La Verdad

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Dibujando corazones
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Mar y Cleo | 11-12-2016 | 10:42

Arrebatarme, sulfurarme, hacer las maletas, arrancar el coche y estar con los pies metidos en una chimenea a dos horas de viaje del causante de mi mal genio, fue visto y no visto. Y lo que es peor, es que sé que tengo razón, aunque no me acuerdo de qué. Me viene a la cabeza un yo te digo y tú me contestas, yo te vuelvo a decir y tú vas y, en lugar de responderme, te quedas callado. ¿Y ahora qué? ¿Piensas que castigándome con la crueldad del silencio infinito vas a hacer que me replantee este noséqué que me ha llevado hasta aquí? Pues no, así que como soy muy coherente con mis arranques, voy y me largo yo sola y sin mirar atrás.

Y aquí estoy, sin más explicaciones, sin dejar rastro, sin cargador del móvil y sin un montón de cosas que, con las prisas, no he metido en la maleta… y, sobre todo, sin recordar qué puñetas me hizo arremolinarme así de esta manera. ¿Y ahora qué? ¿Cojo y llamo a mi padre para decirle que sí, que tiene razón, que con este genio que me gasto no me aguanta nadie?

La verdad es que de vez en cuando da gusto una escapadita al inframundo de una misma, ese paraíso en el que las cosas suceden cuando yo decido, donde suena solo la música que a mí me gusta, la tele está en el canal que a mí me apetece y el horario de levantarme, acostarme, comer o leer lo marca el reloj del cuando me dé la gana.

Y todo empieza con una chimenea encendida con chispitas que suenan como las de las películas, con una taza de leche calentando mis manos y, entre sorbo y sorbo, me pego a los cristales que comienzan a empañarse y lentamente ante mis ojos todo empieza a volverse blanco, el suelo, los árboles… Nieva y nieva. Y yo sigo enredando mis sensaciones, deleitándome con el susurro del silencio y la caricia de la soledad. Acerco mi dedo al cristal y, como cuando era pequeña, dibujo en la ventana corazoncitos con flechas atravesadas. Y de pronto siento que ya no me queda ni pizca del mal genio que me hizo darte con la puerta en las narices. Por no quedarme, no me queda ya casi ni batería en el móvil…

Y de pronto me despierto, ya es de día. Detrás de la cortina veo un pedazo de paisaje de tarjeta de Navidad, enterito para mí. Salgo y toco la nieve con temor porque sé que da mal rollo tener las manos frías sin que haya alguien después que me las apretuje entre sus muslos para que entren en calor. Arranco el coche buscando un bar con encanto, con café y con tostadas de esas que serán las mil calorías más deliciosas del día. Decidido, desayuno en la barra, no hay cosa más deprimente que la soledad de una mesa de restaurante rodeada de mesas atestadas de parejas, familias y amigotes.

Después llega la tarde, la noche, el caldito caliente, el bocata de chorizo casero de la carnicería del pueblo y el ensordecedor y desesperante silencio de un móvil sin batería. Poco a poco este maravilloso puente que me prometí, comienza a transformarse en un túnel inmenso sin luz al fondo. Empiezo a estar harta de tener yo la primera y la última palabra. En este paraíso me empieza a faltar vidilla, esa que saca estos arranques tan míos y esas venidas tan tuyas en forma de abrazos, caricias y silencios. Te diría que te echo de menos, te llamaría y te pediría que vinieras a nuestro refugio de siempre, te abrazaría sin dejarte respirar, te tiraría por los suelos hasta llenarte de nieve los bolsillos…

¿Y qué se hace cuando por fin he decidido que prefiero ser feliz antes que tener razón? ¿Y cómo resuelvo ahora este lío en el que yo sola me veo por arrebatada? ¿Será capaz mi pedazo de orgullo de meterse por donde quepa para dar paso a la sinceridad de un te quiero?

Y de pronto el cristal de la ventana se llena de corazoncitos con flechas y juro que yo no los he dibujado. Y a lo lejos veo un camino entre la nieve y estoy segura de que no es el de mi coche. Y al otro lado de la puerta apareces tú detrás de un ramo de flores inmenso y un abrazo que huele a noches de pasión y a ya está bien de tonterías y a un hazme un lado en el sillón que yo también quiero meter los pies en la chimenea.

Me dejas sin palabras, sin mal genio y sin ganas de seguir sola y aburrida un día más de este puente arrebatado que, con razón o sin ella, me he montado yo solita.

Sobre el autor Mar y Cleo

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