La Verdad

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‘El Santo’
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Rubén García Bastida | 15-07-2015 | 08:03| 1

Le dije: “Tú no lo sabes porque eres del Barça, pero esto lo para Iker”. Era el verano de 2010 y el árbitro acababa de pitar un penalti en contra de España en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. Vigente campeona europea y con un estilo cerca del videojuego, la Selección se enfrentaba en aquellos días a un problema inesperado: le costaba marcar goles. Yo había ido a Alicante a ver el partido contra Paraguay en compañía de amigos. Recuerdo que fuimos incapaces de sentarnos. El silbato detuvo el tiempo en el minuto 58. Antes de eso, ‘La Roja’ había dominado el juego como era costumbre. La lógica decía que si España no había sido capaz de hacer un gol en 58 minutos, difícilmente iba a lograr dos en lo que restaba de encuentro. El paraguayo Cardozo fue el encargado de lanzar la pena máxima. Acomodó el balón en el césped y dio unos pasos hacia atrás para tomar impulso.
Llevo casi toda mi vida viendo a Iker Casillas bajo los palos. Tenemos prácticamente la misma edad, y empecé a verle hacer milagros cuando él aún no se afeitaba y yo tampoco. Yo comenzaba Periodismo cuando él ya desesperaba a rivales europeos en Liga de Campeones. Antes de eso había leído toda clase de cosas sobre él. Lo había ganado todo en las categorías inferiores. Fue campeón de Europa sub-16, y recuerdo enterarme entonces de que un chico de la cantera del Madrid había sido el héroe de la final. Casillas detuvo el quinto y último penalti de la tanda decisiva contra Austria, dando el título a la Selección.
Casillas ha sido durante toda su carrera un portero con dotes especiales, tanto en lo futbolístico como en lo humano. Un líder “natural y no forzado”, como le ha descrito Xavi Hernández. Su intervención en los momentos más cruentos de la guerra entre Barça y Madrid, con una llamada al mediocentro culé para aplacar los ánimos, fue un acto de valentía propio de un capitán que sabe que lo único que importa es adónde va el barco y no dónde estuvo. Sacrificó su relación con Mourinho y se quemó a lo bonzo por unos valores que han formado parte de su crecimiento y que nadie podía cambiar en dos temporadas. Iker dijo en su despedida que solo desea que le recuerden como “una buena persona”. Después rompió a llorar como un chaval de Móstoles. El mejor portero que han visto estos ojos se marcha sabiendo que a veces la vida no es justa, y que una serie de acontecimientos sucesivos, en el orden equivocado, pueden dar al traste con el mejor de los planes. Es probable que Iker sienta que su club no ha estado a la altura en su salida. Y tiene razón. Pero deja atrás una historia tan brillante que ni el más desastroso de los finales podría empañarla. Algunos recordaremos siempre lo que hizo y, sobre todo, la forma en que lo hizo.
“Tú no lo sabes, porque eres del Barça”, le había dicho a mi amigo, y obviamente yo tampoco lo sabía. Pero aquella fanfarronada de las que habitualmente salen mal, no era del todo gratuita. A lo largo de los años, Casillas me acostumbró a ver normal lo improbable. Me hizo crédulo y confiado.
Su catálogo de milagros ha sido tan amplio que le ha valido el sobrenombre de ‘El Santo’: disparos a un metro repelidos por manos que no podían estar ahí; misiles a la escuadra desviados en estiradas imposibles; balones a lo Panenka que encontraron al guardameta esperando en el centro y mirando a los ojos; delanteros que tras tenerle vencido hacia la derecha veían desquiciados cómo salvaba el disparo por la izquierda con lo único que le alcanzaba: el pie.


En ocasiones, viendo las repeticiones me he preguntado si no habría sido suerte, si aquel movimiento reflejo no habría sido únicamente fruto de la coincidencia. Parece imposible que alguien pueda coordinar de manera consciente un movimiento que se realiza en menos de un segundo. Dejé de hacerme la pregunta a golpe de moviola. Le vi hacerlo una vez y otra, a cámara lenta, con rivales grandes y pequeños, en los campos difíciles, jugándose la Liga, o nada, o la Champions, el Mundial, la Eurocopa, lloviendo a cubos, contra el viento, contra el calor o sobre el barro. No importaba.
Le vi hacerlo en la final de Champions League de Glasgow, donde apenas jugó media hora tras saltar al campo por la lesión de César; o en los cuartos de la Eurocopa de 2008 contra Italia, donde detuvo dos penaltis a De Rossi y Di Natale. Le vi literalmente volar para detener un balón que cualquiera habría dado por perdido ante Perotti en el Sevilla-Real Madrid de la Liga 09/10, y así siempre. Dejé de dudar con el tiempo. No fue suerte, solo talento.
Mi afición por las repeticiones me permitió, además, descifrar algunas de sus destrezas en la portería. Aprendí, por ejemplo, que en muchas ocasiones él ya estaba allí antes de que el disparo sucediera; que no siempre se trataba de velocidad de reacción, sino de una habilidad innata para adivinar lo que sucedería dos segundos después; también pude apreciar la inteligencia de un portero que en el uno contra uno siempre supo hacer creer al rival, en ese fugaz diálogo que mantienen dos cuerpos durante una finta, que había un lado mejor que otro por el que ir. A sus intervenciones en los remates a bocajarro, sencillamente, no les encontré jamás explicación.
Así que allí estábamos. Nos arremolinamos frente a la televisión y Cardozo, con la mirada perdida, empezó a tomar impulso. Cuando el paraguayo chutó, Iker adivinó el lanzamiento y detuvo el penalti. Una vez más. Todo el mundo dentro y fuera de la casa comenzó a gritar. España terminaría ganando aquel partido por un gol a cero, y después aquel Mundial, con una final donde él volvió a ser decisivo con dos paradas a Robben que han quedado para la historia estética del fútbol.
Cardozo se lamentaba con las manos en la cara. Mi amigo me abrazó. “No me lo puedo creer”, me dijo. Yo sí.
Al terminar el partido los compañeros se abalanzaron sobre Iker. Tras los abrazos, el portero se marchó quitándose los guantes en un movimiento mecánico, como ha hecho siempre, sin darse importancia, como un chaval de Móstoles.

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Reinicio
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Rubén García Bastida | 28-08-2014 | 04:48| 0

Se cierra el plazo de inscripción. Retomas la fila. Rueda el balón en los estadios grandes y la fe sin motivo en los pequeños. Cumplimentas el formulario. Hemos atesorado momentos pasajeros y es probable que seamos capaces de contar algo distinto a la vuelta. Hora de recuperar tu antigua foto de perfil. Nada de sombreros de paja. El verano es una luz que puedes guardar para los días fríos.

De nuevo, el tráfico y los semáforos en hora punta, preguntarte cómo se hacía lo que antes hacías sin preguntas. Ahora necesitas calma y releer las ‘Instrucciones para subir una escalera’ de Julio Cortázar. “Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie”, decía. Precisamente en este mes que abandonamos se han cumplido dos centenarios: el del nacimiento del escritor y el de la instalación del primer semáforo moderno. No puede haber dos conmemoraciones más contrapuestas. Lo sé porque he estado frente a la tumba de Cortázar una vez y frente a los semáforos modernos alguna más, y provocan sentimientos antagónicos.

Todo indica que septiembre es un mes más de semáforos que de Cortázar, es decir, más de normas que de excepciones. Pese a todo, uno afronta estos días con incertidumbre.

Ya sé que el final de agosto no cambia el dígito del año, pero algo empieza y algo acaba. No lanzamos confeti; no nos ponemos un traje, ni bailamos en una fiesta derramando bebidas caras; no resuenan los campanarios de todos los pueblos a la vez, ni sientes la necesidad de enviar mensajes en cadena; no nos besan los extraños. No importa. El año comienza ahora. Eso lo saben los vecinos de la localidad granadina de Los Bérchules, que celebran su particular Nochevieja cada mes de agosto. Algunos de los surcos más profundos surgen mientras estás rodeado de salitre o de maletas o de maletas con salitre. Y no se puede estar empezando siempre, pero nadie puede quitarte ahora la oportunidad de elegir otro pequeño reinicio.

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Objetos perdidos
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Rubén García Bastida | 21-08-2014 | 06:58| 0

Dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero a veces pierdes lo que no sabes y eso no tiene mucho remedio. Tu patrimonio es la colección de pertenencias que arroja la resta entre lo que ganas y lo que malogras. Es importante señalar, llegados a este punto, que no es extraño vernos extraviar con facilidad lo que tuvimos que obtener esforzadamente.

Oficina de Objetos Perdidos de Murcia. | Alfonso Durán / AGM

Se desconoce el motivo, pero nos desgranamos. Vamos dejando un rastro que se alimenta de todo lo que en algún momento nos perteneció, nos atravesó o nos acompañó. Uno da vueltas y va dejando atrás todo tipo de cosas: un recuerdo, un objeto, un pasado, un dolor, un momento.

David Trueba no se cansaba de repetir en las entrevistas de promoción de su película sobre la historia del profesor cartagenero Juan Carrión que «vivir es perder». El Diccionario de la lengua española define perder como «dejar de tener, o no hallar, aquello que se poseía, sea por culpa o descuido del poseedor, sea por contingencia o desgracia». No le faltaba razón a Trueba. Calcula la Policía Local de Murcia que, solo en esta ciudad, unos 2.000 objetos terminan cada año engrosando las estanterías de la Oficina de Objetos Perdidos. Para aligerar la carga, el Ayuntamiento ha anunciado la puesta en marcha de una web donde podrán consultarse las fotos de cada uno de ellos. Como no quiero tener que pasar por la aterradora experiencia de examinar uno tras otro los inverosímiles objetos perdidos de extraños, intento andar más atento estos días. Antes de salir compruebo mis bolsillos, y miro atrás cuando oigo un ruido, y vigilo la silla cuando me levanto, y nunca dejo nada sobre las mesas de las cafeterías. Porque perdemos pequeños objetos, papeles doblados, teléfonos falsos, algunas pulseras, la segunda mitad de las frases a medias y hasta nuestro propio tiempo. A veces, incluso, cosas peores. Y es mejor no tener que enfrentarse luego a la incómoda pregunta de si fue por culpa o descuido, por contingencia o desgracia.

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La fór­mu­la y la ba­ta­lla
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Rubén García Bastida | 14-08-2014 | 08:39| 0

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La felicidad tiene que ser muy blanda para que nadie encuentre por dónde agarrarla. Si preguntas por ahí dónde está, lo más probable es que te respondan señalando con el dedo.
Muchos ven en otros el estado de plenitud que aspiran a conseguir. No sé cuánto saben sobre la felicidad, pero sobre los otros no deben de saber nada.
Un equipo de investigadores del University College de Londres acaba de publicar la fórmula matemática de la felicidad. Aseguran que han logrado predecir con ella la evolución del estado anímico de más de 18.000 personas en todo el mundo. La ecuación tiene en cuenta las expectativas previas, las recompensas obtenidas y los resultados pasados.
Para probar el modelo, los investigadores utilizaron una aplicación móvil que propone una serie de juegos y puntúa a los participantes. Lo esperado, al parecer, es el enemigo. Según se desprende del trabajo, obtener resultados mejores de los previstos es una de las formas más eficaces de aumentar la felicidad.
Entonces me acuerdo de Robin Williams, que aseguraba en una antigua entrevista que «la cocaína es la manera que tiene Dios de decirte que estás ganando demasiado dinero». Me pregunto cómo encajarían los investigadores la expresión «ganar demasiado» en ese triángulo de juego entre expectativas, resultados y felicidad.
Desde luego, sabiendo que la ecuación tiene en cuenta también el pasado, el de Williams –Oscar incluido– pudo haber jugado en su contra. No hay carrera más injusta que la que disputas contra la mejor versión de ti mismo. El caso es que cuando llegan noticias así, uno nunca se explica del todo cómo vence la tristeza a algunas figuras envidiables.
No hay que subestimar el papel de la actitud. El viceprimer ministro turco, Bulent Arinç, aconsejaba hace unos días a las mujeres de su país que no rieran en público por una cuestión de decencia. El resultado fue un aluvión de fotos en la Red en las que ellas mostraban, felices y desafiantes, su mejor sonrisa. A veces, lo único que importa es la voluntad de dar batalla.

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Fútbol, primeras impresiones y 100 milisegundos
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Rubén García Bastida | 07-08-2014 | 07:54| 0

«Y ahí está Nederland», dijo la periodista brasileña, que debía haber visto muy poco fútbol pese a que se encontraba cubriendo el Mundial, al aparecer en escena un jugador de la selección holandesa. Nederland se llamaba Robben, pero en su camiseta de calentamiento, a la espalda, figuraba el nombre de su país en lugar del suyo. La brasileña -cosas del directo- no se lo pensó. A veces empiezas a correr sin haberte asegurado de tener atadas las zapatillas y tropezar es solo cuestión de tiempo. Sabemos que los distintivos, las etiquetas y las primeras impresiones no son de fiar, incluso cuando alguna vez sean ciertos. Como aquel fugitivo taiwanés al que el año pasado detuvieron en un registro policial después de que el mensaje en su camiseta llamara la atención de los agentes. Ponía: ‘Wanted’. Imagino que no sabía mucho inglés. El caso es que salvando excepciones como ésta, no es habitual que lo anunciado y el contenido concuerden demasiado. Cuentan que Al Capone, en sus tarjetas de visita, se presentaba como vendedor de antigüedades.
El engaño es un arte. Algunos tienen un talento especial para desdibujar lo que es y lo que parece. Jenaro García, de Gowex, por ejemplo, nos hizo creer que era una cosa siendo otra bien distinta. Y en la misma categoría de cosas bien distintas se movía al parecer también, como pez en el agua, Jordi Pujol, que muy serio contestaba en las entrevistas que no sabía nada de las acusaciones de corrupción, mientras escondía una fortuna en Andorra. No nombraré ahora todos los casos que me vienen a la mente porque para ello me falta columna o me sobra memoria.

La semana pasada se publicó un estudio de la universidad británica de York que revela que, al mirar el rostro de un desconocido, nos bastan 100 milisegundos para hacernos una primera idea sobre su honradez. Parece claro, dado nuestro historial, que en este punto patinamos con facilidad.

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Banda sonora original
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Rubén García Bastida | 31-07-2014 | 10:19| 0

Vivo colgado de canciones sucesivas. De cada una de ellas por motivos distintos. La culpa de todo la tiene el cine. Los niños de mi barrio están convencidos de que nadie puede reconocerles cuando se ponen un antifaz y yo no logro concebir el día sin banda sonora por la misma razón: hemos visto demasiadas películas. Al final uno es preso de las escenas con las que aprende a imaginar el mundo. Mi abuelo se pasaba el día escuchando zarzuela. Supongo que crecimos con ficciones diferentes.
Así, cuando preparo un viaje, una de las partes más importantes a la hora de hacer la maleta es escoger bien la música que va a acompañarme. La decisión es vital porque serán las canciones que queden ligadas a esos días para siempre. Por suerte puedo llevar conmigo cantidades ingentes como equipaje de mano. Las aerolíneas de bajo coste aún no han establecido un límite para ello, pero lo cierto es que si las canciones pesaran, yo no lograría cruzar una puerta de embarque.
Con los estribillos ocurre como con los olores: nunca estás a salvo de que uno te agarre y te transporte a otro lugar sin permiso. El oído es el olfato de los que crecimos imitando videoclips; y una colección de canciones, la forma más barata de reeditar un viaje. Acabo de llegar de uno y ya tengo mi álbum sonoro en la recámara.
Esta mañana me despierto con una melodía sencilla. Una chica de Nueva Jersey repite insistentemente: “Cada vez que sale el sol, estoy en problemas”. Subo un poco el volumen. Aunque estoy de buen humor no está de más recordar que también en los días fáciles puedes necesitar un poco de cintura. Mejor salir a la calle preparado. Hago un ovillo los auriculares y los echo al bolsillo.

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Comida para recuerdos
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Rubén García Bastida | 31-07-2014 | 10:18| 0

El calendario es una esfera por la que transitas a velocidad constante. Has pasado por aquí. Conoces el camino. Me cruzo un año más con un reclamo publicitario sobre escapadas de verano. El mensaje es similar a éste: ven y encuentra un lugar donde perderte al mejor precio. Como si la pérdida de uno mismo fuera lo máximo a lo que se puede aspirar en vacaciones. Igual tienen razón y es por eso por lo que que están llenas las playas de lectores de novelas. Algunos estarán intentando salirse de lo ya visto, pero convivimos con una parte del mundo que se repite a sí misma. Me he acostumbrado a ella porque la reedición de lo viejo forma también parte de este oficio de perseguir lo nuevo que es el periodismo.
El año, repleto de situaciones inesperadas, escándalos, sucesos y grandes anuncios, avanza al mismo tiempo salpicado por una agenda de citas conocidas y familiares, de eventos y nuevas entregas que dejan ver en el presente los rasgos del tiempo que le precede. Nada es nunca igual, pero todo siempre se parece, y las citas anuales son el material genético de los calendarios, ese no se qué que tiene el niño para darse un aire al padre.
Algunos de estos eventos son casi indistinguibles de un año a otro salvo por los matices y la fecha. En verano, invariablemente, hay golpes de calor, desciende el paro, tenemos que lamentar la pérdida de vidas en el agua, reaparecen las medusas, vuelven las pateras, la afluencia de turistas aprieta las sombrillas en el litoral, hay quejas por la suciedad en las playas, los políticos ceden sitio en las portadas y, cuando menos te lo esperas, Ana Obregón hace otro posado y confirma que, en esa guerra en concreto, la naturaleza va perdiendo.
Con un decorado empeñado en repetirse, parece buena idea desordenar objetos, probar algo nuevo, afrontar un camino desconocido y crear la diferencia de la que se alimentan los recuerdos.

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La máquina de matar de Micah P. Hinson
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LV | 07-03-2016 | 08:33| 0

Micah P. Hinson llegó a Elche de mal humor y con una guitarra con tres pegatinas que me hicieron sonreír. La primera, en la zona central, replicaba la portada de su nuevo disco ‘Micah P. Hinson and the Nothing’. La fotografía del cuerpo de una mujer que se agarra a sus tacones por detrás. La segunda lanzaba un mensaje con historia. Rezaba: “This machine kills fascists”, el mismo que llevaba sobre su su guitarra el músico de folk estadounidense Woody Guthrie entre los años 40 y 60 del siglo pasado. Probablemente el artista que más influyó en el nacimiento de otra gran figura del folk, Bob Dylan, que le admiraba tanto que llegó a emprender un viaje para conocerle personalmente en sus últimos años de vida. La canción ‘Song to Woody’, incluida en el primer disco de Dylan, da fe de la profundidad de su amor por Guthrie. Así, tomé aquella pegatina en la guitarra de Hinson como una declaración de intenciones, una marca de denominación de origen, un sello que indica la procedencia de sus acordes.
La tercera pegatina decía: “Fuck you, I’m Batman”.
Hinson dio esa noche un concierto muy pequeño y muy grande en la sala Subway de Elche. Sin trucos: solo su voz, su guitarra, un teclado en una esquina y una reducida banda de acompañamiento: bajo, batería y guitarra. Siempre cediéndole a él todo el protagonismo.

Algunos en el público se empeñaron en hablar demasiado alto entre canción y canción, y Hinson no tardó en recordarles que habían pagado una entrada para oírle y que había otra gente que también había pagado una entrada para oírle. Llegó incluso a invitarles a abandonar la sala previa devolución del importe. Como decía, Hinson no estaba de humor aquella noche en Elche. Su enfado era tan evidente que comenzaron a escucharse algunas risas en la sala cada vez que espetaba entre dientes un ‘fuck off’, un ‘fuck you’ o un ‘fucking lo-que-fuera’. Cosa que pasaba en una de cada cuatro palabras. Probablemente, aquel murmullo le enfadara un poco más, y he ahí una pescadilla que se muerde la cola.
Hinson, además, evidenciaba algunas dificultades motrices. Cada vez que se quitaba o se ponía la guitarra daban ganas de acercarse y ayudarle. Al final siempre lo conseguía solo, pero dejando tras de sí una buena ristra de interjecciones malsonantes, que alimentaban la broma en la sala.
Su mujer, Ashley Bryn Gregory, esperaba entre el público el momento de subir al escenario con una cinta roja en el pelo. Juntos protagonizaron uno de los momentos de la noche, cuando la chica acompañó a Hinson con unos coros que te hacían ver por momentos a Dylan y Joan Baez, o a Johnny Cash y June Carter, a una pareja de otro tiempo con un sonido de otro tiempo. No hay vídeo del momento en cuestión, pero he encontrado una actuación de la pareja que da una idea de lo que hablo:


Pese a que probablemente Hinson no tenía su día, y que de buen gusto se habría liado a puñetazos con alguno, ofreció un concierto lleno de talento a quienes lo quisieron escuchar, y dejó a todos callados de una vez por todas con su interpretación de ’Sons of USSR’, una de las melodías más inspiradas del nuevo disco.

Cuando terminó el ’show’, Hinson sacó una caja de cartón llena de discos y comenzó a venderlos y firmarlos. “Es un poco caro pero algún día valdrá un montón de dinero”, dijo. Aún no tengo claro si lo decía en serio o con cierta ironía, pero lo cierto es que no se reía. Tras vender uno de los discos, intentaron hacerle posar para una foto, Hinson se apartó de un salto. “Oh, no, no, no, no, no. No flashes, please”. A esas alturas no sorprendió. Supongo que Batman hubiera hecho lo mismo.

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Si alguien vive
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LV | 16-05-2014 | 07:57| 2

El poeta mexicano José Emilio Pacheco muere dos semanas después que Juan Gelman. Tenía 74 años. El argentino 83. Los dos ganaron el Cervantes.

José Emilio Pacheco. | Belén Díaz / ABC

A veces se encadenan los hechos de una forma improbable .

Leo: “El viernes pasado acababa de escribir un ‘inventario’ que escribió para Juan Gelman. Ese día, se acostó después de escribir “y ya no despertó”, agregó la hija.”.

Los versos de Pacheco tienen la virtud de ir al centro de la experiencia común en pocos trazos. En estos casos siempre prefiero leer a escribir.

Tres poemas suyos:

INDESEABLE

No me deja pasar el guardia.
He traspasado el límite de edad.
Provengo de un país que ya no existe.
Mis papeles no están en orden.
Me falta un sello.
Necesito otra firma.
No hablo el idioma.
No tengo cuenta en el banco.
Reprobé el examen de admisión.
Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.
Me desemplearon hoy y para siempre.
Carezco por completo de influencias.
Llevo aquí en este mundo largo tiempo.
Y nuestros amos dicen que ya es hora
de callarme y hundirme en la basura.

ALTA TRAICIÓN

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

PRESENCIA

¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?

¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.

No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,

ha de borrar de la confusa arena
todo lo que me salva o encadena.
Más si alguien vive yo estaré despierto.

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Dos poemas de Juan Gelman
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LV | 16-05-2014 | 07:58| 4

Daniel Mordzinski / EFE

Juan Gelman se marcha a los 83 años muy discreto, así como él escribía.  Dejó algunas palabras ordenadas para que cualquiera pudiera rescatarlas llegado el caso (¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el hombre,/ hasta aquí no?); algún poema incluso:

Epitafio

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.

 

Sin embargo, algunos de sus mejores poemas no tratan sobre la muerte, sino sobre lo extraño de estar vivo:

Lluvia

Hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer
entra a la casa por la ventana y no por la puerta
por una puerta se entra a muchos sitios
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo
pero no al mundo
ni a una mujer
ni al alma
es decir
a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así
como hoy
que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran
y cuándo
y cómo
pero el alma qué puede explicar
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca
palabras que naufragan
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca escribirá
como el silencio que hay entre dos rosas
o como yo
que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia
a la lluvia
a mi corazón desterrado.

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Sobre el autor Rubén García Bastida
Periodista en la edición digital de 'La Verdad'. Escribo sobre tecnología y redes sociales en #estosemueve y guardo un rincón para las cosas pequeñas en 'La esquina doblada'. En Twitter soy @garciabastida

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