Aniversarios

Es un interruptor en nuestras cabezas: 12 meses. Se cumple un año y uno echa la vista sobre sus pasos y piensa: «vaya»; y toda la secuencia de imágenes se le echa encima. Entre tanto hay muchos días de nada, de no detenerse un momento, días de hacer camino sin valorar de dónde vienes: los días de andar. Y así nos alcanzan los aniversarios.

Últimamente tengo la sensación de que hace doce meses de casi todo.

Este sábado estuve en Barcelona. Venía de una semana intensa en la redacción, con todo el mundo volcado en el especial sobre el terremoto de Lorca que lanzamos el viernes. Venía con todo eso muy fresco cuando me encontré frente a la protesta del 12M en plena plaza Cataluña.

Un grupo de gente hacía malabares allí, sonaba algo de música en vivo, otros se arremolinaban a lo largo y ancho de la plaza, charlando, aguardando la llegada de más gente. El lugar, para quien no lo frecuenta -como es mi caso- devuelve rápidamente a la memoria las cargas policiales de los Mossos d’Esquadra contra los integrantes de la acampada barcelonesa en mayo de 2011.

Andaba yo un poco extraño, situando sobre el terreno los golpes que todos vimos en pequeños fragmentos en forma de clips de Youtube; estaba imaginando las cargas, a la gente corriendo, cuando levanté la vista y vi que sobre la concentración había un gigantesco anuncio de gafas de sol que ocupaba toda la fachada de un edificio.

Tuve que mirarlo varias veces para cerciorarme de que estaba viendo lo que veía. En él una pareja de jóvenes ataviados con las correspondientes gafas se besa en mitad de una carga policial. No hay lugar a dudas. La imagen de unos antidisturbios cargando contra jóvenes melenudos sobre este escenario no permite ambigüedades.

No sorprende. Poco después del movimiento asambleario, una compañía telefónica lanzaba un anuncio en el que gente de todas las edades proponía y votaba (como pasaba en las asambleas del 15M) sus tarifas ideales.

Muchos se sintieron ofendidos ante la apropiación del icono de la primavera Española para fines comerciales. La triste realidad es que vivimos en una permanente sucesión de apropiaciones indebidas. Todas las administraciones han pasado el último año repitiendo su total compromiso con Lorca, apareciendo en todas las fotos, para terminar pidiendo perdón en el aniversario de la catástrofe: «Podíamos haber hecho mucho más», concluyeron. En otra parte, formaciones políticas de distinta procedencia se instalan en el equilibrismo ideológico en busca de la asociación entre sus siglas y las del 15M.

Hace doce meses de casi todo. Lorca sigue en ruinas. La spanish revolution ha caminado largas distancias escapando de quien intentaba sacarle partido para encontrarse hoy protestando contra las mismas cosas que hace un año, bajo un enorme anuncio que señala a los indignados como ‘target’. Todas sus quejas siguen teniendo vigencia: la política que traiciona al ciudadano, la banca que socializa las pérdidas o la falta de oportunidades.

Ahora vienen muchos días de viaje. Los empiezo con la esperanza de que, la próxima vez que se cumpla un año de casi todo, no tengamos que ver que casi nada ha cambiado.

Señales para detectar un fin de año

Señales

Los años se acaban, pero no es algo a lo que uno se acostumbre. Por mucho que se repita la sensación y las advertencias lleguen a tiempo, al final siempre te encuentran los fuegos artificiales mirando hacia otro lado. Y se te queda el cuerpo raro, como si salieras de una película que termina a mitad del argumento; como si el árbitro pitase el final en el treinta y cuatro.

Nos guste o no, los años —los buenos y los malos— se terminan siempre por sorpresa. Tanto es así que parece que llenemos las ciudades de luces y guirnaldas como señal de alerta para que a nadie le den las campanadas un susto de muerte.

Así ponemos música en las calles, engalanamos escaparates, enviamos correos y más correos (“Feliz Navidad y próspero Año Nuevo”, rezan, como diciendo realmente: “Ahí viene otra vez”), y cruzamos felicitaciones en vídeo, y llamadas, tarjetas y mensajes en cadena. Algunos dejaron de hacer gracia en 2006. No importa. En realidad solo estamos intentando avisarnos los unos a los otros. El año se acaba —nos estamos diciendo—, termina de hacer lo que estuvieras haciendo.

Por eso se suceden los adornos, y hay anuncios de regalos, y gorros rojos coronados con pompones blancos, especiales conmemorativos, recopilatorios, los más guapos de 2011, los más ricos, los más rápidos, las frases, el top ten, los tres accesorios que no debiste dejar de comprar a tu coche. Así somos.

Pero si no fuera por esto, por los villancicos y las vallas publicitarias, por los polvorones y las cenas de navidad, más de uno se encontraría celebrando el año nuevo con el cuerpo en enero y la cabeza en noviembre en una postura ciertamente incómoda.

Puede parecer falta de originalidad, sin embargo, este ritual de avisos luminosos y acústicos es un excelente método para evitar que los años pasen rápidos y sigilosos por nuestro lado.

Empiezas a recibir indirectas en noviembre. Un día estás con tu otoñal estado de ánimo viendo la televisión y te sorprendes contando el cuarto anuncio de perfumes en una misma pausa. Lo dejas pasar. Te convences de que es casualidad y el mundo sigue a los suyo, cuesta abajo hacia el fin de año.

Y entonces llega ese momento en el que no puedes negarlo. Estás en mitad de una avenida llena de luces y huele a castañas, hay un hombre con barba postiza y los escaparates relumbran. Alguien se acerca y te pregunta: “¿Y tú, qué haces esta Nochevieja?”.

Y ya.

Bienvenido a otro año menos.

Malas ideas

Está lleno el mundo de malas ideas. Repleto. Te acostumbras a vivir rodeado de dispositivos que no hacen bien lo que deben, a los planes fallidos, a recibir soluciones que traen consigo nuevos problemas. Te acostumbras.

Por eso están tan cotizadas las buenas ideas, por eso se buscan y se buscan las ideas, muchas veces sin éxito, en el mundo de la publicidad por ejemplo, en el de la empresa, en el de la política… Las salas de espera están llenas de malas ideas. Puedes sentarte en una y notar cómo bullen.

Cualquiera es capaz de generar varias decenas de malas ideas al día. No se puede luchar contra eso. No conozco a nadie que no las tenga. Así que está el mundo repleto, rebosante, de malas ideas. Y pienso, por ejemplo, en las malas ideas -y la mala fe- que hundieron el barco de la economía, en esa cadena de ocurrencias coreografiadas que dieron paso a una crisis de surcos profundos.

Miras el periódico. Abres al azar. Ves malas ideas por todas partes. Tres personas intentan viajar como polizones en una patrullera de la Guardia Civil. Mala idea.

Pones la televisión. Hay un tipo intentando atrapar una serpiente con un palo. Una cobra. Mala idea, piensas. El cámara también lo piensa. «¿Me acerco?», dice. Y el otro: «Que sí». Y se acerca. Mala idea.

Vuelves al periódico. Una pareja de Nueva Jersey decide llamar a sus hijos Adolf Hitler y Aryan Nation (nación aria). Mala idea. En este caso, una de esas malas ideas iceberg. ¿Que qué es? Una mala idea iceberg es una mala idea que revela con su aparición la existencia de un montón más de malas ideas debajo de ella. Aquí, toda una ideología sumergida bajo dos nombres.

Abres el navegador. Acudes a Internet. Ves que muchos tuiteros han decidido ponerse la cara de Mariano Rajoy en su avatar porque es Halloween. Eligen las peores caras del candidato. La idea, de inicio, te parece mala, pero graciosa.

La primera reacción del líder del Partido Popular (de su equipo de comunicación, digo) es una mala idea de las que ya no tienen retorno. «Cambie la foto de su perfil, por favor. Gracias de antemano», escribe a uno de los usuarios. Pronto son cientos los usuarios que se apuntan a ponerse la cara de Rajoy. Quizá podía haberse evitado de haber actuado de otra manera. Las dinámicas sociales son un misterio que los encargados de gestionar las redes sociales con algún fin determinado aún están desentrañando.

Varias horas más tarde, la misma cuenta de Rajoy, una vez comprobada la falta de efectividad de sus primeros mensajes, decide cambiar el discurso. Lanza la siguiente botella al mar: «Simpática iniciativa la del avatar de hoy. No perdáis el sentido del humor; es bueno en los tiempos que corren». Un mensaje más acertado que el primero, pero una mala idea también. ¿Por qué? Porque las buenas ideas son un producto perecedero. Llevar a cabo una buena idea fuera de su tiempo natural te convierte, sin más, en el ejecutor de una mala idea.

Es como cantar. Puedes cantar un perfecto Do, pero si lo haces cuando la orquesta ya ha pasado al Fa, estarás, y esto es lo más terrible de las ideas, cantando mal un Fa.

Desde X e Y hasta Z

Los trayectos contrarios no son una guerra porque son el mismo camino en pies distintos. Por eso no importa demasiado de dónde venimos cuando vamos a la misma parte. Los aeropuertos están llenos, pero los puentes, vacíos.

Es verano y todo el mundo debería reencontrarse con alguien al otro lado del mundo, o al otro lado de la ciudad, o al otro lado de la habitación, o al otro lado de la mesa, o al otro lado del espejo.

Splitscreen: A Love Story from JW Griffiths on Vimeo.

Vía: Microsiervos

Un mes

Ha pasado un mes del terremoto de Lorca y trece años desde que dejé de vivir allí. Estuve solamente cinco, pero eran de esos en los que las ciudades todavía te dan forma porque estás blando. Fui lorquino de adolescente y eso te hace lorquino para siempre. Vivía en la Avenida y estudiaba en el instituto Ros Giner, que todos conocen como el masculino. Hace unos días supe que van a demolerlo porque su estructura no aguantó.
Cuando me fui de Lorca tardé mucho tiempo en volver. No quería ver cambiar las cosas. Pero las cosas cambian y la gente vuelve, así que cuando unos años después volví, ya como estudiante universitario, encontré unas calles diferentes. El Óvalo no se parecía al Óvalo, las cafeterías a las que iba habían cambiado de nombre y mi vieja pandilla no era ya una pandilla.
Volví por donde había venido pensando que es mejor no moverse mucho para evitar esa sensación de que tus lugares no dependen en absoluto de ti.
En cuanto te das la vuelta se levantan estatuas donde no las había, se reasfaltan vías, se enlosan las aceras, se construye, se modifica; los mismos locales se llenan de gente distinta, y ocupan tu mesa, y algunos se enamoran; y llega el relevo a las clases, y las aulas cambian de nombre, pero los deseos son los mismos.
El terremoto ha hecho eso también con los que no se fueron. Les ha cambiado la ciudad sin que mediara tiempo ni distancia, les ha modificado las calles con ellos dentro.
Ahora hay que afrontar la reconstrucción. Una vez finalizada llegará el desconcierto de encontrarlo todo distinto. Le seguirá la reconciliación. Poco a poco las calles irán siendo otra vez sus calles, y los lugares, modificados, volverán a pertenecerles.
Lorca no es un espacio, Lorca es gente, en el sentido más cálido del término. Es lo que hemos aprendido en todo esto.

Esa cosa que da vueltas

“Vienen a quitarnos el trabajo”, dice un exaltado. “No tenemos trabajo”, contesta otro más triste. “Hablan raro”, completa un tercero. Pronto se genera esa cosa viscosa, esa sensación densa, esa inquina que sólo puede sentirse hacia quien no se conoce. Y entonces el miedo lo va manchando todo suavemente. Nadie se da cuenta porque nadie ve cómo el peso doblega una viga. Es el esquema de una dinámica, la simplificación de un dibujo más extenso y trabajado, el mapa por el que circulan los flujos orgánicos del temor. Las vigas están muy rectas un día, muy torcidas otro, inesperadamente quebradas de pronto.

“Nos quitan el negocio”, pensaron hace ya siete años unos trabajadores del calzado en Elche. Y así salieron treinta personas, hartas de que les robaran el negocio, a poner fin a una competencia desleal. Le prendieron fuego a la mercancía y las naves de los asiáticos que en 2004 estaban, deslealmente, hundiéndoles el negocio.

El miedo, a veces, de dar vueltas se olvida de que es miedo y del camino por el que vino; se olvida de sus progenitores y no calcula sus hijos. A veces, el miedo, de dar vueltas, se enreda con sus propias patas y se queda atascado como un alquitrán.

Pero el miedo normalmente no parece miedo. Esto dificulta mucho su diagnóstico y su prevención. El miedo no se expresa como miedo, sino en forma de frontera que reflota, de partido que avanza, de miradas distintas.

Quemar las naves fue estúpido, pero quemar naves es lo mínimo que hace el odio que viene después del miedo. A veces es una manifestación, a veces una agresión, a veces hay que lamentarse de forma más profunda.

El informe ‘Inmigración y Estado del bienestar en España’, recientemente publicado, revela que los inmigrantes aportan más de lo que reciben al Estado del bienestar. En concreto, el estudio calcula que los inmigrantes suponen el 12 por ciento de la población y son responsables de un 5,6 por ciento de la utilización de estos servicios. Pero el miedo que da vueltas se alimenta de problemas, y otra cosa no, pero problemas acumulamos para rato.

Una crisis necesita culpables. A menudo es suficiente con unos culpables equivocados.

Tú no

Aunque tengas órdenes; aunque sean concisas y claras, inequívocas; aunque te hayan entrenado para ello largamente y hayas pasado incontables horas perfeccionando el método, afinándolo, mejorándolo; aunque te hayan dicho que vayas, que confían en ti, que eres imprescindible, que el vecino es la equis y la equis, el enemigo; a veces tienes la certeza de que no vas a poder hacerlo.

Aunque te hayas levantado esa mañana muy temprano y te hayas enfundado el traje como un ritual; aunque no te quede muy distinto a como te queda otros días; aunque pulsar el botón no te sea del todo ajeno, ni el sonido de una detonación, desconocido; hay veces en que viras el rumbo y bajas del avión repitiéndote que no, que no todo el mundo, que tú no, que no todo el mundo puede, pero que tú, especialmente tú, no vales para eso.

Indígenas nunca contactados

EFE | Gleison Miranda/FUNA/Survival

Lo tenían que haber notado mucho antes: que no están solos en la selva, que no están solos en el mundo, que a la mínima que se descuidan se les cae un bosque, se les desmonta el futuro, se les ensucia el tejado. Lo tenían que haber notado antes, mucho antes de que aquel helicóptero pasara sobre sus cabezas en Brasil y les robara un segundo de su viva imagen para llevársela cielo arriba encerrada en el alma negra de una cámara de fotos.

La ONG Survival asegura que las fotografías que tiene en su poder, y que acaba de hacer públicas, prueban la existencia en el Amazonia de indígenas que nunca han entrado en contacto con la civilización.

Sin embargo, ellos, los indígenas, lo sabían. Tenían que saberlo, en lugar de vivir así, tan desnudos, tan sin cuota hipotecaria, tan vírgenes de crisis, de ‘cracks’ y de ‘stock options’, tan vacíos de ingeniería bursátil y de bonos basura.

Se antoja difícil imaginar que hayan logrado sobrevivir esquivando todo ruido civilizado: el paso de un avión, la explosión de una granada de mano, el sonido del motor de un crucero de siete pisos en aguas paradisíacas transmitido Amazonas arriba; difícil pensar que no hayan encontrado una sola batería de teléfono móvil deshechado por un explorador, que no les haya sorprendido la suciedad del río, que no les haya sobrevenido un tornado de Gameboys o una ventisca cargada de envoltorios de chocolatinas; difícil que no hayan notado en el viento eso, que no están solos, que el mundo está a rebosar de estúpidos y de hijos de puta, de series de televisión y de fábricas, de departamentos de I+D+i, de turistas, de ejércitos. Sobre todo de eso: de ejércitos.

Es extraño que no tuvieran los indígenas su propio arsenal de armas fabricadas en (ponga aquí su país). Porque ya sabemos que hoy en día no es raro que un país pase por dificultades para matar el hambre, pero sí lo es que tenga escasez de armamento. Y sin embargo ahí están, asustados, sin demasiado que proteger, mirando hacia arriba.

Y algo debían conocer de nosotros estos indígenas nunca contactados, porque nada más ver el helicóptero ya estaban tensando el arco.

Formas de parar a Assange

Assange se ha convertido, contra lo que los Gobiernos hubieran querido, en algo parecido a un héroe, y todos saben que la única forma de detener a un héroe no es la muerte ni la asfixia ni la represión, porque los héroes muertos son los héroes más poderosos y los rebeldes machacados por el poder dejan de ser chalados para convertirse en leyendas. Eso es lo que más miedo debe dar a algunos, que andan ahora preguntándose cómo se para a Assange. Así que Assange, que se ha convertido en héroe, en un prófugo que pone en jaque al poder desde una simple página web, que aparece y que desaparece y que deja mensajes en vídeo, que ha enamorado a los principales medios de comunicación del mundo con sus jugosas revelaciones, está blindado contra los ataques. Sabe que ha plantado una semilla, que ha sentado las bases de una guerrilla en la que él mismo terminará por ser prescindible. Los imitadores y los seguidores se multiplicarán cuanto más feroz sea la reacción contra él.

Así que cada vez que Amazon anuncia que no aloja más la web de la organización, que Paypal cancela la posibilidad de Wikileaks de recibir donaciones, cuantas más veces le ponen la zancadilla, cuantas más veces aparece un republicano abogando por la pena de muerte contra él, más fuerte se vuelve Assange, cuya figura se alimenta de la persecución, de la poética de su lucha perdida.

Y es que la única forma que tiene alguien de parar a un héroe no es la muerte, sino sembrar la duda sobre su integridad. Y de pronto surge una violación y una orden de detención internacional, y está claro que una condena por violación resta simpatías, porque a nadie le van los héroes degenerados.

Eso sí, para que todo esto tenga efecto, para neutralizar de verdad a Assange es fundamental que no haya dudas sobre la integridad de quienes lo juzgan, y supongo que esa es ahora la guerra de Estados Unidos, la de Suecia, y la de todos los que salen ganando con su detención.

La revolución

La sociedad de la información ya estaba pidiendo a gritos un dispositivo como éste.

laverdad.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.