La Verdad

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Vivir a cuerpo de reina
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Mar y Cleo | 08-06-2014 | 09:59

Esto de las despedidas sin previo aviso y sin vuelta atrás, siempre me ha dejado un poco trastocada, porque yo pienso que un adiós significa: nos vemos pronto, te lo digo con la boca pequeña, pero en verdad no me voy… No lo puedo resistir, y salvo en una contada ocasión que una despedida supuso para mí un auténtico alivio, la mayoría de las veces me hace sentir mal. Es como si parte de mis recuerdos se fueran por esa ventana donde miro cómo pasa el tiempo.

Pero claro, hay despedidas y despedidas, porque si el adiós viene de sangre real en vez de decir:

−¡Ahí te quedas!

Muy finamente te suelta:

−Desde lo más profundo de mi ser, abdico.

¡¿Abdico?! Pues sabes lo que te digo, que voy adoptar esa palabreja para mí. Y cada vez que quiera despachar a un moscardón, en vez de decirle hemos acabado o tenemos que hablar o hasta aquí hemos llegado porque el amor se terminó, simplemente suelto;

─Voy a abdicar.

Y desde luego, no voy a concederle el privilegio de la corona a alguien que pueda abdicar. Es posible que yo tenga la culpa, bueno, toda no, pero un poquito sí. Por mucho que me guste un pretendiente en cuestión, no es de recibo darle todos los poderes, hacer de él mi monarca absolutista particular. Si es que ya lo estudiamos hace tiempo, nada peor que concentrar todos los poderes en uno, o lo que es lo mismo: “Nunca pongas todos los huevos en el mismo cesto”. Pues eso, a partir de ahora a distribuir mejor los huevos, y si en estos asuntos del querer va a ser cuestión de huevos, entonces van a ser los míos los que tengan la última palabra, que a mí no me viene ni uno más a abdicar por sorpresa, porque de momento, y creo que por mucho tiempo, la que lleva la corona de reina soy yo.

Yo no tengo que convocar ningún referéndum ni disolver las Cortes para redactar mi propia Constitución. Vale, mi vida unas veces es una locura parecida al país de Nunca Jamás, otras veces es una monarquía donde yo llevo el cetro de mando y democráticamente me pongo de acuerdo con los que me rodean, pero al final, en un país o en otro, la cuestión es que la corona la llevo yo, porque quiero ser la única que tenga poder para decidir sobre mí, y sobre todo, la leyes de mi corazón las pongo yo, que no me gusta que nadie venga a decirme cuándo tengo que amar o dejar de amar

Por eso, si me apetece, saco un Real Decreto con carácter de urgencia donde dice que no pienso ceder nada ante quien no me quiera, promulgo también que el amor existe y que queda recogido en uno de mis principales artículos, que no puedo ni quiero olvidar. Y una vez que esté claro que se otorga el poder del Reino a una servidora, solo mi cabeza podrá lucir la corona de soberana indiscutible. Y si por esas cosas de la vida apareciera uno a mi vera, que lo tenga claro, que en principio será el consorte, y que ha de cumplir con sus obligaciones, tanto nocturnas como diurnas, teniendo siempre sus mejores galas a mano por si toca la foto oficial o  por si el protocolo exige su presencia inesperadamente.

Porque vaya semanita que llevamos, está todo el personal de lo más alterado con los asuntos palaciegos, que si república que si referéndum… ¡Vaya lío que se le viene encima al guaperas de Felipe y a su querida Leti! Yo lo tengo claro, monarquía o república a mí me da un plin, porque pienso seguir siendo yo la que diga la última palabra…Y si no, como hacían antiguamente los reyes de los castillos, como alguno ose llevarme la contraria o pretenda dejarme plantada en el trono con la corona ladeada: ¡A las mazmorras con él!

Pero mientras sí y mientras no, lo cierto es que por ahora la plaza de monarca consorte está vacante, y no por falta de aspirantes, que algunos hay, es porque me temo que me estoy volviendo un poco quisquillosa y a todos los candidatos les veo un no sé qué, y los devuelvo, y muchos hasta sin catarlos…

Quizá parezca la reina de corazones, y eso puede dar miedo a los caballeros que se acercan a las puertas de mi palacio, puede que les aterre el cetro de mando, o que alguno huya ante el arrebato de poner una ley tras otra, aunque al final la corona me la ponga solo para estar guapa, el cetro lo use únicamente para rascarle la espalda y las leyes que promulgue sean las de: “Haz el amor y no la guerra”.

Porque en el fondo solo busco lo mismo que tú: ¡Dormir, comer y amar… como una reina!

Sobre el autor Mar y Cleo

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