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Antonio Botías

La Murcia que no vemos

«Que pongan cuatro tapias a la putería»

ancebía. Grabado medieval que muestra un burdel, de la época en que se establecieron las prostitutas en San Miguel.

ancebía. Grabado medieval que muestra un burdel, de la época en que se establecieron las prostitutas en San Miguel.

Le pusieron cuatro tapias; pero tuvieron la precaución de dejarle una puerta. Y es que debía ser complicado ponerle cancelas a negocio tan antiguo. Bastaba con ocultarlo, regularlo y, en ciertas fechas, condenarlo de forma pública. Como también eran públicas las ayudas que recibía. Así, la mancebía murciana se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. No es poco: casi 600 años en el mismo lugar, calle arriba calle abajo.

En 1392, como apunta el catedrático Ángel Luis Molina en su artículo “De mal necesario a la prohibición del burdel. La prostitución en Murcia (siglos XV-XVII)”, el Concejo de Murcia limita el área de influencia de las llamadas mundarias a un área concreta de la ciudad. Y apenas seis décadas más tarde, los regidores ordenan que se tapie «la putería de cuatro tapias en alto con costra», con el pretexto de que las mujeres que allí habitaren «sean mejor guardadas». Diez años más tarde las casas de la mancebía ya eran un gueto, con una sola puerta de acceso.

En esta época se establecían las prostitutas en el barrio de San Miguel. Allí mantuvieron su negocio hasta que, inaugurado el colegio de los jesuitas, el rector de la Compañía exigió al Concejo que apartara aquel comercio de sus puertas. Para justificar su petición, el rector lamentaba cómo la proximidad de las mujeres a las aulas distraía a la ardorosa juventud. Y el fraile no podía ser más claro: «Los muchachos y gente moza que acudían al estudio, luego se iban a dichas casas».

Con los judíos, no
Refiere el erudito Juan Torres Fontes, en su obra “Murcia Medieval. Testimonio Documental”, que la prostitución, siendo más o menos tolerada entre cristianos, se tornaba inaceptable cuando se producía entre individuos de distintos credos. Así lo denunció el fraile Diego de Bleda, quien describía como pecado abominable y herejía que se prostituyeran cristianas en la judería murciana.

TFGP.

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Considerada un mal menor, la prostitución fue regulada por el Concejo, que pronto intuyó una nueva forma de financiar la ciudad. No extraña, por tanto, que hasta que se nombrara un regidor y un jurado cuyo cometido era velar porque aquellas mujeres fueran tratadas con respeto y estuvieran sanas. De las revisiones se encargaba un médico municipal mediante visitas semanales a los burdeles registrados.

Esta norma ya nunca caería en desuso, a juzgar por el breve publicado en 1889 en el diario “La Paz de Murcia”, que advertía de que los ayuntamientos -según una Real Orden- quedaban encargados de los servicios higiénicos «sobre las casas de mancebía». Es curioso que la misma norma regulara los registros de cartillas a las personas «que se dedican al servicio doméstico».

Casa de Recogidas
Salvo en el caso de fiestas señaladas como la Semana Santa, cuando todas las prostitutas eran encerradas en piadoso retiro, nunca supuso la mancebía un problema para la sociedad murciana, salvo los lógicos altercados de clientes más o menos exaltados. O ante aquellos excesos que la propia autoridad ordenaba para ejemplarizar a las masas. Esto sucedió el segundo día de carnaval de 1774, cuando una docena de prostitutas que había presas en la cárcel fueron trasladadas en infamante procesión hasta la Casa de Recogidas, de Galeras o de Santa María, que tantos nombres recibió aquel lugar cuya función ya describió el cardenal Belluga: «Casas donde las mujeres escandalosas estuvieren encarceladas para evitar su perdición».

A la historia pasaron nombres -eso sí, poco poéticos- de célebres cantoneras o rameras murcianas como La Sevillana, La Urca, La Mellada o La Gamellera, de las que también da cuenta Molina en su interesante aporte. De otras más recientes que se encarguen generaciones futuras.

Durante generaciones, como apunta Juan García Abellán en su obra “La otra Murcia del siglo XVIII”, editada por la Academia Alfonso X el Sabio, las autoridades destinaron partidas para conservar y reparar las llamadas casas de la Mancebía, ubicadas junto a la Arrixaca nueva hasta que se cedieron los terrenos a los frailes carmelitas para levantar su templo. Más tarde se trasladaron -o se abrieron sucursales del negocio- en las Eras de Belchí, aquellas tierras regadas por la acequia del mismo nombre y situadas en La Arboleja.

También en San Juan
El mismo autor recuerda que por aquellos años comenzaron a proliferar las denominadas «casas de mala nota» en el barrio de San Juan, donde hasta hace cuatro días -casi de forma literal- aún existían lugares dedicados al comercio carnal a pie de calle, portal solo guarecido por cortinilla al viento y oscura humedad al fondo.

Pedro Díaz Cassou, en su “Pasionaria Murcia,” recuerda en 1897 que la mancebería murciana estuvo ubicada en la calle de la Acequia, «cerca de los Jesuitas, antes y después en la calle de Aguadores [actual calle Gómez Cortina]», y por último «en la calle de Moros o Ericas de Belchí».

Parece evidente, salvo el paréntesis del supuesto traslado a la huerta, que el gremio de fulanas se mantuvo en los alrededores de la llamada calle de la Mancebía, más tarde renombrada Cuesta de la Magdalena y, por último y hasta hoy, calle de la Magdalena, en el corazón mismo de la urbe. Pero de aquello, para gozo de cuantos hoy habitan tan exclusivo barrio y para lamento de los historiadores, apenas nadie se acuerda.

Temas

concejo, Cuaresma, lenocinio, prostitución, putería, Semana Santa

Por Antonio Botías

Sobre el autor

Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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