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La política del “chiringuito”

Menuda se ha liado con el máster de la Cifuentes  en los últimos días.

Quién iba a decirle a esta política de tono desafiante que se le podría complicar su carrera de esta manera, por algo que ahora sale, cuando al paso de los años aquello fue tan sólo un episodio más quizás encubierto para calmar ese ansia de sabiduría, a la carta, que le ayudaría para reforzar su currículum y obtener méritos para su trayectoria profesional.

Sin duda un tema oculto, pasado y trasnochado que se ha colado a destiempo y de forma precipitada en una incipiente primavera que ha roto la calma nacional y los futuribles electorales.

Imagino que algunos pensarán que la cosa no es para tanto, porque dirán que muchos también, en otros momentos, se habrán beneficiado de ciertos privilegios, tratos de favor y de situaciones similares para obtener determinados  títulos, certificados, puestos de trabajo… y nadie dijo nada.  Aquellos imagino que enmudecerán y guardaran silencio. Y mira por dónde, ahora salta esta chispa, de repente y hace fuego, con una llama que prende con viveza.

Las cosas son así, en ocasiones saltan a primer plano y en otras se escapan.

Quién iba a  suponer que por un simple máster de poca monta– como tantos, quiero decir- se iba a liar el pollo que se ha liado. Sin embargo, cada tiempo tiene su afán.

Las cosas a veces se complican y se retuercen; por una mentira o por negar la verdad todo se puede ir abajo y caer de lo alto.

Muchos pensarán que el tema está sirviendo para cargar contra el adversario, buscar el hueco y el “quítate tú, para que me ponga yo”.

Lo que ocurre es que en los últimos tiempos abunda el más de lo mismo y la política del “chiringuito” se ha prodigado por muchos rincones y hasta algunas universidades han caído en la trampa. La Rey Juan Carlos, sin duda ha sido ejemplo de ello.

El “mastergate Cifuentes”  ha destapado esa inercia y puede ser que si se sigue tirando del hilo salgan más casos. La Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), con su presidente al frente y los observadores externos designados han reconocido públicamente la existencia de “graves irregularidades” relacionadas con la obtención del título académico de la política madrileña.

El caso, como se sabe está en manos de la Fiscalía al apreciar  falsedad en documento público. Mientras tanto las apuestas sobre el futuro de Cifuentes siguen y esperemos que en breve sabremos el final de este culebrón primaveral.

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Testigo directo de la vida universitaria

El pasado 13 de marzo acababa la vida laboral de Diego Vera Fernández, jefe del gabinete de prensa de la Universidad de Murcia.

Todo un referente del buen hacer profesional y testigo directo de las noticias  que se han generado desde esta institución y que han servido para difundir lo mucho que se cuece por despachos, departamentos y facultades universitarias.

Se va en la víspera de saber quién se sentará en el sillón magnífico de la institución, sin conocer al que sería su séptimo rector que hoy saldrá elegido, tras la segunda vuelta universitaria. Con él pasaron Soler, Roca, Monreal, Ballesta, Cobacho y Orihuela. Más todo pasa… todo quedará, como diría aquel.

Y en el paso del tiempo siempre conservamos la foto fija de aquellos momentos que fueron y se cristalizaron en el poso de los recuerdos donde las personas brillan por su saber estar, donde Diego apunta bien alto.

Su preparación y  buen trato de este  periodista le ha hecho merecer  la valoración de la comunidad universitaria y de los colegas de los medios que siempre lo tuvieron como suyo.  Conocía las redacciones de los diarios, por propia experiencia antes de  pasar al gabinete de prensa de la Convalecencia.diego-vera-2

Esta semana leíamos la entrevista que le hacían sus compañeros Pascual Vera y Ana Martín en Campus digital en la que afirmaba su pasión por el periodismo, sin disimulo, desde siempre y en una larga trayectoria que le llevó a pasar por las redacciones y conocer cómo se construyen las noticias a pie de obra, para pasar a hacerlo en muchos frentes que dominaba y en los que tenía gran formación.

A la postre, el buen hacer tiene una combinación de saber y de dedicación que casi siempre van de la mano y en ocasiones no conviene olvidar, porque siempre  están unidas al igual que reconocía que: “He trabajado muy a gusto todo este tiempo, a los periodistas nos molesta sentirnos controlados, pero yo he tenido la enorme suerte de que me han dejado total autonomía y libertad, y eso es muy de agradecer”.

Y en la UMU ha permanecido Diego Vera, como en su casa, 34 años intensos, sin pausa y tomándole el pulso día a día a la actualidad universitaria.

Al escribir esta columna tengo delante el libro “Eméritos” donde se  retratan  31 profesores que pasaron a  gozar de esa categoría  y que fueron entrevistados por el periodista con cercanía y serenidad.

Ahora, en la despedida de Diego Vera, me viene al recuerdo su sencillez y cómo valoraba que los medios amplificaran las noticias de la casa.

De ahí que su defensa y compromiso por la comunicación siga siendo su bandera, junto a esa sonrisa permanente de buena persona que ha sabido contar las buenas noticias universitarias.

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Promesas para el cambio

Mientras  muchos se tiran horas dándole a la lengua y a los decires, entre palabras que se descascarillan entre la teoría y la redundancia, las cosas al parecer cada vez más  se complican y siguen por otros derroteros bien distintos.

Perdemos mucho tiempo en hablar, en el más de lo mismo y en ahondar en aquello que nos justifica, para afirmar nuestras intenciones, nuestros pensamientos y el querer hacer desde la prédica personal, disociada en muchísimas ocasiones de lo que ocurre y sigue ocurriendo mientras nos creemos salva patrias redentores, capaces de cambiarlo todo, a golpe de personalismo puro y duro.

En estos momentos, me vienen a la mente  varias situaciones que se entrecruzan y que fluyen a propósito de  la actualidad educativa que  tenemos en estos días a nivel nacional y regional.  Son varios los frentes donde se habla de cambios, promesas y todos ellos fluyen y se entrecruzan, vienen y van.

Desde la política educativa se retoma de nuevo el tema del pacto educativo, un viejo  asunto sin resolver que está anclado por la miopía política y partidista que lo encalla y se retuerce en añejos argumentos y en inercias que lo enquistan y no responde a lo que la calle demanda ¿quién dijo que pactar fuera fácil?

La tradición de este país vinculada al partidismo político en muchas ocasiones nos impide poner la mirada en aquello que habría que resolver dentro de un orden, valorando qué es lo que se debería primar.

Entre otras cuestiones, nos tendríamos que adaptar a un mínimo, a lo básico y garantizar que hay que dejarse en la percha aquellas ideas que llevamos en la mochila, para buscar aquello que pueda tener sentido común.

En este tiempo de dificultad donde los pactos tardan en llegar, para resolver situaciones que urgen no podemos pasar largo tiempo con tantas promesas.

El cambio no llega y tampoco hacemos por buscarlo entre todos.

Muchos pensamos que hay que cambiar, pero mientras divagamos en las alturas no apetece leer noticias crudas que te dejan tieso y que te ponen en alerta máxima, encendiéndose la luz roja de forma intermitente, porque afirman que  en la Región existe una elevadísima proporción de menores en riesgo de pobreza, con unas tasas de fracaso escolar superiores a la media, con una preocupante dependencia de las pantallas de móviles y ordenadores, un alto consumo de alcohol (y de otras sustancias) y una educación sexual deficiente, a la luz de la notable tasa de embarazos adolescentes.

Los resultados del último informe sobre la ‘Situación de la Infancia en la Región de Murcia’, nos tienen que llevar a cambiar esta situación.

Tras la radiografía habrá que intervenir, no podemos seguir pensando en las promesas y hay que hacer algo para que esto cambie.

 

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El bastón de mando

La celebración de Santo Tomás de Aquino en las universidades españolas queda resumida al solemne y largo acto que,  año tras año y siempre con el mismo ritual, sirve de oportunidad para ensalzar los hitos de la vida académica, donde los reconocimientos tienen un valor importante, como son los premios extraordinarios a los estudiantes que lograron mejores expedientes en grado y los del doctorado que ocupan un lugar destacado.

Quizás sea esa parte del guión, junto a la entrega de medallas a la dedicación universitaria para los trabajadores de la casa la que más me emociona.

Ver salir a cantidad de jóvenes al estrado, con esa frescura propia de la espontaneidad rompe toda la formalidad y es el éxito multicolor y diverso de una juventud que brilla triunfante.

De igual forma valorar y reconocer a aquellos que hacen su trabajo bien hecho, como debe ser y son llamados es una apuesta por valorar el oficio.

Me refiero a esas Medallas a la Dedicación Universitaria que  recogen los  docentes y personal de administración de servicios, tras pasar la barrera de los veinticinco años en la empresa. Un gesto que tiene un gran valor.

Al mismo tiempo, el acto se aprovecha para nombrar algún doctorado “honoris causa” que es el modo de culminar ese momento de “gloria” en el que el saber es ejemplificado en un erudito que nos encandila con sus decires y, en ocasiones nos hace también aterrizar sobre el valor del conocimiento.

Sin embargo, en  algunas ocasiones el resplandor se cruza en la larga espera, diría densa y cansina que a muchos- reconozco que es mi caso- nos inquieta,  por esa liturgia académica que utiliza los tiempos de forma pausada, acompasada por orquesta y prolegómenos en latín dándole un tono tradicional que culmina con la “sermonata” del rector que aprovecha para decir lo que considera y contar aquello que muchos  aguardan expectantes para ver por dónde sale.

En esta ocasión, refiriéndome a la UMU, José Orihuela aprovechó la oportunidad del último adiós, en su discurso de despedida para hacer balance de la gestión realizada en sus cuatro años de mandato. Sus polémicas palabras para tal fin incluían una larga lista de logros, éxitos y muestras de lo mucho conseguido,  pero su verbo tropezó de sopetón con aquello de la UMU “alineada y alienada” que se encontró al llegar.

El bastón ahí se le fue de las manos porque, como pude comprobar en la expresión facial de algunos asistentes, mejor hubiera sido decir y reconocer que no todas las conquistas son propias, algunas son de los que nos preceden y también serán del próximo magnífico que coja el relevo.

La vida sigue, siempre adelante, contra viento y marea, porque todo suma y los sueños- como diría aquel- sueños son.

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Los cinco magníficos

Las universidades públicas se han convertido en un foco permanente de actualidad, no solo porque son una gran empresa donde el saber ocupa su lugar sino, además, porque son centros de interés permanente donde todo fluye hacia esa meta que se alza en alturas apetitosas, desde donde se vislumbra la conquista de la tierra prometida y se ejerce el poder de decisión sobre muchos frentes.

Quizás esta característica obligue a la institución a tener su propio sello identitario que la haga merecedora de su valor y, a la vez, de su recelo ante muchas que lo tienen como rivales de sus grandezas y conquistas, en especial las universidades privadas que arrojan su furia contenida de vez en cuando y las miran con el recelo propio de aquellos que quieren compartir y luchar por la venta de la misma mercancía.

En ese contexto, donde todo es posible que ocurra y en el que muchos son los llamados y pocos los elegidos, desde hace algunos meses se levantan las voces de los próximos rectorables que aspiran a ocupar el sillón de rector magnífico de la UMU.  Por primera vez, que yo recuerde en los 29 años que llevo en la casa, serán cinco los candidatos que participen en la contienda.

Los aspirantes confirmados son de diversas disciplinas: Derecho (Luján), Documentación   (Gómez), Bioquímica (Lozano), Filosofía (Martínez) y de Óptica (Artal). Todos son hombres, ninguna mujer…

Dicen que en la variedad está el gusto y también que esta amplia oferta quizás sea el reflejo de la expresión libre y decidida de aquellos que sienten que deben dar un paso al frente y participar en unas elecciones que, a buen seguro tendrán un tinte especial, donde la confluencia de nombres y programas imagino decidirán aquello del “todo es posible”.

En mi opinión, esta variedad puede denotar que en tiempos de zozobra, y donde el maremágnum de ideas, intereses y circunstancias se aprecia, ante la ausencia de dinámicas que favorezcan la unión o la cooperación, sea más fácil ofertar y salir a la palestra, desde el personalismo que de la confluencia.

Me llama la atención también que ante este número de candidatos sepamos discernir las diferencias y las apuestas diversas, para poder conformar el signo de cada uno. Entiendo que, tras la oferta y el análisis de los programas, podremos responder a ello, aunque me temo que será  la conformación de los equipos los que nos dirán de qué color llevarán el traje de mando.

En fin, se avecina un tiempo de proclamación multimedia, donde las promesas nos invadirán el campus y las voces entonarán nuevos mensajes, mientras la vida universitaria sigue a la espera de tantos y tantos cambios que no llegan y los años corren que vuelan, en la espera de una nueva primavera.

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Sede del rectorado de la Universidad de Murcia

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Palabras para el nuevo año

Los deseos de felicidad y prosperidad rompen las pantallas de los móviles, en una multitud de imágenes encadenadas a frases que son un estallido multisensorial donde todo es colorido, fuerza y destello del nuevo año que irrumpe en la brevedad más intensa del momento, en esa vigilia intensa que se cristaliza con la rapidez propia de lo efímero.

El nuevo año emerge entre el ánimo agitado y esa sensación que hace ver cómo el mundo gira y gira, sin esperar, mientras todo fluye en un infinito cambio que irresistiblemente nos llevará a esa nueva primavera, donde suenan palabras de cambio, renovación, mejora y nos agarramos a esa larga lista de propósitos personales que se convertirán en el orden del día de nuestros pensamientos.

Ahora, cuando desear un feliz año se ha convertido en un eslogan, en un algoritmo imperfecto en el que caben todos los mensajes multimedia posibles abarrotados en estos días de abundancia,  me surgen la dudas de aquellos que se resisten a tirarlo todo por la borda y a pensar que, aunque hayamos cruzado el charco y arrojado el almanaque a la lumbre, aún nos quedan las rutinas y los afanes propios del año viejo que están ahí y siguen siendo las que permanecen, porque el tiempo pasa, vuela y corre pero nosotros seguimos con las mismas intenciones, miradas y hechos que son, a la postre, las que definen y perviven durante el paso de las horas y los días.

El cambio de año nos trae nuevas oportunidades para seguir adelante, pero sin olvidar que tenemos que mirar el camino andado, lo que llevamos y somos, para seguir con el intento. Sería ingenuo pensar que, de la noche a la mañana, como si tal cosa, la renovación y el cambio acamparán por las anchas y nos harán ser mejores personas. A veces, en esos momentos de explosión jubilosa siento cómo necesitamos reflexionar, parar y pensar que para que el tiempo futuro sea mejor tendremos que hacer algo más que estar pegados a las ilusiones.

No sé si el nuevo año será mejor que el anterior, pero habrá que intentar que entre todos sea una realidad.  Por ello estamos obligados a hacer algo, poco o mucho, según la vara de medir de cada uno. Depende de nosotros lo que hagamos con él.

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