La Verdad

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Ola de frío, ola de pasión
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Mar y Cleo | 22-01-2017 | 11:38

Me gusta pensar que las olas de frío no son un castigo de los puritanos por lucir minifaldas y escotes atrevidos. Yo soy más de imaginar que el malhechor es Cupido que, haciendo una de sus travesuras, agita al viento con la nieve y a las nubes con las bajas temperaturas. Sea la culpa de quién sea, yo estoy encantada porque a mí con este frío me entra tontuna amorosa y le sigue una urgencia inminente de vivirla con desenfreno.

Sé que es una tontería, pero es que yo sin una chimenea no sé sobrellevar una ola de frío, y como decía mi abuela: “¡Ya está todo inventado!”. Conecto el plasma a la aplicación Chimenea, y elijo una entre: romántica, chisporroteadora, asando castañas… Y aquí estoy, deseando que llegue mi cita, porque por mucho que nos rodeemos de todas las energías caloríficas posibles, contra el frío, la mejor calefacción es la pasión y además… ¡es energía renovable!

Dos copas de vino, una alfombra, un puñado de cojines, un edredón de plumas… mi camiseta de corazones y un par de calcetines con dibujitos cubriendo mis pies.

Todo mi cuerpo tiembla y no de frío. Mi piel vibra mientras tus caricias se enredan en mi sinvivir. Mi respiración sigue en un rumbo perdido. Mi corazón dejó hace tiempo a las pulsaciones palpitar a su ritmo. Tus palabras en mi oído relajan mis sentidos y despiertan algunos silencios olvidados. Ya no queda palmo de mí sin que se esconda un beso secreto. Un nosotros cara a cara, sorbo a sorbo, copa a copa. Al fondo, Alicia Keys susurra lo que nuestros besos murmuran. Siento fuego quemando mis venas, y las horas pasan y a cada minuto vamos a un más allá sin retorno. Fuera, el aire helador vuela. Dentro, las brasas se encienden. Desde hace rato no sé nada… no sé hacia dónde nos lleva esta ola de frío, esta ola de pasión envuelta en abrazos y arrumacos.

Si cierro los ojos aún puedo revivir la fogosidad clandestina, claro, que tal y como terminó la cosa, como para olvidarlo… Tus piernas se lían con las mías, tus manos me buscan, tus besos me comen, tus ímpetus tiran la lámpara, la lámpara rompe las copas, los cristales se esparcen por toda la alfombra, mis pies, por no pisarlos, se enredan en la alfombra y mi culo termina estampado contra la falsa chimenea que chisporroteaba románticamente en el plasma y mi trasero, mis piernas y toda yo aquí estamos, en el pasillo de urgencias, esperando una cura a tanto desatino.

Las horas sobre una camilla, sin esperanzas de ser atendida, son muuuucho más largas que las de una tarde-noche de romance ardiente, porque a mí esas se me pasan en un pispás y me quedo con ganas de seguir. Un viejecito a mi lado, un niño llorando el pobrecillo a todo lo que da y una jovencita con cara de no haber vuelto aún a casa en la hora fijada,… Y tú, a mi lado, y tu mano con la mía. De vez en cuando me das el parte meteorológico y me dices, que de aquí no nos vamos, que fuera hace un frío que te pelas, que solo faltaba que, además de llevar el culo como un colador y una pierna apuntando en dirección contraria, este cuerpecito mío se resfriara. Y yo te escucho y todo me parece de mentira. De vez en cuando miro a mi alrededor a ver cuándo van a salir las cámaras de la tele diciéndome que es una broma, porque esto a mí no me puede estar pasando de verdad. Te pellizco suavemente el brazo y sí, estás aquí, a mi lado, sin excusas baratas ni prisas, sin un “luego te llamo si eso…”, te has quedado y no te vas. ¡No te importan las horas infinitas que llevamos esperando en urgencias!

-No me importan estas interminables horas, solo me importas tú.

Y yo te miro y, de pronto, como si fuera magia, una chimenea virtual se enciende a tu lado y vuelvo a escuchar, de música de fondo, nuestra canción favorita, como las baladas de las películas cuando el protagonista va a besar a la chica. Pero no, no es mi imaginación, la música es real, sale de tu móvil y tu beso me calla por un momento, mientras que el pasillo de urgencias se levanta en pleno y nos hace la ola… una ola de amor, una ola de pasión.

A ver si después de tantos recortes, va a ser buena idea suplirlos por el calor de maravillosos instantes de amistad, cariño y amor. Yo solo sé que a los diez minutos de nuestro beso, ya no quedaban pacientes por reconocer. Allí estábamos todos al revoltillo: médicos, enfermeros, camilleros y enfermos disfrutando y riendo de lo lindo. Y como una ola, la emoción recorre los pasillos porque no hay mejor tratamiento que ¡un buen achuchón!

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