La Verdad

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Guerras y paces
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Mar y Cleo | 02-04-2017 | 12:02

Hay guerras que no se sabe bien quién las declara, ni cómo ni cuándo comienzan. Y sin que me diera cuenta, de pronto, me encontré en campo enemigo en pleno fuego cruzado. Y entonces comenzó el atrincherarse, el no cogerme el móvil, el bloquearme en todo lo bloqueable y desde ese enroque te llegó la cobardía sin dar la cara ni explicaciones, un hasta luego Lucas y un ahí te quedas, así, sin más. ¿Qué hacer con una declaración de guerra en toda regla, sin merecerla ni saber a cuento de qué viene?

Y en ese sinvivir se aprende a vivir. Al principio tuve ganas de plantarme en tu cara y soltarte un: “¿Y a ti qué puñetas te ha picado para que me despaches así, sin un porqué?”. Pero decidí descolocar al contrario, es mejor ser impredecible. En lugar de tomármelo a la tremenda, te pagué con tu misma moneda y saqué toda mi artillería al grito de: “¡No hay mayor desprecio que no hacer aprecio!”. Y entre tus desprecios y mis no aprecios, la batalla se convirtió en guerra fría, y ni tú ni yo, ni yo ni tú nos dijimos más, y mientras, el enemigo se frotaba las manos desde su escondite. Por la misma puerta que viniste, te fuiste, y tal día hizo un año, o dos, o tres… ¡perdí hasta la cuenta!

Durante ese tiempo no me faltó quien me viniera con el cuento de tus devaneos, idas y venidas, escarceos y desatinos; y yo lo escuchaba, y me decía, a mí plin y seguía mi camino o eso creía. No me permití flojear, tengo un principio inamovible: “Lo que es para mí, es para mí, y lo que no, no”. Y como  hasta ahora seguía en el lado del no, entonces yo, a lo mío, que así debía ser.

Pero el tiempo, el azar y los planetas de vez en cuando se alinean, unas veces en mi contra, aunque otras, en cambio, lo hacen para darme la razón. Esa razón que yo siempre supe que tenía. Y allí nos pusieron a los dos, bajo un mismos techo, sin escapatoria y ante un sinfín de gente; así que lo de hacer un numerito de despecho o de amor platónico estaba fuera de toda posibilidad. Las buenas formas, el saber estar y el qué dirán iban a ser padrinos y testigos de este reencuentro esperado, desesperado e inesperado.

Y ahí estás tú, y aquí estoy yo. Tú sigues tan Cortefiel como siempre y yo tan Loreal como antaño. A dos pasos y a cientos de pálpitos tuyos, yo. A miles de noches más adormecidas que olvidadas, tú. Y el destino tira de ti. Y la suerte te empuja hacia a mí. Sin palabras, sin lágrimas. Tu mano y la mía, mi mirada en la tuya, tu abrazo contra el mío firmando de un solo apretón la paz de Versalles y la pipa de la paz juntas, todo de una vez. Una guerra en la que nunca hubo vencedores ni vencidos, tan solo enemigos colaterales, esos que, curiosamente, al final pasaron a la historia con más pena que gloria y con todas sus batallas perdidas, batallas de esta guerra que jamás debería haber comenzado. La paz me dio la razón, que no la victoria.

Donde hubo fuego, quedan rescoldos. Donde hubo un “ahí te quedas”, queda un “a mí no me la vuelves a dar”. Y comienzo un nuevo camino con un alma acorazada con temor a salir despedazada otra vez sobre un campo de minas abandonado, ¡qué buena oportunidad de la razón para ganar al corazón! Y de pronto sale a flote todo el amor escondido tras la recámara de las balas de fogueo, a la pasión carnal toca sujetarla tras la línea de fuego y con tanta presión explota la belleza de los sentimientos aletargados, la amistad sin resquemores, sin reproches, con disculpas, desde las entrañas. Ni tú me debes nada ni yo te lo voy a reclamar, para qué hacer las cuentas de los días y las noches que pasé esperando una razón a este sinsentido. Lo que un día no supe ni pagando, hoy nos lo contamos gratis, sin atropellos, sin suposiciones. El tortazo que te mereciste, me lo voy a ahorrar, el mamporrazo ya caducó. Y te miro, me sonrío y por dentro me digo: “Si no nos hubiéramos declarado nunca esta guerra absurda, ¿estaríamos aquí ahora juntos helándonos el corazón para no rozarnos el alma?”.

Desando mi camino hasta ti, tranquila y con el convencimiento de haber acertado en esta vida, o quizá sea la vida la que ha acertado conmigo. Sigo adelante con la sensación de que cada instante es mío. Sabemos que lo nuestro se queda en nuestro, pase lo que pase, tú y yo siempre seremos nosotros. Esta guerra sucia tuvo su perdedor: el enemigo colateral que la comenzó creyéndose el ganador.

Sobre el autor Mar y Cleo

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