La Verdad

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Mi prícipe azul descolorido y destronado
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Mar y Cleo | 01-06-2014 | 17:02

Ya desde mi época de colegiala andábamos suspirando y echando cuentas para saber cuándo encontraríamos a ese que nos habían metido en la sesera, el que nos iba a hacer las mujeres más felices del mundo. Y así crecimos, ilusas nosotras, creyendo que nuestra felicidad dependía de otro, y encima ese otro no solo tenía que ser príncipe, sino que además era azul, como la sangre que supuestamente corría por sus venas. Con estas ideas, y otras cuantas memeces más, fueron creciendo mis piernas y mis pechos, mientras que mis faldas se acortaron al tiempo que se alargaban los tacones; pero lo curioso es que mi cerebro, poco a poco, fue volviéndose daltónico y el azul se fue descoloriendo y el príncipe terminó destronado.

─Yo quiero que sea alto, un palmo más que yo… ¡Me encanta ponerme de puntillas para besarle!

─A mí me gustan los que tienen ese aire intelectual, sí, esos que saben de todo… ¡Cuánto aprenderé a su lado!

─¿Es que no os pone un buen culo? ¡Porque yo me fijo en eso, en su culo…!

─Os olvidáis de lo más importante. Lo quiero experto, fiero, apasionado… ¡Un toro en la cama!

Y venga a pedir, que por pedir no nos quedábamos cortas. Pero lo cierto es que el azar de vez en cuando nos pone en nuestro camino los deseos materializados en carne y hueso, incluso recuerdo aquella vez que el destino fue generoso conmigo y me puso en bandeja a un tío alto, demasiado alto, sabio, tanto que se pasaba de listo, con un culo estupendo, pero algo ruidoso y oloroso, un amante experto y apasionado, tanto que yo era poco para saciar su hambre… así que, ese ser maravilloso, hubo que despacharlo, por mucho que fuera el hombre ideal a simple vista.

Y entonces me dio el bajón, cómo era posible que una chica tan it girl como yo, no tuviera su príncipe azul loquito por mí. Y me tiré al sofá, a las palomitas caseras y a las películas el blanco y negro durante todo un fin de semana, y pasaron las horas y yo me negué a salir de casa. Y en ese estado de estar desaparecida, me llamó un amigo de esos de los que yo siempre digo que es una más de mis amigas.

─Si es que de verdad, yo ya no sé dónde ir, a qué garitos acudir o a qué fiestas apuntarme para ver si por fin se me cruza por el camino mi príncipe azul, alto, guapo, bien vestido, simpático, encantador, amigo de mis amigas, loco por mis huesos, marchoso…─ Y de pronto me pone una mano en la boca, y me hace callar.

─¿Pero tú estás buscando un candidato para el concurso de Mister España o alguien que se quiera enamorar de ti?

─Es que no lo puedo evitar, ese es mi prototipo de hombre.

─con los prototipos por bandera es imposible enamorarse, hazme caso. ¿Tú sabes por culpa de ese hombre ideal que te has colocado en tu mente la de hombres buenos que has dejado pasar?─ Me dice mi amigo con la mano en el corazón.

En ese momento comprendí que por muy gracioso y bien plantado que seas, has descolorido, y no tienes la llave de mi felicidad, que esa llave la llevo yo metida en el escote. Y desde entonces, cada mañana rocío mi cuerpo con destellos de alegría que chisporrotean por todos los poros de mi piel. Voy a las fiestas con mi propia sonrisa y el que quiera, que se ría conmigo. He descubierto que hay hombres más bajitos que yo y mucho más encantadores que ese alto y guaperas que está en aquella esquina esperando que las chicas se rindan a sus encantos. Desde hace un tiempo tengo un puñado de amigos que cuando hablo de ellos sé que son buena gente, aunque no tengo ni idea del cochazo que se gastan, ni si en su lista de conquistas femeninas son lo más de lo más. Y oye, en principio a ninguno de ellos le pienso pedir matrimonio ¿eh?, pero no me hace falta, pongo la mano en el fuego que si los necesitara, ahí estarían ellos los primeros.

Yo no sé si pertenecerá a la nobleza o si su sangre será azul o roja cuando se cruce conmigo, pero lo que estoy muy segura es de que a mi lado se va a sentir como un príncipe, porque esta princesa que llevo dentro ha superado esas memeces que nacieron de una Cenicienta, pasando por Blancanieves y sin llegar a Maléfica. Pero como a alguien se le ocurra traerme perdices le doy en las narices, que la felicidad solo depende de mí y es cosa mía, por eso yo pienso ser feliz para siempre, y no solo al final del cuento.

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