La Verdad

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Puede ser mi gran noche
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Mar y Cleo | 18-12-2016 | 09:11

Presiento que estoy despierta, más muerta que viva, pero despierta. Antes de abrir los ojos hago una inspección anatómica y no hay un palmo de mi ser que no se arrepienta de todo. Así las cosas, noto que no me atrevo con mi realidad, porque no vaya a ser que este pasado reciente se vuelva contra mí. Intentando engañarme, decido despegar las pestañas de un solo ojo y el otro lo dejo guiñado, que no estoy muy segura de que esté preparada para aceptar mi cruda verdad. Horror, solo veo uno de mis zapatos de tacón, ¿será posible que volviera cojeando al estilo Lina Morgan? Rápidamente se me encienden las alarmas, pero no, desde aquí puedo ver que el equipo está al completo: ¡pantys, sujetador y braguitas han vuelto a casa sanos y salvos! Desde la tranquilidad que da el no recordar nada, pero con la seguridad de que no tengo pruebas de lo que arrepentirme, me levanto y voy derecha a la ducha a ver si me ayuda a recuperarme de esta amnesia postcena empresarial.

Lo cierto es que la culpa la tengo yo, bueno, yo y mi falta de voluntad, que es billete asegurado para un desatino prenavideño. Me juré nunca más ir a la cena de Navidad y al final no tengo palabra. El agua corriendo por mi cuerpo y el café atravesando mis venas son el mejor antídoto para reencontrarme. Y poco a poco me empiezan a despertar en mi cabeza el tráiler y las tomas falsas de anoche.

Tantas leyes inútiles que se sacan estos políticos y qué pocas son para lo verdaderamente importante. Yo prohibiría radicalmente que coincidieran la cena de empresa navideña, las cervecitas, los vinos, el cava, los chupitos de garrafón con el karaoke.

Mira que tiene días el año, mira que paso horas en el trabajo, mira que en todo este tiempo jamás se me ha escapado ni un parpadeo ni un suspiro cuando lo veo pasar por delante o cuando se agacha para reponer el papel de la fotocopiadora y ese culito respingón grita mi nombre. Y yo me sujeto a la silla y me pongo como una loca a jugar al Candy crash. Que no sepa que bebo los vientos por él, por sus encantos y por ese no sé qué que me tiene loca. Pero no, el primer mandamiento de la ley laboral jamás se debe incumplir: “Donde tengas la olla…ni lo intentes, ni lo sueñes, ni lo pienses”. Y yo juro que lo cumplo a rajatabla, juro que voy a ser fuerte, pero está claro que mi fortaleza y la chispera de una cena navideña son incompatibles.

¿Quién fue el muy… que me puso el micrófono en la mano y la canción de Camilo Sexto en la pantalla? Cuando lo pille, lo mato:

“Y ya no puedo más, y ya no puedo más. ¡¡¡Vivir así es morir de amooor y por amor tengo el alma herida!!!”.

Y yo allí dándolo todo, entregada a la pasión de un amor secreto, envuelta en los efluvios del garrafón y con los ardores de una cena pagada con los recortes del tacaño de mi jefe. Y yo allí, a dos centímetros de su cara, a un segundo de despacharle un morreo etílico y a medio palmo de caer en sus brazos.

Creo que es mejor no seguir recordando, me temo que el lunes voy a estar indispuesta por una larga temporadita. A ver quién es ahora la valiente que se planta allí, delante de todos, después de haber sido la reina de la fiesta… ¡Tierra, trágame!

Y de pronto mi móvil resucita, otro que también vuelve de la resaca. Veo el parpadeo verde de los whatsApp y se me enciende la luz de alarma a mí. Desde lejos y de reojo lo miro, es de un contacto desconocido. Pues no sé qué es peor en estos casos, porque si peligrosos son los conocidos, vete tú a saber qué me puede llegar de un desconocido. ¿Qué hago, lo miro y se me pone el doble tic en azul o lo dejo ahí olvidado hasta que parezca que todo me importa un pito? Vale, lo reconozco, entre mi prudencia y mi curiosidad, siempre vence la misma. Claro, que así me va.

Doy a la flechita del vídeo, se me ponen los pelos de punta, los por dentros se me descomponen y las ganas de querer morirme se multiplican. Desafinar, no desafiné, eso he de reconocerlo. Pero todo lo demás fue para no contarlo: indescriptible, inenarrable, impresionante, impensable y todos los in- que me pueda merecer.

Y de pronto, el móvil vuelve a vibrar, es el desconocido otra vez:

“Prefiero que cantemos juntos por Raphael: “¡Qué pasará, qué misterio habrá,
puede ser mi gran noche!… ¿Te atreves?”

Pues sí, me atrevo. Total, no tengo ya nada que perder y además… ¡puede ser mi gran noche!

Sobre el autor Mar y Cleo

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