La política de recortes, como cabía esperar, está resultando altamente impopular. No solo en España, donde al PSOE le costó el descalabro, y al PP, no ganar en Andalucía. También en el resto de Europa.
En Francia, uno de cada tres electores han optado por candidatos de partidos (el Frente Nacional, el Frente de Izquierdas y otros) que rechazan radicalmente la senda marcada por la Unión Europea y el ganador de la primera vuelta, François Hollande, ha basado su campaña en despotricar de la austeridad como única receta. En Holanda, el gobierno conservador acaba de caer al desmarcarse la extrema derecha del pacto para reducir el déficit y, según los sondeos, ni una coalición entre liberales, democristianos y laboristas gozaría de mayoría absoluta. Un mínimo que por muy poco conseguirían, juntos, los dos grandes partidos en Grecia, tal y como pronostican las encuestas. En Italia, los dos grandes partidos tampoco suman ni el 50% de la intención de voto si no se excluyen los indecisos. Incluso en la Alemania de Merkel, sin el acoso de los mercados, lo más probable es que democristianos y socialdemócratas tengan que coaligarse, como en 2005, tras las elecciones del año que viene ante la irrupción del Partido Pirata y el desplome de los liberales.
Por todos lados cuecen habas para el bipartidismo, castigado por su gestión de la crisis. La última encuesta publicada en nuestro país, de Metroscopia, reflejaba el mayor desapego a los dos grandes partidos de la historia democrática. Una estimación que habrá de contrastar con el barómetro con intención de voto del CIS que debe publicarse antes de que acabe abril.
La duda estriba en saber a quién atenderá antes los dirigentes europeos para reconsiderar su estrategia frente a la recesión, si a los electores o a los mercados, que ya desconfían de las medidas contra el déficit aplicadas para satisfacerlos. Hasta el FMI, otrora guardián de las esencias neoliberales y de la ortodoxia económica, ha pedido políticas de estímulo. Es el mensaje que desde hace meses están lanzando los economistas de EEUU, donde la crisis no se ha convertido en depresión. Claro que el enfoque puede cambiar si los republicanos, obsesionados con recortar gastos, tumban a Obama. De momento, la batalla por la Casa Blanca está reñida.
Con todo, lo previsible es que el constipado del bipartidismo no pase de enfermedad leve. Los sistemas electorales actuarán de antivirales y reconducirán las intenciones de voto al ‘mainstream’. La primera prueba la tendremos en Francia, donde el auge del Frente Nacional allanará la victoria socialista en las legislativas si los candidatos de Le Pen superan masivamente la barrera del 12,5% que da acceso a la segunda vuelta.

