PODRÍA SEGUIR SIENDO BUENA, PERO NO QUIERO

Podría ser buena, que sé hacerlo muy requetebién después de tantos años practicando, pero estoy hasta el moño. Podría jurarte amor eterno, que tantas veces he defendido y apoyado, pero me suena tan lejano que de momento lo dejaré en un proyecto de futuro y prestaré atención a vivir solo el presente.

Pues sí señor, podría ser buena, pero no lo voy a ser. De chica buena soy encantadora, pero con el tiempo sería tan predecible que acabaría por volverme sosa, y no quiero vivir con una mochila cargada de aburrimiento y rutina. ¿Quién quiere ser una mosquita muerta, pudiendo convertirme en tu mosca cojonera? Sí, esa que es capaz de aparecer donde menos te lo esperes y hacerte temblar hasta las pestañas.

No quiero cenas con velitas en restaurante francés, prefiero un desayuno con diamantes. No quiero noches de desvelos por desamor, que yo duermo a pata suelta, le pese a quien le pese. Y no es que no me gusten las carantoñas y cariñitos, que a mí me encantan; pero es que, visto lo visto, al final las lágrimas acaban empañando las mejores historias de amor y claro, si ya no queda historia… para qué seguir llorando.

Te prometo que podría seguir siendo buena, pero no quiero, que de eso ya aprendí y más de una vez me costó reparar mi corazón herido. Así que carpe diem, porque a partir de ahora mala seré, y el que quiera buscarme me encontrará, pero no triste ni cabizbaja, sino con los brazos en jarras y con mi mejor cara, y además, de frente.

Tengo ganas de besar con toda esa pasión que tienen los besos clandestinos en el límite de la oscuridad, de esperar a que ocurra lo inesperado, de pasar una noche de ronda al son de una guitarra, de que los días se junten con las noches y que el sol se líe con la luna. Por eso, cuando hago el amor, lo hago con el ardor de una amante, con la pasión de lo prohibido, con ese deseo que se siente cuando crees que va a ser el último… Porque la verdad, jamás sé cuando voy a volver a pillar cacho, que está el mercado muy mal y una no quiere ver las estrellas con cualquiera. Por eso, cuando doy un beso cierro fuerte los ojos para que nada me distraiga y así solo pensar en un “me muero por seguir besándote”. Y cuando río, todo mi cuerpo se sonroja, y todas las sensaciones me atrapan igual que un puñado de mariposas revoloteando tan libres como yo.

Y al que llegue diciéndome que yo soy la primera, le diré que yo quiero ser la última. Y el que llegue diciéndome que me quiere, le diré que antes de esos te quieros hay muchas cosas, demasiadas. Y que esos te quieros se los siga dedicando a su coche, a su tiempo, a sus sueños, a sus amigos… que yo estoy mejor sin tantas artes ridículas de seducción.

Sí, ya sé, podría ser buena, pero no me sirve de nada. Por eso, a partir de ahora las palabras de amor que salgan de mi boca costarán demasiado caras para ser escuchadas. Un te quiero vale por un te amo, y un me gustas, por un amor mío. Podría seguir siendo buena, pero ya no quiero.

Así que cariño, no te me vayas a morir de amor, porque ¿para qué quiero yo un fiambre en mi cama, pudiendo tenerte vivito y coleando sin tener que llamar a un juez para que levante el cadáver por tan absurda defunción?

Si piensas conquistarme, no hace falta que te pases la vida en el gimnasio, ni que te compres camisas de marca, ni que te hagas la manicura. Escucha un consejo, ese dinerito me lo das a mí, y ya verás como yo lo luzco más, y seguro que tú lo vas a disfrutar mejor.

No me prometas la luna si no me la piensas regalar, que ya no me sirven las promesas. No me regales una estrella, si luego me la piensas quitar en la primera rabieta. Y es que es más fácil de lo que piensas, yo me conformo con que me hagas feliz y, si no tienes ni idea de cómo hacerlo, tranquilo, ya te lo iré explicando para que no te equivoques, que de los astros del universo ya me encargaré yo cuando tú te vayas, porque ¿para qué conformarme con uno solo astro pudiendo tenerlos todos?

Voy a ser una niña traviesa a ver cómo me va, que por lo que he oído tienen fama de pasárselo genial y yo no quiero perderme nada, ¡total, tengo las mismas…! Sí señor, sé que si me esfuerzo podría ser mala, y mala seré.

EL TAMAÑO SÍ IMPORTA

A menudo, y aún no sé por qué, me encuentro metida en la típica conversación en la que ellos y ellas se cuestionan la absurda pregunta de que si el tamaño importa. Comprobado, la primera reacción que tenemos las chicas es mirarnos entre nosotras y decir: Sí, si importa.

Pero no solo lo que se está usted imaginando no… porque lo curioso de este asunto, es que todo el mundo siempre piensa en el tamaño de lo mismo. Ellos porque se les encoje la entrepierna al hablar del tema y a ellas porque se les produce exactamente el efecto contrario.

¿O es que no importa el tamaño de mi trasero? ¿O el tamaño de la pechuga de aquella que lleva la camiseta a punto de estallar? ¿O el tamaño de sus ojos? ¿O el tamaño de las barrigas cerveceras? ¿O la largura de mi pelo? ¿O el tamaño de su cartera? ¿O el tamaño de su corazón?

Pues claro que importa, no tengo ni idea de quién dijo que no, supongo que sería algún erudito que intentaba justificar algo que la naturaleza le negó.

Y si no que se lo pregunten a él, que las puertas no se hicieron para cerrarle el paso, ni las camas para acurrucarlo, ni los zapatos para vestir sus enormes pies.

Aunque a mi lo que más me llamó la atención del grandioso deportista Romay, aparte de su inmensa sonrisa que contagiaba alegría, fue cuando abrazó mi cintura para posar delante del fotógrafo, y es que necesité mis dos manos para que no tocara sin querer… lo que solamente se toca, cuando toca.

MAYO ES ASÍ, Y YO TAMBIÉN

Mayo es así, el mes en el que se me revoluciona todo. Mis hormonas se visten de sol de mediodía, mi piel se vuelve apetecible y, mira lo que te digo, porque el asunto está de capa caída, que si no los ojos y lo que no son los ojos se me irían hasta los culos de los albañiles cargados de ladrillos, ¡pero quedan ya tan pocos…! A albañiles me refiero, que culos creo yo, que queda alguno que otro.

 Mayo es así, el mes de las sensaciones, pero a veces ocurre que paso mucho tiempo envuelta entre silencio, y claro, acabo hablando sola. Ya sé que las mujeres tenemos fama de no callarnos ni debajo de la ducha, pero después de mucho observar a las féminas que me rodean, e incluso a mí misma, tengo que decir que sí, que es muy, pero que muy difícil callarme. Hay momentos de esos a los que llamamos: me ha dado el puntazo o estoy que exploto y entonces me da por hablar en voz alta para ver si me escucho bien fuerte y bien clarito. Aunque digo cosas de las que luego me arrepiento: “Me retiro de ir a saraos”, “No salgo más de aperitivo” “Adiós para siempre” o aquella gran mentira que siempre me viene a la cabeza en esos mismos momentos: “No me vuelvo a enamorar”, y así sigo inspirando cada rincón de mi casa. Miro a ese trozo de sofá y le grito un te quiero, a la lavadora un: tú a callar que hoy a ti no te toca… y termino deseando que el silencio se convierta en una mano que me acaricie el pelo mientras me susurra al oído:

–Me gustas tanto, que solo con mirarte se me eriza todo el cuerpo.   

Y es que mayo es mi mes, sin duda alguna. Ya sé que hay otros que tienen días llenos de vacaciones y sal, y otros cargaditos de regalos venidos de oriente, pero yo definitivamente me quedo en este, con sus recuerdos empapados de risas en una barra de bar, con encuentros fortuitos de los que nace el amor, con el sabor de mi boca después de aquel primer beso…

Pero mayo también huele a soledad, y vuelvo a ella y a mi casa, o mejor dicho, a mi cocina, que no sé porqué pero aunque haga mil mudanzas, siempre me toca de premio la misma habitación. La plancha me agobia, la ropa arrugada grita mi nombre. Al teléfono una amiga, la tabla monísima de Ikea, cenicero con brasas de un cigarro eternamente encendido, la radio puesta y un pensamiento: “Mejor lo dejo para mañana…”

–¡Socorro! Necesito un argumento sólido o un pellizco de ánimo… un algo para empezar a planchar o abandonarla definitivamente. ¿O un mayordomo con culo de albañil?

–Pues hija, tú estás muy mal, ehhh– me dice la amiga que coge nuevo tema de conversación y aprovecha para recordarme que esto es cosa de mis queridas hormonas.

Al colgar el teléfono vuelvo a mi paraíso doméstico, doy una profunda calada al cigarro y me pongo a planchar con la misma gracia que una modelo se desliza sobre la pasarela Cibeles. Y sigo soñando y soñando… ¡total es gratis!

Ahora le toca al cava, brindo por el mes de las bodas, de los aniversarios, de las flores que nunca llegaron, y veo subir burbujas, una por cada ilusión, me lleno de sensaciones y también una segunda copa.

Suena de nuevo el teléfono, otra vez ella:

 –¿Has acabado de hacer la cena? Te noto un poco rarita, ¿estás bien? Anda con cuidado, no se te vaya a quemar y la tengamos liada y termines por acudir el cuerpo de bomberos en pleno.

No sé qué tiene de raro, siempre que me pongo sentimental me da por lo mismo, limpio, cocino… Lo reconozco, las tareas domésticas me desahogan. De pronto me veo, reflejada en la cristalera del balcón, con mi vestidito de estar por casa, el pelo desordenadamente recogido, toda una Cenicienta moderna. Comienzo a girarme, despacio, sin prisas, me miro de arriba abajo, igual que lo hacía él. Con lo mona que soy y aquí agarrada a la fregona ¡qué desperdicio! Y sin esperarlo, suena a todo volumen mi canción favorita. La fregona me mira, yo la acaricio y me pongo a bailar por todo el pasillo…

Mis sentidos se van calmando, menos mal porque aún me queda mucho mes por delante, y yo me siento primavera, porque si soy capaz de bailar con una fregona, de planchar cantando, de romper el silencio, de decirle te quiero a un mueble… ¿De qué no serán capaces mis hormonas si se me ocurre dejarlas sueltas? Mayo es así, y yo también.

EL QUE QUIERA QUE LO PILLE

Si uno más uno nunca han sumado cinco, ¿por qué me empeño yo en pensar que existe el hombre perfecto? ¿Aquel que vive en mis sueños, ese que me da besos con sabor a fresa y que busca la forma de hacerme feliz con sorpresas? ¿Aquel que, por cosas del destino, aparece un día cualquiera y se encuentra conmigo y sus ojos no pueden separarse de mí y se vuelve único, porque lucha por lo que quiere en contra de vientos y mareas, y consigue conquistarme con una sonrisa vestida de noche?

Pero yo no pierdo la ilusión, y siempre creo que todo es posible, así que no me rindo y sigo erre que erre. Pero como no me fío ni un pelo, procuro que mi razón domine a mi corazón, que no es cuestión de dejar que salga lo mejor de mí a quien no se lo merece, porque al final lo pago yo pasando una mala temporada cuando todo ese dulce amor vestido de mojito se acaba, y conociéndome… fijo que al final viene alguien y la caga:

Una vez conocí a uno de aquellos amantes a la antigua que sólo usan sus manos para sacarte de paseo, y entre bostezo y bostezo se tiene que ir urgentemente a hacer la compra o solo sale después de la siesta. Ese “divertidísimo” pronovio que me había echado, llegó un día y me dijo:

–Estoy confuso.

A este ni con un GPS emocional le aclaro yo las ideas.

–Además, está lo de mi madre. Ya sabes, nunca le gustaste.

Pero ni yo, ni ninguna, ¡ni que fuera la madre de Psicosis! Pues mira lo que te digo, que yo me sé el argumento y no pienso quedarme esperando la escena de la ducha, ¡ni de coña!

–Quizá si nos diéramos un tiempo… y después vemos más adelante qué sentimos.

Aquí ya no puedo reprimirme ante tanta majadería junta, y eso que intento callarme, pero cuando me calientan… se me dispara la lengua y me despacho de lo lindo:

–Eso de darnos un tiempo… ¿es la versión light de “Tú a Boston y yo a California”?

Pero como por naturaleza has sido lento en el entender, y tómalo como un cumplido, vas e intentas arreglarlo:

–En fin, que creo que te mereces algo mejor.

–Ni que lo digas, te tomo la palabra. Buenas tardes. Vamos andaaa, que no estoy para perder el tiempo. Total, nada.

Después de tantas idas y venidas acabo dándole la razón a aquellos que me regalan su compañía y consejos. Pero cuando escucho un: “Lucha por lo que quieres”, me miro y me doy cuenta de que llevo luchando demasiado tiempo, pero quizá solamente por esquivar problemas y que no acaben rozándome, como cuando me subo a mis tacones para estar más lejos del suelo y más cerca de acariciar las nubes.

Pues eso, que de cobardes está el mundo lleno y no voy a ser yo menos, que a algunos les falta mucho valor, mucha hombría para tomar decisiones, y muchos h… Pero claro, a ver quién es el guapo que pasa por encima de los miedos, porque te juro que  hasta yo me acojono.

Cuanto más difícil es la decisión a tomar, más es el gustazo que siento cuando por fin la tomo, pero qué jodido es el camino que une la duda con el éxito. Que sí, que a lo mejor me equivoco, que quizá esto es un puntazo y luego me voy a arrepentir, que mira que si es cuestión de más tiempo…

–Pero nena, ¿a quién quieres engañar a estas alturas? Si la relación no funciona, antes de que caduquen los yogures de tu nevera, lo suyo es que te despidas en plan canción de Pimpinela, te das media vuelta y largo.

Y es que lo mejor de todo es no esperar ni pensar en nada, porque si me da por desear un hombre cariñoso, detallista y correcto, entonces seguro que el pozo de los deseos va y me manda al osito mimosín, ese que no pasa del antebrazo ni llevándolo al huerto.

Así que nada de meditar más. Pues no, ni el corazón ni la razón han ganado, al final la madre naturaleza es la que me ha meneado toda por dentro y me ha gritado a los cuatro vientos:

–¡Nena, tú lo que estás es… pero que muy desaprovechada!

Así que visto lo visto, me da igual que las matemáticas no funcionen en esto del amor, porque este pedazo de mujer seguirá disfrutando con besos sabor a fresa y con risas escondidas en una noche de primavera. Que ni tu madre ni la mía mandan aquí más que la madre del cordero. Y el que quiera que lo pille, y el que no, que se quede vestido de osito de peluche esperando que pasen más primaveras por delante de sus narices.

TAN TRANSPARENTE COMO YO

Muchas veces he oído aquello de: “Todo depende del cristal con que se mire”, ¿pero se ha parado alguien a pensar que el problema está en otro tipo de cristal? Sí, ese a través del que yo me miro.

Y es que no es lo mismo que mi sonrisa se refleje en una copa de vino adornado con buena compañía, o que mi mirada se esconda tras unas tremendas gafas de sol ocultando lo que mis ojos dirían si te mirara, que en el irrepetible momentazo que vivo cuando acudo a la cita que tengo todos los días frente a mi espejo. Jamás de los jamases me veo igual. Oye, es como si tuviera mil caras.

Me ocurre lo mismo cuando paseo por las calles, y de repente, como si fuera una ráfaga, veo mi reflejo en un escaparate y entonces me paro, desando lo andado y me miro. Si yo soy la misma, ¿por qué no me veo igual cada vez que me asomo?

Sí, ya sé que soy mujer y también sé que es un poco difícil entenderme, no porque sea rara, que alguna manía tengo, pero es que no siempre está una para tirar cohetes y cuando me pongo sensiblona, no me entiendo ni yo. En vez de alegrarme si alguien intenta hacer malabarismos para sorprenderme o me dan un beso inesperado, entonces me quedo de lo más cortada y todavía es peor si me nota que me ha recorrido de arriba abajo un calambrillo que me deja con cara de quinceañera y del que soy incapaz de recuperarme, e irremediablemente termino más colorada que un farolillo de feria.

Pero no solo los cristales y los espejos reflejan, porque a mí, si te fijas bien y me miras tranquilamente la cara y los ojos, te das cuenta de que soy un libro abierto y, muy a mi pesar, más transparente de lo que debiera.

Hay algunos días que por más que le sonrío al espejo, él me devuelve una mirada tristona, y entonces como buena mujer, y sé lo que tengo que hacer en estas circunstancias:

Primero llamo a alguna amiga y me desahogo. Luego a la peluquería derecha, me hago la manicura, que unas manos bonitas dicen mucho, y finalmente directa a comprarme algo de ropa sexy. Sí, ya sé que parece un poco frívolo, pero que tire la primera piedra la que no lo ha hecho nunca.

Vamos a ver una cosa, ahora que lo pienso, los hombretones ¿qué hacen? Porque me da a mí que a la pelu no se van, y lo de la manicura… es cosa de pocos.

Pues quitando excepciones, que las hay, tienen dos salidas urgentes para subirse los ánimos. Una, irse al trabajo y la otra, largarse con los amigotes a ligar. Y si tienen la suerte de triunfar esa noche, todos, absolutamente todos los males se les pasan; pero como sea una de esas salidas en las que no pillan nada de nada, su reflejo acaba impreso en el cubata que les da una camarera guapísima que insinúa sus encantos a ese maravilloso cliente que va a acabar bebiéndose hasta el agua de los floreros. Sí, así de sencillo.

Y con esto no digo que nosotras no nos vayamos después a ligar, que por suerte también lo hacemos, pero antes de llegar a eso hago una parada en boxes, o mi espejo me dice: “Nena hoy es tu noche”,  o yo me quedo en casa, ¡que ya vendrán días mejores!

Tengo amigas con las que me encanta ir al cine los domingos, otras con las que disfruto cerrando los bares y algunas con las que las interminables conversaciones juntan la comida con la cena; pero el único que me conoce de verdad es ese cristal que me acompaña vaya donde vaya, es él quien me avisa si me faltan unos centímetros de tacón o si hoy toca salir con cara sonriente, aunque solo sea para darle en las narices a un exnovio o porque me tengo que comer el mundo, antes de que él se atragante conmigo.

Todo depende del cristal en el que me mire. Así que voy a coger un buen trapo, de esos que no dejan pelusas ni rayajos, y voy a darle una limpieza a fondo, para que sea tan transparente como yo. Puede que en ocasiones se me suban los colores por dejarme ver a través de él, pero la mayoría de las veces la que gana soy yo, porque miro hacia afuera sin que nada me lo impida. Aunque visto lo visto, entre tantos espejos, cristales y copas, llega un momento en que me pongo de colores y así, me mire donde me mire, siempre encontraré un matiz que me haga sentirme especial, y llenar mi mirada con todos los del arco iris brillando en mis pupilas.

EL LADO OSCURO DE LA LUNA

He pasado un tiempo sentada en el lado oscuro de la luna, y desde allí arriba, protegida por la lejanía, he visto girar la tierra y he aprendido mucho porque además de partirme de risa con los trajines que se montan, que entre faldas y pantalones hay más cuernos que en la casa de un torero, además he podido ver el amor desde muy alto, sin dejar que me roce lo más mínimo, y más parece un juego de fuerzas que un bálsamo de caricias y besos. Y mira por donde, lo que más he echado de menos por encima de todo, son esas caricias y esos besos. Por más que lo intento, no consigo recordar cuál fue exactamente el día en el que se me ocurrió dar un salto tan grande que me pasé de lista y perdí el contacto con el suelo por demasiado tiempo.

Así que, para no volverme a perder, pienso pisar bien fuerte y tenerlo todo atado y bien atado, pero siempre con la picardía de tener varios frentes abiertos. Primero el indiscutible plan A, pero si falla hay que poder contar con otras alternativas en forma de plan B, C… o cualquier plan, que hay momentos que no es cuestión de ponerse demasiado tiquismiquis.

Yo siempre soy fiel a mi plan A y concentro en él todas mis energías, es la única
puerta que abro, es mi decisión, mi pasión. Pero lo que no puedo prometer es que siempre, siempre el plan A sea para el mismo personaje, noo… Que a veces el elegido en cuestión no quiere ser plan de nada ni de nadie.
Entonces, entorno un poco esa puerta y abro otra, ¡qué diantres¡ Que siempre me levanto diciendo aquello de: ¡hoy puede ser un gran día! Toque el plan que toque.

Para no liarme los tengo clasificados:

–PlanA… me muero de ganas, sé que tendré una maravillosa velada, que beberé de su copa, que me tocará el pelo y lo sentirá entre sus dedos, que pasearé de su mano por
la calle.

–PlanB… pues va a ser que tiene mucho peligro, porque es capaz de llevar a varias a la vez por delante, y si me descuido me puedo enamorar y apostar directamente
por formar parte de un harén. Va a ser que no, que al final me hago amiga del resto
de las concubinas y él se convierte en el bufón de la corte.

–PlanC… la cosa es que llevo días dándole vueltas, y oye, que noto yo un gusanillo
cada vez que lo veo, y me hace ojitos y carantoñas cuando estamos juntos, pero, es que…

–¿Qué peros, ni qué leches?– me sermonea una amiga–. Que dejes de ponerles
pegas a todos.

Realmente el problema está en que dos planes A se junten, porque es muy normal
que las cosas de las parejas anden a menudo un poco descompensadas. Que si ahora me muero por tus huesos y tú pasas de mí, que si te ha dado por decirme que me quieres justo cuando el plan B ha entrado en mi corazón, que me tienen harta,
y me dejo al A y al B con los garbanzos a remojo y me voy de fiesta con el C, y que luego van y se enteran todos y se van a emborracharse juntos todos mis planes y me quedo compuesta y sin novio por avariciosa… ¡Con razón se ha gastado tanta tinta
en hablar del amor! Aunque mucha más aún se ha gastado en llorar un desamor, que mira que el tema es jodido.

–Es preferible querer y después perder, que no haber querido– me digo mientras
canto frente al espejo, y me sonrío al volver a ver esa cara de mujer valiente que anda dentro de mí y que tantas veces me ha dado suerte en esta vida. Mis ojos brillan al sentir que mi sonrisa es más grande que mis penas, y me río al oírme cantar, porque anda que desafino…

Ya no quiero estar más tiempo en el lado oscuro de la luna, ahora me voy a sentar en
el pico de una estrella, porque ha llegado el momento de que la luz llene mis días. Así que voy a buscar el camino a casa, y dando un salto pisaré de nuevo el suelo, pero con
cautela y despacio. Y sí, respiro profundamente, pero el aroma a libertad es demasiado fuerte, y creo que incluso me estoy mareando y no quiero volver a perder el rumbo. Y si ni mis planes ni los suyos vuelven a coincidir, será una lástima, pero al fin y al cabo, el
amor es un juego donde puedes ganar o perder, pero sin olvidar que el placer está en jugar. Y siempre puede ocurrir que mi última opción pueda pasar a ser la primera y la única.

QUE LOS PITOS, PITOS SON

A mí me huele ya a chamusquina, y no es que esté quemada, ¡qué va! Que yo soy como toda hija de vecina y a veces me enciendo más de la cuenta, pero después de algún que otro incendio ya he aprendido que cuando se ve el humo, hay que apagar el fuego. De todas formas, hoy a la que le toca ponerse ardiendo hasta conseguir que sus cenizas vistan el cielo es a otra. Pitos, pegatinas, charangas y mucha bulla se van colando por mis venas para acabar estallando en forma de fuegos artificiales, esos que hacen brillar en mis ojos las ilusiones cumplidas… ¡Y las que me quedan, que son aún muchas, más que las que cumplí!

Por los rincones de mi casa me tropiezo con el refajo enredado con la túnica nazarena, ¡mañana será otro día y ya me ocuparé de encontrarle su sitio, que no puedo hacerlo todo a la vez! Que este cuerpo mío me pide salir a la calle una vez más, que vaya semanita que llevo, si es que ya no distingo los días que salgo de los que entro… ¿O será que desde hace dos semanas no he vuelto y se me ha juntado la luna con el sol, los nazarenos con los huertanos y los sardineros con los tunos?

Me tumbo en mi sofá a intentar coger fuerzas para el día que me espera, que voy a necesitar y muchas, porque pienso ser la última en recogerme, que a mí hoy no me acuesta nadie. Cierro los ojos y me viene a la cabeza una locura, porque yo fantasiosa y enredadora soy un rato, y me imagino por un instante vestida con un traje lleno de brillos y desde mis hombros, como por arte de magia, crece una capa convirtiéndome en un instante en todo un sardinero con bolsa de abalorios y juguetes incluidos.

De pronto se me escapa una risita picarona y me digo:

–¿Y si me animo y salgo de esta guisa a la calle?

Y yo que me creo que estoy sola… ¡ay pero si a mi lado hay un pequeño geniecillo que es el que ha convertido mi ilusión en realidad!:

–Un último deseo te voy a conceder –me dice alargando su manecita y apoyando una varita entre mis muslos. –Si quieres ser un apuesto sardinero, un pito tendrás que llevar.

¡Ay madre, en que lío me he metido! ¿Y qué hago ahora yo con esto entre las piernas, que no puedo ni sentarme, ni andar?

–¡Solo si tienes pito, tú pitarás!

Y de esta manera me encuentro, con capa y pito, y se me pone el cuerpo bailón y me junto a la charanga de un grupo sardinero y me apunto al lío dejándome llevar al ritmo de la ciudad.

–¡Sardinero, dame un regalo! –me asaltan miles de manos pequeñitas y pringosas de caramelos.

–¡Qué regalo ni que nada, si mi principal problema es colocarme bien “eso”!

Lo que me faltaba, un bombón de tía se me acerca en busca de algo, pero por mucha capa sardinera que me haya colocado, yo no estoy dispuesta a plantarle en sus dos buenas razones ninguna pegatina. ¡Que alguien me salve de esta! Le doy un quiebro y se la paso a un compañero de fatigas, que bien que la recibe y la llena de alhajas y pegatinas.

Mis ojos se me van directos hacia una esquina y me concentro en un grupo de maromos que anda hoy de cervecitas. Alguno de estos no se me escapará, pero para mi sorpresa salen huyendo con cara de pocos amigos. ¡Los pobres me confunden con un sardinero rarito! ¡Con lo que yo hubiera disfrutado dándoles un buen pinchacito al ponerles un pin en su trasero o donde ellos se hubieran dejado!

Por más que busco no sé cómo hacer para que aparezca este genio mío que en sardinero cambiado me ha convertido. Que los pitos, pitos son y la capa se me enreda y, lo que es peor, que no sé dónde esconderme para que las mozas comprendan que hoy no estoy en situación de ligar, que prefiero que me presenten a sus amigos en lugar de estar con ellas. Hasta creo que se me nota, que bajo la capa, mis maneras son otras.

Me pienso plantar delante de la sardina y bajo sus llamas dejar que su calor abrace mis sentidos y mirarnos cara a cara, que así es como hay que decir las cosas, bien alto y muy clarito, porque a partir de ahora llevaré cuidado con los deseos que me pido, que luego me sale el tiro por la culata. Que yo no quiero ser nada más que la que soy, y que ningún pito convierte en hombre ni en sardinero, a quien ni en sueños lo es.

¡Y TOÍCAS LAS PENAS SE OLVIDAN!

Con las últimas estampas de nazarenos, capirotes y caramelos, el sonar de los  tambores deja paso a los cantares de antaño. Ya sólo queda guardar en el armario las túnicas y esperar un año más. Pero en esta tierra naíca nos hace llorar. ¡Almidonad enaguas, zaragüeles y demás! ¡Los que se fueron de puente, ya están por llegar! La ciudad espera, sus barracas a punto de estallar, llenicas de mi gente con ganas de migas, paparajotes y una olla de michirones a rebosar. Y es que ya llegan, que ya están aquí ¡Qué pijo! ¡Por fin las Fiestas de Primavera… para darnos una panzá de disfrutar!

El refajo de mi madre con dos metros rizado en la cintura ¿y mi figura? A mí hoy qué más me da, mi culo parece una mesa de camilla, tapaíca hasta los pies, qué bonico mi delantal bordado, pero eso sí, esparteñas siempre con cuña y las ligas flojitas para que se escurran a cada rato y con esa excusa yo me remango y estiro mis medias de hilo que hasta los muslos me llegan. Miles de alfileres sujetan mi mantón al corpiño, hoy quien quiera algo más… se terminará por pinchar, flores en el pelo cogidas y un clavel reventón tapando el canalillo.

Sí, así de mona me voy a poner el martes. Aunque parezca que no, voy de lo más sexy, porque eso se lleva en la mirada y ese día, en cualquier picoesquina, con algún huertano sonriente me voy a tropezar y así todo me sabrá mejor… La bota de vino que te pasan los de enfrente, la ristra de morcillas que llevan aquellos en el carro, el burro adornado con ramas de limonero. ¡Animalico, lo que tiene que aguantar!

Si alguna forastera me pregunta por los mozos de mi tierra:

–¿Dónde están los de las corbatas y los de las camisas de diseño?

–A hacer un mandao todos se han ido. Que hoy toca llevar bien calzaos los zaragüeles, chaleco, montera, faltriquera y ¡eso sí! una faja bien apretá que les agarre su barriga cervecera.

Me siento murcianica, por dentro y por fuera. Aunque, tengo que confesar que, a parte del liguero, mi ropa interior la llevo de puntillas y encaje, no vaya a ser que algún año alguien me cante eso de:

“Arriba… abajo… que a mi novia le he visto el refajo…

Abajo… arriba… que a mi novia le he visto la liga…”

Y aparezca con las bragas de cuello alto y de ganchillo que gastaba mi bisabuela, porque nunca se sabe lo que dará de sí esta semana, aunque me temo que yo sí lo sé, por mucho que digan todos los que vienen a la capital:

–Acho tío, tira pa’Murcia que hoy ligas seguro.

Pues mira lo que te digo, como a mí nunca me ha ocurrido, que mis enaguas vuelven a casa igual de blancas y almidonadas que salieron, cuando dicen esto, se me escapa una sonrisa picarona y me hago la disimulada.

Así que este año, tengo la corazoná de que algún zagal me va a cortejar, le pienso dar mi clavel y el número de teléfono también, ¡faltaría más! Mira que a la semana aún le quedan días retozones en los jardines y a mi sardina ya le están preparando el paseillo en lo alto dela GranVía, ¡y qué bonico debe ser verla quemar amarrada al mozo que el día del bando se encandiló de mi refajo! Y entre fuegos artificiales, humo y cenizas… ¡ay, Fuensantica que me da la risa y toícas las penas se me olvidan!

Y con permiso de los entendidos mi bando me atrevo a proclamar, porque igual alguno pica y salgo luciendo mi refajo subida a la grupa del caballo de un apuesto huertano:

“Como er disfile ese, que llaman er Bando ela Güerta, ya d’enseguía s’acerca y como entavía naide m’a hecho denguna prepuesta pa allevarme a una barraca  y pa que tenga tiempo y riserve mesa pa platicar con esta güertana tan moerna. Posí, moerna, y quío dicirlo, mirando mu arto. Yo soy de mi paire y de mi maire, y asin m’an parío, y que ca cual, es ca cual y ar que no le buste que le vayan dando… puerta. Yo pido una cosiquia, que si anguno me tié argo qu’icí que me lo iga abora. Asín que ya lo sabéis,  me confirmáis l’riserva  (sin daos patás n’el culo), pa que yo puea llevar mu bien arreglaó mi moñico. Y m’echo er mundo a cuscaletas y asín, a casico hecho, m’apunto al juntamento, hasta espuntar er día. ¡He dicho!”. La tía Mar y Cleo.              

EL QUE ME QUIERA, QUE ME QUIERA COMO SOY

La luz de primavera golpea mi ventana, ardiente y sensual, cargadita de flores. Las tertulias en las terrazas ponen la música de fondo, el frescor de la madrugada se junta con los quereres de la luna y me hace recordar que dentro de poco los días se llenarán de sueños y fiestas, con tambores vistiendo las callejuelas, los refajos esperando para ser lucidos y con fuegos artificiales que iluminarán mi mirada.

Porque tengo un cuerpo de vacaciones que no me puedo aguantar ni yo y porque con cualquier excusa me pongo los tacones y salgo disparada a disfrutar. Aunque esta vez, para variar y sin tener previsto nada, quiero subirme al tren que más me guste y embriagarme con aventuras que alteren mis sentidos, porque mi mejor plan es que no hay ningún plan.

Con las sábanas aún pegadas disfruto sintiendo el suelo en mis descalzos pies, con mi melena alborotada y mi cafelito entre las manos carraspeo y me lanzo a cantar con voz de recién levantada:

 –¡Ojalá que llueva café en el campo! Y de ahí me paso en un pispás a Serrat: ¡Hoy puede ser un gran día…! ¡Hala, a bailar bajo la ducha! Y sigo sin perder el ritmo: ¡Para hacer bien el amor hay que venir al suuuur! De pronto, ante el espejo, me sigue y me persigue: ¡No me mires, no me mires, que no me he puesto el maquillaje-je-je! Y como nadie me mira, puedo hacer todas las tonterías que me dé la gana. Aunque desafino, lo paso genial, y esto no ha hecho nada más que empezar. Y es que quiero calarme de alegría… y al que no le guste el amor, que se salte esta estación. El que vaya con el corazón frío, que se cambie de acera. El que crea que después de la cena me lo voy a comer… ¡ha acertado!

Entonces recorro toda mi casa y abro las ventanas para que entre ese cielo vestido de primavera, y me lanzo y abro las puertas de mi corazón de par en par dejando que entre brisa fresca para ventilar las tristezas y arrastre el polvo que llevo acumulado. Después, juro que voy a tirar la llave al pozo de los deseos, que a partir de ahora va a ser mi mejor aliado.

Y claro, con tanto polen flotando, hasta me he vuelto más sensiblona y con cualquier piropo o mirada especial me pongo colorada, porque tengo la sensación de que a veces la edad del pavo vuelve a mí para recordarme que me quiero como soy.

Me empeño en decir que el amor existe, ese amor incondicional, apasionado,…  y me da igual que digan: “No existe, solo son enamoramientos oportunistas, hasta que aparece otra y…”. Me niego a perder la esperanza y que todo se haya vuelto tan frívolo y pasajero. Estoy segura que un día me cruzaré con una sonrisa, con una mirada limpia y con unas palabras sinceras. Algunas veces, estando tumbada, he creído que estaba ahí, sobre mi almohada, aunque después aprendí que en realidad eso no se llama amor.

La cosa es que con este historial amoroso que llevo, que para mí queda, a veces creo que si alguno aparece a mi vera, como lo diría yo… sí, “el definitivo”, el incauto se va a encontrar con un muro de hormigón armado. Visto así, ¡vaya responsabilidad la mía! Ya me veo haciéndole preguntas trampa a cuenta de aquel mentiroso que por no ser, no se llamaba ni como él me dijo. Seguro que soy capaz de decirle: ¡Ahí te quedas!, en el momento más pasional, por venganza de aquel otro que siempre se daba la vuelta y él venga a roncar y yo venga a mirar el techo. Y por no hablar de que con el tiempo me he vuelto más espía que 007, he desarrollado toda una ciencia de seguir el rastro de los infieles, ¡ay del pobre que se deje el móvil olvidado en una esquina o las llaves de su coche a mi alcance…!

–Sí, sí…tú mucho decir y luego eres más inocente que una flor– me suelta una amiga.

Quizá a lo mejor lleva razón, que luego nada de nada.

–Mira, el me quiera, que me quiera como soy, y si he de caer en sus brazos, pues qué le voy a hacer, al final caeré y la incauta seré yo. Pero que conste que caigo porque quiero.

Me vuelvo a mirar al espejo y es ahora cuando me doy cuenta de que la que está llena de luz es mi sonrisa, que en mis ojos se reflejan las flores de la calle y que por fin ha llegado el momento de que la música suene para mí y los fuegos artificiales escriban mi nombre en un cielo estrellado de una noche de primavera.

AROMAS ENVUELTOS EN FEROMONAS

Tanto tiempo esperando para emborracharme con el perfume a azahar, tanto tiempo esperando a que un rayo de sol descocado y atrevido se cuele por mi escote y acaricie mis piernas, tanto tiempo…

Pero ya está aquí. Vestida tan solo con una atrevida minifalda y maquillada con un bello atardecer es capaz de hechizar a cualquiera, porque es tan retozona y pícara que incluso espabila a todos los maromos amuermados por la rutina del invierno. El tímido se vuelve verborreico, el tacaño se hace espléndido y hasta el soso es capaz de cantar por soleares. Afloran los golfos, las infidelidades se convierten en una película de aventuras por conquistar un beso, los mejores juegos del amor se ponen en marcha llenando el patio de aves de corral luciendo sus plumas, pavoneándose y cacareando al oído de quien quiera dejarse susurrar.

Un aroma envuelto en feromonas llama a mi puerta recordándome que la que tiene que florecer soy yo, que aunque lleve todo el año sintiendo que puedo saltar de flor en flor como si fuera la abeja Maya, es ahora cuando mi sangre burbujea al ritmo de una copa de champán, y entre sorbo y sorbo, un piropo zalamero del hombre que se acomoda a mi lado.

Yo, como me conozco y sé que soy un rato enamoradiza, por estas fechas tengo que andarme con cuidado:

–Que mira que de todo esto tienen la culpa las mariposillas revoloteando de corazón en corazón– me digo antes de salir a la calle–. Nada de andar cimbreando las caderas al ritmo con mi melena, que luego por una tontería me da por hablar con el primero que pasa y suelto sonrisas por doquier y todo se complica, porque a ver cómo me las maravillo yo para salir del paso y conseguir que él siga su camino y me deje a mí seguir el mío, que mira por donde, casualmente va en sentido opuesto. ¡Y es que hay cada pesado suelto por las calles… que no se aguantan ni ellos!

Es cierto, venga con frío o calor, la primavera me altera. Y así paso los días, unos me da por estar más helada y silenciosa de la cuenta y otros me coloreo con canturreos al amanecer. Me pierdo en la primavera dejándome enredar, porque mira que es liante la muy traviesa, que entre alergias y estornudos, y que si ahora tengo frío y en un rato calor ¡Vaya, si va a resultar que nos parecemos más de lo que yo creía!

Cuando a ella le da por llover, más que llover diluvia, cuando a mí me da por llorar, más que llanto es una larga llantina. Pero en las mañanas radiantes y luminosas, tendrías que verme a mí, y con tantos cambios, me acaloro, me destemplo… Y claro, al final la fastidio y me pillo unos constipados de escándalo, porque una cosa es ser organizada y otra es pretender organizar al tiempo. Que no he terminado de guardar mis plumas y de colgar mis camisetitas, cuando zas, bajada de temperaturas e incluso se atreve a nevar para llevar la contra a mi blusa de florecitas. ¡Que estoy harta de que con la caída del sol y sin unos buenos brazos que me envuelvan, me dé un repelús y tenga que largarme a casa a taparme bajo la manta!

¿Y ese ¡Vámonos a la playa! inesperado que de pronto surge? ¿Pero es que aún no se ha dado cuenta el mundo mundial que a una mujer, así de pronto, no se nos puedes hacer esa propuesta? Porque por muy depilada que una vaya en invierno, la depilación de verano es otra cosa, tiene que pasar la prueba de la lupa, y no solo en las piernas ¡qué va! Pues anda que no hay zonas peliagudas como para decir “sí a la playa”, así, sin ton ni son. Y como me niego a confesar que necesito un repaso en las ingles, pues entonces cojo y me hago la estrecha y suelto:

–¡Huy, a ver si te crees que yo me voy a la playa con el primero que me lo pida!– y mira lo que te digo, que piense lo que quiera.

Tanto tiempo con la sangre congelada y ahora, la primavera vuelve a subir por mi copa de champán y se me sale por los poros. Te miran mis estrógenos y me responden un montón de testosteronas que van a cien por hora. Y mientras brindamos por la química, la primavera avisa, y los campos se llenan de requiebros y salen flores de mis manos, y si te acercas más sabrás que huelo a yerba recién cortada. Y como el que avisa no es traidor, ya sabes: “Si no quieres polvo, no vayas a la era”, porque hoy va a ser el primer día de muchas primaveras.

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