Anoche salimos a celebrar el día de la cultura ósea, u o sea, y después de que el invierno haya llegado entre nosotros decidimos que para cenar un RAMEN, una pequeña bañera de o-ramen que siempre caliente, reconforta y alimenta.
Para aquellos que no sepan lo que es un RAMEN, aparte de leeros el pozo de la sabiduría, os diré que consiste en un cuenco, a veces bañera, con sopa y fideos. La sopa puede ser de varios tipos y acompañando a los fideos pueden añadirse una sin fin combinación de extras dependiendo del restaurante. Lo normal es que las tiendas de ramen tengan una maquina de tiquets donde uno elige lo que va a comer, saca su tiquet y luego se lo da al camarero que ya te dará de comer.
No teníamos muy claro a que restaurante de ramen ir y es que hay miles de ellos por nuestra zona, pero nada mas bajar vimos uno de aspecto “acogedor” y decidimos jugárnosla. A ver, a ver que salia.
Nada mas entrar, seis personas, todos con pinta de obreros del lugar, una señora de edad indeterminada pero no inferior los ochenta y el cocinero/dueño. Ni un cartel en ingles, ni rastro de la maquina de tiquets… Eso prometía.
Nerea actúa de catalizador y a los dos minutos estamos contándonos de donde eramos y que hacíamos por allí. Mientras tanto yo intentaba entenderme con la señora para pedir el ramen, tan solo teníamos que elegir el tipo de sopa. Miso, soja u otra que no entendí. Miso para todos, a ver, a ver…
Media hora mas tarde teníamos la barriga llega, un restaurante donde probablemente volveremos y empezó la hospitalidad japonesa. Uno de los señores insistía en pagar nuestra cena porque insistía en que el era rico?(????, “el que tiene el dinero”) después de diez minutos discutiendo conseguimos que todo quedara en una foto compartida y que la próxima vez si nos invitaría.
Osea que tendremos que volver, ¿no?
En un remoto pasado
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