¿Bacterias? ¿Microbios?

En mi opinión, las bacterias, microbios y demás microorganismos que atacan nuestros cuerpos no existen. Creo que todo eso no es más que una patraña, una vil invención protagonizada probablemente por los dueños de grandes empresas de productos de limpieza para aumentar sus ventas. Lo digo porque, si esos bichitos existieran, yo no estaría ahora mismo escribiendo esto. Sería un montón de huesos carcomidos por esas bacterias asesinas.

Para entender esto, sólo hay que fijarse en el estado en que normalmente se encuentra la cocina donde vivo. Por desgracia, me ha tocado compartir casa con un hatajo de cerdos, sucios y vagos que prefieren vivir en la más mísera inmundicia antes que perder dos segundos limpiando la bancada (o el mármol, falso en este caso por supuesto, según cada cual lo quiera llamar) de la cocina. El trapito con el que supuestamente se tendría que limpiar esta superficie está siempre en un estado de suciedad penoso, por no hablar del intenso hedor a humedad podrida que despide, pues nunca se dignan a ponerlo a secar. Este trapito pasa su corta existencia dentro del fregadero, junto a restos de comida y agua permanentemente, por lo que uno se puede hacer una idea. Los “secamanos” entonces, viendo el estado del trapito anterior, son usados para limpiar todo tipo de superficies incluido el suelo, y luego los vuelven a dejar por ahí encima como si nada. Al final no hay donde secarse las manos entonces.

Al principio solía limpiar la bancada cada vez que iba a cocinar, pues jamás lograba encontrarla limpia, y por supuesto la volvía a limpiar después de haberla usado. Pero la siguiente vez tenía que hacer lo mismo, puesto que nunca la encontraba limpia al ir yo a cocinar, entonces al final me di cuenta de que la estaba limpiando como 6 veces al día, dejándola limpia detrás de mí y jamás encontrándola limpia al entrar. Así que, sencillamente, dejé de limpiarla. Al principio me preocupé por todo ese tema de las bacterias y microbios, pero me dije que si el hatajo de cerdos no se había muerto aún yo podría sobrevivir. Y de hecho lo estoy haciendo, aún no he cogido ninguna enfermedad ni nada parecido.

También he observado que a estas “personas” les encanta ver cosas por el suelo. La comida que se les cae por lo visto la consideran adornos de suma elegancia, pues nunca se agachan a recoger nada que se les haya caído. Un día igual podría completar mi compra de la semana en el suelo de la cocina. Así que uno anda resbalándose y pisando bultitos continuamente por allí. Quizá creen que es bueno para la circulación…

En el tema de cómo friegan los platos (cuando los friegan) mejor no entro, sólo diré que normalmente me toca fregar antes todo lo que voy a usar, rascando concienzudamente los restos de comida adheridos en ellos.

Y el baño… esto es algo que no se puede explicar con palabras… El lavabo creo recordar que era blanco… Es un milagro que no haya pillado algún hongo u otro tipo de extraña bacteria.

En fin, es lo que tiene de malo tener que compartir casa, porque desde luego al precio que van los apartamentillos de una habitación aquí en Inglaterra uno no se lo puede permitir. Yo, por lo menos, no.

De visita por Oxford

El otro día por fin visité el “Christ Church College” en Oxford, donde está la catedral de la ciudad, pero que en los últimos años debe fundamentalmente su definitivo salto a la fama a ser el lugar donde se rodó Harry Potter y más recientemente de “la brújula dorada” con Nicole Kidman. La verdad es que con el tiempo que llevo viviendo en Oxford no me perdono a mí misma el haber pospuesto por tan largo tiempo mi visita a este fantástico y admirable lugar, quizá no el más bonito de los numerosos “colleges” de esta ciudad pero sin duda el más famoso. Encierra entre sus paredes, desgastados suelos y techos de una arquitectura fascinante siglos y siglos de historia, también plasmada en sus paredes a través de los innumerables retratos de personalidades de épocas pasadas, todos estudiantes de este college.

A decir verdad el llamado “Hall” o comedor donde se rodaron muchas escenas de Harry Potter parece más pequeño en la realidad que tras la cámara. Supongo que los trucos cinematográficos se han encargado de agrandarlo a su conveniencia. Pero es realmente sensacional, con las hileras de mesas interminables alumbradas por lamparitas de otra época, y al fondo otra mesa dispuesta transversalmente que supongo será donde toman asiento las personalidades importantes y profesores. En las paredes casi se superponen los retratos de antiguos estudiantes y personalidades significativas no sólo para el college sino también para el resto del mundo por ser famosos físicos e investigadores que pasaron por allí alguna vez. Sus techos abovedados y sus paredes con largos ventanales confieren a esta magnífica sala un aspecto magistral. Siento no tener ninguna foto, fue una visita no planeada; prometo que la próxima vez que vuelva a ir (sin duda lo haré) llevaré la cámara conmigo y colgaré una foto en el post.

La catedral es sorprendentemente (o decepcionantemente) pequeña para la idea que tenemos de las catedrales, pero su interior es asombroso de todas maneras. Tumbas que guardan esqueletos desde hace varios siglos, vidrieras espectaculares, rincones misteriosos y recovecos sospechosos convierten esta iglesia en un acogedor y bello lugar. Data del siglo XII (uno de los edificios más antiguos de Oxford) y es la única iglesia del mundo que es a la vez catedral y capilla de un college. Del rostro de Santa Catalina de una de las vidrieras dicen que Lewis Carroll se inspiró para el del de su famosa Alicia de “Alicia en el país de las maravillas”.

Hay también muchos otros lugares significativos, curiosos y bonitos en Oxford, pero mejor lo dejo para otro día.

El horario laboral

España es el único país de Europa (hasta donde yo sé) que tiene un horario laboral tan extenso con un descanso a mediodía para comer de dos horas o más. No dejo de preguntarme cómo es posible que esto aún pueda continuar siendo así. En el caso de Inglaterra, ejemplo más cercano que conozco, lo normal es tener una hora (a veces incluso media) para comer o “lunch”, que, según donde uno trabaje, habrá hasta cantina con servicio de catering presentando una buena variedad de platos cada día. Alternativamente, siempre hay cerca algún supermercado para comprar algún sandwich o similar, o un establecimiento de comida basura. Para nuestra mentalidad española de que la hora de la comida es la más importante, todavía en su mayoría celebrada en familia, esto supondría un atentado a los principios de muchas personas, sobre todo mayores, cuyas arraigadas costumbres son muy difíciles de cambiar. He de reconocer que al llegar a Inglaterra y tener que adaptarme a ese tipo de vida, de comidas rápidas sin reposo de sobremesa, me costó romper con tantos años de lo contrario. Me sentía soñolienta después de mi copiosa comida (y tampoco es que yo sea de dormir la siesta), y cuando a las 7 me ponía a cenar con los demás una cena más ligera, antes de dormir ya estaba desfallecida.

Al cabo de un tiempo de descontrol corporal no me quedó más remedio que pasarme al sistema inglés (aunque admito que eso de cenar a las 6.30 ó 7 es algo a lo que nunca podré adaptarme; antes de las 8.30 nada). Desde luego tiene sus ventajas: uno come más ligero al mediodía, por lo que no se siente demasiado pesado para seguir trabajando seguidamente, y luego puede celebrar una más copiosa cena en familia que de todas formas no es perjudicial para la salud puesto que cenan bien pronto, varias horas antes de irse a la cama.

Todo esto por supuesto va al compás del horario laboral, sin duda alguna mucho más ventajoso que el español. Las oficinas a las 5 ó 5.30 como muy tarde acaban, dando un margen de media o una hora a los empleados en cuando a las horas de comienzo y fin de jornada. El horario comercial es más o menos el mismo, a las 5.30 uno sólo encontrará persianas bajándose y puertas cerrándose, excepto cadenas más grandes de establecimientos que pueden permitirse abrir hasta las 6.30. En todas las tiendas los empleados reciben cada día su hora de la comida por turnos para evitar que se solapen y siempre haya la suficiente atención en el comercio. Para el pequeño comercio independiente esto supondrá un problema, pero realmente no lo conozco puesto que apenas hay ya comercios así en Inglaterra.

Los supermercados, sin embargo, abren muchas más horas, pero establecen sistemas de turnos rotativos para los empleados y respetan mucho las horas de trabajo y los días libres y demás.

¿Se imaginan que en un país como el nuestro tuviéramos este horario laboral? Creo que sería maravilloso. Desde que los días se vuelven más veraniegos uno podría disfrutar más de las terrazas, de las reuniones con amigos, del sol y el calor, del aire libre y los paseos… Tendría tiempo de dedicarse mucho más a su familia y a sus aficiones, como ir al gimnasio o practicar cualquier otro deporte, leer, o simplemente descansar, sin que el hacer todo esto le suponga a uno llegar a las tantas a casa. Los funcionarios y los profesores lo deben saber bien, quienes, al margen de algunas empresas más grandes y modernas, son los únicos que disfrutan de un buen horario laboral. Ojala nuestra mentalidad laboral se haga más abierta y esto llegue a cambiar algún día, también para estar en consonancia con el resto de Europa.

De compras

En mi primera visita al supermercado cuando llegué a Inglaterra me llamó mucho la atención la gran cantidad de ofertas que éstos exponen. Yo en España estoy sólo acostumbrada al 3×2 de Carrefour, por poner un ejemplo, pero en los supermercados ingleses eso no es nada. Hay una gran variedad de ofertas todos los días, y tienden a reducir regularmente el precio de muchos de los productos más frescos que están a punto de caducarse (como la carne, vegetales o la leche) para quitárselos de encima bajo el letrero “reduced to clear”, puesto que son muy estrictos con las fechas de caducidad. Esto puede llegar a hacer las delicias de mucha gente que quiera consumir carne en el mismo día, o también puede uno congelarla inmediatamente, o conseguir una buena ensalada a mitad de precio.

Productos cuyo embalaje ha sido dañado (pero no el producto en el interior) también ven reducido su precio, u otros cuyo diseño vaya a ser modificado por la empresa fabricante y necesitan deshacerse de los antiguos.

Muy frecuentes son, a parte del 3×2 que conocemos en España, el 2×1 (mejor aún), bajo el lema traducido “compra uno, consigue uno gratis” (“buy one, get one free”), o “dos por X” (un precio más bajo que si uno los compra sin la oferta), o simplemente una reducción de precio sin motivo aparente. Normalmente los sitúan al final de los pasillos, donde son muy visibles.

También reducen la bollería fresca del día, por lo que si uno es un poco avispado y, como hice yo, observa a qué hora del día la suelen reducir, se puede llevar uno a casa casi a diario unos deliciosos pastelitos por unos cuantos peniques.

Obviamente son todo estrategias de marketing para incrementar la compra de consumidores ávidos de llenar su carro y atraídos fácilmente por las ofertas. Pero desde mi punto de vista como víctima-consumidora, a veces me suponen un ahorro importante y la posibilidad de probar cosas nuevas a menor coste del habitual. Por tanto, creo que ambas partes ganan, pues aumentan las ventas de los productos reducidos sin llegar a tener pérdidas, y los consumidores se benefician si les es indiferente comprar un producto que otro dentro de una misma gama o simplemente pueden probar algo distinto a menor precio. Es extraño que los supermercados en España no hayan adoptado aún estas estrategias, al menos podrían plantearse probarlas a ver si tienen el mismo éxito que aquí.

De vacaciones… en casa

Me voy de vacaciones. Es curioso cómo cambia la vida cuando uno vive en el extranjero. Resulta chocante que cuando uno tiene vacaciones lo que hace en realidad es volver a casa, cuando el resto de la gente se va al extranjero o a otros lugares, lejos de casa (quien puede, claro). Pues por una larga (espero) semana voy a disfrutar del sol y la playa, porque en Inglaterra no hay verano. Este año ha tocado malo, y ayer sin ir más lejos había 15 grados a mediodía. Y lloviendo sin parar… un día tras otro. El clima es sin duda alguna, para mí, lo peor de este país. Los ingleses están totalmente de acuerdo. ¡No me extraña que al retirarse se marchen a vivir a España! Creo que más de una de mis compañeras en la oficina se colaría gustosamente en mi maleta para disfrutar de un poco de verano en España también.

Y cuando uno vuelve a casa… Las cosas se ven de otra manera, es como que aprendes a apreciar más las cosas y a fijarte en otras que antes te pasaban desapercibidas. Te das cuenta de lo que van cambiando en tu ciudad o en tu pueblo, y también de cómo la gente va cambiando. Pasas tanto tiempo fuera que el primer de estancia te encuentras por la calle con varios conocidos y tienes que repetir la misma historia sobre tu vida en Inglaterra varias veces.

Y a la vuelta… más cosas sobre Inglaterra.

Más respuestas retóricas

Continuando con mi artículo del otro día sobre las respuestas que yo considero retóricas por ser políticamente correctas, automáticas, que se dicen por costumbre pero que en el fondo ocultan una intención y una realidad totalmente distinta, he aquí unas cuantas más:

Cuando alguien pregunta: “¿está todo preparado?” Y uno contesta “sí, un segundo” (ni en un año acabo yo esto, piensa esa persona)

Respuestas como:

-Ya bajo (pues no me queda rato ni nada)

-Eso no es nada, no te preocupes (qué pedazo de herida, a ver si me puedo escabullir)

-Todo se arreglará, ya verás (menudo marronazo, a ver cómo sales de ésta)

-Bueno, lo hemos intentado (y una porra, con lo que me ha costado)

-Lo importante es participar (otra porra, yo quería ganar, y punto, ése era el objetivo)

-Ya voy (que se espere ahí sentado, yo sin prisa, cuando acabe esto)

-Vuelvo en seguida (volveré en cuanto pueda, igual me lleva 3 horas)

-Qué va, no me sé nada –típico comentario antes de un examen- (qué panzada a estudiar me he pegado)

-Sí, pues a ver si quedamos (no tenía otra cosa que hacer, dentro de una hora ni me acuerdo ya que te he visto)

-Ya te llamo yo (que te lo has creído, pelmazo)

-Es precioso (pero qué es eso, qué cosa más horrible)

-Te queda muy bien (si te pones un saco de patatas atado con una cuerda estás más mona)

-Estás guapísimo (ni con traje ni con nada, a éste no hay manera de arreglarlo)

Dense cuenta cuando vayan a responder algo así a alguien en una conversación… A veces los convencionalismos sociales son bastante hipócritas, pero hay que seguirlos si no queremos acabar siendo frikis o detestados por todo el mundo. Es como si nos viéramos forzados a dar ese tipo de respuestas porque es lo que se supone que tenemos que hacer y lo que todo el mundo hace, pero por nuestra mente pasa algo distinto

Respuestas Retóricas

Hay cierta clase de respuestas para las que tengo una particular visión; se me ocurre llamarlas respuestas retóricas. Al igual que hay preguntas retóricas, o sea, aquéllas que no esperan respuesta o no existe (del tipo “¿por qué yo? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Pero por qué tiene que llover precisamente hoy?, etc.), hay un tipo parecido de respuesta: las que uno dice por costumbre o por quedar bien, que se contestan automáticamente, las políticamente correctas, pero en realidad lo que pasa por la cabeza de la persona es algo completamente distinto.

Por ejemplo, me encuentro por la calle con una amiga a la que no veía en meses y he tenido un día espantoso, o mejor, una semana horrible, vamos, una mala racha. Entonces se suceden una serie de respuestas retóricas, aunque lo que realmente estoy pensando es muy distinto y que me tengo que morder la lengua por no soltarlo:

-Hola Isabel, cuánto tiempo (como si eso no lo supiéramos las dos; si no me has llamado, seguro que hace tiempo…), ¿qué tal? ¿cómo va todo? -me dice.

-Bien, pues tirando. (Ésta es la respuesta retórica, pues lo que en verdad yo deseo decirle es: fatal, ya que preguntas. Llevo un día de perros que me muero, todo me ha salido mal, me he metido en un atasco con el coche, he llegado tarde a trabajar, he mirado la nómina y me han pagado menos de lo que esperaba, la imbécil de mi compañera de casa me sigue robando la comida y fastidiándome…) Y tú, ¿cómo estás?

-Yo bien, sí, trabajando y tal. (Seguro que esta pobre chica estaba pensando: bien, bien asqueada de todo ya. Trabajando sí… En un trabajo horroroso donde me pagan menos que a mis compañeros por ser mujer, el jefe me grita, se me infravalora y tengo que acabar siempre a las tantas para cobrar una miseria a fin de mes que no me alcanza para independizarme y por lo tanto tengo que seguir aguantando los enfados y reproches de mi madre todo el tiempo…)

Después de varios comentarios llega otra respuesta (o mejor dicho, frase) retórica:

-Pues nada, me alegro de verte (si no me llego a cruzar contigo ni me acuerdo de que existes, ya tengo bastante con lo mío. Ni me alegro ni me dejo de alegrar, simplemente me da igual).

Otra situación:

-¿Y qué tal el viaje?

-Bien, bien, cansado. (¿Pues no ves que he llegado? Eso es que ha ido bien. Y de cansado nada, agotador, dos horas congelada en el bus hasta el aeropuerto con el aire acondicionado a toda paleta cuando fuera hay sólo 20 grados, haz cola para facturar, te pisan, se te cuelan como quien no quiere la cosa, tu maleta se pasa del peso y te toca rogar lágrima asomando para que no te hagan pagar, te vas a otra cola para pasar el control, el chisme ese pita y una persona empieza a palparte como a un delincuente, llegas a la puerta de embarque tras dos horas andando y resulta que la han cambiado, el avión lleva retraso, una vez dentro se te sientan detrás unos críos impertinentes que golpean con los pies el respaldo del asiento, te giras para quejarte y el padre se disculpa con cara de pena y encima te sientes mal por haberlo mirado con cara de mala leche, llegas a tu destino y tu maleta es la última en salir, ya creyendo que la habían perdido…)

En fin, creo que me he explicado. La próxima vez que alguien les pregunte cómo están, ya saben, nada de respuesta retórica… Bueno, mejor sí, hay ciertos convencionalismos sociales que quizá es mejor seguir conservando.

El fantasma y el gracioso

Otra figura muy extendida por nuestra sociedad, si bien no tanto como la del pedante (sobre la que hablé en un artículo anterior), es la del fantasma. Ambos tienen cosas en común, si bien éste se diferencia del pedante en que no hace gala de extensos y maravillosos conocimientos intelectuales, sino de ser el mejor y poseer las mejores cosas, por lo visto debido a una autoestima excesivamente alta. Es ése ser, ese chulo que presume de cosas que a menudo no tiene (son más bien cosas que soñaría con tener), y que si las tiene las magnifica, las amplifica y las hace parecer colosales y el único y original poseedor de ellas en el estado en que las ha descrito; o que presume de ser alguien que no es, o de tener una profesión de categoría superior, o de saber hacer cosas que nadie más puede como él.

Y es que los fantasmas presumen, alardean y se jactan de todo. Necesitan acaparar toda la atención y se vanaglorian de ser los mejores en todo, su ego está más hinchado que una pelota de playa y elevan su persona hasta las nubes. Sólo hablan de ellos mismos en cualquier conversación; si uno está hablando de tenis, ellos interrumpen para contar alguna batallita que les ocurrió jugando al tenis; si uno habla de comida, ellos han ido a los mejores restaurantes; si uno habla de coches… qué puedo decir, me parece que éste es su tema favorito; serían capaces de discutirle a Fernando Alonso sobre Formula 1.

El gracioso (también conocido como “gracioso de turno” o “graciosillo”) es aquél que siempre sale al paso con algún comentario inoportuno y de mal gusto con el objetivo de despertar las risotadas de la gente, las cuales sólo se oirán dependiendo de lo cortés que sea el público a su alrededor. Se ríen abierta y genuinamente de sus propios comentarios como si hubieran sido ocurrencias dignas de un genio del humor. Son afirmaciones, observaciones o interpretaciones mezquinas, sarcásticas y sin ninguna gracia, y pobre del que sea objeto de sus burlas indiscriminadas y simplonas.

Obviamente no se dan por enterados de lo poco exitoso de sus chistecitos, no perciben las muecas disimuladas de disgusto de la gente, porque se creen graciosos de verdad. Además, la risa de los demás (a menudo sólo desatada por cortesía) es como un mecanismo activador de más de esas “gracias” que parece que le van viniendo al cerebro al ritmo del riego sanguíneo.

Lo peor que le puede ocurrir a una persona, y que no le desearía ni a mi peor enemigo, es toparse con alguien que reúna las tres cualidades: que además de pedante sea un fantasma y un graciosillo. Yo, personalmente, les recomiendo que echen a correr, y en caso de no poder de ningún modo, hagan lo que ya aconsejé para el pedante: ignórenlos. Pero nunca traten de discutirles, o les dejarán en mal lugar, porque sus secuaces (que siempre tienen) estarán rondándoles y les apoyarán en su labor.

Se pasa un mal rato estando con uno de estos personajes, pero, ¿qué sería el mundo sin ellos? Más aburrido, más insípido y sin nada que escribir acerca de ellos.

La libertad de horario comercial

La libertad de horario comercial en días laborables en Madrid ya es un hecho. Yo, como supongo los pequeños comercios que luchan por convivir con las grandes superficies y cadenas, no estoy de acuerdo. Ésta es una medida que sólo va a traer beneficios a las grandes cadenas (sobre todo de supermercados, pero supongo que luego también las de ropa y demás artículos), que desde luego son las únicas capaces de permitírselo. ¿Que van a generar más puestos de trabajo? Claro, empleos precarios de 10 o 15 horas a la semana en horario nocturno con estudiantes como casi únicos beneficiarios.

¿Es que ya nos hemos olvidado del pequeño comercio? Esos comerciantes a los que la crisis afecta en mayor medida al ver reducidas sus ventas a la mitad y que cada mes se esfuerzan lo indecible para cubrir gastos, facturas, impuestos y demás. Que todo riesgo de que el negocio funcione corre por su cuenta, que dependen sólo del público para subsistir.

De seguir así, los pequeños comercios, incapaces de competir con los horarios de las grandes superficies, a menos que uno trabaje 70 horas por semana, acabarán por desaparecer. Y entonces nuestras ciudades parecerán (aunque las grandes ciudades ya lo son) todas anónimas, con las mismas cadenas de tiendas en los mismos puntos estratégicos de cada ciudad, todas iguales, sin identidad, sin pasado, sin nada que las identifique a parte de los monumentos y cascos históricos. Esto es lo que está pasando en Inglaterra. El pequeño comercio ya casi no existe. Las tiendas abren 7 días a la semana, y claro, imposible competir con eso. Me parece penoso. Las mismas tiendas en todas partes. Todas iguales, con los mismos artículos.

No digo que las grandes superficies y cadenas no tengan sus ventajas. Pero el gobierno debe de apoyar, ayudar y fomentar el pequeño comercio teniendo en cuenta sus condiciones laborales y sus posibilidades, para que ambos tipos de comercio puedan coexistir en igualdad de condiciones. Porque las medidas como la que ahora se ha impuesto en Madrid sólo beneficia a los grandes. Y no me parece justo.

La figura del pedante

Hay una figura mítica y legendaria rondando por nuestros grupos de amigos y gente que conocemos a lo largo de nuestra vida: la figura del pedante. Es aquél que estropea toda conversación con sus divagaciones de sabelotodo barato e impone sus opiniones como verdades absolutas que hacen parecer cualquier otra insignificante y ridícula.

Porque pedante no es sólo aquél hombre antiguo, elitista e intelectual, que solía en otros tiempos hacer gala de sus sabios conocimientos ante todo el que se le cruzara por delante soltando unas parrafadas a menudo ininteligibles y pomposas, enredadas y sofocantes.

Hoy en día no hacen gala de conocimiento profundo intelectual, sino que más bien se meten en toda conversación que pueda llegar a sus oídos y creen tener la razón absoluta, además de ser los más versados en cualquier tema imaginable. Que se habla de fútbol, ellos los que más saben, los que hacen los análisis más acertados y profundos de la jornada futbolística; de política, imposible discutirles, se convierten en políticos de nacimiento; de medioambiente, ni Félix Rodríguez de la Fuente les superaría en conocimiento; de la vida, ellos son los más expertos vividores; de viajes, impresionante, han estado en todas partes y son además los que más conocieron el lugar, hasta el rincón más escondido de los alrededores; de aventuras, es imposible encontrar a alguien a quien le haya sucedido algo más terrible, espantoso, atrevido, emocionante o arriesgado sobre la faz de la tierra.

Al pedante se le ve venir de lejos. Se le reconoce al instante, debe ser porque tienen una expresión típica en los ojos que se desvela al principio de un saludo. Y encima tienen secuaces. Siempre sale alguno que les da la razón como si le fuera la vida en ello y se cree muy “guay” al hacerlo.

Ante estos alardes de inteligencia y “sabelotodismo” (si me permiten la expresión) uno se siente superficial y ridículo. Pero no ha de ser así, hay que vencerlos; ¿cómo? Pues ignorándolos. Descaradamente. Respondiendo con un “lo que tú digas”, “si tú lo dices” o algo por el estilo.

Así que, la próxima vez que se encuentren con uno de éstos, ya saben lo que responderle.

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