La Verdad

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Autor: MarCleo
San Capullín
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Mar y Cleo | 12-02-2017 | 9:31| 0

Hay fechas en el calendario para todos los gustos. Están las fiesteras, divertidas, familiares, inolvidables… pero si hay un día al año que puede ser traicionero, no es otro que el dichoso 14 de febrero. Lo cierto es que tan peligroso es olvidarlo como recordarlo, dependiendo lo emparejado o desemparejado que estés, porque como seas de estos últimos, toca soportar el rollo pastelón hasta decir basta.

Y de pronto un día me doy cuenta que en la radio ya no hay anuncios de rebajas, debe ser que ya lo han vendido todo, que ya nadie está de oferta y que la famosa cuesta de enero la hemos superado como hemos podido. Pero no, el enemigo no ha desaparecido, qué va, el malvado está agazapado y, cuando más tranquila estoy, de pronto en las emisoras suenan ese “Bailar pegados” de fondo mientras te restriegan por la cara miles de menús donde vivir la magia del amor al increíble coste de una noche en París, pero sin hacer las maletas y sin torre Eiffel. Y claro, el que más o el que menos, echa cuentas y entre el regalito cursi con mensaje grabado, la cena empalagosa, la copa de después y tal… Pues eso, que quizá el revolcón está asegurado, ¡pero a qué precio!

Hace años tomé una medida para que este día dejara de ser una mancha en mi calendario. Unas veces era por tener que celebrarlo quisiera o no y otros por no tener contra quién disfrutarlo y a soportar el bajón como podía. Entonces opté por que ese día fuera el  perfecto para hacer algo realmente auténtico en mi vida, era el ideal para que jamás olvidara las dos mejores y más importantes decisiones que he tomado en toda mi existencia y así lo hice: tal día como el 14 de febrero es y será el doble aniversario de mi salud física, porque dejé de fumar y de mi salud emocional, porque vi marchar a un personaje innombrable en mi existencia. Y así maté dos pájaros de un tiro, por eso, yo, esté como esté, tengo para siempre asegurada celebración para este día, sola o acompañada, aunque creo que eso es lo más importante.

Y yo me pregunto, ¿quién es el responsable de este revuelo de baladas, corazoncitos y velas encendidas? ¿Cupido? ¿San Valentín? Pues como no lo sé ni me aclaro, yo he decidido que para no quedar mal con ninguno de los dos y, dados los efectos que produce en las almas cándidas que caen en sus efectos, me ha dado por llamarlo el Día de San Capullín. En el fondo reconozco que un poco sí que me gusta, aunque no lo quiera confesar, que me despiertes con mensajitos llenos de emoticonos o que de pronto subas la escalera del trabajo detrás de un matorral de flores a lo Richard Gere…, y eso que estas son solo un par de ideas que doy por si alguien se quiere dar por enterado. Lo dicho, que nadie está libre de volverse ese día un poco capullín y seguro que estamos disculpados.

¿Y si nos diera por vivir el día de los enamorados durante todo el año? A lo mejor no hay cuerpo que lo resista, pero yo voy a hacer la prueba, porque anda que no tiene que dar gusto ni nada un epitafio que ponga: “Murió de tanto amor” y que cada uno piense lo que quiera, si ya lo dice Sabina:

“Porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren…”

¡Y eso sí, si se ha de acabar el amor, que sea de tanto usarlo, como en la copla! Que a mí no me vengas con el cuento ese:

-Pero si ya lo sabes tú, ¿para qué quieres que te diga que te quiero?

Pues mira guapo, nunca pongas aprueba lo que una mujer sabe o no sabe, así que tú por si acaso no dejes de decirme todas esas cosas que supones que sé, no sea que se me olviden y venga otro a recordármelas, porque para entonces ya está el lío montado y no será porque no estés avisado, ¿eh?

Yo no quiero que me lleves a París, quiero que vayamos a París. Yo no quiero que me compres flores, quiero que me regales flores. Yo no quiero que me quieras, yo quiero que nos amemos. Yo no quiero que seamos él y ella, yo quiero que seamos nosotros sin dejar de ser tú y yo. Yo no quiero un solo día señalado en el calendario, yo quiero 365 días de San Capullín con flores o sin ellas, pero llenos de pasión.

Nos guste o no, el día 14 está ahí merodeándonos ya, solos o no, pero eso sí, nunca mal acompañados. Con flores o sin ellas, con o sin cena, con regalito o sin él, y nunca olvides que… ¡siempre nos quedará París!

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Cincuentón erectus
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Mar y Cleo | 05-02-2017 | 11:15| 0

Hace tiempo que dejé libre los taburetes centrales de la barra de los garitos en favor de esas que buscan sentir la noche por cada poro de su piel o para las que su autoestima está en ese delicado espacio entre dos cuestiones indiscutibles. Desde entonces decidí que no hay nada mejor que ciertos lugares estratégicos donde observar, sin ser vista o donde tomar la iniciativa de quedarme o salir de allí, sin tener que dar explicaciones.

Y desde esa trinchera de pronto mis ojos se fijan en un prototipo de la noche, en un espécimen denominado cincuentón erectus. Es fácil de identificar, se pasea lo mismito que John Wayne en el oeste con su estrella de sheriff y con una pistola en cada mano dispuesto a disparar a la primera oportunidad. Ojea a la de la barra, se acerca, da un repaso al trasero intentando intuir la delantera… ¡es lástima que ya no se fume en los bares, aquel viejo truco de pedir fuego de su época hubiera sido útil! Aún no está por echar el anzuelo, es temprano y, claro, no es cosa de tirarse a la piscina en el primer charco. De pronto se gira, desde lejos noto que apunta su gatillo hacia nosotras, mi amiga me suelta:

-¡Anda, mira, ahí se acerca el George Cloone de la noche! Uff, ¿por qué no sale algún Velencoso en mi busca?

-¡Tierra, trágame! Este Cloone tiene nombre, apellido y esposa, amiga mía de toda la vida.

Y ahí se acaba la noche de fiesta y comienza la terapia de barra de bar. Y yo le escucho por un oído y por el otro mi amiga me cuenta que se larga, que no está ella para oír más de lo mismo… Otro marido que lleva meses durmiendo en el sofá, otro que necesita espacio, otro que no siente complicidad, otro que está en un momento de su vida que necesita un proyecto que le haga vibrar, otro… que cumple 50 y pretende hacernos creer que está lleno de vida por vivir, en lugar de reconocer que lo que está es acojonado porque esto parece que va en serio, que ya no hay vuelta atrás y que se niega a creer que haya llegado a la cincuentena sin haberlo podido remediar.

Es curioso, tengo amigas de todas las edades y las que no están a tope acabando las carreras, están sacándose los doctorados, los máster o montando su propia empresa. Y de pronto, sin saber muy bien cómo, un embarazo se le amontona con el siguiente y qué, pues que van licenciándose en la vida de madres, esposas y directoras generales de lo que les echen, pero sin mucho tiempo para más. Aunque eso sí, hay tiempo para todos. Cuando se acaban los biberones, llegan los deberes y las prisas de una extraescolar tras otra. También tengo amigas que se pasan las noches de los fines de semana en las puertas de las discotecas, más muertas que vivas, esperando recoger a sus cachorros, y llega la selectividad y todos pasamos el examen, y la universidad de los hijos y… También llega un día en el que por fin tenemos unos minutos y nos miramos al espejo, ¿y? Pues que esa que está ahí necesitaría un retoquillo por aquí, un repaso por allá, pero claro, ahora no es el momento, ya lo pensaré otro día. Quizá ese día es el mismo en el que tu contrario, que también se ha mirado al espejo y después te ha mirado a ti, se dice:

-¡Qué poco se parece mi parienta a las tías de las pelis que veo a escondidas! ¿Qué hago yo aquí perdiéndome un mundo lleno de sensaciones?

Y mientras, mi amiga no se entera, y sigue buscando ese momento oportuno para dejar de dedicarse a los demás, para ocuparse de ella…

A los 50 se llega sí o sí, pero en diferentes ligas, según cómo ande el bolsillo, claro. Y toca comprar el barco, la moto o la bicicleta, y comienzan esos domingos de “necesitar mi espacio”. Ale, ya está la excusa oficial para desaparecer horas y horas… ya luego se verá si es para tanto esta nueva afición o tiran más otras aficiones inconfesables.

Cumplir 50 años puede dar vértigo, es cierto, pero lo que tiene que dar es subidón por no tener que explicar a la que tienes al lado que a veces necesitas un abrazo porque también lo necesita ella; es genial porque para qué apuntarse a un gimnasio, si ella ya sabe que nunca tuviste los abdominales marcados y de paso así dejas de hacer el ridículo poniéndote las camisetas ceñidas de tu hijo. Cumplir 50 es la mejor ocasión para volver a partir de cero, esta vez sin chupetes ni biberones, pero con las mismas ganas de amarnos, con muchísima más sabiduría y menos tonterías que a los 20.

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Este frío traicionero
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Mar y Cleo | 29-01-2017 | 11:21| 0

Lo de la cuesta de enero debe ser una ironía, porque ya estamos a las puertas de febrero y a mí me sigue costando y mucho. La verdad es que nunca creí que este frío, que me tiene acobardada a mí y a las esquinas de mi casa, alguna vez fuera a ser mi aliado. Este frío traicionero creo que es la mejor excusa para que en los asuntillos del querer esté claro que una no está para calzarse un picardías ni para andar haciendo la danza de los siete velos como antesala de una locura retozona. Así que con esa excusa no he tenido que explicarle a nadie que la única ropa sexy que me entra son los tangas, porque anda que no me está costando descomer roscones, mazapanes, polvorones, cenas de Navidad, caldos con pelotas…

La verdad es que voy disfrazada de esquimal, pero de esquimal embarazada, porque después de ponerme una camiseta térmica, una sudadera, un forro polar mío y otro heredado de mi hermano, creo que al fin estoy entrando en calor. ¡Y qué decir de estos calcetines de peluche de colorines que me calzo! Vamos, que mejor va a ser hacerme la desaparecida por una temporada, me niego a que ninguno de mis posibles o incluso de mis imposibles me vean de esta guisa. No hay peor cosa que pedir los deseos sin estar muy convencida, reconozco que yo digo todas estas tonterías con la boca pequeña y va el destino y me la juega:

-¿Y ahora qué hago? ¡Llevo desde el verano esperando su visita, va y me dice que se presenta ahora, con este frío!

-¿Has probado a comprarte un calefactor?

-Será un calefactor y un aspirador come-michelines.

Y en estas estoy, ¿y si enciendo un montón de velas a ver si así se caldea un poco la casa y de paso con la penumbra se me disimulan las curvis?

En mi desesperación e indecisión me tiro al sofá, igual cambiando de canales se me calma esta ansiedad, que mejor va a ser así que con una tableta de chocolate en la mano. De pronto doy un frenazo en mi carrera frenética entre canal y canal. Y ahí está ella, lo cierto que es una mujer impresionante, no sé si es fruto del bisturí o de la naturaleza, pero lo reconozco, Melania es una mujer arrebatadora o quizá habría que inventar otra palabra para describir tanta belleza junta. Y después voy y me miro, así con estas pintas que llevo de andar por el igloo, pero es curioso, en lugar de sentirme acomplejada, me siento la mujer más afortunada del mundo. Es verdad que no tengo medidas de infarto, es cierto que mi melena no parece la de una princesa de Disney, reconozco que mi fondo de armario está más para ponerlo bocabajo que para colocármelo en mi cuerpo, pero lo siento Melania Trump, tengo la suerte de no compartir ni mi mesa, ni mi cama, ni mi inteligencia con un descerebrado pelo-panocho. Quizá nunca llegaré a tener un cochazo con chófer, joyas inconfesables ni avión privado, pero me encanta saber que el hombre que está a mi lado está porque me quiere y yo le quiero, le gusto y él me gusta y, sobre todo, porque mi felicidad no tiene precio ni mi dignidad me la costea su cuenta bancaria.

Y de pronto, noto como que mi cuerpo entra en calor, me empiezo a quitar capas y capas de ropa… ¡he vuelto a ser yo misma! ¡Qué gusto cuando hago las paces con mi autoestima y dejo de echarme en cara los buenos ratos del pasado, esos que con el tiempo quieren transformarse en remordimientos! Pues no, mi religión me prohíbe salir de shopping sexy en enero, ¿y qué, pasa algo? Es una medida de índole económica, por esas cosas de la recuperación monetaria de esta dichosa cuesta de enero.

Señor Ministro, haga usted el favor de tener un poco más de sensibilidad con el asuntillo este del recibo de la luz, que aquí, el que más y el que menos, tiene sus necesidades y me parece muy cruel que vayamos a utilizar como método anticonceptivo la subida del precio del kilovatio, que tengamos que andar racaneando en calefacción y termine por faltarnos el arrojo suficiente para atrevernos a hacer un estriptis a nuestro contrario, ¡mire que al final todo esto se paga y no en euros, sino es crisis amorosas!

Pues eso, que no va a haber frío que me acobarde, ni michelín que me acompleje. Los expertos lo dicen, la carne de gallina tiene su punto sexy en el cuerpo femenino y, además, lo tengo comprobado, son mis ojos los que se van a estas curvas peligrosas, mientras que, curiosamente, los ojos de él están más en intentar no quedarse helado, aunque solo sea por temor a que este frío traicionero le juegue una mala pasada.

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Ola de frío, ola de pasión
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Mar y Cleo | 22-01-2017 | 12:38| 0

Me gusta pensar que las olas de frío no son un castigo de los puritanos por lucir minifaldas y escotes atrevidos. Yo soy más de imaginar que el malhechor es Cupido que, haciendo una de sus travesuras, agita al viento con la nieve y a las nubes con las bajas temperaturas. Sea la culpa de quién sea, yo estoy encantada porque a mí con este frío me entra tontuna amorosa y le sigue una urgencia inminente de vivirla con desenfreno.

Sé que es una tontería, pero es que yo sin una chimenea no sé sobrellevar una ola de frío, y como decía mi abuela: “¡Ya está todo inventado!”. Conecto el plasma a la aplicación Chimenea, y elijo una entre: romántica, chisporroteadora, asando castañas… Y aquí estoy, deseando que llegue mi cita, porque por mucho que nos rodeemos de todas las energías caloríficas posibles, contra el frío, la mejor calefacción es la pasión y además… ¡es energía renovable!

Dos copas de vino, una alfombra, un puñado de cojines, un edredón de plumas… mi camiseta de corazones y un par de calcetines con dibujitos cubriendo mis pies.

Todo mi cuerpo tiembla y no de frío. Mi piel vibra mientras tus caricias se enredan en mi sinvivir. Mi respiración sigue en un rumbo perdido. Mi corazón dejó hace tiempo a las pulsaciones palpitar a su ritmo. Tus palabras en mi oído relajan mis sentidos y despiertan algunos silencios olvidados. Ya no queda palmo de mí sin que se esconda un beso secreto. Un nosotros cara a cara, sorbo a sorbo, copa a copa. Al fondo, Alicia Keys susurra lo que nuestros besos murmuran. Siento fuego quemando mis venas, y las horas pasan y a cada minuto vamos a un más allá sin retorno. Fuera, el aire helador vuela. Dentro, las brasas se encienden. Desde hace rato no sé nada… no sé hacia dónde nos lleva esta ola de frío, esta ola de pasión envuelta en abrazos y arrumacos.

Si cierro los ojos aún puedo revivir la fogosidad clandestina, claro, que tal y como terminó la cosa, como para olvidarlo… Tus piernas se lían con las mías, tus manos me buscan, tus besos me comen, tus ímpetus tiran la lámpara, la lámpara rompe las copas, los cristales se esparcen por toda la alfombra, mis pies, por no pisarlos, se enredan en la alfombra y mi culo termina estampado contra la falsa chimenea que chisporroteaba románticamente en el plasma y mi trasero, mis piernas y toda yo aquí estamos, en el pasillo de urgencias, esperando una cura a tanto desatino.

Las horas sobre una camilla, sin esperanzas de ser atendida, son muuuucho más largas que las de una tarde-noche de romance ardiente, porque a mí esas se me pasan en un pispás y me quedo con ganas de seguir. Un viejecito a mi lado, un niño llorando el pobrecillo a todo lo que da y una jovencita con cara de no haber vuelto aún a casa en la hora fijada,… Y tú, a mi lado, y tu mano con la mía. De vez en cuando me das el parte meteorológico y me dices, que de aquí no nos vamos, que fuera hace un frío que te pelas, que solo faltaba que, además de llevar el culo como un colador y una pierna apuntando en dirección contraria, este cuerpecito mío se resfriara. Y yo te escucho y todo me parece de mentira. De vez en cuando miro a mi alrededor a ver cuándo van a salir las cámaras de la tele diciéndome que es una broma, porque esto a mí no me puede estar pasando de verdad. Te pellizco suavemente el brazo y sí, estás aquí, a mi lado, sin excusas baratas ni prisas, sin un “luego te llamo si eso…”, te has quedado y no te vas. ¡No te importan las horas infinitas que llevamos esperando en urgencias!

-No me importan estas interminables horas, solo me importas tú.

Y yo te miro y, de pronto, como si fuera magia, una chimenea virtual se enciende a tu lado y vuelvo a escuchar, de música de fondo, nuestra canción favorita, como las baladas de las películas cuando el protagonista va a besar a la chica. Pero no, no es mi imaginación, la música es real, sale de tu móvil y tu beso me calla por un momento, mientras que el pasillo de urgencias se levanta en pleno y nos hace la ola… una ola de amor, una ola de pasión.

A ver si después de tantos recortes, va a ser buena idea suplirlos por el calor de maravillosos instantes de amistad, cariño y amor. Yo solo sé que a los diez minutos de nuestro beso, ya no quedaban pacientes por reconocer. Allí estábamos todos al revoltillo: médicos, enfermeros, camilleros y enfermos disfrutando y riendo de lo lindo. Y como una ola, la emoción recorre los pasillos porque no hay mejor tratamiento que ¡un buen achuchón!

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Amores rebajados, ni queridos ni guardados
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Mar y Cleo | 15-01-2017 | 11:23| 0

Atrás quedaron los días en los que era capaz de hacerme la enferma con tal de faltar ese día al trabajo y ser la primera en entrar como las locas en las tiendas y llevarme las mejores ofertas. Atrás quedaron, entre otras cosas, porque las cámaras me inmortalizaron y ahí estaba yo, abriendo el telediario, mientras mi mesa de la oficina estaba vacía y mi jefa, casualmente, comía en el bar en el que los titulares del informativo vociferaban desde el televisor el comienzo de las rebajas de enero. Y como ante una evidencia no cabe la mentira, la mejor arma es una evidencia mayor, por eso acabé regalándole el maquillaje de alto standing de ganga que había comprado para mí, por esas cosillas de aquí paz y después gloria. Pues sí, todo el mundo tiene un precio, aunque rebajado.

Por eso y por más, he llegado a un momento en mi vida que me niego a ser una rebajadicta. Yo me lo compro y si no, lo suelto y lo dejo. ¿Por qué esperar a que alguien tire por los suelos su precio o lo amontone de cualquier modo para que sea mío? Las cosas valen lo que valen, y cuanto más valor tengan, más difícil se nos hace y su interés sube. Porque vamos a ver, cuando me imagino que soy una ricachona, no me veo comprándome un cochecillo a plazos ni rebuscando en Wallapop a ver si me ahorro la pasta, ¿a que no?

-Yo puede que no tenga el dinero, pero la ilusión por algún caprichillo no me falta- suelto toda convencida.

-¿Y cuánta ilusión de esa tuya necesito yo para que me den a mí el descapotable que quiero?

-Es que el problema no está en la cantidad de ilusión, sino en poner la ilusión en el lugar equivocado.

Me gusta desear lo que no tiene fecha de caducidad, por eso me cuido mucho de esos amores que un día vienen cargados de valores y al tiempo los pierden. Yo me quedo con el amante que me hace tocar el cielo con mis manos, con ese que hace que mis mañanas sean desayuno con diamantes y mis noches veladas de luna y pasión. Yo estoy en alza, así que ahí dejo los que andan en rebajas y se ofertan al mejor postor.

En mi paseo matutino voy y hago la prueba del “escaparate”. Me paro, los miro, me miran, me los imagino puestos, incluso llego a desfilar sobre ellos en mi fantasía y hasta siento cómo mis pies entran y se dejan acariciar por su suave piel. Me siento tan alta y tan inalcanzable, que incluso me reencarno en una de esas famosillas que salen en las revistas dentro del ranking de las más elegantes. Pero de pronto, vuelvo y aterrizo en mis viejos zapatos, desciendo desde el glamour virtual y sigo mi camino como si esos taconazos no estuvieran ahí haciéndome ojitos y el precio de tres cifras no parpadeara a su lado. Mientras me alejo de reojo les miro y les digo: ¡Hasta mañana!

Confieso que no siempre soy capaz de resistirme al escaparate, que la tentación es mucha y la voluntad poca. Y entonces lo compro y, como si de una niña traviesa se tratara, llego a casa y dejo el paquete en una esquina, de vez en cuando paso y lo miro y noto su atracción fatal. Unas veces me dan remordimientos del dineral que me he gastado y otras veces me alegro un montón porque ya no tengo que pasar por la dichosa tienda más y volver a decir: ¡Hasta mañana! De pronto, un día decido que le ha llegado el momento, que hoy tengo cuerpo de niña pija y que no pienso esperar ni un minuto más para el estreno. Me lo pongo y, como si se hubiera producido una transformación desde mi cabeza a los pies, me convierto en otra. Mi ilusión tenía un precio, es cierto; pero su valor se lo doy yo y ese, es incalculable.

En mi vida no caben los saldos ni las gangas. Yo soy más de lo auténtico, cueste lo que cueste. Y además cuanto más inaccesible, mejor. ¿Para qué quiero un amor regalado si no me esfuerzo por conseguirlo y hacerlo mío? ¡Vaya aburrimiento!

-¡No hay quién os entienda a las mujeres!

¡Frase entre las frases!

-¡Pues bien fácil es, que si yo lo valgo, quien me rodea también lo ha de valer!

Cariños, caricias, besos, abrazos, arrechuchos y demás zarandeos amorosos, sí, y cuantos más mejor; pero todos esos amorcitos mucho mejor después de una sesión cañera, de esas que nos descolocan y que si no vienes tú, tenga yo que salir a tu encuentro… ¡y nada de entregarte enseguida, qué va! Porque ya sabes que a mí me va lo imposible, lo auténtico, lo inalcanzable, lo difícil y lo valioso. Y además, los amores rebajados; ni queridos ni guardados.

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