La Verdad

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Autor: Rubén García Bastida
‘El Santo’
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Rubén García Bastida | 14-07-2015 | 1:59| 0

Le dije: “Tú no lo sabes porque eres del Barça, pero esto lo para Iker”. Era el verano de 2010 y el árbitro acababa de pitar un penalti en contra de España en los cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. Vigente campeona europea y con un estilo cerca del videojuego, la Selección se enfrentaba en aquellos días a un problema inesperado: le costaba marcar goles. Yo había ido a Alicante a ver el partido contra Paraguay en compañía de amigos. Recuerdo que fuimos incapaces de sentarnos. El silbato detuvo el tiempo en el minuto 58. Antes de eso, ‘La Roja’ había dominado el juego como era costumbre. La lógica decía que si España no había sido capaz de hacer un gol en 58 minutos, difícilmente iba a lograr dos en lo que restaba de encuentro. El paraguayo Cardozo fue el encargado de lanzar la pena máxima. Acomodó el balón en el césped y dio unos pasos hacia atrás para tomar impulso.
Llevo casi toda mi vida viendo a Iker Casillas bajo los palos. Tenemos prácticamente la misma edad, y empecé a verle hacer milagros cuando él aún no se afeitaba y yo tampoco. Yo comenzaba Periodismo cuando él ya desesperaba a rivales europeos en Liga de Campeones. Antes de eso había leído toda clase de cosas sobre él. Lo había ganado todo en las categorías inferiores. Fue campeón de Europa sub-16, y recuerdo enterarme entonces de que un chico de la cantera del Madrid había sido el héroe de la final. Casillas detuvo el quinto y último penalti de la tanda decisiva contra Austria, dando el título a la Selección.
Casillas ha sido durante toda su carrera un portero con dotes especiales, tanto en lo futbolístico como en lo humano. Un líder “natural y no forzado”, como le ha descrito Xavi Hernández. Su intervención en los momentos más cruentos de la guerra entre Barça y Madrid, con una llamada al mediocentro culé para aplacar los ánimos, fue un acto de valentía propio de un capitán que sabe que lo único que importa es adónde va el barco y no dónde estuvo. Sacrificó su relación con Mourinho y se quemó a lo bonzo por unos valores que han formado parte de su crecimiento y que nadie podía cambiar en dos temporadas. Iker dijo en su despedida que solo desea que le recuerden como “una buena persona”. Después rompió a llorar como un chaval de Móstoles. El mejor portero que han visto estos ojos se marcha sabiendo que a veces la vida no es justa, y que una serie de acontecimientos sucesivos, en el orden equivocado, pueden dar al traste con el mejor de los planes. Es probable que Iker sienta que su club no ha estado a la altura en su salida. Y tiene razón. Pero deja atrás una historia tan brillante que ni el más desastroso de los finales podría empañarla. Algunos recordaremos siempre lo que hizo y, sobre todo, la forma en que lo hizo.
“Tú no lo sabes, porque eres del Barça”, le había dicho a mi amigo, y obviamente yo tampoco lo sabía. Pero aquella fanfarronada de las que habitualmente salen mal, no era del todo gratuita. A lo largo de los años, Casillas me acostumbró a ver normal lo improbable. Me hizo crédulo y confiado.
Su catálogo de milagros ha sido tan amplio que le ha valido el sobrenombre de ‘El Santo’: disparos a un metro repelidos por manos que no podían estar ahí; misiles a la escuadra desviados en estiradas imposibles; balones a lo Panenka que encontraron al guardameta esperando en el centro y mirando a los ojos; delanteros que tras tenerle vencido hacia la derecha veían desquiciados cómo salvaba el disparo por la izquierda con lo único que le alcanzaba: el pie.


En ocasiones, viendo las repeticiones me he preguntado si no habría sido suerte, si aquel movimiento reflejo no habría sido únicamente fruto de la coincidencia. Parece imposible que alguien pueda coordinar de manera consciente un movimiento que se realiza en menos de un segundo. Dejé de hacerme la pregunta a golpe de moviola. Le vi hacerlo una vez y otra, a cámara lenta, con rivales grandes y pequeños, en los campos difíciles, jugándose la Liga, o nada, o la Champions, el Mundial, la Eurocopa, lloviendo a cubos, contra el viento, contra el calor o sobre el barro. No importaba.
Le vi hacerlo en la final de Champions League de Glasgow, donde apenas jugó media hora tras saltar al campo por la lesión de César; o en los cuartos de la Eurocopa de 2008 contra Italia, donde detuvo dos penaltis a De Rossi y Di Natale. Le vi literalmente volar para detener un balón que cualquiera habría dado por perdido ante Perotti en el Sevilla-Real Madrid de la Liga 09/10, y así siempre. Dejé de dudar con el tiempo. No fue suerte, solo talento.
Mi afición por las repeticiones me permitió, además, descifrar algunas de sus destrezas en la portería. Aprendí, por ejemplo, que en muchas ocasiones él ya estaba allí antes de que el disparo sucediera; que no siempre se trataba de velocidad de reacción, sino de una habilidad innata para adivinar lo que sucedería dos segundos después; también pude apreciar la inteligencia de un portero que en el uno contra uno siempre supo hacer creer al rival, en ese fugaz diálogo que mantienen dos cuerpos durante una finta, que había un lado mejor que otro por el que ir. A sus intervenciones en los remates a bocajarro, sencillamente, no les encontré jamás explicación.
Así que allí estábamos. Nos arremolinamos frente a la televisión y Cardozo, con la mirada perdida, empezó a tomar impulso. Cuando el paraguayo chutó, Iker adivinó el lanzamiento y detuvo el penalti. Una vez más. Todo el mundo dentro y fuera de la casa comenzó a gritar. España terminaría ganando aquel partido por un gol a cero, y después aquel Mundial, con una final donde él volvió a ser decisivo con dos paradas a Robben que han quedado para la historia estética del fútbol.
Cardozo se lamentaba con las manos en la cara. Mi amigo me abrazó. “No me lo puedo creer”, me dijo. Yo sí.
Al terminar el partido los compañeros se abalanzaron sobre Iker. Tras los abrazos, el portero se marchó quitándose los guantes en un movimiento mecánico, como ha hecho siempre, sin darse importancia, como un chaval de Móstoles.

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Reinicio
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Rubén García Bastida | 28-08-2014 | 5:48| 0

Se cierra el plazo de inscripción. Retomas la fila. Rueda el balón en los estadios grandes y la fe sin motivo en los pequeños. Cumplimentas el formulario. Hemos atesorado momentos pasajeros y es probable que seamos capaces de contar algo distinto a la vuelta. Hora de recuperar tu antigua foto de perfil. Nada de sombreros de paja. El verano es una luz que puedes guardar para los días fríos.

De nuevo, el tráfico y los semáforos en hora punta, preguntarte cómo se hacía lo que antes hacías sin preguntas. Ahora necesitas calma y releer las ‘Instrucciones para subir una escalera’ de Julio Cortázar. “Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie”, decía. Precisamente en este mes que abandonamos se han cumplido dos centenarios: el del nacimiento del escritor y el de la instalación del primer semáforo moderno. No puede haber dos conmemoraciones más contrapuestas. Lo sé porque he estado frente a la tumba de Cortázar una vez y frente a los semáforos modernos alguna más, y provocan sentimientos antagónicos.

Todo indica que septiembre es un mes más de semáforos que de Cortázar, es decir, más de normas que de excepciones. Pese a todo, uno afronta estos días con incertidumbre.

Ya sé que el final de agosto no cambia el dígito del año, pero algo empieza y algo acaba. No lanzamos confeti; no nos ponemos un traje, ni bailamos en una fiesta derramando bebidas caras; no resuenan los campanarios de todos los pueblos a la vez, ni sientes la necesidad de enviar mensajes en cadena; no nos besan los extraños. No importa. El año comienza ahora. Eso lo saben los vecinos de la localidad granadina de Los Bérchules, que celebran su particular Nochevieja cada mes de agosto. Algunos de los surcos más profundos surgen mientras estás rodeado de salitre o de maletas o de maletas con salitre. Y no se puede estar empezando siempre, pero nadie puede quitarte ahora la oportunidad de elegir otro pequeño reinicio.

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Objetos perdidos
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Rubén García Bastida | 21-08-2014 | 7:54| 0

Dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, pero a veces pierdes lo que no sabes y eso no tiene mucho remedio. Tu patrimonio es la colección de pertenencias que arroja la resta entre lo que ganas y lo que malogras. Es importante señalar, llegados a este punto, que no es extraño vernos extraviar con facilidad lo que tuvimos que obtener esforzadamente.

Oficina de Objetos Perdidos de Murcia. | Alfonso Durán / AGM

Se desconoce el motivo, pero nos desgranamos. Vamos dejando un rastro que se alimenta de todo lo que en algún momento nos perteneció, nos atravesó o nos acompañó. Uno da vueltas y va dejando atrás todo tipo de cosas: un recuerdo, un objeto, un pasado, un dolor, un momento.

David Trueba no se cansaba de repetir en las entrevistas de promoción de su película sobre la historia del profesor cartagenero Juan Carrión que «vivir es perder». El Diccionario de la lengua española define perder como «dejar de tener, o no hallar, aquello que se poseía, sea por culpa o descuido del poseedor, sea por contingencia o desgracia». No le faltaba razón a Trueba. Calcula la Policía Local de Murcia que, solo en esta ciudad, unos 2.000 objetos terminan cada año engrosando las estanterías de la Oficina de Objetos Perdidos. Para aligerar la carga, el Ayuntamiento ha anunciado la puesta en marcha de una web donde podrán consultarse las fotos de cada uno de ellos. Como no quiero tener que pasar por la aterradora experiencia de examinar uno tras otro los inverosímiles objetos perdidos de extraños, intento andar más atento estos días. Antes de salir compruebo mis bolsillos, y miro atrás cuando oigo un ruido, y vigilo la silla cuando me levanto, y nunca dejo nada sobre las mesas de las cafeterías. Porque perdemos pequeños objetos, papeles doblados, teléfonos falsos, algunas pulseras, la segunda mitad de las frases a medias y hasta nuestro propio tiempo. A veces, incluso, cosas peores. Y es mejor no tener que enfrentarse luego a la incómoda pregunta de si fue por culpa o descuido, por contingencia o desgracia.

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La fór­mu­la y la ba­ta­lla
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Rubén García Bastida | 14-08-2014 | 6:53| 0

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La felicidad tiene que ser muy blanda para que nadie encuentre por dónde agarrarla. Si preguntas por ahí dónde está, lo más probable es que te respondan señalando con el dedo.
Muchos ven en otros el estado de plenitud que aspiran a conseguir. No sé cuánto saben sobre la felicidad, pero sobre los otros no deben de saber nada.
Un equipo de investigadores del University College de Londres acaba de publicar la fórmula matemática de la felicidad. Aseguran que han logrado predecir con ella la evolución del estado anímico de más de 18.000 personas en todo el mundo. La ecuación tiene en cuenta las expectativas previas, las recompensas obtenidas y los resultados pasados.
Para probar el modelo, los investigadores utilizaron una aplicación móvil que propone una serie de juegos y puntúa a los participantes. Lo esperado, al parecer, es el enemigo. Según se desprende del trabajo, obtener resultados mejores de los previstos es una de las formas más eficaces de aumentar la felicidad.
Entonces me acuerdo de Robin Williams, que aseguraba en una antigua entrevista que «la cocaína es la manera que tiene Dios de decirte que estás ganando demasiado dinero». Me pregunto cómo encajarían los investigadores la expresión «ganar demasiado» en ese triángulo de juego entre expectativas, resultados y felicidad.
Desde luego, sabiendo que la ecuación tiene en cuenta también el pasado, el de Williams –Oscar incluido– pudo haber jugado en su contra. No hay carrera más injusta que la que disputas contra la mejor versión de ti mismo. El caso es que cuando llegan noticias así, uno nunca se explica del todo cómo vence la tristeza a algunas figuras envidiables.
No hay que subestimar el papel de la actitud. El viceprimer ministro turco, Bulent Arinç, aconsejaba hace unos días a las mujeres de su país que no rieran en público por una cuestión de decencia. El resultado fue un aluvión de fotos en la Red en las que ellas mostraban, felices y desafiantes, su mejor sonrisa. A veces, lo único que importa es la voluntad de dar batalla.

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Fútbol, primeras impresiones y 100 milisegundos
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Rubén García Bastida | 07-08-2014 | 8:48| 0

«Y ahí está Nederland», dijo la periodista brasileña, que debía haber visto muy poco fútbol pese a que se encontraba cubriendo el Mundial, al aparecer en escena un jugador de la selección holandesa. Nederland se llamaba Robben, pero en su camiseta de calentamiento, a la espalda, figuraba el nombre de su país en lugar del suyo. La brasileña -cosas del directo- no se lo pensó. A veces empiezas a correr sin haberte asegurado de tener atadas las zapatillas y tropezar es solo cuestión de tiempo. Sabemos que los distintivos, las etiquetas y las primeras impresiones no son de fiar, incluso cuando alguna vez sean ciertos. Como aquel fugitivo taiwanés al que el año pasado detuvieron en un registro policial después de que el mensaje en su camiseta llamara la atención de los agentes. Ponía: ‘Wanted’. Imagino que no sabía mucho inglés. El caso es que salvando excepciones como ésta, no es habitual que lo anunciado y el contenido concuerden demasiado. Cuentan que Al Capone, en sus tarjetas de visita, se presentaba como vendedor de antigüedades.
El engaño es un arte. Algunos tienen un talento especial para desdibujar lo que es y lo que parece. Jenaro García, de Gowex, por ejemplo, nos hizo creer que era una cosa siendo otra bien distinta. Y en la misma categoría de cosas bien distintas se movía al parecer también, como pez en el agua, Jordi Pujol, que muy serio contestaba en las entrevistas que no sabía nada de las acusaciones de corrupción, mientras escondía una fortuna en Andorra. No nombraré ahora todos los casos que me vienen a la mente porque para ello me falta columna o me sobra memoria.

La semana pasada se publicó un estudio de la universidad británica de York que revela que, al mirar el rostro de un desconocido, nos bastan 100 milisegundos para hacernos una primera idea sobre su honradez. Parece claro, dado nuestro historial, que en este punto patinamos con facilidad.

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Sobre el autor Rubén García Bastida
Periodista en la edición digital de 'La Verdad'. Escribo sobre tecnología y redes sociales en #estosemueve y guardo un rincón para las cosas pequeñas en 'La esquina doblada'. En Twitter soy @garciabastida

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