La “agresiva” , al menos así la venden en Europa, reforma laboral ya es decreto ley. Una agresión, por definición, debe ir dirigida hacia alguien. En este caso, como era de esperar, los que salen perdiendo son los derechos de los trabajadores, que ven facilitadas las causas de despido objetivo y abaratados los ceses para los nuevos contratos. Y quedarán a expensas de que las empresas se descuelguen de los convenios colectivos, que ahora caducarán. El argumento es que los que gozan del privilegio de tener trabajo deben solidarizarse con los millones de parados.
La reforma, que ahonda en algunos aspectos la realizada por el Gobierno socialista que costó una huelga general como la que Rajoy barrunta que tendrá, es inteligente, como casi todo lo que está haciendo el nuevo Ejecutivo, al acompañarse de medidas populares como la limitación de indemnizaciones para los altos cargos, la acotación a 2012 del encadenamiento ilimitado de contratos temporales que permitió Valeriano Gómez y las bonificaciones para empresas de menos de 50 trabajadores. Y mesurada en tanto en cuanto no concede todo lo que pedían los empresarios aunque sí más de lo que estaban dispuestos a ceder los sindicatos, resignados a únicamente aspirar a no perder de paliza en el partido de clases contra la patronal.
La posibilidad de apartarse del convenio o modificar condiciones laborales y salariales, al estilo del quizás no tan envidiable milagro alemán, así como la congelación del SMI y las subidas de sueldo por debajo del IPC pactadas por los agentes sociales se enmarcan en la ortodoxia económica liberal, que estipula que de las crisis se sale buscando competitividad por la vía de los costes de personal, rebajando retribuciones.
Para ello, no hay mejor reforma que la que ha impuesto la temible troika a Grecia: abolición de todos los convenios colectivos y sustancial rebaja del salario mínimo. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Desde que los griegos están siendo gobernados por sus acreedores internacionales el paro se ha duplicado y la deuda sigue siendo inasumible. Un fracaso similar al de la reforma laboral de Zapatero. Veremos si los nuevos sacrificios merecen la pena.

