muchos. Pero una pelea como Dios manda..., de ésas hay bien pocas».

Para tener una pelea de verdad hay que tener dos perros de verdad. Dos ‘champions’, en el argot. Dos asesinos. Y no es fácil convertir en asesino a un perro noble, amante de los niños y fiel hasta dar la vida cien veces por su amo, como lo es cualquier pitbull. No es fácil por más que el animal lleve inscrito en su código genético un odio atávico e irrefrenable hacia los otros perros, por más que posea una mandíbula inconcebible, por más que tenga una potencia muscular incomparable... Para lograrlo hay que ser más animal que el propio perro. Y Rafael lo es. Y tiene un método infalible. Y es capaz de aplicarlo porque carece de escrúpulos.

«Yo le llamo –explica– la prueba de la supervivencia. Es sencillo. Consiste en atar al animal al aire libre, a pleno sol, sin comida ni agua, durante siete u ocho días. Si vive, si después de todo eso aún quiere vivir, será capaz de todo. Matará por vivir». No habla en balde. Lo ha visto. Lo ha visto hacer a su perro, a ‘Bull’, el mismo que acabaría convirtiéndose en campeón, cuando después de cinco días amarrado a una cadena, hambriento, deshidratado, exhausto, todavía tuvo cojones para abrir unos eslabones gruesos como un dedo humano, lanzarse como un diablo contra un pastor belga y destrozarle el cuello en pocos segundos. «Cuando llegué a casa, le había devorado la cabeza», rememora. ‘Bull’, tendido patas arriba, saciado de sangre, ronroneaba como un gato.

Una vez sometido a la prueba, con no más de un año, llega el momento de conocer cuánto de bueno hay en sus genes. «El pitbull auténtica nunca huye. Si lo hace, si se achanta, es que no es puro, no tiene buena sangre. Y es mejor dejarlo, venderlo.». La primera ‘topa’ da la medida de su raza. No es mucho más que un contacto entre dos perros jóvenes, que son separados antes de que lleguen a herirse gravemente, en cuanto han dejado constancia de su fiereza y de su ciega disposición a matar al oponente. «Eso es lo que alguna vez se ha visto en televisión: alguna topa de dos perrillos. No hay ni sangre. Y a eso le llaman pelea y lo presentan como una barbaridad. Muy poca gente ha visto una pelea de verdad», comenta, entre risas, Rafael. Y es que de las peleas de verdad no se suele tomar imágenes. Y si se toman alguna vez, son destruidas de forma inmediata. Y si no se destruyen, jamás salen a la luz. Jamás. Hasta que un día salen.

En el submundo de las peleas de perros todos se conocen entre sí. Y las noticias vuelan. Los resultados de los combates se conocen en horas y la fama de un buen perro, que haya convertido a un ‘champion’ en sanguinolenta pulpa, corre como la pólvora. No tardará en surgir quien rete a su dueño desde cualquier parte de España. A veces desde Alemania o Bélgica. La pelea será fijada con las máximas garantías de seguridad y siempre con varios meses de antelación. Meses en los que el animal será sometido a un entrenamiento propio de un gladiador. Pues no en otra cosa se ha convertido ya el perro. Llevará una dieta muy nutritiva, a base de arroz blanco con verduras hervidas y pienso de alto poder energético, y cada día se le arrojará a una piscina hasta que sea incapaz de dar una patada más al agua para mantenerse a flote. O forzado a correr tras una moto a lo largo de diez o quince kilómetros. «Yo les ato además al hocico una pieza de hierro de seis kilos, para que tengan que ir haciendo fuerza con el cuello y no den con el morro en el suelo. Se les pone el pescuezo como el de un toro».

Para aumentar la ya descomunal potencia de los maxilares, se les obligará a morder un neumático de coche, previamente atado a una viga o a la rama de un árbol, y se les dejará colgados durante doce o quince minutos. Aunque el método es sobradamente conocido en ese mundo, Rafael le añade el elemento diferencial, su firma: «Cojo una vara de olivo y lo hincho a palos mientras está colgado de la boca. No se suelta; al revés. Sólo se retuerce con más rabia y muerde con más fuerza».

El resultado de tales torturas sólo puede ser uno. Constituye un hecho científicamente probado que detrás de no pocos agresores sexuales, de hombres que han hecho de la violencia su principal argumento o su forma de vida, se oculta una infancia repleta de abusos, palizas, incomprensión y vejaciones. Nada muy diferente se esconde tras un perro asesino. Sólo un amo despiadado. Y ‘Bull’ es un perro asesino. Como lo fue ‘Fly’. O la perra ‘Aluja’, que se hartó de partir patas en los rings. O ‘Red’, el can murciano al que la gloria no le duró muchos meses. O ‘Guoyacá’, uno de los primeros pitbulls del circuito, al que un adinerado hombre de negocios se trajo de Estados Unidos, hace una década, y que fue dejando un rastro de sangre es desiguales peleas por el sureste español. O ‘Dólar’, que se ganó el apelativo cuando propició en Bélgica que su amo se embolsase un millón en billetes con el rostro impreso del bueno de Abraham Lincoln. O ‘Chicago’, comprado en M´México, que ganó tres peleas de máximo nivel en España antes de quedar convertido en un despojo entre las mandíbulas de ‘Bull’, el protagonista de nuestra historia. O ‘Bimbo’, un perro sin rival, sin comparación posible, el único al que jamás se le fue un rival vivo.

«Era impresionante –recuerda Rafael–. Se lanzaba al pecho y destrozaba las costillas, los pulmones, el corazón...». Hace tiempo que no se sabe de él. Pero España está llena de hijos de ‘Bimbo’ y de dueños irresponsables y cruentos dispuestos a convertirlos en lo mismo que fue su progenitor. Y a curarlos y alimentarlos mientras el ring no dicte sentencia condenatoria. Cuando eso ocurre, unos pocos son sacrificados. «Pero lo normal es que sean vendidos. ¿A quién? A gente que tiene ganas de tener un perro con apariencia de fiero y que no sabe a qué se le ha dedicado hasta ese momento. Claro, je, je, un día se les escapa y se come a otro parro».

A veces se comen a un niño.

LA HORA DE LA VERDAD

Una riña de perros está regida por unas normas tremendamente rígidas y de obligado cumplimiento. Acordada la fecha del combate, se designa un árbitro, que recibe del dueño de cada contendiente una señal a cuenta, que rara vez supera las 50.000 pesetas (300 euros). Después se elige la ciudad en la que se celebrará la pelea –siempre el lugar en el que reside uno de los apostantes– y se prepara con las máximas precauciones el emplazamiento del ring: una nave industrial, una finca rústica... El ring es una especie de cuadrilátero de unos 16 metros cuadrados, delimitado por paredes de madera y con el suelo de cemento o moqueta.

«Sólo una persona sabe dónde se celebrará el combate –explica Rafael–. Lo más habitual es fijar una cita en un parking y que todos sigan en coche al organizador. De esa forma se evitan posibles filtraciones».

El primer acto consiste en pesar a los perros, porque en estos combates ‘oficiales’ no puede haber una diferencia de más de 300 gramos entre ellos. Si uno de los canes se excede del peso inicialmente fijado, su dueño pierde la pelea y el dinero entregado a cuenta. Si no hay contratiempos, se fijan las apuestas, que han llegado a alcanzar sumas multimillonarias, y perros, amos y árbitro se introducen en el ring.

A la voz del juez, los animales son liberados y se abalanzan uno contra el otro como dos locomotoras. El primer impacto es brutal. Los canes ruedan por el suelo con las mandíbulas entrecruzadas mientras pequeños hilillos de sangre que brotan de sus fauces tiñen de púrpura el suelo del cuadrilátero.

Se escuchan los gritos de aliento de los dueños, pero estremece comprobar cómo los perros cómo éstos se atacan con una fiereza sorda. No ladran, no gruñen, jamás aúllan de dolor. Muerden, machacan, destruyen, trituran en silencio, sin permitirse el menor gasto de energía que no vaya dirigido a herir al adversario. A matarlo. El único sonido perceptible es el resuello de sus gargantas.

Las peleas no son rápidas. Nunca lo son. Pasan los minutos, las presas se eternizan, el suelo se va trasformando en una resbaladiza superficie cubierta de sangre, sudor y babas; el hocico, las orejas, la lengua, los belfos y el cuello de los canes van adquiriendo la textura y el color de una hamburguesa, y la lucha no cesa.

De cuando en cuando, uno de los dueños se aproxima a la boca de su bestia y le sopla con fuerza, en un vano intento de oxigenarla. «Con dos animales bien entrenados, lo normal es que las peleas superen la hora de duración». Cuando el árbitro percibe algún síntoma de debilidad en uno de los perros, o interpreta que está rehuyendo la pelea, da la orden de parar. Los animales, como púgiles ensangrentados, son separados con ayuda de unas largas estacas de madera o ‘cuñas’, que les son introducidas en la boca para que suelten la presa, y conducidos hasta un rincón, donde se les refresca rápidamente con una esponja empapada en agua.

Después se le vuelve a encarar y si aquél suya disposición a pelear ha sido puesta en entredicho ataca, la pelea se reanuda. Este ritual se llama raya o ‘scruff’ –en el mundo de las peleas suelen pronunciarlo ‘scrach’–, expresión que parece proceder del inglés ‘by de scruff’: ‘por el pescuezo’, que es como se sujeta a los animales.

El combate finaliza cuando uno de los perros renuncia a atacar o, menos usual, con su muerte en el ring. Sea cual sea el desenlace, los dos canes quedan como un guiñapo. Y es que cualquiera de estos animales se dejará convertir antes en picadillo que rehuirá la pelea.

Espolones ensangrentados (Así son las peleas de gallos)

Cuando se me ofreció la posibilidad de abrir este blog, me dije ilusionado que, además de hacer posible un contacto más directo con 'mis' lectores que el que posibilitaba la prensa escrita, ello me permitiría recuperar además algunos reportajes que he ido realizando a lo largo de estos casi veinte años de profesión y que, por razones muy diversas –en unos casos, por la dificultad que entrañaba llegar a las fuentes y obtener la información; en otros casos, por su carga literaria, y en otros, simplemente por tratarse de sucesos que marcaron época en la historia de la crónica negra– me habían dejado especialmente satisfecho.

Éste que hoy os ofrezco lo realicé en los primeros años del año 2000, después de haber logrado entrar en contacto –no fue en absoluto fácil– con personas dedicadas a la crianza de gallos de peleas y a la organización de riñas. Estoy seguro de que, al margen de consideraciones morales sobre este tipo de actividades, os gustará el artículo.

ESPOLONES ENSANGRENTADOS

"Gallo de fulano contra gallo de mengano. Igual peso, igual puya. ¡Gallos al ruedo!». La suerte está echada. A la voz del árbitro dos púgiles emplumados han saltado al rodete y se estudian durante un instante supremo antes de dar un salto y, convertidos ya en un multicolor remolino alado de furia y muerte, empezar a buscarse la cabeza, los ojos, el cuello y el alma con unos espolones largos y afilados como navajas de madrugada. Hay por delante media hora de combate sin cuartel, que sólo se decidirá cuando uno de los gallos ruede inerte sobre la arena, apuntillado por su rival como un toro de lidia, o -en el mejor de los casos- cuando después de mil veces agujereado su pellejo, ensangrentado, empapado en sudor y probablemente tuerto, sea incapaz de sostenerse sobre sus patas. No huirá. «Aunque se sepa perdido, derrotado, un gallo de pelea jamás huye. Combate hasta la muerte. No hay otro animal tan bravo en el mundo». Lo cuenta Juan, uno de los más de veinte aficionados ilicitanos a la cría y a las peleas de gallos. Un espectáculo emocionante y brutal.

Mientras existan gallos combatientes en el mundo no se acabará jamas con las peleas». La sentencia corresponde a Rafael Mañas, uno de los mayores expertos mundiales en la crianza y pelea de gallos, y con ella da comienzo uno de sus cuatro libros sobre tal materia. Juan, un ilicitano de unos 30 años, que ha dedicado la tercera parte de su existencia a esa misma pasión, afirma lo mismo, pero con otras palabras. «Un gallo es como un cuadro; es una obra de arte. No hay nada comparable a verlos luchar, observar su sabiduría en el ataque y en la defensa, ver sus desarmes, cómo lanza un disparo, cómo mete la puya, cómo esquiva el golpe apartando la cara... Un gallo sólo sirve para pelear; no sabe hacer otra cosa. Si no pelearan no existirían. Y a punto estuvieron ya hace unos años de extinguirse».

Es un mundo desconocido, casi clandestino, que se sostiene sobre una enorme contradicción. Nadie puede llegar a querer más a un gallo, ni le dedicará tan exquisitos cuidados y mimos como su criador. El mismo que un día le acariciará con extrema dulzura la pelada y encallecida cabeza, le palpará los muslos fibrosos y nervudos, el pecho erguido y desplumado y después lo arrojará a un redondel de tablas del que saldrá vencedor o derrotado, pero siempre terriblemente malherido. Una paradoja que igualmente define otras aficiones, tradiciones y culturas con gran arraigo en España y ante las cuales muchos ciudadanos sólo aciertan a reaccionar con pasión o con absoluto y visceral rechazo: las corridas de toros, la caza... Juegos atávicos, grabados en los genes, en los que la muerte es siempre la principal protagonista. En los genes y en la sangre lleva el gallo impreso el sello de la muerte. Es un animal que no pelea por adiestramiento, sino por pura naturaleza. El único sentido de su existencia es matar o morir. «Es el único ser valiente al 100%. Jamás huye aunque se sepa vencido. Es algo que no ocurre con ningún otro animal; incluso los pitbull se someten cuando comprenden que su rival es más fuerte».

Juan sabe bien de lo que habla. Lleva diez años criando y peleando gallos y los seis últimos a un nivel altísimo. Ha ganado un campeonato y ha conseguido puestos muy meritorios en luchas organizadas por toda España. «Me he recorrido todo el país viendo y participando en peleas de gallos: Andalucía entera, Valencia, Murcia, Toledo... He visto miles de combates y sólo cuando es así se alcanza a comprender toda la belleza de una lucha. Quien vea por vez primera a dos gallos enfrentándose difícilmente conseguirá apreciar nada».

Recuerda fielmente cómo fue su primer contacto con ese mundo. Era poco más que un adolescente cuando alguien le llevó hasta la pedanía murciana de La Ñora. Allí un grupo de hombres vociferaba en torno a un redondel donde dos aves combatían no por defender su vida, sino por cobrarse la del enemigo. Nunca antes había contemplado tal demostración de fiereza y de entrega. Los animales giraban, saltaban, erizaban las plumas de sus cuellos en actitud amenazante... Atacaban. Con picos y patas armadas por unos aterradores espolones de hueso. El sol despertaba vivos reflejos metálicos en unas plumas que se iban cubriendo de sudor y sangre. Así hasta que finalmente se producía un definitivo ataque que postraba en la arena a una de las aves, malherida o muerta.

«Me enganchó ver cómo se entregaban en la pelea. Era emocionante», rememora sin que en sus palabras se adivine una vacilación, una sombra de duda ante un espectáculo que sabe que muchas personas calificarían de sangriento, brutal e injustificable.

Unos días más tarde se compró un gallo y varias gallinas. Le engañaron, como a todo el que se inicia en ese mundo. «El animal era malísimo. No era de raza pura y huía. Pero poco a poco fui dando con gallos buenos y empecé a criar». Ahora dispone de veinte machos muy poderosos y otras tantas crías que en unos meses estarán en disposición de jugarse la vida en un rodete.

La labor de crianza le sirvió para confirmar que no le había mentido quien un día le dijo que el gallo puro sólo entiende de muerte. Con sólo mes y medio de vida, los polluelos machos deben ser separados de sus hermanos y encerrados en jaulas individuales o chiqueros. De lo contrario acabarían despedazándose.

Después, y durante meses, el gallero debe abordar un proceso de entrenamiento de las aves que guarda muchas semejanzas con el de un boxeador. Hace andar a sus animales durante horas por el campo, les obliga a hacer flexiones de piernas empujándoles hacia el suelo con la mano en el lomo, les incita a fortalecer las alas colocando un palo alto que los gallos utilizan como atalaya... «Les encanta sentirse fuertes. Cuando comienzas a entrenarlos, luego vienen corriendo a buscarte para que los hagas trabajar».

Con la llegada de los primeros fríos se acomete la última fase de preparación del animal. Es el momento del desmonte de crestas, barbas y orejetas, que son amputadas sin más ayuda que unas afiladas tijeras. «El animal no sufre; no siente el dolor. Pero debe hacerse en día muy frío para que la sangre se les corte pronto. ¿El motivo? Impedir que el otro gallo tenga dónde agarrarse con el pico, porque primero señalan con el pico y después clavan allí sus puyas. Y también evitarles infecciones. Todas las enfermedades caben en la cresta de un gallo».

Cuando el animal tiene algo más de año y medio se encuentra ya en disposición de demostrar que el valor que alberga en su corazón es infinito. Unos días antes del combate será esquilado por su criador, que le despojará con unas tijeras, una por una, de todas las plumas de su pecho y de sus muslos. El objetivo no es -lógicamente- hacerle más vulnerable a las acometidas del que será su rival, cuyos espolones no encontrarán ni tan siquiera la débil oposición del plumaje. Al contrario: «De esa forma se le permite ser mucho más resistente, porque en las peleas sudan mucho y se agotarían rápidamente», explica Juan.

En esta época algo parece hervir en las vísceras de los aficionados a las peleas de gallos y en los propios animales, que se muestran más irritables de lo habitual. Todos parecen percibir en la atmósfera que se acerca la temporada de los combates, que alcanzan su punto álgido en febrero.

Un día, por medios que sólo ellos conocen, se citarán para un campeonato en cualquiera de los riñeros habituales que se reparten por la comarca, por la Vega Baja, en Cartagena... Juan afirma que todo es legal, que no existen apuestas y que las fuerzas de seguridad saben dónde están ubicados los rodetes. Pero a continuación reconoce que las peleas se desarrollan a espolón descubierto, a sangre, y que los gallos no llevan las puyas cubiertas por protectores de goma, como exige la legislación. «Nadie dice nada; se consiente. Pero es lógico, porque los combates no se pueden de hacer de otra forma. Incluso un gallo malo, que no sea puro, aguanta el tipo si van con protectores».

Una vez pesados y medidas sus puyas, afiladas como cuchillas y con una longitud que no debe exceder de dos centímetros, los gallos saltan al ruedo. Luchan a muerte, aunque Juan afirma que no es muy habitual que ése sea el desenlace. Si al cabo de treinta minutos los dos gallos siguen en pie, el árbitro declara las tablas. Si uno de ellos no consigue levantarse, habrá perdido. «Cada gallero pelea a dos de sus gallos. El campeón es el que vence con ambos y en menor tiempo global».

Aunque no mueran, las aves suelen quedar terriblemente dañadas.Raro es el gallo que llega a disputar dos o tres combates sin perder la vida o, si la suerte le sonríe, sólo algún ojo.Es entonces, si ha demostrado su bravura y su pureza, cuando vivirá como semental. «Ahí está mi Gallino -comenta Juan con orgullo-, siete peleas lleva y aún conserva los dos ojos». Nadie sabe por cuánto tiempo."

Sobre este blog

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Ricardo Fernández (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y en Criminología por la Universidad de Murcia. Trabaja desde hace casi veinte años en el diario La Verdad/Vocento, donde es Jefe de Área de Local. Ha sido Jefe de Área de Cultura, correspondal del diario ABC, ha publicado diversos reportajes en la revista XL El Semanal y como especialista en sucesos, tribunales y periodismo de investigación ha cubierto algunos de los hechos más destacados de la historia de la crónica negra en España, como el crimen de Alcásser, el de los tres novilleros de Albacete asesinados en una finca de Cieza, el triple crimen de la catana, el caso de la parricida de Santomera, la envenenadora de La Unión, el pedófilo Nanysex... y tantos otros asuntos. En el capítulo de investigación caben destacar sus revelaciones sobre tramas de corrupción como la Operación Malaya y sus conexiones con la región de Murcia; la radicada en el Ayuntamiento de Los Alcázares, que acabó desembocando en la Operación Ninette; la trama Totem de corrupción en Totana; las imputaciones de corrupción sobre los alcaldes de Torre Pacheco y Fuente Álamo... Ha participado en numerosos cursos como ponente y es conferenciante habitual en la Universidad de Murcia.

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