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Juan José Ríos

La i de innovación

Salud, dinero y amor

En estas fechas, infinidad de personas nos hemos cruzado mutuos deseos de ser felices. Pero, ¿sabríamos definir el concepto de felicidad? Item más, ¿sabemos que hay métodos para medirla científicamente? ¿Conocemos en qué consiste la economía de la felicidad?
Como decía una canción de mi adolescencia, tres cosas hay en la vida: salud, dinero (el mundo del trabajo y de la economía) y amor (los afectos, en general), sabio resumen práctico de las tres dimensiones que popularmente le asignamos a la felicidad, y por ese orden de importancia.
Los filósofos, desde la más remota antigüedad,  fueron los primeros pensadores en ocuparse de esta aspiración universal de los humanos de todos los tiempos.

Sin ánimo de ser exhaustivo, aquí van algunas de sus reflexiones, nada sorprendentes por cierto, la mayoría de ellas:

  • Para ser feliz es preciso disponer de un alma sana en un cuerpo saludable, en armonía con la naturaleza.
  • La felicidad se consigue cuando coinciden la vida proyectada con la vida efectiva.
  • Llevar una vida sin angustias, atenta a las cosas, a disfrutar de la fortuna pero sin dejarse llevar por ellas ni hundirse con los reveses que se puedan sufrir.
  • Una mente adaptable a la época (Esto lo dijo Séneca, ¡hace dos mil años!)
  • L felicidad que sentimos es directamente proporcional a la cantidad de tiempo que pasamos ocupados en actividades que nos agradan tanto que  absorben completamente nuestra atención (Ortega y Gasset)

 

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Más recientemente, han entrado en escena los psicólogos. En este colectivo brilla con luz propia Mihaly Csikszentmihalyi, catedrático de Neurociencias de la Universidad de Stanford, aunque no consta la influencia de nuestro Ortega y Gasset en su obra.

En una charla TED: El flujo, el secreto de la felicidad, Mihaly resume de forma amena su conocida teoría del flujo, según la cual,  el trabajo es más idóneo que el ocio  para alcanzar un estado que se puede identificar como de felicidad.

En su estudio, no apto para vagos, analiza el estado de éxtasis, que trasciende la propia realidad existencial, en el que parece que el tiempo se detiene y que acompaña con frecuencia a la inspiración creativa, tan relacionada con el mundo de la innovación.

Otros psicólogos han ideado métodos para medir la felicidad de la gente. Es el caso de Daniel Kahneman, el premio Nobel de Economía en 2002,  con su MRD (Método de Reconstrucción del Día), que consiste en recrear la jornada de una persona pidiéndole que valore cada situación vivida.

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Los matemáticos no íbamos a ir a la zaga en esta materia. Que yo sepa se han acuñado dos fórmulas que predicen el grado de felicidad de una persona en un momento determinado.

Una de ellas, la del gráfico de arriba, es función de las expectativas de un individuo y tiene en cuenta sus sentimientos de envidia y de culpa.

La segunda tiene una curiosa peculiaridad: no  contempla la salud, ni el dinero ni el amor. Fue creada por un exdirectivo de Google que perdió a su hijo en una operación quirúrgica.

Por último, pero no menos importante, economistas y psicólogos han acuñado el concepto de economía de la felicidad, una tecnología social que emerge con el objeto de mejorar el bienestar de todos los ciudadanos en armonía con la naturaleza y con su propia esencia como persona.

Parece cada vez más evidente la insostenibilidad medioambiental y las desigualdades que puede propiciar el desarrollo tecnológico. Es preciso, en un marco ético, supeditar la economía al individuo y a la naturaleza y no al revés.

De ahí la necesidad de establecer indicadores más adecuados que los que sólo miden la riqueza de las naciones, como el PIB.

El PIB refleja la riqueza material de un país pero es un pobre indicador de desarrollo humano, y por tanto de felicidad porque no recoge los factores que determinan calidad de vida de los ciudadanos.

Una vez cubiertas las necesidades básicas, existen otros elementos que son tan importantes o más que el dinero, como pueden ser la salud, las relaciones sociales (familia, amigos),  un trabajo gratificante, un entorno físico agradable, el acceso a la cultura, …

Bután, un pequeño reino de apenas 700.000 habitantes, de renta per cápita media-baja, situado entre la India y China, fue, hace 50 años ya,  el país inspirador del concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB)  como alternativa al PIB.

 La filosofía de la FNB tiene como objetivo fundamental humanizar la economía desde un punto de vista integral y colectivo, buscando el bienestar general, la solidaridad y la cohesión de la sociedad teniendo en cuenta no sólo las necesidades materiales de los ciudadanos sino también las espirituales, culturales y sociales.

Partiendo de la base de que los países más ricos no son necesariamente los más felices, se pretende establecer, en definitiva, el progreso equilibrado de un país o región, inteligente (basado en la innovación), sostenible  (que respete el medio ambiente) e inclusivo (que reduzca las desigualdades)  como objetivo fundamental de las políticas públicas.

La felicidad de una nación puede medirse por medio del Happy Planet Index, un indicador según el cual  España ocupa el puesto 15º entre los 140 países analizados por la  New Economics Foundation (NEF) , un grupo de economistas británicos que crearon el HPI en 2009.

“El foco ya no está en la herencia industrial de producir para consumir, sino en crear para ser feliz.

El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanas, generadoras de prosperidad compartida.

Solo en este nuevo mundo la economía de la felicidad es posible”

(Economía de la felicidad,  magnífico libro de Josep Coll y Xavier Ferrás que me ha servido de inspiración)

 

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Temas

Coll y Ferrás, economía de la felicidad, Felicidad Nacional Bruta, HPI, IDH, Ortega y Gasset, Teoría del flujo

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio y participo en un proyecto empresarial.

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