La Verdad

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Brexit culinario
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Pachi Larrosa | 18-04-2017 | 17:33

Las patatas bravas, en el centro de un nuevo conflicto diplomático con Inglaterra

La recién inaugurada era de la posverdad está viviendo un regreso a los tiempos -que todos creíamos superados- de la Guerra Fría. Donald Trump se encarna en John Wayne y saca a pasear su flota de guerra; el presidente norcoreano amenaza con armas nucleares, ; Putin saca pecho e Inglaterra…. lo de Inglaterra es un tema aparte: o sea, un brexit. Gentes supuestamente flemáticas, presuntamente cultivadas pierden la cabeza y las formas amenazando a España a cuenta del conflicto con Gibraltar y buscan la provocación y el enfrentamiento atacando a lo más querido por los españoles: nuestra comida. Si, porque a nosotros nos pueden tocar la bandera, Perejil, Gibraltar o Cuba. Pero como nos toquen la comida, oiga, eso ya es un asunto de orgullo patrio. El caso es que un tal Ian Dunt, periodista británico (un nombre común y un adjetivo que, cuando van juntos pueden significar cosas muy distintas e incluso opuestas) ha soltado en las redes sociales que “ahora que vamos a la Guerra contra España (y yo con estos pelos y sin  una  Armada Invencible a mano) hablemos de comidas sobrevaloradas” y comparó las patatas bravas con unas chips con kétchup. Vamos a ver, alma de cántaro, solo a un inglés se le podía ocurrir fundamentar una opinión sobre la cocina española en un plato como las patatas bravas. El hijo adolescente de un íntimo amigo mío (más inglés que el Big Ben) exclamó en unas vacaciones que pasó en La Manga, en uno de los chiringuitos que jalonan nuestras costas, que se había comido “las mejores patatas fritas congeladas de su vida”. A cuántos compatriotas tuyos he visto yo en los resorts de golf de  nuestra Región comerse bocadillos….¡de patatas fritas! Con ketchup, claro. Congeladas, porque tengo hablado yo con varios hosteleros que nuestros queridos visitantes de la Isla las prefieren así, que no de sartén, que cada vez que lo han  hecho así, intentando dar un salto de calidad, han tenido que poner la marcha atrás.

Pero vayamos al meollo, estimado hijo de la pérfida Albión: Entre una patata chip y una patata brava hay la misma distancia que entre un filete y un entrecot, entre un filete ruso y una hamburguesa, entre una ensalada de col y una ensalada César. Mucha. Para empezar la salsa. La salsa brava es una salsa casera de tomate picante  elaborada de mil y una maneras. Hay todo un abanico de variantes pero en su elaboración pueden intervenir tomate, por supuesto, chiles (u otro ingrediente picante como cayena, harisa…),  una punta de jamón (jamón, Darling, jam… ¿también sobrevalorado?), pimentón, pimientos choriceros…. Y tiempo, mucho tiempo a fuego lento. ¿Y el Ketchup? Pues veamos. En el año 1690, los chinos crearon una salsa picante, una especie de escabeche de pescado, moluscos y especias al que llamaron ketsiap, y su popularidad se extendió hasta el archipiélago malayo, donde se la conocía como kechap. A principios del siglo XVIII, marinos británicos lo descubrieron y llevaron consigo muestras de este condimento. Los cocineros ingleses trataron de copiarlo, pero, poco familiarizados con las especias orientales que contenía, se vieron obligados a sustituirlas por setas, nueces y pepinos. O sea, un acto fallido. Con el nombre deformado de ketchup, este puré adquirió popularidad en Inglaterra y de allí saltó otro océano. No comment.

Y ahora, las patatas. Bravas. Patatas chasqueadas, confitadas o fritas y o bien napadas con la salsa o terminadas de hacer en la propia salsa. ¿Y las chips? Pues las inventó en  1853, un cocinero neoyorquino, George Crum, que comenzó a preparar “patatas al estilo francés” (¡francés!) según la receta que había importado de Francia Thomas Jefferson, cuando era embajador en París a finales del siglo XVIII. A sugerencia de un cliente las acabó cortando de un grosor milimétrico y la cosa hizo fortuna. Como con casi en todo en temas de cocina, los ingleses se lo apropiaron y  ahora, las papas fritas inglesaspatatas fritas de bolsa en España, en inglés estadounidense chips, se llaman en inglés británico crisps. Por cierto,  querido Ian, la mitad de vuestro famoso ¿plato? fish and chips (ojo: pescado y patatas… pero ¿qué pescado?), el pescado frito, fue introducido en las islas por emigrantes judíos provenientes de España y Portugal. Ay, estos países del Sur… El caso es que sabrás, querido Ian, que durante la 2ª Guerra Mundial el Gobierno británico decidió no racionar los componentes del fish and chips para no minar más la moral de una población civil que, justo es reconocerlo, dio un heroico ejemplo ante las adversidades de la guerra contra los nazis. Y, cuando no hubo más remedio, se inventaron un falso pescado, un puré a base de cebolla, manteca y un poco de anchoa que se rebozada y freía. Todo un símbolo de la resistencia de un pueblo ante la barbarie concentrado en un humilde cucurucho de papel. De ahí mi respeto al fish and chips. Pero gastronómicamente, las distancias con las patatas  bravas son siderales.

En fin, Ian, se me antoja cosa atrevida que un inglés denueste la comida española, más que nada viniendo de un país que desayuna bombas calóricas a base de bacon frito, huevos fritos y alubias,  se mantiene a media mañana con sandwich de pan de molde con jam and cheeese, donde uno de los grandes  placeres gastronómicos es una pechuga de pollo, en el que, por desgracia, las terribles hambrunas sufridas en las dos grandes conflagraciones acabaron con muchas tradiciones culinarias locales y donde las mejores recetas son casi siempre las de las antiguas colonias del ya decadente (mal que les pese a tantos votantes del brexit) imperio británico.

Fernando Olalquiaga, en un artículo publicado en la revista Jot Down asegura que “la comida británica está muy cerca de constituir una categoría  de horror por sí misma, más cerca al ‘splatter’ y  al ‘torture porn’ que al terror clásico, y  no son descabelladas las teorías que sostienen, apoyadas en sólidas bases documentales,  que el verdadero propósito de la armada Invencible era evitar, mediante la conquista de Inglaterra la expansión por todo el orbe de la costumbre de impregnar cualquier alimento con salsa Perrins”.

Naturalmente dado que hablamos de comida, todo lo antedicho hay que tomárselo con humor. Británico o español, tanto da, siempre que sea humor.

Sobre el autor Pachi Larrosa
Periodista, crítico gastronómico. Miembro de la Academia de Gastronomía de la Región de Murcia. http://gastronomia.laverdad.es/almirez.html

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Pachi Larrosa 18-09-2016 | 15:58 en:
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