La Verdad
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Fitness cardio-sentimental
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Mar Peté | 14-01-2018 | 17:56| 0

images81ipbjw3Como hasta san Antón, Pascuas son… todavía estoy a tiempo de buenos propósitos y cosillas de esas. Aunque eso sí, para lo del descomer el refrán no me vale, porque si por mí fuera soy capaz de arrastrar la Pascua hasta Ramos y de santoral en santoral, tiro porque me ha tocado.

La verdad es que yo hace mucho que desistí de los propósitos tipo anticulpabilidad. Me niego a caer en la trampa de los gimnasios, con esa tontuna de poner en forma los musculitos, ¿o es que acaso el corazón no es también un músculo? Pues eso, que este año voy a centrarme en el fitness cardio-sentimental. No sé si conseguiré ponerme en forma, no tengo ni idea si de algún esfuerzo amoroso voy a terminar con un tirón o una luxación ventricular, pero lo mejor de todo es que ni lo sé ni me importa. Yo tengo mi teoría, y es que un corazón bien entrenado está a prueba de un subidón de pulsaciones o incluso hasta de una fibrilación inesperada. Yo lo noto, no hay nada como una pequeña dosis de sexy-adrenalina y no hay palpitaciones que se resistan. Y si ese runrún se enciende a tope, mi cuerpo, mis rodillas, mis pestañas y mi ritmo cardiaco se ponen tan en forma, que un guiño de tus ojos vale más que una sesión de zumba en el cutregimnasio de la esquina. Pero eso sí, aún no tengo muy claro si mi corazón va a conseguir mantener las pulsaciones cuando el tuyo palpite al compás del mío o me va a dar tal apretón, que del infarto me caigo redonda y no va a haber boca a boca ni masaje capaz de reanimarme. Aunque pensándolo bien, ¿qué es estar enamorado? Pues es un corazón felizmente atontado y paralizado sin recuperación posible.

Y bueno, ya para qué decir del dichoso y eterno propósito que año tras año me sigue, me persigue y me angustia. Aprender inglés. Además, cuando ya me creo que sé algo, van y me dicen que no, que después del B1 va el B2, y el C1… y así ¿hasta el Z1? Pues ya está, decidido, no pienso apuntarme a una academia de idiomas nunca jamás de los jamases. Que no, que ya lo he comprobado hasta decir basta, que ni sé ni voy a saber inglés en mi vida, ¿cuántas veces más voy a tener que demostrarle al mundo que lo mío son otras lenguas? Sí, he dicho otras lenguas y qué, ¡pero con el inglés, never ever!

Ya puestos, prefiero apuntarme a coger sitio fijo en la zona VIP de la biblioteca, porque me temo que me va a ir mejor en el asunto de la puesta en forma del corazón con los de ahí que con los del gimnasio. Hace tiempo que decidí tenerlo claro con los criterios de selección del casting amoroso y no tengo la menor duda. Me niego a aceptar faltas de ortografía, soy incapaz de justificar un arrebato pasional escrito con corazón, pero sin conocimiento. Seguro que entenderás que ante un “Haver si nos vemos pronto”, yo directamente te bloquee o, si ya quieres dejarme sin sentido y con ganas de morir, olvídate de poner las tildes y escríbeme con abreviaturas como si estuviéramos en el instituto. Tío, en Tele 5 al mediodía te están esperando, ahí triunfas seguro. Quizá la flora y fauna de las bibliotecas sea, como poco, peculiar; pero al menos, a falta de musas, tienen buena materia prima de donde sacar porque, ¿va a ser lo mismo un whatsApp de inspiración becqueriana que un trending topic de su grupo de amigotes? Es verdad, a veces estos intelectuales son un rato frikis, pero para eso estoy yo, ¡anda que no doy vidilla y de la buena entre capítulo y capítulo de un clásico! Voy, me calzo los tacones y ya verás de lo soy capaz de hacer por amor al arte… ¿Y tú me lo preguntas? ¿Poesía? Poesía soy yo… y como me pongas esos ojitos te van a faltar metáforas,  anáforas, elipsis y aliteraciones para salir vivito y coleando de esta.

Pues sí, aún me quedan unos pocos días para poner en marcha mis proyectos y espero que san Antón, que siempre ha sido tan comprensivo conmigo, sea capaz de entender que en lo del descomer no sé si voy a poder cumplirlo. Yo, por ahora, me he congelado en trocitos lo que me sobró del roscón y así, cada vez que me dé la tentación me como uno y le echo la culpa a san Antón o al santo que toque ese día. Pero como lo de la fusión de la puesta en forma del músculo cardiaco y lo literario me salga bien, para el año que viene me forro, ¡que tiemblen los gimnasios y Tele 5 porque las bibliotecas lo van a petar!

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Carbón para las niñas malas
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Mar Peté | 06-01-2018 | 12:07| 0

descargaDónde va a parar, si es que no tiene comparación, ya pueden seguir inventando fiestas frikis los norteamericanos que a mí no me engañan. Que se queden con su Halloween, su Black Friday y su Papá Noel, pero eso sí, que no se les ocurra tocarme a mis tres Reyes Magos porque por ahí no paso, ¿eh?

Lo cierto es que Santa Claus lo tiene bien complicado, porque puestos a elegir, a ver quién es capaz de ganarle la partida a tres buenos mozos, venidos de lugares exóticos, con barbas o sin ellas y a elegir entre mulato, asiático o más de los de por aquí. Además, hasta son capaces de cualquier cosa, porque claro, son tres y magos, y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa. Y para colmo, es que están forrados, porque no son de esos que regalan un jarrón de Ikea para salir del paso, qué va. Nada más y nada menos que traen oro, ahí es nada; incienso, que viene a ser lo que un perfume de Chanel de estos tiempos, como poco; y mirra, todo un presente digno de una diosa. ¿Y todavía alguien cree que Papá Noel tan viejuno y barrigón es una dura competencia?

Yo, desde luego, lo tengo claro. Tres tíos capaces de venir desde tan lejos, acertar siempre con mis deseos y con la alevosía y el morbo que confiere la noche… ¡A mí no me comen el tarro estos yanquis! Si es que cómo no me voy a dejar engatusar por sus majestades, si lo único que me piden a cambio es que les deje un par de zapatos en el mejor lugar de la casa. Y yo, que para estas cosas soy muy pillina, voy y les pongo mis taconazos más fashion, no vayan a pensar que a mí con unas tontadas de alguna tienda de chinos de oriente me conformo. Estoy convencida de que en cuanto los ven, lo tienen claro, aquí toca dejar regalitos de gama alta, sí o sí.

Lo cierto es que todas mis mañanas del 6 de enero desde que era pequeña siempre han sido especiales y, por descontado, la de hoy no es diferente. De pronto, entre sueños, me hacen runrún las tripas y no es por hambre, que anoche di buena cuenta del roscón y aún estoy intentando hacer la digestión. Lo tengo más que claro, ese cosquilleo en la barriga son nervios, es una desazón que me tira de la cama y me lleva directa al salón. Pero antes, miro por el rabillo del ojo y ahí están las tres copas de licor vacías y los papelillos de los polvorones abiertos y rodeados de miguillas. Entonces sí, toca envalentonarme, cierro los ojos y abro el corazón dispuesta a encontrar todo lo que les escribí en un whatsAap dejándoles bien claras mis ilusiones. Aunque también está lo otro, porque eso de ser una niña buena, pues me da a mí que no lo he cumplido mucho, bueno ni mucho ni poco, para mí que este año he hecho un poco de las mías…

Abro la puerta y ahí están mis zapatos mirándome con cara de pocos amigos. ¡Madre mía, y ahora qué hago! No hay ni rastro de las miles de sorpresas de los otros años esperándome envueltas y con su lazo en lo alto. Si es que esto es lo que me pasa a mí por pasarme un año entero liándola y sin acordarme de portarme bien. Me acerco, me asomo y veo dentro de uno de mis zapatos un trocito de carbón… Lo cojo, le doy un lametón y está tan dulce que no me puedo contener, voy y me lo zampo enterito. De pronto, me fijo bien y me doy cuenta de que hay un papelito que lleva mi nombre, ¡ay, qué nervios! Lo abro, me tumbo en el sofá y, mientras me relamo los restos del carbón dulce que se me han quedado pegados en los labios, lo leo:

“Dice la leyenda que a las niñas malas los Reyes Magos les regalan carbón y aquí lo tienes, por ser tan tremenda. Pero lo fácil es ser buena con tal de conseguir un regalito. A nosotros tres lo que más nos gusta de ti es lo bien que te lo pasas porque lo tienes superclarísimo: vida solo hay una y eso de ser una aburrida se lo dejas a las niñas buenas. Sí, esas que luego necesitan regalitos para a ver si así se entretienen un poco.

Este año nuestro regalo no viene envuelto ni es para que lo luzcas en tus saraos. Nuestro regalo se llama vida, alegría, risas, amigos, fiestas y amor. Y nosotros queremos verte siempre disfrutando a tope. Así que, por favor, sigue siendo una niña mala, no te arrepientas, que de las buenas y aburridas ya estamos hartos”. Firmado: tus tres admiradores secretos mejor guardados.

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12 meses, 12 pasiones
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Mar Peté | 31-12-2017 | 09:22| 0

navidadY oye, que hace nada estaba yo en el chiringuito playero con las chanclas y el pareo, y de pronto, ando comprando las uvas con el plumas puesto y canturreando un villancico machacón que me persigue. La cosa es que el tiempo pasa requetevolando y por más que quiero saborearlo y hasta detenerlo, no hay quien pueda ralentizarlo y quitarle a los minutos un puñado de fibra óptica para que estos segundos supersónicos nos parezcan horas.

Lo cierto es que yo soy muy de vivir y revivirlo todo hasta el máximo, que no estoy por perderme nada y que se me escape lo mejor, porque los ratos buenos, son buenos desde el antes, el durante y el después. Así que nada de ser aguafiestas con eso de irnos los primeros, que en el después siempre llega lo mejor y nos toca la resaca recordando y repasando nuestras locuras muertos de risa. Y como cada instante de mi vida es irrepetible, pues a mí plin con tus excusas de aburrido.

En la tele dicen eso de 12 meses, 12 causas; pues yo no voy  a ser menos. Así que, ahora que toca hacer propósitos, los míos van a ser 12 meses, 12 pasiones. Pero eso sí, en estas cosas es importante la organización, que luego nos pilla el tiempo y en cuanto nos descuidemos estamos sacando las procesiones y los refajos y, a renglón seguido, ale, otra vez la sombrilla y el turrón. Nada de improvisación, que esa es para los que viven en el last minute de la vida y a esos ya sé yo luego cómo les salen las cosas. La mejor improvisación es la que se prepara, que de improvisaciones improvisadas están los fracasos llenos.

Si con cada uva mañana me pido un deseo, con cada mes este año me toca un subidón de pasión.

En enero, me ocuparé del calor interior, que el otro, con una buena chimenea y una bufanda se arregla pronto. Pero como es imposible ilusionarse con el corazón frío, en enero toca calentar motores y dejar que las caricias abrasen por dentro y los besos enciendan las llamas.

Y así, sin más, llegamos a febrero. Y como ya me habré preocupado en enero del cambio climático de mis sentimientos, nada mejor que estar predispuesta a celebrar sí o sí el 14 de febrero. Claro, que para eso más vale tener con quién y no contra quién.

¡Ay, ese marzo tan juguetón! ¡Ese marzo que saca lo mejor de cada uno de nosotros y termina regalándonos una primavera! ¿A caso no voy a ser capaz de dejar despertar esa naturaleza salvaje que llevo dentro en ese intenso letargo invernal? Pues va a ser que nones. Así que, que se preparen los alérgicos que este año vengo dispuesta a todo y a más.

Mayo… mes por excelencia de las declaraciones. La de Hacienda, seguro, pero ya me ocuparé yo para que haya alguna otra y, a ser posible, que me salga a devolver, que esas son las que molan.

En junio, a más de uno que yo me sé le van a catear, y a septiembre que los pienso mandar con un par de asignaturas pendientes.

¡Qué decir de ese julio maravilloso! Con vacaciones o sin ellas, mi cuerpo se pone en modo playa y no hay quien lo pare, y como alguno lo intente, voy y se lo explico.

¡Por fin agosto, el rey de reyes de los 12 meses! ¿De verdad hay alguien que sea incapaz de ser feliz en agosto? Pues será un aburrido, porque yo con un chiringuito y saraos nocturnos inconfesables no pido más, o sí, ya veremos…

Septiembre el estupendo. Se acabó el calorín, mi piel caribeña sigue dorando tus miradas y a los amores de verano los despacho. Pero eso sí, mi cuerpo sigue de vacaciones. ¡Y ale, otra vez el lío en los garitos de ciudad! Nada como renovar la agenda con las novedades que cada otoño salen a la calle para desllorar los corazones partidos de las crisis amorosas del verano.

De octubre no tengo nada más que buenas palabras. Es el mes de los escotes, de las mini faldas y de los taconazos… ¡que para abrigarnos y quedarnos encerrados en casa ya habrá tiempo!

Me encanta noviembre, por fin me puedo lanzar a renovar el armario porque comienza a refrescar y la gente no me mira con mala cara si vuelvo con un puñado de bolsas llenas de ropa de nueva temporada recién comprada.

Nada como diciembre. Es tiempo de auditar las pasiones. Es tiempo de reconocer que me he pasado un año de puta madre. Es tiempo de pensar lo bien que me lo he montado… si es que hay veces que hasta me sorprendo tanto de mi misma, que ni me soporto. Objetivo cumplido: 12 meses vividos a tope y 12 pasiones disfrutadas sin pizca de remordimiento.

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Maldita lotería
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Mar Peté | 24-12-2017 | 08:53| 0

sexy_xmas_girl-500x412Pues sí, aquí estoy un año más, tan pobre como ayer o tan rica como siempre, según se mire. Pero lo cierto es que ni a mí ni a un buen puñado de españoles nos ha tocado ni una perra en la maldita lotería. Pero yo, que soy muy de sacar de donde no hay, creo que esto es una señal ¡y de las buenas! La verdad es que todos los años me empeño en pellizcar a la suerte y la suerte, ni caso. O quizá sí.

Y mientras, aquí estoy yo, jugueteando con los décimos que ya no sirven ni para sonarme los mocos… ¡Ay, mi gozo en un pozo! Y tiro a la papelera la lotería sin premiar junto con todas mis ilusiones de creerme millonetis. De pronto, miro de reojo mi armario y me pregunto dónde pensaba yo meter los miles de modelitos y los cientos de tacones de marca que iba a comprarme como hacen las ricachonas.

Si es que la vida es muy sabia y claro, seguro que antes de llenar los bombos con los números, algún duendecillo de la suerte se ha dado una vuelta por mi casa y ha corrido la voz de que no me falta de ná y yo que lo ratifico. Si es que cada vez que se me va la mano y caigo en la tentación de comprarme alguna chuminada, me viene el eterno dilema, porque a ver quién es la lista que es capaz de decidir qué otra chorradilla, de las que ya tengo, quito para poner el último caprichito. Así que, al final termino convocando a la chupipandi, hago una merienda-mercadillo, con tómbola incluida, y así dejo espacio para las novedades, porque me da a mí que las apreturas no son buenas para nada en esta vida.

Lo cierto es que una Navidad sin regalos va a ser como que no. A mí, desde bien pequeñita, me gustaba regalar a todo el que me cruzaba, y como antes no había una tienda de los chinos en cada esquina, pues me iba agenciando los regalos como podía. Y entonces rebuscaba entre los cajones de mi madre, era como ir de compras pero sin tarjeta, vamos lo que viene a llamarse una shopping-house. Después hacía paquetitos requetenvueltos en papel de colorines y lo divertido llegaba cuando los iban abriendo y mi madre descubría que había regalado un cenicero de plata aboyado, su reloj sin pila y con la correa rota, una bolsita con las cuentas de un collar que jamás arreglaría… y entonces, mi madre se reencontraba con todos sus tesoritos repartidos entre los primos y los vecinos, y sé que hasta le daba gusto el reciclaje sorpresa de sus cajones.

Por eso, yo me niego a dejar pasar unas navidades sin vivir la ilusión porque a mí me encanta dejarme llevar por las luces de las calles y apretar entre mis manos un cucurucho de castañas asadas mientras que me arde la boca con el primer mordisco y aprovecho para jugar a echar vaho imaginando que voy fumando como en las películas en blanco y negro. Y la Navidad se me mete hasta bien dentro, y la ilusión me llena de regustito, y cierro tanto los ojos que me parece que las estrellas se van encendiendo a mi paso y brillan tantísimo que no conozco a nadie que se niegue a sentir el espíritu navideño. Incluso con un esfuercito voy a ponerle buena cara a la prima renegona y, si me apuras, hasta soy capaz de comprarle un regalo sorpresa al cuñado sabelotodo y acertar de pleno.

Yo, esta Navidad, no quiero nada y lo quiero todo. Me pido llenar mi casa de risas y de niños dando el follón. También me encantaría levantarme al día siguiente con la cocina toda revuelta, con cientos de copas para fregar y el salón patas arriba. Espero que no se me olvide dejar un hueco para que quepa, junto a los pedacitos de turrón y mazapanes, cientos de abrazos de todos vosotros, esos con los que durante el año he tenido minutos de gloria llenos de amistad. Pero sobre todo estoy deseando volver a sentarme con esa amiga que, sin darnos cuenta, un día dejamos de cruzarnos por los caminos pero que yo la he tenido en el runrún de mi corazón miles de veces.

Qué lista es la vida y qué tonta que soy a veces. Todavía no sé en qué estaría yo pensando el día que me fui como las locas a comprarme un puñado de décimos de lotería. Para qué habré derrochado tantas ilusiones deseando que me tocara, pues no me faltaba otra que meterme en un lío de cientos de millones de euros y que se me amontonasen las ilusiones verdaderas con las listas de caprichos… Y aquí estoy yo, con los armarios a reventar y mi corazoncito, en cambio, llenito de sueños cumplidos.

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Las princesas mudas
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Mar Peté | 17-12-2017 | 10:58| 0

gfÉrase una vez un lugar en el que las princesas se habían quedado mudas. Un lugar en el que algunos príncipes, lejos de ser valientes defensores del bien, preferían ser todopoderosos y no había mayor placer para ellos que abusar de esos privilegios. Y mientras ellas eran mudas, o eso creían, el resto de los habitantes del reino se hacían los ciegos y sordos. Incluso el cuello les dolía por esa dichosa costumbre de llevar girada la cabeza, siempre bien seguros de mirar hacia otro lado.

Érase un mundo que se llamaba Hollywood, despachos, universidades, partidos políticos, empresas, teatros… Era un mundo en cualquier lugar donde la desvergüenza de unos pocos osaba poner precio a la dignidad de mujeres que simplemente anhelaban y deseaban ver cumplidas sus ilusiones. Tan solo querían llegar tan lejos como fueran capaces, tenían sueños con los que poder ser felices mientras actuaban, bailaban, aprendían, ganaban elecciones o alcanzaban la máxima responsabilidad en su profesión. Mientras algunas lo consiguieron, otras no, pero otras muchas pagaron y sufrieron los daños colaterales con su mudez y su miedo.

Y pasaron los años, con sus días y sus noches, con sus silencios y con sus secretos a voces… Y de pronto, en la lejanía se oyó una voz tan tímida como valiente. Esa que, poco a poco, fue haciéndose cada vez más clara. Primero una princesa, después otra y otra hasta que empezaron a recobrar la palabra… ¡Ya no eran mudas! Y les dio por contarnos al mundo las fechorías de un puñado de indeseables príncipes, que en absoluto eran caballeros adalides del bien. La realidad los desenmascaró y vimos sus caras de desalmados auténticos que aprovechando su poderío, se beneficiaron sin escrúpulos desde su bravuconería. Y así fueron robando a toda dama que se les cruzara sonrisas, sueños, ilusiones, corazones indefensos e inocencias desprotegidas. Pero ya no, porque de aquella voz han nacido otras, ya por fin es posible escuchar un hermoso coro entonando y exigiendo un bello canto a la justicia.

Ni mi trasero ni mi boca ni mi cama están a disposición de tu prepotencia. Ya no pienso callar, porque la valentía de unas pocas ha hecho despertar el coraje de las princesas mudas, de aquellas damiselas asustadas, de las miles de mujeres que su único pecado fue desear ser lo que sus sueños les empujaban.

-Para mí que las mujeres se han vuelto todas locas. ¡Ya será para menos! ¿A ver si es que ahora va a resultar que a todas las han pasado por el catre? Y bla, bla…- ¿Será que prefieres no saber o es que quizá tienes algo que esconder para justificar tu currículo de abusador?

Pues quizá sí, a lo mejor es que hemos tenido que perder esa cordura que nos inculcaron y que, sin querer, nos hacía cómplices y víctimas a la vez. ¿Que estamos todas locas? Puede que sí, pero lo cierto es que nunca me he sentido más orgullosa de la cordura y de la valentía de mi sexo. Por fin ha llegado la revolución, por fin la prepotencia es un delito, por fin sobrepasarse no es algo gracioso que contar a los amigotes en la hora del café. Por fin mi dignidad es intocable y no está para que la manosees y te fanfarronees de ello.

De la mano de todas ellas vamos los demás. Porque no estáis solas, porque ya está bien de que nos escondamos en nuestro caparazón, que ya no nos vale el conformismo diciendo: “Esas cosas han pasado toda la vida”, ¿y? Me niego a que la falta de respeto a una mujer se compute como un mal menor y se confunda con tradiciones heredadas de padres a hijos… ¡Se acabó! ¡Me too!

Érase una vez un reino en el que desear alcanzar lo inalcanzable no tiene precio, tan solo con luchar por ello y demostrar que puedes, es suficiente. Érase un lugar en el que ser hombre no es un cupón de recambio para que tus superpoderes puedas utilizarlos sin miramientos. Érase una vez un cuento en el que las princesas tienen vida propia y los valerosos caballeros se ocupan de asuntos mucho más interesantes que andar despertando a bellas durmientes porque, me temo, que estas de adormiladas tienen ya bastante poco.

Y de pronto, aquel lejano país se ha convertido en un mundo en el que hombres y mujeres disfrutan y comparten los mismos privilegios, donde amar y ser amado no depende de la oferta y la demanda de los puestos de trabajo y donde mi cuerpo y mi placer no son moneda de cambio de mis sueños y mis ilusiones.

Y colorín colorado este cuento por fin ha acabado con esos indeseables, bellacos, pícaros, trúhanes, cabrones, malnacidos, destrozailusiones, dominadores y todos los hijos de p… que podamos seguir añadiendo a esta lista. Porque yo no soy muda y mi voz es la vuestra… ¡no estáis solas!

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Tengo cuerpo de viernes
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Mar Peté | 10-12-2017 | 15:35| 0

descargaDicen que el primer día de la semana es el lunes, ¡pero qué equivocados están los que piensan así! Seguro que todos esos son un puñado de amargados que se pasan luego la semana penando y con cara de pocas bromas. ¿Y en qué me baso para tener las cosas tan claras? Pues muy fácil, yo cuando empiezo algo siempre lo empiezo por donde más me gusta, me da el subidón y se ponen las hormonas dispuestas a todo y a más. ¿Que el primer plato no me gusta? Pues empiezo por el postre y así, de paso, me libro de tener que compartirlo con nadie, que no hay cosa que más rabia me dé que ese que te suelta: “Una cucharadita, solo por probar…”. Pues si lo quieres probar, te lo pides. Si te gusta, te lo comes. Y si te lo comes, pues eso, engordas lo mismo que yo y no me dejas a mí con el remordimiento de meterme 1175 calorías y tú solo 25. Así que si vamos a pecar, que pequemos todos, y si no, ni te me acerques.

Bueno, a lo que iba, que empezar a contar la semana desde el lunes es todo un error, es lo mismito que sacar un billete al Caribe en plena temporada de huracanes o apartar la cebolla de la tortilla de mi madre, cuando todo el mundo sabe que ese es el secreto de las mejores tortillas del mundo. Como la semana tiene siete días para elegir, ¿por qué escoger el malo si podemos empezar por el mejor?

-Nada como los viernes, ¡es que tienen un glamour…! Las mejores cosas de mi vida han sucedido en viernes o en casiviernes, porque claro el sábado también tiene su aquél.

Mi vida se cuenta de viernes en viernes. Además mi cuerpo, que es muy sabio, lo nota. Y zas, solo con poner un pie al levantarme siento que se me pone el cuerpo golfo de viernes y entonces, ya sé, a ojos cerrados, cómo vestirme y la falda esa tipo guerrillero que me compré el otro día, toca estrenarla. ¡Y qué decir de los taconazos que me pienso calzar! A mí hoy no me amarga el día nadie, porque no me da la gana. Los viernes saben a risas, huelen a planazo seguro y mi piel se eriza solo de pensar en cruzarme contigo, en ese vernos sin mirarnos y con ese rozar tus labios sin despintar los míos.

Y yo cada viernes me lanzo a comerme la vida, a darme un atracón de calles y a quemar los garitos de copas hasta arrasar. Pero eso sí, un día aprendí a dosificarme, porque claro, si lo doy todo los viernes, ¿qué me queda para el resto del fin de semana? Tengo mi propio plan infalible: los viernes se hace un estudio de campo, se inspecciona a fondo, se tantea el terreno y, con todo eso, me reservo para el resto del finde. Analizo las posibilidades y me lanzo o me retiro a las trincheras si veo que la batalla no merece la pena librarla, esperando mejores acometidas para el resto del fin de semana.

También es verdad que no siempre he tenido las ideas tan claras, ¡qué va! ¡Ay, si la afición hablara! Reconozco que hay más de una y más de dos tardes de esas que mejor no rememorar. Lo bueno de estas cosas es que aquí, el que más o el que menos, ha pinchado en hueso y el pacto de silencio de los días de fracaso funciona… un día por ti y otro día por mí. En secreto, y con la boca pequeña, confieso que tengo un puñado de arrepentimientos con nombre de viernes, sábado y domingo. Pero es que claro, a ver a quién es el guapo que no tiene en su currículum festivo algún que otro tropezón desatinado. Aunque de algunos de esos errores me acuerdo, con otros mi memoria histórica se ha hecho selectiva y me ha ahorrado almacenar detallitos de color de ciertas ocasiones poco memorables.

-Hola…-me suelta uno al pasar a su lado.

Yo que lo miro. Yo que lo remiro. Y la cosa es que no me disgusta, pero de pronto se me enciende las alarmas y se pone en marcha el protocolo de emergencia. Giro mis tacones y sigo mi paso… hasta que siento que me agarra del brazo y me dice:

-¿No me vas a saludar? ¿Es que no te acuerdas de mí?

-Hay cosas en esta vida que prefiero olvidarlas…

Y sigo mi camino, despachada y con la memoria intacta. Que no está una como para que en un viernes le amarguen el resto del fin de semana con una mala reminiscencia tan torpe como minúscula, además de soporífera. Es cierto, hay mucho arrepentimiento de fin de semana, pero también hay mucho triunfo victorioso digno de ser evocado, aunque no relatado. ¡Y hoy es sábado!

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Enredando y sin atinar
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Mar Peté | 03-12-2017 | 09:19| 0

ojYa se acercan las fechas en las que los más valientes, o quizá debería decir los más incautos sabelotodo, van de televisión en televisión vaticinando lo que nos va a deparar el año que viene. Unos, en plan acojone, nos anuncian guerras químicas con finales del mundo incluidos. A otros les pone más el morbo del famoseo y basan toda su sapiencia futuróloga en amoríos y desamoríos de los personajes de más tirón del momento e incluso hasta osan desenterrar del olvido a alguno de esos de los que hace mucho no se sabe nada y así vuelve al candelero, aunque sea a costa de alguna catástrofe nuclear en su vida festivo-amorosa.Es curioso, porque los espectadores, yo incluida, escuchamos todos esos presagios con ciertas dosis de credibilidad, nos escandalizamos, algunos hasta los damos por imposibles, pero en el fondo llegamos a dudar por si pudieran realmente suceder aunque sea solo un poco, no vaya a ser que se cumplan las profecías y a mí, por incrédula, me pille fuera de juego y, como siempre, me pierda lo mejor o termine pringada en lo peor. Pero digo yo, ¿dónde están ahora que se está acabando el año todos esos que auguraban tales tropelías para el 2017? Pues me figuro que más de uno anda escondido y atrincherado en vista de que no dio pie con bola o quizá esté en la fila del INEM porque para este fin de año no creo que lo vuelvan a contratar como adivinador.

Yo no sé si alguno tuvo alguna visión sobre los disparates que iban a pasar en Cataluña, pero estoy muy segura que se habrá quedado corto y eso que aún nos queda por ver cómo salimos parados del 21-D. Pero vamos, si en su bola de cristal ve la cara de Puigdemont haciéndole ojitos, mejor será que la desconecte hasta la vuelta y que el personaje en cuestión se tome su cava y su turrón por tierras belgas, porque estoy muy segura de que el futuro, el presente y el resto de los españoles se lo vamos a gradecer y mucho.

Por lo demás, lo cierto es que las cosas no han cambiado demasiado de un año para otro, o eso parece. Los mangantes aún siguen, aunque ahora parece que merodean más por los juzgados que hace algunos años. Y la Preysler, ahí está ella tan contenta y tan estirada, de piel y de lo otro, como siempre.

La verdad es que con mis pronósticos aún no sé si dieron en el clavo o mi adivina personal desvarió tanto que ni ella misma sabía qué me decía cuando me soltó:

-De tu pasado, volverá. En tu presente estará, sin estar. Tu futuro… llevará su nombre.

Y ale, todo eso así, de sopetón y sin manual de instrucciones. Por culpa de eso llevo yo todo el año elucubrando a ver si ese futurible fuera a llevar la cara de uno que está más que pasado, aplastado y pisoteado… pero sin rencor, ¿eh? Lo cierto es que, a mil gracias, no he tenido la desdicha de cruzarme con su linda cara en todos estos meses.

-No seas bruta- me reprocha mi querida visionaria particular.- El futuro es más sutil, y cuando menos te lo pienses, ¡ya verás como le pones cara, nombre y lo que le haga falta!

Pues sí que estamos buenas, yo estoy ya en una edad que lo de las sutilezas como que no. ¡A mí lo que me gusta es ver y tocar desde el minuto cero!

-Igual el futuro lo tienes más cerca de lo que te crees, pero como andas empeñada en enredar con el pasado…

Pues yo creo que un poquito de razón sí que va a tener, pero no pienso reconocérselo, que a esta le da el subidón y para el año que viene me echa algún conjuro y me chafa los doce meses siguientes.

Por aburrimiento me he puesto a revisar el 2017 de mi móvil, los whatsAaps, las fotos, los mensajitos y ya, cuando llegaba casi al lado oscuro del fondo de armario del teléfono, me aparece tu jeta. Bueno tu carita, tu sonrisa y tu mensaje de felicitación de las Navidades pasadas. Y de pronto me doy cuenta de que, desde entonces, a ese whatsAap le han seguido unos cuantos más. Y sí, lo reconozco, a los tuyos les correspondieron los míos y así hasta ayer mismo que nos llamamos para nada y para todo al mismo tiempo. Y entonces a mí me vienen a la cabeza las palabras de mi predicción del 2017: “De tu pasado volverá. En tu presente estará, sin estar. Tu futuro llevará su nombre.” Y me echo a temblar. Todo se me remueve y el corazón me va a trompicones. Me queda un mes para terminar el año, un mes para no enredar con el presente y atinar más con el futuro.

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Rojo sangre
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Mar Peté | 25-11-2017 | 09:53| 0

images3Lo acepto, es más, no me importa confesarlo, tampoco pienso disimularlo ni una pizca. Esta mañana me he levantado furiosa, iracunda, de mala leche e irascible hasta decir basta. Y eso que aún me duelen los pies y me tiembla la tarjeta del puñetero black friday, pero reconozco que no me pude resistir. Ni con esos miles de trapitos y caprichos de mis compras de ayer se me va a mejorar el humor, qué va. Lo grave de todo es que tampoco tengo intención de cambiarlo, por la simple razón de que mis motivos tengo para ello, ¡ya quisiera yo que no los hubiera!

Y la culpa la tiene, ni más ni menos, que este asqueroso 25 de noviembre señalado de rojo en el calendario y no por festivo. Está pintado de rojo sangre, de la sangre de todas estas mujeres anónimas cuyo único delito ha sido nacer siendo mujeres. Viene señalado de rojo por el dolor de sus hijos, de sus madres, de sus padres, de sus amigos, de sus compañeros de trabajo, de sus vecinos, de los que nunca las conocimos, pero que, por desgracia, tuvimos que ver su foto en un telediario.

Me niego a justificarlo por eso de que estas cosas siempre han sucedido, pero que como ahora salen en las noticias se oyen más… ¡Pues peor me lo estás poniendo! Me niego a creer que no hemos aprendido nada en todos estos años y que lo único que somos capaces de hacer es salir a la puerta de los ayuntamientos a guardar un minuto de silencio. Y me niego porque está claro que en algo nos estamos equivocando. ¿Por qué la mujer acosada es la que tiene que llevar un policía a su lado? Entonces, ¿qué es lo que tendría que llevar el acosador? Si a nuestras hijas les enseñamos que nuestra libertad empieza por la independencia económica, afectiva y emocional, ¿qué hacemos leyendo literatura mediocre en el que la sumisión femenina es el papel principal frente a la posesión de la masculinidad de un personaje empoderado frente al de la chica? Me niego a conformarme con cifras y porcentajes, esos números no nos van a devolver a Maruja, a Teresa, a Ana, a Cristina… Y lo que es peor, no me aseguran que el próximo año, este mismo día, no tenga que volver a sentirme igual de indignada que hoy.

Y ahora es cuando los neomachistas, llenos de razones, sueltan eso de que hay muchas que denuncian en falso, ¡¿perdona?! ¿Eso es razón para que no se les reconozca su dolor a las que denuncian con sinceridad? No señores míos, me niego a que las excepciones hagan granero.

Vale, ya tenemos un número de teléfono que no deja rastro en la factura, tenemos atención especializada en comisarías y juzgados, tenemos a la sociedad mucho más concienciada, pero ¿alguien me puede decir qué hacemos con el miedo paralizante que la bloquea para tomar decisiones y poner en marcha todo lo anterior? ¿Qué hacemos con ese temor a involucrarnos cuando oímos gritos en la casa de al lado? ¿Y con esos hijos acobardados y en shock emocional provocado por las lágrimas de su madre? ¿Y con ese tipo que no pega puñetazos, pero sí clava puñales en el alma porque es su amo y señor? ¡Ya lo tengo! Declaramos un Día contra la Violencia de Género y asunto arreglado.

Lo acepto, estoy culpando a todos y eso no es justo. Los que de verdad queremos que este día deje de estar señalado de rojo sangre en el calendario tenemos en nuestras manos la solución. Tan fácil como mostrar tolerancia cero a cualquier situación que en una relación entre un hombre y una mujer no hable del amor. O educar a nuestras hijas en el respeto a sí mismas, en que su dignidad no está en venta y, sobre todo, que su felicidad nunca dependa de nada ni de nadie, sino de ellas mismas y de su paz interior. Qué mejor que ayudar a nuestros hijos a ver en la mujer a una compañera y no a su rival, a una persona y no a una posesión, a alguien con quien compartir las alegrías, las penas, las ilusiones, los sueños, el amor y el desamor siempre desde el respeto y nunca desde el orgullo masculino, que, no sé yo muy bien, en qué se diferencia del femenino. ¡Y que todo esto sea prioritario!

Quizá este arrebato con el que me he levantado se me pase un poquito el día que me entere de que hay una “manada” enchironada para el resto de sus putas vidas, y no porque lo diga yo, sino porque la Justicia se lo explique a ellos y a todos los que se divierten con el dolor de otros.

Sueño y confío que el miedo y la impotencia nunca más marquen de rojo la hoja de un calendario.

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Indocumentados y sentimentales
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Mar Peté | 19-11-2017 | 09:23| 0

imagescaac2qk4Con tantas leyes y tantas normativas que hay para todo, a este paso vamos a tener que leernos algún tocho de Derecho para sobrevivir sin terminar en presidio. Yo soy muy fan de cumplir con las leyes vigentes y hasta con las que ya ni existen, por si acaso. Pero es que entre las de circulación, las de pagar a Hacienda y las de ortografía ya me doy por contenta. Y digo yo:

-¿Si todos nos supiéramos el código penal, civil o los que sean de pe a pa, entonces, qué pintaría tanto abogado encorbatado por el mundo? ¿O a ver de qué puñetas iban a comer los jueces si a todos nos da por ser ciudadanos responsables e intachables?

Lo cierto es que yo no tengo ningún interés en sentarme en el banquillo, ni de culpable ni de absuelta, que yo me lo paso mucho mejor sentada en las terracitas tomándomelas con mis amigos. Pero eso, si algún señor letrado de esos de toga y puñetas quiere algo de mí y me busca, me va a encontrar, pero mejor que me busque de parranda y a mi aire y mientras, que enchirone a otra, que yo soy muy legal para mis cosillas.

Sí, lo reconozco, en mi casa hay un armario nada más que para zapatos, pero ¿acaso eso es un delito? Quizá un poco de síndrome de Diógenes entaconado tengo, pero es que ni quiero ni puedo resistirme, así que si te dan tentaciones de hacerme un regalo, ahí tienes una buena pista… ¡que yo me dejo regalar!

Yo no sé qué es peor, si el armario de los zapatos o el mueble de los papeles. Toda una vida resumida en facturas, letras, escrituras, seguros de coche, documentos inclasificables, sentencias… ¡sentencias de qué!

-Y ese, ¿es tu marido?- le pregunta una amiga nueva a mi mejor amiga.

¡Quién ha osado proferir esa palabra en mi presencia! Hay momentos en los que decir marido produce sarpullido o pronunciar esposa activa las alergias. Pero es que claro, aquello de la parienta, como que suena mucho peor… Y entonces, yo le miro, le repaso de arriba abajo y me pregunto:

-Un marido… ¿y eso qué es lo que es?

-Pues es ese ser al que cada mañana le dices: ¡Buenos días! O ese personaje al que llamas para que se pase por el supermercado antes de que llegue a casa porque no quedan yogures. También es uno al que ya hace mucho no le mandas whatsApp picantes porque te los reservas para el grupo cañero.

Pues ante este planteamiento, lo cierto es que yo no sé muy bien si este es o no es un marido con todas las de la ley.

-Nena, un marido es ese que elegiste, te lo merendaste y lo enredaste hasta que firmó en la vicaría, en el juzgado y hasta en la hipoteca… ¡Adivina a ver cuál de esas tres firmas durará más!

La cosa es que los maridos también son los que te calientan los pies sin rechistar, aunque se les quede el trasero colindando con Alaska. También es el que nunca se acuerda del día del aniversario de boda, pero es capaz de adivinar si tienes los ojos abiertos en mitad de la noche sin encender la luz. Y desde luego, no hay nada como ser marido para distinguir el día en que estoy fatal y encima la tomo con él, pero en cambio, es incapaz de echarme una bronca porque sabe que un día malo lo tiene cualquiera, y su mujercita, también.

-Pues yo a este no le he hecho firmar nada. Y sin pedírselo me hace todas esas cosas y muchas más que no te cuento…

-Tú lo que tienes es un simpapeles.

Pues sí, mi nueva amiga tiene razón, no hay como tener un marido ilegal. Me encanta la idea, ¡un esposo sin papeles! Un espalda mojada del amor. ¡Un indocumentado sentimental!

-Decidido, prefiero un marido simpapeles en mi cama que un exmarido con papeles enredando en mi vida, ¡dónde va a parar!

Hubo un tiempo en el que, ilusa de mí, me creía que lo que estaba por escrito era más de fiar que un apretón de manos y mucho más que un acuerdo verbal. ¡Pero qué equivocada estaba! El papel se lo lleva el viento, el agua lo moja y el fuego lo quema.      O peor, ¡acaba ahí almacenado en mi cajón de los documentos! Pero que me diga alguien si cada apretón de manos, de cintura, de abrazo o de corazón dándome tu amor, no vale más que todos esos legajos que tengo abandonados y olvidados. Que venga un juez a decirme que no hay mayor compromiso que tu palabra con la mía o tu mirada contra la mía. Y entonces, y solo entonces, nada es comparable como sentirnos indocumentadamente casados. ¡Qué sabrán de sentimientos los dichosos papeles!

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Minutos de ilusión
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Mar Peté | 12-11-2017 | 09:24| 0

2jhc7ck¡Qué pocas cosas hay que no sean pecado, engorden, salgan gratis y que además den gusto! Es cierto que algunas veces pecar da más gustirrinín que coger dos kilos, porque aunque a esta altura de mi vida, he de reconocer, que me arrepiento de alguno de mis pecadillos, pero hay de unos cuantos que no tengo ni el más mínimo remordimiento, es más, confieso que si la otra parte se prestara, hasta sería reincidente.

Reconozco que sentarme en el sofá en plan maratón de series me atrae un montón, sobre todo ahora que la mantita ha vuelto a ser mi segunda piel. Pero para ser planazo total, nada como una tableta de chocolate en una mano y un capazo de palomitas en la otra… ¡si es que solo de pensarlo estoy segura de que ya he cogido varios kilos! Y claro, después qué, arrepentimiento, desesperación y directa al gimnasio para rebajar el soffing del weekend. No hay lágrimas más caras que las derramadas tras pasar por la báscula, porque primero me costó comer pero mucho más me va a costar el descomer. Es curioso, un atracón de palomitas dura a lo sumo un par de horas, pero para despegármelas del trasero, menos de dos semanas de autoflagelación en forma de sudor no me las quita nadie.

Y si después de comprarme un caprichito, gastarme los cuartos y dejarme la cuenta temblando para una temporada, no me da gusto, entonces, es que es para matarme. Reconozco que a veces soy un poco cabeza loca con la tarjeta, que se me calienta el monedero y zas, y veo unos tacones que me hacen ojitos, lo cierto es que soy incapaz de darles la espalda. También es verdad que últimamente estoy notando un no sé qué por dentro, igual que si estuviera entrando en esa edad en la que la palabra sensatez y prudencia empiezan a hacer hueco en mí. No sé si alegrarme por ello o echarme a temblar, ¿será que me estoy haciendo mayor? Bueno, sea lo que sea, la verdad es que mi banco y mi estrés emocional me lo están agradeciendo. Tanto, que en mi cuenta últimamente en lugar de números no hay nada más que emoticonos con ojos de corazón.

Pues sí, en vista de lo visto, que lo de pecar, engordar y gastar dinero tiene su peligro, he decidido usar toda mi energía en tener ilusiones. Y me encanta, porque he puesto en práctica una nueva terapia que me he inventado yo solita. Se llama el minuto mágico. Cada mañana, antes de poner en acción toda esta adrenalina con la que se despiertan mis huesos, guardo un minuto de silencio, y no por ningún muerto, qué va. Es mi minuto de la ilusión mañanera y pienso en algún trajín para ese día con el que me sienta removida por dentro, un lío que esté deseando poner en marcha y oye, que noto que me pone las pilas a cien. Así da gusto encararse con la vida, porque no hay gilipollas capaz de borrarme esta sonrisa que mi ilusión mañanera me dibuja y además es que me dura todo el día y, si me apuras, hasta parte de la noche, sobre todo si encima la cosa se complica para lo bueno, claro.

Pero si lo de la mañana está genial, ni qué decir tiene ese otro minuto de silencio que me guardo para la noche. Le llamo el minuto de la felicitación, y oye, que nada como rebuscar en el día alguna cosilla que haya hecho digna de merecer un puñado de parabienes, y qué, pues que ni una ni dos, ¡qué va! Yo me vengo arriba y no hay quien me pare, porque vaya puñado más gracioso de felicitaciones que me dedico cada noche sin cortarme ni un pelo. Y claro, a ver quién es la guapa que después de este subidón de autoestima no es capaz de dormir a pierna suelta, con la conciencia en modo avión y dispuesta a cualquier cosa, incluso a pecar un poco si es que se diera el caso. Pero es que pecar con remordimientos no sabe igual que caer en la tentación cuando una va sobrada, sobre todo, si es de ilusiones, emociones y con la tarjeta intacta.

Es posible que solo los tontainas vivamos de sueños, quizá algunos prefieran al pan pan y al vino vino, pero lo cierto es que yo solita me hago ilusiones, me las quito de la cabeza y me las vuelvo a creer y todo esto gratis y sin engordar. Y mientras, me lo imagino, me acuerdo de aquella vez o me figuro de cómo sería y a veces, aunque solo a veces, la vida me regala una ilusión convertida en realidad y yo, entonces, voy y la disfruto a sabiendas que no hay nada mejor que caer en la tentación de una ilusión deseada, soñada y conseguida.

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Sobre el autor Mar Peté
Contar historias, soñar ilusiones, sentir la vida, compartir sensaciones, descubrir secretos, atravesar lo prohibido... Porque vivir es reír y disfrutar, es contagiarse de la alegría. Porque detrás de cada experiencia siempre hay miles de caminos esperándonos y yo me niego a quedarme quieta. Y como no hay nada como ser el protagonista de nuestros errores y aciertos, de nuestras dudas y de nuestras decisiones, aquí estoy, dispuesta a pasar contigo estos relatos llenos de magia. Un día descubrí que escribir desde lo alto de mis tacones era mucho más divertido y entonces me di cuenta que desde aquí arriba la vida se veía tan bonita que decidí compartirlo. Quizá al leer mi blog te digas: "esto me pasó a mí", "anda, esto me suena", "qué bueno, nunca se me habría ocurrido", "¿será posible que estas cosas ocurran?". Con el deseo de que lo disfrutes cada semana con una sonrisa, de que te haga revivir sensaciones y, sobre todo, para que entre risa y risa, también te ayude a darle vueltas a la cabecita y después salgas a comerte el mundo, antes de que el mundo te coma a ti. ¡Bienvenido al blog "Desde mis tacones"!

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