La Verdad

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Autor: Antonio Botías
Los últimos de Filipinas
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Antonio Botías | 05-03-2017 | 5:31| 0

Hace casi 20 años publiqué en esta misma casa, cuando muchos no sabían ni dónde quedaba Filipinas (ni falta que les hacía), la fantástica historia de los llamados héroes de Baler. Por eso, estos días en que su memoria se honra me agrada recuperar aquellas líneas de la hemeroteca. Así decían, amigos:Con mucha dificultad Luis Cervantes Dato, uno de los diecinueve supervivientes del Sitio de Baler, alcanzó el dintel de la casa de sus padres en Mula. Las escarpadas y estrechas callejuelas parecían imponerle el último de los sufrimientos. No obstante, aquellas coloridas fachadas, de enormes rejas de hierro forjado, eran un agradable alivio para una persona que estuvo incomunicada en una iglesia durante 337 días.

Su hijo Francisco Cervantes explica con orgullo e irritación que son muy pocos los murcianos que recuerdan la figura de su padre, mientras señala en una vieja foto el último retrato realizado en Filipinas: «Mi padre es el dieciséis por la izquierda. Regresó en julio de 1899 con una pensión vitalicia de setenta pesetas; lo único que recibió de su país en el resto de su vida.

A los dos años de volver se casó y gracias a esa renta mensual pudo disfrutar de una vida holgada, si no fuera por lo del hígado, claro». Todos los supervivientes vieron cómo su salud iba quebrándose a medida que transcurría el asedio. Las provisiones diezmaban y ni siquiera la improvisada huerta satisfacía la hambruna de los soldados. Al regreso, el hígado de Luis Cervantes aún soportó muchas copas de anís que aceleraron su deterioro, «porque después de pasar tantas penalidades se merecía disfrutar de la vida, y lo hizo. Siempre vestía traje cuando la mayoría sólo tenía una blusa vieja y a nadie que estuviera a su lado le negó nunca nada».

Luis Cervantes Dato abandonó el pueblo para realizar el servicio militar en Tarragona, primer viaje allende las tierras murcianas. Luis era un joven del campo, y a éste dedicaba sus ocupaciones en los dieciocho años que llevaba respirando.

A veces, durante las largas faenas de siembra, ciertas batallas entre tormos resecos donde debía empujar el arado siempre, «y en más de una ocasión el arado y la mula que lo precedía» indica Francisco, pensaba que la sierra de Moratalla era una espesura infranqueable. Luego, en Filipinas, conoció la verdadera magnitud de la naturaleza y añoró su Mula natal. Francisco reconoce el amor de su padre por el Noroeste: «No abandonó jamás el pueblo. Tras pasar una temporada de cartero en El Pilar de la Horadada y en Molina de Segura vendió la plaza a otro y regresó a Mula. Fue aceptado como guardia civil y la misma noche que le dieron el uniforme se embriagó y quemó el traje… Tampoco quiso mantener un empleo estable porque no lo necesitaba».

Francisco, mientras enciende el primer cigarrillo de la mañana -«y esto sin desayunar»- confiesa que su padre no tuvo suerte: «El propio Martín Cerezo, responsable de aquella compañía, lo recibió en Madrid varias veces. Siempre le decía que se olvidara de trabajar, que eso era para los burros. Mi padre fue engañado en cuanto regresó al pueblo desde Filipinas».

Carmen, la madre de Francisco, sólo pensaba en una cosa cuando viajaba hacia Murcia. Mientras, Luis Cervantes charlaba con su primo, El cuesario, «uno de aquellos transportistas que realizaban con un carro de mulas portes desde Mula a la capital de la provincia». Los tres iban alegres a cobrar la pensión de Luis como héroe de guerra. Carmen comentó que le gustaría probar los famosos panecillos de Viena aunque regresó sin olerlos siquiera, se lamenta Francisco. El cuesario se quedó con el primer sueldo que le dieron a mi padre y nadie recuerda por qué. Era demasiado inocente».
Luis Cervantes no invirtió dinero en grandes negocios. Cada marzo se marchaba a Madrid a trabajar de albañil y volvía en septiembre, para las fiestas de Mula. El que fue héroe de Baler tuvo once hijos y murió en mayo de 1927. El único terreno que le pertenecía del país que defendió en Filipinas fue la fosa del cementerio donde nunca fue enterrado.

Francisco Real Yuste acompañó a Luis Cervantes en aquellas noches de insomnio y hambruna. Al regresar se casó y tuvo tres hijos que ya han fallecido. Durante toda su vida fue guardia de la huerta ciezana. Su nieto, Antonio Real, como la mayoría de sus hermanos, se dedica al negocio de la hostelería en Cieza. «Mi abuelo -recuerda Antonio- jamás percibió su pensión. Un funcionario de los juzgados le hizo firmar unos papeles que le autorizaban a cobrar en su nombre. Lo mantuvo engañado durante toda su vida. Después de muertos él y mi abuela, lo descubrimos todo. Era un hombre sencillo que sólo se permitía el lujo de alguna copa de vino».
En cierto momento, durante una procesión, Francisco intentó desfilar con las autoridades civiles y religiosas. Lo sacaron a empujones del cortejo. «Entonces -prosigue Antonio-, corrió a su casa y se colocó en el pecho la condecoración de héroe en Filipinas. Cuando regresó al desfile no sólo realizó la carrera, sino que lo escoltaron dos guardias civiles». Francisco Real llegó a vivir casi setenta años.

Ni los sitiadores filipinos al mando del rebelde Aguinaldo ni las vencidas autoridades españolas lograban convencer a la compañía atrincherada de que la guerra había finalizado. Como último recurso llevaron a la iglesia de Baler periódicos y revistas de algunas de las ciudades de donde procedían los españoles sitiados. De Cieza, un ejemplar de la revista La Voz de Cieza. «De aquel número -aclara Antonio Real- a mi abuelo le leyeron que una riada había destruido el Puente de los Alambres. ¡Coño -exclamó-, como todos los años!». En ese momento se dio cuenta que todo estaba perdido. «Y ellos allí, defendiendo una plaza que ya no pertenecía a España y alimentándose de hojas de calabaza».

Primer centenario

El día 30 de junio de 1998 se cumplieron cien años del comienzo del asedio. Cuatro días antes se celebraron en Madrid unas jornadas sobre el Centenario del Comienzo del Sitio de Baler a las que fueron invitados los descendientes de Luis Cervantes y Francisco Real. El primero no asistió: «Estoy harto de que el Ayuntamiento de Mula no reconozca la labor de mi padre. Ni siquiera le han dedicado una calle». «Y lo mismo ocurre en Cieza», sentencia Antonio Real. El alcalde de Baler, en cambio, ha manifestado su interés por hermanar los pueblos de origen de los 32 supervivientes que estuvieron en ese pueblo.

Los dos hijos mayores de los últimos murcianos en Filipinas nunca se identificaron con el lema Dios y Patria. Marcos Real fue condenado a cadena perpetua tras la Guerra Civil por sus ideas republicanas. El mismo año, la última voluntad del hijo de Luis Cervantes fue que lo enterraran sin pisar la iglesia. Hoy, los descendientes de los héroes de Baler denuncian el abandono en el que las autoridades han arrinconado a sus padres y abuelos. Para colmo, las jornadas previstas en Madrid fueron promovidas por la embajada filipina. Ya nos prevenía Ramón y Cajal cuando afirmaba que ‘la gloria no es otra cosa que un olvido aplazado’».

 

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El robo de La Fuensanta, desvelado
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Antonio Botías | 23-02-2017 | 12:34| 0

El buen sacristán Eduardo Gassó jamás habría de olvidar aquella mañana fría cuando descubrió cómo el fabuloso joyero de la Fuensanta había desaparecido. Sucedió el 8 de enero de 1977. Entre otras piezas, los ladrones se llevaron de la Catedral la corona de la Patrona, una obra en oro con 5.872 piedras preciosas, entre brillantes, diamantes, zafiros, esmeraldas, rubíes y topacios. Y también la del Niño, compuesta por 1.749 piedras, junto al llamado pectoral de Belluga, su anillo y un broche.

Las investigaciones quedaron bajo la dirección del comisario Maximino Conesa. Pero apenas dieron fruto. O eso se contó entonces. Solo trascendió que dos individuos habían entrado de madrugada al templo por la puerta de la Torre. Desde las rampas de subida y a través de un ventanuco pasaron al interior, cortaron los barrotes del museo y perpetraron el robo.

La única pista llevó al interrogatorio de un vecino de Elda, Juan Gil, relacionado con otro robo similar en Salamanca. Pero no se probó su autoría. Poco más se contó. Hasta ahora. En realidad, existió un detallado informe policial que, durante los meses siguientes, determinó cómo se había producido el robo e incluso identificó e interrogó a sus supuestos autores. Esta es la sorprendente historia que ya fue esbozada en su día por el joven periodista García Cruz, hoy subdirector de ‘La Verdad’, en la popular revista ‘Lean’, aunque entonces nadie se decidió a cerrar el caso.

Las primeras pistas
La Policía consideró probado que a las pocas horas de ejecutarse el asalto, «ya se tenía conocimiento de que, por ciertos reclusos del Centro Penitenciario de Detención, [se] había preparado el esbozamiento primero y detalle después, la forma de acceso, la provisión de material oxídrico, lugar donde estaban las llaves del museo y forma igualmente de deshacerse del botín».

El comisario Conesa decidió entonces enviar a dos agentes a Málaga y a Sevilla, donde habían sido trasladados los presos Ginés P. J. y Jaime H. C., a quienes se consideraba cómplices del robo y para el «esclarecimiento de puntos oscuros». Y así fue.

‘La Verdad’ localizó a Ginés P. J. en una localidad de Cantabria –cuyo nombre pidió que no se publicara– y ratificó punto por punto lo que hace cuatro décadas declarara a la Policía. Sin embargo, días más tarde rehusó colaborar con la Guardia Civil, cuyos agentes lo interrogaron. Aunque el delito está prescrito, prefería aguardar silencio, según dijo a este diario, «porque rehice mi vida y tengo familia». Y según contó a la Guardia Civil, «porque no me acuerdo de nada».

En 1977 sí se acordaba. Junto a Jaime H. C. confesó cómo habían planeado el golpe. Ambos hicieron revelaciones sobre otros asaltos en diversos lugares, entre ellos «el chalé de una marquesa en la localidad de San Pedro del Pinatar», en la Cámara Santa de Oviedo y en Frejenar de la Sierra (Badajoz).

Un detalle resultó trascendental de su declaración: la mención del robo de cuatro cuadros en la Catedral de Salamanca el 5 de octubre de 1976, apenas dos meses antes del ‘golpe’ en Murcia. El ‘modus operandi’ resultó idéntico. En ambos templos operaron de noche, destrozando cerrojos y serrando barrotes.

En Salamanca pronto se localizaron a los autores: José Rico Núñez, de 31 años, y Juan Gil Cantó, de 36 años y vecino de Elda (Alicante), donde se recuperaron dos de los cuadros robados. Los otros fueron vendidos a María Antonia García Rico, a quien se detuvo como «compradora de mala fe». Y también fue arrestado su marido, Manuel Félix Junquera Sanz, acusado de falsificar el carné de identidad y, curiosamente, de hacer «uso indebido del título de marqués de Fonsanto».

En manos de ‘La Marquesa’
María Antonia, conocida como ‘La Marquesa’, fue condenada por la Audiencia Provincial de Salamanca el 24 de septiembre de 1977 como autora de un delito de receptación a la pena de cuatro años, dos meses y un día. Un Real Decreto, de 4 de noviembre de 1980, le concedería el indulto parcial. Los policías murcianos estaban convencidos de que tanto Juan Gil como María Antonia García y Manuel Félix Junquera, supuestamente en calidad de peristas, estaban involucrados en el robo de la Catedral de Murcia. De hecho, constataron que el matrimonio, solo tres días después del golpe a la Fuensanta, desapareció de su domicilio en Madrid. Se llevaron los muebles y ni siquiera pagaron las 80.000 pesetas que debían del alquiler. Y en paradero desconocido estuvieron «durante un tiempo prudencial», siempre según los informes de la Policía. Juan Gil, por otra parte, tampoco era un angelito. Ya había sido detenido en 1975 por pertenencia a una banda de atracadores.

María Antonia, en el juicio donde resultó absuelta.

Junto a estos, la Policía incluyó en sus informes más nombres. Entre ellos, Jaime Herrero Cortés, un barcelonés afincado en Sevilla, y José Gómez Pires Cohelo, un portugués al que apodaban ‘El Francés’ y quien en julio de 1977 estaba en la prisión de Leiría (Portugal) a disposición de un juez por diversos robos y tenencia de armas de fuego. Otro de los supuestos implicados, siempre según la versión policial, era el madrileño José Luis Pedraza López, quien también había cumplido una condena por robo.

El siguiente investigado revestía especial interés. Era un murciano, nacido en 1953 y que respondía a las siglas Luis G. G. M. Su participación en los hechos fue determinante pues, como concluyeron los investigadores, el joven había pertenecido años atrás a la Escolanía Infantil de la Catedral. Por eso, «conocía perfectamente dónde estaban [las llaves del Museo catedralicio] y así lo comunicó a sus compañeros».

La identidad de Luis se preservó hasta el extremo. Algunas fuentes señalan que por pertenecer a «una destacada familia murciana». Y resulta casi imposible rastrear hoy sus iniciales –que solo con ellas lo citaba la Policía– en las listas de niños cantores que conserva, en perfecto desorden, el archivo de la Catedral.

Cómo asaltaron el templo
Identificados los presuntos autores, la Policía cruzó las declaraciones de algunos de ellos para reconstruir el ‘iter criminis’. Los ladrones entraron a la Catedral por la puerta de la Torre, subieron tres de sus rampas y salieron al tejado tras descerrajar un candado y una cadena. Por el exterior recorrieron el suelo resbaladizo, ya que había llovido unas horas antes, y se dirigieron a la Capilla de los Vélez. No les hizo falta llevar una escalera. Alguien debió advertirles de que en la cúpula de la capilla se guardaba la que utilizaban los electricistas para revisar la iluminación exterior del templo. Desde allí, a través de una escalera de caracol que pocos murcianos conocían, bajaron a la Sacristía, al pie de la Torre, cuyo candado reventaron para hacerse con las llaves del Museo. El cómplice murciano debió advertirles de que allí se guardaban.

Una vez dentro del Museo, encontraron otra puerta. Sin problemas. Cortaron el cristal con un diamante y con un soplete abrieron un hueco en los barrotes. Las confesiones de los presos Ginés P. J. y Jaime H. C., de hecho y según el acta policial, «arrojaron luz» sobre el método empleado «para cortar los barrotes de la verja de Murcia, que es el de la aluminotermia». Luego consumaron el hurto y se esfumaron.

Más rocambolescos fueron los planes para esconder el botín. La Policía constató tres propuestas. La primera consistía en cruzar la frontera de Francia con las joyas escondidas en los bajos de un vehículo. Pero se descartó. Según la segunda, «debía hacerse cargo del material Juan Luis Cantó, y pasárselo a unos colombianos domiciliados en Benidorm, los cuales se encargarían de sacarlo».

Un envío a El Ferrol
La tercera posibilidad era utilizar un «correo certificado» a la dirección de la familia de uno los implicados, en El Ferrol. Los agentes murcianos avisaron a la comisaría gallega, pero nunca llegó el paquete. Aún hoy es una incógnita el procedimiento que se empleó y que devino en un éxito: de las joyas nunca más se supo. Hasta que, en 2016, la Guardia Civil recuperó la cruz labrada en oro con 16 esmeraldas y un collar de diamantes y aguamarinas. Fue presentado a los murcianos hace un año justo.

Cuarenta años después, no es complicado seguir el rastro de los supuestos implicados en el robo. Y algunos no pueden hablar de lo sucedido. Juan Gil falleció en Elda el 23 de diciembre de 2004. Y María Antonia también murió hace unos meses en Madrid tras sufrir un ictus. Si algo sabían, se lo llevaron a la tumba. El hermano de María Antonia aseguró a ‘La Verdad’ que su cuñado, Manuel Félix Junquera, «se encuentra muy mayor, oye poco y está convaleciente de una enfermedad. Yo le preguntaré». No lo hizo.

Entretanto, los últimos informes de Cultura y Hacienda, este último para comprobar si se hicieron facturas de las piezas recuperadas, cierran las investigación a la espera de que la juez decidida su archivo, la apertura de juicio o más diligencias. Así las cosas, aunque el misterio aún envuelve al más célebre robo perpetrado en Murcia en todos los tiempos, la revisión de los expedientes policiales y estos datos evidencian que supuestamente todo sucedió así. 

“El asalto fue organizado por un grupo de internos de la prisión de Murcia»

La llamada sorprende a Ginés P. J. No en vano han pasado cuarenta años desde aquel célebre asalto a la Catedral. Y él rehizo su vida al otro extremo del país. Aunque reacciona de inmediato en cuanto escucha que el motivo del contacto es preguntarle qué sucedió en realidad con el tesoro de la Patrona de Murcia. «¿Se refiere a la Fuensanta?», responde al instante. Y no tarda ni un segundo en reconocer que lo vivió en primera persona. «¡Habría mucho que contar…!», suspira. Lo primero es que reconoce su implicación en el ‘golpe’, aunque solo sobre el papel. Otros lo consumaron. Unos días después de la entrevista desmintió ante la Guardia Civil, que también seguía la pista del robo, cuanto había asegurado a ‘La Verdad’. En cualquier caso, el delito está más que prescrito.

–¿Conoce algo del histórico robo en la Catedral de Murcia?
–Lo conozco todo, porque lo viví en primera persona. Estaba por aquellos años ingresado en la prisión de Murcia cumpliendo condena.
–¿Y recuerda quiénes estuvieron implicados?
–¡Desde luego! Los conocía a todos, pues el golpe se fraguó entre nosotros, entre un grupo de presos. De hecho, yo fui quien lo planeó.
–¿Usted?
–Sí, señor.
–Pero no pudo cometerlo porque estaba en la cárcel.
–Exacto. Le he dicho que solo lo planeé. El robo lo llevaron a la práctica otros dos internos. Y lo hicieron en cuanto salieron de la cárcel. Yo no tuve nada que ver.
–La Policía realizó una extensa investigación que incluyó el interrogatorio de varias personas, entre ellas usted. Si tan claro lo tenían, no se detuvo a nadie.
–A mí me interrogaron, pero era evidente que no había sido el autor. Aunque tenían indicios fundados sobre quiénes eran. Lo que ocurrió es que jamás pudieron probar nada. Ni encontraron las joyas. De ahí que no se produjeran detenciones.
–Usted no es murciano y, supongo, tampoco conocía la Catedral ni lo que atesoraba su museo, ¿cómo pudo entonces planear un robo de esa magnitud?
–Tenía buenas relaciones con algunos señores relacionados con la Iglesia. Además, la información necesaria la aportó un murciano que conocía muy bien cómo y por dónde entrar al templo, además de lo que se guardaba dentro.
–¿Quién era ese murciano?
–Eso no lo recuerdo.
–En la investigación se citaba a un tal Luis G. G. M, vecino de Murcia, soltero, sin profesión y de 24 años de edad.
–(Lo piensa un instante). No me acuerdo.
–¿Sabe que la Guardia Civil recuperó dos de las piezas: un pectoral de oro y esmeraldas y un collar de brillantes y aguamarinas?
–¿De verdad? No lo sabía. Vivo tan lejos… Realmente es curioso.
–¿No sabrá por casualidad dónde está el resto del botín?
–(Risas). ¡No tengo ni idea! No sé cómo acabó aquella historia ni tampoco cómo se desarrolló. Lo que recuerdo es que el plan se cocinó dentro de la prisión y se realizó en cuanto salieron aquellos dos internos.
–A los que nunca volvió a ver.
–Nunca volví a verlos.
–Se ha contado que el autor fue, supuestamente, un tal Juan Gil, vecino de Elda.
–No es verdad. Ese no era nadie.
–Y ahora menos, porque falleció hace años. Otro de los nombres que barajó la Policía como presuntamente implicados en la trama era el de María Antonia García Rico, ¿la conocía usted?
–Había oído hablar de ella, pero desconozco si tuvo algo que ver. Personalmente, no la conocía.
–Ni tampoco podrá hacerlo. Murió hace un par de meses.
–¡Vaya! Es que ya hace cuarenta años de aquello…
–¿Jamás se le ocurrió contar esta historia?
–¿Qué necesidad tenía? Rehice mi vida, tengo hijos. Nunca me ha interesado. Y ahora mucho menos, cuatro décadas más tarde.
–Pero lo que me cuenta, si es verdad, arroja luz sobre un caso que se considera histórico en Murcia.
–Le digo la verdad. Y lo mismo aseguré entonces a la Policía.

‘La Marquesa’, «una mujer de carácter» en Los Alcázares

La relación de María Antonia García Rico con Murcia era, hasta que falleció hace unos meses, más intensa de lo que parece. La mujer era apoderada de la sociedad C. C. Las Velas S. L., empresa encargada de la gestión de centros comerciales como el que mantiene en Los Alcázares. El marido de María Antonia era socio de la firma. Y entre los cargos figuraba el sacerdote Juan Trujillano.

Figuraba, porque también falleció en mayo de 2013 en Salamanca. Trujillano nombró a María Antonia apoderada de sus empresas y albacea testamentaria. Trujillano era el fundador del colegio La Inmaculada, en Armenteros, dedicado a acoger a niños y jóvenes pobres. Hasta que acogió también a ‘La Marquesa’ y, con el tiempo, acabaron en el juzgado.

En el centro comercial de Los Alcázares, que visitaba a menudo, la conocían bien, como asegura uno de sus arrendatarios. «Era una mujer de carácter», bromea. Y vaya si lo tenía, como pudo comprobar un magistrado en 2013 cuando la juzgó por un presunto delito de apropiación indebida en la compraventa de la antigua residencia universitaria Covadonga ubicaba, mira usted por donde, en la trasera de la Catedral de Salamanca.

El inmueble, propiedad de Trujillano, se había vendido a una sociedad que entregó a cuenta 1,2 millones para levantar los embargos. Pero las deudas no se cancelaron y los compradores denunciaron por estafa al cura y a la mujer. Trujillano murió en mayo de 2013 y durante el juicio, que se celebró en octubre, como albacea del sacerdote alcanzó un acuerdo económico con los compradores, quienes retiraron la denuncia. Hacienda solo recuperó unos 170.000 euros de otra empresa que Trujillano tenía en Murcia. ‘La Marquesa’ resultó absuelta.

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Otro golpe a los saqueadores del patrimonio
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Antonio Botías | 14-02-2017 | 8:44| 0

Cuatro centenares de valiosas monedas que, con solo echarles un simple vistazo, ofrecen una perspectiva de dos milenios en la historia de estas tierras. Esa es la cantidad de piezas que los agentes del Grupo de Patrimonio Histórico y del Seprona de la Guardia Civil ha logrado interceptar mientras sus poseedores, que ahora tendrán que explicar de dónde las habían sacado, intentaban venderlas a través de internet en varios portales.

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La voz del desierto… de La Luz
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Antonio Botías | 13-02-2017 | 11:24| 0

La Voz del Desierto. Mire usted si será rico el diccionario y han venido a llamarlo La Voz del Desierto. Incautos. Me refiero a uno de los grupos invitados al festival de oración que se celebrará esta semana en el colegio Villa Pilar o en el Eremitorio de La Luz, que igual me da. Sí, el mismo cenobio que se está cayendo a trozos sin que a nadie se le caiga la cara de vergüenza. Porque para voz en el desierto, pero bíblica de verdad, la que muchos alzamos desde hace tiempo sin éxito alguno. Aquel histórico edificio, que se desmorona día a día, acogerá “dos noches de adoración musicales, testimonios, unción de enfermos y un concierto. Todo ello bajo el lema: “Venid, benditos de mi Padre”.

Así lo anuncia el Obispado, que tampoco se ha alterado mucho ante las denuncias de ruina. Y lo mismo recomiendo yo: Id benditos míos y, entre rezo y rezo, echad una mano (de yeso, sobre todo) para que La Luz no pase a la Historia. Eso será lo único que salve este enclave, vista la pasividad de los frailecillos que allí se cobijan y quienes, por miedo a que el señor obispo, su eminencia, les de puerta, no alzan la voz ni para cantar laudes. Por cierto, hermanicos míos, deberían haber llamado ustedes a esta quedada La Voz del Desierto… de Salent, que así se llamó el lugar donde moran et poco laboran entre grietas y humedades.

Que a mí me parece genial que ofrezcan a Dios las estrecheces que soportan, pero sencillez no equivale a dejadez. Y la humildad, en no pocos casos, esconde vanidad. Aunque dentro de poco ya no habrá muros en el monasterio que escondan nada. Si es cierto que como decía santa Teresa “la humildad es vivir en la verdad”, la verdad es que el eremitorio de La Luz está hecho una mierda.

 

 

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Los papeles “catalanes” de Murcia
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Antonio Botías | 07-02-2017 | 10:55| 0

A Antonio Ibáñez no le tembló el pulso al teclear en su antigua máquina la exigencia de que le explicaran “cuáles fueron las causas que motivaron para esa empresa despedir al personal de tramoya y electricidad”. Era el tal Ibáñez secretario de la Sociedad de Servicio Escénico, que allá por el año 1927 gestionaba el Teatro Romea. Y su carta, que acabó en el Gobierno Civil, no tendría mayor trascendencia de no ser porque se conserva en la Generalitat catalana. Allí fue enviada por error. Y allí se ha mantenido durante décadas hasta que a un salmantino, Policarpo Sánchez, se le ocurrió reclamar esos documentos que, en su opinión, se custodian de forma ilícita.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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