País de hipócritas

Comprendo que algunos amigos y compañeros se extrañen de la poca actividad cibernética que últimamente desarrollo. El trabajo, el curro, el yantar de todos los días manda prioridades. Ocupa casi todo mi tiempo, hasta el extremo que mis hijas, ironicamente, escenifican un chiste de los sesenta: aquel que ponía en fuga a la prole cuando el papá, después de varias semanas de ausencia laboral, llegaba a casa y era considerado un extraño invasor por los pequeños que, despavoridos, salían corriendo ante el intruso, buscando la seguridad del regazo materno.

En un país que se acerca peligrosamente a los cuatro millones y medio de parados, puede resultar sorprendente que algunas actividades impidan mantener cierto equilibrio socio-laboral debido a que las plantillas están bajo mínimos. Cosa del liberalismo económico que nunca entenderé. Pero es así. Aunque también se puede argumentar mala gestión, despilfarro, ausencia de propietario -como dijo una ministra socialista de los dineros públicos- y todas esas cosas que los amantes de la privatización a capa y espada suelen justificar para vender los diamantes del Reino y socializar la bisutería ruinosa cuando ya no tiene valor en el mercado. A esto ayudan ciertos mitos urbanos que hacen sonreír maliciosamente a algunos. La ecuación es bien sencilla: empleo público es chollo seguro, baja productividad, curro venial, carga presupuestaria, derroche, incumplimiento de jornada, sueldos desorbitados, desorganización y puterio general. No exagero. Al loro y se comprenderá el por qué de todo esto:

El proyecto de privatización parcial de AENA se está justificando en algunas tertulias y foros por lo anteriormente dicho. Iluminados comentaristas que saben de todo y nunca han doblado el espinazo para algo más que atisbar el color de las bragas de su vecina, se rasgan las vestiduras ante las convocatorias de huelga en fechas claves del calendario vacacional. ¡No te jode! ¿Cuándo pretenden que se convoquen? ¿El 30 de Febrero? La huelga, que es un derecho, se utiliza como medida de presión. Es verdad, tiene consecuencias económicas negativas. Y de eso se trata: de presionar cuando más daño se puede hacer y mayores son los intereses empresariales. ¿Estamos tontos o qué? Siempre ha sido así y siempre lo será. El buen rollito, es para pardillos que se lo creen todo. O se lo quieren creer ¿Alguien se ha preguntado por qué se llega a esa situación? ¿Ha sido imposible evitar los anuncios de huelga? ¿A quién interesa que los trabajadores, ante la opinión pública, aparezcan como miserables que utilizan al ciudadano de rehén para mantener supuestos e inconfesables privilegios de casta?

No soy amigo de los sindicatos españoles. Institucionalizados hasta lo más profundo de sus raíces, me merecen poca o nula confianza. Pero comprendo la desazón de los trabajadores de AENA como comprenderé, llegado el momento, la de los curritos de Mercancías de Renfe, que lleva el mismo camino que el gestor aeroportuario: las experiencias privatizadores anteriores han supuesto, en la mayoría de los casos, especulación, fraude y finalmente, el cierre de las compañias. Las que perduran se deshicieron de trabajadores regulados para, en nombre de la sacrosanta productividad, abaratar la mano de obra mediante la desregulación, contratando proletarios mil euristas, mediante acuerdos basura, abuso de la temporalidad, con la espada de Damocles del despido gratuito sobre sus cabezas. Y gracias.

Soy consciente que comprender las movilizaciones convocadas no es políticamente correcto. Pero también soy consciente de la situación a la que nos ha llevado un modelo económico que en España se caracteriza por la cultura del pelotazo, la especulación, el beneficio a corto plazo y la nula inversión en medios que permitan un aumento de la productividad sin tener que obtenerla mediante el empobrecimiento de los trabajadores, que a fin de cuentas son consumidores.

¿Se comprende por qué las plantillas están bajo mínimos en el sector público? Hay que poner buen cebo, para que los tiburones vean apetecible la carnaza.

Por eso les entiendo, como desearé que me entiendan a mí cuando me toque el turno. ¿Quién es el desprendido capaz de aceptar de buen grado un empeoramiento de sus condiciones laborales sin presentar batalla? Sí, las condiciones laborales, que al principio son respetadas, con el tiempo, la presión y la necesaria connivencia sindical, cambian a peor, hasta el extremo de tener que renunciar a derechos adquiridos para mantener el puesto. En el nombre de la competitividad y la productividad se elige el camino más sencillo: reducir los ya menguados costes salariales.

Mientras tanto las eurodiputadas cobran dietas sin trabajar y las universidades se mantienen como cortijos familiares donde el nepotismo y la endogamia campan a sus anchas. No hay problema, si tenemos que competir, siempre se puede meter la tijera en la bolsa obrera. Hay margen. Hasta que se trabaje por un plato de arroz blanco.

País de hipócritas.

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