Persépolis

- “Yo, Marjane, como futura profeta de La Tierra he decidido que, primero: todo el mundo ha de portarse bien. Segundo: todo el mundo ha de cumplir su palabra… Cinco: ninguna anciana sufrirá más …”
 
 
 
Algunos minutos propios, suyos, se abalanzan sobre ella en una terminal de aeropuerto. El cerebro sólo necesita un instante para el desasosiego. Mientras, una voz eléctrica espera con ansiedad el momento de la distracción.
 
Una vez retiradas las sombras, se filtran aquellos recuerdos que alguna vez compusieron la sustancia de su vida. Bruce Lee, las patatas con ketchup e Iron Maiden son los tesoros más preciados para una niña de Teherán que una vez soñó con ser la última profeta de La Tierra. Por sus ojos desfila una historia de dictadura y muerte, de represión e instintos psicópatas que condenan a todos los que no se muestran afines al régimen. Su vida está marcada por la Revolución iraní de febrero de 1979; por la caída del Sah y por el éxito del Ayatolá Jomeini. Una historia repleta de miedo y sangre. Se forma el Estado Chií.
 
Un pincel maestro capaz de humillar a los fotógrafos más expertos y una imaginería casi hindú muestra a la madre de Marjane pidiendo respeto, pero… ¿respeto a una mujer? A las que son como ella primero se las folla y luego se las tira a la basura.

 
 
Persépolis es una diminuta epopeya, digna de alto orfebre que, a través de una visión genuina de los hechos, emociona, conmueve e ilustra. Irán pasa de ser la comidilla de los programas del corazón a convertirse en un país en blanco y negro regido por los fundamentalistas más feroces. El velo o hiyab recae sobre Irán. Allah es grande y occidente un cáncer que no tardará mucho en ser erradicado. El flujo con los países centrales se interrumpe.
 
Como ocurre con casi toda la animación que merece la pena, esta película de minorías y de ruinosa taquilla pasará a la historia sin pena ni gloria. Esta condición, que hoy en día supone un aliciente añadido, justifica que si no la encontráis en las salas, cosa bastante probable, busquéis otros medios alternativos para disfrutar de su visionado. Haced una visita a vuestro amigo más sanguijuela, por ejemplo, y no dudéis en utilizar su conexión ultraveloz para descargar la peli lo antes posible.
 
 
 
Dir. Vincent Paronnaud / Marjane Satrapi | 95 min. | Francia / EE.UU.
 

EL ORFANATO

Vista la cinta y decidido a no convertir hormigas en ballenas, había de ignorar la crítica de una película que ha llenado más bocas de lo que debía. Sin embargo, al saber que el largometraje dirigido por Juan Antonio Bayona y protagonizado valientemente por Belén Rueda, se ha convertido en la película española más taquillera desde 2003, con una recaudación que supera los 20 millones de euros, me parece de obligada condición la siguiente referencia.



 
En fin, lo primero que nos viene a la cabeza es ¿por qué si una obra merece la pena no se aborda con la debida precisión? O, lo que es peor ¿por qué se comienza una obra que no merece la pena?
 
De una liviandad casi injusta, la película es un claro ejemplo de guión hueco relleno de planos correctos. Cuando los pliegues se forman siempre en el mismo sitio, acaban siendo invisibles. Los giros, las vueltas y el vuelco coronario se imponen en un género, el de terror, que comienza a perder la autenticidad y la profundidad psicológica en beneficio de las atmósferas desosegadas y los estallidos audiovisuales. El orfanato es un susto mil veces recibido del que sólo se puede rescatar alguna que otra panorámica de costa, una horrenda fiesta de disfraces y una chocante trabajadora social, Benigna, que repele tanto como puede..


Es justo destacar el esfuerzo de Belén Rueda, que hace muy dignamente el papel de la pelirroja Kidman. Luego, el vampiro que no puede entrar sin ser invitado, las almas en pena, el suspense que no el miedo, un flash-back sobre el que gravita toda la película y un “final sorprendente”, acaban cerrando esta trampa de recaudar dinero. Eso es todo. La película no deja más tras de sí, seguramente porque desde su comienzo ya estaba condenada, predispuesta a ser lo que es: una pieza taquillera enamorada de los festivales y de los premios. ¿Escalofriante, reveladora, original? Desde luego, escalofriante es comprobar cómo una campaña de marketing puede dar tanto bombo y platillo a una película tan insustancial. Tanto como que, películas como Bosque de Sombras, de Koldo Serra, o El camino de los ingleses, de Antonio Banderas, pasen inadvertidas ante el Gran Público seguramente por su falta de orientación comercial. Y es que es tan común que las costumbres mercadotécnicas estén reñidas con el mantenimiento de la calidad artística, que a veces es buena señal el hecho de encontrarse ante un fracaso en las salas, y viceversa. El contagio artístico, por desgracia, suele ser refrenado por las mareas mercantiles y, así, la epidemia es controlada para dejar paso libre al ganado.

A la espera de Beowulf

 
  
El film de Robert Zemeckis intentará enmendar el infortunio de la primera versión  protagonizada por el mítico Christopher Lambert, que tomando al pie de la letra su condición de inmortal y olvidándose del reuma, no cejó en su emepeño de dar espadazos a troche y moche en una de las peores actuaciones que se recuerdan en la historia del cine. Si pensabas que el espectáculo no podía ser peor, eso es que todavía no has tenido la suerte de aplastar tus neuronas con la música techno que compone la banda sonora de la película. Una paranoia apocalíptica y un patético dibujo de guión en el que nada tiene relación con nada, completan el desolador panorama.
 
Ahora, la animación 3-D demuestra su evolución manteniendo como referencia a actores humanos. Asusta un poco pensar que el único anzuelo de este remake sea el gran cartel de actores que participan en ella,  teniendo en cuenta que están pasados por un tamiz digital que los hace irreconocibles y que a la manera de una coraza, impide la salida de cualquier retazo de talento interpretativo. Esperemos que al menos esta cinta nos haga reír tanto como la de 1999. Mientras tanto, disfrutad de las delicias del 3D en  http://www.ffk-wilkinson.com/
 
 
 

En DVD

Kundun

 

La invasión comunista del Tibet apreciada a través de los ojos y oídos de la última reencarnación viviente de Buda. Lasha contiene el delirio de cada uno de sus  rincones. Scorsese cambia el vapor de las cloacas metropolitanas por las inquietas auras que pasean por el Potala, y registra la memoria de un niño inquisitivo que, con tan sólo un cuenco vacío de tsampa, superó en conciencia a los legendarios tulkus antes de tener que marchar al exilio.

 
La vida del actual Dalai Lama es relatada con unos tiempos adormecedores que debieron corresponderse a las pulsiones de la máxima autoridad religiosa y política del Tibet. Un documento de especial interés si tenemos en cuenta que tan sólo hace unos meses, China decidió que la figura humana del Buda Viviente era ilegal y no debía tener sucesores. De hecho, el actual Dalai Lama, que actualmente cuenta con más de setenta años, anunció el hallazgo de la reencarnación del nuevo Panchén Lama: un monje especial con la capacidad de identificar a la nueva reencarnación de Dios en la tierra. Una versión del Bautista para la religión tibetana. Nacido en el seno de una familia pobre en 1989, el niño fue apresado por las fuerzas de seguridad chinas unos días después de realizarse el anuncio. Desde esa fecha se desconoce el destino y lugar de detención del que es considerado preso político más joven del mundo.        
 
 

* Philip GlassSand Mandala

Caótica Ana


Y frente a la nada, un bosque de sonrisas, de vidas agitadas, un bosque de pequeñas idiosincrasias que dan vida a un sueño todavía por dormir. Ese indomable bosque sin recuerdos ni imágenes se llama Ana. Ella es vieja y vetusta, una niña incomprensible, carente, ausente; una virgen que anida a mitad de camino entre la realidad y la fantasía. Ana desciende de su montaña para danzar entre los hombres, para transformarse, hacerse ovillo y luego desplegarse, expandirse y volar ¿Dónde está la importancia de la razón? ¿Dónde están los ávidos de ciencia? Ella no sabe de autor ni de obra, pero es arte, y vivir hoy así es un acto poético. ¿Quién es? ¿Quién soy? Hoy tampoco ha dormido. Entre dientes elije ser una sinsentido, no quiere profundidad, no quiere abrir más puertas, sólo quiere expresar y evadirse. Caótica Ana, nada frente al infinito y todo frente a la nada. Monstruosa Ana. El desierto y una paleta de colores que empañan los cientos de cuadros maravillosos que suplican bajo su tacto, bajo su piel, en el abismo. Pero desde que la realidad la traiciona, desde el momento en el que empequeñece, decide buscar consuelo en la memoria; un consuelo sin esperanza que no exige absolutamente nada, ni siquiera audacia, ni siquiera autocompasión.

 
Las películas de Médem son como ancianos prostáticos cargados de sustancia. Los atendemos con cuidado, como si se trataran de insectos desconocidos, mientras que ellos van dejando un poso terriblemente realista y emotivo dentro de nuestros subconscientes. Hueco, silencio, vacío, soledad… pero al fin la calma. ¿Y qué más da si la bestia no comprende aquello de las puertas? Para eso está Balke. 
 
 
En un primer momento pensé que la película, dedicada según había oído a la ya fallecida hermana del director, me iba a llenar el comentario de parásitos diminutivos provenientes de la compasión. Pero más que compasión, se trata de pasión, de instante, de instinto. La emoción, los hondos suspiros que nos amarran a la butaca hasta ya bien pasados los títulos de crédito, proceden de una desgarrada franqueza; no de un drama almibarado ni de obscenos exhibicionismos de miserias, sólo de la belleza de la realidad humana; al menos de una realidad concreta. La sinceridad de Médem es el anzuelo mediante el cual extrae a la mujer de su jaula, reconociendo su existencia, su importancia. El gran útero, la Naturaleza, la Pachamama se rinde ante las decenas de patatas sonrientes que incrédulas la vigilan. El giro de los goznes deja paso a las demenciales visiones de mujeres empaladas, ahorcadas, asesinadas y mutiladas. La puta y el violador continúan el baile cósmico de violencia, de amor y de odio, de orden y de confusión. Como un cisne que emerge de aguas muertas, Ana no se encoje de hombros, sino que aviva la voracidad coprófaga de su enemigo: un jinete raquítico de montadura bermeja. Quizá sobren unos cuantos minutos de ingenuidad y algunos más de obsesivas pretensiones. Al fin y al cabo, se trata de un realizador perdido en el esfuerzo por comprender su lado feminino. Después, nos queda la seducción de una mujer moribunda que extiende su brazo, como una larga rama, en un último gesto de caricia hacia un océano que de forma irremediable acabará por tragársela.
 

El mal alfarero

Harry Potter y la Orden del Fénix

Desde la más temprana infancia nos sentimos subyugados por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Temores innominables, sueños grotescos, fantasías obsesivas… Caminamos con Poe por senderos ocultos, nos arrastramos con Machen entre las sombras, cruzamos con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, pero ¿existe algo más estremecedor que el repetitivo, aburrido e interminable bestseller con el que Rowling se ha asegurado la jubilación de sus biznietos?

 


Ya se lo advirtió aquel comandante francés al incólume  Papillon justo antes de comenzar su condena: “La masturbación desgasta mucho“. Santa sentencia que tenía que haber seguido al pie de la letra el nuevo formato trapezoidal de Harry Potter. Al Fénix le costará mucho renacer de sus cenizas tras el desgaste de esta decepcionante entrega que recae en todas las fórmulas de bote sin ningún tipo de resultado aparente, al menos, durante los primeros noventa minutos de metraje. Sólo, tal vez, unas pocas destrezas de siniestros malabarismos y algunas sinuosas y rítmicas escenas de acción se salvan del negativo cómputo que ahora nos ocupa.
 
El verano trae un entramado mágico sin curvas que priva a Harry de los escasos matices de los que había hecho acopio en anteriores cintas. ¡Ya lo podían haber expulsado de Hogwart! Por mucho que nos embutan de reversos tenebrosos o lados oscuros -tanta maldad ya se me sale por los codos-, nos encontramos con un escenario privado de espejos y de sueños, sin oquedades para perros ciegos. 
 
Uno de estos canes, por cierto, el más achacoso de todos, uno al que le gustaban los relojes de arena y la prosa de Stevenson, le hubiera venido de perlas a David Yates; un realizador que al parecer no ha precisado de lazarillos para adentrarse en el mundo de los dobles. Y es que hoy en día no hay vida más allá de los cutres panfletillos de conjuros y hechizos.



- El blog de Hogwarts
- Sinopsis
- La autora es más rica que la Reina de Inglaterra
- Un blog traduce Harry Potter and the Deathly Hallows’ al español

 

28 semanas después

 

Montaje violento, rápido, miradas suplicantes, un ritmo de mil demonios y estresantes movimientos de cámara. Enfoque y desenfoque. El prólogo arranca tenso, a la espera del acontecimiento. Los personajes saben lo que el espectador sólo intuye y así, en poco más de dos minutos, el director español, Juan Carlos Fresnadillo, ha volado en mil pedazos el escepticismo de la sala haciéndose con el control absoluto del interés y la atención. Magnífica apertura, de las mejores de todo el género -quepa recordar otras como las que sirvieron de preludio a Braindead o a La Noche de los Muertos Vivientes-.
 
Comienza la masacre. Don intenta escapar, sube escalones a trancas y barrancas mientras la madera crepita bajo sus pies. En el piso inferior aguarda un foso repleto de voraces mandíbulas. El instinto primigenio se apodera de él y huye, huye como todos lo hacemos en nuestras pesadillas, perseguido, aterrado, impulsado por la fuerza del miedo.
 
 La emoción de la carrera, de ser el único superviviente en un mundo repleto de zombis, de estar acorralado, es una imagen arquetípica que de nuevo regresa a nuestros imaginarios. En tanto, se hace presente la tentación de la esposa de Lot y, al girar la cabeza, el último vistazo se choca contra un crudo y miserable ventanal. El vacío. ¡Nunca jamás miréis atrás! Mirar atrás es quedarse en medio de la catástrofe, en medio de ninguna parte y de ningún lugar.
 
 
 
 
 
 
Tras estas secuencias, potentes y prometedoras, la película se va deshinchando gradualmente hasta acabar mostrando sin complejos lo que realmente es: una película de muertos vivientes. No obstante, y aunque no de una manera demasiado honesta, la tolvanera de fotogramas por segundo que Fresnadillo inserta en cada escena mantiene rígidas las vértebras del espectador, deslumbrándolo y ocultando las obvias carencias argumentales de las que adolece el guión. Si a eso se le suma el estallar de las bocas sin labios y los ojos carentes de puntos cardinales, el éxito comercial está asegurado.
 
Y es que la cinta sufre la más común de las lacras artísticas: mucho embalaje para tan poco fondo. Así, el radicalismo de la estética visual londinense, mezcla de documental de guerra, estilo urbano y videoclipero, se ensambla a una hiperkinética fotografía que termina combinándose con planos subjetivos tipo Bruja de Blair. Si a esto se le suma una acertada banda sonora, minimalista y contenida, y un trabajo de sonido excepcional, obtendremos un producto de  elevada calidad formal pero de escaso contenido.
 
 Sin embargo, si nos esforzamos y hurgamos un poco bajo la piel del envoltorio, podremos encontrar en los apestados algo de Camus, algo de Murnau, algo de Polanski ¿Y es que en medio de la plaga no destacan personalidades como las de Rambert, Tarrou o Grant? En 28, los personajes creados por el autor del Extranjero están presentes de igual modo que la conciencia del sufrimiento y el destino común.
 
La mayor novedad de la secuela es que ahora el terror no es sólo exógeno, sino también endógeno. La amenaza proviene de fuera, de las ráfagas de metralla de los soldados y del mordisco impertinente de los zombis. Del mismo modo, la amenaza es también interna. Todos somos portadores del virus de la Ira. Dentro de nosotros anida un mal indecible, uno que ordena el exterminio de nuestros semejantes sin excepción. Miedo, envidia, egoísmo… El hombre lleva dentro al monstruo, a Hide, al licántropo que espera pacientemente el estímulo necesario para manifestarse. La semilla que se gestaba en las entrañas correosas de Rosemary es la misma que porta el inocente infante y su madre; personaje éste último, por cierto, que es encarnado de forma magistral por una Catherine McCormack cuyo cuerpo castigado parece estar repleto de espectros y espantos.
 
El Distrito Uno ya no es seguro. El inocente ha propagado el mal y ahora todo se ha vuelto rojo. El Rojo de la sangre, el rojo de las pupilas de los infectados, el código rojo, el odio, los vómitos, los labios ensangrentados, la mutilación y la carne, el rojo sangre. Y no se puede hablar de simbolismo en 28 semanas sin mencionar las panorámicas de un Londres desierto. Los planos aéreos, aún más impresionantes que en la primera entrega, dicen mucho más de lo que muestran. Es el horror vacui en su máxima expresión que se manifiesta a través de los encuadres fasntasma, las esperas, los silencios y las miradas a ninguna parte.
 
Es esa capacidad para socavar la oscuridad y los espacios yermos los que convierten el metraje de Fresnadillo en aceptable. Porque aunque bien es cierto que sus líneas maestras están supeditadas al rostro desfigurado de una bestia con la cara quemada y los ojos ciegos, el verdadero valor de la película radica precisamente en todo lo demás, en lo que no se ve, en lo que tan sólo se presume, en el esfuerzo del público por anticiparse.
 
 
 
 

Shrek Tercero

            

            Érase una vez un tiempo en el que los niños devoraban ogros. ¡La conjura de los inocentes! Cocos, trasgos y hediondos seres de la ciénaga; brujas y tritones fueron avasallados por una voracidad ilimitada, avivada por las productoras de cine estadounidenses. Una vez más, los desterrados del bosque, los seres de las tinieblas, regresaron del lugar de irás y no volverás para descubrir que los actos malignos también pueden acontecer tras las fronteras del paraíso. Sin embargo, ahora los monstruos están domesticados, envenenados de las formas y maneras de la corte;  los dragones son remilgados y a las princesas dan ganas de pegarles un tiro. Los marginados se han vuelto burgueses y los villanos rezuman cursilería. Roles que dan tantas vueltas que al final acaban, por voluntad de las fuerzas centrífugas, mezclándose de forma embarullada en un mensaje tan borroso como insulso.


            La sala sabe a niño. Un nuevo estreno, una nueva entrega del ogro verde que ha reencontrado muy poco de su frescura y calidad original. Como siempre, buenos y malos, el gato con botas, el asno y el príncipe Encantador; seres de cuento de hadas pasados por el tamiz de la ya desgastada modernidad. Peores secuelas se avecinan este verano, no obstante, esta aventura no supera el aprobado por los pelos a pesar de momentos tan álgidos como el funeral del Rey Rana o el sentido flash back del muñeco de Jengibre. “¡Pin Pon es un muñeco”, “Pin Pon es un muñeco!”. Lo mejor, sin duda, las intervenciones de los Monty Python: John Cleese como el rey Harold y Eric como Merlín; un Merlín viejo y loco que vive de masticar piedras y que nada tiene que ver con el gran hechicero de las antiguas leyendas artúricas. Excepcional banda sonora y estupendo doblaje de Antonio Banderas y de Cruz y Raya. Una última saga ésta que se alza a partir de un montón de ingenio que sólo a veces puede despuntar entre todos los intereses comerciales que la envuelven.

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 Las flatulencias de Shrek, su repugnante dieta, su desdén por los seres humanos y su gusto por la soledad ya no constituyen la afilada punta de lanza que antaño se mostraba capaz de arremeter contra el simplón esquematismo de los cuentos de hadas tradicionales. Así, y aunque las irreverentes poses y muecas del séquito de personajes ya sean de sobra reconocidas y aceptadas, nos quedamos con que más vale errar en la originalidad que acertar en la imitación. Y es que precisamente Schrek Tercero es más una imitación de su versión primigenia que una consecuencia. No es extraño entender entonces que sean los personajes secundarios quienes tienen la responsabilidad de levantar un guión casi tan virtual como el éxito de este tercer capítulo de animación.
 
El entrañable monstruo con orejas de snorkel y alma pantanosa tiene muy muy lejana la posibilidad de rehacerse en una cuarta entrega ya que al final ha convertido su universo en todo lo que odiaba: un cuento de fácil moralina digno del mismísimo tío Disney. Que se apunte otro tanto desde los hielos en los que, según dicen los rumores, sigue dominando el destino de los dibujos animados a la espera del beso que le  haga despertar.    
 
 
 

Inland Empire

 
Lo descubriré. ¿Qué hora es? El conejo plancha. No pasa nada, sólo te estás muriendo. Todo esto pasó ayer pero sé que es mañana. Flota. No sé exactamente qué hago aquí, pero está alto de cojones. Soy un monstruo. Mírame Billy, mírame; mírame y dime si ya me habías visto antes. ¿Pero qué coño está pasando? 
                       

 
 
Lynch filma siempre la misma película. Sorprende, marea, cansa, aburre y exaspera; pero entretanto, su mensaje invasivo perfora las regiones más oscuras de la mente para que, sin darnos cuenta, y después de habernos acordado de su madre mil veces, nos veamos frente a la pantalla temblando, aterrorizados y llenos de expectación. Durante la proyección, el público lanza las manos una y otra vez sobre sus cabezas, como queriéndose proteger de algo demasiado fuerte y perturbado, de algo demasiado real para poder ser digerido. Al terminar: risas histéricas e inmotivadas. Sólo tras reposar la experiencia, el espectador puede decidir si le ha merecido la pena el viaje o no. La desorientación se mantiene unos instantes.

 
 

El lenguaje de Lynch escapa de las trampas del lenguaje discursivo y de sus categorías. Anula toda la fuerza de las estructuras convencionales y se olvida del antes y del después, instalándose en la absoluta eternidad del momento presente. Se abren las puertas de lo que no puede ser expresado para permitir el paso a lo ilimitado. Prescindimos durante un momento de los filtros simbólicos que condicionan nuestra percepción para acercarnos a un mundo libre y delirante, alejado de cualquier tipo de comprensión, un mundo sugerente y prohibido al que para llegar hay que atreverse a entrar.
 
 
 

La Fuente de la Vida

¡Por fin! La criatura vive. Un huevo que ha tardado en eclosionar más de siete años. Mucho tiempo desde la última vez que se habló de Darren Aronofsky y de su pequeña pero poderosa obra
 
Arte obsceno y delicado
 
Aronofsky es la quintaesencia de la experiencia simbólica y sensorial. Su trabajo trasgresor siempre genera controversia. Tan fácil es compararlo con Kubrick como tacharlo de demente. Su ópera prima, Pi, fue un maravilloso hallazgo. Con Réquiem se consagró como genio. Genio por derecho, por manejar con su cámara omnipotente todos los recovecos del espacio y del tiempo; por resultar fotográficamente impecable y por succionar a los espectadores desde el principio, con sorbos tan delicados como obscenos. Absténganse mentes monjiles y conservadoras.
 
En un principio, este artículo se concibió como una pequeña previa para despertar el interés del algún despistado navegante. Sin embargo, y tras leer en cualquier medio respetable que la película sólo podría ser digerida por aquellos fans acérrimos que fueran convenientemente drogados, decidí no esperar al estreno y visionar la cinta cuanto antes.
 
 
Poesía Oscura
 
Más que un bodrio infumable o un engendro místico, como la calificaron los rufianes sabios de la Corte veneciana; The Fountain es la llave mágica de las mil puertas. Es el retorno al embrión, a lo primordial, a la pregunta más antigua de todas. ¿Pedante y ambiciosa? En cualquier caso, valiente por alejarse del vacío convencionalismo del cine comercial. El espíritu creativo de quien la ideó es libre, horrible y sincero. Una libertad que hace rechinar los huesos de los encargados de taquilla. Y es que la Industria tiembla al recibir un producto de tan atípicas cualidades.
 
Con su última película, el director brooklynita nos propone las claves necesarias para adentrarnos en las pasiones profundas del ser humano. Nos convierte en guardianes inconscientes de un vasto secreto. Nos conduce a los precipicios de la locura; de abajo a arriba, del cielo a la tierra. Nos lleva a Xibalba; a nosotros mismos. Allí, y sólo allí, en una nebulosa que agoniza, podremos encontrar a  la muerte desnuda, limpia y desenmascarada. Planos cenitales que se enlazan de continuo; planos que nos transportan cada vez más lejos. Sólo hay un camino hacia lo reverencial. De abajo a arriba, de lo íntimo a lo universal. Poesía negra, oscura, críptica.
  
The Fountain se desmarca de lo tradicional y destaca porque no recurre a efectos hipercúbicos ni absurdos, ni atrae con miel a las moscas de la inspiración. Destaca porque contiene trazos de maestro, porque recuerda a Caravaggio y porque sus detalles son absolutos. En ese sentido, parece adelantada a su tiempo; demasiado inmensa para ser tomada a la ligera. Incomprendida. Del mismo modo que 2001: Una odisea en el espacio, quizá la presente llegue a formar parte de la iconografía del nuevo siglo. Quién sabe.
 
Un concienzudo trabajo de interpretación, una danza escenográfica milimétrica y una majestuosa banda sonora acompañan al último ser viviente hasta los confines del cosmos. Un ser eterno que custodia el Árbol de la Vida en el interior de una pompa de jabón. Clint Mansell, Kronos Quartet y Mogwai descifran el sonido de la inmortalidad mientras que Aronofsky nos la muestra sin dar explicación alguna. Porque los arquetipos son de todos y a la vez propios. Porque una historia inconclusa puede encontrar fin en ella misma. Porque para sellarla hemos de consumirla. ¡Termínalo! ¡Termínalo! Sólo nosotros podemos hacerlo, en la soledad de nuestro túnel, disfrutando de la angustiosa belleza de la individualidad; a eones de tiempo de cualquier cosa existente. 
 
 
 
Ecléctica
 
The Fountain vino al mundo como una oda por la que nadie daba un duro, ni siquiera sus actores protagonistas (en un principio, el ya artísticamente fallecido Brad Pitt  y Cate Blanchett). A última hora, y como no podía ser de otra forma, un presupuesto ridículo, un grupo de actores sacados de la chistera (entre ellos la propia novia del director, Rachel Weisz) y un montón de ingenio consiguieron poner sobre la mesa la mejor película del año. Independiente, ecléctica, nacida de la necesidad de expresar y no de recaudar, esta cinta precisa ser vista una y otra vez. Seguro es que aguantará el paso del tiempo y se salvará de los embates de las polillas y, aunque es posible que para el Gran Público pase inadvertida, sus metáforas e imágenes seguirán siendo infinitas; flujos y reflujos de los sueños y delirios del pensamiento humano.
 
 

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Para
saber más sobre The Fountain pincha aquí o allí
 
 
 
 

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