EL ELEFANTE

 

Nieva en España. El Rey se rompe la cadera cazando elefantes en Botswana. Las llamaradas del sol se cuelan entre los copos de nieve. Más allá de las nubes arrecia la tormenta solar. Los elefantes de Botswana lo saben. Intuyen la llamarada definitiva sobre su piel. Tienen memoria genética. Sus antepasados, los mamuts, se extinguieron de la noche a la mañana. También fueron cazados por los primeros hombres. Lo hacían con lanzas, jugándose el tipo. Rompiéndose caderas, fémures y cráneos. Daban la vida para alimentar a toda la tribu. Hoy, los últimos elefantes son cazados para el deleite privado, el de quien puede pagar una licencia de volumen astronómico. Alguien aprieta un gatillo y la pieza se desploma. Toneladas de vida y memoria. Carne muerta. Como la nieve que cae lentamente, abatida, en España.
Algún día, el mayor elefante del mundo nos embestirá a todos. Fijará sus ojos en los destructores de este planeta, extenderá sus orejas hacia delante, recogerá su trompa para que asomen más, si cabe, sus colmillos y lanzará su cuerpo como si fuese un misil. Cuando lo tengamos encima comprenderemos que ese elefante somos nosotros mismos.
Nieva en España. Alguien acaba de derribar una nube sobre nuestras cabezas.

 

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