Llegábamos tarde a un sarao nocturno, decidimos pasar de los controles de los ‘picoletos’ y cogimos un taxi. El conductor sonrió y se le iluminaron los ojos, no sé si fue por lo lejos que estábamos de nuestro destino o por la suerte de llevar en su coche a dos mujeres subidas a unos tacones de vértigo, vestidas como para ir a Hollywood y muertas de risa.
– Mira, en esa heladería me cité por primera vez con un chico.
– ¿Tu primer novio? – me preguntó mi amiga.
– Pues sí, fue el primero– contesté cerrando los ojos relamiéndome al recordar el sabor de aquella bola de chocolate.
– ¡Qué bonito! El primero nunca se olvida.
– Yo tengo muchos primeros-novios – le dije con una sonrisa pícara.
– Cómo???
– Está el primero que se me declaró, el primero que me besó y cómo no, el primero con el que perdí la inocencia.
El taxista que iba escuchando la conversación no lo pudo resistir e intervino con cierta guasa:
– Ja,ja…– reía sin dejar de mirarme por el retrovisor– Perdonar, pero es que no había oído nunca algo así. Yo creo que primer-novio sólo debería haber uno, aunque ya veo que las mujeres nos engañáis fácilmente, nos dais mil vueltas.
– ¿Engañaros? Al contrario, todos los hombres tenéis algún encanto o alguna habilidad que os diferencia de los otros. ¿O eres de los que piensa que sois todos iguales?
– No, iguales no, pero más sencillos sí. Aunque a vosotras no hay quien os entienda.
– Pues presta atención que no es tan complicado. La cuestión es hacerle creer que es el primero en algo, como si participara en una prueba deportiva: el primero en llevarte a ese restaurante, el que mejor te ha besado, con el que más has disfrutado…
Nuestro joven e impresionado conductor se ofreció como taxista personal a nuestro pleno servicio hasta la hora que fuera.
¿Hay mayor satisfacción que, sin ser un deportista musculoso ni atlético, consigas que una mujer te coloque una corona de laurel?

