Archipiélago Gulag

 
 Alexander Solzhenitsin  popularizó en 1974 en su estremecedor Archipiélago Gulag la palabra Gulag, que había sido acuñada en los años 30 y es el acrónimo de Glávnoie Upravienie Laguereï (administración principal de los campos de trabajo y reeducación), que designa a la vez los campos de concentración de la ex URSS y el sistema de represión soviético.

Aunque el Gulag adquirió niveles monstruosos con Stalin, «el auténtico padre de los campos de concentración soviéticos fue Lenin», como aseguraba Dimitri Volkogónov en El verdadero Lenin (Anaya & Mario Muchnik, 1996). Donald Rayfield precisa que «fue Trotsky quien propuso su creación, Lenin estuvo de acuerdo y los puso en marcha en unas condiciones caóticas».

En efecto, los primeros campos se abrieron en la URSS en el verano de 1918, poco después del triunfo de la Revolución bolchevique de 1917. Como escribe Helène Carrière d’Encausse en Lenin (Espasa, 1999), allí «se envía sin medidas legales a todos aquellos que el poder sospecha que le son hostiles». Al principio, los bolcheviques usaron el aparato represivo heredado del zarismo -cárceles, campos de trabajo- y los que habían sido centros de reclusión de los presos de guerra, que estaban vacíos. El primer campo genuinamente «soviético» fue creado en 1923 en el monasterio del archipiélago de las Solovki, y se convertiría en un laboratorio del Gulag donde se experimentaron nuevas formas de coerción.


Pero fue con Stalin cuando el sistema se extendió hasta llegar a formar parte del ejercicio mismo del poder y base de la economía. Según Rayfield, «Stalin se basó en la invención británica de los campos de concentración en Sudáfrica, pero también aprendió de Hitler, al igual que éste de él».

Desde 1929 a su muerte en 1953 entre 18 y 20 millones de personas pasaron por los campos de concentración soviéticos, de los que murieron entre ocho y diez. El «genocidio de clase» de Stalin costó la vida a un mínimo de 20 millones de soviéticos y a un máximo de 50, según Rayfield.

El Gulag era muy extenso, contaba con 476 centros de detención, compuestos por miles de campos. Los presos contribuyeron de forma esencial a la industrialización acelerada del país como una mano de obra esclava para realizar grandes obras de construcción o extracción masiva de minerales (oro, uranio). Rayfield explica que «lo que hizo Stalin en los años 30 es que los campos fueran la base de la economía».

En 1956 se disolvió la administración central del Gulag, pero el sistema sobrevivió a Stalin, aunque a partir de Kruchev la represión se hizo más individual que colectiva. Habría que esperar hasta los últimos años de Mijail Gorbachov para que los campos fueran destruidos.

Dos obras gigantescas fruto de la megalomanía asesina de Stalin aparecen con el tiempo como una metáfora del fracaso del comunismo. La construcción de la Vía Muerta, una línea férrea construida entre la tundra y los pantanos en el Círculo Polar Ártico, fue un desastre. El agua inundaba las vías, que se hundían en el barro, y las locomotoras no podían ir a más de 15 kilómetros por hora para no descarrilar. Pero nadie se lo contaba al dictador por miedo. Se construyeron sólo 900 de los 1.300 kilómetros previstos, y sólo pudieron utilizarse 190. La obra fue abandonada 20 días después del fallecimiento del dictador.

La otra fue Bielomorkanal, un canal de 227 kilómetros ideado por Stalin para que su Armada pudiera acceder del Báltico al Pacífico ahorrándose 400 kilómetros. Unos 15.000 presos de los 90.000 que participaron en la construcción murieron en tres años (1930-33). Al final, resultó ser estrecho y poco profundo, no apropiado para los barcos de guerra. Se dedicó a viajes turísticos, para gran disgusto de Stalin.

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